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Historias de la Segunda Guerra Mundial…


El hombre que reveló la cara más monstruosa del nazismo y escribió sobre el holocausto cuando nadie lo hacía

Infobae(M.Bauso)(M.del Moral)  —  Las cosas no siempre fueron como las conocemos. Hubo un tiempo, después de la Segunda Guerra Mundial, en que parecía que nadie estaba interesado en conocer de manera exhaustiva lo que había sucedido en los campos de concentración.

Demasiado horror. Pasaban muchas cosas a la vez en ese tiempo nuevo. La atención estaba centrada en la tensa e inestable Guerra Fría y, en Medio Oriente, en el establecimiento de Israel y en los choques con el mundo árabe. A los sobrevivientes se les daba una palmada en la espalda y se los instaba a mirar el futuro. 

Ese temor que alguna vez expresó Primo Levi, eso que se había convertido en su pesadilla recurrente –iba en un tren y hablaba de los horrores sufridos en el Lager, de los muertos, y nadie quería escucharlo, sus interlocutores huían- se estaba convirtiendo en realidad. “En esa época, se solía decir a las personas martirizadas por el recuerdo―los sobrevivientes―que olvidaran lo que había pasado” escribió Raul Hilberg.

Los soviéticos no estaba interesados en rebuscar en el pasado porque Stalin temía que le hicieran rendir cuentas del accionar de sus hombres y de Kolyma y el sistema de Gulag. Occidente, por su parte, no quería predisponer mal a los alemanes; habían apostado a su resurgimiento y había muchos intereses en juego; todos sabían que rebuscando encontrarían complicidades y culpabilidades masivas.

Unos pocos hombres vinieron a cambiar eso. Lo hicieron pese a la indiferencia, los obstáculos y hasta la oposición expresa de grupos y asociaciones que se suponía debían apoyarlos. Pero con un trabajo serio, riguroso y valiente consiguieron que el mundo conociera la verdad y tomara conciencia de la magnitud de lo ocurrido y de la anatomía de esa maquinaria de muerte.

Raul Hilberg fue uno de esos hombres.

Memorias de un historiador del Holocausto

Se acaba de distribuir en las librerías de esta parte del continente Memorias de un Historiador del Holocausto (Arpa) de Raul Hilberg, autor de un texto fundamental para comprender la Shoah, La Destrucción de los Judíos Europeos.

Un texto pionero, riguroso, novedoso y lacerante. Estas memorias (el título original es The Politics of Memory) describen la vida del historiador pero en especial la concepción de su gran estudio, las dificultades que tuvo para publicarlo y las resistencias que debió enfrentar una vez que vio la luz.

 Es una impactante reflexión sobre cómo las sociedades (y los especialistas) son refractarios, rechazan aquella que no se ajusta a sus creencias, prejuicios o conveniencias.

Raul Hilberg nació en Viena en 1927. Su padre tenía un pequeño negocio. En esa casa no reinaba el amor. Había poca comunicación y bastante dureza. Cuando se produjo el AnschlussHilberg vio por la ventana de su casa el desfile triunfal y al pueblo austríaco recibiendo alborozado a las tropas alemanas. No podía entender lo que sucedía.

Recuerda que sin saber por qué mientras estaba apoyado en el marco mirando lo que sucedía en la calle se dijo a sí mismo: “Algún día voy a escribir sobre esto”.

Su padre decidió que partieran hacia Estados Unidos. No había más lugar para ellos en Austria bajo el dominio nazi. Los presionaron para sacarles la casa por ser de origen judío (nadie en la familia era practicante religioso). Esa expropiación forzada los dejó sin nada. 

Al padre de Hilberg lo detuvieron soldados nazis en la calle y lo llevaron detenido. Lo interrogaron y lo dejaron en un costado olvidado varios días. Hasta que un soldado lo llamó y con una planilla en mano le dijo que se preparase.

Hilberg padre vio que en el papel al lado de su nombre habían puesto una D, así en mayúscula. Supo que lo enviarían a Dachau. Con serenidad pero con firmeza dijo: “Ustedes no pueden mandarme a Dachau. Yo peleé en la Gran Guerra. Hasta me condecoraron por mi coraje”. El soldado llamó a un superior, que suspicaz, lo empezó a interrogar. “A ver judío ¿Dónde dice que estuvo?”.

El hombre recitó cada uno de los batallones que integró y los destinos en los que actuó. El oficial nazi ordenó que lo liberaran: “Este hombre no miente. Estuvo en muchos lugares en los que estuve yo”.

Después de eso, ya sin lugar para vivir y sin poder caminar por la calle, debieron emigrar. Los Hilberg se instalaron en Nueva York.

Alrededor de 1943: Mujeres y niños judíos, algunos con el parche amarillo de la estrella de David en el pecho, en el campo de concentración de Auschwitz, Polonia, sometidos a selecciones. Muchos fueron enviados inmediatamente para ser gaseados por el Dr. Josef Mengele, el médico jefe del campo de concentración.

Raul siguió estudiando. Al ingresar a la universidad siguió los deseos del padre y se anotó en química. Pero al poco tiempo emigró a ciencias políticas. Allí comenzó a estudiar con denuedo. En 1945 fue alistado y destinado a Europa. Cuando llegó la guerra estaba terminando. Los nazis habían sido derrotados. Lo enviaron a custodiar documentación y a catalogarla.

Allí tuvo contacto con las cajas que almacenaban la biblioteca de Hitler. También accedió por primera vez a miles de documentos administrativos nazis. Al regresar a Estados Unidos empezó a escribir su tesis sobre el aniquilamiento de los judíos por parte del régimen nazi.

Estudió ciencias políticas porque el Holocausto, que todavía no había sido nombrado de esa manera, no era considerado materia de la historia todavía. Era algo demasiado reciente. La visión de Hilberg fue desde el principio novedosa y compleja.

 Entendió que lo que había ocurrido con los judíos europeos no se había tratado de la obra de unos locos sino que había sido un plan llevado a cabo por cientos de miles en distintos estamentos y organizaciones.

Raul Hilberg se dedicó a estudiar por primera vez cómo fue la destrucción de los judíos europeos por parte de los nazis. Su estudio fue riguroso y revelador

Hilberg no se especializó en nazismo. Ya había varios que se dedicaban a la cuestión. Es más, algunos como Franz Neumann lo había hecho en tiempo real, mientras aún estaban en el poder. Lo que Hilberg estudió fue el aniquilamiento y sus métodos. Fue el primero en sistematizar esa rama, en considerar que merecía un estudio especial.

Hilberg con su obra consiguió que se entendiera la Shoah de una manera distinta, fue el que ayudó a comprender cómo había sido el mecanismo de la masacre. Desde el principio asumió la complejidad de la situación y evitó todo tipo de simplificaciones. 

Le llevó más de quince años elaborar su libro. Investigó en archivos europeos y norteamericanos. Trabajó especialmente con documentos alemanes mientras tenía otras labores, en especial universitarias, que le permitían seguir con la elaboración de su libro.

Cuando presentó el proyecto originalmente, uno de sus mentores le dijo que esto sería su tumba. Cuando después de años de trabajo, cuando le faltaban semanas para poner punto final a su tesis, murió Franz Neumann, su director de tesis. Y una vez más la orfandad lo rodeó.

Apenas tuvo terminado el manuscrito, lo hizo circular por diversas editoriales e instituciones buscando su publicación. Estaba dispuesto a poner todos sus ahorros para verlo convertido en libro pero estos no alcanzaban. Nadie quería editarlo. Era una obra sumamente extensa.

Pero el problema no era la cantidad de sus páginas, sino lo que decía. Hilberg en La Destrucción de los Judíos Europeos describe el Holocausto como una maquinaria de destrucción, un ordenamiento burocrático descentralizado y progresivo que tuvo como fin y como resultado el aniquilamiento de los judíos de Europa.

Y además habla por primera vez de la responsabilidad de los Consejos Judíos y va contra la idea, ya instalada por esos años, que la resistencia de los judíos fue muy extensa. En ningún momento confunde víctimas con victimarios pero tampoco acepta como un dogma de fe lo sostenido por diversas asociaciones judías.

Sostiene que se llegó al ridículo de que estados de pasividad total fueran reinterpretados como heroicas situaciones de resistencia. Él hace historia y necesita ser honesto consigo mismo y con el material de estudio. Elige honrar la verdad y no cargar de épica cada episodio.

Los rechazos editoriales se acumulan. Gana un concurso con su tesis que le garantizaba la publicación, pero el editor se las ingenia para no hacerlo. Algunos le dicen que sus teorías no tienen fundamentos, otros que sólo se basa en documentos alemanes, otros que lo que sostiene sobre los consejos judíos es muy difícil de digerir.

Hasta que una serie de circunstancias conspiran en su favor. Un millonario empresario exiliado decide aportar parte del presupuesto y los preparativos del juicio a Eichmann en Jerusalén aumentan el interés sobre el tema. Quince años después de su inicio su libro vería la luz.

La detención y el juicio a Eichmann reavivaron la atención mundial sobre el tema. Y se convirtió en un factor fundamental para que por fin el libro de Hilberg pudiera ver la luz

La primera edición se publicó en la pequeña editorial de la Universidad de Vermont. Más de 800 páginas a doble columna (que en edición normal hubieran superado las 1400 páginas). La recepción fue fría. Pero inquietante. Los especialistas no podían negar que estaban ante algo absolutamente riguroso y muy novedoso.

Por primera vez, el mecanismo burocrático del Holocausto era mostrado a la perfección. Esa burocracia vasta y sofisticada había llevado adelante la matanza de millones de judíos (otro anatema: también puso en duda el numerus clausus de los seis millones: él sostenía que se había tratado de 5.100.000), a su destrucción.

Esa destrucción había sido una obra alemana. Tenía su espíritu, su enjundia, su cultura. Para entender esa maquinaria destructiva tenía que entender la visión de los culpables, de los perpetradores. Y para eso era necesario sumergirse en sus papeles, en sus documentos, en su administración gris.

Luego descubrió que esa labor de destrucción había sido progresiva. Y que ese esquema se había repetido en cada jurisdicción. Primero se marcaba a los judíos, luego los separaban, los despojaban de sus bienes y propiedades, los deportaban y, finalmente, los mataban. Eso que él llamó “el proceso de destrucción”.

Claude Lanzmann, el documentalista que dirigió Shoah el gran documental de 9 horas de duración, convocó a Hilberg como único especialista en aparecer en su obra. 

Los alemanes en 1933 o hasta en 1937 no sabían qué harían con los judíos. La Solución Final, es decir el aniquilamiento, se formuló en 1941. Pero la progresión, la tendencia ya existía: el antisemitismo y sus manifestaciones cada vez eran más intensas. Y cada vez se corrían más los límites de crueldad e inhumanidad. El proceso seguía una lógica destructora.

La reconocida investigadora Judith Sklar le dijo a Hilberg que los libros tienen que aparecer en el momento justo y que el suyo había aparecido demasiado pronto. Las distintas sociedades no estaban preparadas para afrontar las conclusiones de Hilberg. Los israelíes estaban consolidando su estado y la política de la memoria, los norteamericanos recién pusieron real atención al Holocausto después de Vietnam, Alemania hacía todo lo posible para no revolver en el pasado y para evitar culpabilidades, y Francia tenía todavía demasiado fresco los problemas y humillaciones de la guerra, todavía convivían los que habían sido de la Resistencia con los acusados de colaboracionistas.

Y Hilberg y su libro eran difíciles de digerir. Con los años sacó nuevas ediciones a los que les incorporó nuevo material probatorio. El libro resistió el paso del tiempo. Y en especial logró plasmar la secreta aspiración que tiene cualquier historiador: que su tema de estudio, a partir de su intervención, sea visto con sus ojos, que sus conclusiones queden establecidas como verdades. Hannah Arendt escribió: «Nadie podrá volver a escribir de estos temas sin recurrir a él»

Hannah Arendt -aquí junto a su esposo Heinrich Blucher- utilizó como fuente principal para su Eichmann en Jerusalén al libro de Hilberg. Pero entre ambos hubo tensión, críticas furibundas y hasta celos profesionales

Pero esta consolidación tampoco fue pacífica. Hilberg peleó durante décadas con los principales referentes y hasta con organizaciones como Yad Vashem (que se negó a colaborar en la edición de su libro y después le prohibió durante un largo tiempo el acceso a su biblioteca). Pero una de sus principales y más celebres contrincantes fue Hannah Arendt. La filósofa reconoce (recién en su segunda edición) que el trabajo de Hilberg fue su principal fuente en Eichmann en Jerusalén.

Pero a Hilberg le repugna la teoría de Arendt –que ella y sus editores llevaron al subtítulo del libro, y que se convirtió en un lugar común repetido y malinterpretado- de la banalidad del mal. Los dos tuvieron una larga polémica pública que incluyó algunos agravios en cartas privadas a terceros y una chicana de Hilberg en sus memorias que cierra el capítulo dedicado a las polémicas y a Arendt recordando el romance de ella con Heidegger, el nazismo del filósofo y que ella después de la guerra intentó que fueran condonadas las culpas de Heidegger.

Hoy se considera la obra de Hilberg como un aporte fundamental y que su mirada cambió la manera de comprender el Holocausto. Sin embargo no se debe olvidar que el libro circuló sólo entre especialistas durante muchísimo tiempo y que aún entre ellos recibió resistencias muy fuertes. La primera edición alemana recién se publicó treinta años después de su aparición. Y la israelí demoró todavía unos años más. Recién se conoció en 2012.

Alguien le reprochó a Hilberg que sus actitudes y sus conclusiones eran en parte fruto de su falta de sentido de pertenencia. Cuando le preguntaron sobre eso, respondió: “No me siento parte de nada. No me siente parte del mundo universitario, en el que actué durante décadas. Ni siquiera me siento parte de Burlington donde viví desde 1956. Tal vez algunos de nosotros estemos destinados nada más que a estar solos”.

«Hilberg fue un faro, un barco de la historia anclado en el tiempo y en un sentido más allá del tiempo, imperecedero, inolvidable, con el que nada en el curso de la producción histórica ordinaria puede compararse», dijo Claude Lanzmann sobre el historiador

Hilberg es el único especialista que aparece en Shoah, el mastodóntico y riguroso documental de Claude Lanzmann. En Shoah sólo hay sobrevivientes, nazis y testigos. Y también está Hilberg. Su participación se originó porque el director le pidió que le interpretara un documento alemán. Y Hilberg desplegó con énfasis toda su erudición sobre el tema por lo que pensó en incorporarlo.

Lanzmann, que era seco y nada propenso al halago, dijo sobre Raul Hilberg: “Fue un faro, un barco de la historia anclado en el tiempo y en un sentido más allá del tiempo, imperecedero, inolvidable, con el que nada en el curso de la producción histórica ordinaria puede compararse”.

En 1992, Hilberg volvió a Viena por primera vez desde que tuvo que emigrar junto a su padre y su madre. Había tratado de evitar ese momento. Pero el éxito académico y la nostalgia lo llevaron a su ciudad natal. Recorrió sus calles, recordó momentos, reconoció lugares significativos de su infancia, hasta que llegó al edificio en el que vivía con su familia.

Quiso subir al departamento para verlo. Descubrir si era cómo él lo recordaba, si los lugares eran más pequeños de lo que su memoria de niño había fijado, si encontraba algo que trajera de vuelta al menos por unos segundos a sus padres.

Golpeó la puerta de ese segundo piso pero no atendieron. No había nadie. Lo que sí pudo ver fue la chapa de la puerta que identificaba a los propietarios. En ese departamento todavía vivía la esposa del hombre que los despojó de su hogar sólo porque ellos eran judíos. Habían pasado 54 años.

Las mil vidas de Bert Trautmann, el soldado nazi que desertó y se convirtió en una leyenda del fútbol inglés

Bernhard Carl Trautmann nació en Bremen, Alemania, en 1923 y en una familia pobre. Su educación estuvo regida por la doctrina nazi

Hay quienes dicen que vivió dos vidas, que fue héroe y villano, lo catalogan como la amnistía del enemigo. Hay quienes lo califican de desertor, de leyenda, conjugan su historia con piezas de epopeya y redención. «Lo maravilloso de la vida», dicen también como aposición a su nombre. Bert Trautmann es quien jugó una final con el cuello roto.

El 5 de mayo de 1956 más de cien mil personas asistieron al estadio de Wembley para ver la definición de la FA Cup entre el Birmingham City -el favorito- y el Manchester City. Lo ganaba el Manchester City, su equipo, 3 a 1, cuando Peter Murphy, delantero rival, se interna en el área para marcar el gol del descuento. Trautmann se arroja para impedirlo, sin medir consecuencias físicas, sin calcular el saldo. El choque es fulminante.

El arquero queda tendido en el césped: tiene una vértebra rota y no volverá a jugar al fútbol por un año. Pero, impasible e inconsciente, ataja el resto del partido -16 minutos- e interviene con destreza en otras situaciones de peligro. Arriesga su vida para proclamarse campeón.

Trautmann es elegido el mejor jugador del campeonato: es el primer extranjero en ser premiado con tal distinción. El año pasado su equipo también había accedido a la final de la FA Cup: fue derrota ante el Newcastle por 3 a 1. Pero el arquero sería noticia de nuevo: era el primer alemán en disputar el torneo de fútbol más antiguo del mundo.

Lo hizo ante la presencia de la reina Isabel II. Corría el año 1955. Bert en verdad se llamaba Bernhard Carl, había nacido en Bremen, Alemania, en 1923: se afilió a las juveniles hitlerianas, abrazó la causa nazi, fue paracaidista y soldado ascendido a sargento, resistió el bombardeo de Kleve, una granada le explotó en los pies, estuvo tres días enterrado en escombros, fue uno de los noventa sobrevivientes de un regimiento de mil soldados, los aliados lo capturaron dos veces, dos veces escapó.

No resultó sorprendente su temeridad, imprudencia y tozudez cuando jugó una final de fútbol con el cuello roto: persistir y sobrevivir era su método.

Bert Trautmann en acción: una imagen del 24 de marzo de 1956 contra el Tottenham Hotspur en el estadio White Hart Lane de Londres. Ese año el arquero fue elegido el mejor jugador del campeonato 

Antes de jugar 545 partidos con el Manchester City entre 1949 y 1964, antes de alcanzar la estatura de leyenda y mito, antes de ser condecorado con cuatro medallas y la Cruz de Hierro por su valentía en batalla, antes de ser bendecido por el rabino de la ciudad Alexander Altmann, Bert Trautmann fue parte de la maquinaria de aniquilación nazi.

Hijo de un obrero y de una ama de casa, se crió a costa de donaciones y beneficencia. Creció en época de posguerra, en el marco de una economía desplomada. En su primera década de vida, ya con Adolf Hitler en la escena política, sus padres lo inscribieron en la Deutsches Jungvolk, una organización juvenil para niños de 10 a 14 años.

Era un programa de estímulo deportivo que encubría un régimen de adoctrinamiento de ideología nazi.

La asociación era precursora de las juventudes hitlerianas (Hitlerjugend), una organización político-militar creada para enrolar e instruir la energía de la masa joven. «Unirse a las juventudes hitlerianas era como una aventura porque a esa edad no tenés conciencia de vos mismo«, reconoció, años después, en un documental de la televisión española.

Forjó sus principios bajo este metódico sistema de formación espiritual: recibía lecciones de ideología y biología aria. Se alistó como voluntario tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Todos sus amigos lo hicieron: tenía 17 años. Era aprendiz de mecánico y quiso convertirse en operador de radio, intérprete de código morse, pero no fue aprobado. Lo trasladaron al regimiento de infantería aerotransportada de la Luftwaffe, la fuerza aérea de la Alemania nazi.

«No te ofrecés como voluntario para matar gente, lo hacés para defender la tierra de tus padres. Cuando estás con el rifle o la ametralladora solo ves sombras en el horizonte y te defendés», expresó.

Esta postal data del 5 de mayo de 1956: el día de la gran final de la FA Cup entre el Birmingham City y el Manchester City. Ese día Trautmann se rompió una vértebra y siguió jugando sin saber que ponía en riesgo su vida

Como paracaidista cayó en Zamos, en la frontera entre Polonia y Rusia. Fue capturado. Lo que no hicieron los soviéticos, se encargó la meteorología. El clima hostil y la represalia rusa diezmaron el regimiento: eran mil, sobrevivieron noventa, Trautmann entre ellos. Cuando el ejército alemán emprendió la retirada, le explotó una granada en los pies: apenas sufrió heridas leves. Se fugó por primera vez.

Presenció, durante aquellos años, un exterminio en masa: un comando de ejecución de la Einsatzgruppen -los escuadrones de la muerte del nazismo- aniquiló una comunidad y arrojó los cuerpos a una fosa.

Esa experiencia brutal le activó la conciencia: algo había cambiado en la percepción de un idealista nazi al que le habían enseñado que los judíos eran malos y los arios, la raza maestra. «Si hubiera sido un poco mayor, probablemente me habría suicidado«, admitiría tiempo después.

Volvió al mando y lo devolvieron al combate. Participó de la batalla de Árdenas, una contraofensiva nazi del Frente Occidental en una región que comprende partes de Bélgica, Francia y Luxemburgo. Estuvo tres días enterrado bajo escombros producto de un bombardeo hasta que lo encontró la resistencia francesa: volvió a escapar.

Desertó de una guerra que agonizaba y se dirigió, sin apoyos ni logística, de regreso a su hogar en Bremen. Dos soldados estadounidenses lo descubrieron oculto en un granero francés, lo requisaron y como no tenía información útil para darles lo dejaron ir. Se retiró con las manos en alto pensando que lo iban a acribillar.

Huyó, corrió, atravesó un campo, saltó una valla hasta cruzarse con un grupo de soldados ingleses. Él reconoció que lo primero que le dijeron luego de la emboscada fue una invitación sugerente: «Eh, Fritz, ¿te gustaría una taza de té?». Significó la rendición de Trautmann: ya había huido demasiado.

“Mi vida, con todos los problemas, las tragedias y los cruces de caminos que he tenido que superar, ha transcurrido de una forma de la que no me arrepiento”, dijo el arquero leyenda

Faltaba poco más de un mes para el final de la Segunda Guerra Mundial y él tenía apenas 22 años. Es confinado primero en Ostende, Bélgica, después trasladado a un campo de prisioneros nazis en Essex, Inglaterra, país del que no se iría por mucho tiempo. Allí recibe calificación de prisionero C: nazi. El propósito del establecimiento era la reeducación: proyectaban, por caso, escenas de guetos, campos de concentración y exterminio. Lo derivaron a Marbury Hall, en Norwich, donde su clasificación bajó a prisionero B: no nazi.

Finalmente, lo trasladaron a Ashton-in-Makerfield, en Lancashire, donde recibe un trato más laxo y cercano. Es su renacer, el germen de su segunda oportunidad: trabaja, tiene sexo por primera vez a los 23 años, la vida fluye fuera del campo, pasa la Navidad de 1946 en casa de vecinos, al año siguiente habilitan la repatriación de los prisioneros del régimen nazi pero Trautmann decide quedarse en Inglaterra. La razón: las mujeres.

Conoce a Marion Greenhall y tienen una hija que se llamará igual que su madre, Frida. Pero no tolera la responsabilidad y las abandona. Frida era fruto de la posguerra y de un hombre en reconstrucción moral.

El oficial al mando del campo era un escocés fanático del fútbol que organizaba partidos entre prisioneros y jugadores de pueblos cercanos. Por entonces, Trautmann ya no era Bernhard, lo llaman amistosamente Bert. Se lesionó en un partido pero como no quería abandonar la cancha, el técnico lo mandó al arco. Nunca había atajado.

Como soldado y paracaidista era ágil, atlético, arriesgado, valiente, intrépido, precipitado y sanguinario. Como arquero también. El St. Helens Town, un equipo regional le ofreció contrato en 1948, dos años después de su refundación. Bert Trautmann se convertiría en un próspero futbolista profesional.

Con el paso de los años, los ingleses lo adoptaron y lo aceptaron, pero sus comienzos fueron turbulentos. La comunidad judía de Manchester reprobó la contratación del arquero alemán

Frank Victor Swift tenía 35 años y había sido el arquero titular del Manchester City durante quince temporadas y cerca de 400 partidos. Fue un jugador de época: su contextura le valió el apodo de «manos de sartén». Se retiró en 1949. El equipo blue eligió al alemán reinsertado como su sustituto. Habían pasado solo cuatro años del final de la guerra.

El recuerdo era muy fresco. La decisión despertó el fervor de la comunidad judía de Manchester: hubo movilizaciones, campañas, pancartas y un levantamiento masivo. Al grito de «nazi», veinte mil personas se manifestaron delante del estadio de Maine Road -ex casa del City- para reprobar la incorporación. Algunos equipos rivales amenazaron con boicotear sus partidos contra el equipo del ex soldado y devoto hitleriano.

Lo rescataron el rabino de la ciudad, Alexander Altmann, y el capitán del equipo, Eric Westwood. El representante de la comunidad judía difundió un comunicado en la prensa para apaciguar la hostilidad ciudadana. Expuso: «Bert es un joven decente. No podemos castigar a un alemán por lo que hizo todo un país». Westwood, por su parte, sembró paz en el plantel.

Veterano del ejército británico y soldado del Desembarco de Normandía, dejó una frase para la posteridad: «En el vestuario no hay guerras».

Trautmann murió en 2013 a sus 89 años en una localidad de Valencia, España

El fútbol se encargó del resto. Su destreza y especialmente su bravura modificaron la percepción popular. Se convirtió en un emblema de la Premier League. En 1964 fue distinguido y homenajeado por el fútbol inglés: lo eligieron en el equipo ideal con jugadores del calibre de Bobby Moore y Bobby Charlton.

Dos años después se retiró de la actividad, tras quince temporadas de vigencia. Fue técnico del Stockport County, asesor de la selección alemana en el Mundial de Inglaterra de 1966, luego regresó a su país de origen a conducir primero al Preußen Münster y después al Opel Rüsselsheim. Aceptó los desafíos de entrenar a las selecciones de Birmania (hoy Myanmar), Tanzania, Liberia, Yemen y Pakistán, entre 1972 y 1983.

Tenía 56 años cuando se jubiló. Dijo que estaba cansado de viajar. Conoció en 1990 la región de Almenara, un municipio de la provincia de Castellón en la Comunidad Valenciana de España. Se compró una casa, donde murió en 2013 a los 89 años.

Se reencontró y se reconcilió con su hija Frida ya de adulto. Tuvo otro hijo, que falleció cuando tenía cinco años en un accidente de tránsito. Su esposa de entonces nunca se recuperó de la pérdida: la depresión culmina en una abrupta separación en 1960. En la vida de Trautmann los dramas fluyen.

Bobby Charlton, considerado por la FIFA como el mejor jugador inglés de la historia, confesó que fue uno de los mejores arqueros a los que se enfrentó. Trautmann dijo que Alfredo Di Stéfano fue el mejor futbolistas de todos los tiempos y que su verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendió sobre humanidad, tolerancia y perdón.

Era un representante del estereotipo ario: rubio, alto, de ojos celestes y rasgos contundentes, despiadado, alienado e ignorante. Fue simpatizante de la doctrina nazi hasta que se dio cuenta: «Al principio me llamaban ‘nazi’. Hasta que empecé a explicarles que yo, a esa edad, no tenía personalidad propia«. Le preguntaron si había matado gente: dijo que no, o que no sabe.

«Los muertos no se ven. Cuando atacás o te defendés ahí con el rifle, con la ametralladora o con lo que sea, solo ves sombras en el horizonte, figuras que corren, y vos te defendés, porque si no lo hacés, te disparan y te matan».

El 1° de noviembre de 2004 Trautmann recibió un reconocimiento por sus servicios a las relaciones británico-alemanas: “Funcionario honorario de la orden más excelente del imperio británico”

Habló, en una entrevista con El País, de su ser nacional: «El mayor honor para mí fue que me aceptaran como ser humano. En aquellos días era muy difícil. Había mucho odio. Me siento más inglés que alemán porque fueron muy justos conmigo. Fui muy afortunado de salir vivo de la guerra. Mi educación comenzó cuando llegué a Inglaterra.

Y consistió en ir a hablar con la gente, a contarles mi vida». Su vida, la de un niño que se alistó para defender a su nación: «Cuando sos un niño, la guerra te parece una aventura. Luego, cuando estás involucrado en la lucha es muy diferente, ves todas las cosas horribles que suceden, la muerte, los cuerpos, los miedo. No puedes controlarte. Te tiembla todo el cuerpo».

Contó, a su vez en un reportaje con The Guardian, que vivió una experiencia traumática al presenciar una masacre de judíos: «Mi primer pensamiento fue: ‘¿Cómo pueden mis compatriotas hacer cosas así?‘. Pero el de Hitler era un régimen totalitario absoluto».

La de Trautmann es una historia de película que se hizo película en 2018 bajo el título The Keeper, un film biográfico británico-alemana dirigido por Marcus Rosenmüller y protagonizado por el actor alemán David Kross.

El director dijo que había percibido de él un sentimiento de culpa sosegado. Le reconoció que no había tenido el valor suficiente para actuar distinto durante la guerra. «Se presentó como voluntario y estoy seguro de que quería ser un buen soldado», entendió.

Jonathan Karszenbaum, director ejecutivo del Museo del Holocausto de Buenos Aires y docente en historia judía, estableció esa diferenciación y reflexionó sobre el grado de culpabilidad de Trautmann: «La tragedia más grande de la historia de la humanidad fue la Segunda Guerra Mundial.

 En ese contexto, hubo responsables en el atentado contra el pueblo judío y una sociedad alemana a la que no puede atribuírsele la responsabilidad de los crímenes. Hubo una generación que nació creyendo que estaba defendiendo un país, que cursó una escolaridad regida por la doctrina nazi.

Crecieron con una única verdad, pensando que los judíos eran los enemigos y que Alemania estaba destinada a cambiar el mundo». Trautmann era un hijo de ese régimen educativo.

En 2003, una estatua suya se estrenó en las instalaciones del club inglés. Al año siguiente, la reina Isabel le otorgó la Orden de Caballero del Imperio Británico por su contribución al entendimiento entre el Reino Unido y Alemania.

Su historia es la de un soldado alemán que se convirtió en arquero y en leyenda. Sin proponérselo, fue la personificación del perdón y la reconciliación de los pueblos. Le dejaron de decir «cerdo alemán» cuando lo vieron jugar, dejó de ser aquel nazi despiadado para transformarse en un arquero valiente.

«Adonde quiera que vaya, la gente siempre me preguntaba por el cuello», confesó el hombre que estaba viviendo su segunda vida.

Jugó su último partido de fútbol en Auschwitz, les hizo dos goles a los alemanes y al siguiente día lo fusilaron

Antoni Lyko murió a sus 34 años en un acto de ejecución masiva, en las afueras del campo de concentración de Auschwitz

Antoni Andrzej Lyko murió rematado en el piso por el disparo de un borracho. Fue una ejecución: la bala ingresó por la nuca. Tenía 34 años, los pies descalzos y el torso desnudo. Lo habían atado con alambres de púas junto a otros reclusos y trasladado hacia el lugar final, una fosa de grava del otro lado de la valla, fuera de los límites de Auschwitz.

Era la celebración de una fiesta nazi, presidida por el Hauptsurmführer Karl Fritzsch. Oficiales y suboficiales de la SS presenciaron junto a sus esposas la matanza de ochenta prisioneros oriundos de Cracovia. Los aniquilados formaban parte de una élite de la sociedad de la ciudad polaca: había profesionales, artistas, funcionarios y un futbolista.

El historiador polaco Adam Cyra, curador del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau en Oświęcim, reveló en un artículo titulado Ejecución en KL Auschwitz el 3 de julio de 1941 que Lyko resistió la ejecución colectiva, que intentó levantarse por sí mismo en dos ocasiones, que su desobediencia ameritó la intervención del gerente del campamento, el «honor» de ser asesinado por el propio Fritzsch. Ebrio y campante, con una pistola en la mano, no permitió que el futbolista sobreviviera.

Sus restos no existen: fue quemado en el horno crematorio. Tiene una tumba honorífica en el cementerio de Rakowicki, el más noble y antiguo de su ciudad natal.

En su carrera profesional, jugó 109 partidos y metió 30 goles. El más importante, al Chelsea en un partido amistoso de 1936

Lyko murió un día después de haber jugado su último partido de fútbol, después de haberle convertido dos goles a los guardias alemanes, castigado por la pena capital «resistencia contra el poder del Estado» (Erschiessung wegen Widerstand gegen die Staaatsgewalt).

La orden de ejecución fue emitida por la estación de policía de seguridad para el distrito de Cracovia. El fusilamiento significó un festival de exterminio nazi en procura de acabar con la población más instruida de la ciudad polaca: mataron a miembros de inteligencia, médicos, ingenieros, políticos, estudiantes y un futbolista, Antoni Andrzej Lyko.

Su historia es titular en la muestra itinerante No fue un juego, un proyecto educativo argentino premiado por la Federación Alemana de Fútbol con el galardón Julius Hirsch, que rinde tributo a la historia del primer jugador judío en vestir la camiseta de la selección alemana, perseguido por el nazismo y asesinado en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz.

En los once relatos futbolísticos atravesados por el nazismo y el Holocausto está el de Antoni Lyko, un delantero escurridizo, un mediapunta ofensivo que jugó un Mundial y murió cuando Auschwitz no había ascendido la escala de crueldad a campo de exterminio.

Lyko era conocido como el “hombre sin nervios” por su serenidad dentro del área. Jugó en dos equipos de Polonia y estuvo en dos partidos con la selección de su país

Nació el 27 de mayo de 1907 en Ratowice, un pueblo hoy integrado al área urbana de Cracovia. Creció en una familia de obreros, su formación fue como tornero en una nación incipiente: Polonia se constituyó como estado independiente al finalizar la Primera Guerra Mundial por la firma del Tratado de Versalles de 1919.

Antoni se hizo futbolista. Comenzó su carrera en el Rakowizance. Era ligero, rápido, filoso, de contextura pequeña.

A los 23 años fue transferido al Wisla Cracovia, el club más antiguo del país. Debutó el 10 de agosto de 1930 en la victoria al LSK Lodz por 1 a 0. El 30 de octubre de 1938, ocho años después, jugaría su último partido profesional y convertiría dos goles en el triunfo por 7 a 3 ante el mismo rival. Terminaba, sin saberlo, su carrera deportiva tras haber disputado 109 partidos y marcado 30 goles.

«Tardó en consolidarse como titular en su nuevo equipo, su primer gol sería el 16 de agosto de 1933 contra el Warta Poznan. Aunque su gol más aplaudido y recordado sería ante el Chelsea el 25 de mayo de 1936 en el marco de un amistoso que ganó el Wisla 1 a 0», apuntó Leonardo Albajari, periodista, investigador, docente e ideólogo del proyecto museológico y educativo No fue un juego.

El encuentro se jugó en Cracovia en el marco de las celebraciones del 30 aniversario del equipo polaco. En la tribuna de honor estaba el inspector general de las Fuerzas Armadas, general Edward Śmigły-Rydz, el mariscal del ejército nacional cuando tres años después Alemania invadió Polonia.

Antoni se hizo futbolista. Comenzó su carrera en el Rakowizance. Era ligero, rápido, filoso, de contextura pequeña. A los 23 años fue transferido al Wisla Cracovia, el club más antiguo del país. Debutó el 10 de agosto de 1930 en la victoria al LSK Lodz por 1 a 0. El 30 de octubre de 1938, ocho años después, jugaría su último partido profesional y convertiría dos goles en el triunfo por 7 a 3 ante el mismo rival. Terminaba, sin saberlo, su carrera deportiva tras haber disputado 109 partidos y marcado 30 goles

Leszek Snopkowski fue un célebre jugador del Wisla, campeón del certamen nacional en 1949 y 1950. En 2013, dos años antes de su muerte, a sus 87 años, rememoró su experiencia en aquella victoria al Chelsea: «La alegría fue enorme. Tenía ocho años, pero todavía recuerdo cómo Antoni Lyko disparó desde el punto de penal. Entonces soñé con jugar en este estadio algún día«.

Lyko recibió el número de prisionero 11.780 al ingresar al campo de concentración de Auschwitz el 5 de abril de 1941

La última Copa del Mundo antes de que la Segunda Guerra Mundial detuviera toda normalidad se jugó en Francia en 1938. Polonia perdió en su presentación 6 a 5 ante Brasil en los octavos de final y quedó eliminado de un Mundial que se disputó en una atmósfera geopolítica que ya olía sangre.

Antoni Lyko vio desde el banco de suplentes los tres goles de Leónidas, máximo goleador del campeonato. El delantero polaco ya había disputado un partido con el seleccionado mayor de su país, el 10 de octubre de 1937 contra Letonia. Volvería a jugar su segundo partido con Polonia ante el mismo rival el 25 de septiembre de 1938. Su carrera futbolística estaba por extinguirse.

El primero de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia, con lo que se dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Tres semanas después ocupó casi todo el territorio. Lyko se unió a la resistencia polaca. Se alió al movimiento clandestino Związek Walki Zbrojnej (ZWZ, traducida «unión de lucha armada»).

Fue acusado de tramar actos de sabotaje desde su trabajo en las obras hidráulicas de la ciudad y capturado por miembros de la Gestapo. Primero lo encarcelaron en la prisión de Montelupich, luego fue derivado al campo de concentración de Auschwitz.

Llegó al campamento el 5 de abril de 1941 en un tren que transportaba a otros 933 prisioneros polacos, 397 de ellos procedentes de Cracovia. Ingresó con el número 11.780.

El investigador e historiador polaco Bohdan Pietka contó en su sitio web que durante tres meses Lyko trabajó en el sector de cerrajería. El 2 de junio de 1941 jugó, sin saberlo, el último partido de su vida.

«Los partidos de fútbol organizados entre los prisioneros formaban parte de las actividades destinadas a mantener la apariencia de normalidad en el campo y, según parece, proporcionaban entretenimiento a los propios hombres de las SS», apuntó el autor de la publicación Libro de la Memoria. Transportes de polacos a KL Auschwitz desde Wielkopolska, Pomerania, Ciechanowskie y la región de Białystok 1940-1944.

Las sonrisas de algunos sobrevivientes luego de la liberación debajo del cínico pórtico de Auschwitz: “Arbeit macht frei” (“El trabajo los hará libres”)

El historiador recogió la declaración del preso político polaco Czesław Sowul: «La mayoría de las veces, los polacos tenían demasiado miedo de hacer un gol, porque después del partido podía recibir un golpe de los jefes, quienes buscaban a los ex jugadores y los obligaban a jugar.

Tales partidos tuvieron lugar naturalmente los domingos, en el campamento entre los bloques». Sowul, que conoció a Lyko en Auschwitz, revivió lo que sucedió en su último juego: «Antes del partido le pedí que le hiciera dos goles a los alemanes. Incluso le prometí cigarrillos, que en ese momento era muy difícil. Lyko cumplió su promesa«.

«Sus fotos como prisionero amplifican la magnitud de la historia. En este afán de los nazis de documentar todo, Antoni Lyko fue parte también de esta trágica maquinaria. El fútbol fue usado por los opresores en el campo de Auschwitz para su divertimento, organizaban los famosos ‘partidos de la muerte’, donde la derrota del invasor era penada con la muerte en la mayoría de los casos«, concedió Albajari.

Pietka reconstruyó la historia de su ejecución en base al testimonio del prisionero Kazimierz Hałgasa: «Desafortunadamente, al día siguiente, el número de su campamento se leyó en la votación nominal. Él y un segundo prisionero que llegó como rehén de las instalaciones de depuración de aguas y de aguas residuales de Cracovia se unieron al grupo condenado a recibir el disparo.

Fueron llevados al bloque 13 y durante la noche marcharon descalzos y vestidos solo con pantalones y sin camisa a Kiesgrube, ubicado junto al Theatergebäude».

Allí, borracho, el comandante Fritzsch le disparó dos veces en la nuca. El mundialista Lyko se convirtió en uno de los 70 mil polacos asesinados en el campo de concentración de Auschwitz.

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