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Dos historias de la 2da guerra mundial…


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Tres mujeres judías de la resistencia sin identificación. Un ejemplo del rol preponderante que tuvieron las mujeres en los focos de alzamiento en la Polonia ocupada

– Contrabandistas, espías y la joven de las trenzas rubias: historias de mujeres judías que combatieron a los nazis

Infobae(M.del Moral)(M.Bauso)  —  Niuta Teitelbaum tenía cara de ángel. Era una joven judía de rasgos aniñados. Tenía 25 años pero parecía una adolescente escolarizada. Era menuda, rubia, lucía piel de papel y semblante inocente. Había estudiado historia en la Universidad de Varsovia. Representaba, para su desgracia y su fortuna, la pureza de los parámetros arios. Unas trenzas tirantes y un atuendo acorde disimulaban su identidad y sus propósitos. Vestía como una campesina polaca, salvoconducto que le permitía infiltrarse en las arterias de su Varsovia, su ciudad, invadidas por nazis.

Tres años antes, en 1939, se había desatado el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. A las 4:45 de la mañana del primer día de noviembre, las tropas germanas habían ejecutado el “Plan Blanco”, una operación militar destinada a recuperar el territorio perdido en la primera gran guerra. Una simulación discursiva y sanguinaria había sembrado una suerte de justificación: la propaganda del régimen anticipaba que Adolf Hitler deseaba rescatar a más de un millón de alemanes “oprimidos por la brutalidad polaca” y el atentado a una emisora alemana en la frontera cometido por agentes de la SS disfrazados de soldados polacos.

En la “blitzkrieg”, una guerra relámpago provista de tanques, convergieron tres ataques simultáneos: norte desde Prusia oriental, oeste desde Prusia occidental y sur desde Checoslovaquia. A mediados de mes, la Unión Soviética también usurpó la soberanía polaca. El 23 de agosto de 1939, Hitler y Stalin habían firmado un pacto de no agresión que incluía en una cláusula secreta la repartición del suelo de Polonia. La resistencia duró 36 días. Su ejército cayó. Niuta no.

Para 1942, millones de judíos polacos habían muerto y otros millones seguían prisioneros en los campos de concentración. Niuta no. Caminaba las calles de su ciudad ocupada. Lucía serena y tímida, un pañuelo en la cabeza, sus trenzas rubias, su mirada ingenua, su talante inofensivo. Una vez se acercó a la entrada del cuartel general nazi de Varsovia. Pidió, con una sonrisa de mueca y encogida entre sus hombros y su ropa, ver a un oficial nazi de alto rango. Le preguntaron por qué y respondió, con pudor y voz temblorosa, que era “un asunto personal”. El guardia interpretó, basado en la costumbre, que su superior la había embarazado. Se rió, le dio el número de su oficina y le concedió el acceso al edificio. Niuta agradeció con un gesto sutil.

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El 6 de octubre el ejército polaco se rindió tras un mes de enfrentamientos. El saldo del bando derrotado fue de 70 mil muertes, 130 mil heridos y 600 mil prisioneros

Ingresó al despacho del oficial nazi. Él estaba sentado frente a su escritorio. No tuvo tiempo de sorprenderse. Menos de asustarse. Niuta Teitelbaum, que será conocida después como “la pequeña Wanda de las trenzas”, le disparó en la cabeza. Era su asunto personal. Guardó la pistola con silenciador que escondía entre sus prendas de campesina y recorrió el pasillo de regreso a la entrada principal tal como había ingresado: mansa y cauta. Cuando salió, despidió con un gesto de dulzura al guardia nazi que le había autorizado el permiso para cometer su primera revancha.

Era la asesina más buscada por el Tercer Reich cuando, al año siguiente, ingresó en un departamento de la Gestapo ubicado sobre la calle Chmielna en el centro de Varsovia. Sus trenzas, su pañuelo, su apariencia de mujer indefensa, el kit anónimo que le abría paso en una ciudad custodiada por cazadores de judíos. Tres oficiales nazis la interceptaron. Ella reaccionó con timidez y disparos. Dos murieron en el acto. Otro resultó herido. Culminó su triple crimen en el hospital. Esta vez disfrazada con una bata blanca.

No duró mucho más en la clandestinidad. La capturaron. La torturaron. Sobrevivió al levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1934. La Gestapo volvió a arrestarla dos meses después. La golpearon hasta desfigurarla. Nunca soltó información de las actividades de la resistencia. Niuta Teitelbaum tenía 25 años cuando la ejecutaron.

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Niuta Teitelbaum es una de las protagonistas del libro de Judy Batalion. Murió a sus 25 años ejecutada por las tropas alemanas después de haber matado a cuatro oficiales nazis

79 años después, Judy Batalion escribió Hijas de la resistencia, la historia desconocida de las mujeres que lucharon contra los nazis (Seix Barral). Niuta Teitelbaum es una de las protagonistas de un ensayo que procura recuperar relatos ocultos de los levantamientos y completar la historia oficial de la resistencia polaca.

Supone un acto de visibilización de la rebeldía y audacia femenina ante el nazismo. Mujeres que contrabandeaban armas escondidas en panes, recipientes de mermeladas, osos de peluche; mujeres que coqueteaban con guardias a quienes les compraban vino y whisky para después matarlos; mujeres que organizaban comedores de beneficencia, que distribuían boletines clandestinos, que bombardeaban líneas ferroviarias, que lanzaban cócteles molotov, que saboteaban suministros de agua, que fabricaban redes de búnkeres subterráneos, que unían refugios de la resistencia con guetos.

Mujeres que se encargaban de contar la verdad. Mujeres mensajeras, contrabandistas, falsificadoras, saboteadoras, espías, asesinas.

Mujeres que habían decidido no huir, sino quedarse. Mujeres que prefirieron morir: habían sido seleccionadas para realizar trabajos forzados y decidieron desperdiciar su boleto de gracia para acompañar a sus hijos o a sus madres a las cámaras de gas. Un símbolo que la interpelaba: ella es nieta de sobrevivientes del Holocausto que habían escapado de Polonia.

“La huida significaba mi vida. Yo había crecido huyendo de relaciones, carreras y países”, dice la canadiense nacida en Montreal en 1977, que estudió Historia de la Ciencia en Harvard, que se doctoró en Historia del Arte en Londres -donde también trabajó como curadora artística y comediante-, que hoy vive en Nueva York y que siempre vuelve a Polonia.

En 2007, en un rapto de lucha por su identidad judía, decidió bucear en la bibliografía. Buscaba historias de mujeres judías fuertes. Se acordaba de Hannah Senesh, una paracaidista de la Segunda Guerra Mundial que había abandonado su Hungría natal para sobrevivir en Palestina pero que regresó alistada en el bando aliado, fue capturada y murió fusilada sin quitarle la mirada a quienes la mataron. Esa historia de revancha la estimulaba. Debía haber otras historias así.

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«A las mujeres les resultaba más sencillo disfrazarse de cristianas. Una de las principales razones es que no estaban circuncidadas: si se sospechaba que un hombre era judío, solo hacia falta llevarlo hasta un puesto y bajarle los pantalones», contó Batalion

“Fui a la Biblioteca Británica, la busqué en el catálogo y pedí los pocos libros que aparecían con su nombre. Me di cuenta de que uno de ellos era inusual, encuadernado en una tela azul desgastada con letras doradas y bordes amarillentos: ‘Freuen in di Ghettos’, que en ídish significa ‘Mujeres en los guetos’. Lo abrí y encontré 180 hojas de letra diminuta, todas en ídish, un idioma que yo dominaba.

Para mi sorpresa, sólo unas pocas páginas mencionaban a Hannah Senesh, el resto relataba historias de docenas de otras jóvenes judías que desafiaron a los nazis, muchas de las cuales tuvieron la oportunidad de abandonar la Polonia ocupada por los nazis pero no lo hicieron; algunas incluso regresaron voluntariamente”, relató en un artículo publicado en The New York Times.

Dijo que donde esperaba luto y tristeza, encontró armas, sabotajes, dinamita y espionaje. Investigó cada acto heroico, cada nombre propio que leyó en este thriller de chicas judías que engañaban a oficiales de la Gestapo escrito en ídish un año después de la culminación de la guerra. Pero antes, cuestionó su asombro e indagó en su sorpresa.

“Estaba aturdida. Me había criado en una comunidad de supervivientes del Holocausto y me había doctorado en historia de la mujer. ¿Por qué nunca había escuchado estas historias?”, sopesó.

El libro era una recopilación de historias de mujeres en la resistencia polaca pensado para judíos estadounidense de habla ídish.

Estaban los incrédulos, las familias con heridas abiertas, los traumas, las acusaciones por haber abandonado a sus familias, el miedo al estigma, a ser señalada como colaboracionista, las que se sentían culpables por no haber muerto, las que preferían guardar silencio, la histórica invisibilización de las contribuciones femeninas en los hitos de la humanidad, las motivaciones políticas y culturales que le dieron forma al relato oficial del Holocausto.

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Vitka Kempner y Ruzka Korczak fueron otras dos mujeres de la resistencia polaca. Las mujeres tenían más facilidades que los hombres para infiltrarse en la sociedad fuera de los guetos

“Habían dejado a sus familias para luchar en la clandestinidad -interpretó la autora en diálogo con el periódico español El Independiente-. Les perseguía la decisión de no haberse despedido de sus seres queridos y un sentimiento comparable a quienes sobrevivieron a Auschwitz.

Llegaron a pensar que no merecía la pena contar su historia. Muchas eran aún muy jóvenes tras la guerra y lo habían perdido todo, desde la familia hasta la nacionalidad. Terminaron refugiadas en países cuyos idiomas no hablaban y quisieron comenzar de nuevo y tener hijos que fueran normales y felices”.

Su proceso de investigación demandó doce años, viajes a Polonia, Israel y Estados Unidos, horas en archivos, bibliotecas, casas. Conocer el alcance de la rebelión judía le dio contexto estadístico a su “descubrimiento”: “Más de 90 guetos europeos tenían unidades de resistencia judía armada. Aproximadamente 30.000 judíos europeos se unieron a los partisanos italianos.

Las redes de rescate apoyaron a unos 12.000 judíos escondidos sólo en Varsovia. Todo esto junto a actos diarios de resistencia: contrabandear alimentos, escribir diarios, contar chistes para aliviar el miedo, abrazar a una compañera para mantenerla caliente. Las mujeres, de entre 16 y 25 años, estaban al frente de muchos de estos esfuerzos”.

Aborda la distorsión construida de la década del treinta. En Polonia -dice- el 45% de la fuerza laboral era femenina. La cultura polaca le había asignado a la mujer un espacio de desarrollo. “Había cierta igualdad. Las judías estaban emancipadas, tenían estudios, trabajaban”, aduce.

La invasión, la guerra, el odio y el dolor las motivaron. Explotaron su “belleza aria” para sobrevivir y vengarse. “Desempeñaron un papel muy importante en la resistencia porque les fue más fácil hacer ciertos trabajos que a sus compañeros varones”, asevera la historiadora.

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Bela Hazan consiguió trabajo como traductora y recepcionista para la Gestapo, de donde robaba documentos y los entregaba a falsificadores judíos

La educación era obligatoria desde comienzos de década.

Los hombres eran enviados a escuelas privadas judías, mientras que ellas asistían a colegios públicos polacos.

Esa vivencia las entrenó para subsistir: conocían las tradiciones y costumbres de la comunidad cristiana, aprendieron mejor a hablar el idioma sin rasgos de acento.

Su audacia creció al compás de sus necesidades.

Se escondían en un camuflaje que simulaba indefensión y vulnerabilidad.

Y también aprovechaban la ausencia de rastros físicos: “Les resultaba más sencillo disfrazarse de cristianas.

Una de las principales razones es que las judías no estaban circuncidadas.

Si se sospechaba que un hombre era judío, solo hacia falta llevarlo hasta un puesto y bajarle los pantalones.

Las mujeres, en cambio, no tenían esa marca física de la identidad judía en su cuerpo”.

Eran mujeres revolucionarias. Tenían ideales antes de transformarse en rebeldes. La invasión les otorgó el escenario para ejercer su resistencia.

Ya habían leído a Rosa Luxemburgo, ya se sabían socialistas. Habían estudiado, habían labrado la tierra y se habían preparado en autodefensa.

Judy Batalion dice que hasta incluso llevaban pantalones en vez de polleras y que probablemente hoy se podrían calificar como mujeres “feministas y progresistas”.

Su libro las recupera. Rescata, además de historia de “la pequeña Wanda de las trenzas”, la historia de Vitka Kempner, líder de la resistencia en Vilna, Lituania, que en 1942 voló un tren de suministros alemán tras robar explosivos de un gueto; la historia de Ruzka Korczak, otra pieza de la resistencia en Vilna que engendró el libro de recetas de la resistencia, donde se explicaba, por ejemplo, cómo fabricar bombas.

La historia de Vladka Meed, una mensajera que introdujo pólvora al gueto de Varsovia a través de un agujero que hizo con una cuchara, que robó un mapa de Treblinka y lo distribuyó en la prensa, que ayudó a más de diez mil judíos consiguiéndoles dinero, medicamentos e identidades falsas; la historia de Frumka Plotnicka, referente de la resistencia clandestina en Bedzin que murió combatiendo contra los nazis desde el interior de un búnker; las historias de Gusta Davidson y Minka Liebeskind, camaradas del movimiento de resistencia del gueto de Cracovia; la historia de Bela Hazan, espía de la Gestapo que robaba documentos y los entregaba a falsificadores de la resistencia.

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Para Renia Kukielka y muchas sobrevivientes, el silencio era una forma de sobrellevar la posguerra. Asumieron que su deber era fundar una nueva generación de judíos: empezar de nuevo

Y la historia de Renia Kukielka, medular en el relato. Es la historia principal de la obra, la semilla de la que brotan todas las otras. Encarna el eje conector de la narración porque los nazis no pudieron matarla y porque ni era idealista ni revolucionaria, “solo una joven espabilada de clase media que se vio inmersa en una repentina e interminable pesadilla”.

“Muchas de las chicas estaban muy ideologizadas, eran socialistas pero no era el caso de Renia. Ella solo escribía un relato y eso me interpeló. Mi cabeza siempre regresaba a Renia porque era una mensajera y estaba implicada en misiones y movimientos. Además, logró sobrevivir y eso también era importante para darle al libro un sentido pleno”, dijo Judy Batalion.

Era tan solo una adolescente cuando en 1939, las tropas nazis invadieron su ciudad Jedrzejow, al sur de Polonia. Ella y su familia fueron encerrados en uno de los 7 guetos distribuidos en el país. Cuatro años después, a sus 18 años, escapó porque presumía que iba a morir. Apeló a su apariencia de polaca cristiana y a su lenguaje fluido para abandonar su suerte. “Saltó de un tren en marcha cuando la reconocieron, negoció con la policía y se hizo pasar por católica. Consiguió un trabajo como empleada doméstica”, relató la historiadora.

“Ni siquiera sabía que era tan buena actriz”, describió Renia en sus memorias. Emigró hacia Bedzin, gracias a la cooperación de un contrabandista polaco. Allí se encontró con su hermana mayor y con una comunidad judía en alzamiento. Era una tierra fértil de formación partidaria en defensa de la identidad judía.

Tras la invasión nazi, los grupos juveniles se convirtieron en milicias rebeldes con tendencia socialista. Renia fue seleccionada para ser mensajera, una operadora clandestina, dado su aspecto ario y católico. A ella la empujaba un profundo deseo de justicia.

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El libro de la historiadora Judy Batalion será la base de la película que prepara Steven Spielberg. La autora trabaja en el guión del film que -dice- podría ser la versión femenina de «Bastardos sin gloria»

“Renia dirigía misiones entre Bedzin y Varsovia. Transportaba granadas, pasaportes falsos y dinero en efectivo atado a su cuerpo y escondido en su ropa interior y zapatos.

Transportaba a los judíos de los guetos a los escondites.

Llevaba una flor roja en el pelo para ser identificada por sus contactos clandestinos, se reunía con un traficante de armas del mercado negro en un cementerio y dormía en un sótano, vagando por la ciudad durante el día para reunir información.

Sonreía tímidamente durante los cacheos en el tren, y se hizo amiga de un guardia fronterizo al que le ‘confesó’ el contrabando de alimentos para distraerle del verdadero contrabando que llevaba sujeto al torso con correas”, contó Batalion.

“Tenías que ser fuerte en tu comportamiento, firme. Había que tener una voluntad de hierro”, escribió Renia.

Hasta que una vez cayó. Un guardia fronterizo advirtió que portaba un pasaporte falso y la encarceló en un calabozo de la Gestapo.

Las torturas no la doblegaron.

Otras mensajeras las rescataron tras sobornar a guardias con cigarrillos y whisky. Renia se fugó en un tren subterráneo de la resistencia.

Atravesó a pie los Montes Tatra que dividen Polonia de la vieja Checoslovaquia, cruzó a Hungría escondida entre las mercancías de un vagón de tren, traspasó el estrecho del Bósforo en barco.

El 6 de marzo de 1944 arribó a Haifa, Palestina. Al año siguiente, concluyó su capítulo de guerra con la publicación de sus memorias. Las escribió en ídish. Guardó silencio, empezó a vivir de nuevo y asumió un propósito: fundar la nueva generación de judíos.

– El hombre que reveló la cara más monstruosa del nazismo y escribió sobre el holocausto cuando nadie lo hacía

Las cosas no siempre fueron como las conocemos. Hubo un tiempo, después de la Segunda Guerra Mundial, en que parecía que nadie estaba interesado en conocer de manera exhaustiva lo que había sucedido en los campos de concentración. Demasiado horror.

Pasaban muchas cosas a la vez en ese tiempo nuevo. La atención estaba centrada en la tensa e inestable Guerra Fría y, en Medio Oriente, en el establecimiento de Israel y en los choques con el mundo árabe. A los sobrevivientes se les daba una palmada en la espalda y se los instaba a mirar el futuro.

Ese temor que alguna vez expresó Primo Levi, eso que se había convertido en su pesadilla recurrente –iba en un tren y hablaba de los horrores sufridos en el Lager, de los muertos, y nadie quería escucharlo, sus interlocutores huían- se estaba convirtiendo en realidad.

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“En esa época, se solía decir a las personas martirizadas por el recuerdo―los sobrevivientes―que olvidaran lo que había pasado” escribió Raul Hilberg.

Los soviéticos no estaba interesados en rebuscar en el pasado porque Stalin temía que le hicieran rendir cuentas del accionar de sus hombres y de Kolyma y el sistema de Gulag. Occidente, por su parte, no quería predisponer mal a los alemanes; habían apostado a su resurgimiento y había muchos intereses en juego; todos sabían que rebuscando encontrarían complicidades y culpabilidades masivas.

Unos pocos hombres vinieron a cambiar eso. Lo hicieron pese a la indiferencia, los obstáculos y hasta la oposición expresa de grupos y asociaciones que se suponía debían apoyarlos. Pero con un trabajo serio, riguroso y valiente consiguieron que el mundo conociera la verdad y tomara conciencia de la magnitud de lo ocurrido y de la anatomía de esa maquinaria de muerte.

Raul Hilberg fue uno de esos hombres.

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Memorias de un historiador del Holocausto

Se acaba de distribuir en las librerías de esta parte del continente Memorias de un Historiador del Holocausto (Arpa) de Raul Hilberg, autor de un texto fundamental para comprender la Shoah, La Destrucción de los Judíos Europeos.

Un texto pionero, riguroso, novedoso y lacerante.

Estas memorias (el título original es The Politics of Memory) describen la vida del historiador pero en especial la concepción de su gran estudio, las dificultades que tuvo para publicarlo y las resistencias que debió enfrentar una vez que vio la luz.

Es una impactante reflexión sobre cómo las sociedades (y los especialistas) son refractarios, rechazan aquella que no se ajusta a sus creencias, prejuicios o conveniencias.

Raul Hilberg nació en Viena en 1927. Su padre tenía un pequeño negocio. En esa casa no reinaba el amor. Había poca comunicación y bastante dureza.

Cuando se produjo el Anschluss, Hilberg vio por la ventana de su casa el desfile triunfal y al pueblo austríaco recibiendo alborozado a las tropas alemanas.

No podía entender lo que sucedía. Recuerda que sin saber por qué mientras estaba apoyado en el marco mirando lo que sucedía en la calle se dijo a sí mismo: “Algún día voy a escribir sobre esto”.

Su padre decidió que partieran hacia Estados Unidos. No había más lugar para ellos en Austria bajo el dominio nazi. Los presionaron para sacarles la casa por ser de origen judío (nadie en la familia era practicante religioso). Esa expropiación forzada los dejó sin nada. Al padre de Hilberg lo detuvieron soldados nazis en la calle y lo llevaron detenido.

Lo interrogaron y lo dejaron en un costado olvidado varios días. Hasta que un soldado lo llamó y con una planilla en mano le dijo que se preparase. Hilberg padre vio que en el papel al lado de su nombre habían puesto una D, así en mayúscula. Supo que lo enviarían a Dachau. Con serenidad pero con firmeza dijo: “Ustedes no pueden mandarme a Dachau.

Yo peleé en la Gran Guerra. Hasta me condecoraron por mi coraje”. El soldado llamó a un superior, que suspicaz, lo empezó a interrogar. “A ver judío ¿Dónde dice que estuvo?”. El hombre recitó cada uno de los batallones que integró y los destinos en los que actuó. El oficial nazi ordenó que lo liberaran: “Este hombre no miente. Estuvo en muchos lugares en los que estuve yo”.

Después de eso, ya sin lugar para vivir y sin poder caminar por la calle, debieron emigrar. Los Hilberg se instalaron en Nueva York.

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Alrededor de 1943: Mujeres y niños judíos, algunos con el parche amarillo de la estrella de David en el pecho, en el campo de concentración de Auschwitz, Polonia, sometidos a selecciones. Muchos fueron enviados inmediatamente para ser gaseados por el Dr. Josef Mengele, el médico jefe del campo de concentración.

Raul siguió estudiando. Al ingresar a la universidad siguió los deseos del padre y se anotó en química. Pero al poco tiempo emigró a ciencias políticas. Allí comenzó a estudiar con denuedo. En 1945 fue alistado y destinado a Europa. Cuando llegó la guerra estaba terminando. Los nazis habían sido derrotados.

Lo enviaron a custodiar documentación y a catalogarla. Allí tuvo contacto con las cajas que almacenaban la biblioteca de Hitler. También accedió por primera vez a miles de documentos administrativos nazis. Al regresar a Estados Unidos empezó a escribir su tesis sobre el aniquilamiento de los judíos por parte del régimen nazi.

Estudió ciencias políticas porque el Holocausto, que todavía no había sido nombrado de esa manera, no era considerado materia de la historia todavía. Era algo demasiado reciente. La visión de Hilberg fue desde el principio novedosa y compleja.

Entendió que lo que había ocurrido con los judíos europeos no se había tratado de la obra de unos locos sino que había sido un plan llevado a cabo por cientos de miles en distintos estamentos y organizaciones.

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Raul Hilberg se dedicó a estudiar por primera vez cómo fue la destrucción de los judíos europeos por parte de los nazis. Su estudio fue riguroso y revelador

Hilberg no se especializó en nazismo. Ya había varios que se dedicaban a la cuestión. Es más, algunos como Franz Neumann lo había hecho en tiempo real, mientras aún estaban en el poder. Lo que Hilberg estudió fue el aniquilamiento y sus métodos. Fue el primero en sistematizar esa rama, en considerar que merecía un estudio especial.

Hilberg con su obra consiguió que se entendiera la Shoah de una manera distinta, fue el que ayudó a comprender cómo había sido el mecanismo de la masacre. Desde el principio asumió la complejidad de la situación y evitó todo tipo de simplificaciones. Le llevó más de quince años elaborar su libro. Investigó en archivos europeos y norteamericanos. Trabajó especialmente con documentos alemanes mientras tenía otras labores, en especial universitarias, que le permitían seguir con la elaboración de su libro.

Cuando presentó el proyecto originalmente, uno de sus mentores le dijo que esto sería su tumba. Cuando después de años de trabajo, cuando le faltaban semanas para poner punto final a su tesis, murió Franz Neumann, su director de tesis. Y una vez más la orfandad lo rodeó.

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Apenas tuvo terminado el manuscrito, lo hizo circular por diversas editoriales e instituciones buscando su publicación.

Estaba dispuesto a poner todos sus ahorros para verlo convertido en libro pero estos no alcanzaban.

Nadie quería editarlo.

Era una obra sumamente extensa.

Pero el problema no era la cantidad de sus páginas, sino lo que decía. Hilberg en La Destrucción de los Judíos Europeos describe el Holocausto como una maquinaria de destrucción, un ordenamiento burocrático descentralizado y progresivo que tuvo como fin y como resultado el aniquilamiento de los judíos de Europa.

Y además habla por primera vez de la responsabilidad de los Consejos Judíos y va contra la idea, ya instalada por esos años, que la resistencia de los judíos fue muy extensa.

En ningún momento confunde víctimas con victimarios pero tampoco acepta como un dogma de fe lo sostenido por diversas asociaciones judías.

Sostiene que se llegó al ridículo de que estados de pasividad total fueran reinterpretados como heroicas situaciones de resistencia.

Él hace historia y necesita ser honesto consigo mismo y con el material de estudio. Elige honrar la verdad y no cargar de épica cada episodio.

Los rechazos editoriales se acumulan. Gana un concurso con su tesis que le garantizaba la publicación, pero el editor se las ingenia para no hacerlo. Algunos le dicen que sus teorías no tienen fundamentos, otros que sólo se basa en documentos alemanes, otros que lo que sostiene sobre los consejos judíos es muy difícil de digerir. Hasta que una serie de circunstancias conspiran en su favor.

Un millonario empresario exiliado decide aportar parte del presupuesto y los preparativos del juicio a Eichmann en Jerusalén aumentan el interés sobre el tema. Quince años después de su inicio su libro vería la luz.

La primera edición se publicó en la pequeña editorial de la Universidad de Vermont. Más de 800 páginas a doble columna (que en edición normal hubieran superado las 1400 páginas). La recepción fue fría. Pero inquietante. Los especialistas no podían negar que estaban ante algo absolutamente riguroso y muy novedoso.

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La detención y el juicio a Eichmann reavivaron la atención mundial sobre el tema. Y se convirtió en un factor fundamental para que por fin el libro de Hilberg pudiera ver la luz

Por primera vez, el mecanismo burocrático del Holocausto era mostrado a la perfección. Esa burocracia vasta y sofisticada había llevado adelante la matanza de millones de judíos (otro anatema: también puso en duda el numerus clausus de los seis millones: él sostenía que se había tratado de 5.100.000), a su destrucción.

Esa destrucción había sido una obra alemana. Tenía su espíritu, su enjundia, su cultura. Para entender esa maquinaria destructiva tenía que entender la visión de los culpables, de los perpetradores. Y para eso era necesario sumergirse en sus papeles, en sus documentos, en su administración gris.

Luego descubrió que esa labor de destrucción había sido progresiva. Y que ese esquema se había repetido en cada jurisdicción. Primero se marcaba a los judíos, luego los separaban, los despojaban de sus bienes y propiedades, los deportaban y, finalmente, los mataban. Eso que él llamó “el proceso de destrucción”.

Los alemanes en 1933 o hasta en 1937 no sabían qué harían con los judíos. La Solución Final, es decir el aniquilamiento, se formuló en 1941. Pero la progresión, la tendencia ya existía: el antisemitismo y sus manifestaciones cada vez eran más intensas. Y cada vez se corrían más los límites de crueldad e inhumanidad. El proceso seguía una lógica destructora.

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Claude Lanzmann, el documentalista que dirigió Shoah el gran documental de 9 horas de duración, convocó a Hilberg como único especialista en aparecer en su obra.

La reconocida investigadora Judith Sklar le dijo a Hilberg que los libros tienen que aparecer en el momento justo y que el suyo había aparecido demasiado pronto. Las distintas sociedades no estaban preparadas para afrontar las conclusiones de Hilberg.

Los israelíes estaban consolidando su estado y la política de la memoria, los norteamericanos recién pusieron real atención al Holocausto después de Vietnam, Alemania hacía todo lo posible para no revolver en el pasado y para evitar culpabilidades, y Francia tenía todavía demasiado fresco los problemas y humillaciones de la guerra, todavía convivían los que habían sido de la Resistencia con los acusados de colaboracionistas.

Y Hilberg y su libro eran difíciles de digerir. Con los años sacó nuevas ediciones a los que les incorporó nuevo material probatorio.

El libro resistió el paso del tiempo. Y en especial logró plasmar la secreta aspiración que tiene cualquier historiador: que su tema de estudio, a partir de su intervención, sea visto con sus ojos, que sus conclusiones queden establecidas como verdades. Hannah Arendt escribió: “Nadie podrá volver a escribir de estos temas sin recurrir a él”.

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Hannah Arendt -aquí junto a su esposo Heinrich Blucher- utilizó como fuente principal para su Eichmann en Jerusalén al libro de Hilberg. Pero entre ambos hubo tensión, críticas furibundas y hasta celos profesionales

Pero esta consolidación tampoco fue pacífica. Hilberg peleó durante décadas con los principales referentes y hasta con organizaciones como Yad Vashem (que se negó a colaborar en la edición de su libro y después le prohibió durante un largo tiempo el acceso a su biblioteca).

Pero una de sus principales y más celebres contrincantes fue Hannah Arendt. La filósofa reconoce (recién en su segunda edición) que el trabajo de Hilberg fue su principal fuente en Eichmann en Jerusalén.

Pero a Hilberg le repugna la teoría de Arendt –que ella y sus editores llevaron al subtítulo del libro, y que se convirtió en un lugar común repetido y malinterpretado- de la banalidad del mal.

Los dos tuvieron una larga polémica pública que incluyó algunos agravios en cartas privadas a terceros y una chicana de Hilberg en sus memorias que cierra el capítulo dedicado a las polémicas y a Arendt recordando el romance de ella con Heidegger, el nazismo del filósofo y que ella después de la guerra intentó que fueran condonadas las culpas de Heidegger.

Hoy se considera la obra de Hilberg como un aporte fundamental y que su mirada cambió la manera de comprender el Holocausto. Sin embargo no se debe olvidar que el libro circuló sólo entre especialistas durante muchísimo tiempo y que aún entre ellos recibió resistencias muy fuertes.

La primera edición alemana recién se publicó treinta años después de su aparición. Y la israelí demoró todavía unos años más. Recién se conoció en 2012.

Alguien le reprochó a Hilberg que sus actitudes y sus conclusiones eran en parte fruto de su falta de sentido de pertenencia. Cuando le preguntaron sobre eso, respondió: “No me siento parte de nada. No me siente parte del mundo universitario, en el que actué durante décadas.

Ni siquiera me siento parte de Burlington donde viví desde 1956. Tal vez algunos de nosotros estemos destinados nada más que a estar solos”.

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«Hilberg fue un faro, un barco de la historia anclado en el tiempo y en un sentido más allá del tiempo, imperecedero, inolvidable, con el que nada en el curso de la producción histórica ordinaria puede compararse», dijo Claude Lanzmann sobre el historiador

Hilberg es el único especialista que aparece en Shoah, el mastodóntico y riguroso documental de Claude Lanzmann. En Shoah sólo hay sobrevivientes, nazis y testigos. Y también está Hilberg. Su participación se originó porque el director le pidió que le interpretara un documento alemán.

Y Hilberg desplegó con énfasis toda su erudición sobre el tema por lo que pensó en incorporarlo. Lanzmann, que era seco y nada propenso al halago, dijo sobre Raul Hilberg: “Fue un faro, un barco de la historia anclado en el tiempo y en un sentido más allá del tiempo, imperecedero, inolvidable, con el que nada en el curso de la producción histórica ordinaria puede compararse”.

En 1992, Hilberg volvió a Viena por primera vez desde que tuvo que emigrar junto a su padre y su madre. Había tratado de evitar ese momento. Pero el éxito académico y la nostalgia lo llevaron a su ciudad natal. Recorrió sus calles, recordó momentos, reconoció lugares significativos de su infancia, hasta que llegó al edificio en el que vivía con su familia.

Quiso subir al departamento para verlo. Descubrir si era cómo él lo recordaba, si los lugares eran más pequeños de lo que su memoria de niño había fijado, si encontraba algo que trajera de vuelta al menos por unos segundos a sus padres. Golpeó la puerta de ese segundo piso pero no atendieron. No había nadie.

Lo que sí pudo ver fue la chapa de la puerta que identificaba a los propietarios. En ese departamento todavía vivía la esposa del hombre que los despojó de su hogar sólo porque ellos eran judíos. Habían pasado 54 años.

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