Ser mejor: Los diez consejos de Edith Eger…

Edith Eger (centro) con sus hermanas Clara (izquierda) y Magda (derecha)
Wall Street International(J.L.Moreno)/Infobae(J.Piscetta) — No sé si he escrito en exceso, en los últimos tiempos, o el exceso, como todo, a mí también me supera. Llevo un tiempo sin hacerlo, más que en aquellas publicaciones comprometidas, más que ese primer pensamiento del día, madrugador, en el que ejercito la mente única y exclusivamente para sentir que al despertar pienso y vivo en el presente.
Soy de nada o de mucho, me cuesta encontrar el término medio y así, mi vida es una eterna montaña rusa sin fin, con sus subidas y bajadas interminables.
Esta mañana hace sol, como ayer, pero una inmensa niebla lo ocultó hasta el amanecer. Lo veo desde la ventana mientras fuera se esparcen las diminutas partículas de ese virus que tiene atrapadas las conversaciones de nuestros días.
Y sí, pasamos ya el mes de enero y febrero, y nos dirigimos veloces al final de otro año en el que dudo nos encontremos más fuertes y sí más desconfiados y castigados por un ambiente corrosivo y negativo.
¿Cuánto cuesta extraer lo positivo cuando parece que la oscuridad tambalea nuestros días? ¿Es el invierno? ¿Es esta estación del año que convive entre grises? Sí, también es el invierno.
Necesitamos creer. Necesitamos esperanza.
La esperanza es ser capaz de ver que hay luz a pesar de toda la oscuridad (Desmond Tutu).

(- Edith Eger y su familia)
Necesitamos de consensos y no de tanto diferenciarnos los unos de los otros.
Las diferencias separan a las personas y los separatismos destruyen.
No están siendo buenos tiempos: la covid y ahora la amenaza de guerras que nunca terminan en un mundo habitado de egoísmos.
Como escribí en mi libro Transformándot: 100 días de alarma, vivimos una eterna anormalidad desde mucho antes que comenzara a formar parte de nuestras vidas la dichosa covid.
Vamos demasiado deprisa, estamos demasiado ocupados. No paramos, no reflexionamos, simplemente corremos y corremos llenando nuestro tiempo de lo absurdo y abandonando todo lo que importa.
Cada vez me gusta menos lo que me rodea. Y tal vez, también, cada vez gusto menos a los que rodeo. Puede que sea algo recíproco.
Las personas sensibles, hoy, tienen un valor que no solo no se aprecia, sino que se deprecia con el tiempo. Y no lo digo por mí, que dependiendo para quién, no es el caso. Pero sí lo digo por alguna de esas personas que me acompañan y que se convierten en seres diferentes en esta sociedad nuestra.
Ser sensible es tener emoción, empatía, solidaridad, compasión con los demás. Como decía, cerca de mí hay una persona extraordinariamente sensible, que hace de la sensibilidad uno de sus valores más profundos y te hace ver cada día que lo más importante no está en lo que tienes, ni en lo que eres, sino en la grandeza de ser persona.
Una persona bonhomía, que no es más que ser sencillo, bondadoso, honrado, afable de carácter y comportamiento. ¿Tan difícil? Parece que sí.

(Edith Eger con su esposo, Béla y su primer hija)
Somos una sociedad frustrada, generamos más deseos y apegos materiales que valores.
De ahí, también, esos altísimos índices de suicidios no ya en adultos sino, más grave si cabe, en adolescentes. ¿Por qué?
La sociedad en la que vivimos, hecha/construida por nosotros, nos enseña a producir, a comprar, a consumir, pero no a controlar nuestros pensamientos y emociones.
Nos cuesta ser mejores.
De qué sirve acumular si perdemos lo interior.
Al llegar enero, muchos llenamos los cuadernos con propósitos que se repiten año tras año sin cumplirse. Nos falta compromiso.
Este año me vacié de todos esos propósitos porque solo quiero vivir en paz y tranquilidad, que todos aquellos que me importan y me acompañan en el camino vivan también en esa paz y tranquilidad. No pido mucho pero mucho es. No es fácil.
Posiblemente el propósito más importante y difícil que podamos emprender sea el de conocernos nosotros mismos. Descubrirnos, comprendernos, localizar aquello que nos limita, desprendernos de aquello que no nos permite crecer, cambiar los hábitos que nos perjudican mental, física y espiritualmente.
Ser mejor es un camino inhóspito y desconocido, pero apasionante.
La pandemia que nos acompaña y está golpeando el mundo nos ha recordado que somos frágiles. Somos tan frágiles que nosotros mismos hemos ido destrozando el mundo, nuestro mundo. Esto dice mucho de nuestra pequeñez.
La pandemia me ha hecho reflexionar sobre la mortalidad, sobre la impermanencia, sobre lo incierto de la vida, la vulnerabilidad. Estamos de paso y no aprovechamos el presente.
Buscar el equilibrio del tiempo, entre el que se pasa con los demás y con uno mismo, como nos recuerda Stephen Batchelor.
Edith Eger

Edith Eger y su esposo, Béla
Edith Eger nació en Hungría. Como muchos otros millones de víctimas y sobrevivientes, en su joven adolescencia fue arrastrada hacia la máquina de muerte y extinción organizada por el régimen totalitario de Adolf Hitler. Tenía 16 años cuando la potencia nazi invadió su pueblo y fue trasladada a un campo de concentración.
En “La Bailarina de Auschwitz” (Planeta, 2019), Eger describe esa experiencia y revela cómo logró sobrevivir con una performance de danza clásica ante el mismo Ángel de la Muerte Josef Mengele, el siniestro médico de las Schutzstaffel (SS).
Por entonces, el jerarca nazi de delantal blanco llevaba adelante sus experimentos genéticos y criminales en Auschwitz, donde sometió a miles de personas. Un largo etcétera que incluía discapacitados, mellizos, tullidos y enanos que serían material de laboratorio en pos de la investigación para desarrollar una raza superior. Eger vio cómo sus padres fueron enviados por Mengele ante las cámaras de gas, pero ella pudo superar la prueba junto a su hermana.
En su primera noche en Auschwitz-Birkenau, la música surgió desde los barracones. Mengele era un amante del arte. Los oficiales a cargo de las filas de los campos de concentración solían elegir a prisioneras para que los entretengan. Desde las literas en las habitaciones, Mengele observó al grupo y resultó escogida la adolescente Eger, luego de que sus compañeras de celda la empujaran a bailar. Ellas sabían de sus cualidades para la danza. Y la música empezó a sonar… primero El Danubio Azul -el vals de Johann Strauss- y luego Romeo y Julieta, de Piotr Ilich Tchaikovski.
“En el baile solo cerré mis ojos y pretendí escuchar la música de Tchaikovsky, y de Romeo y Julieta, como si estuviera en la ópera de Budapest”, recordó Eger
“Afortunadamente eso estuvo bien, porque me dieron una pieza de pan. Podría habérmelo comido, pero estaba tan agradecida que lo compartí con las otras chicas”, agregó. Ese gesto de compartir, más tarde, le salvaría la vida en una de las conocidas ‘marchas de la muerte’ a pie de Mauthausen a Gunskirchen, otro de los campos de exterminio. Ella está débil, siempre junto a su hermana Magda. Con hambre y sin fuerzas, trastabilló y cayó sobre la carretera.
“En abril de 1945 estaba en una de estas marchas e iba a tener una parada en uno de los pueblos. Cuando te detenías ahí te podían fusilar. Pero las niñas con las que había compartido el pan me armaron una silla con sus brazos y me sacaron. Fue hermoso que, en el lugar más oscuro, en la peor situación, la gente puede sacar lo mejor de sí misma”, rememoró.
¿Ese tipo de heridas nunca se restauran y sanan?
– Nunca lo superas, solamente llegas a aceptarlo. Una parte de mí se quedó en Auschwitz, pero no la mayor parte ni la mejor. Y creo que en los lugares más oscuros se pueden hallar nuestros recursos internos, no puedes esperar a que nadie te haga feliz. Es muy importante mirar a Auschwitz como un oportunidad para descubrir qué hay dentro tuyo, porque nada viene de afuera. Incluso hoy si esperas a que alguien te haga feliz, nunca lo serás. Tendrás que amarte a vos mismo, porque el amor propio es sinónimo de autocuidado, no es narcisismo.
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Retrato de Edith Eger durante su adolescencia. Soñaba en convertirse en bailarina profesional.
Vida nueva
Tras sobrevivir a Auschwitz con su último aliento en el día de la liberación, Eger huyó a Checoslovaquia y voló después a los Estados Unidos, donde forjó una vida nueva con su familia. Allí se doctoró en Psicología, se especializó en trastorno por estrés postraumático (TEPT). También conoció a uno de sus mentores, el fisiólogo, psiquiátrica y también sobreviviente del genocidio Viktor Frankl.
– Usted contó que durante décadas intentó olvidar y ocultar ese pasado porque quería encajar en la sociedad norteamericana.
– Ocurrió cuando llegué a América en 1949. No hablaba inglés, era muy pobre y solo quería encajar. No sabía cómo explicarle a la gente de donde venía, entonces me “oculté” y estuve “bajo tierra”. Hoy no haría eso, no me olvido. Lo llamo “mi herida especial”, mi herida más preciada que no voy a ocultar más. Sabes, esto nunca se va. Si quieres huir de él o no combatirlo, no se va a ir. Tu cuerpo te va a hablar. Recuerdo que tuve serios problemas en mi estómago porque estaba guardando muchos secretos. Mi hija lo suele llamar idiismo, que es lo opuesto de la depresión es la expresión. Lo que sale de tu cuerpo no es lo que te enferma, sino lo que se queda adentro.
En su más reciente libro de autoayuda “En Auschwitz no había Prozac” (Planeta, 2020), Edith Eger expone “12 consejos” para enfrentar las cárceles mentales a las que sus pacientes se suelen recluir cuando sufren un episodio traumático. El texto revisita de manera crítica las estrategias en torno al victimismo, la culpa, el miedo y la vergüenza. Los protagonistas abarcan todo tipo de experiencias de dolor: veteranos de guerra, mujeres golpeadas, casos de abuso, intentos de homicidio y femicidio, rupturas maritales o diagnósticos de cáncer.
A manera de síntesis, la metodología de Eger en su carrera profesional se asienta en cuatro principios psicológicos: 1) el concepto de “indefensión aprehendida” basada en la psicología positiva del psicólogo Martin Seligman; 2) la terapia cognitivo-conductual; 3) las teorías y enfoques de Carl Rogers de donde aprendió “la importancia de tener un autoconcepto incondicionalmente positivo”; y 4) la inspiración de Viktor Frankl, de quien compartió la certeza de que “las peores experiencias pueden ser nuestras mejores maestras”.
“Lo que hago es trabajar con mis pacientes para que puedan visitar sus lugares oscuros. Me cuentan sus historias, como si estuvieran ahí, para que vuelvan a percibir aquellos sentimientos de indefensión y víctima. Cuando aparece un victimario y su personalidad, se siente que de alguna manera va a entrar y controlarte. Se trata todo sobre control y poder, y cuánto lo necesitamos y estamos dispuestos a rendirnos”, apuntó Eger durante la entrevista a Infobae.
– Usted suele recordar un comentario bastante común entre la gente con la que se entrevista, cuando le dicen que sus problemas “no son comparables” con lo que afrontó usted en Auschwitz y la violencia nazi…
– No creo que podamos comparar el dolor. Mientras más sufrimos, más fuertes nos volvemos. La vida es sufrimiento en sí misma. No importa lo que ocurre, sino la actitud que tomamos hacia los problemas. Auschwitz para mí fue un lugar de descubrimiento: cómo poder encontrar amor, arrepentimiento y redención hacia el enemigo. Tuve pena por el otro, por el lavado de cerebro de los guardias. Hoy sigue, hay mucha gente afectada de esta manera. La gente repite grandes mentiras y también creen cuando se las dicen. Nuestro mayor enemigo es la ignorancia.
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El último libro publicado por Edith Eger, de reciente lanzamiento.
– “Nos convertimos en víctimas no por lo que nos pasa, sino porque elegimos aferrarnos a nuestra victimización”, dice en uno de sus textos. ¿Por qué?
Me rehusó a ser una víctima, no es mi identidad, eso es lo que hicieron de mí. Hay una gran diferencia entre el ser y las acciones. Lo único que podemos cambiar son nuestros comportamientos, pero no podemos olvidar nuestras raíces y nuestra sangre. Yo estoy muy orgullosa de mis ancestros porque nunca se rindieron.
Otra frase suya apunta a que “muchos deciden seguir siendo víctimas porque eso los legitima”. ¿Esto no podría darle una mayor responsabilidad a las víctimas en su dolor que a los perpetradores de la violencia?
Cuando eres una víctima siempre vas a encontrar a tu victimario. Después no tienes responsabilidad, porque obviamente vas a culpar a alguien. ¡Los niños hacen eso, los chicos culpan! Pero cuando quieres ser libre tu vas por ello, y tomas decisiones de adulto y no de adolescente. No hay libertad sin responsabilidad, es una anarquía. Las víctimas usualmente encuentran al victimario para, desafortunadamente, culpabilizar a alguien, lo cual termina siendo algo rígido en vez de ser flexible.
Otra definición suya apunta a que “es posible que quienes nos hieren y nos odian se puedan convertirse en nuestros maestros”.
– Sí, porque no nos gusta relacionarnos con ellos. Necesitamos ver la muerte en nosotros. Hay un Hitler en cada uno de nosotros, y hay bondad, calidez y Madres Teresas. Sigo esa filosofía para ver lo bueno en todo. Nunca traté a las personas por lo que son, siempre las traté como quisiera que ellas fueran conmigo. Cuando estudio a alguien (en mi consulta) y me trata de manera ruda, yo lo trato con respeto lo más que puedo y afortunadamente ellos suelen respetarme. Una relación es como construir una casa, tiene que ponerse una base y esa base es la confianza. Pero primero hay que confiar en sí mismo antes de ser como cualquier otra persona. Nadie te puede reemplazar, porque no va a haber otro como tú.
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Documento de Edith Eger para ingresar a Estados Unidos.
Memoria, reparación y discursos de odio
Eger es respetuosa de los esfuerzos y el trabajo realizado de fiscales, jueces, investigadores y víctimas del Holocausto. En la actualidad, es consciente que esos peligros siguen presentes. El fascismo y fanatismo acecha el mundo, y sabe que sus nietos y bisnietos heredarán discursos de odio, racismo y prejuicios.
Su enfoque es individual, personalizado. La psicóloga suele alertar desde hace años que “El nazi está en ti”, que el odio engendra más odio. “El nazi interno es la parte de ti capaz de juzgar sin compasión, que no te permite ser libre y que victimiza a los demás cuando las cosas no salen como esperabas”, señala en su último libro. “Yo también podría haber sido de las Juventudes Hitlerianas, o una guardia en Ravensbrück”. Revela que fantaseó, alguna vez, en encontrarse en Paraguay con Mengele para enfrentarlo. Pero su camino es otro.
“Veo en el perdón como el último acto de libertad, un regalo que nos damos a nosotros mismos. Si buscamos venganza, se puede tener una pequeña satisfacción temporaria. No tengo los poderes de Dios para perdonar a cualquiera, pero haré lo humanamente posible. No me toca a mí perdonar a los nazis, lo que me toca es encontrar al nazi en mi interior”, sostiene.
¿Es posible superar, perdonar? ¿La revancha es una alternativa?
– Creo que cuando reaccionamos no pensamos. Si nos golpean, queremos devolver el golpe. Pero luego te conviertes en uno de ellos. Soy más grande que eso. La violencia trae violencia, es algo muy primitivo. A mí me gusta la negociación y el compromiso. Está mi verdad y está tu verdad, que son ambas subjetivas. No hay que negar o huir del pasado. Nunca olvidaré Auschwitz ni me repondré de lo que pasó allí, lo que voy a hacer es atravesar el valle de las sombras. Las víctimas se quedan atascadas, en vez de evolucionar, revuelven sobre sí mismas. En vez de decir “¿por qué a mí?”, lo que digo es “¿ahora qué”? Aún con la revancha, no te dará la última libertad como lo hace el perdón. Si siguiera enojada con los nazis, seguiría estando prisionera y secuestrada del pasado. No le voy a dar una pulgada más. Vivo hoy, tengo tres hijos y cinco nietos y tengo siete bisnietos. Esa es mi venganza a Hitler.
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Tres generaciones; Edith Eger junto a una de sus hijas y sus nietas.
“Me gustaría que veas la peli Karate Kid. ¿La has visto? Allí dicen que el mejor poder es el poder mental”, dijo Eger en otro de los tramos de la entrevista con Infobae.
A la psicóloga le interesa el abordaje de situaciones de violencia infantil. “Me gustaría hablar mucho más en las escuelas, mirar a los bullies (NdR: los chicos que acosan a sus compañeros en las escuelas) en la cara para decirles ‘yo no te hago daño, ¿por qué me lo haces tú a mí? El bully está asustado. El miedo es muy importante, una vez que lo sorteamos podemos amar. Amar y sentir miedo no pueden coexistir. Cuando estás enojado, estás en desventaja porque dejas tu poder mental de lado y permites que alguien te domine. Nadie puede hacerme enojar, a menos que lo permita”.
“No hay que permitir la violencia bajo ninguna circunstancia. Y eso hace la gente, el enojo genera violencia. Nunca debe ser aceptado. He vivido experiencias con nazis, con los comunistas e incluso en América también me encontré con mucha violencia. Haría lo que fuera por detenerla”, resumió.
– Desde hace unos años tomó fuerza en la agenda pública la violencia de género y contra las mujeres. ¿Cómo es posible superar ese tipo de daño?
– Lo que veo de esos varones es que no son hombres, tener un pene no te hace serlo. El hombre no toca a una mujer. Yo lo que veo es que son chicos muy asustados; las mujeres necesitan dejarlos para no volver atrás. Porque si lo hacen, siguen volviendo, siguen volviendo… Lo vi muchísimas veces. Porque les dicen que no lo volverán a hacer, pero lo van a volver a hacer porque quieren controlar a las mujeres. Son hombres que están sin poder, quebrados, en bancarrota… No tiene que ver con el sexo, todo tiene que ver con el control y el poder. Y es muy desafortunado cómo hay gente que toca a chicas jóvenes, sin darse cuenta que le están robando su infancia. Creo que necesitamos mucha educación sexual, cada vez más y más.
-¿De qué manera deberíamos afrontar la pandemia de coronavirus, con tanto sufrimiento, incertidumbre y pesar que está generando a lo largo del mundo?
– ¡Creo que voy tomar la vacuna del doctor Anthony Fauci! (ríe) No creo que tenga efectos secundarios que me hagan enfermar. Desde mi experiencia lo que veo es que es algo temporario, pero que es posible sobrevivir. Esto termina. Hay que pensar que estamos en un túnel y que nos dirigimos hacia la luz.
– ¿Tiene algún punto de comparación la experiencia del COVID con su vivencia en Auschwitz?
– En que no sabemos qué podía pasar mañana. Estamos en una muy mala posición, en un limbo, es un muy mal lugar dónde estar. Eso pasaba en Auschwitz cuando nos tomábamos una ducha y no sabíamos cómo podíamos salir de ahí. En cualquier momento nos podían torturar, hacer sangrar. Pero eso nunca asesinó a mi espíritu. Eso es lo que les traigo. Tengo fe en que todo lo que nos pasa es por un bien mayor.
Ser mejor (Edith Eva Eger)

Para terminar, recupero los 10 consejos de la Dra. Eger para una vida plena, ya que me parecen de un valor extraordinario y merece recordarlos por aquí.
En sus libros enseña su sabiduría para vivir plenamente.
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No tienes crisis; tienes desafíos. La Dra. Eger describe la vida como una experiencia llena de sufrimiento y luchas. Cada desafío provee una oportunidad para encontrar esperanza en la desesperanza. Cada lucha es un regalo, una oportunidad para encontrar luz en la oscuridad. La Dra. Eger afirma: «Mi sufrimiento me hizo más fuerte».
2. Siempre tienes opciones. Lo importante no es lo que te ocurre, sino lo que haces con lo que te sucede. La vida es difícil. «Nunca olvidaré lo que me ocurrió. Pero llegué a aceptarlo. Lo llamo mi ‘adorada herida’». La vida es una elección. Es mucho más fácil morir, pero «yo escojo vivir».
3. Vive plenamente hoy. «No doy nada por sentado. Tengo esta vida para vivir y no sabes qué va a pasar mañana». Ella describe la vida como si fuera un día largo. «Los rayos de sol de la mañana no van a regresar, así que celebra cada momento». Cada segundo es valioso.
4. Presta atención a lo que prestas atención. Tus pensamientos tienen la habilidad de crear tu realidad. Por lo tanto, sé selectivo. Reorientar tus pensamientos puede impactar la forma en que transcurre la vida, porque «si cambias tu forma de pensar, cambias tu vida». Esta fue una lección que le enseñó su madre cuando viajaban en un vagón de ganado hacia el campo de exterminio. Su madre le dijo: «Nadie puede quitarte lo que pones en tu propia mente».
5. Lo opuesto a la depresión es la expresión, porque lo que sale de tu cuerpo no puede enfermarte. La Dra. Eger habla sobre la importancia de sentir tus sentimientos. Todos nuestros sentimientos son legítimos y no hay emociones correctas o incorrectas. «No puedes sanar lo que no sientes», así que «llora con fuerzas. Ve al océano y grita, o grita en el auto y luego ríete como una hiena». Ella garantiza que guardar duelo, sentir y sanar te hará sentir mejor. Todavía más: «Mi Dios me da permiso para sentir cualquier sentimiento sin miedo a ser juzgada».

6. Quiérete a ti mismo y cuídate. La Dra. Eger cree que nacemos con amor y con pasión. Sin embargo, a lo largo de la vida aprendemos a odiar e incorporamos la mentalidad de «nosotros y ellos». «Nadie puede reemplazarte, así que quiérete a ti mismo por completo», aconseja. «Cuando te levantas en la mañana, ¿te miras al espejo y dices ‘te quiero’?». Deja de lado la necesidad de recibir aprobación y no dejes que otros te tiren abajo.
7. Sé selectivo con tu enojo. La Dra. Eger señala que «una vez que te enojas, cedes a tu poder. Cuando estás enojado no puedes escucharte. Yo soy muy selectiva respecto a quién recibe mi enojo. Disuelve el enojo; es inoportuno y no me gusta. Debemos seguir adelante».
8. El perdón es un regalo que te das a ti mismo. «No hay perdón sin furia». Solo Dios tiene el poder de perdonar. «Yo no tengo poderes Divinos. Solo Dios tiene la última palabra. Yo veo el perdón como un regalo que me doy a mí misma. El perdón te da la máxima libertad espiritual».
9. Dios siempre está presente. «Yo encontré a Dios en Auschwitz. Mi Dios estaba siempre conmigo. Dios me dijo que todo es temporario, nada es permanente. Dios tenía un plan para mí, no solo que sobreviviera sino también que pudiera guiar a otras personas y ser útil para ellas. Mi Dios está lleno de esperanza, lleno de luz, lleno de amor y de compasión».
10. No te rindas. La Dra. Eger se describe a sí misma como una mujer fuerte gracias a su identidad judía. «Nosotros, los judíos, nunca nos rendimos. Mis ancestros sobrevivieron al desierto y al Holocausto. Así que yo digo: ‘Sigan escalando la montaña y nunca se detengan’». Su mantra de vida es: «Yo soy, yo puedo y lo haré». Después de una vida de escalar la montaña, la Dra. Eger sigue escalando, dando a otros, intentando hacer del mundo un lugar mejor y lleno de curiosidad por lo que ocurrirá a continuación.
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