5 historias de la 2da Guerra Mundial…

Josef Greiner, el hombre que intentó chantajear a Hitler
En 1938 el nazismo estaba en el apogeo de su poder, se anexionaba Austria y poco después los Sudetes mientras el primer ministro británico neville Chamberlain intentaba aplacar a la fiera con buenas palabras. En otoño se expulsó del país a los judíos polacos y el 9 de noviembre hubo un paso adelante contra el resto en la llamada Noche de los Cristales Rotos. En ese contexto parecía inimaginable que alguien intentase extorsionar a Hitler pero eso fue precisamente lo que pasó y el responsable resultó ser un escritor de poca monta que alardeaba de haberle conocido años atrás.
Cuatro años antes, apenas fallecido Hindenburg, Hitler había asumido las funciones de presidente fusionándolas con su cargo de canciller y convocando un plebiscito que, por supuesto, ganó por abrumadora mayoría. Con ello daba inicio a lo sería el Tercer Reich, aquel que habría de durar mil años y en el que la lealtad, siguiendo los principios ideológicos del partido, era hacia el Führer. Durante los años siguientes se procedió a reindustrializar Alemania mediante una política económica que se centraba en reorganizar las extintas fuerzas armadas (de las que Hitler se autonombró comandante supremo) y se coordinaba con una agresiva política exterior, de manera que el país pasó a ser una potencia mundial aunque, de facto, dada la naturaleza fundamentalmente armamentísca de su producción, cabalgaba hacia el abismo.

Esos días de gloria contrastaban con los inicios nada fáciles que había pasado. Natural de la localidad austríaca de Linz, Hitler fue el tercer hijo de un oficial de aduanas (casado con su propia prima) que solía levantarle la mano a menudo, lo que desembocó en su fracaso escolar. Ya adulto, mientras buscaba trabajo, intentó dedicarse a su auténtica vocación, la pintura, mientras iba empapándose de pangermanismo y antisemitismo.
En aquella primera década del siglo XX intentó varias veces ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena pero sin éxito y, entretanto, pasaba verdaderas estrecheces económicas que le obligaron a alojarse en un hostal miserable y recurrir a comedores benéficos. Ejerciendo todo tipo de oficios sin cualificar logró ir tirando. En 1913 mejoró su situación económica gracias a la herencia familiar y al año siguiente ingresaba en el ejército pese a que inicialmente había sido declarado no apto.

El bebé Adolfo
Hagamos aquí un alto en la biografía hitleriana para atender la de Josef Greiner, un individuo nacido en Estiria (Austria) tres años antes que Adolf. Si éste se había trasladado a Viena en 1906, Greiner lo hizo en 1908 y, como él, desempeñó diversos trabajos. En la que era la gran metrópoli centroeuropea de la época, se vio obligado a hospedarse en un dormitorio público para hombres llamado Meldemannstraße 27; allí permaneció desde enero hasta abril de 1910.
Meldemannstraße 27, que continuó en activo hasta la década de los noventa en que fue cerrado al inaugurarse un albergue más moderno (aunque se volvió a abrir en 2009 rehabilitado como residencia de ancianos bajo el nombre Seniorenschlössl Brigittenau), tiene cierta fama porque también fue donde recaló Hitler, en su caso más tiempo: de 1910 hasta 1913. Él llegó en febrero, lo que significa que coincidió con Greiner un par de meses al menos. Ambos se conocerían, entablando amistad al ser contratados a la vez para uno de esos empleos, consistente en rellenar latas viejas con pintura para luego ir vendiéndolas a domicilio.

El Meldemannstraße 27 hoy en día
El caso es que, con el tiempo, ambos siguieron sus respectivos caminos. El de Hitler ya lo sabemos; tras la Primera Guerra Mundial, en la que resultó herido dos veces y sólo llegó a cabo (pese a lo cual fue condecorado con la Cruz de Hierro), reaccionó igual que muchos veteranos humillados por la derrota y el trato posterior: acercándose a ideologías extremistas, de fuerte contenido nacionalista, anticomunista y antisemita que fueron tomando forma en torno al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, a cuyo liderazgo logró encaramarse en 1921.

Hitler en la I Guerra Mundial
Por su parte, Greiner desarrolló una oscura carrera literaria de la que lo interesante para este artículo es el curioso libro que en 1938 envió a la Cancillería del Reich. Recién publicado, su título era Schrift Sein Kampf und Sieg. Eine Erinnerung an Adolf Hitler (Su lucha y victoria. Una memoria de Adolf Hitler) y en él contaba cómo había conocido al Führer décadas atrás, cuando los dos compartían dormitorio en el citado Meldemannstraße 27 de viena y buscaban la forma de salir de la pobreza.
Greiner envió ejemplares también a Mussolini, Göring y Goebbels, indicándole a este último que el texto podía utilizarse para reforzar la propaganda exaltando los duros comienzos de Hitler. Lamentablemente, el aludido no lo vio así. De hecho, Hitler interpretó aquella propuesta como un sutil intento de chantaje, algo que parecía reforzar el hecho de que Greiner solicitara a cambio dirigir el Ministerio de Economía (ya que se presentaba como hombre de negocios, más que como literato), por lo que el libro fue prohibido y todos los ejemplares secuestrados.
No hay forma de saber las verdaderas intenciones del autor, aunque está claro que se trataba de un oportunista, según se deduce de sus actuaciones posteriores. Porque si bien Schrift Sein Kampf und Sieg. Eine Erinnerung an Adolf Hitler contiene loas desmesuradas al Führer, entre ellas la consideración de genio o mesías, al acabar la Segunda Guerra Mundial Greiner publicó una nueva obra completamente opuesta.
La tituló Das Ende des Hitler-Mythos (El fin del mito de Hitler) y en ella el retrato que hace del personaje es muy diferente, narrando agresiones a judíos, la violación de una modelo y el contagio de sífilis tras mantener relaciones con una prostituta del Leopoldstadt (un barrio vienés donde se concentraba la comunidad judía). La cantidad de inexactitudes detectadas inducen a pensar que o le fallaba la memoria (como el hecho de situar a Hitler en Viena en 1908 cuando en realidad llegó dos años después) o tiraba bastante de imaginación (que se sepa, Hitler nunca pintó modelos en Viena, pues lo que le atraía era la arquitectura sobre todo).

La Ópera de Viena pintada por Hitler
El hecho de que afirmase que en 1945 el canciller germano no muriera en su búnker de Berlín sino que logró huir en un avión o que se presentase a sí mismo como un opositor al nazismo por no pertenecer al partido (cuando parece ser que intentó afiliarse repetidas veces y fue rechazado), asegurando haber colaborado con la resistencia austríaca, tampoco ayudan en eso de la credibilidad. Quizá por ello en los ficheros de los archivos gubernamentales figura como mero extorsionador y hoy es opinión general que nunca conoció a Hitler.

Reinhonld Hanisch retratado por Adolf Hitler
La fuente principal para iniciarse en todo esto es un ensayo que publicó en 1939 la revista neoyorquina The New Republic con testimonios de Reinhold Hanisch. Son de primera mano porque, al contrario que Greiner, sí está comprobado que Hanisch fue compañero del futuro canciller en Viena. Emigrante austríaco de familia noble pero arruinada, convivió con él en el Meldemannstraße 27 y ambos se asociaron laboralmente, compartiendo las exiguas ganancias de las acuarelas que Hitler pintaba y Hanisch vendía.
Pero Hanisch no era trigo limpio y, de hecho, ya había sido encarcelado alguna vez por robo. Hitler le acusó de quedarse íntegramente el importe de una pintura y se separaron. Hitler se buscó otro vendedor que luego denunció a Hanisch para evitar su competencia, ya que se había puesto a pintar también; le condenaron a una semana de cárcel y desde entonces Hanisch se dedicó a vilipendiar a su antiguo compañero, asegurando que era indolente, que nunca había trabajado de obrero (algo de lo que Hitler presumía) y que tenía amigos judíos.
En los años veinte y treinta Hanisch se dedicó al arte y, fiel a su hábito de infringir la ley, vendía acuarelas propias con la firma de Hitler, lo que le hizo pasar varios meses más a la sombra. En 1936 reincidió y fue detenido nuevamente; al registrar su habitación se encontraron, además de falsificaciones, varios manuscritos sobre el Führer. Hanisch murió en prisión en 1937 mientras Himmler se dedicaba a buscar todas sus obras -pictóricas y escritas- para destruirlas. Algunas sobrevivieron y, como decíamos antes, se publicaron en la revista estadounidense, aunque es difícil saber cuánto tienen de autenticidad.
Volviendo a Josef Greiner, en cualquier caso era inasequible al desaliento y en 1947 también le envió un ejemplar de Das Ende des Hitler-Mythos al mismísimo Stalin, ofreciéndole de paso sus servicios como mediador en las relaciones comerciales entre la Unión Soviética y Alemania (el país aún no se había escindido en dos). De nuevo el hombre de negocios, pues, aunque ya no le quedaba margen de acción porque la muerte le sorprendió ese mismo año en Brasil; curiosamente, en la región amazónica hay una tumba de un Josef Greiner fallecido en 1936 durante la Operación Guyana (una expedición nazi enviada para valorar una posible colonización del lugar).
2. Las insólitas barcazas de hormigón que reposan en el Támesis y se usaron en el Desembarco de Normandía

Una de las muchas leyendas que cuentan la llegada del apóstol Santiago a la Península Ibérica dice que arribó a la costa de Gallaecia atravesando en barco las Columnas de Hércules y subiendo luego por el Atlántico; otra versión cuenta que en realidad eran siete discípulos trasladando su cuerpo. En cualquier caso, lo más fantástico del relato es que el viaje se habría hecho en una barca de piedra. Sorprende incluso dentro de su tono mítico porque nada parece más absurdo que navegar en una embarcación de ese material. Ahora bien ¿y si les digo que hay una técnica de construcción naval que hace barcos de hormigón?
Si uno visita Londres y se acerca siguiendo el Támesis hasta la llamada Sección 24 del London LOOP, entre los pueblos de Rainham y Purfleet (en la parte este de la capital), se encontrará un rincón de lo más insólito: en la orilla del río, agrupadas en cierto desorden sobre la arena húmeda y grisácea, hay dieciséis lanchas de gran tamaño que parecen dormir en el olvido, cubiertas de lodo y óxido. Acercándose a ellas se descubrirá con sorpresa que esa pequeña flotilla tiene una característica muy especial.

El grupo de barcazas, a vista de pájaro
Aquel que haya llegado en coche ya tendrá una pista porque el párking que hay justo allí -de hecho, habilitado para poder parar a ver el sitio- se llama The Stone Barges.
Traducido, Las Barcazas de Piedra.
No se trata de un monumento, al menos en el sentido que se suele dar a esa palabra, porque las barcas no han sido labradas por un escultor; tampoco son la flota de un santo, si se me permite la gracia.
Su historia es mucho más reciente que la de Santiago. Y más dura.
Porque las dieciséis naves fueron construidas durante la Segunda Guerra Mundial para el famoso Desembarco de Normandía.
Es más, éstas sólo son una mínima parte de las decenas que se hicieron y que, como decía antes, tienen una singularidad: no son de piedra pero sí de hormigón armado.
Recalco, no es que se dedicaran a transportar hormigón sino que su casco está hecho de ese material tan poco común en el mundo naval. Aunque seguro que a más de uno le pilla con el pie cambiado, las embarcaciones de hormigón son más ligeras que el agua y flotan.

Construcción de un barco con casco de hormigón
El hormigón armado se usa para construir barcos desde el siglo XIX. El caso más antiguo documentado se remonta a la Francia de 1848, mérito de Joseph-Louis Lambot, inventor al fin y al cabo del propio material. Éste se aplicó -en el ámbito marinero- a barcazas fluviales fundamentalmente y sólo a finales de la centuria se hicieron barcos que salieron al mar; el italiano Liguria del ingeniero Carlo Gabellini, fue el más famoso. A partir de ahí se difundió y generalizó la técnica por lo baratos que resultaban, aunque a cambio su construcción era más compleja que la de las naves normales.
En el período de entreguerras se abandonó la técnica de embarcaciones de hormigón armado al hallarse materiales mejores, aún más económicos y fáciles de tratar. Sin embargo, en 1942 las dificultades propias del conflicto y muy especialmente la escasez de acero obligaron a recuperarla. En EEUU se construyeron veinticuatro barcazas desprovistas de motor y diseñadas para ser remolcadas; incluso se proyectó un submarino de hormigón (!) aunque nunca se concretó, al igual que tampoco prosperó el hacer buques mayores.

Una barcaza estadounidense
Dado que el acero debía reservarse a las naves de combate, para las de carga se optó por el hormigón sobre un esqueleto de hierro, que resultaba mucho más barato y disponible. El Dia D se usaron primero para transportar combustible y munición a los buques; después como transporte de soldados, parapetos en las playas, cantinas móviles y finalmente pontones de los puertos Mulberry.
Los puertos Mulberry, bautizados así porque aparentaban zarzamoras, eran infraestructuras artificiales que se improvisaron en el litoral francés para facilitar la labor de descarga de equipos y desembarco de soldados, una vez tomadas las playas. Hubo dos: el estadounidense Mulberry A de Omaha Beach (perdido por un temporal) y el británico Mulberry B de Arromanches (del que aún quedan restos). Las barcas, a las que se llamaba popularmente como beetles (escarabajos), aunque su nombre técnico era corncobs (mazorcas), sirvieron como pilotes para sostener los muelles, conocidos como whales (ballenas).

El Mulberry B de Arromanches en 1944
Si algunas de las ballenas supervivientes se reutilizaron luego para arreglar puentes destruidos en bombardeos, al terminar la guerra la mayor parte de las mazorcas acabaron en el fondo del Canal de la Mancha o en otras profundidades, ya que también se emplearon en el frente del Pacífico, donde después tuvieron un uso secundario como macro-neveras para mantener los víveres refrigerados ante las altas temperaturas; al parecer podían mantener unos doce grados gracias a un motor congelador.
Hay unidades dispersas por el mundo: Nueva Jersey, Cuba, Galveston, Irlanda, Escocia, California… En Holanda aún se fabrican como casas flotantes y en el río Powell (Columbia Británica) un grupo de ellas sirve de rompeolas; pero quizá las más interesantes, por su currículum, sean las dieciséis del Támesis: en 1953 se llevaron de vuelta a Inglaterra para ser ancladas en su cauce y servir de barreras contra inundaciones. Ahí siguen desde entonces, habiendo adquirido además una utilidad extra: la de alojamiento para los nidos de aves acuáticas.
3. Aleksandra Samusenko, la primera mujer comandante de un tanque durante la Segunda Guerra Mundial

Alexandra Samusenko
La guerra siempre ha sido, fundamentalmente, un trabajo de hombres; al menos en lo referente a combatir en el frente, donde las mujeres únicamente solían estar como auxiliares diversas (cantineras, sanitarias…), empuñando las armas sólo en casos extremos. Sin embargo, en el siglo XX la participación femenina experimentó una efervescencia notable y el primer gran paso en ese sentido, con permiso de las milicianas de la Guerra Civil Española, lo dio el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial.
En esa contienda brillaron unas cuantas con nombre propio y probablemente otras muchas hicieron méritos similares pero, por razones variadas, cayeron en el olvido o no obtuvieron tanta popularidad como las otras. Así, se puede citar a las cuatrocientas aviadoras que formaron el 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno, más conocido como las Brujas de la noche (también como los Halcones de Stalin), y en el que destacaron Anna Timofyeyevna Yegorova, Nadiezhda Vasílievna Popova o Yevgeniya Rudneva.

También hubo célebres francotiradoras como Tatiana Nikolaevna Baramzina, Aliya Moldagulova, Lyudmila Pavlichenko (ucraniana), Marie Ljalková y Nina Alexeyevna Lobkovskaya, o guerrilleras como Elena Fedorovna Kolesova, Valeriya Osipovna y Tania Chernova. Pero en este artículo vamos a centrarnos en la figura de Aleksandra Grigoryevna Samusenko, que sobresalió en una especialidad menos común: la de tanquista. No fue la única, como se suele decir, y habría que recordar también a otras como Mariya Oktiábrskaya o Irina Levchenko, pero sí parece que alcanzó más fama.
En la semblanza de Aleksandra, como no podía ser de otra manera, se mezclan a veces realidad y ficción, historia y leyenda, certeza y confusión. Por eso se le atribuye una intervención en España durante la Guerra Civil, donde, según biógrafos como Yuri Zukhov, el soldado Balandin le contó que había sido testigo de una conversación entre ella y un compañero ametrallador llamado Kalka, quien decía recordarla en el frente de Huesca e incluso la saludó mediante el clásico «¡No pasarán!», al que Aleksandra respondió que no le recordaba. No obstante, otro autor como Fabian Garin cree que se trata de una anécdota apócrifa y cita que Mindlin, el propio novio de la tanquista, negó que hubiera pisado suelo español; de hecho, por entonces tendría catorce años y parece muy improbable.

Sea verdad o no, enriquece la cuestión desde un punto de vista romántico y hará las delicias de los creadores. Los historiadores, en cambio, tendrán que ceñirse a los hechos ciertos y comprobados con seguridad. Para ello es necesario remontarse a Chitá, una ciudad rusa de la parte este de Siberia y cuna, paradójicamente, de Lev Okhotin, uno de los líderes del PFR (Partido Fascista Ruso) que en los años treinta fundó Konstantín Rodzayevski. En esa urbe, en 1922, nació Aleksandra, si bien su entrada en la Historia con mayúsculas no se produjo hasta un par de décadas después, cuando la Wehrmacht llevó a cabo la Operación Barbarroja e invadió la URSS.
Si hacemos caso a otro rumor, Aleksandra habría iniciado su actividad bélica un poco antes, en la Guerra de Invierno (la que los soviéticos llevaron a cabo contra Finlandia desde noviembre de 1939 a marzo de 1940), aunque de nuevo hay quien lo cuestiona. Así que es la invasión alemana cuando todo empieza en sentido estricto. Al igual que otras jóvenes, Aleksandra no se conformó con ver la contienda desde casa ni con colaborar en la retaguardia, de manera que lo que en la Unión Soviética se conoce como Gran Guerra Patriótica la llevó a sumarse a las filas de un regimiento de infantería.

Un T-34 expuesto en el museo ruso de Kubinka
Allí envió una carta al Soviet Supremo solicitando ingresar en la Academia de Tanques argumentando su experiencia en mecánica. Fue pionera en eso porque se adelantó a Mariya Oktiábrskaya, quien fue la primera conductora de carros de combate a mediados de 1943, entrando en liza en octubre como sargento en un tanque bautizado con el bonito nombre de Compañera de armas (en cuya construcción colaboró económicamente). Pero Aleksandra siguió sus pasos al igual que haría una veintena más de mujeres; algunas murieron en acción y otras fueron ascendiendo en el escalafón hasta la oficialidad: Ludmila Ivánovna Kalínina, por ejemplo, alcanzó el grado de coronel y otras como Yevguéniya Serguéyevna Kóstrikova o Irina Nikoláyevna Lévchenko recibieron el mando de sendos grupos de carros (la segunda una compañía entera).
El caso es que Aleksandra fue destinada al 1º Ejército de Tanques de la Guardia, reorganizado en enero de 1943 por Mikhail Katukov con los restos del anterior, que había sido destruido por los alemanes en Stalingrado. En él, Aleksandra tomó parte en la Operación Urano, la tenaza con que el Ejército Rojo envolvió al mariscal Von Paulus en Stalingrado hasta su rendición a finales de 1942. Posteriormente, en el verano de 1943, participó en la Batalla de Kursk, la mayor de tanques de la guerra -y de la Historia-, con más de cuatro mil unidades por parte germana y de cinco mil por parte soviética. El T-34 de Aleksandra, que era oficial de enlace, estaba adscrito a un cuerpo formado por entre quinientos y ochocientos carros, y fue responsable de toda una hazaña: abatir tres Tiger I, colaborando así no sólo en la victoria sino en la condecoración colectiva concedida tras el conflicto, la Orden de la Estrella Roja.

Orden de la Gran Guerra Patria y Orden de la Estrella Roja, las máximas condecoraciones obtenidas por Aleksandra
Poco después, en otra acción, Aleksandra se cubrió de gloria cuando sustituyó al comandante del batallón, que había caído, logrando sacar a los suyos de una emboscada. No es de extrañar que ese mismo año recibiera a su vez el ascenso a comandante -pasó a ser la primera comandante de tanques de la URSS- y la Orden de la Guerra Patria de Primera Clase. En su currículum figuran también la Ofensiva de Léopolis-Sandomierz (Ucrania, julio de 1944) y la toma de Berlín en abril de 1945, siendo parte de las tropas de ocupación en Alemania con base en la ciudad de Dresde.
Dos episodios dan una pátina humana a esta vida casi exclusivamente bélica. El primero se produjo cuando conoció al mencionado Mindlin, su novio, quien la convenció para que abandonase el tabaco y la bebida; aficiones, por lo visto, vinculadas a su duro trabajo. El segundo ocurrió en enero de 1945 al toparse en Polonia con un sargento estadounidense de la 101º División Aerotransportada llamado Joseph Beyrle, que se había fugado del Stalag III-C, un campo de prisioneros para soldados aliados situado cerca de la actual Drewice (a unos ochenta kilómetros de Berlín).

Joseph Beyrle en 1943
Beyrle era todo un personaje que merecería artículo propio; aquí baste decir que solicitó a Aleksandra incorporarse a sus filas de camino a la capital alemana y obtuvo la autorización, pasando así a ser el único militar norteamericano que combatió en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial (un mes) y pudo ostentar medallas de ambos países. El interés de Beyrle es doble porque aportó algunos datos sobre la poco conocida vida de su nueva oficial, como que había perdido a toda su familia en el conflicto.
Ella misma encontró el final de su vida de forma trágica, antes de poder ver la victoria final en la guerra. Trágica y bastante absurda, como sucede a menudo, ya que el óbito fue causado por un accidente al resultar aplastada bajo las orugas de un tanque en el contexto de la ofensiva en Pomerania. No por un carro enemigo sino propio: el conductor no la vio porque era de noche. Fue el 3 de marzo de 1945 en el pueblo germano de Zülzefitz (actual Suliszewice, Polonia), a unos setenta kilómetros de Berlín. Sus restos mortales reposan en la ciudad polaca de Lobez, cerca del monumento erigido en memoria del káiser Guillermo I.
4. Cómo miembros de las Waffen SS se alistaron en la Legión Extranjera Francesa tras la Segunda Guerra Mundial

Legionarios en Argelia, 1958
Todos tenemos en mente la imagen clásica -casi estereotipada- de los legionarios franceses: hombres de oscuro pasado que, ataviados con sus característicos quepis con cogotera y guerrera azul, atrincherados tras las almenas de una vieja alcazaba y escasos de agua, se defienden desesperadamente del ataque de beduinos ocultos entre las dunas. Lo hemos visto en infinidad de novelas y películas, desde la inolvidable Beau Geste a la más reciente Marchar o morir, pasando por Arenas en llamas, Marruecos, La legión del desierto, Argelia, etc.
Probablemente la Legión Extranjera Francesa sea uno de los cuerpos militares más románticos que han existido y existen, pues aún se halla operativo. Por supuesto, empleando el término romántico en su acepción relativa al Romanticismo, a saber, la exaltación de la fantasía, los sentimientos, el exotismo y, en suma, la aventura. Claro que la realidad aporta el componente mundano, el de la violencia de la guerra y la turbiedad de sus componentes, aspecto éste que allí cobra una dimensión especial por aquella promesa de perdón y olvido de sus acciones pretéritas que obtenían quienes se alistaban.

Beau Geste, un clásico
De hecho, ingresar en la Legión no sólo era una opción para quienes ansiaban una vida de aventura y cierta independencia sino también para multitud de delincuentes que encontraban en sus filas un escondite de la justicia, al proporcionarles la posibilidad de cambiar años de cárcel por un servicio al Estado entre camaradas y en un país más o menos lejano con una nueva identidad. Hoy en día las cosas han cambiado y ya no se admiten prófugos, pero fue algo vigente hasta hace relativamente poco. Es más, existe cierta polémica sobre el posible amparo que la Legión otorgó a criminales de guerra nazis.
Para ser exactos, no necesariamente criminales pero sí miembros de las Waffen SS que temiendo ser llevados a juicio por sus acciones durante la Segunda Guerra Mundial se alistaron y lograron desaparecer, participando en la Guerra de Indochina. Su presencia en Asia está acreditada y a raíz de la Batalla de Dien Bien Phu salió a la luz gracias a una denuncia del Viet Minh, si bien ello originó bastante discusión debido a que oficialmente los antiguos nazis tenían vetado su ingreso en el cuerpo.

Hitler entregando un estandarte a las SS en 1938
Evidentemente, una cosa es la teoría y otra la práctica. Así, aunque los médicos tenían que someter a los aspirantes a un minucioso examen físico para detectar a los que llevaran tatuado su número y grupo sanguíneo que les identificaba como miembros de las SS, hay testimonios de algunos legionarios recordando la cantidad de candidatos alemanes que presentaban heridas superficiales en la zona de la axila, precisamente el lugar donde se realizaban los susodichos tatuajes. Esos testigos también revelan la permisividad que, no obstante, había para el alistamiento dependiendo del tribunal médico.
Tanta como para que en la posguerra, entre 1945 y 1954, el 60% de los legionarios destinados a Indochina fuera de origen teutón. El número de efectivos en la colonia asiática superaba ligeramente los 36.000 (de un total de 150.000) y de ellos unos 21.000 eran alemanes o, para ser más exactos, germánicos, ya que en ese recuento suelen incluirse también los austríacos, holandeses, suizos e incluso belgas, dependiendo de la fuente. En Argelia habría destinados unos 20.000 y el porcentaje fue algo menor, en torno al 45% o 50%, porque allí había más italianos y españoles.
Tampoco es tan sorprendente, ya que Alemania siempre fue una de las canteras principales para la Legión después de la propia Francia y hasta hay aforismos al respecto. Se dieron casos curiosos, como el de los legionarios originarios de ese país que por los avatares bélicos tenían que luchar contra sus compatriotas defendiendo la bandera tricolor (caso de la guerra Franco-Prusiana e incluso en las dos mundiales).

Uniformes de la Legión Extranjera de 1863
Terminada la gran contienda los campos de prisioneros rebosaban de soldados deseosos de salir de su encierro, fueran de las SS o no, muchos de los cuales prefirieron alistarse y salir ya en vez de esperar una liberación oficial; a ellos se sumarían luego los veteranos inadaptados, los que habían perdido todo (bienes, familia, amigos…) y los delincuentes comunes. Probablemente en un primer momento se reclutaron oficiales de la Wehrmacht, matizando que ingresaban como soldados rasos, pues el reglamento exigía que la oficialidad debía ser gala; entre ellos logró colarse un pequeño número de Waffen SS, evitando los controles y el rechazo que experimentaban inicialmente quienes presentaban la citada cicatriz o cuyos nombres figuraban en las listas de buscados.
No obstante, estos efectivos eran minoritarios y seguramente se licenciaron o fueron redestinados a otros sitios fuera de Indochina antes del desastre de Bien Bien Phu, ya que la media anual de reclutamientos rondaba los 10.000 hombres. Para la década de los cincuenta ya había una nueva generación de legionarios deseoso de escapar de la miseria de la posguerra; pero si bien Alemania era un caladero importante por su coyuntural situación socioeconómica, también otros países pasaban por un período de penuria.
¿Cuántos de ellos eran criminales de guerra nazis? Es imposible saberlo. Primero, porque con la división de Alemania en cuatro zonas de ocupación se produjo un aluvión de germanos hacia las regidas por Francia, Reino Unido y EEUU, huyendo de la soviética, y es fácil imaginar el caos que devino de ese proceso, con los nazis -de diversas nacionalidades- mezclados entre los soldados normales buscando una solución rápida que les librase de la repatriación y con los consiguientes cambios de identidad. Y segundo, porque los informes del Viet Minh, que fueron los que levantaron la liebre acusando a la Legión Extranjera de ser un escondite de nazis huidos, han sido cuestionados.

Legionarios en las trincheras de Dien Bien Phu
El Viet Minh, abreviatura de la Liga Para La Independencia de Vietnam, era un movimiento fundado en 1941 por Ho Chi Minh, Lê Duẩn, Võ Nguyên Giáp y Pham Van Dong cuyo objetivo era la expulsión de los franceses. Por tanto, la propaganda pasaba a ser un arma más y desacreditar a la Legión, la principal fuerza enemiga, estaría entre los objetivos. Formaría parte de esa táctica el considerar nazis a todos los alemanes que la integraban (muchos, como hemos visto, y entre ellos, efectivamente, no faltarían los de esa ideología). Recordemos que en Dien Bien Phu cayeron presos 11.000 legionarios, de los 15.000 que quedaron copados en aquella posición en 1954.
Cabe añadir que la Legión Extranjera no fue el único cuerpo en el que se refugiarían los criminales de guerra y algunos lograron alistarse en otros, entre ellos la Legión Española, donde recibían un trato mejor. Un ejemplo podría ser el caso del sargento Larry Thorne, un SS finlandés llamado originalmente Lauri Torme que ingresó en las Fuerzas de Operaciones Especiales de EEUU y llegó a sargento, combatiendo precisamente en Vietnam. Más curiosas son las historias, unas reales, otras legendarias, de judíos alistados para vengar la muerte de sus familiares persiguiendo a sus asesinos, también enrolados.
5. La historia de los Arditi, las tropas de élite italianas de la Primera Guerra Mundial

Gabriele D’Annunzio y sus Arditi en Fiume
El 9º Reggimento d’Assalto Paracadutisti Col Moschin, una de las fuerzas de élite del ejército italiano, es popularmente conocido como Arditi incursori, que significa «Incursores atrevidos». Pero este apodo no deriva tanto de su capacidad operativa como de su antecedente histórico: un cuerpo de choque creado durante la Primera Guerra Mundial para solventar el estancamiento que producía en el frente la guerra de trincheras y que recibió el nombre de Arditi.
Situémonos en la época. Desde finales de 1914 los frentes tendieron a estabilizarse deteniendo las operaciones ofensivas y convirtiendo el territorio fronterizo entre contendientes, la parte norte de Francia y Bélgica fundamentalmente, en una zona horadada por kilómetros y kilómetros de construcciones defensivas con zanjas, parapetos y alambradas que ningún bando era capaz de superar. Ni los bombardeos artilleros ni el lanzamiento de gases en 1915 ni la aparición de los primeros tanques al año siguiente -aún demasiado primitivos- pudieron impedir aquel empantanamiento de tropas que, en la práctica, provocaba enormes cifras de bajas por enfermedad por las pésimas condiciones higiénicas.
En tales circunstancias y teniendo en cuenta que las cargas masivas a pie de los soldados fracasaban al ser pasto fácil para las ametralladoras, en 1917 el Regio Esercito tuvo la idea de organizar lo que denominaba Reparti d’Assalto, unidades de asalto encargadas de allanar el camino para abrir paso al grueso de la infantería con acciones sobre puntos concretos. Este contingente adoptó por iniciativa propia el nombre de Arditi porque sus integrantes se reclutaban entre los más valientes de cada regimiento, lo que lleva a situar su origen en otras unidades previas, más pequeñas, que empezaron a operar en 1914 tras las líneas enemigas, a la manera de comandos, si bien solían desempeñar labores de exploración.

Una trinchera en el frente del Somme, 1916
Otro cuerpo que sin duda influyó en la creación de los Arditi fue el de las Compañías de la muerte, encargadas de despejar el terreno de alambradas -cortándolas con cizallas o volándolas- para facilitar los asaltos a gran escala. Dichas compañías tenían su propio y característico uniforme que las identificaba como unidad aparte, aunque cada regimiento contara con la suya. En cualquier caso, el espíritu estaba claro: atacar las trincheras enemigas para abrir paso y resistir en ellas hasta la llegada de los suyos. De hecho, los germanos también tenían su versión: los Stosstruppen, que asimismo debieron servir de modelo.
O la vittoria, o tutti accoppati era su lema, traducible por «O vencemos o morimos todos». Muy ajustado a la realidad, ya que el porcentaje de bajas que registraban era impresionante, muy superior al normal: hasta un treinta por ciento. Gajes del tipo de combate que debían desempeñar, que a menudo les obligaba a prescindir de su fusil en favor de granadas y petardos Thevenot (una bomba de mano de escasa potencia, idónea para lanzar dentro de la misma trinchera), además de pistola y una simple daga; las primeras para arrojar sobre los adversarios y eliminar al grueso de ellos y las otras para la lucha en distancia corta que tendrían que desarrollar en el estrecho espacio de la trinchera con los supervivientes, una vez se hubieran introducido dentro. También solían usar un peto blindado.
Esa singularidad de su oficio hacía que recibieran un entrenamiento especial, no sólo en intensidad sino también en variedad. Aprendían defensa personal, lucha cuerpo a cuerpo con cuchillo y todo lo relativo al uso de granadas de mano, aunque también practicaban con otras armas. En realidad, la mayoría de los Arditi ya eran soldados superiores antes, pues aparte de tener que superar exámenes psicológicos solían proceder de cuerpos como los Bersaglieri y los Alpini, en los que la movilidad requería miembros fuertes y resistentes. El uniforme mismo tenía elementos de ambos, siendo los principales una insignia con llamas (de un color diferente según la unidad), otra con el nudo típico de la casa Saboya y las siglas VE (alusión al rey Vittorio Emanuele III, signos que procedían de una condecoración al valor anterior); lo más sorprendente era que se cubrían con un fez (también de color variable) que en combate se trocaba por un casco.
Pese a las reticencias del alto mando, los Arditi fueron organizados en sentido estricto a mediados de 1917 e integrados en la 48ª División del VIII Cuerpo de Ejército que mandaba el coronel Giuseppe Bassi, quien obtuvo el apoyo decidido del general Francesco Saverio Grazioli. Cada unidad tenía unos cuatrocientos hombres, todos voluntarios, a las órdenes de trece oficiales, sumando un total de dieciocho mil efectivos. Su base inicial se ubicaba en Sdricca di Manzano, una localidad de la provincia italiana de Udine (donde, por cierto, hoy en día se les recuerda con una fiesta cada verano) y no se admitían antecedentes de delincuencia. En general, los Arditi no estaban bien vistos por los demás soldados debido a las prerrogativas de que gozaban.

Un batallón de Arditi hacia 1918
No está claro dónde fue su bautismo de fuego. Manejando las fechas con amplitud, podría reseñarse la Compagnia volontari esploratori del capitán Cristoforo Baseggio, que resultó completamente destruida en abril de 1916 en el ataque a Monte Osvaldo y fue disuelta un mes después. A Baseggio se le nombra a veces como creador de los Arditi, pero éstos mismos lo negaron en su día y podríamos considerársele uno más entre sus muchos padres. Así, el año de referencia es 1917. Concretamente el 14 de mayo, con el asalto al Monte San Marco por parte de los hombres de Bassi, que fue lo que dio luz verde a la creación del cuerpo y a su entrada en acción como tal el 18 de agosto en el Monte Fratta: dos compañías cruzaron el río Isonzo por sorpresa e hicieron quinientos prisioneros. Tres semanas más tarde otras tres compañías aumentaron la hazaña apresando tres mil austríacos y veintiocho cañones en el Monte San Gabriel.
Ese otoño participaron en la célebre batalla de Caporeto (una grave derrota que provocó la sustitución de Bassi por el general Capello), al igual que exactamente un año más tarde lo hicieron en la de Vittorio Veneto. Sin embargo, su acción más famosa fue en el verano de 1918, durante la batalla del Piave. Librada a la desesperada junto al río homónimo para detener el avance austríaco, terminó con una victoria que supuso un respiro para Italia, alejando la amenaza de invasión que había provocado la derrota en la citada Caporeto. Los Arditi protagonizaron varias incursiones nocturnas entre el enemigo, cruzando a nado hasta la otra orilla para acuchillar soldados contrarios, ganándose el sobrenombre de Caimani del Piave (Caimanes del Piave); los actuales COMSUBIN (Comando Subacquei e Incursori) usan ese reptil como emblema en su recuerdo.
En 1920, terminada la guerra y siendo innecesarios, los Arditi fueron desmovilizados. No obstante, su parafernalia fue adoptada tanto por el régimen de Mussolini como por la milicia antifascista autobautizada Arditi del Popolo; ambos usaron como símbolo la calavera con una daga entre los dientes que ostentaban los soldados. Ahora bien, muchos veteranos, incapaces de readaptarse a la vida civil como pasó en Alemania, se juntaron en la ANAI (Associazione Nazionale Arditi d’Italia) del capitán Mario Carli, un intelectual ex-ardito que apoyó el movimiento del poeta Gabriele D’Anunzio en la ciudad croata de Fiume para crear un estado libre vinculado a Italia. D’Anunzio se autonombró Duce y controló el poder mediante una milicia a la que llamó Arditi; sus miembros vestían camisa negra -luego copiada por Mussolini- y un típico fez del mismo color.

Bandera del Batallón de Arditi dei Popolo de Civitavecchia
En 1921 Carli se alejó del protofascismo para colaborar en la fundación del mencionado grupo Arditi del Popolo, de carácter izquierdista radical y republicano. A menudo chocaba con los fascistas en peleas callejeras al grito de «¡A noi!» (¡Por nosotros!) siendo la de Parma de 1922 la más grave, con participación de cientos de personas de ambos bandos y decenas de muertos registrados. Con la subida al poder de Mussolini ese mismo año los Arditi dei Popolo pasaron a ser perseguidos; para entonces, Carli ya los había abandonado y abrazado de nuevo el fascismo.
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