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Matrimonios de ayer y de hoy…


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The Conversation(J.M.P.Mora)/Muy Interesante(M.A.Sabadell)  —  No todo es comparable. Este escrito partía de la idea de encontrar las siete diferencias entre una boda del siglo XIX y otra contemporánea, pero no siempre se puede.

El contexto es primordial. Forzando el juego de las diferencias, podríamos decir que el Tinder de la época pasaba por la cosecha y las tareas en el campo. Y claro, comparativas como esta son poco académicas.

Así que nos olvidaremos de las otras posibles (y forzadas) seis diferencias y nos fijaremos en algunas particularidades entre los eventos de la época y los actuales. Y sus principales motivos.

La estacionalidad y el paso del campo a la ciudad

Los matrimonios hasta la industrialización, que llega acompañada de cierta secularización y urbanización, estaban marcados por el calendario agrario, las labores de recolección y las fiestas religiosas. Las parejas de antaño, por ejemplo, no se casaban por Cuaresma, los 40 días previos a la Semana Santa.

Así pues, con el auge de las fábricas, el calendario laboral pasó a ser más uniforme a lo largo del año y en consecuencia el matrimonio tendió a la desestacionalización. Pero entonces se detecta un nuevo cambio de fechas y hábitos.

La gente trabajadora de las fábricas pasa a casarse más en diciembre, ya que reciben los aguinaldos y suelen disponer de unos días de fiesta. Sin embargo, la nobleza se casaba sin un comportamiento estacional muy marcado.

Ahora hemos vuelto a la estacionalidad y a celebrar la gran mayoría de los matrimonios en tiempo primaveral o estival, y así el evento luce, en parte, buscando imitar a la burguesía. Hay que pensar que el número de matrimonios en la actualidad es muy inferior al del pasado, donde en determinadas zonas históricas casi podría hablarse de una nupcialidad universal, aunque no era así en Cataluña.

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Retrato de una pareja de recién casados posando en la puerta de la iglesia de un pueblo tras la celebración de su boda. 

Homogamia, casarse con un “igual”

La tendencia es casarse entre iguales, y cada vez es más evidente.

Algunos autores como Branko Milanovic hablan de que este comportamiento, junto a otros factores, es uno de los motivos del aumento de la desigualdad socioeconómica del tiempo presente.

Así que la cuestión de los candidatos/as siempre ha sido importante, sobre todo entre ciertos círculos sociales y clases acomodadas, como parte de la creación de determinados grupos sociales.

Explosión de la consanguinidad

Ocurre a partir del siglo XIX, cuando paradójicamente los mercados matrimoniales se iban ampliando, fuera por la transición demográfica o por una urbanización más intensa…

Los matrimonios en muchas ocasiones se celebran entre parientes de sangre, como los matrimonios entre primos.

Y también afloran los matrimonios simultáneos, es decir, un mismo día se casan dos hermanos con dos hermanas (de dos familias distintas) o hijo e hija de unos contrayentes viudos.

Pero, además, también se observa un incremento de los denominados leviratos y sororatos.

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Interior de la Capilla del Hospital del Niño Jesús en la que se está celebrando una boda doble.

Así, a veces, cuando la mujer se moría, el viudo se casaba con su cuñada, la hermana de la primera mujer. De manera general se ha observado que se casaban antes los viudos que las viudas, ya que si estas tenían hijos, eso solía ser una barrera.

Convivencia previa, un paso hacia la modernidad

El matrimonio de nuestros antepasados estaba fuertemente ligado a la reproducción, puesto que había un supuesto celibato.

En Occidente, por ejemplo, en el pasado y en condiciones normales, la llegada de hijo sucedía, en términos generales, después de los nueve meses preceptivos de embarazo, algo que no ocurría en Asia, donde el matrimonio no implicaba la procreación inmediata.

Ahora, en cambio, la gran mayoría de parejas conviven primero y se casan después para formalizar su situación administrativa antes de tener descendencia (o una vez la han tenido).

Entre nuestros antepasados también había convivencia entre parejas del mismo sexo pero documentalmente es muy difícil seguir la pista a estas uniones.

Un rasgo característico de la actualidad es la corresponsabilidad, aunque es más frecuente entre las parejas con mayor formación académica. En gran medida, en España las mujeres tienen doble carga, la de su casa y la de la esfera social y laboral.

Diferencias que vienen de lejos

Se habla mucho de la diferencia entre los países nórdicos y los mediterráneos en lo que se refiere a la brecha salarial entre sexos, a las facilidades para tener niños…

Es así y viene de lejos. Entre el siglo XVII y el XIX, incluso con anterioridad, el modelo europeo, sobre todo en el norte de Europa, implicaba que históricamente la mujer saliera de casa antes del matrimonio, trabajara fuera y se casara una vez acumulados ahorros.

Esto es el llamado european marriage pattern. Esta independencia no se observa de manera tan clara en el modelo mediterráneo.

Ahora bien, ni todo es tan blanco, ni todo es tan negro. Estudios de las últimas décadas van mostrando cómo la mujer del sur de Europa también salió a trabajar antes del matrimonio y cómo después del matrimonio continuó con un papel activo en el mercado de trabajo.

Autoras como Cristina Borderías, Carmen Sarasúa o Beatrice Zucca, entre otras, lo han puesto sobre la mesa.

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Mujer trabajando como institutriz con dos niños. Conde de Polentinos

Herencias y dotes, ¿costumbres del pasado?

En Cataluña no era tendencia la unión matrimonial de dos herederos, puesto que significaba subsumir uno de los patrimonios en el otro. La razón es que en Cataluña siempre ha existido la separación de bienes, y es el hereu quien tiene la función de colocar al resto de hermanos y hermanas.

Aunque podría parecer que el resto de hermanos, los que no eran herederos, perderían el estatus social, en estudios que hemos realizado hemos podido ver que se cuida que no sufran un descenso social muy pronunciado.

Pero además, hay que tener presente que el heredero recibía el patrimonio cuando los padres morían, mientras que las mujeres contaban con la dote en vida, antes de casarse, al igual que ocurría con los cabaleros (hijos no primogénitos ni herederos).

Esta idea de herencia indivisa cae en desuso a partir de la aprobación del Código Civil a finales del siglo XIX, que propugnaba un reparto igualitario entre los hijos e hijas, como era imperante en la Corona de Castilla.

Cabe decir que, históricamente, ni la herencia indivisa era tan desigual a efectos de distribución entre hijos e hijas ni tampoco era tan igual la herencia divisa. Así, y junto con el efecto de la industrialización, los cabaleros dejan la tierra y se marchan hacia las poblaciones industrializadas en busca de trabajo.

Hay un dicho que habla de que Barcelona está hecha de cabaleros. También los hay que marchan del campo y van a estudiar. Todo corresponde a lo que se conoce como “estrategias de reproducción social”, que significa que cada hermano tiene su destino.

Para algunos es el seminario. Y con todo se busca mantener el estatus de la familia de origen y, si se puede mejorar, mejor aún. Hay otras regiones de España donde el destino pasa por hacerse militar. Se reparten entre varias opciones para evitar el conflicto entre los hermanos y mantener la posición de la familia.

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Boda en la actualidad

Así pues, no hemos jugado a las siete diferencias, pero sí hemos intentado contextualizar cómo se casaban nuestros antepasados y trazado ciertas similitudes con los tiempos actuales. Lo que es seguro, y así lo indica el Instituto Nacional de Estadística, es que, aunque en España la población sube, el número de matrimonios va a la baja.

¿Es casarse por amor una tontería?

Hoy nadie duda que el amor debe ser la razón última del matrimonio, pero en realidad se trata de una idea que aparece en el siglo XVIII y se afianza en el XIX con el movimiento romántico.

Hasta entonces el matrimonio era una institución económica y política demasiado trascendente como para dejarla en manos de los dos individuos implicados. Y aún menos que basaran tal alianza en algo tan irracional como el enamoramiento.

El matrimonio no se inventó ni para que los hombres pudieran proteger a las mujeres ni para que las pudieran explotar; es una alianza entre grupos más allá de la familia cercana. Para las élites era una manera excelente de consolidar la riqueza, fusionar recursos y forjar alianzas políticas.

Desde la Edad Media hasta el siglo XVIII la dote de boda de la mujer era la mayor trasfusión de dinero, bienes o tierras que un hombre iba a recibir en toda su vida. Para los más pobres también era una transacción económica que debía ser beneficiosa para la familia, como casar a tu hijo con la hija de quien tiene un campo que linda con el tuyo.

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El matrimonio era la estructura básica para la supervivencia de la familia extendida, que incluye abuelos, hermanos, sobrinos…

Al contrario de lo solemos creer, la imagen del marido trabajando y la mujer al cuidado de la casa es un producto reciente, de los años 1950. Hasta entonces la familia no se sostenía con un único proveedor sino que todos sus integrantes contribuían con su trabajo al único negocio que esta poseía.

Que el matrimonio no se basara en el amor no quiere decir que la gente no se enamorara. Aunque para algunas culturas el amor verdadero es incompatible con el matrimonio.

Tal situación puede sorprendernos pero en nuestra querida Europa medieval el adulterio se idealizó como la forma más elevada de amor: para la condesa de Champagne el verdadero amor «no podía ejercer sus poderes entre dos personas que estuvieran casadas entre sí» y muchas canciones populares se burlaban del amor matrimonial.

En la antigua India enamorarse antes de casarse era una conducta rebelde y en la China tradicional un amor excesivo entre los esposos era una amenaza al respeto y solidaridad debida a la familia, pues podía rivalizar con la dedicación en tiempo y trabajo que debe destinar un hijo a sus padres.

El amor está tan apartado del matrimonio tradicional chino que esta palabra solo se aplicaba para describir una relación ilícita. Fue en la década de 1920 cuando se inventó una palabra para designar el amor entre cónyuges porque una idea tan radicalmente nueva exigía un nuevo vocablo.

En la actualidad hay muchas culturas que desaprueban la idea de que el amor sea el centro del matrimonio, como en los fulbe africanos, del norte de Camerún.

Las mujeres fulbe «niegan vehementemente cualquier apego respecto al marido», dice la antropóloga Helen Regis de la Universidad de Louisiana. Otras, en cambio, aprueban el amor entre esposos, pero nunca antes de que el matrimonio haya cumplido su objetivo primordial. Así, según le contó un anciano taita de Kenia al antropólogo Jim Bell, su cuarta esposa «había sido la esposa de su corazón».

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En esta sociedad las mujeres hablan con melancolía de lo maravilloso que es ser la «querida esposa», pero solo un pequeño porcentaje experimenta ese lujo, porque un hombre taita se casa con una «esposa de corazón» cuando ya ha acumulado otras por índoles prácticas.

Con todo, esto es bastante raro en las sociedades polígamas, pues en general está bastante mal visto que el marido tenga preferencia por una de ellas.

En el mundo islámico el hombre tiene prohibido hacer diferencias entre sus esposas: a todas ellas les debe dedicar el mismo tiempo, las mismas atenciones y hacerles los mismos regalos. ¿Y los celos entre ellas?

En contra de la imagen idealizada –y erotizada- que tenemos los europeos de los harenes musulmanes, la vida en ellos era una soterrada y cruenta batalla, donde el asesinato era más habitual de lo que pudiéramos pensar.

Por el contrario, en Botsuana las mujeres de un mismo marido se ven más como aliadas que como rivales: «sin las coesposas, el trabajo de una mujer nunca termina», dicen.

Entre los cheyenne también aparece esta alianza: un jefe de esta tribu le contó a los antropólogos Karl Llewellyn y E. A. Hoebel que quería deshacerse de dos de sus tres esposas y tuvo que enfrentarse a las tres pues las mujeres le plantearon que si echaba a dos, se irían todas.

Otras culturas, como la hindú, aplauden que surja el amor entre los esposos pero después de casarse; eso sí, y a pesar de Bollywood, el amor sigue sin ser una buena razón para fundar una familia.

Según un estudio de 1975 entre los universitarios del estado indio de Karnataka solo el 18% aprobaba «decididamente» un matrimonio por amor y el 32% lo censuraba totalmente. Como se decía a principios de la Europa moderna, «quien se casa por amor tienen buenas noches y malos días«.

nuestras charlas nocturnas.

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