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Tratamientos perversos: de sanguijuelas en la vulva a la «cura del reposo»…


Yorokobu(M.Abad)(V.Mendoza)/La Vanguardia(J.fita)/Muy Interesante(S.Romero)/BBCNews  —  En los manuales de medicina del siglo XIX apareció un órgano apoteósico: el útero. En él cayeron cientos de preguntas y miles de respuestas. Ahí, donde alojaban la feminidad, echaron la culpa de tantísimas enfermedades.

«Los médicos estadounidenses tenían puestos sus ojos en el vientre femenino de tal manera que, para un buen observador de hoy, resulta decididamente anticientífico e incluso obsesivo», explica la historiadora Ann Douglas Wood en Las enferemedades de moda: Trastornos femeninos y su tratamiento en la América del siglo XIX.

—Como si el Todopoderoso, al crear el sexo femenino, hubiera tomado la matriz y construido la mujer a su alrededor —llegó a decir Hubbard, un profesor de New Haven (EEUU), en un discurso ante la sociedad médica en 1870.

A la vez que avanzaba el siglo XIX cuajaba la idea de que el útero era un pozo maligno del que irradiaban los males de las mujeres: la indigestión, el estreñimiento, el dolor de cabeza, los celos, la irritabilidad, los ataques histéricos, la rebeldía.

Había que poner remedio, urgente, porque las mujeres «afectadas de los nervios» desatendían su papel en el mundo: cuidar del hogar y de la familia.

Al principio, los médicos, todos hombres, revolviendo en su maletín de comienzos de siglo, optaron por coger jeringuillas, sanguijuelas y metales incandescentes para aplicar un «tratamiento local». Lo llamaron así porque estaba enfocado en un solo lugar: el útero.

A ese abismo interno destinaron el tratamiento del prolapso uterino, del cáncer, del trastorno menstrual, del dolor de espalda, del mal humor. Todo se solucionaba abriendo las piernas de la mujer y manipulando sus entrañas.

Unas veces el médico metía la mano y recolocaba los órganos de la mujer. Otras veces introducía agua, leche, té de linaza, extracto de malvavisco bien frío o una jeringuilla para pinchar tan profundo como pudiera. Pero lo peor eran las sanguijuelas.

El famoso doctor inglés Dewees y Bennet, muy respetado en Estados Unidos, recomendaba poner las lombrices en la vulva o en el cuello del útero para que devoraran la enfermedad.

Bennet decía que era una técnica laboriosa que había que hacer con mucho cuidado porque había visto como algunas sanguijuelas iban más allá de su destino y llegaban hasta la cavidad cervical del útero. Entonces el espanto era aún peor:

—Creo que en mi vida no he sido testigo de dolores más agudos que los experimentados por varias de mis pacientes en tales circunstancias —escribió el médico en A Practical Treatise on Inflammation of the Uterus (1864).

No cesaba ahí el dolor. Quedaba un remedio más infame: la cauterización. Los médicos echaban nitrato de plata o hidróxido de potasio en el útero para quemar la infección. Eso era en los casos leves; en las infecciones rebeldes aplicaban la «verdadera cauterización»: hierros al rojo vivo.

Un principio médico justificaba ese tratamiento: decían que para eliminar una infección había que crear otra infección mayor. Las células de la sangre, alarmadas, acentuaban su actividad y así curaban las dos infecciones. En el mejor de los casos, el útero quedaba «en carne viva y sangrando», según los documentos médicos de entonces; en el peor, la paciente sufría graves hemorragias y unos dolores insoportables.

Y siempre era un proceso agónico que duraba semanas, incluso meses, porque la cauterización se hacía en varias sesiones: quemar, curar, volver a quemar, volver a curar. Sin anestesia y sin analgésicos: no existían.

A partir de 1870 empezaron a cuestionar el tratamiento local y, poco a poco, fue desapareciendo. George Lowell Austin lo criticaba en su libro Perils of American Women (1883): «Millares de mujeres fueron condenadas a sufrir el tratamiento del nitrato de plata (sus sufrimientos morales y su tortura física no contaban para nada), cuando agua y jabón, y un placebo suave hubieran bastado y sobrado».

A este físico le cuativó un nuevo remedio alternativo mucho menos doloroso que proponía el médico de Filadelfia S. Weir Mitchell. Pero lo que parecía la panacea acabó revelándose como otro tratamiento perverso hacia la mujer.

La cura del reposo

En un siglo en que los médicos hacían sangrías con sanguijuelas, vejigatorios y quemaduras con hierros incandescentes, muchas mujeres optaron por los curanderos. El doctor S. Weir Mitchell entendió que las pacientes no podían soportar tratamientos tan violentos e inventó un nuevo método para tratar a las «mujeres nerviosas»: la «cura del reposo».

Mitchell lo describía como una combinación de descanso total, alimentación copiosa y ejercicio pasivo (masajes continuos y electroestimulación). El «descanso total» consistía en internar a la paciente y aislarla durante seis semanas en las que solo podía ver a su médico y a una enfermera.

La mujer permanecía tumbada boca arriba y, a menudo, ni siquiera podía levantarse para ir al baño. No le permitían hacer nada: nada de trabajo, nada que la entretuviese. Absolutamente prohibido leer y escribir.

El Dr. Clarke de Harvard, un médico que decía que las mujeres que iban a la universidad destruían sus órganos genitales y su capacidad para tener hijos, se convirtió en el portavoz de los médicos en la década de 1870. Otro doctor, Byford, aseguraba que leer «libros lascivos» y la «indulgencia en el coito» propiciaban la neuralgia.

«A ojos de la mayoría de los norteamericanos del siglo XIX, la feminidad sana estaba compuesta de autosacrificio y de altruismo espiritual, de partos y trabajos caseros», explica Ann Douglas Wood en Las enferemedades de moda: Trastornos femeninos y su tratamiento en la América del siglo XIX.

«Hay una lógica subterránea en esos libros populares que escribían los médicos acerca de las enfermedades femeninas que parece afirmar que si las mujeres se ponen enfermas es porque no son femeninas. Es decir, son sexualmente agresivas, intelectualmente ambiciosas y no saben ser sumisas y desprendidas».

Los otros dos pilares del tratamiento, la «alimentación copiosa» y el «ejercicio pasivo», consistían en un cebamiento repugnante y un masaje diario de una hora para evitar que los músculos se atrofiaran por la falta de ejercicio.

En poco tiempo la cura del reposo se hizo muy popular. Mitchell se convirtió en «el médico de mujeres más famoso y más próspero de su generación», según Douglas Wood. Pero en el interior de su consultorio, las prácticas eran siniestras.

«El tratamiento de Mitchell no dependía tanto de las técnicas del descanso y de la sobrealimentación como de la personalidad autoritaria y carismática del médico».

Este doctor pálido y endeble vivió siempre a la sombra de un padre fuerte: un médico dominante, alegre, admirado por todo el mundo. «No hay duda de que ser el macho fuerte, el sanador de un mundo lleno de mujeres enfermas, necesitadas, tenía para Mitchell innegables encantos», cuenta la historiadora.

Él mismo se jactaba de su papel de déspota y de hacer a sus pacientes dóciles como niños. Mitchell afianzaba la idea tan extendida de que la mujer ignorante era la mujer perfecta. A ellas les decía:

—Las mujeres sabias eligen a sus médicos y confían en ellos. Cuanto más sabias, menos preguntas hacen.

Este doctor fomentaba una actitud de culto y reverencia hacia él. «Electriza con su hechizo a las mujeres», decía su nieta. «Hacía el papel de dominador, el de fecundador incluso, en el proceso de curación.

Sus pacientes estaban dominadas, sobrealimentadas a menudo hasta la obesidad, acariciadas y literalmente estremecidas», asegura Douglas Wood.

A Mitchell le gustaba imponer. Al final de la cura del reposo, algunas mujeres, débiles, anuladas, se negaban a levantarse. El médico las amenazaba con meterse en la cama con ellas y si ni con esas se movían, empezaba a desnudarse. Al llegar a los pantalones, las pacientes, al fin, se ponían en pie.

Las mujeres que dijeron «¡Basta!»

Muchas mujeres no cuestionaron ni el tratamiento local ni la cura del reposo: obedecían. Otras se dejaron llevar por las enfermedades de moda: la histeria, el nerviosismo… porque eran las dolencias de las protagonistas de las novelas románticas que tanto les gustaban en el siglo XIX.

Algunas encontraron en la enfermedad una excusa para escapar de una vida encadenada a la cocina, al cuidado de los hijos y a los arrebatos sexuales del marido, según Douglas Wood. Y otras, las menos, se rebelaron ante este modo de entender la medicina.

«La veían como una forma de violación, destinada a mantener a la mujer postrada, a la paciente perpetua a merced de la supuesta experiencia profesional del médico».

La educadora estadounidense Catherine Esther Beecher describió en Letters to the People on Health and Happiness los tratamientos aberrantes que le recomendaron para curarla de sus «trastornos nerviosos».

La obligaron a tomar hierro y azufre, la sometieron al «magnetismo animal», y no sirvió de nada. Beecher, y después su nieta, se convirtieron en dos de las primeras voces en denunciar el tratamiento local y la cura del reposo.

(Charlotte Perkins Gilman)

A la escritora Charlotte Perkins Gilman también le diagnosticaron una «depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria)» después de dar a luz. Ella tenía al doctor en casa: era su propio marido, John. Este ferviente seguidor de Mitchell impuso a su mujer la cura del reposo. La llevó a una casa en el campo, apartada de todo, y la encerró en una habitación de bebé.

Su marido le daba fostatos. O fosfitos. Qué sabía ella. Le hacía comer hasta hartarse: «John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tónicos a mansalva y no sé qué más; y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne poco hecha».

John le prohibió trabajar: ¡ni palo al agua! «Personalmente disiento de sus ideas. Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien. Pero ¿qué se le va a hacer?», se lamentaba en un relato, El tapiz amarillo, que escribió a escondidas, mientras estaba recluida en aquella casa solariega.

John le prohibió escribir: «Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba», introduce a mitad del cuento. «Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es, y qué bien me trata! Que no me encuentre escribiendo. Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convencida de que para ella estoy enferma porque escribo!».

Aquella mezcla de autoritarismo y paternalismo acobardaba a las pacientes: «Le estoy tomando un poco de miedo a John», reconoce Gilman en este relato publicado en 1890.

Entonces llevaba ya dos años separada de él. Esta editora y activista estaba más de acuerdo con las teorías de las primeras mujeres médicas que estaban apareciendo en Estados Unidos: «su objetivo primordial, a menudo inconsciente, era liberar a las enfermas del control del hombre», explica Douglas Wood.

Y «este deseo promovió el progreso científico, puesto que su desconfianza del médico las llevó a rechazar prácticas médicas que, en realidad, eran anticientíficas y perjudiciales para la salud».

Una de las primeras médicas fue Harriot K. Hunt. En sus memorias, Glances and Glimpses; Twenty Years of Professional Life, cuenta que un día una paciente le dijo:

—Doy gracias al cielo, querida doctora, de que sea usted mujer, porque así le puedo contar la verdad con respecto a mi salud.

Las ‘prácticas médicas’ más inverosímiles de la historia

(Varios médicos, practicando una trepanación)

Es una obviedad. La medicina ha evolucionado con el paso de los siglos de manera exponencial. Esta es una de esas afirmaciones que, por sólida y evidente, deja poco margen al debate.

Pero claro, si hoy hablamos de un progreso de dimensiones astronómicas en el campo de la investigación médica, quiere decir, de manera irremediable, que los estándares de calidad dejaban bastante que desear no hace muchos años atrás.

Imagínense las prácticas médicas que uno puede encontrar si se remonta a épocas pretéritas.

Efectivamente, son muchas las barbaridades que se han hecho en nombre de la medicina a lo largo de la historia. Algunas se perpetraron por desconocimiento, aunque de buena fe; otras, seguramente, por exceso de soberbia; y otras tantas por un afán puramente crematístico, aprovechándose de la desesperación de quien creía encontrarse a las puertas de la muerte.

Los que siguen son algunos de los múltiples ejemplos de métodos extravagantes vinculados con la salud que se han llevado a cabo alguna vez con resultados más que cuestionables.

Sangrías 

Esta práctica era muy común en los siglos XV, XVI y XVII y se usó hasta bien entrado el XIX. Consistía en extraer sangre de un paciente a través de un objeto punzante, agujas e incluso sanguijuelas. Lo que se pretendía era equilibrar los llamados por aquel entonces humores del cuerpo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Se creía que estos humores eran segregados por el corazón, el cerebro, el hígado y el bazo respectivamente.

Aunque este procedimiento ya no se usa, por carecer de efectos curativos, sí que hoy en día hay personas que, mediante donaciones de sangre, siguen un tratamiento para disminuir este líquido de su cuerpo. Son pacientes que sufren poliglobulia, un trastorno que, a grandes rasgos, se podría definir como el aumento de glóbulos rojos y que puede ser motivado por diferentes causas.

Tratamiento con mercurio

Hoy en día, es de dominio público que el mercurio es tóxico. Pero siglos atrás este extremo se desconocía. Prueba de ello es que las sales hechas con este metal pesado se utilizaron para tratar la sífilis desde el siglo XV hasta el XIX.

También se usaba como antiséptico para las heridas. “El tratamiento podía ser administrado vía bucal, rectal o a través de fricciones”, explica a La Vanguardia la doctora y egiptóloga Rosa Dinarès. “El ungüento fabricado con mercurio, zumo de limón, mantequilla de cerdo, ceniza y aceite se extendía siete veces [el siete es un número mágico] por todo el tronco”, agrega.

Evidentemente, ni los egipcios, que tenían un amplio conocimiento de la anatomía humana, ni ninguna otro civilización conocían por aquel entonces lo perjudicial que podía resultar el uso de este elemento químico.

Es tóxico para el sistema nervioso y el inmunitario, para el aparato digestivo, la piel, los pulmones y los riñones”, asevera Dinarès. Los efectos secundarios pueden hacer acto de presencia en forma de temblores, insomnio, pérdida de memoria y alteraciones cognitivas y motoras.

Los egipcios también llegaron a usar plomo, otro elemento con una alta toxicidad que puede provocar graves trastornos en el desarrollo del sistema nervioso, en niños, y problemas cardiacos en adultos.

Según Dinarès, en el Antiguo Egipto utilizaban uno de sus derivados, la galena, “para protegerse de la reverberación del sol al impactar contra la arena”. “La raya negra con la que aparecen representados en las pinturas es plomo, minimizaba el reflejo. Funcionaba”, explica.

Trepanaciones

Una trepanación frontal de cráneo Nazca-peruana de hace 2000 años supuestamente para aliviar la inflamación de la cavidad frontal

Hay constancia de esta práctica, la trepanación, en el Neolítico. Consiste en agujerear el cráneo con un elemento punzante –o con cuchillos de metal cuando ya existían- para llegar hasta el cerebro. Con este método se pretendían curar desde migrañas hasta epilepsias o psicosis.

En civilizaciones más antiguas, como la egipcia o la maya, “no se sabe con seguridad si la práctica consistía en una intervención quirúrgica o respondía sólo a un ritual”, señala Dinarès.

El hecho de sufrir una trepanación no tenía por qué ser sinónimo de muerte. “Se han encontrado cráneos trepanados con signos de supervivencia. Lo demuestra el crecimiento de hueso nuevo alrededor del agujero de la trepanación”, subraya esta egiptóloga.

Dicha práctica médica está hoy vigente. Por ejemplo, para drenar un hematoma. Es una técnica habitual de los neurocirujanos.

Otro método controvertido, la deformación craneal, era practicado por los pueblos incas. También se utilizó en África. “En el caso de la civilización inca era un distintivo de casta y sólo se aplicaba en niveles sociales altos”, asevera Dinarès.

Enemas de humo de tabaco

Hay infinidad de ejemplos de la aplicación de enemas a lo largo de la historia de la medicina. Pero los de humo de tabaco llaman especialmente la atención por inverosímiles.

La técnica consistía en introducir humo de tabaco al paciente a través del ano mediante unos dispositivos diseñados para esta finalidad.

Con este método se pretendía tratar desde problemas respiratorios, hasta catarros. Incluso lo usaban para luchar contra el cólera o para reanimar a personas que habían fallecido ahogadas.

Esta técnica se utilizó hasta principios del siglo XX, aunque en el XIX empezó a caer en desuso. Se acabó desestimando por los efectos nocivos que el tabaco causaba en corazón y pulmón.

Anticonceptivos

Los egipcios, una civilización que ha dejado huella en muchos aspectos, tampoco se salvaron de poner en práctica ciertos métodos como mínimo discutibles. Y es que llegaron a utilizar heces de cocodrilo como método anticonceptivo. Así queda reflejado en el papiro Rameseum IV.

“Para evitar que una mujer quede embarazada, heces de cocodrilo. Un tampón vegetal será humedecido y aplicado en la boca de su útero”. “Se desconoce qué propiedades podían tener los excrementos de este reptil”, detalla Dinarès.

Al mismo tiempo idearon, sin embargo, un método –del que sí se ha comprobado su notable eficacia- para determinar si una mujer estaba o no embarazada. Se hacía a través de su orina. Ésta era vertida sobre dos bolsitas que contenían, respectivamente, semillas de trigo y avena.

Si las semillas germinaban, significaba que la mujer estaba en estado. Por el contrario, si no lo hacían, quería decir que no estaba encinta. Todas estas explicaciones quedan recogidas en los papiros Berlín 199 y Calsberg III.

En 1963 un estudio comprobó que con la orina de hombre nada germinaba. En cambio, con la de 40 mujeres embarazadas sí se obtuvieron resultados. Concretamente, en 28 casos hubo reacción. Lo que no se cumplió fue el vaticinio sobre el sexo del pequeño que estaba en camino.

Los egipcios aseguraban que si germinaba el trigo sería niña, y si lo hacía la avena sería niño. No obstante, los resultados obtenidos por la investigación no corroboraron este planteamiento.

Lobotomías

El doctor Walter Freeman (izquierda) observa una radiografía antes de intervenir a un paciente del cerebro

Esta técnica consistía en practicar unas perforaciones en el cerebro para, posteriormente, introducir un instrumento afilado –un leucótomo– con el que se practicaba una incisión para cortar las conexiones entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro. Con este método se pretendía curar personas que sufrían psicosis.

Fue el neurólogo portugués Egas Moniz quien ideó esta técnica, adoptada por otros galenos posteriormente. En 1936, el neurólogo estadounidense Walter Freeman, que no era cirujano, llevó a cabo la primera lobotomía practicada en Estados Unidos. Más tarde divulgaría este procedimiento médico por el mundo entero.

A Freeman le pareció que perforar el cráneo era un método demasiado invasivo e ideó la lobotomía transorbital. Consistía en introducir un punzón por encima del ojo -se dice que en sus inicios usó un picahielos- hasta llegar a la base del cráneo. Con un martillo golpeaba el punzón, consiguiendo que el hueso ubicado encima del ojo cediera.

En 1949, Moniz ganó el premio Nobel de Fisiología o Medicina “por su descubrimiento del valor terapéutico de la lobotomía en determinadas psicosis”. Fuel el momento de máximo esplendor de este método. Pero rápidamente cayó en desgracia.

Básicamente por dos motivos: por sus resultados, muy pobres, y por la aparición de los primeros medicamentos psiquiátricos que se mostraron efectivos.

“Las lobotomías ya no se practican, y es que no tienen ninguna indicación”, aseguran fuentes médicas consultadas. Lo que sí se ha vuelto a practicar es la terapia electroconvulsiva. Eso sí, “en algunos casos muy extremos y determinados”, subrayan.

Hierro caliente para acabar con las hemorroides

El problema de hemorroides no es una cosa exclusiva de nuestros tiempos. En la Edad Media las personas también las padecían. Una de las técnicas que aplicaban para ponerles remedio era el uso de unas varillas de hierro candentes.

“Es fácil de entender”, esgrime Rosa Dinarès. “Lo mismo hacían para detener hemorragias. Lo que efectuaban era una cauterización de la hemorroide”, agrega.

Puede ser que esta práctica resultara efectiva, pero a buen seguro, el que se sometía a ella no pasaba un rato agradable.

Fumigaciones vaginales

Fragmento de papiro erótico de Turín

Los egipcios llevaban a cabo esta técnica como método anticonceptivo y para evitar infecciones. “Metían, dentro de una jarra, siete piedras calientes junto con las hierbas correspondientes. De la jarra salía un vapor. La mujer en cuestión se introducía el extremo de la jarra en la vagina para aplicárselo”, relata Dinarès.

Es muy posible que dicha práctica no diera demasiados resultados, pero otras muchas ideadas por esta prolífica civilización sí fueron efectivas. “Los papiros nos dan una clara documentación de la existencia de una medicina objetiva y científica, basada en la observación detallada y repetida del enfermo, una experiencia acumulada a lo largo de generaciones y un conocimiento bastante elevado de la anatomía”, concluye Dinarès.

Jugum: Anillo anti-masturbación para pene

A lo largo de la historia, la masturbación ha sido motivo de vergüenza por una gran cantidad de razones culturales, morales o religiosas.

En la época victoriana se unió este puritanismo con la medicina clínica, alegando que el placer innecesario de la autocomplacencia drenaba el cuerpo de energías vitales, lo que llevaba a la enfermedad, a la locura y, potencialmente, incluso a la muerte.

Para evitar tan negativo destino, apareció el anillo de Jugum. Este dispositivo de aspecto desagradable se colocaba en la base del pene y estaba diseñado para causar mucho dolor si alguno decidía masturbarse. Se utilizó de 1880 a 1920 incluso en instituciones mentales.

Afortunadamente, la Asociación Médica Estadounidense declaró la masturbación un comportamiento normal y saludable en los individuos -y no una enfermedad mental- en 1972.

Alarma eléctrica para penes

Continuando con la masturbación, que ha sido objeto de toda suerte de inventos, la Alarma Eléctrica era una herramienta menos ‘medieval’ para contrarrestar las ganas de masturbarse.

Consistía en un anillo que se ajustaba alrededor del pene. Si el pene se ponía erecto, activaba un perno que completaría un circuito eléctrico y haría sonar una alarma.

En otros modelos de este mismo dispositivo anti masturbación, no solo sonaba una alarma, sino que también electrocutaba al sujeto en cuestión.

Jaula electroterapéutica

Aunque más que terapéutico la palabra que nos viene a la cabeza es miedo, esta jaula electroterapéutica se empleó en Francia entre 1890 y 1910 para tratar a aquellas personas que sufrían trastornos neurológicos y psiquiátricos.

Los pacientes eran encerrados en la cabina mientras fuertes corrientes pasaban alrededor de ellos en la maraña de cables que vemos (muy terapéutico, ¿verdad?).

Aunque las corrientes eléctricas no hacían daño físico a los pacientes, es harto improbable que les hiciera algún bien (y mucho menos a su salud mental).

Smokey Susan

«Smokey Susan» es una muñeca educativa hecha en Reino Unido que se utilizó para demostrar los efectos nocivos del tabaquismo durante el embarazo, que incluyen un mayor riesgo de aborto espontáneo, pérdida del paladar y síndrome de muerte súbita del lactante.

Podías colocar un cigarrillo encendido en la boca de la muñeca y el humo se canaliza en el recipiente que contiene agua y un modelo de un feto.

A medida que el cigarrillo se consume, el agua adquiere un color marrón oscuro y el alquitrán se acumula en la línea de flotación. Un dispositivo para evitar que las embarazadas fumasen.

Filtros de agua radiactiva

Hace más de un siglo la radioactividad era algo nuevo, emocionante e incluso bueno, pues se vendían habitualmente colgantes de radio para el reumatismo, agua de radón completamente natural para el vigor, mantas de uranio para la artritis y medicinas con torio para la digestión.

De hecho, los ciudadanos de aquella época pensaron que sería una buena idea agregar radiación directamente al agua potable. Se cree que esta idea comenzó porque algunas fuentes termales naturales conocidas eran radiactivas.

La idea era agregar bajos niveles de radiación al agua potable. Una de sus defensoras más famosas, Eben Byers, una mujer de la alta sociedad estadounidense y atleta, murió en 1932 de tumores cancerosos después de que se le prescribiera radio disuelto en agua y adquiriera uno de estos filtros para obtener agua radiactiva.

Los tratamientos médicos más extraños de la historia

Los experimentos médicos sin restricciones son habitual tema de pesadillas y guiones del séptimo arte. Poco se sabe, sin embargo, sobre cuánto dolor y sufrimiento se ha causado a lo largo de los siglos en nombre de la ciencia y el supuesto progreso, pero sí que conocemos muchos relatos y vivencias.


Algunos experimentos médicos, particularmente de los siglos XIX y XX, parecían inofensivos o incluso bobos teniendo en cuenta las cosas que podemos hacer hoy en día -y también lo que sabemos-. 
Otros experimentos, sin embargo, fueron lo suficientemente terribles para hacer enfermar a una persona sana o incluso matarla.

Los experimentos con niños, animales y personas de pocos recursos son vistos como particularmente malvados debido a su naturaleza de indefensión. No había leyes hace un siglo para proteger a estas víctimas, ni a nadie más, de médicos y cirujanos que querían jugar a dioses con la vida de sus congéneres -tanto vivos como muertos-.

El camino hacia la comprensión moderna de la medicina fue pavimentado con la desgracia de muchas personas sometidas a exámenes médicos sin su consentimiento. El progreso médico salva vidas, pero en ocasiones los científicos dejaron que la esperanza de un avance se interpusiese en el camino de la ética.

Los prisioneros, los soldados, los pobres y los enfermos mentales, históricamente se han llevado la peor parte de las peores pruebas médicas (como la disección en vivo sin anestesia, también llamada vivisección, con el fin de visualizar la morfología y su correlación con la función orgánica).

Si bien estas atrocidades no quedaron impunes, algunas llevaron a descubrimientos médicos que salvaron miles de vidas. Por ejemplo, con el caso de la viruela.

Antes de su erradicación en 1979 tras una intensa campaña de vacunación, la viruela era un virus mortal exclusivo de los humanos.

El científico inglés Edward Jenner hizo la primera inoculación contra la viruela en 1796. A un niño de 8 años, James Phipps. A partir de este experimento exitoso con el pequeño, Jenner creó la primera vacuna contra la viruela.

Si bien se le atribuye a Jenner haber salvado más vidas que ningún otro ser humano, su prueba con el pequeño James no pasaría los estándares experimentales actuales, porque el niño no aceptó la prueba, ni tampoco sus padres.

Kits médicos de la Guerra Civil

En Estados Unidos, durante la Guerra Civil, las amputaciones estaban a la orden del día.

En una época en la que apenas se entendía sobre bacterias y los hospitales se caracterizaban por su insuficiencia o su falta de competencia, la amputación de una pierna con mosquete era a menudo la única forma de prevenir las infecciones.

Por ello, se hizo muy popular este kit médico militar de la Guerra Civil, que se parecía más a la bolsa de herramientas del doctor Frankenstein que a la cartera de un médico, mostrando una serie de alicates de aspecto sombrío y sierras de amputación.

Kit de enema de tabaco

Cuando el tabaco llegó por primera vez desde el Nuevo Mundo, muchos médicos occidentales pensaron que podría tener algunas propiedades medicinales.

De alguna manera, esta idea creó el equivalente del S.XVIII al desfibrilador. ¿Cómo funcionaba? Literalmente soplando humo por el recto y oye, que servía para tratar de todo, desde resfriados hasta el cólera.

También fue popularmente utilizado para revivir víctimas de accidentes por ahogamiento.
Los vendedores no perdieron la oportunidad, puesto que la insuflación rectal de tabaco se había puesto de moda, y se dedicaron a crear kits especializados, con un fuelle de piel de cerdo.

Estudio sobre la Malaria en el Centro Penitenciario de Stateville

Durante la Segunda Guerra Mundial, la malaria y otras enfermedades tropicales estaban obstaculizando los esfuerzos del ejército estadounidense en el Pacífico.

Con el fin de obtener un poco de control sobre la enfermedad, nació el Proyecto de Investigación de la Malaria en la Penitenciaría de Stateville en Joliet, Illinois (EE. UU.). Un equipo de médicos de la Universidad de Chicago expuso a 441 presos -voluntarios- a mordiscos de mosquitos infectados con malaria.

Aunque un recluso murió de un ataque al corazón, los investigadores insistieron en que su muerte no estuvo relacionada con el estudio.

El experimento continuó en Stateville durante 29 años, e incluyó la primera prueba humana de Primaquina, un medicamento que todavía se utiliza en el tratamiento de la malaria y la neumonía.

Separando trillizos

En nombre de la ciencia, un equipo de psicólogos realizó un experimento secreto durante las décadas de 1960 y 1970 en el que separaron gemelos y trillizos y fueron adoptados como hijos únicos.

El experimento, que se dice fue financiado en parte por el Instituto Nacional de Salud Mental, salió a la luz cuando tres hermanos idénticos -trillizos- se encontraron accidentalmente en 1980. No tenían ni idea de que tenían hermanos.

Los psiquiatras infantiles que encabezaron el estudio, Peter Neubauer y Viola Bernard, no mostraron ningún remordimiento cuando el asunto salió a la luz, llegando a decir que pensaban que estaban haciendo algo bueno por los niños, separándolos para que pudieran desarrollar sus personalidades individuales.

Su historia fue llevada al cine bajo el título de “Tres extraños idénticos”, que se estrenó en el Festival de Sundance en 2018.

Ácido para elefantes

Un estudio sobre el comportamiento de los elefantes resultó en uno de los experimentos más escandalosos realizados en nombre de la ciencia cuando Warren Thomas inyectó a un elefante llamado Truko, 297 miligramos de LSD, 3.000 veces más de lo que un ser humano común tomaría.

El experimento, realizado en el Lincoln Park Zoo de Oklahoma City en 1962, se hizo para determinar si desencadenaría una locura temporal en los elefantes. Una hora más tarde, sin embargo, Truko, el elefante, murió.

Niños pobres y tuberculosis

En 1908, los científicos estaban tratando frenéticamente de encontrar una cura o prevención para la tuberculosis (llamada la ‘Peste Blanca’).

En un hospital para niños en Washington, DC, los «expertos» de esta enfermedad decidieron experimentar con niños que provenían de familias pobres. Inocularon a 10 niños con «bacilos de la tuberculosis y cultivos de la tuberculina de Koch sin el conocimiento o el consentimiento de los padres o tutores de los niños».

Cuando fueron descubiertos, los médicos se negaron a revelar los nombres de los niños con los que habían experimentado porque «sus padres pertenecen a la clase ignorante y podrían objetar enérgicamente a tales experimentos».

El hecho de que los médicos sintieran la necesidad de experimentar con niños de las clases más pobres sin el conocimiento o consentimiento de sus padres era una violación de los derechos individuales de las personas.

La Gran Peste Blanca, la  tuberculosis, se cobró alrededor de 110.000 vidas al año solo en Estados Unidos durante los primeros años del siglo XX. De 1908 a 1921, dos bacteriólogos franceses trabajaron en una vacuna para poner fin a la tuberculosis.

Polvo regenerativo de cerdo

Del Instituto McGowan de Medicina Regenerativa de la Universidad de Pittsburgh llegó la idea del polvo regenerativo proveniente del cerdo.

La técnica era simple: se raspan células del revestimiento de la vejiga de un cerdo, el tejido se ‘desceluliza’ y luego se seca.

Así, utilizando órganos secos de cerdo consiguieron hacer crecer un dedo. El estudio fue publicado en PubMed en 2009, no hace tanto tiempo.

Terapia por electrochoque en niños

En la década de 1960, la doctora Lauretta Bender del Hospital Creedmoor de Nueva York comenzó lo que ella creía que era un tratamiento revolucionario para los niños con problemas sociales: la terapia electroconvulsiva o por electrochoque

Los métodos de Bender incluían entrevistar y analizar a un niño sensible frente a un grupo más grande, y luego aplicar una ‘suave presión’ sobre la cabeza del niño. Supuestamente, cualquier niño que se movía con la presión mostraba signos tempranos de esquizofrenia.

Para cuando decidieron para su ‘tratamiento’, Bender había utilizado la terapia de electrochoque en más de 100 niños, el más joven con solo 3 años de edad.

Experimentos médicos nazis

Quizás los experimentos malvados e infames de todos los tiempos fueron los llevados a cabo por Josef Mengele, un médico de las SS en Auschwitz. Mengele peinó los trenes entrantes en busca de gemelos para experimentar, con la esperanza de probar sus teorías sobre la supremacía racial de los arios. Muchos murieron en el proceso.

Los nazis usaron prisioneros para probar tratamientos para enfermedades infecciosas y la guerra química. Otros fueron forzados a temperaturas bajo cero y cámaras de baja presión para experimentos relacionados con la aviación.

Innumerables presos fueron sometidos a procedimientos experimentales de esterilización. Por citar alguno, a una mujer le ataron los pechos con cuerdas para que los médicos de las SS pudieran ver cuánto tardaba su bebé en morir de hambre, según una historia oral recopilada por el Museo del Holocausto.

Algunos de los médicos responsables de estas atrocidades fueron posteriormente juzgados como criminales de guerra, pero Mengele escapó a Sudamérica. Murió en Brasil en 1979 de un derrame cerebral.

El doctor que bebía vómito

Stubbins Ffirth fue un médico estadounidense conocido por su inusual investigación sobre la causa de la fiebre amarilla. Estaba tan convencido de que no era una enfermedad infecciosa que probó su hipótesis sobre sí mismo.

Sus «experimentos» incluyeron vivir en las condiciones más deplorables con el fin de someterse a la infección de todas las maneras imaginables (bebía vómito, se inyectaba orina…)

Aunque algunas de sus conclusiones demostraron ser correctas, sus explicaciones no fueron claras y un científico cubano llamado Carlos Finlay descubrió el vínculo con los mosquitos poco después de su muerte.

Camas de cólera

Estados Unidos no fue el único país que intentó aprender más sobre las enfermedades infecciosas, cómo se propagaron y cómo detenerlas.

En 1871, Rusia estaba trabajando para descubrir cómo se diseminaba el cólera y al mismo tiempo explorar el poder del pensamiento sobre la salud de una persona (un tema candente en aquel entonces). Usando asesinos que ya estaban dentro del sistema penitenciario, colocaron a cuatro hombres en camas donde otras personas habían muerto de cólera.

Después de dormir en ellas, los hombres no mostraron signos de la enfermedad. Luego, se les dijo a los hombres que durmieran en cuatro camas diferentes y limpias. Esta vez, les dijeron a los hombres que las personas que habían dormido en esas camas antes que ellos habían muerto de cólera. Se informó que tres de los cuatro hombres murieron de cólera en cuatro horas.

Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX, los médicos descubrieron rápidamente que el cólera no se transmitía de persona a persona, sino a través de agua potable contaminada. Es por eso que los presos no mostraron ningún signo de la enfermedad después de dormir en camas contaminadas.

Experimentos con THN1412

En 2007, comenzaron los ensayos con medicamentos para THN1412, un tratamiento para la leucemia. Había sido probado previamente en animales, y se encontró completamente seguro.

Por lo general, se considera que un medicamento es seguro para evaluar en humanos cuando se descubre que no es mortal para los animales. Cuando las pruebas comenzaron en sujetos humanos, a los humanos se les dieron dosis 500 veces más bajas que las encontradas seguras para los animales.

Sin embargo, este medicamento provocó un fallo orgánico catastrófica en los sujetos de prueba.

Unidad de Japón 731

Durante las décadas de 1930 y 1940, el Ejército Imperial Japonés llevó a cabo una guerra biológica y pruebas médicas a civiles, principalmente en China.

Se desconoce el número de víctimas de estos experimentos brutales, pero pudieron haber muerto hasta 200.000 personas, según un informe del New York Times de 1995.

Entre las atrocidades que cometieron se encontraban pozos infectados con cólera, tifus y plagas de pulgas repartidas por las ciudades chinas. Los prisioneros fueron enviados a un clima helado y luego experimentaron para determinar el mejor tratamiento para la congelación.

Los ex miembros de la unidad dijeron a los medios que los prisioneros recibieron dosis de gas venenoso, los colocaban en cámaras de presión hasta que se les salían los ojos de las órbitas, e incluso los disecaron mientras estaban vivos y conscientes.

El homúnculo

Paracelso fue un alquimista y médico del año 1500 que fue acreditado por sus primeros trabajos en toxicología y psicoterapia.

También fue la primera persona en mencionar el inconsciente de manera clínica, aunque sus trabajos más extraños radican en crear un ‘homúnculo’, básicamente un humano en miniatura que supuestamente se creaba trasplantando un huevo humano al útero de un caballo y luego alimentándolo de sangre humana.

No es sorprendente que no haya ningún registro que indique un resultado exitoso de sus experimentos. Hay múltiples referencias a este personaje histórico en la ficción, una de las más aclamadas es la del alquimista Van Hohenheim, padre de los hermanos Elric en el anime/manga Full Metal Alchemist.

Operación Clímax de medianoche

Inicialmente establecido en la década de 1950 como un subproyecto de un programa de investigación de control mental patrocinado por la CIA, Operation Midnight Climax buscó estudiar los efectos del LSD en los seres humanos.

Así, en San Francisco y Nueva York, los sujetos eran captados en refugios, por prostitutas en la nómina de la CIA y, sin saberlo, se les suministró LSD y otras sustancias que alteran la mente, y se les monitoreó a través de un cristal oculto en la habitación.

Aunque estas casas fueron cerradas en 1965, cuando se descubrió que la CIA estaba administrando LSD a sujetos humanos, Operation Midnight Climax fue un teatro de amplia investigación sobre chantaje sexual, tecnología de vigilancia y el uso de drogas que alteran la mente en operaciones de campo.

Inyecciones de sudor

¿El sudor puede ser malo? Un bacteriólogo reflexionó sobre ello un artículo publicado en 1898. Colocó su sujeto de prueba en un baño de vapor, y después, recogió el sudor para hacer pruebas.

Descubrió que el sudor estaba lleno de gérmenes y llegó a la conclusión de que la sudoración liberaba bacterias que estaban dentro del cuerpo. Creía que se podría hacer un diagnóstico preciso de la enfermedad del paciente simplemente haciéndolo sudar.

El artículo continúa afirmando que «los animales pequeños mueren fácilmente mediante inyecciones subcutáneas de sudoración recolectadas después del ejercicio violento».

Contrario a la vieja creencia de que el sudor está lleno de gérmenes, una investigación posterior demostró que el cuerpo libera un antibiótico llamado dermicidina en el sudor. Los científicos descubrieron que la dermcidina puede matar E. coli, Staphylococcus aureus y otras bacterias dañinas.

Experimentos en recién nacidos

En la década de 1960, un equipo de investigadores de la Universidad de California desarrolló un experimento para estudiar los cambios en la presión arterial y el flujo sanguíneo.

Los expertos utilizaron a 113 recién nacidos con edades comprendidas entre una hora y tres días de edad como sujetos de prueba. En uno de los experimentos, insertaron un catéter a través de las arterias umbilicales y dentro de la aorta.

Luego, los pies del recién nacido eran sumergidos en agua helada con el propósito de probar la presión aórtica. En otro experimento, hasta 50 recién nacidos fueron atados individualmente a un tablero de circuncisión; luego, les dieron la vuelta para que la sangre llegara a la cabeza y se pudiera controlar su presión arterial. Monstruoso.

Estudio de monstruos

En 1939, un grupo de patólogos del habla de la Universidad de Iowa se propuso probar su teoría de que la tartamudez era un comportamiento aprendido causado por la ansiedad del niño por hablar.

Desafortunadamente, la forma en que decidieron probarlo fue tratar de inducir la tartamudez en los huérfanos diciéndoles que estaban condenados a comenzar a tartamudear en el futuro.

Los investigadores se sentaron con niños del Hogar de Huérfanos de Ohio ‘Soldiers and Sailors’ y les dijeron que mostraban signos de tartamudez y que no debían hablar a menos que estuvieran seguros de que hablarían correctamente.

El experimento no indujo el tartamudeo, pero sí hizo que los niños que antes eran normales se transformaran en ansiosos, retraídos y silenciosos. Los supervivientes demandaron a la universidad posteriormente, conformándose con apenas 1 millón de dólares por daños.

Proyecto Aversión

En 1969, durante la detestable era del Apartheid de Sudáfrica, miles de homosexuales fueron entregados al cuidado de Aubrey Levin, un coronel del ejército y psicólogo convencido de que podía «curar» a los homosexuales.

En el hospital militar de Voortrekkerhoogte, cerca de Pretoria, Levin utilizó la terapia de aversión electroconvulsiva para «reorientar» a sus pacientes. Los electrodos se colocaban en la parte superior del brazo de un paciente con alambres que corrían a un cuadrante calibrado de 1 a 10.

A los hombres homosexuales se les mostraban imágenes de un hombre desnudo y se les alentaba a fantasear, momento en el que el paciente era sometido a fuertes descargas.

Cuando le advirtieron a Levin que sería denunciado por vulnerar los derechos humanos, emigró a Canadá, donde estuvo trabajando en un hospital universitario hasta 2010. Fue condenado en 2013 por agredir sexualmente a tres de sus pacientes.

Experimento Milgram

En 1961, Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, comenzó una serie de experimentos de psicología social que medían la voluntad de los sujetos de prueba para obedecer a una figura de autoridad.

Realizado solo tres meses después del inicio del juicio del criminal de guerra nazi alemán Adolf Eichmann, el experimento de Milgram trató de responder la pregunta: «¿Podría ser que Eichmann y sus millones de cómplices en el  Holocausto simplemente siguieran órdenes?».

En el experimento, dos los participantes (uno en secreto, un actor y otro un sujeto de prueba involuntario) fueron separados en dos salas donde podían oír, pero no verse, el uno al otro. El sujeto de la prueba leería una serie de preguntas al actor, castigando cada respuesta incorrecta con una descarga eléctrica.

Aunque muchas personas indicaron su deseo de detener el experimento, casi todos los sujetos continuaron cuando les dijeron que no serían considerados responsables, o que no habría ningún daño permanente.

Experimento Tuskegee

El lapso más famoso en la ética médica en los Estados Unidos duró 40 años. En 1932, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, el Servicio de Salud Pública de EE. UU. lanzó un estudio sobre los efectos en la salud de la sífilis no tratada.

Desafortunadamente para los participantes involuntarios, este estudio implicaba no tratar la sífilis.

Los investigadores rastrearon la progresión de la enfermedad en 399 hombres negros en Alabama (y 201 sujetos de control), diciéndoles que estaban siendo tratados por «mala sangre». De hecho, los hombres nunca recibieron el tratamiento adecuado, incluso en 1947, cuando la penicilina se convirtió en el fármaco elegido para tratar la sífilis. 

No fue hasta que un artículo publicado en 1972 expuso este estudio al público cuando las autoridades decidieron clausurarlo.

Sigmund Freud y el caso de Emma Eckstein

A finales del siglo XIX, Emma Eckstein visitó a Sigmund Freud para ser tratado por una enfermedad nerviosa. Freud la diagnosticó con histeria y masturbación excesiva.

Su amigo Willhelm Fleis creía que la histeria y la masturbación excesiva se podían tratar cauterizando la nariz, por lo que realizó una operación a Eckstein donde esencialmente le quemó los conductos nasales.

Sufrió infecciones horribles y quedó desfigurada permanentemente ya que Fleiss había dejado gasas quirúrgicas en su conducto nasal. Otras mujeres sufrieron por experimentos similares.

Revivir a los muertos

Robert E. Cornish, un niño prodigio de la Universidad de California en Berkeley que se graduó con honores a la edad de 18 años y recibió su doctorado a los 22 años, estaba muy interesado en la posibilidad de devolver la vida a los muertos.

En 1930, intentó traer animales muertos a la vida, utilizando un grupo de fox terriers conocidos como ‘Lazarus’.

Los colocó en un balancín para hacer fluir su sangre y mientras balanceaba sus cadáveres de un lado a otro, les inyectó epinefrina y anticoagulantes.

Unos pocos que volvieron a la vida momentáneamente sufrieron ceguera y daño cerebral, pero rápidamente fueron declarados clínicamente muertos una vez más y jamás pudo repetir el éxito en un humano.

Los asesinatos de Burke y Hare

Hasta la década de 1830, los únicos cuerpos legalmente disponibles para la disección por los anatomistas eran los asesinos ejecutados.

Por ‘desgracia’, en aquella época los asesinos ejecutados eran una rareza relativa y muchos anatomistas se dedicaban a comprar cadáveres a los ladrones de tumbas o a robar ellos mismos los cuerpos inertes.

Así fue como el propietario de la pensión de Edimburgo William Hare y su amigo William Burke llevaron esta actividad empresarial un paso más allá. De 1827 a 1828, los dos hombres asfixiaron a más de una docena de inquilinos en la pensión y vendieron sus cuerpos al anatomista Robert Knox, según Mary Roach en «Stiff: The Curious Lives of Human Cadavers».

Al parecer, Knox no se dio cuenta (o no le importó) que los cuerpos que le traían sus nuevos proveedores estuvieran sospechosamente ‘frescos’.

Burke fue ahorcado por sus crímenes, y el caso estimuló al gobierno británico a dar un poco de manga ancha a las restricciones para disección.

El peso del alma

Duncan MacDougall fue un médico estadounidense de principios del siglo XX que teorizó que el alma tenía peso. Afirmó que podía medir la masa supuestamente perdida por el cuerpo humano cuando el alma partía al morir.

Sus experimentos incluso demostraron que el alma tenía un peso de 21 gramos al utilizar a seis pacientes a punto de morir y pesarlos.

Huelga decir que su conclusión nunca fue aprobada en la comunidad científica. Esta cantidad es una mera anécdota en un experimento con poca verosimilitud.

Gas mostaza contra el ejército estadounidense

En 1943, la marina de los EE. UU. expuso a sus propios marineros al gas mostaza. Oficialmente, la Marina estaba probando la efectividad de la nueva vestimenta y las máscaras de gas contra el gas mortal que había resultado tan aterrador en la primera Guerra Mundial.

El peor de los experimentos ocurrió en el Naval Research Laboratory en Washington. A los chicos de 17 y 18 años, tras ocho semanas de campamento de entrenamiento, les preguntaron si querían participar en un experimento que ayudaría a acortar la guerra.

Al llegar al laboratorio les contaron que el experimento involucraba gas mostaza. Los participantes, que sufrieron graves quemaduras externas e internas, fueron ignorados por la Marina y, en algunos casos, amenazados con la Ley de Espionaje.

En 1991, los informes finalmente fueron desclasificados y llevados ante el Congreso.

Cirugía de la edad de Piedra

Trepanar es el proceso de perforar un agujero en el cráneo de alguien. Suena tan brutal como es. Los científicos han desenterrado cráneos con agujeros reveladores desde el período Neolítico en adelante. Muchos consideran la trepanación la cirugía más temprana para la que existe evidencia arqueológica.

Y fue muy popular: de un 5 a un 10% de todos los cráneos neolíticos que los científicos han desenterrado hasta ahora llevan las marcas inconfundibles de la trepanación.

De los restos antiguos, no siempre es posible decir si la cirugía se realizó antes o después de la muerte, pero algunos pacientes ciertamente estaban vivos.

Contra todo pronóstico, algunos lograron sobrevivir al proceso. Sabemos esto porque los cráneos muestran evidencias de curación.

Aunque la mayoría se realizó en hombres adultos, también se han encontrado agujeros de trepanación en los cráneos de mujeres y niños.

Durante el período Neolítico, la práctica fue sorprendentemente generalizada: Europa, Siberia, China y las Américas.

¿Se extinguió la trepanación con la Edad de Piedra? En absoluto. Continuó a través del período clásico, e incluso hasta el Renacimiento.

Hoy en día, todavía existen procedimientos quirúrgicos similares; pero, como pueden imaginar, implican un poco más de delicadeza y mucha más anestesia.

Así, las craneotomías se utilizan para tratar algunos hematomas (en los que la sangre se acumula entre el cráneo, el cerebro y las membranas intermedias), por ejemplo.

Mejorar la sonrisa de una forma barata

Hoy en día, la orina tiene pocos usos cotidianos, lo que quizá es una pena, dada su amplia disponibilidad (cough, cough). En la época romana, sin embargo, era diferente. La orina era un producto tan popular que la gente la recogía de los orinales públicos.

Incluso hubo un impuesto que había que pagar si te beneficiabas de la venta de este líquido dorado. Muchos de los usos de la orina no eran médicos, como la producción de pólvora o para suavizar el cuero. Pero, un uso menos sabroso para la orina, sin embargo, era como blanqueador de dientes.

El amoniaco supuestamente ayudaba a limpiar las manchas de los dientes (mejor no hablemos del aliento).

Aparentemente, dejar que la orina se pudra durante algún tiempo da tiempo a la urea para que se convierta en amoníaco, que es un agente antibacteriano y blanqueador utilizado en los productos de limpieza del hogar.

No fueron solo los antiguos romanos quienes utilizaron este método escatológico de blanqueamiento de dientes; A lo largo de la historia, ha sido utilizado por varias personas e, incluso hoy en día, algunos se sienten tentados a intentarlo.

Cortar las encías

En los viejos tiempos, la mortalidad infantil era muy alta; y la mayor parte del tiempo, la razón de la muerte era totalmente desconocida.

Los niños morían frecuentemente entre los 6 meses y los 2 años de edad, lo que, casualmente, es aproximadamente el momento en que salen los primeros dientes. Las mentes médicas del momento pensaron que esto podría no ser una simple coincidencia, por lo que concluyeron que el proceso de la dentición también era la causa de la muerte infantil.

Así que ni cortos ni perezosos -y desafortunadamente para los niños involucrados-, los médicos de la época desarrollaron una amplia gama de intervenciones, que incluían sangrado, ampollas y colocación de sanguijuelas en las encías.

En algunos casos, incluso quemaban la parte posterior de la cabeza del bebé.
Durante el siglo XVI, el cirujano francés Ambroise Paré (1510-1590) introdujo la punción de las encías, y este se convirtió en el método preferido.

Encontramos escritos como este: «El médico Marshall Hall (1790–1857) escribió que preferiría pinchar las encías de un niño 199 veces innecesariamente que omitirlas una vez si fuera necesario y le ordenó a sus estudiantes que lo hicieran antes, durante y después de que aparecieran los dientes, a veces dos veces al día «.

Aún se desconoce cuántos niños murieron a causa de infecciones que probablemente se desarrollaron tras tales procedimientos.

Otro recordatorio de cómo los humanos podemos llegar a ser increíblemente bárbaros sin la más mínima intención de serlo.

Heroína como medicamento para la tos

¿Heroína? Así es.

Debido a las molestias que causaba la tos, los científicos diseñaron varios brebajes -no puede llamarse de otra forma- a lo largo de los siglos para eliminarla. Un invento que la compañía farmacéutica alemana Bayer comercializó en su momento tenía un ingrediente particularmente potente: la heroína.

La inclusión de esta sustancia altamente adictiva estaba destinada a reemplazar el opio, que se había convertido en una popular droga de abuso. Este medicamento de venta libre se promovió como un «sustituto de morfina no adictivo».

Aunque pronto quedó claro que la heroína también era increíblemente adictiva. Dicha droga se comercializó entre 1898–1910. En 1924, sin embargo, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) prohibió que la heroína se vendiera, importara y fabricara. ¿Y la heroína funcionaba mejor que los jarabes de la tos? Pues lo cierto es que no.

Hace solo 20 años, era normal fumar cigarrillos en restaurantes, conducir bajo la influencia del alcohol era algo común hasta la década de 1970 y, en la década de 1960, las mujeres embarazadas bebían regularmente alcohol y fumaban.

¿Qué estamos haciendo ahora que nos sorprenderá en unas pocas décadas?

7 de los casos más extraños y curiosos de su historia

La historia de la medicina puede ser tan extraña como fascinante.

El experiodista de la BBC Thomas Morris lo sabe bien.

En su libro «El misterio de los dientes que explotaban y otras curiosidades de la historia de la medicina» (Penguin, 2018), revela siete de los casos más extraños en los anales médicos.

1. Los dientes que explotaban

Hace 200 años, un clérigo de Pennsylvania, Estados Unidos (identificado solo como «el Reverendo D.A.») comenzó a padecer un dolor de muelas insoportable.

Fuera de sí por la agonía, hizo todo lo posible para aliviar el dolor: correr por su jardín como un animal enfurecido, golpearse la cabeza contra el suelo y hundir la cara en agua helada.

Desafortunadamente, todos esos intentos fueron en vano.

A la mañana siguiente, el clérigo caminaba de un lado a otro por su estudio, agarrándose la mandíbula, cuando de repente «un estruendo agudo, como un disparo de pistola, rompió su diente en pedazos, dándole un alivio instantáneo».

Extrañamente, la explosión del canino del sacerdote fue el comienzo de una epidemia de dientes explosivos que eventualmente sería reportado en una revista dental bajo el llamativo título: «Explosión de los dientes con un informe audible».

Al parecer, el dolor de muelas de una mujer joven terminó de forma espectacular cuando su muela adolorida estalló con tal violencia que casi la derribó, ensordeciéndola durante varias semanas.

¿Qué pudo haber causado estas explosiones dramáticas? Los expertos propusieron numerosas teorías, que iban desde cambios bruscos de temperatura hasta los productos químicos utilizados en los primeros empastes.

Ninguno de estos argumentos, sin embargo, fue particularmente convincente, por lo que el caso de los dientes que explotaban sigue sin resolverse hasta la fecha.

2. El marinero traga cuchillos

En 1799, un marinero estadounidense de 23 años llamado John Cummings desembarcó para pasar la noche con sus compañeros en el puerto francés de Le Havre.

Allí, el grupo vio a un mago que entretenía a una gran audiencia pretendiendo que tragaba cuchillos.

Más tarde esa noche, Cummings, que ya estaba muy borracho, se jactó de que podía tragar cuchillos «igual que el francés». Animado por sus amigos, el temerario marinero se metió su cortaplumas en la boca y se lo tragó.

Cuando un espectador le preguntó cuántas navajas podía tragarse al mismo tiempo, Cummings respondió: «¡Todos los cuchillos a bordo de la nave!«, antes de consumir tres más.

Fue una hazaña impresionante, si bien fue una idiotez. Aunque Cummings no intentó tragar más cuchillos por seis años, en 1805 quiso lucirse en una fiesta y repitió su actuación frente a un grupo de marineros.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que Cummings comenzó a sufrir los efectos negativos de su «dieta» poco ortodoxa.

Un terrible dolor abdominal hizo que comer se volviera cada vez más difícil y comenzó a morir de hambre.

Finalmente falleció en 1809 después de una larga enfermedad.

Sus médicos, que no habían creído su historia de que había comido cuchillos, quedaron inicialmente desconcertados, hasta que diseccionaron su cuerpo y se asombraron al descubrir los restos corroídos de más de 30 cuchillos dentro de su estómago e intestinos, uno de los cuales incluso perforaba su colon.

3. La cura de anca de paloma

Los médicos del siglo XIX empleaban una amplia gama de remedios extraños, pero pocos eran tan extraños como el recomendado por el médico alemán Karl Friedrich Canstatt.

El eminente especialista en enfermedades infantiles daba la siguiente receta para tratar las convulsiones infantiles: «Si uno sostiene el anca de una paloma contra el ano del niño durante el ataque, el animal muere pronto y el ataque cesa con la misma rapidez».

Fue una idea excéntrica y, curiosamente, el doctor Canstatt no fue el único médico que creía que funcionaba.

Cuando el director del Hospital Infantil de San Petersburgo, Dr. JF Weisse, fue convocado para tratar a un niño que estaba gravemente enfermo, una noche en agosto de 1850, tuvo poco éxito con los medicamentos convencionales.

Desesperado, pidió a los padres que consiguieran una paloma. «Después de que el ave se aplicó al ano del niño», anotó en un diario médico, «jadeó para respirar varias veces, cerró los ojos periódicamente, luego sus pies se contrajeron en un espasmo y finalmente vomitó».

El niño se recuperó milagrosamente, aunque no se puede decir lo mismo de la paloma: después de rechazar su comida, murió unas horas después.

Cuando las noticias sobre la «cura de anca de paloma» llegaron a las revistas médicas de Londres, causaron muchas risas.

Pero Weisse ignoró las burlas e instó a una mayor investigación: «Los experimentos con otras aves de corral son necesarios», escribió, aparentemente en serio.

4. El soldado que removió su propio cálculo de vejiga

El coronel Claude Martin era un soldado del siglo XVIII que pasó gran parte de su vida trabajando para la Compañía Británica de las Indias Orientales.

Además de disfrutar de una exitosa carrera militar, trabajó como cartógrafo, arquitecto y administrador. Se convirtió en el europeo más rico de India y también construyó (y voló) el primer globo aerostático del país.

Pero lo que es menos conocido de Martin es que fue la primera persona que realizó -y que se sometió- a un procedimiento médico que más tarde sería conocido como litotricia.

Cuando desarrolló los síntomas de un cálculo en la vejiga, en 1782, Martin decidió no visitar a un médico, dándose cuenta de que una operación para extirparlo sería extremadamente dolorosa.

En cambio, el valiente francés tomó el asunto en sus propias manos.

Martin diseñó un instrumento especial hecho con una aguja de tejer y un mango de ballena. Luego insertó este instrumento casero en su propia uretra y dentro de su vejiga, y raspó la piedra poco a poco.

Encima de eso, el coronel repitió el horrible procedimiento hasta 12 veces al día, durante seis meses.

Sorprendentemente, funcionó: al final de ese período sus síntomas habían desaparecido.

Cincuenta años después, algo muy similar a la técnica de Martin se convirtió en un método estándar para el tratamiento de cálculos en la vejiga, gracias a la investigación pionera de cirujanos en París, que aparentemente desconocían lo que había hecho el coronel.

Martin no solo fue el primero en realizar el procedimiento, más tarde conocido como litotricia; también fue el primer paciente en someterse a esta operación.

5. El cuento del molinero

El 15 de agosto de 1737 un joven llamado Samuel Wood estaba trabajando en uno de los molinos de viento en la isla de los Perros en Londres.

Caminando en busca de otra bolsa de maíz, no se dio cuenta que tenía una soga colgando.

Al pasar frente a una de las grandes ruedas de madera, la cuerda quedó atrapada en uno de los engranajes y antes de saber lo que estaba sucediendo, voló por el aire y cayó bruscamente al suelo.

Al levantarse Wood no sintió dolor, excepto por un ligero hormigueo en su hombro derecho. Y entonces vio un objeto inesperado enganchado en la rueda: un brazo amputado.

¡Su brazo!, se dio cuenta con horror.

Mostrando una compostura admirable, logró bajar por una escalera estrecha y luego caminar hasta la casa más cercana para pedir ayuda.

Perder una extremidad no es un asunto trivial: la lesión de Wood fue tan drástica que los médicos que trataron al joven temían un desenlace fatal. Pero se sorprendieron al ver que el brazo había sido arrancado tan limpiamente que la vida de su paciente no corría peligro.

Wood se recuperó de su percance en cuestión de semanas y se convirtió en una especie de celebridad: las tabernas locales incluso vendían imágenes del hombre que había sobrevivido cuando un molino de viento le arrancó el brazo.

En noviembre de 1737, tres meses después del accidente, Samuel fue llevado ante la Royal Society como una curiosidad viva, con su brazo amputado, ahora conservado en alcohol, que también se presentó para que los científicos reunidos lo examinaran.

6. Babosas en su estómago

En el verano de 1859, una niña de 12 años de Londres llamada Sarah Ann comenzó a quejarse de sufrir náuseas. Sus síntomas no eran graves y sus padres no se preocuparon hasta que una tarde vomitó una gran babosa de jardín, que fue descrita como «viva y muy activa».

Sarah Ann luego vomitó siete babosas más, de varios tamaños, pero todas vivas, y sus padres decidieron que probablemente era hora de buscar atención médica.

Cuando le preguntaron si había comido algo inusual, la niña le dijo al médico que le gustaba comer las lechugas del jardín.

El médico concluyó que, sin saberlo, se había tragado a una familia de babosas jóvenes que habían crecido hasta la madurez dentro de su estómago por varias semanas.

También notó que Sarah Ann tenía una sola mano, algo que él atribuyó al hecho de que su madre había sido «asustada por un puercoespín» durante el embarazo.

La historia de las babosas parecía inverosímil y algunos expertos sugirieron que la niña debía estar fingiendo: «¿Puede la babosa del jardín vivir en el estómago humano?», se preguntaba en un titular de la revista científica The Lancet.

JC Dalton, un profesor de fisiología de Nueva York, decidió averiguarlo. Realizó una serie exhaustiva de experimentos que involucraron mojar babosas vivas en ácido estomacal para ver qué sucedía.

Todas las criaturas murieron en cuestión de minutos y fueron digeridas completamente varias horas después, y el profesor concluyó, razonablemente, que nolas babosas no pueden vivir en el estómago humano.

Entonces, ¿qué estaba mal con Sarah Ann? Parece probable que su enfermedad fuera más mental que física.

Pero sea lo que sea lo que la afligió, ciertamente no fue una familia de moluscos que vivía en su estómago.

7. Una molestia ardiente

La halitosis, también conocida como mal aliento, es una condición incómoda y vergonzosa, pero rara vez es peligrosa.

En 1886, un hombre de Glasgow, cuyo nombre se desconoce, que había estado sufriendo de mal aliento durante aproximadamente un mes, desarrolló un nuevo síntoma preocupante.

Al despertarse en medio de la noche, prendió un fósforo para mirar su reloj. Cuando intentó soplarlo, su aliento se prendió fuego, causando una tremenda explosión.

Su esposa se despertó de inmediato y encontró a su esposo escupiendo fuego como un dragón dispéptico.

El médico del hombre nunca había escuchado algo similar y al principio nadie sabía qué podría haber causado este fenómeno inusual.

Pero luego otro médico escocés, James McNaught, se encontró con un paciente tan afectado por eructos combustibles que tuvo que dejar de fumar por temor a incendiar su casa.

Al pasar un tubo dentro del estómago del hombre, el doctor McNaught pudo analizar el contenido. Descubrió que una obstrucción en el intestino hacía que el contenido del estómago del hombre se fermentara, produciendo grandes cantidades de metano inflamable.

Aunque es potencialmente peligroso, este estado también sirvió como truco divertido.

En la década de 1930, un paciente intentó encender un cigarrillo mientras jugaba un juego de bridge, pero se sintió abrumado por la necesidad de eructar.

Como informó una revista médica: «Al estar en compañía intentó hacerlo discretamente a través de la nariz; dejó electrificados a sus acompañantes cuando produjo dos llamas que salían de sus fosas nasales».

¿Qué podría ser más discreto que eso?

nuestras charlas nocturnas.

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