«Tattoo»: un accidentado recorrido por la historia del tatuaje hasta su glorioso presente…

Curiosfera/Nolan Tatoo Parlour(M.Moreira y Astek) — “La piel es, ante todo, prueba de presencia humana”, escribió el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton en un ensayo imprescindible, ‘El tatuaje’ (Casimiro, 2013).
A lo largo de la historia, estos dibujos perennes u obras de arte realizados sobre la piel, han pasado por diferentes etapas y en ocasiones no eran bien vistos, o han tenido distintos conceptos.
Tatuarse la piel es una costumbre que ya practicaba el hombre prehistórico. Tanto en la antigüedad como en la actualidad, hay quien le atribuye al tatuaje un valor mágico.
Por ejemplo, los pueblos primitivos grababan en su piel la forma del animal más temido, para evitar tener malos encuentros con él. Se creía que un escorpión tatuado en el muslo libraba de su picadura.

Los egipcios ya se tatuaban hace 4.000 mil años.
Las sacerdotisas de la vaca sagrada Hator, tatuaban su bajo vientre, y son numerosas las momias halladas en excavaciones arqueológicas con tatuajes de todo tipo.
También los asirios y los fenicios echaron mano de estas prácticas.
Se tatuaban la frente con signos alusivos a la divinidad, uso religioso que se prolongó a lo largo de los siglos y que todavía perduraba en Italia a principios del XX.
Las mujeres bretonas se tatuaban la piel, y los hombres de Bretaña que luchaban contra Julio César, se teñían de azul con la hierba pastel.
Cuando los españoles llegaron a las Islas Canarias, los guanches usaban las llamadas pintaderas a manera de sellos, para estamparse repetidas series de dibujos en la piel. Lo mismo sucedió cuando llegaron a México.
Sabemos gracias a los arqueólogos que la práctica de tatuarse la piel es tan antigua como el homo sapiens. La primera prueba científica que se tiene de este hecho es un cuerpo momificado que se custodia en el museo de arqueología de la ciudad italiana de Bolzano, tras ser descubierto en 1991 en los Alpes de Ötzal.
Los investigadores contaron hasta 61 tatuajes distribuidos en su cuerpo, conservado en hielo durante 5.300 años. Líneas en la muñeca izquierda, en la zona lumbar y en ambas piernas. Precisamente en aquellos lugares donde este hombre prehistórico sufría de artritis, lo que sugiere que ya en el Neolítico se atribuían a los tatuajes fines mágicos o curativos.

Existen indicios suficientes para rastrear a grandes rasgos la evolución geográfica e histórica del arte del tatuaje, que adquiría diferentes significados en cada una de las civilizaciones en las que se asentaba.
Sabemos, por ejemplo, que las sacerdotistas egipcias de la XI dinastía ya se tatuaban, y que, en torno al año 1.000 a. C., el tatuaje llegó a África y a Asia desde Europa.
No en todas partes adquirió las mismas connotaciones. En unas civilizaciones se desarrolló como una forma de expresión artística, a la que dotaban de nuevos coloridos y composiciones, y en otras como en la Antigua Grecia y en Roma, eran utilizados como método de estigmatización.
Es decir, para marcar a esclavos y criminales. Con Constantino I -el primer emperador romano que dio libertad de culto a los cristianos-, comenzó un periodo de prohibición que se prolongó durante la Edad Media.
James Cook y el regreso del tatuaje al mundo occidental (finales del siglo XVIII)

James Cook
Demos un salto en el tiempo para hablar de los orígenes del tatuaje moderno. Para ello, debemos trasladarnos al Pacífico Sur. Concretamente a Tahití, la isla más grande de la Polinesia Francesa. El legendario navegante y explorador británico James Cook desembarcó en 1769 en este lugar paradisíaco y observó con curiosidad las tradiciones de los indígenas.
Escribió sobre una extraña costumbre consistente en pintarse el cuerpo con dibujos de perros, pájaros o figuras geométricas; unos dibujos indelebles que los tahitianos denominaban tatu (“golpear”) y los samoanos tátau. Por derivación fonética, Cook transcribió esa palabra al inglés como tattow, donde ya podemos atisbar el origen de la palabra moderna tattoo (inglés), tatuaje (español) o tatouage (francés).
En sus exploraciones por Nueva Zelanda, Cook entró en contacto también con las tribus maoríes neozelandesas, y observó cómo éstas también tenían la costumbre de adornar su cuerpo con tinta. Le llamaron la atención los faciales, un tipo de marcas que hacían referencia a la familia, al linaje, la clase social o los logros de esa persona a lo largo de su vida.
Del mismo modo que a las mujeres en Tahití se les tatuaban las nalgas de negro cuando alcanzaba la madurez sexual, en Hawái marcarse tres puntos en la lengua era una señal de luto, y en Borneo un ojo simbolizaba un guía espiritual hacia otra vida.
Resulta completamente lógico que este fascinante mundo de símbolos y rituales tuviera su eco en Europa a través de los marineros que volvían de sus viajes en ultramar. Ellos fueron el eslabón que permitió que poco a poco el tatuaje se popularizase entre la población general del mundo occidental.

Volvía de Tahití y con él arribaban a la palabra tattu, de origen polinesio, y una serie de aborígenes con el cuerpo repleto de tatuajes y que fueron exhibidos en la capital inglesa como atracción en barracas de feria.
No tardaron en surgir imitadores, y tanto proliferó la costumbre que en los alrededores de los puertos de mar surgieron los tatto parlors (salones de tatuaje).
Afortunadamente para los amantes del tatuaje en 1891 se inventó el tatuaje eléctrico, técnica novedosa que convirtió a Estados Unidos en el centro mundial del diseño tatuístico.
Por entonces, convictos y desertores eran tatuados con fines idénticos a los que se seguía en el marcado del ganado. Técnicas que aplicaron en la primera mitad del XX, los nazis en sus campos de concentración, y los soviéticos en sus gulags siberianos.
Pero si esto era signo externo de la chusma y la gentuza, como en la Roma clásica, también surgió la moda del tatuaje artístico entre los elegantes de la sociedad aristocrática europea.
Las damas del séquito de la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, lucían entre sus pechos unas gotas de agua o lágrimas de un azul añil intenso, pintadas en unos casos, adheridas a modo de lunares postizos, o tatuadas, caso de cierta baronesa provenzal que acompañaba a la emperatriz, madame de Luneville, que decía: «Es adorno muy adecuado para lucir donde lo hago, porque llaman los hombres a este lugar», el mórbido canalillo.
Al mismo tiempo, la emperatriz austriaca Isabel, esposa de Francisco José I, llamada Sissí, usaba tatuajes alusivos a su alto rango. También el príncipe heredero de la corona austrohúngara, el archiduque Fernando asesinado en Sarajevo en 1914, portaba una serpiente tatuada.
A finales del XIX, la moda del tatuaje estaba en su apogeo.

En Londres un tatuador norteamericano que se hacía llamar doctor Williams, se exhibía con su mujer en el teatro Aquarium, profusamente tatuado, de modo que su cuerpo y el de su señora le servía de muestrario de todo lo que era capaz de hacer: barcos, corazones, dragones, iniciales de nombres, serpientes o rostros.
Por su Tatto Parlor, pasó la nobleza y burguesía londinense del XIX, que pagaba cinco chelines por tatuarse las iniciales, o cinco libras por tatuarse un dragón.
Como la señora Williams, se había grabado un ancla dorada en la vecindad de salva sea la parte, su marido estaba dispuesto a mostrarla previo pago de una tarifa especial, lo que le valió según cierto comentarista de la época, ser acusado de proxeneta, cargo que en la sociedad puritana de entonces no era cualquier cosa.
El término arribó al castellano no antes del XIX, a través del francés tatouage, a su vez del inglés tatoo, y en última instancia de una lengua polinesia. El término castellano inicial fue el de taraceo, aunque el de tatuaje era ya conocido.
Respecto a España, fue Cataluña, región expuesta a las influencias francesas e italianas, donde primero se introdujo. Rafael Salillas, cuenta en un opúsculo publicado a finales del XIX, que en el hospital de Tortosa, regido por las hermanas de la caridad, las monjas se horrorizaban ante los tatuajes exhibidos por algunos enfermos procedentes de la marginalidad.
Simbolismo del tatuaje
A todo lo dicho, hasta aquí se une el simbolismo social del tatuaje incluso como signo de nobleza. Cuenta Herodoto, que entre los tracios, estar marcado con un tatuaje era signo de distinción social, y que no estarlo era de gente vil o de baja extracción.
No obstante este uso, el rey persa Jerjes, marcaba con su sello a los prisioneros de guerra, relegándolos a la esclavitud. En Roma a los esclavos se les tatuaba en la frente con el sello de su dueño.
Para disimular esa marca, surgió la moda del flequillo romano que cubría hasta las cejas, moda que luego se consolidó y extendió a toda la población joven. Si el esclavo era liberado trataba de quitarse el tatuaje, pero era peor el remedio que la enfermedad, porque se notaba aún más.
Petronio, habla de esto en su Satiricón mediado el siglo I. También Ateneo de Naucratis, se fijó en ese detalle en su Banquete de los sofistas, lustros después.
Tuvo un uso muy frecuente entre los primeros cristianos tatuarse la cruz o el monograma de Cristo, y a pesar de que los Padres de la Iglesia y sucesivos concilios se opusieron a tales usos, éstos se prolongaron a lo largo de los siglos.

Todavía en el siglo XIX, era frecuente ver tatuajes de esta índole entre los cristianos de algunos puntos de Italia e incluso en Jerusalén.
Durante los primeros siglos del cristianismo, se vio en el tatuaje un resto pagano próximo a la hechicería, y se intentó su erradicación.
Pero lo que contribuyó poderosamente a erradicar tal costumbre entre la gente sensata del mundo clásico, fue la postura de Adriano, que relegó el tatuaje a los bajos fondos de Roma, al mundo hampesco, a la chusma, naciendo así cierto tabú en contra de esa costumbre que ya en la Antigüedad era poderosa.
Los autores clásicos hablan del tatuaje como práctica de los pueblos tracios, galos y germanos. Heredero acaso de aquella práctica es el hecho de que en la España medieval Alfonso X el Sabio, escriba en sus Siete Partidas como cosa que un caballero debe practicar.
Es decir, el tatuaje de adscripción a una clase era en el siglo XIII, castellano privilegio nobiliario, resto de la costumbre adquirida por los cruzados en Tierra Santa. En los aledaños del templo de Jerusalén los caballeros cristianos se tatuaban con motivos religioso-caballerescos.
En general, fue signo externo de pertenencia a la persona o sociedad cuyos motivos se graban en la piel. Los aristócratas etíopes se tatuaban a sí mismos y también pintaban a sus divinidades de color rojo: querían singularizarse de esa manera.
Resto de esta costumbre es tatuarse un dragón, símbolo de la caballería andante en la Europa medieval, ya que san Jorge era protector de los caballeros, razón por la cual él y su dragón se convirtieron en motivo recurrente de tatuajes caballerescos y emblemáticos de casas reales, como la rusa, la austriaca, la alemana.
Usos del tatuaje en la historia

Entre sus usos diversos, el tatuaje también sirvió de cosmético, ya que en el fondo no es sino una pintura corporal indeleble que resultaba práctica.
Era como llevar puesto el maquillaje.
Los pueblos primitivos adornaron y adornan el cuerpo con pinturas, o se embadurnan con una mezcla de grasa y tierra colorada que les protege del calor y de los insectos.
Se pintan generalmente de rojo y amarillo con ocre, se dan tonos blancos con arcilla, consiguen el negro mediante el carbón o la pizarra bituminosa, el verde y el azul con malaquita.
Luego se reproducían todo eso en los tatuajes, cuando las técnicas alcanzaban cierto grado sofisticado.
En relación con esto está la práctica de grabar los enamorados el nombre de la persona amada, o incluso la poética tradición de dejar constancia del objeto amoroso grabándolo en árboles o paredes como medio mágico de convertir el tatuaje en talismán defensivo.
También tuvo que ver esta práctica con elementos sociales tan importantes como la venganza tribal: los miembros del clan se tatuaban en un ritual de hermanamiento.
Todavía en lugares de Túnez se relaciona el tatuaje con un proverbio que dice: “La sangre ha corrido: la desgracia ha pasado”, estando connotada su práctica de sacrificio capaz de torcer el rumbo negativo de las cosas.
Otros vínculos de pertenencia o adscripción son menos santos, como la práctica seguida por la mafia japonesa de tatuar a sus matones. El tatuaje oriental tiene que ver con la violencia y la guerra; también entre los polinesios.
Amén de lo dicho, es asimismo importante la razón supersticiosa en estas prácticas, como lo son todas las mutilaciones corporales, ya que el tatuaje en última instancia es una forma de mutilación de la piel.
Entre los marineros se cree que tatuarse protege de malos espíritus, aunque es más probable que el origen de tales tatuajes tenga que ver con la necesidad de reconocer los cadáveres tras su desaparición en el mar.
Claro que ha habido también un olfato especial por lo práctico, por lo psicológico y útil: en pleno terror estalinista, hacia los años 1935- 1950, los delincuentes soviéticos se tatuaban el rostro de Lenin o el del sangriento dictador Stalin en el corazón y partes vitales pensando que el pelotón de fusilamiento no dispararía contra tales imágenes.
El tatuaje vuelve a estar de moda

El tatuaje como rito social aparece y desaparece de forma cíclica, como todo en la práctica humana.
Eso enseña la Historia.
En la actualidad la fuerza con que ha resurgido se debe a la publicidad, y a la importancia que por repercusión social más que por valía intrínseca tienen algunas personas que influyen en la masa.
Claro que no todo se debe a eso. Sabemos que los yuppies del neoyorquino Wall Street, son amigos del tatuaje, y en esto no se diferencia del motero ni del cabeza rapada. De hecho se va en pos de la individualidad en una época masificada.
La gente se busca a sí misma, y como no se encuentra, quiere tener al alcance de la vista una seña de identidad personal que le recuerde su personalidad íntima.
Y en medio de este marasmo de nuevas razones, continúan las antiguas: hace años se marcaban en los troncos de los árboles de los paseos los nombres de nuestros amores. De la piel se pasó al tapial y al tronco del árbol, para regresar a la piel.
El tatuaje proclama la fuerza del sentimiento y dice a todos, cuál es la naturaleza de nuestra actitud en la vida.
A las viejas sirenas de mar que imaginaban en sus noches de ron los marineros de altura, han sucedido los retratos hiperrealistas de la gente marginal y desheredada. Todo en el fondo evoca romanticismo y nostalgia.
Los primeros estudios profesionales
Estados Unidos: Martín Hildebrandt(1825-1890)

Aunque se sabe que al menos desde 1700 los nativos americanos ya usaban el pigmento del hollín o molían minerales para tatuarse, la popularización de la aguja y la tinta en Estados Unidos tuvo su punto de inflexión en la guerra civil estadounidense (1861-1865), con un protagonista indiscutible: Martin Hildebrandt.
Durante los años de la contienda, este marinero de origen alemán se labró una reputación importante tatuando a soldados tanto del bando de la Unión como de los Confederados.
Un prestigio que aprovechó para abrir en 1875 el primer estudio permanente de tatuajes en el país.
Se ubicó en el número 77 de la calle James Street del bajo Manhattan, Nueva York. Una ciudad que hervía con la llegada incesante de inmigrantes.
Inglaterra: Sutherland Macdonald(1860-1937) Y George Burchett(1872-1953)
Catorce años más tarde que Martin Hildebrandt, un hombre llamado Sutherland Macdonald abrió en Londres el primer estudio de tatuaje profesional del Reino Unido. Debió ser toda una hazaña, teniendo en cuenta que la inauguración se produjo en plena época victoriana, conocida por su carácter represivo y moralizante.
Gracias en gran parte a Macdonald, el tatuaje pasó de ser una afición absolutamente marginal, a ganarse el favor de la realeza. Algunos historiadores señalan que en realidad el factor decisivo que puso de moda el tatuaje entre las élites europeas fue el hecho de que el rey Eduardo VII de Inglaterra y su hijo se tatuaran en Jerusalén y Japón.
Al parecer, Macdonald tatuó a varios hijos de la Reina Victoria, así como a los reyes de Noruega y Dinamarca, entre otros clientes famosos.
“Durante casi cuarenta años, miembros de la nobleza y otras personalidades subieron por las estrechas escaleras de la calle Jermyn para visitar a Macdonald y dejar en su piel algunos de los ornamentos más bellos jamás vistos”, escribió George Burchett en su libro de 1953 Memoirs of a Tattooist (Memorias de un Tatuador).

Sutherland MacDonald (1860-1937) y George Burchett (1872-1953)
El legado de este pionero incluye también la patente de una máquina eléctrica para tatuar en 1894, así como la introducción del azul y el verde en sus trabajos. Un artículo de 1897 en la revista Strand, escrito por Gambier Bolton, afirmaba que “para sombrear o realizar trabajos pesados, Macdonald todavía usaba herramientas japonesas y asas de marfil”.
En otras palabras, fue una figura clave para dotar de sofisticación al arte del tatuaje.
George Burchett, doce años más joven que Macdonald, fue considerado como uno de los tatuadores más famosos del mundo durante los años en los que estuvo en activo: desde 1890 a 1953.
Nació en la ciudad costera de Brighton, pero desarrolló su carrera en Londres, primero en Mile End Road, y después en el número 72 de Waterloo Road. Además de ser estrella del gremio durante las dos guerras mundiales, fue el tatuador preferido de la realeza europea y la burguesía.
Entre sus clientes, Federico IX de Dinamarca, Jorge V o el rey de España Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I.
Burchett, que se había formado con Tom Riley y el ya citado Sutherland MacDonald, había servido en la Marina, lo que le dio la oportunidad de ampliar el repertorio de diseños habitual con motivos “prestados” de África, Japón o el Sudeste Asiático.
Tecnología y tatuaje: Las Primeras máquinas

Patente de Charles Wagner
Junto a la evolución de los motivos y los recursos artísticos aplicados a la tinta sobre la piel, la historia del tatuaje es también la de su desarrollo tecnológico.
Hasta que se inventó la primera máquina eléctrica, se trabajaba con métodos rudimentarios y artesanales, aprendidos de las tribus primigenias de distintas partes del mundo. Los maoríes, por ejemplo, utilizaban cinceles para abrir pequeñas heridas por las que penetraba la tinta.
En Tailandia, Polinesia o Egipto utilizaban pequeñas agujas fabricadas con materiales huecos que se afilaban, como el bambú o huesos de albatros.
La primera máquina de tatuaje tiene nombre irlandés, aunque su creador era un hijo de inmigrantes nacido en Connecticut en 1854. Samuel O’Reilly se inspiró en el prototipo de rotativa ideado por Thomas Edison, que era una especie de bolígrafo accionado por un motor eléctrico que perforaba el papel para crear una plantilla que permitiese copiar varios documentos a la vez.
En 1891, O’Reilly se dio cuenta de que el invento de Edison podría utilizarse, con algunos cambios, para tatuar la piel. Su máquina supuso una revolución total, porque incrementaba la velocidad y reducía el dolor.
Pero era mejorable, claro está. Esa primera máquina era bastante pesada, lo que complicaba su utilización. Este modelo evolucionó hacia otro más eficiente que incluía dos bobinas electromagnéticas, resortes y barras de contacto.
A principios del siglo XX, Charles Wagner mejoró todavía más este último modelo.
Añadió al diseño original dos electroimanes colocados perpendicularmente a la posición de la mano del artista. También permitía cambiar de aguja con facilidad y tenía otras comodidades parecidas a las de las máquinas de tatuar modernas, ya que permitía regular el flujo de tinta y estabilizar la aguja.

Tatuajes realizados por Percy Waters.
Las patentes se suceden durante los años treinta, aunque destaca sobre todo el nombre de Percy Waters, que fabricó en 1920 la primera máquina de tatuaje moderna al colocar los dos electroimanes en posición paralela a la mano del tatuador.
Primeras referentes femeninas del tatuaje
No podemos hablar de los precursores del tatuaje sin hablar de las mujeres. Las primeras damas del tatuaje estaban vinculadas al mundo del circo. La contemplación de los dibujos imborrables sobre la piel era un espectáculo en sí mismo para la sociedad de principios del siglo XX.
Cuanto mayor era el número, más exóticos los motivos y más fantasiosas las historias que los acompañaban, más se pagaba y más entradas se vendían.

Maud Stevens, Nora Hildebrandt e Irene Woodward.
Maud Stevens (1877-1961) era una trapecista de Kansas que vivía en un carromato cuando conoció a Gus Wagner, un marinero y tatuador que había aprendido el oficio en sus viajes por Java y Borneo. Más de trescientos tatuajes marcaban su piel cuando se conocieron.
Dicen que ella accedió a salir con él a cambio de que la enseñara a tatuar. Así es como se convirtió en Maud Wagner, maestra de la técnica del hand poked -prefería el método tradicional, a pesar de que la máquina eléctrica ya existía por aquel entonces- y primera tatuadora profesional de la historia.
También convirtió su propio cuerpo en un lienzo atiborrado de motivos florales, zoológicos y palabras.
Maud fue la primera tatuadora, pero no la primera mujer famosa por su rendición total al arte del tatuaje. Ese reconocimiento le corresponde a Nora Hildebrandt, hija del pionero Martin Hildebrandt, del que hablábamos al principio de este artículo.
Desde que era una niña, su padre la utilizó para practicar, de modo que cuando cumplió 30 años contaba ya con 365 tatuajes repartidos por todo el cuerpo. Encontró su destino profesional en el circo con una compañía muy importante de la época, Barnum & Barley, con la que se embarcó en continuas giras en la última década del siglo XIX.
Pero una joven de 19 años, Irene Woodward, eclipsó la fama de Nora de forma, al parecer, bastante repentina. Irene, que también lucía todo su cuerpo tatuado, captó de inmediato la atención de los medios, desbancando a su antecesora.
El New York Times la definió como una mujer de mente abierta y muy guapa, cuyos 400 tatuajes tejían una historia personal de libertad y esperanza. En 1890 hizo su debut internacional en una gira por Europa, exportando la fama de las “damas del tatuaje” al otro lado del Atlántico.

El nacimiento del estilo tradicional americano
La evolución del tatuaje como expresión artística a lo largo del siglo XX no fue constante, sino que tuvo momentos de popularidad y otros en los que estuvo denigrado. A principios de siglo no había escuelas oficiales donde se pudiera aprender el oficio.
Tampoco había revistas ni asociaciones profesionales. La afición al tatuaje avanzaba de forma casi subterránea, conquistando poco a poco nuevos sectores de la sociedad. Ya no solo se tatuaban marineros, gente de la farándula o élites de la oligarquía.
Obviamente, las ciudades con mentalidades abiertas fueron las que más vieron florecer el arte del tatuaje. Atraían a los mejores artistas y eran los lugares donde se marcaban las nuevas tendencias de estilo.
Como ya explicábamos en la primera parte de esta Historia del Tatuaje, Nueva York fue la primera meca del tatuaje moderno occidental. A principios de siglo, esta actividad se llevaba a cabo sobre todo en los barrios cercanos al puerto marítimo y en las zonas donde abundaban los prostíbulos y las cervecerías.
La plaza de Chatman, donde Samuel O’Reilly tenía su estudio, ha pasado a la historia como uno de los primeros centros de este florecimiento.

Cada década tuvo sus propias tendencias estéticas.
Si en la década de 1910 y años anteriores los principales demandantes de tatuajes eran artistas de circo y marineros en los años veinte se añadió la moda de los tatuajes cosméticos entre las mujeres –cejas permanentes, coloración de mejillas, contorno de labios o delineador de ojos-.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) también dejó su huella, aumentando el interés por los motivos que hacían referencia a la valentía, a los iconos bélicos y a los viajes que había realizado su portador a lo largo de su vida.
“Enséñame a alguien con un tatuaje y yo te enseñaré a alguien con un pasado interesante”, decía el novelista Jack London.
Empezaron a abrirse estudios de tatuaje allá donde había una base militar o naval cerca.
Fueron los años de despegue del estilo tradicional, también conocido como old school, consolidado sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Se caracterizaba por las líneas gruesas y sólidas, el dibujo sin detalles realistas, la utilización de colores primarios y los diseños de composición equilibrada.
El impacto cultural del estilo tradicional fue enorme, hasta el punto de que sus huellas pueden rastrearse claramente hasta la actualidad con el llamado estilo neotradicional, término acuñado a principios del siglo XXI.
Figuras clave en Estados Unidos
La lista de grandes maestros del tatuaje norteamericano es muy extensa, pero si nos centramos en la edad dorada del estilo tradicional, hay dos figuras que son completamente imprescindibles.
El primero de ellos es Sailor Jerry (1911-1973)

Antes de montar su propio estudio de tatuajes en Honolulu (Hawái), Sailor viajó y vivió muchas aventuras.
En sus años como militar de la Marina estadounidense conoció a fondo las islas del océano Pacífico, y quedó fascinado por la iconografía y el arte del sudeste asiático.
El estilo personal que desarrolló a partir de entonces fue el resultado de fusionar la influencia estética oriental -y muy particularmente la del estilo irezumi japonés– con el tradicional americano.
Con ese punto de partida, creó multitud de motivos clásicos que hoy siguen demandándose a diario en los estudios de tatuajes (golondrinas, dagas, barcos, dragones….).
Por su mítico estudio de Hawái –Sailor Jerry’s Hotel Street– pasaron miles de marineros que querían tatuarse con él por primera vez. Ellos fueron los principales embajadores en el mundo de este artista de la aguja y la tinta.

(Mike Malone)
El legado de Sailor Jerry tuvo dos discípulos muy claros que también han pasado a la historia como nombres esenciales del estilo tradicional americano: Ed Hardy y Mike Malone.
Cuando Sailor muere en 1973 a causa de un infarto, dejó instrucciones muy claras a su mujer de qué quería que se hiciese con su estudio.
Éste debía venderse a uno de estos dos pupilos, que se habían formado con él, y en los que veía una pasión y un compromiso con el tatuaje similar al suyo.
Finalmente fue Mike Malone (1942-2007) quien asumió el reto, de modo que dejó su estudio de San Diego (California) y se trasladó a Honolulu.
Uno de sus principales cometidos fue el de adentrarse en el negocio de los tattoo flash, así como en la venta de camisetas bajo la marca Mr. Lucky.
Su visión empresarial funcionó, y pronto empezaron a copiarle en otras partes del mundo. También se metió en el negocio de la fabricación de máquinas de tatuar -oficio que dicen que aprendió junto a Paul Rogers (1905-1990), otra figura clave del tatuaje norteamericano-.
La aportación de Ed Hardy (California, 1945) al estilo americano de influencia japonesa también fue muy importante. Dicen que Samuel Morris Steward (más conocido como Phil Sparrow) fue el que primero le enseñó un libro de tatuaje japonés, aunque si logró viajar a Japón a aprender de cerca este estilo tradicional, fue sobre todo gracias a su mentor Sailor Jerry.
Cuando regresó a San Francisco abrió un estudio llamado Realistic Tattooing, especializado en estilo oriental, que creó escuela en Estados Unidos. Entre sus clientes había muchos tatuadores que querían verle trabajar y aprender, así como numerosas celebridades (directores de cine, artistas plásticos, etcétera).
Esto, sumado a su decisión de vender merchandising con diseños clásicos, contribuyó claramente a la popularización del tatuaje tradicional en nuevos sectores de público (hasta que esta forma de arte volvió a estigmatizarse socialmente a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta).

Ed Hardy
Los grandes del tatuaje en el Reino Unido
Si Hawái (y Pearl Harbour) fueron la meca del tatuaje norteamericano a partir de la Segunda Guerra Mundial, en Europa el país de referencia era Reino Unido.
Como contábamos Sutherland Macdonald fue el primer artista que abrió un estudio profesional en Inglaterra -nada menos que en plena época victoriana (1837-1901).
La lista de grandes nombres que vino después es demasiado extensa para reunirla en un solo artículo, por eso vamos a centrarnos en esta ocasión en Jessie Knight (1904-1992) –primera profesional reconocida en el país– y Ron Ackers (1932-2004), a quien escogemos porque fue uno de los primeros tatuadores profesionales extranjeros que desembarcaron en España a partir de la década de los sesenta.

Ron Ackers
Jessie Knight fue durante la mayor parte de su vida la única mujer tatuadora de Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales.
Pero si ha pasado a la historia no ha sido únicamente por su papel como pionera, sino por su destreza como tatuadora a mano alzada y su estilo absolutamente personal.
Dibujaba primero el motivo usando una cerilla y luego, usando un pigmento negro de tatuar, marcaba la línea del dibujo sobre la piel.
Muchos de sus diseños mostraban a mujeres fuertes y emancipadas, montando a caballo, bailando o portando armas.

Jessie Knight
Nacida en 1904 en el seno de una familia de artistas y poetas -su padre era francotirador circense y tatuador-, Knight desarrolló a edad muy temprana un carácter fuerte e independiente.
Empezó a trabajar en los años veinte en un estudio en Chatman, Kent, uno de los principales puertos de la Flota Real del sur de Inglaterra.
Después se trasladó a Alkdershot, Hampshire, donde fue la primera tatuadora de esa base militar, lo que la hizo muy famosa entre el personal del Ejército.
Pasó allí todo el periodo de la II Guerra Mundial y aparecía regularmente en periódicos y revistas en historias de soldados tatuados antes de partir a la guerra.
Portsmouth fue su último destino antes de retirarse en 1963.
En el año 2017, el Museo Nacional Marítimo de Cornwall dedicó una amplia exposición a la historia del tatuaje en Gran Bretaña.
Allí el nombre de Jessie Knight destacaba sobre los demás, como ejemplo de cómo triunfar en un mundo profesional duro que entonces era casi un coto privado para los hombres.

Terminamos con uno de los tatuadores británicos que mayor influencia ejerció en la normalización del tatuaje en España.
En su biografía, publicada en 1997, Ron Ackers relata su relación personal con algunos de los mejores profesionales de la historia de Reino Unido, como Johnny O’Brien, Les Skuse, Lyle Tuttle, Stan Davis, Davy Jones, Cash Cooper, Harry Leavers, Tattoo Jack y Mick Bloor.
El primero al que recuerda es Bill Stokes, autor del primer diseño que se grabó en la piel.
“Yo tenía catorce años y estaba obsesionado con los tatuajes. En esa época era legal hacerlo a partir de los nueve años, así que me fui al diminuto estudio que tenía Bill Stokes en Chester. Era 1946, y por aquel entonces él tenía ya ochenta años y trabajaba con máquinas que había hecho a mano y funcionaban con baterías acumuladoras para equipos de radio”.
Cuando Bill Stokes se retiró años después, vendió todo su material a Ackers, que recogía así el testigo de su mentor. En 1952, abrió su primera tienda en la ciudad de Chester, para mudarse posteriormente a la ciudad de Rhyl, en el mar de Irlanda.
Fue allí donde Ackers entró en contacto con otros tatuadores europeos e hizo conexiones con proveedores estadounidenses que vendían equipos de tatuaje mejores que los que estaban disponibles en Reino Unido en ese momento.

Tatuaje de Ron Ackers
Durante la década de 1960, se dedicó a viajar con una camioneta para tatuar por temporadas en países como Alemania, Dinamarca, Italia y España. Se hizo particularmente conocido en Barcelona, ciudad donde hacían escala regularmente barcos militares de Estados Unidos.
La influencia de Ackers y otros tatuadores británicos asentados de forma temporal o permanente en España fue muy importante para la evolución y la popularización del tatuaje.
Fueron la semilla que dio lugar a la aparición de artistas españoles de referencia a partir de la década de los ochenta y noventa. Pero esa ya es una historia para otro artículo.
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