Cuatro historias de la Segunda Guerra Mundial…
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Gabriele D’Annunzio y sus Arditi en Fiume
La historia de los Arditi, las tropas de élite italianas de la Primera Guerra Mundial
Magnet(J.Alvarez/G.Carvajal) — El 9º Reggimento d’Assalto Paracadutisti Col Moschin, una de las fuerzas de élite del ejército italiano, es popularmente conocido como Arditi incursori, que significa «Incursores atrevidos». Pero este apodo no deriva tanto de su capacidad operativa como de su antecedente histórico: un cuerpo de choque creado durante la Primera Guerra Mundial para solventar el estancamiento que producía en el frente la guerra de trincheras y que recibió el nombre de Arditi.
Situémonos en la época. Desde finales de 1914 los frentes tendieron a estabilizarse deteniendo las operaciones ofensivas y convirtiendo el territorio fronterizo entre contendientes, la parte norte de Francia y Bélgica fundamentalmente, en una zona horadada por kilómetros y kilómetros de construcciones defensivas con zanjas, parapetos y alambradas que ningún bando era capaz de superar. Ni los bombardeos artilleros ni el lanzamiento de gases en 1915 ni la aparición de los primeros tanques al año siguiente -aún demasiado primitivos- pudieron impedir aquel empantanamiento de tropas que, en la práctica, provocaba enormes cifras de bajas por enfermedad por las pésimas condiciones higiénicas.
En tales circunstancias y teniendo en cuenta que las cargas masivas a pie de los soldados fracasaban al ser pasto fácil para las ametralladoras, en 1917 el Regio Esercito tuvo la idea de organizar lo que denominaba Reparti d’Assalto, unidades de asalto encargadas de allanar el camino para abrir paso al grueso de la infantería con acciones sobre puntos concretos. Este contingente adoptó por iniciativa propia el nombre de Arditi porque sus integrantes se reclutaban entre los más valientes de cada regimiento, lo que lleva a situar su origen en otras unidades previas, más pequeñas, que empezaron a operar en 1914 tras las líneas enemigas, a la manera de comandos, si bien solían desempeñar labores de exploración.

Una trinchera en el frente del Somme, 1916
Otro cuerpo que sin duda influyó en la creación de los Arditi fue el de las Compañías de la muerte, encargadas de despejar el terreno de alambradas -cortándolas con cizallas o volándolas- para facilitar los asaltos a gran escala. Dichas compañías tenían su propio y característico uniforme que las identificaba como unidad aparte, aunque cada regimiento contara con la suya. En cualquier caso, el espíritu estaba claro: atacar las trincheras enemigas para abrir paso y resistir en ellas hasta la llegada de los suyos. De hecho, los germanos también tenían su versión: los Stosstruppen, que asimismo debieron servir de modelo.
O la vittoria, o tutti accoppati era su lema, traducible por «O vencemos o morimos todos». Muy ajustado a la realidad, ya que el porcentaje de bajas que registraban era impresionante, muy superior al normal: hasta un treinta por ciento. Gajes del tipo de combate que debían desempeñar, que a menudo les obligaba a prescindir de su fusil en favor de granadas y petardos Thevenot (una bomba de mano de escasa potencia, idónea para lanzar dentro de la misma trinchera), además de pistola y una simple daga; las primeras para arrojar sobre los adversarios y eliminar al grueso de ellos y las otras para la lucha en distancia corta que tendrían que desarrollar en el estrecho espacio de la trinchera con los supervivientes, una vez se hubieran introducido dentro. También solían usar un peto blindado.
Esa singularidad de su oficio hacía que recibieran un entrenamiento especial, no sólo en intensidad sino también en variedad. Aprendían defensa personal, lucha cuerpo a cuerpo con cuchillo y todo lo relativo al uso de granadas de mano, aunque también practicaban con otras armas. En realidad, la mayoría de los Arditi ya eran soldados superiores antes, pues aparte de tener que superar exámenes psicológicos solían proceder de cuerpos como los Bersaglieri y los Alpini, en los que la movilidad requería miembros fuertes y resistentes. El uniforme mismo tenía elementos de ambos, siendo los principales una insignia con llamas (de un color diferente según la unidad), otra con el nudo típico de la casa Saboya y las siglas VE (alusión al rey Vittorio Emanuele III, signos que procedían de una condecoración al valor anterior); lo más sorprendente era que se cubrían con un fez (también de color variable) que en combate se trocaba por un casco.
Pese a las reticencias del alto mando, los Arditi fueron organizados en sentido estricto a mediados de 1917 e integrados en la 48ª División del VIII Cuerpo de Ejército que mandaba el coronel Giuseppe Bassi, quien obtuvo el apoyo decidido del general Francesco Saverio Grazioli. Cada unidad tenía unos cuatrocientos hombres, todos voluntarios, a las órdenes de trece oficiales, sumando un total de dieciocho mil efectivos. Su base inicial se ubicaba en Sdricca di Manzano, una localidad de la provincia italiana de Udine (donde, por cierto, hoy en día se les recuerda con una fiesta cada verano) y no se admitían antecedentes de delincuencia. En general, los Arditi no estaban bien vistos por los demás soldados debido a las prerrogativas de que gozaban.

Un batallón de Arditi hacia 1918
No está claro dónde fue su bautismo de fuego. Manejando las fechas con amplitud, podría reseñarse la Compagnia volontari esploratori del capitán Cristoforo Baseggio, que resultó completamente destruida en abril de 1916 en el ataque a Monte Osvaldo y fue disuelta un mes después. A Baseggio se le nombra a veces como creador de los Arditi, pero éstos mismos lo negaron en su día y podríamos considerársele uno más entre sus muchos padres. Así, el año de referencia es 1917. Concretamente el 14 de mayo, con el asalto al Monte San Marco por parte de los hombres de Bassi, que fue lo que dio luz verde a la creación del cuerpo y a su entrada en acción como tal el 18 de agosto en el Monte Fratta: dos compañías cruzaron el río Isonzo por sorpresa e hicieron quinientos prisioneros. Tres semanas más tarde otras tres compañías aumentaron la hazaña apresando tres mil austríacos y veintiocho cañones en el Monte San Gabriel.
Ese otoño participaron en la célebre batalla de Caporeto (una grave derrota que provocó la sustitución de Bassi por el general Capello), al igual que exactamente un año más tarde lo hicieron en la de Vittorio Veneto. Sin embargo, su acción más famosa fue en el verano de 1918, durante la batalla del Piave. Librada a la desesperada junto al río homónimo para detener el avance austríaco, terminó con una victoria que supuso un respiro para Italia, alejando la amenaza de invasión que había provocado la derrota en la citada Caporeto. Los Arditi protagonizaron varias incursiones nocturnas entre el enemigo, cruzando a nado hasta la otra orilla para acuchillar soldados contrarios, ganándose el sobrenombre de Caimani del Piave (Caimanes del Piave); los actuales COMSUBIN (Comando Subacquei e Incursori) usan ese reptil como emblema en su recuerdo.
En 1920, terminada la guerra y siendo innecesarios, los Arditi fueron desmovilizados. No obstante, su parafernalia fue adoptada tanto por el régimen de Mussolini como por la milicia antifascista autobautizada Arditi del Popolo; ambos usaron como símbolo la calavera con una daga entre los dientes que ostentaban los soldados. Ahora bien, muchos veteranos, incapaces de readaptarse a la vida civil como pasó en Alemania, se juntaron en la ANAI (Associazione Nazionale Arditi d’Italia) del capitán Mario Carli, un intelectual ex-ardito que apoyó el movimiento del poeta Gabriele D’Anunzio en la ciudad croata de Fiume para crear un estado libre vinculado a Italia. D’Anunzio se autonombró Duce y controló el poder mediante una milicia a la que llamó Arditi; sus miembros vestían camisa negra -luego copiada por Mussolini- y un típico fez del mismo color.

Bandera del Batallón de Arditi dei Popolo de Civitavecchia
En 1921 Carli se alejó del protofascismo para colaborar en la fundación del mencionado grupo Arditi del Popolo, de carácter izquierdista radical y republicano. A menudo chocaba con los fascistas en peleas callejeras al grito de «¡A noi!» (¡Por nosotros!) siendo la de Parma de 1922 la más grave, con participación de cientos de personas de ambos bandos y decenas de muertos registrados. Con la subida al poder de Mussolini ese mismo año los Arditi dei Popolo pasaron a ser perseguidos; para entonces, Carli ya los había abandonado y abrazado de nuevo el fascismo.
Joseph Beyrle, el soldado que combatió en el ejército estadounidense y en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial

«¡Amerikansky tovarishch! ¡Amerikansky tovarishch!»
Los miembros de la brigada soviética del 1º Ejército de Tanques de la Guardia que atravesaba Polonia en dirección a Berlín a mediados de enero de 1945 no daban crédito a lo que veían: en lugar de fuerzas alemanas dispuestas a detener la columna, un soldado con el uniforme del ejército estadounidense acababa de salir de un granero agitando los brazos mientras enarbolaba una cajetilla de Lucky Strike y solicitaba unirse a ellos.
La escena debió resultar especialmente curiosa teniendo en cuenta que el mando de aquellos carros no estaba en manos de un oficial normal sino de una mujer, Aleksandra Samusenko, la primera que fue comandante de un tanque y a la que dedicamos un artículo hace poco.
El americano en cuestión era el sargento Joseph R. Beyrle, de la 101ª División Aerotransportada, quien acababa de fugarse del Stalag III-C y sabiendo que los soviéticos se acercaban había optado por continuar su fuga hacia el este, intentando contactar con ellos, para evitar caer de nuevo en manos del enemigo.
Entre otras cosas porque se jugaba el fusilamiento, ya que era la tercera evasión que protagonizaba en los últimos siete meses, desde que fue capturado, y la Gestapo ya había estado a punto de acabar con él la última vez.
Beyrle, nacido en 1923 en Muskegon, una pequeña localidad de Michigan asomada al lago homónimo, abandonó una beca universitaria -obtenida gracias a unas excepcionales cualidades deportivas para el béisbol- para alistarse en 1942, como tantos jóvenes de su generación y pese a ser daltónico. Adscrito al 506º Regimiento de Infantería Paracaidista, fue entrenado en la Academia de Tocca (Georgia) como técnico de radio y pasó a ser un especialista en demoliciones. Sustituyó en las prácticas de saltos a muchos compañeros que temían lesionarse y no ser enviados al frente, por lo que se ganó el apodo de Jumpin Joe.
Al final le destinaron a la base aérea de Ramsbury (Inglaterra), donde se estaba concentrando a las tropas aliadas que habrían de emplearse en la invasión continental.

Emblemas del 506º Parachute Infantry Regiment y la 101ª división Aerotransportada/
Pero él entró en acción antes, en dos misiones realizadas en la Francia aún ocupada durante la primavera de 1944, contactando con la Resistencia Francesa de Alençon y Normandía para entregarle fondos (en forma de monedas de oro) con los que financiar el apoyo al inminente desembarco. Éste tuvo lugar el 6 de junio, el famoso Día D, en las playas del Canal y Beyrle tomó parte en él a bordo de un Douglas C-47 Dakota: el avión atravesó la barrera de fuego antiéreo germana y terminó tocado, por lo que los paracaidistas que llevaba tuvieron que saltar desde muy baja altura, unos ciento veinte metros.
Quedaron diseminados por un área bastante extensa de Saint-Côme-du-Mont, una comuna del departamento de Manche, y algunos quedaron aislados. Fue el caso de Beyrle, que tras aterrizar sobre el techo de la iglesia, sortear las balas que le disparaban desde el campanario e incapaz de contactar con sus compañeros, decidió seguir adelante y actuar por su cuenta realizando sabotajes tras las líneas alemanas para entorpecer su defensa; entre ellas destacó la voladura con granadas de una central eléctrica. Pero su situación, solo en territorio enemigo, resultaba muy difícil y era cuestión de tiempo que cayera prisionero; ocurrió unos días después y le llevaron a Saint-Lo.

Retrato de Beyrle como prisionero de guerra en julio de 1944
Ahí empezó el insólito episodio de sus fugas: trasladado de prisión en prisión a lo largo de siete meses, el audaz Beyrle consiguió escapar dos veces, aunque en ambas fue recapturado.
En la primera aprovechó un ataque durante un traslado a pie para salir corriendo junto a dos compañeros, a los que terminó dejando atrás gracias a que era un portento físico.
La segunda fue tan rocambolesca que, tras sobornar al centinela de alambrada con varios paquetes de cigarrillos y huir, tomó un tren junto a otros dos compañeros con destino a Polonia pero subieron por error a otro que iba a Berlín.
Eso llamó la atención de la Gestapo, que no le dispensó precisamente un trato amistoso; al considerarlo espía -había trocado su uniforme por ropa civil y además sabía alemán porque sus abuelos eran inmigrantes bávaros- y después del correspondiente interrogatorio, tortura incluida, los nazis se dispusieron a pasarlo por las armas.
Sin embargo, un conflicto de competencias le salvó la vida: se demostró que en realidad sólo era un prisionero de guerra evadido y disfrazado; consecuentemente, la policía política carecía de jurisdicción sobre él. Así, Beyrle y sus camaradas salvaron el pellejo in extremis… y él, inasequible al desaliento, pudo empezar a proyectar un nuevo intento de escapar.
A la tercera sería la vencida. Le internaron en el Stalag III-C, un campo de concentración para prisioneros aliados que estaba situado en la zona oriental de Alemania, en una llanura junto al pueblo de Alt Drewitz bei Küstrin, actualmente rebautizado Drzewice y perteneciente a Polonia.
Allí estaban recluidos miles de soldados y suboficiales polacos, británicos, franceses, belgas, yugoslavos y, desde 1943, incluso italianos; a partir de 1944 empezaron a llevarse estadounidenses. También había soviéticos, aunque la mayoría morían porque recibían un trato mucho más duro.
Los soldados de menor rango -por debajo del grado de sargento- fueron enviados luego a los arbeitslager, campos de trabajos forzados, como kriegsgefangenenarbeitskommandos; la Convención de Ginebra lo permitía siempre que se les diera un trato justo. Trabajaban en granjas e industrias y recibían paquetes de la Cruz Roja.

La ficha de Beyrle como prisionero de guerra
Como Beyrle era técnico de cuarto grado -equivalente a sargento- se libró de eso y pudo planear su nueva fuga, que llevó a cabo a principios de enero de 1945 escondido en un barril con los mismos compañeros de antes. Ellos murieron a tiros al ser descubiertos pero él pudo ponerse a salvo despistando a los perros de sus perseguidores al caminar por un arroyo.
A esas alturas de la contienda todos sabían que la victoria estaba próxima y que los soviéticos avanzaban imparables en dirección a Alemania, por lo que la lógica dictaba huir en dirección hacia ellos. Fue lo que hizo durante tres días, logrando su objetivo de la estentórea manera que vimos al principio.
Aleksandra Samusenko accedió a su petición de incorporarlo a filas y le encargaron servir una ametralladora de un tanque Sherman (EEUU había enviado unidades de este modelo a la URSS como ayuda material). Así, Joseph Beyrle se convirtió en el único soldado conocido que combatió tanto en el ejército estadounidense como en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial.

Únicamente tuvo que hacerlo durante un mes porque a principios de febrero resultó herido durante el ataque de unos Stuka, aunque antes había tenido tiempo de demostrar su coraje en varios combates y su habilidad en demoliciones, incluyendo la voladura de la caja fuerte de un mando alemán del Stalag III-C, que irónicamente les tocó liberar; seguramente le hizo gracia ver que se había jugado la vida cuando hubiera obtenido la libertad esperando unas semanas.
Por esa colaboración recibió la Orden de la Gran Guerra Patria que se concedió a todos los miembros de aquella brigada de tanques. En cualquier caso, tras el bombardeo aéreo tuvo que ser evacuado a retaguardia e ingresado en un hospital de campaña levantado en la ciudad alemana de Landsberg an der Warthe, la actual Gorzów Wielkopolski polaca.
Convaleciente de sus heridas, recibió la visita del mismísimo mariscal Zukhov, a quien llamó la atención el saber que había un paciente norteamericano entre sus hombres. Zukhov conversó un rato con él mediante un intérprete y luego gestionó que se le entregara la correspondiente documentación para poder regresar a su país.
Una vez dado de alta, Beyrle llegó a la embajada de EEUU en Moscú para descubrir que se le daba oficialmente por muerto e incluso se había oficiado un funeral en su localidad natal, puesto que en aquella última misión antes de ser apresado había perdido sus chapas de identificación y fueron encontradas junto a un cadáver desfigurado.
Por tanto, fue necesario hacer una investigación para comprobar tan sorprendente historia hasta que el análisis de las huellas dactilares solventó finalmente cualquier duda.

El mariscal Georgy Zukhov en enero de 1945
Retornó a casa en un larguísimo periplo naval (Odessa-Estambul-Port Said-Nápoles-EEUU) pero justo a tiempo para participar en los fastos del 8 de mayo, Día de la Victoria en Europa (la guerra continuaba en el Pacífico contra Japón), contrayendo matrimonio al año siguiente con Joanne Hollowell en la misma iglesia de Muskegon donde antes se habían celebrado sus oficios fúnebres.
El matrimonio tuvo dos hijos y una hija: el mayor combatió en Vietnam en la misma 101ª división Aerotransportada que su padre y el otro, curiosamente, fue embajador de EEUU en Rusia entre 2008 y 2012.
Seguro que al viejo sargento le hubiera gustado, pues este país le había concedido en 1994 la que era su décimo octava condecoración, la Orden de la Amistad de los Pueblos, por mediación del presidente Boris Yeltsin (en compañía de Bill Clinton, pues el escenario fue la Casa Blanca), con ocasión del 50º aniversario del Desembarco en Normandía.
Pero no llegó a verlo; falleció de insuficiencia cardíaca el 12 de diciembre de 2004, mientras visitaba su antigua academia de paracaidismo junto a otros veteranos. Hoy descansa en el Cementerio de Arlington.
La Feldherrnhalle de Múnich, el altar sagrado de los nazis

Quien haya viajado por las principales ciudades europeas y contemple la Feldherrnhalle de Múnich pensará inmediatamente en otro icono arquitectónico, la Loggia della Signoria de Florencia. Y es que, efectivamente, la alemana es una copia de aquella, aunque cuando se construyó en el siglo XIX lo llamaban inspiración.
La Feldherrnhalle (o Logia de los Mariscales) tiene una historia algo más truculenta que la Loggia florentina, aunque el propósito de ambas fuera bastante similar en origen. Fue construida entre 1841 y 1844 por el arquitecto Friedrich von Gärtner por encargo del rey Luis I de Baviera, en el estilo neorrománico que tanto gustaba a éste.
Gärtner había pasado cuatro años viajando por Italia y estudiando sus monumentos, de modo que nadie mejor que él para reproducir la logia, que se convertiría en un homenaje al ejército bávaro.

Loggia della Signoria en Florencia
Está situada al final del extremo sur de la Ludwigstrasse, una de las cuatro avenidas principales del centro muniqués, en la Odeonsplatz (Plaza Odeón), en el lugar donde anteriormente se alzaba una de las puertas góticas de la ciudad.
Consta de tres grandes arcos frontales y dos laterales, igual que la de Florencia, y alberga las esculturas de Johann Tserclaes (comandante en jefe de las fuerzas de Sacro Imperio Romano Germánico en la Guerra de los Treinta Años), y de Karl Philipp von Wrede (el mariscal que dirigió la guerra contra Napoleón).
En 1882 se añadió en el centro un grupo escultórico que representa la unificación de Alemania, y en 1906 los leones, a imitación de la logia florentina.
El lugar nunca fue tomado demasiado en serio por los muniqueses, pero en la mañana del 9 de noviembre de 1923 fue el escenario del enfrentamiento entre la policía y miembros del partido nazi, en el marco del Putsch de Múnich iniciado el día anterior. El golpe de estado que Hitler y los suyos pretendían dar fue desbaratado allí mismo, con el resultado de 16 militantes nazis y cuatro policías muertos. Y con Hitler y Göring, entre otros, heridos.
Cuando el partido nazi ascendió al poder en 1933 la Feldherrnhalle se convirtió en un memorial de los muertos durante el Putsch, colocándose un monumento con los nombres de los 16 considerados mártires. Las SS hacían guardia permanente frente a él, y era el lugar donde los nuevos reclutas pronunciaban su juramento de lealtad a Hitler.

Otra vista de la Feldherrnhalle
Muchos muniqueses evitaban pasar por delante, no solo por lo que significaba sino porque se esperaba de ellos que hicieran el saludo nazi en señal de respeto. En la misma plaza, además, se construyó el Panteón de los Héroes para albergar sus restos, lo que confería al lugar un ambiente, desde la perspectiva actual, ciertamente siniestro.
Tras la Segunda Guerra Mundial la Feldherrnhalle fue restaurada a su apariencia original. El monumento a los caídos nazis ya había sido destrozado por ciudadanos anónimos el 3 de junio de 1945, y su antiguo simbolismo nazi parecía haber desaparecido.
Una placa conmemorando la muerte de los cuatro policías fue colocada en el suelo frente a la logia, pero parece que hoy en día ha desaparecido, misteriosamente.
Por desgracia el 25 de abril de 1995 un neonazi se autoinmoló en el lugar, volviendo a prender la chispa y, desde entonces, cada año grupos neofascistas de toda Europa intentan congregarse en la Feldherrnhalle en días señalados.
El Shatt, un campo de refugiados croatas en Egipto durante la Segunda Guerra Mundial

Monumento a los yugoslavos evacuados en el cementerio de refugiados de El Shatt
Si alguien cree que los campos de refugiados son una triste realidad de nuestros días se equivoca porque, lamentablemente, poco queda por inventar en materia de catástrofes humanas en tiempos bélicos. Un buen ejemplo podría ser El Shatt, un campo ubicado en Egipto que no acogió a palestinos, ni libaneses ni sirios de conflictos recientes sino a croatas en plena Segunda Guerra Mundial.
En junio de 1943 las potencias del Eje pusieron en marcha una ofensiva sobre los Balcanes conocida como Operación Schwarz, con el objetivo de asegurar la costa del Adriático en previsión de un posible desembarco enemigo y, de paso, terminar con los molestos partisanos yugoslavos (de hecho, in situ también recibió el nombre de Quinta Ofensiva Antipartisana).
El ordinal hace referencia a que, en realidad, ya se había llevado a cabo un intento anterior, la Operación Weiss, para acabar con las andanzas de Tito y sus guerrilleros por Croacia. Aquel intento fracasó porque mientras los alemanes querían un exterminio contundente y definitivo tanto de partisanos como de chetniks (guerrilleros serbios de ideología monárquica y conservadora), los italianos preferían pactar son los segundos para enfrentarlos a los otros; las disensiones en torno a ese punto favorecieron que Tito pudiera escapar.

Tito, a la derecha, en 1944
Esta vez la campaña se desarrolló de forma implacable por parte germana (apoyada por italianos, búlgaros, ustachas -milicianos fascistas croatas- y la Guardia Nacional Croata), incendiando aldeas, masacrando a la población civil e incluso asesinando a una columna de dos mil heridos que eran evacuados del río Sujetska, donde se había librado la batalla más importante, aunque también el tifus causó estragos.
Pese a que Tito logró escabullirse una vez más amparado en la difícil orografía balcánica, la victoria fue para el Eje, que estableció un férreo control sobre la región a cargo de las SS. En septiembre se produjo un punto de inflexión cuando los Aliados liberaron Italia, cayendo el régimen mussoliniano y pasando el país a posicionarse contra sus antiguos socios. Las tropas transalpinas abandonaron Yugoslavia y los partisanos ganaron así una bocanada de oxígeno que les permitió reorganizarse.

La Operación Schwartz
Sin embargo, las cosas no resultaron tan fáciles como parecían. La Wehrmacht levantó una línea defensiva llamada Gustav que detuvo el avance enemigo durante meses y le causó una enorme cantidad de bajas. Ello favoreció una nueva ofensiva teutona en lo que era la Gobernación Italiana de Dalmacia, prácticamente vacía de transalpinos porque en septiembre de 1943, tras la caída de Mussolini, los partisanos de Tito los fusilaron en masa en lo que se conoce como la Masacre de las Foibe (las foibe eran dolinas que ancestralmente se usaban para arrojar cuerpos de ejecutados).
Cuando los alemanes, ante el vacío de poder, asumieron el control de la región, decenas de miles de civiles huyeron temiendo posibles represalias. Cerca de veintiocho mil personas procedentes de las localidades de Vodice, Hvar, Vis, Korčula, Ravni Kotari, Bukovica y, sobre todo, Makarska, se refugiaron en la Isla de Vis, un pedazo de tierra (noventa kilómetros cuadrados) en la costa adriatica, más o menos a la altura de la ciudad de Split.
Vis había sido ocupada por Italia en 1941, que impuso su idioma y un proceso de italianización mediante la fuerza y la intimidación de partidas de paramilitares. Alemania no pudo recuperarla y fue allí precisamente, en una gruta insular llamada hoy la Cueva de Tito, donde el líder partisano se ocultó tras la citada Operación Schwartz y donde estableció luego su cuartel general.

La Cueva de Tito en la isla de Vis
Dado que era el único punto de toda Croacia que escapaba al dominio nazi, también se concentraron en su escasa superficie ancianos, mujeres y niños, atendidos por el ejército británico. Todo un problema logístico que se solucionó con la decisión de trasladar a aquella gente a un sitio más apropiado. El lugar elegido inicialmente fue el sur de Italia y los refugiados fueron alojados en Bari y Tarento. Pero la península aún no había sido totalmente conquistada y existía el peligro de los bombardeos, por lo que resultaba recomendable alejarlos un poco más.
De esta forma nació el campo de refugiados de El Shatt, en el norte de la península egipcia del Sinaí, cerca del Canal de Suez. Era un complejo dividido en cinco áreas y bastante precario, pues no había estructuras arquitectónicas sino sólo tiendas de campaña, cada una de las cuales debía albergar a dos familias. Aún así, los dálmatas trataron de llevar una vida lo más normal posible, organizando talleres, escuelas para los niños, una lavandería, una iglesia, una orquesta con coro… Incluso se editó prensa: Naš List (Nuestro periódico).
Llegaron en el verano de 1944 y permanecieron en esa dura tierra hasta 1946. Dura por el calor del desierto, la escasez de agua y las consiguientes enfermedades que provocaron una mortalidad considerable, especialmente infantil. Además el trato de los soldados británicos que les custodiaban era muy estricto, permitiendo la salida del campo sólo con autorización expresa, casi como si se tratase de prisioneros en vez de refugiados.
En suma, dieciocho severos meses durante los cuales, no obstante, la vida y la esperanza se abrieron camino; dieron fe de ello el medio millar de matrimonios y los seiscientos cincuenta nacimientos acaecidos en ese tiempo. A principios de 1946, con el final de la guerra, pudieron retornar a sus hogares en Yugoslavia. El campo fue levantado pero allí persiste, como recuerdo, un cementerio con las ochocientas veinticinco tumbas de los que quedaron atrás (lamentablemente muy dañado en la guerra árabe-israelí) y un monumento erigido en su memoria en 2003.
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