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Biblia y Ciencia: Moisés, el Tsunami y las siete plagas bíblicas…


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Zenda(F.C.Till)  —  El Éxodo es uno de los textos sagrados del Antiguo Testamento. Añadiremos para los más iniciados que se trata del segundo libro del Pentateuco o Torá. En él se narra la salida del pueblo hebreo de Egipto y su vagar por el desierto hasta alcanzar la región de Canaán, la Tierra Prometida.

Gracias a famosas películas como Los diez mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956, con Charlton Heston, Yul Brynner, Anne Baxter, Edward G. Robinson…) y gracias también a algunas lecturas bíblicas que nos imponían en el colegio, todos estamos familiarizados con este relato: Moisés es desterrado al desierto, pero regresa a Egipto con el mandato divino de liberar a su pueblo y llevarlo hasta la Tierra Prometida.

A pesar de los prodigios que Moisés obra en su presencia, el faraón solo permite la salida del pueblo judío tras padecer diez plagas enviadas por Dios. Sin embargo, casi de inmediato, reconsidera su decisión y lanza al ejército contra ellos, a quienes alcanza a orillas del Mar Rojo.

Moisés retira entonces las aguas para permitir el paso de los huidos, tras lo cual retornan a su cauce, arrastrando a los perseguidores. Los siguientes capítulos del libro narran el peregrinar del pueblo israelí durante cuarenta años hasta llegar a la Tierra Prometida.

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Si quisiéramos poner fecha a estos sucesos recurriríamos en primer lugar a otro de los textos sagrados del Antiguo Testamento.

En el Libro Primero de los Reyes se dice que el templo de Salomón comenzó a edificarse 480 años después de la salida del pueblo de Israel de Egipto.

Si damos por válido que el templo empezó a construirse hacia el año 960 a.C. (fecha aceptada pero cuestionable), el éxodo podría datarse alrededor del 1440 a.C.

La historia dice que entre 1466 y 1412 a.C. gobernaba en Egipto Tutmosis III, faraón de la dinastía XVIII que extendió las fronteras de su reino más allá de la región de Canaán.

Parece poco verosímil que los israelitas huyeran de Egipto hacia una Tierra Prometida que estaba también bajo dominio egipcio y que su peregrinar por el desierto pasara además desapercibido para el poderoso ejército del faraón.

La fecha del Éxodo, como casi todo lo que conocemos acerca de él, se basa realmente en hipótesis y especulaciones, pocas veces cimentadas sobre evidencias históricas o arqueológicas.

Las primeras dudas y desencuentros surgen ya al considerar los orígenes del texto sagrado. Según la Biblia, al igual que los otros libros del Pentateuco, lo escribió Moisés recogiendo el dictado de Dios en el monte Sinaí.

Otras opiniones hablan de una redacción, datada a finales del siglo VIII a.C., compartida por varios autores que trasladaron a lenguaje escrito relatos transmitidos por la tradición oral a lo largo de siglos.

Algunos adivinan, como en el resto de los libros del Pentateuco, influencias yahvistas (representan a Dios con forma humana y lo nombran como Yahveh), elohistas (nombran a Dios como Elohim), sacerdotes (ponen énfasis en los aspectos del culto judío) y deuteronomistas (se detienen especialmente en lo relativo a la ley judaica).

Los más críticos aseguran que estos cambios de estilo se  perciben claramente en distintos episodios de la obra.

Es difícil encontrar evidencias históricas que corroboren el relato de los textos sagrados. No existen registros sólidos ni documentos contundentes que mencionen la presencia de más de medio millón de judíos en Egipto durante cuatrocientos años.

Tampoco se han encontrado restos arqueológicos que acrediten el peregrinar de esa nutrida población durante cuarenta años por el desierto.

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Ni siquiera la figura de Moisés en sí misma escapa al escepticismo.

Su origen, rescatado del Nilo por la hija del faraón, recuerda mucho a un texto asirio, coetáneo del libro sagrado, que narra una historia paralela adjudicada al rey Sargón.

Algunas opiniones defienden la idea de que el pueblo judío habitaba ya Canaán (el territorio actual de Israel) desde el siglo XII a.C.

Así parecen atestiguarlo restos encontrados en excavaciones que han permitido sacar a la luz vestigios de comunidades nómadas dedicadas a la ganadería, asentadas posteriormente en aquella zona para explotar también sus recursos agrícolas.

Evidencias arqueológicas revelan que la dieta y costumbres de estas poblaciones  serían compatibles con los hábitos judíos.

Otros dicen que todo lo relatado en el Éxodo está relacionado con la expulsión de Egipto del pueblo hicso y su huida hacia Canaán hacia el año 1530 a.C.

Los hicsos o cananeos eran inmigrantes procedentes de las regiones actuales de Siria y Palestina que llegaron a Egipto en el siglo XVIII a.C.

Lo que comenzó siendo una inmigración se convirtió de facto en una ocupación. Durante casi doscientos años dominaron la zona del delta del Nilo, estableciendo su capital en la ciudad de Avaris. En el sur, las dinastías egipcias tradicionales siguieron gobernando desde Tebas.

Hacia el año 1530 a.C., los hicsos fueron expulsados de Egipto por Ahmosis I (curiosamente, este nombre significa en hebreo algo así como “hermano de Moisés”), dando lugar a una peregrinación de casi medio millón de personas a través del desierto hacia Canaán.

Sobre una piedra caliza encontrada en Tebas, conocida como Estela de la tempestad, pueden verse varios jeroglíficos que describen extraordinarios fenómenos meteorológicos ocurridos en tiempos de Ahmosis I.

Hablan de intensas tormentas, copiosas lluvias, grandes inundaciones y cielos ennegrecidos que destruyeron el delta del Nilo y lo llenaron de cadáveres. 

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Tablas – Egipto

Se conserva también una máscara de un hijo de Ahmosis I que murió a los doce años de edad.

Todos estos sucesos nos traen el recuerdo de las plagas que describe el libro del Éxodo.

Por supuesto, existen también quienes defienden la veracidad de los acontecimientos tal cual son narrados en el libro sagrado. Como evidencia histórica se habla del Papiro de Ipuur, documento del antiguo Egipto que se conserva actualmente en el Museo Arqueológico de Leiden (Holanda). Este manuscrito, datado entre 1850 y 1600 a.C. describe el declive del Imperio del Antiguo Egipto motivado por un cúmulo de desastres que recuerdan también las plaga bíblicas (oscuridad, muerte del ganado, el agua del río convertida en sangre…) y que culminaron con la rebelión y huida de los esclavos.

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(papiiro ipuur)

El Papiro de Ipuur no es el único documento que trata estos sucesos.

El London Medical Papyrus (1350 a.C.) es un documento conservado en el Museo Británico que contiene un compendio de recetas médicas.

En él se habla nuevamente del Nilo teñido de rojo y del sufrimiento de la gente a causa de úlceras y quemaduras.

Las diferentes interpretaciones de la historia y de los testimonios documentales nos llevarían a situar el éxodo indistintamente en los siglos XIX, XVI, XV y XIV a.C.

Como se puede percibir sin gran esfuerzo, en esta controversia los posibles anacronismos son simplemente irrelevantes.

Sin que esto signifique una toma de posición a favor o en contra de unas y otras opiniones, llegado a este punto propongo al lector un pequeño juego.

Olvidándonos coyunturalmente del espacio-tiempo y de las partículas cuánticas, vamos a analizar con mentalidad científica las plagas de Egipto, tratando de determinar hasta qué punto, de ser reales, pudieran haber tenido su origen en causas perfectamente naturales (lo que no sería en absoluto incompatible con una intervención divina).

Sobre esto hay mucha literatura escrita y no menos metros de película filmada (personajes tan reconocidos como James Cameron nos han regalado su propia versión).

Las plagas y la huida de Egipto del pueblo de Israel han merecido casi tantas interpretaciones científicas como autores las han concebido. Aquí nos decantaremos por una de ellas, que nos transportará al siglo XVII a.C. Todo tiene su origen en la erupción del volcán Thera.

¿La Atlántida y el Éxodo tienen el mismo origen?

El volcán Thera está situado al sur del mar Egeo, en un archipiélago de tres islas volcánicas que recibe el nombre de Santorini, en honor a su patrona, Santa Irene de Tesalónica. Estas islas, hoy destino de muchos turistas, se encuentran a unos 300 Km al sureste de Atenas y a 800 Km al noroeste del delta del Nilo.

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(Santorini)

Entre 1620 y 1605 a.C., el volcán Thera entró en erupción, causando un colapso tremendo en la zona.

El maremoto que siguió a la erupción devastó la isla, cambiando drásticamente su geografía e incluso el clima.

La nube de humo y cenizas que emanó del cráter alcanzó Groenlandia, Escandinavia, Asia y Norteamérica.

Depósitos de estas cenizas se han encontrado también en el delta del Nilo.

La oscuridad reinó durante días en cientos de kilómetros alrededor de la zona y casi ninguna especie de la fauna local, salvo algunos reptiles e insectos, sobrevivió.

El cráter resultante de la erupción tiene un área de más de 80 Km2 y lo que entonces era una sola isla se convirtió en tres.

Esta catástrofe natural pudo causar un cambio atmosférico, provocando intensas lluvias e inundaciones en toda la zona.

Para hacernos una idea de la magnitud del desastre, podemos volver la vista hacia la isla de Krakatoa, en el sureste asiático. Una erupción volcánica hizo desaparecer esta isla en agosto de 1883, causando una destrucción superior a la que causarían cinco bombas atómicas como la de Hiroshima.

La explosión se percibió a 3500 Km de distancia y provocó tsunamis con olas de 40 metros de altura y columnas de cenizas volcánicas que sobrepasaron los límites de la estratosfera.

Pues bien, se estima que la dimensión de la erupción del Thera fue cinco veces superior a la del Krakatoa.

Algunos arqueólogos se atreven a sugerir que la catástrofe del Thera fue la principal causa del fin de la civilización minoica en la región. También hay quienes afirman que guarda estrecha relación con el mito de la Atlántida y, como veremos en la siguiente entrega, con las plagas bíblicas de Egipto.

– La ciencia explica las siete plagas bíblicas

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En los comienzos del siglo XVII a. C. el volcán Thera, situado en las islas griegas de Santorini, a 800 Km del delta del Nilo, entra en erupción arrasando su entorno y acabando casi por completo con la fauna de la zona.

La columna de cenizas volcánicas se elevó varios kilómetros hacia el cielo y los efectos sísmicos se percibieron en cientos de kilómetros alrededor de él. El clima cambió repentinamente y la región sufrió fuertes tormentas, lluvias torrenciales e inundaciones.

Inmediatamente, Moisés y Aarón fueron a decir al Faraón: «Así habla el Señor, el Dios de Israel: Deja partir a mi pueblo para que celebre en el desierto una fiesta en mi honor». Pero el Faraón respondió: «¿Y quién es el Señor para que yo le obedezca dejando partir a Israel? Yo no conozco al Señor y no dejaré partir a Israel».

Ellos dijeron: «El Dios de los hebreos vino a nuestro encuentro y ahora tenemos que realizar una marcha de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios. De lo contrario él nos castigará con la peste o la espada».

El rey de Egipto les respondió: «¿Por qué ustedes, Moisés y Aarón, se empeñan en apartar al pueblo de sus tareas? Vuelvan al trabajo que les ha sido impuesto».

Primera plaga: el agua se transforma en sangre

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El Señor dijo a Moisés: «El Faraón está obstinado y se resiste a dejar partir al pueblo. Preséntate ante él mañana temprano, cuando salga para ir al río; espéralo a la orilla del Nilo, sosteniendo en tu mano el bastón que se transformó en serpiente, y háblale en estos términos: El Señor, el Dios de los hebreos, me envió a decirte: Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto en el desierto.

Pero tú no has querido obedecer. Por eso dice el Señor: ahora te demostraré que soy el Señor. Yo golpearé las aguas del Nilo con el bastón que tengo en la mano, y las aguas se convertirán en sangre. Los peces que hay en el Nilo morirán, y el río dará un olor tan pestilente que los egipcios no podrán beber sus aguas».

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(Hidróxido de hierro)

Aunque algunas teorías hablan de una posible contaminación de las aguas por algas tóxicas (marea roja), parece más fácil explicar este fenómeno a partir de la liberación de hierro del fondo del río debido a los fenómenos sísmicos derivados de la erupción del volcán Thera.

Al entrar en contacto con el aire, el hierro se oxida, convirtiéndose en hidróxido.

Este compuesto se utiliza actualmente como pigmento en la industria de los cosméticos y como tintas de tatuaje. Tiene un intenso color rojizo y su presencia en el agua justificaría la apariencia de sangre.

El 28 de agosto de 1986 se produjo en el lago Nyos de Camerún un movimiento sísmico que ocasionó la liberación de hierro del fondo acuático. Como puede verse en la figura, las aguas se tiñeron de rojo.

En España tenemos también un ejemplo muy cercano en el Río Tinto de Huelva.

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Lago Nyos (Camerún)

Sus aguas son de tono rojizo como consecuencia de la oxidación de las piritas de hierro procedentes de los depósitos sobre los que transita.

Segunda plaga: las ranas

El Señor dijo a Moisés: «Preséntate ante el Faraón y dile: Así habla el Señor: Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto. Porque si te niegas a dejarlo partir, haré que tu territorio quede totalmente plagado de ranas.

El Nilo estará atestado de ranas, que subirán e invadirán tu palacio, tu dormitorio y hasta tu mismo lecho; se meterán en las casas de tus servidores y en las de tu pueblo, en tus hornos y utensilios de cocina. Y llegarán incluso a trepar sobre ti, sobre tus servidores y sobre tu pueblo».

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El hidróxido de hierro es muy contaminante y venenoso en altas concentraciones. La contaminación de las aguas por este compuesto acabaría con todos los animales acuáticos, salvo los anfibios, que encontrarían su salvación escapando a tierra.

También puede explicarse esta plaga a partir del conocido fenómeno de lluvia de ranas. Tras un episodio sísmico y en determinadas condiciones meteorológicas, el viento es capaz de recoger pequeños animales del agua y transportarlos a grandes distancias.

Un hecho así acaeció en Singapur el 16 de febrero de 1861. Tras sufrir un  terremoto, los habitantes de esa ciudad se encontraron por el suelo miles de peces y anfibios.

Testimonios de lluvia de ranas, serpientes, peces y cangrejos se cuentan por decenas.

El Señor dijo a Moisés: «Da esta orden a Aarón: Extiende tu bastón y golpea el polvo del suelo, para que se transforme en mosquitos (algunas traducciones interpretan «piojos» en lugar de «mosquitos») a lo largo de todo Egipto».

Aarón extendió la mano empuñando su bastón, golpeó el polvo del suelo, y en seguida, nubes de mosquitos se lanzaron contra la gente y los animales. Todo el polvo del suelo se transformó en mosquitos, a lo largo de todo el país.

Los magos intentaron producir mosquitos, valiéndose de sus artes secretas, pero no lo consiguieron. Los mosquitos atacaron a hombres y animales. Entonces dijeron al Faraón: «Aquí está el dedo de Dios». A pesar de esto, el Faraón persistió en su obstinación y no los escuchó, como el Señor lo había predicho.

El Señor dijo a Moisés: «Mañana temprano, cuando el Faraón salga para ir al río, preséntate ante él y dile: Así habla el Señor: Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto. Porque si te niegas a dejarlo partir, yo enviaré contra ti, contra tus servidores, tu pueblo y tus casas, una invasión de tábanos (algunas traducciones hablan de moscas).

Las casas de los egipcios y el suelo donde ellos habitan quedarán atestados de tábanos. Pero al mismo tiempo, haré una excepción con la región de Gosen, donde reside mi pueblo. Allí no habrá tábanos, para que sepas que yo, el Señor, estoy en medio de este país. Yo haré una distinción entre mi pueblo y el tuyo. Este signo sucederá mañana».

Un entorno insalubre es la causa más frecuente de las plagas de insectos, debido a que la materia en descomposición constituye un alimento perfecto y forma además un ecosistema ideal para su reproducción.

La ausencia de agua descontaminada y los cuerpos de peces y otra fauna muerta provoca la proliferación masiva de insectos.

Quinta plaga: muerte del ganado

 El Señor dijo a Moisés: «Ve a presentarte ante el Faraón y dile: Así habla el Señor, el Dios de los hebreos: Deja que mi pueblo salga a rendirme culto. Porque si te resistes a dejarlo partir y sigues reteniéndolo, la mano del Señor enviará una peste mortífera contra el ganado que está en los campos: contra los caballos, los asnos, los camellos, los bueyes y el ganado menor».

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Los insectos transmiten enfermedades y son causa frecuente de plagas entre el ganado. Por lo que describe la Biblia bien podría interpretarse lo sucedido como un episodio de peste bovina o de ántrax.

Los tábanos y moscas transmiten la bacteria que causa la enfermedad del ántrax (Bacillus anthracis), además de otros muchos virus y agentes patógenos. Como todos sabemos, sus objetivos preferidos son el ganado vacuno, los camellos y los  equinos.

Las esporas del ántrax se encuentran de forma natural en la tierra y pasan al ganado cuando ingieren hierba o agua contaminada. La propagación de una epidemia es relativamente fácil cuando proliferan los insectos portadores y sus consecuencias son siempre (especialmente en aquella época) devastadoras para la ganadería.

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Recojan unos puñados del hollín que se forma en los hornos, y que Moisés lo arroje hacia el cielo, en la presencia del Faraón. Ese hollín se convertirá en un polvo que se expandirá por todo el territorio de Egipto y producirá úlceras purulentas en los hombres y en los animales».

Ellos recogieron el hollín y se presentaron ante el Faraón. Moisés lo arrojó hacia el cielo, y tanto los hombres como los animales se cubrieron de úlceras.

Las esporas de ántrax se propagan por el aire (Ese hollín se convertirá en un polvo que se expandirá por todo el territorio de Egipto) e infectan al individuo cuando se inhalan, ingieren o penetran en el organismo a través de heridas o rasguños.

Una de las manifestaciones de la enfermedad es el ántrax cutáneo, cuyos síntomas, en su fase más avanzada, incluyen la aparición de úlceras rodeando un centro de color negro que se convierte luego en ampollas e hinchazón.

La contaminación humana por ántrax es relativamente frecuente cuando existe una convivencia cercana de personas con animales infectados.

Séptima plaga: lluvia de granizo y fuego

Entonces el Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, y que caiga el granizo sobre la gente, los animales y la vegetación que crece en los campos, en todo el territorio de Egipto». Moisés extendió su bastón hacia el cielo, y el Señor envió truenos y granizo. Cayeron rayos sobre la tierra, y el Señor hizo llover granizo sobre Egipto. El granizo y el fuego que formaba remolinos en medio de él, se precipitaron con tal violencia, que nunca hubo en Egipto nada semejante desde que comenzó a ser una nación.

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Las erupciones volcánicas suelen venir a menudo acompañadas aparatosos fenómenos eléctricos. Es lo que se denomina tormenta sucia.

La fricción de las cenizas volcánicas entre sí y con otras partículas desprendidas durante una erupción hace que se carguen fácilmente de electricidad estática, como cuando frotamos un bolígrafo contra la manga de la camisa.

Las cargas de distinto signo se separan y dan lugar relámpagos, rayos y a aparatosos fenómenos eléctricos.

Esas mismas partículas, al ascender por encima de los 10.000 metros, provocan la condensación de la humedad sobre ellas, formando piedras de hielo que se conocen como hielo volcánico.

Octava plaga: las langostas

El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el territorio de Egipto, para que las langostas invadan el país y devoren toda la vegetación que dejó el granizo». Moisés extendió su bastón sobre el territorio de Egipto, y el Señor envió sobre el país el viento del este, que sopló todo aquel día y toda la noche. Cuando llegó la mañana, el viento ya había traído las langostas.

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Las langostas son insectos solitarios que sin embargo tienden a agruparse en épocas de apareamiento. En ocasiones pueden llegar a reunirse colonias de 40 y hasta 80 millones de insectos, ocupando superficies de más de 1000 Km2. Son muy frecuentes alrededor del delta del Nilo.

Se muestran especialmente activos cuando abundan las lluvias y sopla fuerte viento, lo que podría explicar sin dificultad el episodio de la octava plaga.

Novena plaga: las tinieblas

El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, para que Egipto se cubra de una oscuridad tan densa que se pueda palpar». Moisés extendió su mano hacia el cielo, y una profunda oscuridad cubrió todo el territorio de Egipto durante tres días. Todo ese tiempo estuvieron sin verse unos a otros y sin que nadie pudiera moverse de su sitio. Pero en las viviendas de los israelitas había luz.

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La nube de cenizas del Thera cubrieron los cielos durante días en cientos de kilómetros alrededor del volcán.

Este fenómeno no es extraño tras grandes erupciones volcánicas. Tenemos aún fresco el recuerdo del volcán Eyjafjallajökull en Islandia, cuya erupción  paralizó en 2010 el tráfico aéreo en Europa a causa de la nube de cenizas que levantó hacia la estratosfera.

También podemos hablar en estos términos del volcán Tambora (Indonesia), cuya erupción en 1815 causó una enorme nube de cenizas que ocultó el sol durante meses.

También se podría relacionar esta novena plaga con el eclipse total que se registró en el delta del Nilo el 5 de marzo del año 1223 a.C., aunque evidentemente no cabría entonces hablar de tres días de oscuridad.

Décima plaga: muerte de los primogénitos

Moisés dijo: «Así habla el Señor: Hacia la medianoche, yo saldré a recorrer Egipto, y morirán todos sus hijos primogénitos, desde el primogénito del Faraón, el que debe sucederle en el trono, hasta el primogénito de la esclava que maneja la máquina de moler, y todos los primogénitos del ganado. Entonces resonará en todo Egipto un alarido inmenso, como nunca lo hubo ni lo habrá jamás.

Pero contra los israelitas –ya sean hombres o animales– ni siquiera ladrará un perro, para que ustedes sepan que el Señor hace una distinción entre Israel y Egipto. Luego vendrán todos tus servidores a inclinarse ante mí, y me dirán: ‘¡Váyanse, tú y el pueblo que está bajo tus órdenes!’. Después me iré». Y lleno de indignación, Moisés se alejó de la presencia del Faraón.

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Explicar por qué pueden fallecer de forma selectiva solo los primogénitos egipcios parece complicado, pero en realidad no lo es.

En 1986 sucedió en el lago Nyos de Camerún uno de los mayores desastres naturales conocidos. Más de 1800 personas perecieron mientras dormían, en un radio de 25 Km alrededor del lago. El desastre fue debido a una emanación de dióxido de carbono procedente del fondo, probablemente liberada por algún movimiento sísmico. Este fenómeno es conocido como erupción límnica o fenómeno del lago explosivo.

Previamente, en 1984, un suceso similar acaeció también en Camerún, en el lago Monoun, causando en aquella ocasión 37 víctimas mortales.

El dióxido de carbono es un gas letal más pesado que el aire, por lo que se acumula en forma de niebla blanca a ras de suelo que se desplaza impulsada por el viento antes de desaparecer en la atmósfera. Todo aquel que lo inhala fallece casi sin darse cuenta.

Los fenómenos sísmicos que acompañaron a la erupción del Thera pudieron provocar la liberación de bolsas de dióxido de carbono acumuladas en el fondo del Nilo, causando la muerte por asfixia de todo aquel que inhalase el gas.

La nube blanca del gas letal afectó a los que dormían a ras de suelo, en la planta baja de los edificios, privilegio que correspondía solo a los primogénitos egipcios.

La salida de Egipto

Esa misma noche, el Faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: «Salgan inmediatamente de en medio de mi pueblo, ustedes y todos los israelitas, y vayan a dar culto al Señor, como lo habían pedido. Tomen también sus ovejas y sus vacas, puesto que así lo quieren, y váyanse.

Cuando informaron al rey de Egipto que el pueblo había huido, el Faraón y sus servidores cambiaron de idea con respecto al pueblo, y exclamaron: «¿Qué hemos hecho? Dejando partir a Israel, nos veremos privados de sus servicios».

Entonces el Faraón hizo enganchar su carro de guerra y alistó sus tropas. Tomó seiscientos carros escogidos y todos los carros de Egipto, con tres hombres en cada uno. El Señor endureció el corazón del Faraón, el rey de Egipto, y este se lanzó en persecución de los israelitas, mientras ellos salían triunfalmente.

Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del Faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar.

Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar volvió a su cauce. Los egipcios ya habían emprendido la huida, pero se encontraron con las aguas, y el Señor los hundió en el mar.

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En su huida de las tropas egipcias, los israelitas encuentran frente a sí la barrera del Mar Rojo.

Este mar, ubicado en la península del Sinaí, tiene 2250 Km de longitud, 354 Km de anchura y una profundidad media de 600 m. Atravesarlo, contando incluso con la intervención divina, no parece tarea fácil.

No todos tienen claro que los israelitas cruzaran el mar Rojo. Algunas teorías apuntan a un error en la transcripción del texto sagrado y señalan que la traducción correcta debería ser Mar de los Juncos.

El problema es que esto pondría en entredicho el relato, ya que los juncos solo crecen en agua dulce y no existía una masa de agua de esas características en el camino de los israelitas. Esto es de nuevo motivo de polémica entre escépticos y creyentes.

En cualquier caso, tratando de explicar bajo perspectiva científica el relato bíblico, una separación repentina de las aguas con un violento regreso posterior encaja perfectamente con la descripción de un tsunami.

Ni que decir tiene que la teoría del volcán Thera como causa de los sucesos relatados en el Éxodo ha sido cuestionada y puesta en tela de juicio por los más fieles seguidores del libro sagrado. Sus argumentos son estos:

  • La erupción del volcán Thera (1620 a. C.) no es consistente en fechas con la datación del Éxodo según los textos sagrados (1440 a. C. según el Libro de los Reyes).
  • El volcán y el delta del Nilo están a una distancia considerable (800 Km) y en consecuencia no parece justificable que pudiera tener un impacto tan notorio en la zona.
  • Según el relato bíblico, todas las calamidades que potencialmente pudieran ser atribuidas al volcán afectaron solo a los egipcios.
  • También según la versión de la Biblia, en ningún momento el faraón tuvo duda alguna acerca del origen divino de las plagas. Nunca manifestó sospechas acerca de posibles causas naturales.
  • En el texto sagrado se hace referencia en más de una ocasión (octava plaga y separación de las aguas del mar Rojo) a un fuerte viento del este como arma ejecutora de la acción de Dios. El Thera está al noroeste de donde sucedieron los hechos.

Evidentemente, nuestra pretensión no ha sido juzgar aquí la intervención divina en estos acontecimientos. Tan solo hemos intentado buscar razones científicas que pudieran explicarlos. Ambos planteamientos son, por otro lado, perfectamente compatibles (Los caminos del Señor son inescrutables).

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