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Los hermanos Dalton, Jesse James, Billy the kid… historias del lejano oeste…


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Los cuerpos de los miembros de la banda de los Dalton tras su último asalto a un banco. De izquierda a derecha: Tim Evans, Bob Dalton, Grat Dalton y Dick Broadwell

La pequeña pantalla puede llegar a ser una maldición gigantesca.

Lejos me encuentro de querer dar un tirón de orejas al dibujante belga Maurice de Bévère por reinterpretar la historia de los hermanos Dalton e insertarlos en los famosos dibujos animados protagonizados por Lucky Luke.

Para nada.

Lo que no se puede negar, sin embargo, es que los bandidos bonachones que todos conocemos por su torpeza distan bastante de Bob, Grat y Emmett, los personajes históricos que formaron, hace siglo y medio, el núcleo principal de una de las bandas más conocidas del « Far West».

Los Dalton reales, al menos desde el punto de vista de los diarios de la época y de los libros de historia, eran más bien unos letales forajidos a la altura de Jesse James y sus secuaces.

Unos criminales que se hicieron tristemente famosos por sus continuos ataques a trenes cargados hasta los topes de oro y billetes.

Con todo, lo cierto es que en la actualidad es una tarea ardua conocer la verdadera historia de los Dalton. El relato más fidedigno son las memorias de Emmett, el único de los hermanos que logró evitar la muerte a manos de la justicia. Una fuente sin duda sesgada. Por otro lado, los diarios del siglo XIX también nos permiten averiguar cómo veían los ciudadanos del Lejano Oeste las actuaciones de estos forajidos y entender el pavor que causaban en los pueblos que pisaban.

Bastan como ejemplo las palabras que publicó el «Galveston Daily News» el 6 de octubre de 1892, apenas una jornada después de que el grupo fuese atrapado y tiroteado en Coffeyville (Kansas) mientras intentaba llevar a cabo uno de los mayores robos del «Far West»: «La banda de los Dalton ha sido aniquilada, borrada de la faz de la Tierra». Hoy, por tanto, toca separar la leyenda blanca del pasado y cambiar un bello (aunque erróneo) recuerdo infantil.

Entre la ley y la villanía

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La historia de estos hermanos no comenzó con muertes y robos.

Ni mucho menos.

En su caso no se cumplió el popular «de tal palo, tal astilla».

Lewis Dalton, el padre, perdía las horas regentando un «Saloon» de sol a sol cuando conoció a su futura esposa, Adeline Younger.

Si él ya era, de por sí, trabajador, a su mujer le sucedía otro tanto. De hecho, en un intento de ganar dinero se trasladaron en varias ocasiones hasta donde hubiera trabajo. Así pasaron (entre otras regiones) por Kansas o por las cercanías del territorio indio. Todo ello, con el objetivo de ofrecer un futuro a los -nada menos- que trece hijos que sobrevivieron a la dura infancia americana.

Así lo confirma, entre otros, el divulgador histórico Gregorio Doval en su conocida obra « Breve historia del Salvaje Oeste», donde señala también que antes habían tenido que enterrar a dos de sus mozos. Aquellos eran años duros debido a la resaca de la Guerra Civil y a la profunda crisis económica que atravesaba la joven nación todavía a medio forjar.

Ese espíritu de trabajo debió trasladarse hasta el mayor de los Dalton, Frank, quien no dudó en ponerse al servicio de la Policía Federal estadounidense en cuanto la edad se lo permitió. Por desgracia, el destino le deparaba un trágico final que marcó la vida de su familia. «En 1887, Frank y uno de sus ayudantes, Jim Cole, intentaban capturar a unos traficantes de whisky en Arkansas.

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Frank Dalton

Los contrabandistas resistieron. En el tiroteo sucesivo […] ellos le mataron», explicaba el mismo Emmett en sus memorias.

Otras versiones afirman que, en realidad, falleció mientras custodiaba a un grupo de ladrones de caballos a través de Oklahoma.

Es lo que tiene la historia, que a veces depende de quién la narre.

En todo caso, el golpe fue igual de letal para sus hermanos y, al poco tiempo, Bob, Gratton Grat») y el mismo Emmett decidieron unirse a la justicia para honrar su memoria.

Pero parece que la vida del agente de la ley (de gran peligro y corto salario) no estaba hecha para ellos.

Así lo cree Doval, quien señala en su obra que -a sabiendas de que correrían los mismos riesgos, pero ganarían mucho más como bandidos- decidieron convertirse en bandoleros.

En todo caso, lo cierto es que, para entonces, no llevaban una vida ejemplar. «De los Dalton, Bob fue siempre el más salvaje. Mató por primera vez cuando tenía diecinueve años. Por entonces era ayudante del marshal y arguyó que el asesinato era en acto de servicio. Algunos sospecharon, sin embargo, que la víctima había intentado quitarle a la novia.

En marzo de 1890 fue acusado de contrabando de licor en el territorio Indio, pero contravino su libertad condicional y no apareció por el juicio. En septiembre de 1890, el arrestado fue su hermano Grat, en su caso por robar caballos, un delito capital, pero todos sus cargos fueron retirados y fue puesto en libertad», añade el autor.

Con ese currículum, los Dalton formaron una banda dispuesta a saquear, rapiñar, asaltar y, en definitiva, a hacer todas las maldades a su alcance para lograr enriquecerse. La vil plata, que pervierte a cualquiera. A ellos pronto se sumaron otros bandidos de la calaña de George Bitter Creek Newcomb, Charlie Bryant (llamado «Caranegra» por tener una quemadura de pólvora en la cara), Dick Broadwell o Bill Powers. El más famoso de sus seguidores, no obstante, fue Bill Doolin, a la postre popular tras crear su propia (y aterradora) banda. Esta caterva de criminales, a las órdenes de nuestros protagonistas, comenzó una campaña de atracos que se extendió entre los años 1891 y 1892.

Expertos ladrones de trenes

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Bob Dalton

La banda de los Dalton comenzó sus andanzas criminales en un casino de Silver City, en Nuevo México.

Pero aquello solo fue un aperitivo de lo que fue su verdadera vocación: el asalto de trenes al más puro estilo de las películas de Hollywood.

Todos ellos están documentados gracias a la prensa de la época.

Diarios que nos permiten saber, por ejemplo, que el primero de estos ataques fue perpetrado el 6 de febrero de 1891.

Aquel día el objetivo fue el Atlantic Express.

Los hermanos y sus secuaces lograron detener la locomotora haciendo a su maquinista señales falsas con una linterna roja.

El responsable cayó en la trampa. Cuando se dio cuenta ya era tarde y los forajidos ya habían subido al ferrocarril ataviados con máscaras negras y armados con sus revólvers.

A punta de pistola le obligaron a abrir el vagón de cargas. Sin embargo, cuando estuvieron ante la caja fuerte cayeron en la cuenta de que habían olvidado la dinamita y que no podrían obtener su premio. Enfurecidos, hicieron varios disparos al aire y se marcharon.

Según Doval, el desastre se completó cuando fueron detenidos (teoría que no comparten algunos autores). En sus palabras, la todos fueron liberados por falta de pruebas. Todos menos uno… «Grat fue condenado a veinte años de prisión.

De acuerdo al relato legendario, durante su traslado en tren a la cárcel, Grat iba esposado a uno de los dos agentes. […] Hacía un día caluroso y todas las ventanas estaban abiertas. De repente, Grat se puso en pie de un salto y se tiró de cabeza por la ventanilla. Fue a parar al río San Joaquín, desapareció bajo el agua y fue arrastrado corriente abajo, sano y salvo. Los agentes se quedaron atónitos», añade el autor.

Más allá de la veracidad de este relato, los crímenes de la banda acababan de empezar. Y con la lección aprendida, en los siguientes asaltos les fue mucho mejor. Allá por mayo de 1891 perpetraron su segundo atraco en la estación de Wharton, en Oklahoma. El método fue el mismo. Esperaron de forma más que paciente en el andén hasta que su objetivo, el Texas Fast Express, se detuvo.

Con calma, los Dalton subieron al ferrocarril ocultos tras sus máscaras negras y accedieron hasta el vagón de carga, hicieron saltar por los aires la caja fuerte y se marcharon a toda prisa. El «Dallas Morning News» dejó constancia de su actuación: «Eran unos expertos que hicieron su trabajo con frialdad y con éxito, sin necesidad de realizar un solo disparo. A pesar de que los pasajeros eran conscientes de la situación, ninguno hizo amago de intervenir».

Otro de sus grandes atracos fue el que llevaron a cabo el 2 de junio de 1892. Aquella jornada los Dalton asaltaron, de nuevo, un tren en Oklahoma. Según narró el periódico «Norman Transcript» en sus páginas, los miembros de la banda («seis atracadores enmascarados») lograron detener el ferrocarrill, obligaron al fogonero a «forzar la puerta del vagón de mercancías con su hacha», destruyeron la cerradura de la caja fuerte y se hicieron con un increíble botín.

Aquella fue una gran victoria comparable a la que protagonizaron el 16 de julio de ese mismo año; «uno de los robos más aguerridos de los que se tengan constancia», en palabras de la prensa de la época (la cual recoge Nick Bulich en «Historia en bytes»).

Otro diario explicó con desazón lo sencillo que les resultaba conseguir su botín. El método era siempre el mismo: esperaban el tren en la estación, se subían con tranquilidad a la locomotara, arrastraban al fogonero hasta la estancia en la que se guardaban las riquezas, le extorsionaban hasta que forzaba la cerradura, reventaban la cámara acorazada y se marchaban por donde habían venido. Sencillo y eficaz. Aunque también solían dejar un reguero de agentes heridos y muertos a sus espaldas.

Atroz muerte

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Quizá fueron los éxitos los que acabaron con los Dalton.

O más bien sus ansias de figurar en la historia como unos criminales a la altura de la banda del afamado Jesse James.

En todo caso, su fin comenzó allá por 1892 con un plan tan exagerado como absurdo orquestado por Bob.

El más desquiciado de los hermanos se propuso conseguir un hueco en las portadas de los medios de la época con un robo doble en el mismo pueblo que les había visto crecer: Coffeyville (Kansas).

Su idea era dividirse en dos grupos.

El primero (formado por Grat, Bill Powers y Dick Broadwell) debía atracar las dependencias del C. M. London Bank.

El segundo (en el que se incluían el propio Bob y Emmett) haría lo propio en el First National Bank. Una locura anunciada para la mayor parte de los integrantes del grupo. Pero un delirio febril que ninguno de ellos se atrevió a criticar por miedo a su vio lento líder.

Las campanas tocaban al muerto, a los futuros muertos más bien, cuando la banda de los Dalton llegó al pueblo. «Entre las 9:30 y las 10:00 de la mañana del miércoles, los atracadores, al parecer disfrazados y armados hasta los dientes, entraron sobre sus caballos», explicaba uno de los diarios de aquellos años. El grupo dejó sus caballos en una calle apartada y, al abrigo del supuesto desconocimiento de las autoridades, se dividieron y dirigieron sus pasos hacia sus respectivos objetivos.

La mayoría estaban disfrazados con barbas postizas. Pensaron que con eso valdría. Sin embargo, para entonces ya eran famosos y, según la versión oficialísima de esta historia, fueron reconocidos por los ciudadanos, quienes no tardaron en armarse y llamar a las autoridades.

Los primeros en llegar a su destino fueron Grat, Bill y Dick. Los bandidos accedieron con celeridad al C. M. London Bank, desenfundaron sus armas y ordenaron a los presentes que les entregasen todo aquello de valor que tuvieran. Para el premio gordo hablaron con uno de los empleados, al que le exigieron abrir la caja fuerte a punta de Winchester.

La casualidad, no obstante, se puso en su contra. Y es que, la cerradura era de apertura retardada y hacían falta entre 3 y 10 minutos (atendiendo a la fuente a la que se acuda) para que dejara libre sus riquezas. No podían esperar tanto. Y más cuando escucharon silbabar las balas desde el exterior. Estaban atrapados y solo podían salir por piernas antes de ser tiroteados.

A Bob y Emmett les sucedió otro tanto. Lograron hacerse con parte del botín, pero se asustaron cuando oyeron los disparos y decidieron poner pies en polvorosa antes de acabar en un ataúd de pino.

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Así comenzó la desgracia.

Tras salir de las sedes bancarias se dieron cuenta de que poco podían hacer ante la marabunta que se agolpaba en el exterior (dirigida, por cierto, por los agentes de la ley).

«Cuando los atracadores salieron de ambos bancos, comenzó un fuerte tiroteo. Tres ciudadanos y el marshal Charles Connelly resultaron muertos», explica Doval.

Poco más se puede decir. Todos los miembros del grupo murieron salvo Emmett quien, herido, fue recluido en uno de los negocios locales para, poco después, ser juzgado y encarcelado.

Así narró el tiroteo el «Galveston Daily News»: «La banda de los Dalton ha sido exterminada, borrada de la faz de la Tierra.

Hoy fueron abatidos, pero no hasta que cuatro ciudadanos de este pueblo entregaron sus vidas.

Seis de los pandilleros llegaron a la ciudad esta mañana y robaron dos bancos. La redada fue conocida por los oficiales de la ley, y cuando los bandidos intentaron escapar fueron atacados por los hombres del marshall.

En la batalla que siguió, cuatro de los asaltantes fueron abatidos, y otro herido de muerte. El último [Emmett] escapó, pero está siendo perseguido acaloradamente».

Así acabó la leyenda de los Dalton. Unos forajidos que, años después, se ganaron el cariño de los telespectadores gracias a un caricaturista y a la ayuda de una serie de dibujos animados.

El cobarde asesinato del forajido Jesse James: la gran conspiración del salvaje Oeste

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Que sí, amigos y lectores, que el refrán confirma que aquel que roba a un ladrón tiene cien años de perdón y que el que a hierro mata, a hierro muere.

Y los dichos son sabios (o eso nos han inculcado desde hace siglos). Pero la muerte de Jesse James, el pistolero más famoso del lejano Oeste, no hay proverbio que la sustente.

Ni sabiendo siquiera que su fama de «buen forajido» fue una falacia de proporciones similares al First National Bank de Northfield que intentó robar en 1876.

La trampa que le tendieron los hermanos Ford -sus últimos colegas de armas en el triste mundo del bandolerismo- fue tan sucia como traicionera.

Y si no, imagínense lo que es invitar a tus compadres a tu propia casa solo para que, minutos después, destruyan tu confianza con un tiro en la cabeza.

¿Feo, verdad?

Pues eso es lo que ocurrió al no tan bueno de Jesse: que la suculenta suma que ofrecían por su cabeza (10.000 dólares, de las más altas del «far west») pesó más que la amistad.

Aunque sus asesinos apenas cobraron 500… Y suerte que tuvieron de que no les hicieran un Viriato con aquello de «Roma no paga a traidores».

En todo caso, lo que es innegable es que, aquel abril de 1882, cada uno obtuvo lo que se merecía. James, el disparo que se llevaba buscando desde que empezó su carrera como bandido tras haber combatido en el bando sudista. Los Ford, una puñalada trapera similar a la que ellos mismos habían dado. Aunque el mejor parado fue, curiosamente, el cadáver, pues morir bajo los auspicios del estado acrecentó la falsa leyenda que se había forjado de Robin Hood del siglo XIX.

Ya lo dijo el Evening Bulletin (de Maysville, Kansas) el 4 de mayo de ese mismo año: «El asesinato de Jesse James es uno de los crímenes más cobardes e innecesarios que se han perpetrado en los Estados Unidos. La única motivación fue el interés económico».

Su muerte causó gran revuelo y consternación en el país. Aunque esas mismas gentes que se encogieron de dolor al conocer la partida del bandolero fueron las mismas que, durante meses, llenaron los espectáculos teatrales en los que los hermanos Ford representaron, una y otra vez, el fallecimiento del pistolero.

El morbo, que suele adelantar por la derecha a la lógica. En todo caso, el mito ha perdurado hasta la actualidad. Quede como prueba que, allá por 2009 se estrenó la película «El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford». Tirando de tópico… no hay más preguntas, señoría.

Guerra y crimen

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Pero vayamos por partes, pues entender a este bandolero requiere hablar de sus años mozos.

Jesse nació en 1847 en Missouri. Hijo de un ministro baptista (como explica Gregorio Doval en «Breve historia del salvaje Oeste»), cuando sumaba diecisiete añitos se unió a la guerrilla confederada del cruento Bill Anderson.

Razones tenía, todo hay que decirlo, pues las tropas federales se habían presentado poco antes en el rancho de su familia para pedir información y, de paso, intentar colgar a su padrastro (y digo intentar porque este sobrevivió).

Nuestro protagonista demostró desde joven que su vida estaba destinada a la violencia ya que, junto al clan de los Younger, protagonizó todo tipo de tropelías durante la contienda.

«Las actuaciones de esta guerrilla fueron tan atroces y despiadadas que todos sus miembros fueron excluidos expresamente de la amnistía decretada al acabar el conflicto», añade el autor en su obra.

Con este currículum no parece extraño que, al final la guerra civil estadounidense en 1865, Jesse, su hermano y los Younger tuvieran que dedicarse al latrocinio y al pistolerismo.

El noble arte en el lejano Oeste. Como si su vida fuera un cliché del spaghetti western, la banda dedicó su vida a asaltar diligencias y trenes, robar tiendas y atracar bancos. Tampoco decían que no a los trabajos como asesinos a sueldo (ya se sabe, hay que reinventarse). Doval cifra las riquezas que consiguieron durante sus años de bonanza en «cientos de millones de dólares».

Todo ello, para disgusto y frustración de los agentes de la Pinkerton, la misma agencia de cazadores de bandoleros que se enorgullecía de atrapar siempre a su presa. «No sé lo que significa la palabra fracaso. No existe nada en este mundo que pueda influirme cuando sé que estoy haciendo lo debido», solía decir su director. En el caso de James se tuvo que tragar la primera parte…

La brutalidad de los detectives de esta agencia (contratada por el estado) fue la que ayudó a Jesse James a convertirse en un héroe para los mismos sureños a los que todavía les escocía la derrota en la guerra. No hay más que conocer el ataque que protagonizaron los agentes contra la casa de su familia, en el que el hermanastro del bandido falleció y su madre perdió un brazo.

También le ayudó la campaña de propaganda y leyenda blanca que algunos diarios como el Kansas City Times organizaron en torno a su persona. En el artículo «Was Jesse James a Southern Robin Hood?», el Abbeville Institute afirma que estos periódicos ayudaron al bandolero a forjarse una imagen de Robin Hood moderno. Todo ello, usando como base las cartas que el propio forajido les mandaba para defender sus acciones. Le fue bien y la sociedad empezó a ver al gobierno como un conspirador.

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Allan Pinkerton

Quizá fue ese cariño el que le hizo confiarse y orquestar un atraco demasiado arriesgado: el del First National Bank de Northfield en 1876.

La verdad es que no fue su mejor idea. El día del robo, el bandido se presentó en la sucursal a pesar de que sabía que los vecinos se habían armado tras haber sido alertados de un posible asalto.

Todo salió más que mal. Jesse entró con el revólver por delante y amenazó al encargado. O abría la caja fuerte, o acabaría con un tiro en la sien.

Pero aquel día el cajero se sentía valiente y se negó. La amenaza se hizo realidad y el forajido le disparó a la cabeza, pero no contaba con que, tras apretar el gatillo, iba a desatar un torrente de plomo de los ciudadanos que estaban fuera.

Solo quedaba salir por piernas de allí. Y no les fue demasiado bien, pues todos los Younger fueron atrapados.

Cobarde asesinato

Con la banda virtualmente destruida, Jesse se escondió en Tennessee al abrigo de una identidad falsa. Quietecito habría estado bien, pero ese no era su estilo. Y eso que se había prometido a sí mismo dejar aquella vida para siempre. Al final, acudió poco después a la llamada del dinero fácil y volvió al mundo del bandolerismo con el exitoso asalto a un tren.

Aquello le dio alas para descolgar el revólver. Robin Hood regresaba al Bosque de Sherwood. Pero… ¿de quién fiarse? «En 1882 solo le quedaron dos hombres en los que confiar: Charley y Bob Ford, hermanos de la novia de otro de los miembros del clan.

Jesse les pidió a ambos que se instalaran en su casa de Saint Joseph para asegurarles a él y a su familia una mínima protección ante lo que pudiera pasar», añade Doval. Eran fiables y viejos conocidos; o eso creía nuestro protagonista.

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Jesse James, junto a su asesino

Pero la realidad no tenía nada que ver con sus suposiciones. Los hermanos habían llegado a un acuerdo con el gobernador de Missouri y con el sheriff James Timberlake para entregar a James (vivo o muerto, como diría Hollywood) a cambio de 10.000 dólares.

Tal y como explica Nick Vulich en su popular (y documentada) «History bytes», Bob había ofrecido la cabeza del forajido a cambio del dinero y de que le conmutaran una pena de prisión por asesinato. El problema es que no era sencillo cazar a su presa.

«Los hermanos Ford jamás tuvieron la certeza de que se les fuera a presentar la oportunidad de asesinar a Jesse James, ya que siempre iba fuertemente armado y era imposible desenfundar un arma sin que él se percatara», desvela el autor en su obra.

El 3 de abril empezó la fiesta. Aquel día, después de desayunar y de cepillar a los caballos, Jesse y los Ford se dispusieron a entrar en el cuarto de estar de la casa. Existen varias versiones sobre lo que ocurrió entonces. Vulich y Doval son partidarios de que, tras quejarse por el calor, el bandido se quitó el abrigo y lo apoyó sobre una silla.

«Dejaré las armas dentro, no querría que nadie las viera al salir del jardín», afirmó. Fue entonces cuando se desabrochó el cinturón en el que llevaba su Smith and Wesson del calibre 45 y su Colt y se aprestó a subirse a un taburete para enderezar un cuadro que se había torcido. Sus supuestos amigos aprovecharon su oportunidad. Así lo escribió el Evening Bulletin de Maysville, Kansas, poco después:

«Robert fue el más rápido de los dos. En un visto y no visto, se hizo con un arma larga cuyo cañón acercó a poco más de un metro de la cabeza de Jesse James […] La bala penetró la base del cráneo y salió por la frente, un poco por encima del ojo izquierdo».

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El cadaver de Jesse James

El disparo alertó a la esposa de James, que se presentó en la sala.

«Ha sido un accidente», repitieron ellos como un mantra.

Al parecer, su mujer hizo lo posible por cortar la hemorragia, pero fue imposible.

Tras escapar del lugar, los hermanos acudieron a una oficina de telégrafos desde la que informaron al sheriff de su muerte.

A continuación, se entregaron a las autoridades.

Poco después, se confirmó lo sucedido.

«El gobernador Crittenden confirma que el cadáver es el de Jesse James y que es fruto de un acuerdo entre las autoridades y Bob Ford», escribió el periódico Watchman and Southron.

Su juicio, obligado, fue raudo. En el mismo día les condenaron a la horca y les indultaron.

El diario publicó, posteriormente, lo siguiente:

«Los hermanos Ford declaran no ver inconveniente en reclamar la recompensa ofrecida por el gobernador Crittenden por capturar a Jesse James. De hecho, recientemente han mantenido varias reuniones en el hotel St. James de Kansas City. El gobernador estaba al tanto de sus planes y los aprobaba. Inmediatamente después de disparar a Jesse James, se entregaron a las autoridades».

Pero no cobraron toda la recompensa. El gobernador, aprovechando la exaltación que se produjo en la sociedad tras el suceso, apenas les entregó 500 dólares. La muerte fue para nada. Aunque ellos intentaron sacarle todos los réditos posibles y se dedicaron a representar funciones de teatro en las que, una y otra vez, mostraban cómo habían acabado con Jesse James.

«El asesinato causó una gran sensación en todo el país. Los hermanos Ford no solo no ocultaron sus actos, sino que, incluso, alardearon de ellos Tiempo después se marcharon rápidamente del estado. Charley Ford se suicidó en mayo de 1884. Bob fue asesinado en 1892 de un disparo de escopeta en la garganta en el saloon que había abierto en la ciudad de Creede, Colorado», añade Doval.

El amargo asesinato de Billy «el Niño» a manos de su amigo, el sheriff más rudo Salvaje Oeste

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A pesar de lo que nos han ensañado las películas de Hollywood y el mítico Spaghetti Western, ni los bandidos del Lejano Oeste americano eran tan crueles, ni los guardianes de la ley tan honrados.

El ejemplo claro de esta máxima fue la controvertida relación entre el popular bandolero Billy «el Niño» (un héroe para el pueblo hispano a pesar de que se le atribuyen 21 asesinatos) y Pat Garrett (el agente que acabó con su vida tras una persecución digna de una novela).

Amigos durante su juventud, protagonizaron un mortal juego de gato y ratón en el que perdieron ambos.

El primero, su vida; el segundo, su credibilidad.

Y es que, el agente terminó señalado por haber acabado con su enemigo de manera ‘poco policial‘.

Con las balas que disparó al forajido el 14 de julio de 1881 selló su destino.

Tras acabar su mandato, Garrett no consiguió volver a ser nombrado sheriff.

Tampoco cobró los 500 dólares de recompensa por acabar con «el Niño» a sangre fría; más como una revancha personal que como un verdadero oficial de la ley. Por si fuera poco, intentó empezar una carrera política que terminó de forma desastrosa y se dio al alcohol para olvidar la ingente cantidad de deudas que había acumulado.

Su muerte no fue menos trágica que la del bandolero hispano. Sin amigos ni apoyos, acabó tiroteado en una carreta por un ganadero cualquiera. Al menos, según la versión oficial, ya que investigaciones posteriores han barajado la posibilidad de que su verdugo fuese un asesino a sueldo.

Turbia juventud

Pero comencemos por el principio. Patrick Floyd Garret nació en 1850 en Alabama y tuvo la suerte de ser criado en una próspera plantación de Louisiana. No era, en definitiva, un pobre muchacho sin dinero, como bien explica el divulgador histórico Gregorio Doval en su renombrada «Breve historia del Salvaje Oeste. Pistoleros y forajidos».

Con unos escasos 19 años, tras la muerte de sus padres, se marchó del rancho familiar y encontró trabajo como «cowboy» en Texas. A partir de entonces vivió del ganado y de la caza. Aunque las crónicas coinciden en que sabía defenderse y en que generaba respeto entre sus iguales por su alta estatura. Valga como ejemplo que, en 1879, acabó de un disparo con un irlandés con el que mantuvo una fuerte discusión.

Sus arrestos quedaron demostrados, pero le obligaron a marcharse hasta Nuevo México, donde abrió su propio «saloon». Allí, el amor que «Juan el Largo» (como le conocían) profesaba por el póker le llevó a conocer a los pistoleros más famosos de su tiempo. Y entre ellos, a un joven Henry McCarty, a la postre conocido como Billy «el Niño».

Su afición por los juegos de cartas les unió hasta tal punto que aquellos que les conocían terminaron apodándoles «Gran Casino» y «Pequeño Casino» en alusión a su estatura. Algo que mencionó el futuro sheriff en su libro, «The Authentic Life of Billy, the Kid» (un éxito de ventas a finales de 1882).

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La fotografía más conocida de Pat Garret

«Me relacioné personalmente con el “Niño” desde el estallido y posterior desarrollo de lo que ha venido a conocerse como “La guerra del condado de Lincoln”, hasta el momento de su muerte, de la cual fui el desgraciado instrumento en el desempeño de mi cargo oficial […]

“El Niño” tenía un demonio merodeándole dentro; se trataba de un diablillo jovial y amable, o de un demonio cruel y sediento de sangre, según cuáles fuesen las circunstancias.

Las circunstancias favorecieron al peor de los ángeles y “El Niño” cayó».

Los vaivenes de la vida hicieron que, en 1880, fuese nombrado sheriff del condado de Lincoln después de la dimisión del hombre que sentaba sus reales en el cargo.

Por entonces este rudo personaje era miembro del Partido Republicano y había ganado ya cierta fama como pistolero.

¿Quién mejor que él? Lo que no imaginaba es que, poco después de colgarse la placa, iba a recibir el encargo más duro al que se enfrentaría jamás: atrapar a McCarty. Y es que, su amigo -más conocido ya como Billy «el Niño»– acababa de escapar de prisión tras eludir un cargo por asesinato. A cambio, eso sí, el gobernador de Nuevo México le ofreció la friolera de 500 dólares.

Una cantidad nada desdeñable si tenemos en cuenta que comer en un «saloon» solía costar entre uno y dos dólares.

Captura y asesinato

Los pormenores de la caza de «el Niño» bien darían para elaborar una enciclopedia. Garrett, conocedor de las costumbres de los forajidos, comenzó su búsqueda en Fort Summer, Tuvo suerte, pues allí se dio de bruces con la banda del forajido. Para su desgracia, solo pudo atrapar a uno de sus compinches y su presa principal escapó.

Aunque el recluso, poco antes de morir desangrado por el tiroteo que se produjo, desveló a Garrett dónde se hallaba el escondite de McCarty. El lugar señalado fue Stinking Springs. Dicho y hecho, Apenas unos días después, el sheriff dio caza al fugitivo. En un breve período de tiempo, la justicia volvió a condenar al joven criminal. Parecía que todo había acabado, pero nada más lejos de la realidad…

«Billy se volvió a fugar a punta de pistola, matando a dos de sus guardianes. Era el 18 de abril de 1881. Garrett salió de nuevo en su busca, esta vez decidido a que su antiguo amigo no volviera a dar más problemas», añade Doval en su obra. En un nuevo capítulo de esta extensa búsqueda y captura, el sheriff se dirigió hasta Fort Summer, donde descubrió que su presa se había escondido junto a un amigo común de su juventud, Peter Maxwell.

El círculo se cerraba. El agente de la ley armó entonces a su grupo y se dispuso a terminar con la vida de fechorías del forajido. Vivo, muerto, o lo que se terciase. El 14 de julio de ese mismo año, cuando «el Niño» sumaba 21 primaveras a sus espaldas, arribaron hasta la región que se convertiría en su tumba.

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Pat Garret

El propio Garrett narró, de forma pormenorizada, cómo acabó con la vida de «el Niño» en su libro.

Según él, para dar por finalizadas las mil mentiras que estaban publicando los diarios.

En sus palabras, todo comenzó cuando el sheriff observó como un forajido sin identificar salía de un huerto en dirección a la casa de Maxwell.

El agente se adelantó y llegó primero a la vivienda. «Era cerca de medianoche y Pete estaba en la cama.

Me acerqué al cabezal de la cama y me senté a su lado, junto a la almohada. Le pregunté por el paradero del Niño.

Él me dijo que era verdad que el Niño había estado por allí, pero que no sabía si ya se había ido o no», explicó nuestro protagonista en su obra.

En ese momento llegó hasta la estancia un hombre «sin sombrero», «descalzo o sin calcetines» y armado con un revólver y un cuchillo de carnicero…

Garrett no reconoció a «el Niño». «¿Quién es, Pete?», le preguntó. Pero no obtuvo respuesta. Lo mismo le pasó al forajido. El agente repitió: «¿Quiénes son, Pete?». Después de un breve silencio, la respuesta resonó por toda la habitación: «¡Es él!». «Saqué mi revólver lo más rápido que pude y disparé, arrojé mi cuerpo a un lado y volví a disparar. El segundo disparo fue innecesario: el Niño cayó muerto. No llegó a pronunciar palabra.

Lo intentó, pero lo único que pudo emitir fue un leve sonido estrangulado mientras se debatía por respirar. Y así fue cómo el Niño se reunió con sus múltiples víctimas», añadía Garrtett. No se arrepintió de ello ya que, aunque su enemigo había declarado que no le guardaba rencor, también había hecho público que acabaría con su vida si se encontraba frente a frente con él.

Caída en desgracia

La muerte de Billy supuso una orgullosa muesca más en la Colt de Garrett. Sin embargo, la muerte no produjo el mismo efecto entre los ciudadanos de los Estados Unidos. Según Doval, la sociedad entendió que el agente había asesinado «a sangre fría» al forajido, y no «en el curso de una acción policial». Por ello, no recibió los 500 dólares de recompensa.

Aquel fue el comienzo de su particular calvario. A pesar de sus victoria, no logró ser reelegido como sheriff después de que acabara su mandato. En 1884 fue derrotado en las elecciones al senado de Nuevo México y, apenas cinco años después, no fue elegido sheriff del condado de Chaves. «Por entonces, su áspero carácter y los rumores sobre […] su forma de acabar con Billy “el Niño” comenzaron a afectar seriamente su popularidad», desvela el autor español.

Garrett, dolido, se marchó de Nuevo México, aunque volvió años después como detective privado para investigar los turbios tejemanejes de unos agentes de la ley protegidos por un poderoso juez local. Aquel pudo haber sido su último éxito.

O eso creía él. Es cierto que el viejo agente logró reunir pruebas en contra de los acusados y los capturó, pero al final quedaron libres. Por entonces todavía gozaba de la gracia del presidente Roosevelt, pero no le duró demasiado. Concretamente, hasta 1902, cuando una diferencia entre ambos dejó a nuestro protagonista solo.

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Billy el Niño (izda) jugando al croquet en un ferrotipo descubierto en 2015

Tras este golpe, Garrett se retiró a su rancho en Nuevo México. Olvidado, solo quería pasar sus últimos días tranquilo. Pero las deudas empezaron a minar su ánimo. «Mantenía una fuerte deuda fiscal y, además, se le hizo responsable subsidiario del impago de un préstamo en el que había avalado a un amigo.

Se hipotecó gravemente para poder afrontar el pago de ambas deudas y todo acabó con una grave crisis personal, que le arrastró hasta la bebida y el juego lo que, a su vez, le llevó a caer en nuevas deudas», añade Doval.

Su mayor acreedor solo encontró una forma de que le devolviera el oro que le debía: alquilar parte de la finca en la que el viejo sheriff residía para que un rebaño de cabras de un pastor local abrevara. El enfado del agente fue descomunal.

Su caída a los infiernos continuó hasta 1908. Por entonces la forma en la que había asesinado a Billy le había granjeado el odio de una gran parte de los ciudadanos de los Estados Unidos. El 29 de febrero de ese mismo año fue su último día.

Aquella jornada, Garrett se subió a un carruaje que le llevaría hasta Las Cruces. En el camino se topó con un jinete que dijo ser Wayne Brazel, el dueño del rebaño de cabras que había arrendado parte de su finca. Ambos se enzarzaron en una acalorada discusión que terminó cuando el pastor le descerrajó dos tiros, uno en el vientre y otro en la cabeza.

Al menos, esta fue la teoría que se esgrimió a nivel oficial. Y es que, a día de hoy todavía se baraja la posibilidad de que, en realidad, su verdugo fuera un pistolero a sueldo.

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