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De astronautas…


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GTD/Infobae(A.Amato/J.Zochi)/tve/El Confidencial/Muy Interesante/digitaltrends  —  Grigoriy Nelyubov, eliminado en la fotografía de la derecha y del grupo de los siete (luego seis, los Sochi Six) primeros astronautas de la URSS.

La pérdida de astronautas en el espacio (los llamados cosmonautas fantasma) forma parte de la leyenda -incluso de la conspiranoia- de la carrera espacial.

Todos los casos se refieren a astronautas soviéticos y su existencia, nunca reconocida por los soviéticos ni demostradas por otras fuentes, harían de Yuri Gagarin no el primer hombre en el espacio, sino el primer hombre en volver vivo, o al menos con éxito, del espacio.

Hay quien cree que en algún lugar en la vasta oscuridad del espacio, actualmente a unos 9.000 millones de kilómetros del Sol, se encuentra el primer humano a punto de alcanzar los límites del Sistema Solar.

Su cuerpo, perfectamente preservado, está congelado a 270 grados bajo cero; su pequeña cápsula lleva 50 años alejándose de la Tierra a casi 30.000 km/h. Sería el primer cosmonauta perdido en el espacio, cuando por un error en la propulsión nunca pudo regresar.

En “The Lost Cosmonauts” se recopila toda la información relativa a los trabajos de los hermanos Achille y Giovanni Judica-Cordiglia, dos radioaficionados italianos que en los primeros años de la carrera espacial fueron capaces de interceptar las comunicaciones procedentes del espacio desde su estación de Turín, zona de Europa occidental que era parcialmente sobrevolada por las naves soviéticas lanzadas para orbitar la Tierra.

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Entre los años 50 y 60 los hermanos pudieron grabar comunicaciones procedentes de las misiones Sputnik y Explorer. La primera grabación significativa la obtuvieron el 28 de noviembre de 1960, cuando reconocieron un señal de socorro (SOS) procedente de un objeto en movimiento, alejándose de la Tierra.

Unos meses después, en mayo de 1961 registraron la voz de la que supuestamente habría sido la primera mujer en el espacio, Ludmila Tokovy, pero que en su última transmisión de regreso a Tierra informó que algo iba mal y que «se estaba quemando».

Dos días después de estas grabaciones los soviéticos informaron de un incidente con una nave no tripulada (la Sputnik 7 o Venera 1VA de 7,5 toneladas) que había ardido en la atmósfera durante la reentrada.

La transmisión en audio -y la transcripción en inglés- se puede escuchar en The First Woman in Space.

Según la lista en el artículo Soviet space program conspiracy accusations de Wikipedia (obviamente marcado como falto de neutralidad y veracidad) recoge una quincena de estos casos, además de otros tres casos de astronautas perdidos que de algún modo se han confirmado como falsos.

De todos los supuestos casos de cosmonautas que no existieron el más documentado -pero no por eso necesariamente veraz ni tampoco lo contrario- es el de Vladimir Ilyushin.

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Cualquiera de estas historias o teorías deben tomarse como lo que son: leyendas urbanas e historias sin confirmar normalmente relatadas como ciertas por medios conspiranoicos y sensacionalistas como Fortean Times, de cuyo artículo Lost in Space procede la cita inicial.

En Internet también se pueden encontrar opiniones contrarias o páginas que analizan con escepticismo los datos disponibles en la página de los hermanos Judica-Cordiglia.

Por ejemplo, Notes on the space tracking activities and sensational claims made by the Judica-Cordiglia brothers concluye que, aunque el hackeo de radio de los hermanos efectivamente les pudo permitir captar señales procedentes de las primeras misiones espaciales, «por algún motivo [Achille y Gian] creyeron necesitar historias sensacionales para mantener candente su actividad; una vez que malinterpretaron algunas de las señales interceptadas y despertaron el interés se vieron atrapados en la necesidad de crear más historias conmovedoras […] que se han mantenido en la memoria de la gente a lo largo de los años, que es exactamente como comienzan y se perpetúan los mitos.»

– Pobre Krikalev, el cosmonauta que una URSS terminal abandonó en el espacio

El 4 de octubre de 1991 nadie vino a relevar al cosmonauta soviético Sergei Krikalev en la estación espacial Mir. Llevaba casi cinco meses a más de 300 kilómetros de la superficie terrestre y le habían avisado unos días antes desde la base de Kaliningrado de que habían tenido que posponer la llegada del hombre que debía sustituirle por escasez de fondos y una serie de tejemanejes burocráticos.

Y aunque él no lo sabía todavía, también porque a la Unión Soviética le quedaban dos telediarios —colapsó dos meses después— y el Gobierno tenía cosas más urgentes en agenda que traer a un cosmonauta de vuelta a la Tierra. Y así, Krikalev se quedó varado en el espacio.

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Imagen de archivo del cosmonauta Sergei Krikalev.

En la última mitad de 1991, los acontecimientos políticos en la URSS se habían precipitado: si en junio de ese mismo año los rusos habían acudido a las urnas para elegir al presidente del nuevo Parlamento ruso, el 19 de agosto los medios de comunicación informaron del avance de tanques hacia la Plaza Roja en un intento de golpe de Estado para deponer a Mijaíl Gorbachov de la presidencia de la URSS y evitar que continuase el deterioro de la potencia comunista.

Y a pesar del fracaso del golpe, el intento alentó a los ‘soviets supremos’ de algunas repúblicas a declarar la independencia, clavándole la puntilla al gigante euroasiático: el 25 de diciembre de 1991, Gorbachov anunció su dimisión como presidente de la URSS, el Kremlin arrió la bandera de la hoz y el martillo y la sustituyó por la bandera tricolor con reminiscencias zaristas.

Y en pleno colapso, a más de 300 kilómetros de la superficie terrestre, Krikalev se convertía en el «último ciudadano soviético», «el hombre abandonado en el Cosmos», «el rehén del espacio».

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Los astronautas Anatoly Artsebarsky, Helen Sharman y Sergei Krikalev en 1991.

Esta astracanada kafkiana es la inspiración de la película ‘Sergio y Serguéi’, del cubano Ernesto Daranas, que cuenta con la participación de Ron Perlman como actor y productor ejecutivo y que tras su paso por la XXI edición del Festival de Málaga ha aterrizado este fin de semana en la cartelera española. Pero, ¿cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en este relato de intrigas internacionales, carreras espaciales y astronautas a la deriva?

Lo sentimos, no hay relevo

Krikalev había despegado el 19 de mayo de 1991 desde el cosmódromo de Baikonur —en la actual Kazajistán— junto a su compatriota —en ese momento— Anatoli Artsebarski y con la británica Helen Sharman, «la primera mujer no soviética o estadounidense que ascendía al espacio», según cuenta el escritor y periodista bonaerense Hugo Montero en ‘Perdidos en el espacio’.

Los tres volaron juntos hasta la Mir (cuyo nombre, en ruso, significa ‘paz’), una estructura cuyo módulo principal medía 15 metros de largo y pesaba 89 toneladas. «Contaba con otros cinco módulos acoplados, para sumar un total de 400 metros cúbicos de superficie.

Estaba en órbita desde febrero de 1986, exactamente un mes después de la tragedia del Challenger en cielo americano. Años después, el especialista Gregory Benett admitía: ‘Es un logro impresionante. Los rusos la mantuvieron funcionando con una economía tercermundista‘».

Pero Sharman, que sólo tenía la misión de llevar a cabo algunos experimentos médicos y agrarios, volvió a Tierra el 26 de mayo, apenas una semana después, a bordo de la Soyuz TM-11.

Por su parte, Artsebarski marchó en octubre en un viaje junto a una expedición internacional en la Soyuz TM-12 y se intercambió por Aleksandr Volkov, que a partir de entonces acompañó al desventurado Krikalev a quien conminaron a quedarse por un tiempo indefinido.

«Nadie le ordenó permanecer en el espacio, pero la verdad es que tampoco nadie puede decir que aceptase con gusto», reconoció el subdirector de Misiones Espaciales, Yuri Teplakov.

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El presidente de Kazajistán N. Nazarbayev habla con la tripulación de Aubakirov en 1991

Contra Krikalev se habían juntado el hambre con las ganas de comer: por un lado, con el deterioro de la URSS el rublo valía lo que el papel mojado, y por otro, en el auge de los nacionalismos periféricos y de las negociaciones para sacar tajada del futuro muerto antes de que acabase de palmarla, el Gobierno del presidente Nazarbayev en Kazajistán subió el precio del alquiler de la base de Baikonur, lo que convirtió los gastos en inasumibles para la moribunda agencia espacial soviética.

La situación era tan límite que Moscú intentó vender la estación a sus archienemigos de la NASA para que se hicieran cargo de unos costes que ascendían a un millón de rublos al día. «¿El acuerdo con la NASA nos incluye a los cosmonautas en órbita?», preguntaba entre irónico y resignado Krikalev.

Para intentar recaudar fondos, la agencia espacial soviética incluso firmó un acuerdo con Coca-Cola para conseguir dinero a cambio de que en la Mir los astronautas aparecieran bebiendo sus refrescos. Según Montero, Nikolai Semyenov, integrante del Glavkosmos, una subsidiaria de la empresa espacia estatal, admitió ya entonces: «Tenemos dinero suficiente para poder pagar los salarios del personal, pero nada más.

La gran pregunta es qué pasará a finales de año, cuando se hayan agotado todos los suministros». Panorama negro, desde luego. Así que mientras en suelo firme intentaban sacar dinero de debajo de las piedras, Krikalev y Volkov pasaban el tiempo entrenando sujetos a unas cuerdas —ya que por cada mes en situación de ingravidez, el cuerpo humano pierde un 10 por ciento de masa muscular y un 1 por ciento de masa ósea— y hablando con radioaficionados de todo el mundo para mantenerse al día de las noticias.

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La edición de papel del ‘New York Times’ del 26 de marzo de 1992.

A eso se sumó que en una videoconferencia, la esposa de Krikalev, Yelena, le confesó a su marido que su familia estaba pasando penurias económicas: «Sergei, el sueldo no nos alcanza para vivir«. El sueldo de cosmonauta, que en su momento había sido bastante respetable, «ahora se igualaba con el del personal de limpieza; era un poco menos que el de un taxista de Moscú y exactamente la mitad de lo que ganaban, por ejemplo, los mineros de Kuzbass», afirma Montero en su libro.

Al cambio de entonces suponía un sueldo de alrededor de 2.50 dólares al mes.

En una carta que el ex cosmonauta Vladimir Poliakov le hizo llegar a Krikalev, avisaba de que las cosas eran aún peores. «No sabes lo difícil que ha sido hallar los limones que te hemos mandado. No todos en este país ahora pueden tener un limón.

Comprendemos tu agotamiento, pero el propio presidente Yeltsin ha prometido tu retorno para el próximo mes de marzo, si bien ya sabes que no podemos confirmar nada…Dicen los psicólogos que tu depresión es debida al hecho de ver los cambios que están pasando en la nación, a que tu sueldo al partir era aún respetable y sin embargo hoy tu mujer ve cómo no alcanza para nada…

Unos dos meses tras la liberalización de precios se han cuadruplicado. El Gobierno dice que es la corrupción. Las primeras privatizaciones son un escándalo. Las mafias se apropian de todos los sectores. Tienen de todo y controlan todo, desde drogas y armas hasta el comercio de las naranjas o el caviar. Con ello te darás una idea de cómo está nuestra economía.

Disculpa que te cuente las preocupaciones de tus compatriotas, pero hay muchas amenazas y miedo a un golpe o estallido social».

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Krikalev aterriza en Kazajistán el 25 de marzo de 1992.

Cuando finalmente cayó la URSS —recordemos, el 25 de diciembre de 1991— nadie tenía muy claro quién dirigía el antiguo programa espacial soviético y a quién había que exigirle responsabilidades. La nave estaba en condiciones penosas, sin apenas mantenimiento ni suministros, con filtraciones, apagones y abolladuras.

Krikalev había pasado más de doscientos días viendo cómo la noche y el día se sucedían cada 45 minutos, aproximadamente, teniendo en cuenta que la estación espacial daba 17 vueltas diarias al planeta.

El 25 de marzo por fin llegó la expedición de relevo, gracias a los 28 millones de dólares que pagó Alemania. Krikalev había estado 313 días varado en el espacio. ‘Tirado en el espacio: la disolución soviética provoca el retraso de la vuelta a la Tierra de un cosmonauta en órbita’, tituló el diario ‘Los Ángeles Times’ al día siguiente.

Nada más aterrizar, lo que hicieron las autoridades rusas fue sacar a un Krikalev desorientado y enclenque y taparle las banderas de la Unión Soviética que adornaban su traje.

Tras los más de 10 meses que había permanecido en la Mir, Krikalev se lo encontró todo muy cambiado.

«Su patria había dejado de existir como tal; el mítico centro de lanzamientos de cohetes enclavado en la estepa de Tyura Tam, mejor conocido como Baikonur, ahora pertenecía a la naciente república independiente de Kazajistán; su sueldo de 600 rublos no alcanzaba ni para comprar un kilo de carne; su ciudad natal ya no se llamaba más Leningrado sino San Petersburgo y su carnet de miembro del Partido Comunista carecía de toda validez porque esa agrupación estaba proscrita».

Como cuenta Chris Jones en su libro ‘Fuera de órbita’, cuando ese día un periodista le preguntó: «El año pasado te marchaste de la Unión Soviética. Ahora vuelves a Rusia. ¿Cómo te sientes con este cambio tan drástico?», no hubo respuesta.

– Ocho historias (sin épica) de la llegada del hombre a la Luna

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Poner el pie en la Luna, uno de los mayores desafíos a los que se ha enfrentado la humanidad, no podía ser fácil. Las históricas imágenes del cohete Saturno despegando o de los primeros seres humanos dando saltos por la yerma superficie lunar esconden otra gran crónica de obstáculos, casualidades y una miríada de pequeñas historias interesantes pese a su aparente insignificancia.

La mayoría se han ido haciendo públicas a lo largo de los años. En castellano las ha compilado el ingeniero industrial y divulgador científico Rafael Clemente, en el libro Un pequeño paso para [un] hombre (Libros Cúpula). Hoy son llamativas anécdotas que también forman parte, con mucha menos dosis de épica, de una historia extraordinaria.

No pisó la Luna el hombre que más lo quería

La gran paradoja de la llegada del hombre a la Luna es que quien la pisó en primer lugar no era quien más lo quería y que terminó siendo segundo el que se moría de ganas de hacerlo. El caso es que Neil Armstrong no tenía interés personal en ser el primero en hollar nuestro satélite. Él estaba centrado en aterrizar con éxito, mientras que su compañero Edwin ‘Buzz’ Aldrin sí tenía la ambición de pasar a la Historia por este hito. Pero hubo varios factores, tanto premeditados como casuales, que no lo permitieron.

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Edwin ‘Buzz’ Aldrin, en el interior del módulo lunar del Apolo 11, durante la misión de alunizaje.

Armstrong era, al fin y al cabo, el comandante de la misión y el más veterano. Se ha especulado con que la NASA prefería que el «pequeño paso para un hombre pero un gran salto para la humanidad» lo diera un astronauta de origen civil -Armstrong fue veterano en la guerra de Corea, pero no era piloto militar- porque aminoraría las críticas sobre la militarización de la llegada a la Luna.

Pero hubo una cuestión meramente práctica que condicionó quién sería el protagonista: el lugar en el que estaban sentados en la cápsula y la dirección en la que se abría la puerta. Armstrong se situaba a la izquierda, Aldrin a la derecha y la puerta por la que saldrían al exterior se abría de izquierda a derecha. Con el tamaño de la cápsula y los pertrechos que ocupaban el hueco, además de la escafandra, Aldrin no podría saltar por encima para salir en primer lugar aunque quisiera.

Los astronautas, contra su propio mito

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins fueron la tripulación reserva del Apolo 8, así que les correspondía ser la titular del Apolo 11, tal como se había organizado el protocolo de los equipos. Fue esa azarosa circunstancia la que les llevó a integrar la misión que pondría el pie en la Luna, con un resultado menos mediático de lo que quizá la NASA hubiera deseado, porque la relación entre los tres astronautas era más bien fría, en comparación con la que tuvieron otras tripulaciones. Una vez acabada su histórica misión, cada uno siguió su propio camino y coincidieron en pocas ocasiones a lo largo de los años siguientes.

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El expresidente de EEUU Barack Obama recibió en 2009 en la Casa Blanca a Buzz Aldrin, Michael Collins y Neil Armstrong, en el 40º aniversario del alunizaje del Apolo 11

Al terminar su carrera en la NASA, Armstrong desapareció prácticamente de la vida pública, y costaba contactar con él hasta para celebrar las efemérides. Armstrong no estaba dispuesto a que su vida privada fuera invadida por el acontecimiento por el que se convirtió en leyenda. Dejó la NASA, aunque siguió colaborando con la agencia, se mudó a una granja en su Ohio natal y se dedicó a dar clases en una universidad de segunda fila, como la de Cincinnati, porque no quería aprovecharse de su fama para pasar por delante de otros docentes más preparados.

Fue Aldrin quien adoptó un perfil mucho más público y mediático. Cambió su nombre legalmente y pasó de ser Edwin a ser directamente ‘Buzz’, su apodo familiar.

En buena parte, ni Armstrong ni tampoco Collins se sentían cómodos atrayendo el protagonismo de un logro tras el que estaba el trabajo de miles de personas y en el que ellos solo habían contribuido a una parte, aunque fuera la definitiva. En una entrevista a la NASA, Michael Collins, el piloto que se quedó sin pisar la Luna, afirmaba que ni él ni sus compañeros merecían realmente la Medalla de Honor del Congreso, porque no hicieron nada más allá de lo que era su deber.

Aldrin ‘santificó’ el alunizaje

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Muestra de la comida que alimentó a los astronautas del Apollo 11.

Las comidas en el espacio no son un placer para los sentidos, sino una necesidad fisiológica que hay que satisfacer de manera limpia y sin que interfiera en los objetivos de la misión. Para ser más funcionales, vienen deshidratadas y en paquetitos. De hecho, las hoy conocidas como barritas energéticas se usaron por primera vez en el programa Apolo.

En el menú de Armstrong, Aldrin y Collins había dos opciones, concebidas más por su bajo residuo que por su equilibrio nutricional. El primero, propio de un desayuno: cubos de beicon, melocotón, galletitas de azúcar (tratadas para que no soltaran migas que flotaran por la cápsula), zumo de piña y pomelo y café; el segundo, más sustancioso: sopa de pollo, estofado de buey, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja. El agua para beber salía como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio a partir del hidrógeno y oxígeno con el que producían electricidad. La tenían fría y caliente, pero su proceso de formación poco natural tenía sus efectos secundarios en forma de molestias gástricas.

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La bolsa y el cáliz que Aldrin usó para comulgar en la Luna.

Sin embargo, el primer alimento ingerido con el Eagle posado sobre la Luna no fue uno de los previstos, sino una eucarístía laica improvisada por ‘Buzz’ Aldrin, que en su petate al satélite había metido un pequeño cáliz de plata, un vial médico con vino y una oblea. Leyó un versículo del Evangelio de San Juan –«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5)- y comulgó.

La NASA no objetó nada a esta ceremonia, que Aldrin realizó como un acto estrictamente personal y de la que Armstrong no sabía nada. Años más tarde, en sus memorias, Aldrin dijo que quizá no debería haber realizado este gesto religioso, porque -consideraba- estaba representando a toda la Humanidad, con independencia de su credo.

¿Inteligencia aeronáutica? El bolígrafo más caro de la historia

Los astronautas necesitaban escribir en sus misiones, pero algo tan sencillo como usar un bolígrafo o un lapicero se complica cuando no hay gravedad. ¿Qué hacer si los bolígrafos no son capaces de soltar tinta en ingravidez? Los cosmonautas rusos usaban lápices, pero la NASA, haciendo gala de una prudencia extrema, temía que el grafito de una mina rota, que es conductor e inflamable, se colara en algún circuito y provocara un fallo eléctrico, por lo que investigaron para hallar uno que escribiera en cualquier situación.

A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó a una empresa diseñar un lápiz retráctil y seguro. El prototipo que entregó esta empresa supuso una factura de 4.328,50 dólares por tan solo 34 unidades, lo que hacía que cada bolígrafo espacial saliera a 127 dólares de aquel entonces. El escándalo y las acusaciones de despilfarro salpicaron a la Agencia durante años.

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Un bolígrafo de Fisher Space Pen en su estuche.

En la misma época, un fabricante de equipos de escritura, Paul Fisher, vio ahí una oportunidad y patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo gracias a un cartucho de tinta presurizado con nitrógeno y tinta en gel. Convirtió su idea en un ‘pelotazo’, pero la NASA no quiso invertir en ello hasta que el producto empezó a comercializarse en la calle. Entonces encargaron unos cuantos centenares que costaron… cuatro dólares con descuento por cantidad. Hasta los rusos hicieron un pedido a Fisher Space Pen de estos bolígrafos que aún se venden en la tienda de recuerdos del Museo del Espacio en Washington y de los que ahora hay -cómo no- una edición conmemorativa.

Escatología espacial: cómo ir al lavabo rumbo a la Luna

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Bolsa diseñada por la NASA para recoger los excrementos de los astronautas en sus misiones.

Épica aparte, un viaje de casi diez días de ida y vuelta por el espacio requería contemplar aspectos cotidianos menos brillantes, como la atención de las necesidades fisiológicas. Para resumir, las heces se guardaban a bordo, mientras que la orina se descargaba en el vacío exterior del espacio, donde se vaporizaba al instante tras dejar una breve nube de cristales que seguía a las naves como estela efímera.

Para miccionar, los astronautas empleaban mangueras con boquillas individuales, aunque no era nada simple el artefacto, puesto que el conducto tenía que ir con calefacción para que la orina no se congelase.

Otra cuestión eran las heces. «Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo que se sujetaba a las nalgas», escribe Rafael Clemente. La operación no era fácil (duraba entre 45 minutos y una hora), no se desarrollaba en la intimidad -la cápsula tenía un habitáculo único y reducido- y no estaba libre de escapes de material fisiológico que quedaba flotando en la cabina. Está documentado, pero no entraremos en detalles.

Baste añadir que la gestión de los residuos tampoco era sencilla. Las heces debían almacenarse de forma segura, en varios envoltorios, y tratadas químicamente con una pastilla germicida para evitar que fermentasen y los gases resultantes provocasen una explosión. A bordo del módulo lunar, que se posaba en la superficie de la Luna, el tratamiento era similar, salvo que las bolsas usadas acababan arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. O sea, que no solo hay huellas de pisadas y banderas en la superficie de la Luna.

Lo primero que hicimos en la Luna fue tirar basura

Lo primero que hizo Armstrong antes de dar sus primeros pasos por la Luna y obtener las primeras imágenes fue tirar una bolsa de basura sobre el Mar de la Tranquilidad de nuestro satélite. De tal forma que prácticamente el primer acto del ser humano en el suelo de otro astro fue contaminarlo. Aldrin había entregado a Armstrong una bolsa cuando este estaba a punto de bajar la escalerilla, que se limitó a dejarla caer al suelo y mandarla de una patada debajo del Eagle.

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La fotografía de Armstrong que mostró la bolsa de basura que tiraron sobre la superficie de la Luna.

Armstrong ni siquiera disimuló su acción y la primera fotografía obtenida por él mismo sobre la Luna muestra esa bolsa de basura, que contenía en su interior toallas de papel, objetos de higiene personal, envoltorios y otros artículos inútiles.

Cuando los astronautas abandonaron el satélite, dejaron sobre su superficie otros desperdicios: sus mochilas de oxígeno, cubrebotas, cámaras de fotos, desechos orgánicos y herramientas, objetos inservibles que dejaban hueco para transportar en la cabina del módulo más de veinte kilos de rocas y polvo lunar que traer a la Tierra.

La foto más famosa del Apolo 11 está manipulada

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A la izquierda, la fotografía de Aldrin que tomó Armstrong; a la derecha, la versión retocada por la NASA que fue difundida.

Lo peor que le puede pasar a un hito como la llegada a la Luna, aún hoy cuestionado por delirantes teorías de la conspiración, es que su imagen más icónica esté manipulada. Pero así es.

No existen imágenes realmente buenas de los astronautas del Apolo 11 sobre la Luna. Muchas están duplicadas, otras se ven desenfocadas o no tienen un encuadre afortunado. La cámara de Armstrong estaba sujeta al pecho de su escafandra, así que no era fácil apuntar. La foto más divulgada de todo el programa Apolo es la AS11-40-5903, que tomó Armstrong a su compañero ‘Buzz’ Aldrin. Una imagen en la que se ve al astronauta recortado frente a la inmensidad negra del espacio y en cuya visera se reflejan su compañero, el módulo lunar e incluso la Tierra en un diminuto punto azul próximo al borde superior, una imagen que se descubrió muchos años después al procesar la foto eliminando el tono dorado del visor.

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Detalle del reflejo del visor de ‘Buzz’ Aldrin, en el que se ve a Armstrong y como un pequeño punto en la parte superior, la Tierra.

Sin embargo, Armstrong no logró sacar a su compañero entero, le cortó algo de la parte superior y dejó un suelo lleno de pisadas pero poco vistoso, así que los editores gráficos de muchas revistas retocaron la imagen… y también lo hizo la NASA, que quitó de la fotografía que ellos mismos difundieron la pata del módulo lunar que sí estaba en la imagen original, añadieron en la parte superior más cielo negro -sin reparar en que la antena de la mochila no aparecía-, y recortaron por debajo y por los lados para centrar la imagen.

La propia NASA reconoció la manipulación en un artículo publicado en 2005 y asegura que es la única fotografía de la llegada del hombre a la Luna que retocaron.

Una larga cuarentena, por si acaso

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Los astronautas reciben la visita del presidente Richard Nixon mientras están en cuarentena en el portaaviones USS Hornet.

El 24 de julio de 1969 el Apolo 11 regresó a la Tierra. Aunque todo el mundo creía que la Luna era un satélite sin rastro de vida, debido a sus condiciones extremas, ausencia de atmósfera y agua y la continua radiación solar sin filtrar, la NASA quería asegurarse al ciento por ciento de que la tripulación no traía de vuelta algún pasajero indeseado en forma de germen patógeno, así que sometió a los tres astronautas a una severa cuarentena.

Tras caer en el océano, Armstrong, Aldrin y Collins tuvieron que ponerse una escafandra hermética y una mascarilla de filtro antes de saltar a una balsa. Su cápsula fue pulverizada con antiséptico y ellos rociados con lejía. Se los llevaron uno a uno en helicóptero hasta un portaaviones, el USS Hornet, y un buceador cubrió con Betadine tanto la cápsula como la balsa que había recogido a los astronautas, que hundieron luego en el Pacífico.

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El módulo de mando de la Apolo 11 es depositado en la cubierta del USS Hornet.

En el portaaviones, donde se encontraba el presidente estadounidense Richard Nixon, los astronautas fueron introducidos deprisa y sin ceremonia en un vehículo de cuarentena.

Un técnico rociaba de desinfectante todo el suelo que pisaron, por si acaso.

El habitáculo para la cuarentena era una especie de remolque de cámping modificado, con capacidad para cinco personas, que se convirtió en su hogar hasta que volvieron a Estados Unidos.

El portaaviones les llevó en esa caja hasta Pearl Harbor; de allí volaron en un avión de carga hasta una base militar próxima a Houston, y al llegar cambiaron el remolque por un alojamiento más cómodo hasta concluir un aislamiento de casi tres semanas.

Los análisis mostraron que no desarrollaron ninguna patología ni trajeron consigo ningún germen.

Pese a ello, las dos siguientes expediciones aplicaron un protocolo de cuarentena parecido, y cuando quedó claro que el peligro era inexistente, se dejó de aplicar a partir del Apolo 15, de modo que los astronautas pudieron dormir en su casa a los pocos días de regresar de la Luna.

– Cinco astronautas que hicieron historia (más allá de Armstrong y Gagarin)

¿Qué te vendría a la cabeza si te pidieran nombrar algún astronauta? Neil Armstrong, sin duda. Quizás Yuri Gagarin si tienes edad suficiente. Es cierto que ambos son protagonistas de hitos importantes; el ruso fue el primero en orbitar la Tierra, mientras que el estadounidense puso un pie en la Luna antes que ningún otro ser humano. Sin embargo, pese a la relevancia de sus hazañas, ellos no son los únicos que han hecho historia. Estos son cinco astronautas que debes conocer más allá de Armstrong y Gagarin.

Primera astronauta: Valentina Tereshkova

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La rusa Valentina Tereshkova se transformó el 16 de junio de 1963 en la primera mujer en ir al espacio a bordo de la nave Vostok 6. Permaneció tres días fuera de la Tierra, periodo en el que completó 48 órbitas alrededor de nuestro planeta. Tereshkova, que antes de ser reclutada era trabajadora de una fábrica textil, ha sido la única mujer en completar una misión espacial en solitario.

Primer latinoamericano: Arnaldo Tamayo

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Oriundo de Baracoa, Arnaldo Tamayo no solo fue el primer cubano en volar al espacio, sino también el primer latinoamericano y el primer afrodescendiente. Tras superar a 600 aspirantes, en marzo de 1978 Tamayo fue elegido para integrarse al programa Intercosmos de la desaparecida Unión Soviética junto a su compatriota José López, que era reserva. El 18 de septiembre de 1980, despegó a bordo de la nave Soyuz 38 que se acopló en la estación espacial Saliut 6. Tamayo realizó 21 experimentos, completó 128 órbitas a la Tierra y permaneció 7 días y 20 horas en el espacio.

Primer mexicano: Rodolfo Neri

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Rodolfo Neri, con un sombrero gorro mexicano en la fila superior, junto al resto de la tripulación de la misión STS-61-B del transbordador Atlantis.

La noche del 26 de noviembre de 1985 el ingeniero Rodolfo Neri se convirtió en el primer mexicano y segundo latinoamericano en volar al espacio. Lo hizo como especialista de la misión STS-61-B del transbordador espacial Atlantis de la NASA, que tenía como misión poner en órbita tres satélites, entre ellos, el Morelos II de México. Permaneció en órbita durante 7 días, tiempo en el que realizó múltiples experimentos de científicos mexicanos.

Primera mujer afrodescendiente: Mae Jemison

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La ingeniera y médica estadounidense Mae Jemison fue la primera mujer afrodescendiente en viajar al espacio. Jemison viajó en 1992 a bordo de la misión STS47 del transbordador Endeavour en la misión STS47 y permaneció 190 horas en el espacio. Jemison realizó experimentos sobre ingravidez y cinetosis.

Primer español: Pedro Duque

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Aunque no fue el primer nacido en España en llegar al espacio, el ingeniero aeronáutico Pedro Duque fue el primero de nacionalidad española en lograrlo. En octubre de 1998, integró la misión STS-95 del transbordador espacial Discovery y durante nueve días supervisó el módulo experimental de la Agencia Espacial Europea (ESA). Cinco años más tarde participó en otra misión de 10 días en la Estación Espacial Internacional. Entre 2018 y 2021 ejerció como ministro español de ciencias.

Si embargo, el primer nacido en España fue Miguel Eladio López-Alegría, quien renunció a la nacionalidad española para adoptar la estadounidense. En 1995, López-Alegría orbitó durante 15 días y 21 horas la Tierra. Desde entonces ha participado en otras cuatro misiones.

– El curioso caso de Scott Kelly, el astronauta que volvió más joven después de 340 días en el espacio

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Scott Kelly dentro de la Estación Espacial Internacional, a 400 kilómetros de la Tierra

A más de 50 años de la hazaña de la llegada del hombre a la Luna permite volver a recorrer las misiones espaciales que arrojaron resultados sorprendentes a los científicos. Y el caso de Scott Kelly es una de ellas.

Y, para entender todo, la palabra clave es Marte. Es que, a partir de 2030 la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) planea viajar regularmente al cuarto planeta del Sistema Solar. Para eso comenzó a trabajar en esta investigación que llamaron Twin Study (o Estudios de los Gemelos) que consistió en analizar de manera simultánea a dos hermanos mellizos, con ADN similar: uno en la tierra (Mark Kelly) y otro que fue lanzado al espacio (Scott Kelly) el 27 de marzo de 2015.

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Scott Kelly pasó 340 días en el espacio

Un grupo de 80 investigadores de 12 universidades formaron 10 equipos con ese objetivo: analizar al detalle las modificaciones que sufría el ADN de una persona que permanece durante un tiempo prolongado en el espacio. Así, mientras le tomaban una muestra de sangre en la tierra a Mark Kelly, su hermano Scott enviaba el mismo estudio a través de cohetes Soyuz que llegaban a manos de los científicos en menos de 48 horas.

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Una de las imágenes que tomó el astronauta durante sus paseos espaciales

Sí, el futuro llegó. Imagine a Scott Kelly como un náufrago que lanza «botellas con mensajes al mar» desde una estación ubicada a 400 kilómetros de la tierra (un avión comercial vuela a unos diez mil metros) y que orbita a una velocidad cercana a los 28.000 kilómetros por hora. La EEI da la vuelta al mundo en lo que dura un Boca-River (convencional): 90 minutos.

Lo más curioso fue que los resultados de los análisis de Scott sorprendieron a los propios científicos. Tanto, que siguen sin poder explicar ciertas modificaciones en su ADN.

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Una toma por encima de las Bahamas, en la que Kelly aparece con medias

Hay una vida mejor, ¿y si es en el espacio?

Durante su estadía en la Estación Internacional, Scott Kelly fue sometido a un sinfín de condiciones anormales en su cotidianeidad: cambios en la dieta, mayor estrés por vivir encerrado y en un hábitat diferente al natural, mayor exposición a la radiación, micro gravedad…

A pesar de todo eso, en algunos aspectos, el viaje estelar resultó una especie de fuente de la juventud para SK. ¿Los cambios más importantes? Una de las transformaciones más notables que sufrió se vio en el extremo de los cromosomas llamados telómeros. ¿De qué se trata? Estos telómeros son una especie de amperímetro del envejecimiento. Es decir, a medida que vamos creciendo, esos cromosomas se van acortando por culpa del estrés que generan los años, lo que aumenta la chance de tener algunos problemas de salud que van desde un cáncer hasta inconvenientes cardiovasculares.

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Scott Kelly es gemelo de otro ex astronauta, Mark Kelly

El hecho es que, durante su estadía en el espacio, los científicos observaron que los telómeros en sus glóbulos blancos se habían alargado. Dicho de otro modo, mientras giraba alrededor de la tierra a 8 kilómetros por segundo, Scott Kelly se volvía más joven.

Vale decir: algo así como el efecto Benjamin Button (aquel personaje interpretado por Brad Pitt que se hacía cada vez más joven) pero que desaparece una vez que se vuelve de la estratósfera. Y eso fue lo más curioso del comportamiento en los cromosomas de Scott: de regreso a la tierra, sus telómeros sufrieron un rápido retroceso. Incluso, por estos días son aún más cortos que antes de la misión.

Con los pies en la Tierra

Como es habitual, la NASA reveló los resultados de este trabajo a través de la revista Science. Allí la científica de la Universidad de Colorado Susan Bailey se mostró más que sorprendida por los resultados del estudio. En primer lugar porque esperaba un efecto inverso en el comportamiento de los telómeros (ella pensaba que se acortarían en el espacio). Y en segundo término porque, cuando regresó a su vida normal, muchos de los telómeros de Scott volvieron al tamaño que tenían antes de su viaje: el astronauta ahora tiene más telómeros cortos de los que contaba antes de la odisea su espacio.

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El espacio donde dormía Kelly durante su estadía en el espacio

Pero también hay buenas noticias. En principio, que el ADN del mellizo que fue al espacio no se modificó dramáticamente. También que la vacuna contra la gripe funciona igual en la tierra que en el espacio. Además, los científicos encontraron cambios en la expresión genética, una especie de resiliencia del organismo que le permite producir energía extra ante los cambios en el ambiente espacial. En seis meses, más del 90 por cientos de esos genes volvieron a sus valores iniciales pero «un pequeño porcentaje de genes relacionados con el sistema inmunológico y la reparación del ADN no volvieron a sus niveles anteriores», dicen. Y confiesan: «Todavía no sabemos si esos cambios son buenos o malos».

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Scott Kelly con fruta fresca a bordo de la Estación Espacial Internacional

La fórmula del globo ocular de Scott cambió en esos 340 días lo que afectó levemente su visión. Y el vuelo también incidió en un grupo de microbios (bacterias, virus y hongos) que afectan a la digestión y al metabolismo. Ese descubrimiento podría ser usado en investigaciones para mejorar la asimilación de los alimentos pero también a combatir el Alzheimer, Parkinson y el Autismo.

Ahora la carrera de los investigadores es tratar de entender qué es lo que ocurre en el ADN de Scott que en su regreso a su casa en Nueva Jersey ha acelerado su envejecimiento.

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Kelly en la cúpula de la Estación Espacial. Su hermano Mark se quedó en Tierra para que la NASA pudiera estudiar físicamente los cambios en el espacio en personas con ADN idéntico

«A todos nos gustaría evitar las enfermedades que llegan con la vejez. Entonces, si sabemos qué es lo que cambia la longitud de los telómeros, quizá podamos desacelerar el envejecimiento», explica al científica Bailey.

El estudio al que fue sometido Scott Kelly demuestra que un futuro viaje a Marte quizá detenga cierta parte de nuestro envejecimiento. Eso sí, habrá que estudiar bien los efectos secundarios.

– 110 segundos para morir: la agonía de los tres astronautas de la Soyuz 11 cuando supieron que no iban a regresar vivos

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Hace medio siglo, la Soyuz 11 viajó el espacio para consumar una hazaña. Tripulada por los cosmonautas Vladislav Vólkov, Gueorgui Dobrovolski y Viktor Patsáyev, tenía como misión acoplar la nave a la primera estación espacial de la historia, la Salyut 1

Fue ideada para la hazaña. Y terminó en desastre. Todo anduvo mal, desde el principio. La URSS, en plena carrera espacial para igualar, y superar, a los Estados Unidos, que ya habían puesto al Hombre en la Luna, debió abortar la misión, empezar todo de nuevo, apiadarse hasta de sus yerros. Pudo más el orgullo, la necedad y la soberbia, que son la piedra fatal con la que tropiezan los Gobiernos totalitarios. Y los no totalitarios, también.

Hace medio siglo, la nave espacial Soyuz 11 viajó el espacio para consumar una hazaña. Tripulada por los cosmonautas Vladislav Vólkov, Gueorgui Dobrovolski y Viktor Patsáyev, tenía como misión acoplar la nave a la primera estación espacial de la historia, la Salyut 1, entrar en ella, habitarla, reparar lo que hiciese falta, reorientar sus instrumentos, vivir la primera experiencia de vida humana prolongada en el espacio y volver para contarlo.

Soyuz 11 partió a la aventura el 6 de junio de 1971. Logró la hazaña que, dadas las circunstancias, tuvo características de milagro, y regresó a la Tierra el 29 de junio de hace hoy cincuenta años.

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Soyuz 11 partió a la aventura el 6 de junio de 1971. Logró la hazaña que, dadas las circunstancias, tuvo características de milagro, y regresó a Tierra el 29 de junio de hace hoy cincuenta años

Cuando abrieron la cápsula espacial, los tres cosmonautas estaban muertos. Un escape de aire los había asfixiado con extraordinaria rapidez y precisión. No vestían traje espacial, que les hubiera salvado la vida, porque el experimento también consistía en saber qué pasaba con los astronautas que viajaban al espacio sin protección y sin oxígeno de emergencia. Además, los voluminosos trajes espaciales hubiesen reducido la tripulación a dos personas, y la idea era enviar al espacio a tres. Todo mal.

El fracaso de la Soyuz 11 retrasó en dos años el programa espacial de la URSS, obligó a rediseñar el proyecto y las naves Soyuz y condenó a muerte a la estación espacial Salyut 1, que fue desviada de su órbita, reorientada y obligada a caer en el mar.

Todo venía muy mal desde antes. La Soyuz 10 había fracasado en su misión de entrar a la Salyut 1. Se había acoplado, en abril de aquel fatídico 1971, pero su tripulación no pudo ingresar a la estación espacial. El sistema de acoplamiento se dañaba con una presión equivalente a 130 kilos, mientras que durante la maniobra de unión debía soportar entre 160 y 200 kilos. La pieza que se deformaba con el peso fue reforzada para la Soyuz 11. Esta vez, todo iba a salir bien.

Pero es que todo había empezado mal. Ni Vólkov, ni Dobrovolski, ni Patsáyev debieron haber tripulado la Soyuz 11. El equipo original estaba formada por otros astronautas: Aleksei Leónov, Valeri Kubásov y Piotr Kolodin. Pero el 3 de junio, días antes del viaje espacial, una radiografía de Kubásov mostró una mancha en uno de sus pulmones. Los médicos temieron tuberculosis y le prohibieron volar. Según las reglas del programa espacial soviético, si se descartaba a un cosmonauta, cualquiera fuese la razón, se descartaba a la tripulación entera. Así llegaron a la Soyuz 11 Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev. Y así salvaron la vida sus tres camaradas.

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Cuando abrieron la cápsula espacial, los tres cosmonautas estaban muertos. Un escape de aire los había asfixiado con extraordinaria rapidez y precisión. No vestían traje espacial, que les hubiera salvado la vida, porque el experimento también consistía en saber qué pasaba con los astronautas que viajaban al espacio sin protección y sin oxígeno de emergencia

Los tripulantes de Soyuz 11 se acoplaron a Salyut 1 el 7 de junio y de modo automático. La pieza rebelde que antes se deformaba, resistió y la primera parte de la hazaña estuvo cumplida. Los tres entraron a Salyut 1, encendieron el sistema de regeneración de aire y cambiaron un par de ventiladores que funcionaban a regañadientes. De inmediato sintieron un penetrante olor a humo y desde tierra se les aconsejó pasar esa primera noche en la nave espacial y no en la estación. Al día siguiente, el aire de Salyut era normal, los cosmonautas entraron como a casa, hicieron un par de maniobras de corrección orbital y orientaron los paneles de la estación hacia el Sol. En la Tierra, la prensa del mundo destacaba una nueva hazaña de la astronáutica soviética.

Sin embargo, a bordo de Salyut las cosas no iban bien. Vólkov, Dobrovolski y Patsáyev no siguieron el programa de entrenamiento imprescindible para paliar los efectos de la falta de gravedad. De modo que el 9 de junio, por el sistema de televisión que enlazaba la estación con el centro de control, se les “recordó” la necesidad de realizar esos ejercicios, con el abanico de matices que el régimen soviético adjudicaba a la palabra “recordar”. Pero el reto sirvió de poco. Lo que en el control de la misión sabían, y el resto del mundo ignoraba, es que las relaciones entre los cosmonautas eran pésimas.

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El equipo de rescate hizo entonces lo que había pensado el comandante Dobrovolski: abrió la escotilla para alzar a los cosmonautas como a tres bebés, para llevarlos a los helicópteros y a la gloria. Pero los tres estaban muertos

El comandante, Dobrovolski, de 43 años con una enorme responsabilidad a cargo, entraba en fricciones constantes con Vólkov, un ingeniero de vuelos de 35 años que ya había participado de otra misión espacial, sentía que debía comandar esta y que, en cambio, había sido desplazado por un astronauta mayor, pero novato si se hubiese tenido en cuenta su propia experiencia. A las discusiones constantes entre los dos pilotos se sumaron algunos hechos extraños: el 16 de junio, un misterioso incendio en la estación Salyut 1 casi provoca una evacuación de emergencia. Y luego hubo algunas discusiones fuertes entre Dobrovolski y Vólkov por la avería del telescopio principal, con una tapa que funcionaba, como todo en aquella experiencia espacial, a tropezones.

La misión se acortó. Para frenar ese clima de trinchera, las autoridades ordenaron el regreso de la Soyuz 11 el 30 de junio, cuando la fecha inicial del retorno estaba prevista para el 7 de julio, un mes después del lanzamiento. Mientras, se adelantaba la partida de la Soyuz 12 para el 20 de julio.

Todo no dejaba de estar teñido de un irónico fatalismo, porque Soyuz, en ruso, significa unión. Y si algo no había en aquella tripulación, era unión. El principio de incendio en la estación espacial, y el peligro que implicaba, pareció haber serenado en parte los levantiscos ánimos de los cosmonautas. Lucharon juntos para controlar el fuego, apagaron el generador principal de oxígeno, conectaron el secundario, cambiaron los filtros del generador apagado y volvieron a encenderlo después de seis horas de peligro. El riesgo pareció unir a los astronautas. En los días siguientes, no hubo más incidentes, ni técnicos, ni humanos. Patsáyeb, otro ingeniero de vuelos de 38 años, hasta se dio el gusto de plantar algunas semillas en Salyut para dar origen al primer jardín espacial de la humanidad.

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La batalla desesperada por intentar volverlos a la vida: respiración boca a boca, masaje cardíaco, una batería inútil de recursos médicos en el árido suelo kazajo: los astronautas estaban muertos desde hacía media hora

La única preocupación pasó a ser el estado físico de los astronautas. El 20 de junio evaluaron desde el control en tierra que la capacidad pulmonar de los tripulantes de la Soyuz 11 había disminuido en un treinta y tres por ciento y que los trajes Penguin de entrenamiento no funcionaban bien. Igual, los responsables de la misión decidieron el regreso de la Soyuz para que aterrizara entre el 27 y el 30 de junio porque había un récord a batir, el de permanencia en el espacio, que se cumplía, y se cumplió, el 25 de junio. Desde el 26 en adelante, todo se ciñó a los preparativos para el regreso a la Tierra.

La decisión de que los cosmonautas de la Soyuz 11 no llevaran trajes espaciales se debió, únicamente, a los desmedidos e innecesarios riesgos que adoptaron los directores del programa espacial de la URSS. Los pesados trajes habituales reducían la posibilidad de enviar al espacio a más de dos astronautas. En lugar de rediseñar las naves, decidieron eliminar los trajes, proveedores de oxígeno en caso de emergencia, entre otras cualidades.

La medida se había adoptado ya con éxito en las misiones Vosdoj y por primera vez se extendía al programa Soyuz. Le medida tuvo sus detractores, entre ellos el jefe de la Comisión de Industria Militar, Leonid Smirnov, el diseñador del sistema de control ambiental, Illiá Lavrov, y Nikolai Kamanin, jefe del cuerpo de cosmonautas soviéticos. Todos exigían que la tripulación de la Soyuz 11 llevara máscaras de oxígeno, vitales para el retorno a la Tierra. Perdieron la batalla y los tripulantes de Soyuz 11 viajaron sin máscaras y con trajes de entrenamiento.

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El 29 de junio los tres cosmonautas dejaron la estación espacial Salyut 1 y se metieron en la nave Soyuz 11 para regresar a Tierra.

Al cerrar la escotilla un sensor dictaminó que el cierre no era hermético.

Desde el control de la misión aconsejaron repetir la operación, pero recién después de varios intentos el sensor dejó de lanzar su bip de advertencia.

La Soyuz se separó de Salyut e inició su descenso. Hubo tiempo incluso para una broma. El control en tierra advirtió a los pilotos que, dada su condición física y la pérdida de masa muscular por la ingravidez, no intentarían ponerse de pie al llegar a la Tierra: tendrían que ser cargados en brazos, como bebés. El comandante Dobrovolsky soltó: “Nos vamos a sentar y a dejar que ustedes hagan todo el trabajo”.

Todo sucedió, casi, según los planes. La Soyuz reingresó a la atmósfera y, a siete mil metros del suelo los paracaídas se abrieron y la nave se balanceó con elegante lentitud hacia el territorio que es hoy Kasajistán. A solo seis metros del suelo dos poderosos cohetes retropropulsores hicieron que la Soyuz se apoyara en tierra como una pluma. El equipo de rescate hizo entonces lo que había pensado el comandante Dobrovolski: abrió la escotilla para alzar a los cosmonautas como a tres bebés, para llevarlos a los helicópteros y a la gloria. Pero los tres estaban muertos.

Empezó entonces una batalla desesperada por intentar volverlos a la vida: respiración boca a boca, masaje cardíaco, una batería inútil de recursos médicos en el árido suelo kazajo: los astronautas estaban muertos desde hacía media hora. Los pequeños, aunque potentes, dispositivos explosivos que habían detonado en el espacio para separar la Soyuz de la Salyut, habían abierto dos pequeñas válvulas de un milímetro de diámetro, diseñadas para que no se abrieran jamás juntas. Pero sí se abrieron, con seis segundos de diferencia. El preciado aire dentro de la Soyuz empezó a escapar. Y empezó también la agonía de los tres cosmonautas.

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El funeral de Estado para los tres tripulantes que fueron declarados héroes nacionales

Hasta entonces, todo marchaba normal dada la misión, a los tumbos y con buena suerte. En el momento de la separación de la nave con la estación espacial, las pulsaciones de los astronautas era normal: el comandante Dobrovolski estaba en 80 por minuto, Patsáyev en 100 y Vólkov en 120. Los tres se dieron cuenta de inmediato de la fuga de aire gracias al sonido que producía el escape, y sus pulsaciones se dispararon: los electrocardiogramas de Dobrovolski dicen que había pasado de 100 a 114 y las de Vólkov de 120 a 180.

Apagaron el sistema de radio para localizar la fuente del sonido y el sitio de la pérdida. La encontraron en la válvula ubicada sobre el asiento de Patsáyev. Las medidas de emergencia decían que, en veinte segundos, la pérdida debía estar controlada, pero en los entrenamientos los cosmonautas tardaban entre treinta y cuarenta segundos. La demora habría sido nada, si los cosmonautas hubiesen vestido un traje espacial que les proveyera el oxígeno faltante. Pero no, no lo tenían.

Las posteriores investigaciones calcularon que veinte segundos después de iniciada la pérdida, la presión en el interior de la nave había caído tanto que los astronautas debían estar ya inconscientes. A los cincuenta segundos, las pulsaciones de Pátsayev habían caído a 42 por minuto. A los ciento diez segundos, los corazones de los tres tripulantes se habían detenido.

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Las estampillas en honor a los cosmonautas muertos en el espacio

La tragedia de Soyuz hizo que, en adelante, todos los astronautas soviéticos llevaran trajes espaciales durante el despegue y aterrizaje de sus naves. Para evitar tragedias similares se instaló una unidad de control de fugas de aire, lo que disminuyó el espacio en la cápsula y obligó a tripulaciones de dos pilotos. Para volver a la tripulación de tres astronautas, hubo que rediseñar las naves Soyuz, que no regresaron al espacio hasta 1973. El nuevo modelo, la Soyuz T, recién se lanzó en 1980. La estación Salyut 1 ya no pudo recibir más astronautas, incluso para que le suministraran combustible, y el 11 de octubre fue destruida en una entrada controlada a la atmósfera.

Dobrovolski, Patsáyev y Vólkov fueron declarados héroes nacionales de la URSS. Después de un funeral de Estado, fueron enterrados en el Kremlin.

Los increíbles objetos que el hombre dejó en la Luna

La Luna no sólo tiene las huellas de Neil Armstrong, sino cientos de objetos dejados allí por los astronautas.

Cuando uno de ve el listado se asombra. Cualquiera que caminara por la Luna podría encontrar: bolsitas de comida, bolsitas con excrementos y orina, una bandera rígida,  retrorreflectores, una placa con dibujos de la Tierra, una bolsa con una réplica de oro de una rama de olivo, un disco de silicona con mensajes de paz de Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon, herramientas diversas , elementos pertenecientes a los trajes espaciales, una cámara fotográfica, varias bolsas para el mareo. Y así se podría seguir no hasta el infinito, pero sí hasta mencionar unas 300 cosas.

El primer objeto abandonado en la Luna fue una nave espacial lanzada por la Unión Soviética en 1959, la Luna 2.

Uno de los retrorreflectores abandonados

De allí en más, rusos, estadounidenses, chinos, indios, japoneses y países europeos han abandonado cosas costosísimas en la Luna.

¿Pero cuál es el motivo que se abandonen cosas en la Luna?

El primero y principal, aunque parezca increíble es: liberarse de peso.

Una foto del astronauta Charlie Duke, su esposa Dotty y sus hijos Charles y Tom, depositada en la Luna durante la misión Apolo 16, en 1972 (NASA).

Al recolectar las tripulaciones material de investigación como rocas y polvo para llevarlas a la Tierra debía hacerse espacio en las naves y tirar lo que ya no les servía.

El segundo motivo era sentimental.

Muchos de los objetos que se dejaron en la Luna son fotos y recuerdos. Un ejemplo de ello es la expedición Apolo 16 en 1972.

El astronauta Alan Bean dejó su insignia de plata de la NASA en un cráter (NASA).

Uno de sus astronautas, Charles Duke dejó sobre la superficie una fotografía de su familia protegida por una funda plástica. Con una escritura en el reverso: «Esta es la familia del astronauta Duke del planeta Tierra. Alunizada en abril de 1972».

están las firmas de los cuatro integrantes de la familia. No contento con la foto, también dejó una medalla conmemorativa de la United States Air Force que en 1972 celebraba su 25º aniversario.

El astronauta Alan Bean dejó su insignia de plata de la NASA. Esa insignia la reciben todos los astronautas que no viajaron a la Luna. Los que llegan a la Luna reciben la de oro.

La bandera rígida estadounidense en la Luna, una de las fotos más icónicas de las misiones Apolo (NASA)

Por eso Bean, sabiendo que a su retorno de la Luna recibiría la de oro, llevó la de plata (que lució durante seis años) a la Luna y la arrojó en un cráter. Y dijo: “¿Había un sitio mejor para dejarla que la Luna?».

El tercer motivo son una mezcla de apuestas y comprobaciones científicas.

El comandante del Apolo 14, Alan Shepard puso sus pies sobre la luna el 5 de febrero de 1971 y dijo: «Ha sido un largo viaje pero aquí estamos».

Alan Shepard se dio un gusto deportivo: jugó al golf en la Luna (Captura de video).

Y se dio un gusto deportivo: jugó al golf en la Luna. Con su Hierro 6, especialmente preparado para poderlo usar con los gruesos guantes, golpeó dos pelotas y según él «se alejaron miles de metros».

Durante este 2021, al cumplirse 50 años de la misión, dos fotos mostraron donde estaban las pelotas: a unos 30 metros de donde él les pegó.

Lo de la comprobación científica se dio con David Scott, comandante del Apolo 15 que dejó una pluma de oca y un martillo en la Luna.

«Aquí hombres del planeta Tierra pusieron por primera vez un pie en la Luna», dice esta placa dejada por la misión Apolo 11 (NASA).

Quiso demostrar con esos dos objetos la teoría de Galileo sobre la gravedad, mostrando que ante su falta, los dos objetos, independientemente de su masa, caerían a la misma velocidad.

Scott los dejó caer sobre la superficie de la Luna y ambos hicieron impacto al mismo tiempo.

En la Luna también se abandonaron varios retrorreflectores que tenían el objetivo de medir con precisión la distancia a la que, en un momento determinado, se encuentra la Luna de la Tierra.

Un recuerdo dejado en la Luna en honor a astronautas y cosmonautas fallecidos. La figura del astronauta caído fue creada por el artista belga Paul van Hoeydonck (NASA).

También hay tres vehículos Rover Lunar. Cada uno de ellos cuesta una fortuna y se presume que los tres podrían ponerse en funcionamiento y andarían perfectamente a pesar de los años que están estacionados en la Luna.

Y en la Luna también descansan varios módulos lunares.

El módulo lunar es el vehículo espacial diseñado para el alunizaje. Seis módulos de descenso reposan sobre la superficie mientras que la otra parte del módulo (seis fases de ascenso) se estrellaron, de forma controlada o no, contra la Luna.

En la Luna también descansan varios módulos lunares (NASA).

Y en la Luna hay ¡hasta una obra de arte! (según quien la mire).

Se llama Fallen Astronaut (El Astronauta Caído) y es una pequeña escultura de aluminio de un astronauta con traje espacial.

La realizó el belga Paul Van Hoeydonck que se la entregó al astronauta David Scott durante una cena y 1971 fue dejada en la Luna por la tripulación del Apolo 15 junto con una placa que muestra los nombres, ordenados alfabéticamente, de ocho astronautas y seis cosmonautas fallecidos en misiones espaciales o durante entrenamientos.

La pluma de halcón y el martillo dejadas en la Luna fueron usados por el comandante Scott para demostrar la teoría de Galileo (NASA).

El hombre, no contento con destruir de a poco la Tierra con basura, también la deja fuera de nuestro planeta. El problema es que el tratado de 1967 sobre la Luna no aborda temas ambientales y sólo prohíbe dejar armas o hacer experimentos con armas.

Lo increíble es que la superficie de la Luna es igual a la superficie de África y sólo han dejado esa enorme cantidad de basura en siete pequeños sitios.

Luna 2, la nave dejada por los soviéticos en 1959. El primer objeto abandonado en la Luna (NASA).

Lo terrorífico es que la humanidad apenas trajo 382 kilos de rocas lunares y mientras tanto  ya dejaron 170.000 kilos de basura en la superficie lunar.

– Encuentran una antigua nave perdida en el espacio desde hace 50 años

En este mismo instante, una nave que un día estuvo tripulada se encuentra dando vueltas al Sol. Se trata de Snoopy, una de las dos cápsulas que formó parte del Apolo 10, la misión que sirvió de ensayo general antes del primer aterrizaje del hombre en la Luna. Junto con su compañera, Charlie Brown, debía escenificar el histórico momento, aunque sin el glorioso final que se produciría dos meses después.

Con todo todos los ojos puestos en los preparativos del Apolo 11, la tripulación del Apolo 10 -formada por el comandante, Thomas Stafford, junto a sus compañeros, los pilotos John Young y Eugene Cernan– pudo escoger el nombre de las dos naves que componían la misión: al módulo lunar lo llamaron Snoopy, y sería la sonda encargada de quedarse a pocos kilómetros de la superficie con dos astronautas dentro; al de control lo bautizaron como Charlie Brown, y supervisaría a la otra nave mientras se acercaba al satélite y serviría como transporte de regreso a la Tierra.

La nave Snoopy vista desde Charlie Brown – NASA

La tripulación escogió los personajes de la tira cómica de Peanuts porque, aparte de probar los instrumentos que luego Armstrong, Aldrin y Collins llevarían en la misión definitiva, su objetivo sería «husmear» la superficie lunar y, sobre todo, supervisar la zona de aterrizaje. A pesar de que el responsable de comunicación de la NASA puso el grito en el cielo por lo que entendía era un nombre poco serio, el 18 de mayo de 1969 las cápsulas Snoopy y Charlie Brown pusieron rumbo al espacio.

Y Snoopy acabó dando vueltas al Sol

Snoopy estaba preparado para acercar a Stafford y Cernan a tan solo 15 kilómetros de la superficie de nuestro satélite. Después, volvería al lugar donde estaba Charlie -el módulo de control-, se acoplaría a él y los astronautas regresarían a la sonda de regreso a la Tierra. En principio, Snoopy se quedaría como otras tantas naves en misión a la Luna: orbitando alrededor del satélite. Pero las perturbaciones gravitatorias de los mascones y de la Tierra provocaron que terminase en una órbita solar desconocida. Desde entonces, muchos aficionados se han afanado en encontrarla sin resultados. Hasta ahora.

Camino a la furgoneta que los llevará a la rampa, Stafford acaricia un peluche de Snoopy que sostiene Jamye Flowers, la secretaria de Gordon Cooper

Desde 2011, el astrónomo aficionado y miembro de la Royal Astronomical Society Nick Howes lleva buscando a Snoopy por el espacio. Ocho años después ha anunciado durante el Festival de Ciencia de Cheltenham (Reino Unido) que se encuentra un «98% convencido» de que la ha encontrado, según recoge Sciencealert. La búsqueda, en la que se han enfrascado astrónomos, voluntarios y estudiantes -y en la que colabora la propia NASA-, se ha llevado a cabo a través de varios terabytes de información recogida a lo largo de todo lo que lleva a la deriva la cápsula. Howes asegura que se ha descartado que sea una roca.

Acercarse para cerciorarse

Sin embargo, y a pesar del alto grado de fiabilidad que otorgan a su hallazgo, Howes y sus colegas no pueden decir con certeza si el objeto que han identificado es realmente la cápsula perdida de la NASA. «Hasta que alguien se acerque mucho a él y obtenga un perfil de radar detallado, no podemos estar seguros», explicó Howes a los asistentes asistentes al festival. «Tenemos que esperar algunos años para que vuelva, pero una vez que lo haga, la idea es obtener una imagen muy detallada. Sería un logro realmente fantástico para la ciencia».

La nave Snoopy de cerca – NASA

Los astrónomos ya han calculado la próxima vez que Snoopy se acercará a nosotros, lo que sucederá dentro de unos 18 años. Y Howe tiene algunas ideas, como subir con una nave de SpaceX y provocar su descenso directamente hacia la Tierra. «Como Eugene Cernan, miembro de la tripulación del Apolo 10 -y último hombre en pisar la Luna-, me dijo: ‘Hijo, si encuentras eso y lo derribas, ¿te imaginas las colas en el Smithsonian?‘», comentó en tono gracioso en su charla. Sin embargo, el astrónomo ha reconocido a través de su cuenta de Twitter que no sería una empresa fácil y costaría demasiado dinero para compensar su valor científico. Quién sabe cuánto tiempo más estará Snoopy dando vueltas alrededor del Sol.

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