Opinión-Ensayo: Los libros sí son peligrosos. Por eso no debemos prohibirlos…

Cuando tenía 12 o 13 años, no estaba preparado para el racismo, la brutalidad o la agresión sexual de la novela de 1977 Close Quarters, de Larry Heinemann.
Heinemann, veterano de combate de la guerra de Vietnam, escribió sobre un amable estadounidense de a pie que va a la guerra y se convierte en un despiadado asesino.
En el clímax del libro, el protagonista y otros soldados, también estadounidenses, amables y corrientes, violan en grupo a una prostituta vietnamita a la que llaman Claymore Face [Cara de Mina antipersonas].
Como adolescente vietnamita estadounidense, me horrorizó darme cuenta de que era así como algunos estadounidenses veían a los vietnamitas y, por tanto, a mí. Devolví el libro a la biblioteca, odiándolo a él y a Heinemann.
Y esto es lo que no hice: no me quejé a la biblioteca ni pedí a los bibliotecarios que retiraran el libro de los estantes. Tampoco lo hicieron mis padres. No se me pasó por la cabeza que debiéramos prohibir Close Quarters o cualquiera de los muchos otros libros, películas y series de televisión donde se caracteriza de forma racista a los vietnamitas y a otros pueblos asiáticos.
Lo que hice, años más tarde, fue publicar mi propia novela sobre la misma guerra, El simpatizante.
Mientras trabajaba en el libro, releí Close Quarters. Fue ahí cuando me di cuenta de que había malinterpretado las intenciones de Heinemann. Él no estaba apoyando lo que estaba describiendo. Él quería mostrar que la guerra embrutece a los soldados, y también a los civiles atrapados en su camino.
La novela era una crítica condenatoria de la guerra estadounidense y las actitudes racistas de algunos estadounidenses amables y comunes y corrientes que condujeron a la matanza y la violación. Heinemann mostró el corazón de las tinieblas de Estados Unidos.

No ofreció a los lectores una cómoda salida editorializando o sentimentalizando o humanizando al pueblo vietnamita, porque en la mente del narrador del libro y de sus compañeros soldados, los vietnamitas no eran seres humanos.
En Estados Unidos, las disputas a propósito de los libros se están acalorando, y algunos políticos y padres están exigiendo que saquen ciertos libros de las bibliotecas y de los planes de estudios.
La semana pasada, sin ir más lejos, vimos las noticias de que una junta escolar de Tennessee votó por prohibir en las aulas la novela gráfica de Art Spiegelman sobre el Holocausto, Maus, y de que un alcalde de Misisipi retendrá 110.000 dólares de la financiación de la biblioteca de su ciudad hasta que retire los libros donde se representen a personas LGBTQ.
Quienes quieren prohibir libros sostienen que estas historias e ideas pueden ser peligrosas para las mentes jóvenes, como la mía, supongo, cuando leí la novela de Heinemann.
Los libros pueden ser peligrosos, en efecto. Hasta Close Quarters, creía que las historias tenían el poder de salvarme. Esa novela me enseñó que las historias también tienen el poder de destruirme. Sentí el impulso de ser escritor por el complejo poder de las historias. No son herramientas pedagógicas inertes. Cambian mentes y cambian el mundo.
Sin embargo, por muy peligrosos que los libros puedan ser, quienes quieren prohibirlos se equivocan. Los libros son inseparables de las ideas, y eso es lo que de verdad está en riesgo: la lucha por lo que se le permite pensar, saber y cuestionar a un niño, a un lector y a una sociedad. Un libro puede abrir puertas y mostrar la posibilidad de nuevas experiencias, incluso nuevas identidades y futuros.
La prohibición de libros no encaja bien con las categorías políticas de izquierda o derecha. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, ha sido prohibido en distintas ocasiones por el abundante uso de Twain de insultos racistas, entre otras cosas.
Beloved, de Toni Morrison, ya fue prohibida antes y ahora se ve de nuevo amenazada, después de que una madre se quejara de que el libro provocaba pesadillas a su hijo. Sin duda, Beloved es una novela inquietante.

En ella se describen infanticidios, violaciones, bestialismo, torturas y linchamientos. Pero, en pleno movimiento de oposición a la teoría crítica de la raza —o, más bien, a una caricatura de la teoría crítica de la raza—, parece obvio que los últimos intentos de eliminar esta obra maestra de la literatura estadounidense tienen menos que ver con sus descripciones explícitas de atrocidades que con la insistencia del libro en que nos enfrentemos a la brutalidad de la esclavitud.
Esta es la cuestión: si estamos en contra de que se prohíban algunos libros, deberíamos estar en contra de que se prohíba cualquiera. Si nuestra sociedad no es lo bastante fuerte como para soportar el peso de las ideas difíciles y desafiantes —e incluso odiosas o problemáticas—, entonces hay algo en nuestra sociedad que necesitamos reparar. Prohibir libros es un atajo que nos manda al destino incorrecto.
Como retrató Ray Bradbury en Fahrenheit 451 —otro libro que, a menudo, ha estado en la mira de quienes prohíben libros—, con la quema de libros se pretende que las personas dejen de pensar, lo que las hace más fácil gobernar, controlar y, en última instancia, dar paso a la guerra. Y, una vez que una sociedad consiente la quema de libros, tiende a ver la necesidad de quemar a las personas que aman los libros.
Y es amar los libros de lo que se trata, en realidad, no de leerlos para instruirse o ser más consciente o más activo políticamente (los cuales pueden ser beneficios adicionales). Yo recomendaría Fahrenheit 451 por sus edificantes dimensiones éticas y políticas, o diría que leer esta novela es bueno para ti, pero estaría pasando por alto lo esencial.
El libro hace que nos preocupen la política y la ética al hacer que nos preocupemos por un hombre que quema libros para ganarse la vida y tiene una crisis catártica sobre su espantoso trabajo. Ese hombre y su toma de conciencia podría ser cualquiera de nosotros.
No son solo los libros que describen el horror, la guerra o el totalitarismo los que preocupan a quienes aspiran a prohibir libros. A veces ven el peligro en la empatía. Este parece ser el temor que llevó a una escuela de distrito de Texas a cancelar un evento con el novelista gráfico Jerry Craft y a retirar temporalmente sus libros de la biblioteca el pasado otoño.
En el libro de Craft galardonado con la Medalla Newbery, New Kid, y su secuela, unos alumnos negros de la secundaria navegan la vida social y académica en un colegio privado donde hay muy pocos estudiantes de color.
“Los libros no salen y dicen que quieren que los niños blancos se sientan como opresores, pero eso es desde luego lo que hacen”, dijo el padre que inició la petición para cancelar el acto de Craft. (La invitación a Craft para realizar una visita virtual fue pospuesta y sus libros fueron restituidos poco después).

El protagonista de Craft en New Kid es un chico adorable y tímido al que le encantan los cómics. Y es su campechanía lo que lo hace tan peligroso para algunos padres blancos. La historiadora y profesora de Derecho Annette Gordon-Reed sostuvo en Twitter que los padres que se oponen a libros como New Kid “no quieren que sus hijos empaticen con los personajes negros.
Saben que sus hijos lo harán de forma instintiva. No quieren darles la oportunidad de hacerlo”. El historiador Kevin Kruse fue un paso más allá y tuiteó: “Si te preocupa que tus hijos lean un libro y no tengan más remedio que identificarse con los villanos en él, bueno…, quizá es algo en lo que debas trabajar por tu cuenta”.
Aquellos que prohíben libros quieren circunscribir la empatía y reservarla a un círculo limitado, más cercano al tipo de personas que ellos perciben ser. Frente a este acotamiento de la empatía, creo en la posibilidad y en la necesidad de expandirla, y en el papel esencial que libros como New Kid desempeñan en hacerlo.
Si es posible odiar y temer a los que nunca hemos conocido, entonces es posible amar a los que nunca hemos conocido. Ambas opciones, el amor y el odio, tienen consecuencias políticas, y por eso algunos intentan ampliar nuestro acceso a los libros, y otros limitarlo.
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