Cómo surgió el concepto de infierno y cuántas religiones lo tienen…
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‘Las Almas del Purgatorio’. Pintura. Iglesia San Nicolás de Véroce.
vision.org(R.Burky/J.B.Anderson)/ACV(A.Nuño)/El País(J.E.Bedoya) — «Oh, vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza». Tenemos poca constancia de personas que hayan pasado las puertas del infierno y hayan vuelto para contarlo, más allá de Perséfone (reina del inframundo), pero quizá la más importante fue (si lo tomamos de manera literal) la del poeta Dante Alighieri.
Acompañado de Virgilio, ambos poetas bajaron a las profundidades y recorrieron, como los héroes de los poemas más antiguos, los nueve círculos hasta trepar sobre Satanás y emerger de nuevo a la Tierra antes de que amaneciera el día de Pascua.
Pero, mucho antes de que Dante bajara a los reinos de ultratumba, el concepto del infierno (ese lugar destinado a los pecadores) ya existía. En la actualidad, en un mundo secularizado como el que vivimos (especialmente en Occidente), la existencia de un lugar al que irá nuestra alma cuando abandone nuestro cuerpo parece importar más bien poco, sumidos como estamos en la vorágine del día a día.
En otro tiempo, sin embargo, fue algo fundamental, y en la Edad Media los desgraciados se consolaban con que, si en esta vida no hallaban paz, al menos la encontrarían en la siguiente.
Si hay un cielo, parece claro que tiene que haber un infierno y viceversa. Pero ¿cómo surgió todo? ¿Quiénes fueron los primeros en hablar de estos conceptos?
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Caronte, por Gustave Doré.
Por supuesto, nos viene a la mente el Hades de la mitología griega, que guarda un cierto parecido con el concepto de infierno actual. Según creían los griegos, este inframundo se situaba también debajo de la Tierra, lo que llevaba a creer que en algunas zonas de la geografía podía encontrarse una puerta a este oscuro y temible lugar.
Algunos filósofos como Platón o los pitagóricos hablan del concepto del juicio a los muertos. Cada espíritu era asignado a un reino: Elíseos para los bendecidos, el Tártaro para los condenados y el Hades para el resto. Por tanto, el Hades como tal sería más bien un concepto griego del limbo.
Una travesía, un juicio, un río y un perro
Es interesante, puesto que, si nos remontamos un poco más en el tiempo, nos percatamos de que de igual manera los egipcios tienen una travesía muy parecida en su viaje hacia la muerte: el fallecido también era juzgado por Osiris tras ser conducido por Anubis al reino de los muertos.
Se pesaba su corazón en una balanza y, si este era más ligero que una pluma, significaba que el individuo había sido justo en su vida. Un juicio muy parecido al del dios Yama en la mitología hindú.
Los egipcios y los griegos creían ambos en la transfiguración de las almas, lo cual es sumamente importante teniendo en cuenta que el concepto de alma no surge con las religiones monoteístas. Los egipcios también ayudaron a concebir la idea de la democratización del más allá.
En un primer momento, solo los faraones podían optar a ese juicio con Osiris, pero lo que comenzó con unos pocos acabó llegando a todo aquel que tenía un mínimo poder adquisitivo y temía a la vida detrás de la muerte.
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Anubis pesando el corazón, de ‘El libro de los Muertos’.
Los griegos tenían una idea muy parecida de ese viaje hacia el otro mundo conducido por una barca de los egipcios, pero con diferencias: los fallecidos entraban al inframundo cruzando el río Aqueronte (la barca la conducía Caronte, que cobraba una pequeña moneda que debía ser colocada bajo la lengua o los párpados de los muertos). Los pobres debían correr eternamente la pradera de Asfódelos porque no tenían medios para cruzar el río. Incluso en la muerte hay clases sociales.
La otra orilla estaba vigilada por el Can Cerbero, perro de tres cabezas que vigilaba que ninguna persona viva entrara en el Hades. Lo más parecido a una de las concepciones del infierno actual era el gran foso del Tártaro, que consistía en una prisión fortificada rodeada por un río de fuego llamado Flegetonte.
En un principio, este lugar servía como prisión de los antiguos y abatidos titanes, pero luego pasó a ser el calabozo de las almas condenadas.
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El infierno de Dante según Sandro Boticcelli.
En realidad, en la mayoría de las religiones indoeuropeas persistía esa idea de que deben cruzarse unas aguas para poder acceder al otro mundo, y las almas solían ser guiadas por un hombre mayor.
Los persas hablaban del puente Cinvat, que separaba a los vivos de los muertos (dos perros con cuatro ojos guardaban el final del puente, que recuerdan irremediablemente al Can Cerbero).
No parece muy descabellado pensar que todos estos mitemas frecuentes afectaran de alguna manera a las creencias judías cuando Alejandro Magno conquistó medio mundo, helenizándolo.
En la Edad Media, cuando el concepto de infierno tal y como lo conocemos se había asentado bastante, el juicio que ya habían tenido los egipcios y los griegos se repite para los cristianos con el pozo de las almas, donde el arcángel San Miguel las pesará en la balanza de la justicia.
En un platillo, aparecen las virtudes, en otro los vicios. El diablo suele aparecer en la escena, procurando (como no podía ser de otro modo) que la balanza se incline hacia su favor.
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Escena de ‘El jardín de las delicias’ del Bosco.
Anteriormente, en el Tofet (según el Antiguo Testamento), los cananeos sacrificaban a los niños al dios Moloch, quemándolos vivos. Sería algo así como el preludio de ese infierno tan relacionado con el fuego que bien conocemos.
Incluso los budistas tienen su propio infierno, extremadamente parecido al nuestro: ‘Naraka’, vocablo sánscrito correspondiente al inframundo. No solo según el budismo, también para hinduistas o jainistas es un sitio de tormento.
Aunque, igual que el inframundo, el Naraka se encuentra debajo del mundo tal y, como lo conocemos, difiere de nuestro infierno porque la estancia en él no es eterna (aunque sí extremadamente larga) y tampoco se va a él tras un juicio.
El Naraka sirvió como inspiración para el infierno de la mitología china: Di Yu. Dominado por Yama, el rey del infierno, Di Yu es un laberinto de mazmorras subterráneas donde las almas son tratadas en concordancia con sus pecados terrenales.
Como el infierno de Dante, tanto Naraka como Di Yu están separados por niveles.
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Una representación del infierno budista del siglo XIX.
En el siglo V en Europa, la idea del infierno estaba bastante clara, reafirmada por los papas y los diferentes concilios: fosas llenas de llamas similares a Flegetonte (aunque en algunas ocasiones también se habla del infierno como un lugar helado), llantos, serpientes y olores nauseabundos.
De hecho, hablando de hielo, en las visiones de Dante, Satanás está inmerso en hielo hasta la cintura, llorando y babeando. Milton también habla de ello: más allá de las llanuras del fuego del infierno, hay regiones de hielo, granizo, nieve y viento, donde van los condenados a excursiones obligadas.
Si hacemos caso al poema de John Milton sobre el paraíso perdido, el primer desgraciado que acabó cayendo en el infierno fue el propio Satanás: el más bello de todos los ángeles es, para el poeta, una figura trágica que encabezó una rebelión contra Dios descontento con su hegemonía, y que terminó con todo su séquito en el inframundo, castigado para siempre. Una interpretación libre del libro de Enoc.
(El libro de Enoch cuenta la historia de los llamados Grigori, ángeles caídos que se enamoraron de las hijas de los hombres y engendraron con ellas una raza de semidioses: los Nefilim.
Estos ángeles, posteriores demonios, enseñarían a los humanos a fabricar armas de guerra, los secretos de la Tierra, las constelaciones o el arte de la escritura. También habrían enseñado a las mujeres a abortar).
Mi amigo, al que amaba, ha vuelto al barro
Las semejanzas del poema de Milton con las ideas revolucionarias de los siglos XVIII y XIX y con el derrocamiento de sistemas y monarquías son evidentes, si se analiza el paraíso perdido desde una perspectiva sociológica.
De hecho, según decía William Blake, Milton escribe «encadenado cuando habla de los ángeles y Dios, y libre cuando habla de Satanás. Toma partido por el diablo sin saberlo».
Ya sea Satanás, Hades, Yama u Osiris, siempre debe haber alguien a las puertas del inframundo esperando que las almas de los desgraciados lleguen dispuestas a sufrir toda una eternidad.
El conocimiento de nuestra propia efimeridad es lo que nos dota de trascendencia y nos difiere del resto, y está presente en todas las civilizaciones del mundo. Gigalmesh, el héroe más antiguo, se lamenta de la muerte de su amigo Enkidu y quiere huir de la muerte: «Mi amigo, al que amaba, ha vuelto al barro».
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Satanás, por Gustave Doré.
El concepto de infierno llega después, como idea de justicia al descubrir que no todos somos iguales y que la maldad, de alguna manera, debe ser castigada; si no es en esta vida, en la siguiente.
Porque, al final, parafraseando un poco a Sartre, todo se reduce a los otros. No hace falta irse debajo de la tierra: el infierno pueden ser los otros y, por tanto, también podemos serlo nosotros mismos.
Entre los aproximadamente seis mil setecientos millones de personas en el mundo, más de dos mil millones son cristianos, y cerca de mil trescientos millones son musulmanes. En conjunto estas dos religiones tienen aproximadamente la mitad de la población mundial, y ambos grupos creen en un lugar de condenación eternamente ardiendo.
El concepto del infierno también ocupa un lugar en el judaísmo, sin embargo adopta diferentes formas en las religiones orientales como el hinduismo, budismo, taoísmo, jainismo y el zoroastrismo. La idea del tormento perpetuo (o casi perpetuo) es tan común en las religiones y culturas del mundo que si usted menciona la palabra «infierno» un concepto determinado surge en la mente de las personas inmediatamente.
Siendo el cristianismo la religión más grande del mundo, parece más que razonable explorar lo que tiene que decirnos a cerca del tema el «Libro de libros», la Biblia. Sin embargo los seguidores del judaísmo y el islam también comparten el epíteto «Gentes del Libro», debido a que reconocen un patrimonio común—un linaje que se remonta a Abraham y por lo tanto un respeto compartido por muchos de los personajes que leemos en el Antiguo Testamento.
Comenzaremos con un breve vistazo con el concepto del infierno como se enseña en el islam y el cristianismo.

Detalle del Juicio Final en la Catedral de Florencia.
Un ardiente destino
Mahoma, reconocido como el profeta fundador del Islam, vivió unos 600 años después de Jesucristo. Por ese entonces el concepto del infierno ya estaba bien establecido en el cristianismo, así que Mahoma lo adoptó dentro de la nueva religión. De hecho, el infierno y el juicio final se encuentran dentro de los temas dominantes del Corán, que advierte: «A aquellos que se nieguen a creer en nuestros signos, los acercaremos al fuego ardiente.
Tan pronto como su piel sea consumida por el fuego, los revestiremos con otra para hacerles probar el suplicio» (Sura 4:56, Traducción Khalifa). Numerosos versículos relegan a los incrédulos a este ardiente infierno, «donde permanecerán para siempre».
El cristianismo, incluyendo al catolicismo romano, la ortodoxia oriental y al protestantismo, de igual manera está en gran medida enmarcado con los conceptos del juicio y, por aquellos que no cumplen los criterios necesarios, sufrimiento eterno en el infierno.
El credo de Atanasio, considerado por los doctos que data del siglo quinto o principios del siglo sexto y venerado por la iglesia católica romana y varias iglesias protestantes, termina con estas palabras: «Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica, la cual, a menos que el hombre crea fielmente y firmemente, no puede ser salvo».
Agustín, influyente obispo del siglo cuarto en Hipona al norte de África jugó un papel clave en el desarrollo de la doctrina cristiana sobre el eterno infierno ardiente. Un definidor principal de la subsecuente fe cristiana, escribió numerosos libros, de los cuales algunos están considerados entre las grandes obras literarias de la civilización occidental.

Agustín escribió que «el infierno, al cual también se le llama lago de fuego y azufre, será fuego material, y atormentará el cuerpo de los condenados».
También escribió de «aquellos dolores eternos que han de seguir» al juicio final (La Ciudad de Dios 21.10, 13).
El obispo contendió que cada niño que nace, inmediatamente y de manera automática es condenado por el pecado original de Adán y Eva.
A consecuencia de esto, todos lo no bautizados dentro del cristianismo ortodoxo, incluyendo los recién nacidos y otros que ni siquiera han oído de Jesucristo, están sujetos a castigo.
Uno muy bien podría preguntarse, ¿Cómo puede ser eso justo de parte de Dios? No obstante los argumentos de Agustín hoy en día aun se mantienen como fundamentos de lo que creen y enseñan muchas iglesias cristianas.
Casi a mil años después de Agustín, el italiano Dante Alighieri escribió La Divina Comedia. Dante era un ferviente católico, político, poeta y filósofo.
Su obra, como la de Agustín, es considerada uno de los pilares de las ideas religiosas occidentales.
En la historia de Dante este toma un recorrido por ultratumba. Va primero al infierno, después al purgatorio, y finalmente al paraíso, y escribe acerca de todo lo que ve. Su grotesca imagen del infierno se arraigó en la cultura occidental, habiendo inspirado a notables como Miguel Ángel, Gustave Doré, Sandro Botticelli, John Milton y T.S. Eliot.
Avivado por los antiguos
¿De dónde sacaron sus ideas Agustín y Dante sobre el eterno sufrimiento guardado para los pecadores? ¿A caso es bíblico? Es cierto que para la época de Cristo, el judaísmo ya había incorporado conceptos relacionados dentro de su sistema de creencias, no obstante en épocas anteriores no se enseñaba que un infierno eternamente ardiendo sería el destino de los no salvos. Tampoco lo enseñaba la Iglesia del Nuevo Testamento. La doctrina tiene sus raíces por otro lado.
El guía de Dante por el infierno fue Virgilio, poeta romano del siglo primero a.C. En su poema épico la Eneida, el héroe, Eneas, también es llevado por un viaje al infierno. Más tarde la representación grafica del lúgubre y macabro lugar de Virgilio influenció profundamente a artistas y escritores.
No obstante, el concepto del infierno como un lugar de tormento también precede a Virgilio. Una serie de antiguas civilizaciones, incluyendo las de Mesopotamia, India, Egipto y Grecia, poseían el concepto de un inframundo como parte de su mitología—el reino de los muertos.
Estrabón, geógrafo griego del siglo primero a.C., hablaba sobre el valor de dichos mitos, notando que «los estados y los legisladores los habían sancionado como un recurso útil». Luego pasó a explicar que la gente «son disuadidos de maldiciones cuando, ya sea por medio de descripciones o a través de representaciones típicas de objetos no vistos, aprenden sobre castigos divinos, espantos, y amenazas».

Escena del infierno. Óleo (s. XX). Autoría desconocida. En (E)mancipa-Ment (Cullera, Valencia)
Al tratar con lo irrefrenable, la razón o exhortación por sí sola no es suficiente, escribió Estrabón; «existe también la necesidad del temor religioso, y este no puede ser despertado sin mitos y maravillas. . . . Los fundadores de los estados dieron sus sanciones a estas cosas como espantajos con que ausutar a los ingenuos» (Geografía 1.2.8).
Con el surgimiento de la filosofía occidental a manos de Sócrates y sus herederos intelectuales Platón y Aristóteles, los conceptos de la vida, la muerte y el más allá tomó nuevas dimensiones. También en el Oriente, la vida póstuma continuó agitando la imaginación.
Estrabón señaló sobre un grupo de filósofos orientales que «tejen en los mitos, como Platón, acerca de la inmortalidad del alma y los juicios en el Hades y otras cosas de ese tipo» (Geografía 15.1.59).
Platón (ca. 428–347 a.C.) se convirtió en figura clave en el desarrollo de estas ideas. Su nombre aparece con frecuencia en los escritos de Agustín, quien señaló había «perfeccionado la filosofía» y que él «es preferido justamente al resto de los otros filósofos de los gentiles».
Aunque el obispo en ninguna manera ratificó las ideas de Platón, tomó en gran consideración varias de sus opiniones filosóficas—«opiniones algunas veces favorables a la verdadera religión, que nuestra fe absorbe y defiende» (La Ciudad de Dios 8.4).
El resultado ha sido de inmensa importancia para el cristianismo tradicional. La Stanford Encyclopedia of Philosophy (La Enciclopedia de Filosofía de Stanford), que describe a Agustín como un «cristiano neoplatónico», destaca: «Uno de los acontecimientos decisivos en la tradición filosófica occidental, fue la eventual fusión generalizada de la tradición filosófica griega con la religión judío-cristiana y las tradiciones bíblicas.

-Visión del Infierno por San Agustín, La ciudad de Dios (413-426).
Agustín es una de las figuras principales a través y por la cual se llevó a cabo esta fusión».
Uno de los principios fundamentales del pensamiento neoplatónico adoptado por Agustín, fue que los seres humanos poseen un alma inmortal.
Este fue un paso crucial en su desarrollo de la idea de que los incrédulos podrían ser confeccionados para soportar el tormento eterno en el infierno.
De regreso a la Biblia
Las culturas y filosofías paganas han contribuido grandemente con los conceptos modernos del infierno. Sin embargo, ¿qué dice la Biblia misma sobre el tema?
En el Antiguo Testamento la palabra hebrea que con frecuencia se traduce como «infierno» es sheol, aunque de hecho significa «la fosa». La Biblia enseña que cuando morimos, simplemente vamos a la fosa (véase Salmos 49:10–11 y Eclesiastés 3:19–20).
El Interpreter’s Dictionary of the Bible (Diccionario Interprete de la Biblia) comenta, «En ninguna parte del Antiguo Testamento la morada de los muertos es un lugar considerado como de castigo o tormento. El concepto del “infierno” se desarrolló en Israel solamente durante el periodo helenístico» (a partir del siglo cuarto a.C.).
Ideas religiosas y filosóficas griegas, incluyendo esas de Aristóteles y Platón, llegaron a influenciar a toda la región durante esa época. La Merriam-Webster’s Encyclopedia of World Religions (Enciclopedia de las Religiones del Mundo de Merriam-Webster) señala que «muchos aspectos formales de la religión helenística. . . persisten en las tradiciones judías y cristianas de la actualidad».
En el Nuevo Testamento, encontramos que hay tres palabras griegas traducidas como «infierno». La que se utiliza con más frecuencia es gehenna, que se refiere al Valle de Hinom, justamente a las afueras de los muros de Jerusalén, en los días de Jesús era en donde los locales tiraban y quemaban la basura.
El valle es mencionado por primera vez en Josué 15:8 (Versión Reina-Valera 1960): «Y sube este límite por el valle del hijo de Hinom al lado sur del jebuseo, que es Jerusalén». En este entonces Jerusalén estaba en manos de los jebuseos, y el valle marcaba el lindero entre las tierras heredadas por dos de los hijos de Jacob—también conocido como Israel—particularmente, Judá y Benjamín.
El Theological Dictionary of the New Testament (Diccionario Teológico del Nuevo Testamento) dice que el Valle de Hinom «adquirió mala reputación por los sacrificios que se ofrecían ahí a Moloch en los días de Ahab y Manasés [reyes de Judá]. . . . Al Valle de Hinom se le llegó a comparar con el infierno del juicio final en la literatura apocalíptica»—escritos judíos extra bíblicos—«a partir del siglo segundo a.C. . . .
En este fresco de 1727 de David Selinitsiotis, los demonios torturan a una prostituta (H Porni) que vivía en la lujuria, mientras que el avaro (O philargyros) es asfixiado por una serpiente (Iglesia Jean Baptiste de Kastoriá, Grecia).
El nombre gehinnom de esta manera llegó a ser utilizado para el fuego escatológico del infierno. Esta es la etapa de desarrollo reflejada en el Nuevo Testamento. En el siglo primero d.C. fue ampliado mas para cubrir el lugar donde los impíos serán castigados en un estado intermedio, sin embargo esto no se encuentra en el Nuevo Testamento» (énfasis añadido).
Continúa diciendo, «En el Nuevo Testamento no existe descripción de los tormentos del infierno como se encuentra en la literatura apocalíptica», la cual más tarde fue incluida en los escritos cristianos de igual manera.
Una vez más, para entender la fuente sobre la idea que la gente es torturada en un infierno de fuego eterno, tenemos que ir fuera de las Escrituras. Esto debería mandar un signo de peligro para aquellos que consideran la Biblia como su fuente de fe.
Como ya se señaló anteriormente, el valle de Hinom había adquirido connotaciones negativas a través de los años. De acuerdo a Jeremías 7, los habitantes israelitas de la región habían erigido ídolos en el templo de Dios, y en el valle adjunto habían construido altares a dioses falsos. Habían quemado incluso a sus hijos para apaciguar a los dioses paganos.
En Jeremías 19:4–7, el profeta presenta este mensaje de parte de Dios: Porque me dejaron, y enajenaron este lugar, y ofrecieron en él incienso a dioses ajenos, los cuales no habían conocido ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá; y llenaron este lugar de sangre de inocentes.
Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento. Por tanto, he aquí vienen días, dice Jehová, que este lugar no se llamará más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza.
Y desvaneceré el consejo de Judá y de Jerusalén en este lugar, y les haré caer a espada delante de sus enemigos, y en las manos de los que buscan sus vidas; y daré sus cuerpos para comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra.
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Ángeles caídos en el infierno, obra de John Martin (1841).
Así es como era conocido Gehenna en los días de Jeremías. En el Nuevo Testamento, la palabra gehenna generalmente es utilizada en referencia a la destrucción de los hacedores de maldad.
Jesús dijo, «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno»—gehenna (Mateo 10:28). En otras palabras, te puede matar la gente, pero solamente el cuerpo. No les temas; témele al que puede ponerte fin para siempre.
Jesús utilizó la palabra en otras situaciones de igual maner, siempre aludiendo a esa basura ardiente como metáfora por la muerte final del malvado incorregible.
Las llaves de la muerte y el Hades
Otra palabra griega en el Nuevo Testamento traducida como «infierno» es hades: el lugar de los difuntos, la fosa, al igual que sheol en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Mateo 11:23 Jesús dice: «Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida». La ciudad no iba a ser atormentada por siempre; iba a ser colocada en la fosa—destruida.
Del mismo modo, Jesús le dijo a sus discípulos que «y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» la Iglesia que Él estableció (Mateo 16:18). La Iglesia de Dios nunca morirá o será «sepultada».
En el libro del Apocalipsis, la palabra traducida como «infierno» es siempre hades, que significa «la fosa». Por ejemplo, el Jesús resucitado dice: «Y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Apocalipsis 1:18). Con estas llaves simbólicas, las fosas de los muertos serán abiertas en un tiempo futuro.
En ese momento, de acuerdo a la visión que el apóstol Juan vio, «Y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos» (Apocalipsis 20:13). Ambos versículos se refieren simplemente a la fosa. El último se refiere a personas siendo resucitadas a una vida física. Después de esta resurrección, «La muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego» (versículo 14). La muerte misma será destruida—hecha obsoleta.
Otra palabra traducida como «infierno» en el Nuevo Testamento: tartaroo. Solo fue utilizada por el apóstol Pedro, una sola vez, cuando escribió sobre el lugar donde se retienen a los espíritus malvados que eventualmente serán atados (2 Pedro 2:4). Al igual que gehenna y hades, no tiene nada que ver con el hombre sufriendo por la eternidad en un infierno ardiendo eternamente.
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Sin embargo, ¿qué acerca de las palabras de Jesús en Mateo 25:41: «Entonces dirá también a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles»? El diablo y sus ángeles—o demonios—son seres espirituales inmortales, y el «fuego eterno» representa su destino final: encarcelados por Dios para que no sigan causando más estragos en el resto de Su creación.
Debido a que están en continua rebeldía contra Dios, tendrán que ser constreñidos por toda la eternidad. Los seres espirituales no se queman o sufren dolor como los seres físicos, pero serán cortados de Dios para siempre. Así que la idea de ser castigados por la eternidad aplica a Satanás y sus demonios, no a los seres humanos.
En cambio, cualquier persona que sabiendo se rehúsa a vivir de acuerdo a las leyes que producen felicidad y paz, no será resucitada a vida eterna como ser espiritual, como lo fue Cristo. Dios, en Su amor, no quiere una persona viviendo para siempre en una actitud de rebelión y la desdicha que esa actitud produce.
Así pues, el malvado incorregible se le dejará de hacer sufrir, como se representa por los fuegos del Gehenna. Se hace referencia de estos en Apocalipsis 20:14 como «la segunda muerte»—una descontinuación permanente de vida.
Si el fuego del infierno ha llegado a significar cualquier cosa por medio de la tradición religiosa, es importante darse cuenta que la Biblia no enseña eso.
En futuras ediciones, Visión explorará en mayor detalle el origen y conceptos como la inmortalidad del alma así como la idea de que a todos aquellos que no son «salvos» en esta vida están destinados por la eternidad.

– Por qué los curas ya no amenazan con el Infierno
Erasmo perdía la paciencia ante las interminables disputas de decenas de teólogos (teologuchos los llama en Elogio de la locura) reunidos para discutir sobre si era pecado menos grave matar a un millar de hombres que coser en domingo el zapato de un pobre.
Con el tiempo, surgieron dilemas más paradójicos, como la muy moderna sutileza en torno al vicio de fumar. ¿Se puede fumar mientras se reza? Qué irreverencia. ¿Y rezar mientras se fuma? Eso sería un acto de piedad.
En cambio, ni en tiempos de Erasmo, Lutero o Ignacio de Loyola, quinientos años atrás, ni en los siglos posteriores, se discutió sobre la existencia del Infierno, el Cielo, el Purgatorio o el Limbo. Habrían sido herejías insoportables.
Sin embargo, lo impensable ocurrió el verano de 1999 cuando Juan Pablo II corrigió el Más Allá de manera solemne. El Cielo, dijo el Pontífice polaco, no es «un lugar físico entre las nubes». El Infierno tampoco es «un lugar», sino «la situación de quien se aparta de Dios». Y el Purgatorio es un estado provisional de «purificación que nada tiene que ver con ubicaciones terrenales”.
Lo curioso es que una corrección que resultó pacífica cuando la predicó el conservador Juan Pablo II se ha vuelto escandalosa 18 años más tarde cuando la reitera, sin darle importancia, el papa Francisco, argentino y jesuita.
Lo hizo la pasada Semana Santa en declaraciones al fundador del periódico italiano La Repubblica, Eugenio Scalfari. Preguntado por qué pasa con las almas de las personas pecadoras cuando mueren, contestó: «No son castigados. Aquellos que se arrepienten obtienen el perdón de Dios, pero aquellos que no se arrepienten y no pueden ser perdonados desaparecen. El infierno no existe, la desaparición de almas pecadoras existe».

Desde entonces, no paran de escucharse execraciones contra Francisco, en boca de católicos puristas, pero también desde la Curia romana y entre cardenales, tachándolo, como poco, de hereje o masón.
Incluso la oficina de Prensa del Vaticano le ha rectificado con el argumento de que Scalfari, el periodista más respetado en Italia a sus 94 años, con quien Francisco gusta de conversar durante horas, había transcrito inadecuadamente las palabras del Papa.
“Los entrecomillados que aparecen no se deben considerar como una reproducción fiel de las palabras del Santo Padre», decía su comunicado.
Esta aclaración no evitó la catarata de críticas. Ningún pontífice ha recibido tantas execraciones, ni había sido tratado con menos respeto, quizás desde Pío IX, el papa que proclamó el 18 de julio de 1870 el dogma de la infalibilidad y condenó más tarde, con furia de sicópata, todas las ideas que se estaban abriendo camino a finales del siglo XIX, entre otras, el liberalismo, el naturalismo, el socialismo y la autonomía de la sociedad civil.
“El infierno son los otros”
El mundo ha soportado muchos infiernos desde Pío IX, como dos guerras mundiales y varios holocaustos, el más terrible el perpetrado por los nazis contra los judíos. “El infierno son los otros”, escribió el existencialista Jean Paul Sartre en 1944, en A puerta cerrada.
Sea como fuere, la predicación de Juan Pablo II, pese a parecer una radical revisión del Más Allá, apenas excitó la imaginación de unos pocos articulistas. Los teólogos avisados ni se inmutaron. Hacía años que la nueva escatología se había abierto paso sin alboroto.

Numerosos pensadores cristianos, entre ellos los españoles Juan José Tamayo y José María Castillo, esgrimieron entonces la larga relación de autores que proclamaron en los años sesenta, tras el Concilio Vaticano II, lo que predicaba en 1999 Juan Pablo II.
Entre los más influyentes destacaban Hans Küng y Hans-Urs von Balthasar. Esto escribió Küng en 1975, en su libro Ser cristiano: “No se puede hoy, como en los tiempos bíblicos, entender el firmamento azul como la parte exterior del salón del trono de Dios, sino como imagen del dominio invisible de Dios.
El Cielo de la fe no es el cielo de los astronautas. No es un lugar, sino una forma de ser. Tampoco debe entenderse el Infierno como un lugar del mundo infraterrestre, sino como una exclusión de la comunión con Dios».
Diarmaid MacCulloch, el gran historiador de Oxford, certificaba así la normalidad con que habían sido arrojados por la borda, incluso en la religión más tradicional, tan fundamentales aspectos del pasado cristiano.
Lo hizo en su imponente Historia de la Cristiandad, publicada en España en 2011 con una subvención del Ministerio de Cultura: “La baja más llamativa del siglo pasado ha sido el Infierno. Se ha caído de la predicación o de gran parte de la preocupación popular cristianas, primero entre los protestantes y, a continuación, entre los católicos, que también han dejado de prestar atención a ese otro aspecto de la doctrina occidental que parecía corrosivo en la Iglesia Latina en vísperas de la Reforma, el Purgatorio”.

Acosados por la ciencia y las encuestas
Si todo era tan evidente, ¿por qué se revisó tan tarde la doctrina oficial sobre el Más Allá? La primera razón tiene que ver con el acoso de la ciencia. El Vaticano no quiere repetir la amarga historia de Giordano Bruno o Galileo Galilei.
Otro motivo son las estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el Infierno ni en el Paraíso. Por último, era una exigencia del Concilio Vaticano II: poner al día la interpretación que en el pasado se hizo de los textos sagrados. La palabra es aggiornamento, la preferida del mítico Juan XXIII.
La nueva escatología puso patas arriba la interpretación clásica de los textos sagrados, en especial la proclamación de santo Tomás de Aquino, suma teológica del catolicismo, que entre los placeres de los que van al Cielo colocaba, además de la visión de Dios, el poco cristiano deleite de la contemplación de los sufrimientos a que están sometidos los arrojados al Infierno.
En la literatura, el ejemplo más colosal es La divina comedia, donde Dante, gran tomista, con fruición vengativa, se regodea citando por el nombre a sus paisanos arrojados a la «región de los condenados» por ladrones, usureros, alcahuetes o traidores.
En el cine, destaca el humor con que Woody Allen se toma en Desmontando a Harry su descenso a los infiernos para toparse, entre otros atormentados, con el carpintero que inventó los muebles de metacrilato.

Bromas aparte, esto afirma el teólogo capuchino Martin Von Cochem, más exaltado que el sabio de Aquino: para fijar la altura de las llamas del Infierno, advierte del hecho de que su fuego es más tórrido que el terrenal porque sucede «en lugar cerrado», «se alimenta de pez y azufre» y porque “es Dios quien lo sopla”.
Lo cierto es que el castigo eterno más terrible que se pueda imaginar ha sido la línea argumental de los 1.500 catecismos que se han enseñado a los niños en todos los idiomas, durante siglos, en los que la amenaza del Infierno y el premio del Cielo eran piezas fundamentales para promover la fe cristiana.
En la España nacionalcatólica, el más famoso fue el del jesuita Gaspar Astete (1537-1601).
“El Infierno de los condenados es el lugar adonde van los que mueren en pecado mortal, para ser en él eternamente atormentados; el Purgatorio es el lugar adonde van las almas de los que mueren en gracia, sin haber enteramente satisfecho por sus pecados para ser allí purificadas con terribles tormentos, y el Limbo de los niños es el lugar adonde van las Almas de los que antes del uso de la razón mueren sin el Bautismo”, describe.
“El Dios de los infiernos no puede ser verdad”
Contra esta exaltación del castigo extremo y eterno, incluso para recién nacidos, se alza la predicación de Francisco colocando la misericordia como el gran acontecimiento de su pontificado. “Si existiera el Infierno, el que no puede existir, ni ser verdad, sería Dios.
El Dios del infierno no puede ser verdad», sostiene José María Castillo, ex jesuita y amigo del papa argentino. Invitado como experto a la Semana Bíblica sobre la Muerte, celebrada en Montefano (Italia), Castillo añade: “Si el infierno eterno solo tiene la finalidad de hacer sufrir, cae el principio de que Dios es Bueno. El Dios-Bondad sería, en realidad, el Ser más cruel y vengativo que se haya podido inventar”.

En sociedades que repugnan de condenas perpetuas aunque se digan “revisables”, como ahora en España, la frase de Francisco al periodista Scalfari —“Nadie se condena para siempre”— tiene todo el sentido.
En la misma línea justifica Von Balthasar su afirmación más tajante: «El infierno no existe o está vacío”. Aún más. El teólogo dominico Yves Congar, uno de los artífices intelectuales del Vaticano II, creado cardenal en 1994 por Juan Pablo II cuando ya había cumplido 91 años, remachó el argumentario de manera tajante: “Si Dios fuera capaz de condenar siquiera a una sola de sus criaturas al fuego eterno, sería el ser más rencoroso del Universo”.
El miedo y la venta de indulgencias
La supresión del Infierno también afecta a obsesiones eclesiales clásicas e, incluso, a dogmas. Pero los eclesiásticos se han ido acostumbrando. Solo dos ejemplos.
La cremación o incineración complica la idea de la Resurrección tal como la define el concilio de Letrán en 1215 (“Resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan”); y si el Cielo no es un lugar, qué hacer con la celebrada Asunción de María, la madre de Jesús, “llevada al Cielo en cuerpo y alma después de terminar sus días en la Tierra” (dogma de fe proclamado por Pío XII en 1950).
Pero la reprobación mayor se produce contra la escatología apocalíptica, tenebrosa y vengadora (infernal) que tantos frutos ha dado a la Iglesia romana. Sin Infierno, se acaba el abuso del miedo a una condenación eterna y se caen del púlpito los predicadores de catástrofes a los que se refirió Juan XXIII en su famoso discurso ante el Vaticano II. “La Esposa de Cristo [la Iglesia] prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”, proclamó allí.

Capilla Sixtina.
Además, está la cuestión del dinero, tan católico (como dice el dicho popular). Con motivo del quinto centenario de la publicación por Lutero de sus famosas 91 Tesis, se ha escrito mucho sobre la irritación del monje agustino contra Roma por la avaricia con que el Papa predicaba la necesidad de que sus fieles comprasen cuantas más indulgencias mejor si querían “salir cuanto antes del fuego del Purgatorio”.
En realidad, la campaña recaudatoria no tenía otro fin que gastárselo en Roma en lujos, vicios y una interminable construcción de la Basílica de San Pedro, que debía ser siempre la mayor del orbe católico.
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