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De Belén al martirio: el trágico final de los Reyes Magos…


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Representación de los tres Reyes Magos en el Atlás Catalán (1375).

lavozdigital.com(M.P.Villatoro)/El Independiente(A.Monzon)  —  Poco falta para que los Reyes Magos hagan las delicias de los más pequeños y comiencen su viaje a lo largo del planeta repartiendo ilusión y alegría. En unas horas, Melchor, Gaspar y Baltasar subirán a sus camellos para premiar a los niños buenos y dar un tirón de orejas con carbón a los que peor se hayan portado. Poco se puede decir de ellos que no se sepa. A día de hoy, de hecho, Sus Majestades son unos de los personajes más populares entre los niños Aunque lo que no se suele contar de ellos es su verdadero final. Quizá porque, en parte, navega entre la realidad, el mito y la tragedia.

Hechiceros para unos, astrólogos para otros, una de las versiones que narra la verdadera historia de los Reyes Magos afirma que estos desgraciados persas se convirtieron al cristianismo después de haber viajado hasta Belén y que, tras ser bautizados, fueron capturados y murieron martirizados por ayudar a extender y predicar el cristianismo.

La controversia sobre estos personajes no terminó, ni siquiera, cuando murieron. En la actualidad, por ejemplo, se cree que sus restos reposan en la catedral de Colonia, donde habrían llegado después de que el popular Barbarroja destrozara su último sepulcro en Constantinopla.

Comienza la leyenda

El primer testimonio de su leyenda hay que buscarlo en la Biblia. El creador fue Mateo. El Apóstol fue el único de todos sus compañeros que desveló en el libro sagrado la existencia de estos personajes. Aunque no dejó escrito en las crónicas que fueran tres. Por el contrario, se limitaba a señalar que, tras el nacimiento de Jesucristo, llegaron de «Oriente a Jerusalén unos magos». A continuación, explicaba que habían preguntado por el pequeño. «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?». En el texto, por lo tanto, no hacía ninguna referencia tampoco a su raza.

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Mateo también incidía en que los Reyes Magos afirmaron que habían visto «su estrella» en «el Oriente» y que habían acudido a adorarle.

Esta inesperada visita no tardó en ser conocida por Herodes, rey del país.

Según el Apóstol, tras enterarse de que unos magos habían arribado a sus dominios, «el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él».

El monarca, sin dudarlo, convocó a los principales sacerdotes y a los escribas y «les preguntó dónde había de nacer el Cristo».

La respuesta de todos estos sabios fue unánime: en Belén. ¿La razón? Que así lo decía la profecía.

Siempre según las crónicas de Mateo, Herodes se reunió con los recién llegados y les tendió una trampa: les envió a la ciudad y les pidió que averiguasen todo lo que pudiesen acerca del niño, pues él quería adorarle también.

«Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño». El evangelista continúa afirmando que, después de llegar a la casa en la que había nacido Jesús, se postraron y le adoraron como aun rey.

El texto también habla, por primera vez, de los regalos que llevaron a Jesús. «Le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

Posteriormente se marcharon, pero no cumplieron su promesa de avisar al rey tras ser advertidos en sueños (por un poder superior) de lo que este pretendía. «Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino», completa Mateo.

Esta es la información que daría lugar a la llegada de Sus Majestades a todas nuestras casas en la noche del 5 de enero. Una tradición que ha ido evolucionando con el paso de los siglos debido, entre otras cosas, a las múltiples versiones existentes.

«Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino». Con este escueto versículo se pierde todo rastro de los magos de Oriente que, según detalla el Evangelio de San Mateo, acudieron a Belén a adorar al niño Jesús poco después de su nacimiento. A partir de entonces, e incluso antes, todo en torno a ellos se torna misterio.

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¿Quiénes fueron?

¿De dónde provenían?

¿Qué fue la «estrella» que los condujo hasta Belén?

¿Cuántos eran realmente?

Éstas son solo algunas de las cuestiones que a lo largo de los siglos han tratado de desgranar muy diversos autores que, con una base más o menos científica, más o menos sólida o, al menos, conocida han tratado de abordar distintos aspectos de estos misteriosos hombres que habrían acudido a territorio judío para adorar al Mesías y agasajarlo con una serie de regalos: oro, incienso y mirra.

La escasez de fuentes fiables no ha sido, en cualquier caso, óbice para la abundancia de leyendas en torno a estos magos, concebidos como reyes con el paso de los años (pese a que nada al respecto afirma el evangelista) y que la tradición ha acabado convirtiendo en tres (entre otras cosas por adecuación al número de presentes mencionados), aunque autores como Andrew Edward Breen han manifestado sus dudas sobre la posibilidad de que una caravana tan reducida protagonizara un viaje de este tipo.

Hoy es común denominar a estos supuestos soberanos orientales con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, considerarlos provenientes de Persia, Arabia o hasta (al menos en el caso de Baltasar) Etiopía, representar a este último como de tez negra, e incluso imaginarlos guiados por un fenómeno astronómico como la conjunción de Saturno y Júpiter que, según diversos estudios, se produjo hasta en tres ocasiones a lo largo del año 7 después de Cristo, arrojando un brillo especial que la haría fácilmente distinguible desde la Tierra.

Si todas estas cuestiones son aún hoy objeto de debate, más dudas ofrecen aún las historias que tratan de abordar qué fue de los hoy denominados Reyes Magos tras el encuentro de Belén. Y, sin embargo, son varias las versiones que, a lo largo de los siglos han ido circulando sobre el destino que les esperaría a los adoradores de Jesús de los que da referencia Mateo. Y algunas de ellas les deparan un trágico final a «sus majestades» orientales.

Triste final

De forma independiente al momento exacto en el que nació su leyenda, cabe destacar que la tradición ha dado también un cruel final a los Reyes Magos. Según la creencia popular, nuestros protagonistas fueron bautizados por Santo Tomás y comenzaron a predicar el Evangelio por la India. En palabras de Juan de Hildesheim (« El libro de los Reyes Magos»), el religioso «consagró obispos a los tres Reyes y ellos, a su vez, eligieron entre las gentes del pueblo a personas sin mancha».

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La cabalgata de Reyes Magos: una tradición ni religiosa, ni milenaria

«Después de la partida y la muerte del bienaventurado Tomás, los tres reyes, ya ordenados obispos, peregrinaron por todas las ciudades y todos los pueblos, construyendo muchas iglesias y ordenando sacerdotes y ministros de Dios. Y puesta a un lado toda mundana vanidad, eligieron como morada perpetua la ciudad de Seuva, y con el auxilio de Dios y de todos los obispos y sacerdotes, gobernaron desde allí sus tierras y reinos, en lo espiritual y en lo temporal. Y todos los pueblos los obedecieron no por temor, sino por amor, no como señores, sino como padres, y los amaron con un amor que no era apariencia», añade el autor.

A partir de entonces las versiones sobre su muerte se diluyen. La más extendida es la que afirma que fueron martirizados en el año 70, después de evitar ser linchados en varias ocasiones por predicar el cristianismo. Uno de los que incide en este final es el cronista Pedro de Rojas en su obra del siglo XVII « Historia de la imperial ciudad de Toledo, cabeza de su felicísimo reino, fundación, antigüedades, grandezas (etc.)». En la misma, además, contradice a De Hildesheim al señalar que no eran reyes, sino que les denominaban de esta forma por el reconocido nivel de sabiduría que habían alcanzado.

«Ellos, santos Reyes Magos, padecieron martirio el año setenta del Señor, por su Santa Fe, teniendo Gaspar ciento y treinta años de edad, Baltasar ciento y diez y Melchor noventa y cuatro. Bien Logrados años, y buen remate de sus santas vidas. Novedad grande, curiosa y de ninguno tocada en esos tiempos», desvela este autor. Otros como Flavio Lucio Dextro (del que bebe De Rojas) es partidario de la versión del martirio y señala que se sucedió en la ciudad de «Sefania Adrumenta».

Sin embargo, De Hildesheim cree, como otros estudiosos y cronistas de la época, que los Reyes Magos fallecieron de muerte natural. En sus palabras, dejaron este mundo «poco antes de la fiesta de natividad del Señor» y justo después de que una estrella apareciera en el cielo como presagio de su defunción. A su vez, señala que el primero en partir fue Melchor, en su «centésimo decimosexto año de vida», y que lo hizo en presencia de todo el pueblo y sin sentir dolor. «Los otros dos Reyes, con todos los nobles y el pueblo, depositaron su cuerpo en el túmulo».

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Relicario en el que se encontrarían los restos de los Reyes Magos

Según la versión de la tortura, sus cuerpos fueron enterrados en el mismo sarcófago, lo que podría sugerir que eran familiares.

En todo caso, la leyenda afirma que santa Elena (la misma que halló la  Vera Cruz) se llevó sus restos hasta Constantinopla en el siglo IV.

Así, hasta que fueron dejados en Milán.

A partir de aquí se les habría perdido la pista, pues se cuenta que -cuando el emperador Federico Barbarroja asedió la ciudad en 1162- los huesos fueron llevados hasta Colonia.

Comenzaron su viaje en 1164 y, poco después, se edificó una iglesia en la región en su honor. En ella, a día de hoy, permanece su relicario.

Distintas versiones

Según un relato legado por el afamado viajero veneciano Marco Polo en el siglo XIII -y que bebía de crónicas anteriores- tras presentar sus regalos a Jesús, los magos abandonaron Belén portando un regalo que éste les había entregado en una caja cerrada. A mitad de camino decidieron abrir la caja y al descubrir que se trataba de una piedra la arrojaron a un pozo. «Arrojada la piedra al pozo, un fuego descendió del cielo ardiendo y cayó dentro del pozo. Cuando los reyes vieron esta maravilla, se arrepintieron de lo que habían hecho; tomaron aquel fuego y lo llevaron a su tierra y lo pusieron en una de sus iglesias. Y de continuo lo hacen arder y oran a ese fuego como a un dios», señala el relato.

La mayor parte de los textos que tratan de recrear la vida de los magos tras su encuentro con Jesús relatan la conversión de éstos a la fe cristiana, un proceso que generalmente se atribuye al esfuerzo evangelizador del apóstol Tomás, que habría sido el encargado de bautizarlos. Así, los magos se dedicarían al apostolado y llevarían a cabo diversas obras para la extensión del Evangelio en aquellas tierras orientales hasta su muerte. Una muerte que, según el relato de Juan de Hildesheim (siglo XIV), fue «dulce y feliz».

Tal y como parafrasea Franco Cardini en Los Reyes Magos. Historia y leyenda (Ediciones Península, 2001), tras recibir la señal divina de su próxima muerte -que se suele fechar en torno al año 70, cuando ya superaban el siglo de vida-, «mandaron preparar en Seuva un sepulcro de forma real y murieron a breve distancia uno de otro. Los enterraron en pie, como corresponde a los reyes, y juntos, como habían vivido; antes de su fallecimiento apareció una estrella que permaneció en el lugar de su sepultura hasta su traslado».

Esta versión de la muerte de los magos de Oriente se vio, sin embargo, eclipsada por las que planteaban un fallecimiento mucho más cruento. Entre éstas está la relatada por el jesuita toledano Jerónimo Román de la Higuera, que, bajo el título de Chronicon Omnimodae Historiae, trató de pasar su texto -escrito en pleno siglo XVI- como una obra de Flavio Lucio Dextro, obispo de Barcelona en el siglo V. Según la versión recogida en su escrito por De la Higuera los magos fallecieron tras sufrir martirio en la localidad arábiga de Sessania de Andruneti.

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La obra de Román de la Higuera, catalogado como uno de los mayores farsantes de la historia de España, caería en el descrédito varios siglos después, cuando se descubrió que buena parte de las referencias utilizadas en su relato, supuestamente histórico, habían sido falseadas. Sin embargo, la historia de la tortura de los Reyes Magos no fue -al menos no en exclusiva- fruto de su imaginación, sino que también fue incluida en otras recreaciones de su vida. Así, tal y como relata Andre Edward Breen en su Exposición armonizada de los cuatro evangelios, «existía la tradición de que los magos fueron martirizados por la fe». De este modo, sus esfuerzos por trasladar su creencia en la divinidad de aquel niño al que habían adorado en Belén les habría acabado costando una trágica muerte como a otros muchos apóstoles de Cristo en los primeros siglos de la era moderna.

Su muerte no supondría, en cualquier caso, el punto final de los relatos en torno a los misteriosos magos de Oriente. La leyenda cuenta que la emperatriz Elena de Constantinopla (proclamada posteriormente como Santa Elena), tras su célebre viaje a Jerusalén en torno al año 300 -durante el cual se hallaría también la reliquia de la Vera Cruz-, trasladaría los cuerpos y las reliquias de los magos desde un impreciso Oriente hasta Constantinopla, donde serían objeto de adoración. Tiempo después, un obispo de Milán llamado Eustorgio se encargaría de llevarlos hasta la ciudad italiana.

Habría que esperar hasta el siglo XII para encontrar nuevas noticias sobre las reliquias de los magos, que en 1164 serían nuevamente trasladados hasta la ciudad germana de Colonia, tras el asedio de Milán por parte del emperador Federico I, Barbarroja. El arzobispo de Colonia, Reinaldo de Dassell, sería el responsable de aquella nueva mudanza. Depositados en la iglesia de San Pedro -posteriormente transformada en catedral-, los responsables de los restos de los reyes impulsarían la construcción de un arca de plata dorada para el reposo de los mismos.

La importancia que adquirirían aquellos restos en los años posteriores queda probada por el hecho de que, desde finales del siglo XII es posible determinar un flujo constante de peregrinos hacia la ciudad germánica con el fin de venerar las reliquias de los magos, de lo que quedan evidencias como insignias o amuletos que llevaban escritos los nombres de los tres magos. La relevancia de la que gozaría motivaría que, por ejemplo, durante las invasiones mongolas dirigidas por Bathu Khan, el nieto de Genghis Khan, a mediados del siglo XIII, se llegaría a extender «la noticia de que los mongoles se dirigían a Colonia para recuperar los despojos de sus antepasados, los reyes magos», apunta Cardini.

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Es cierto, no obstante, que desde entonces han sido varias las ciudades que han discutido a Colonia la autenticidad de aquellos restos y el propio Marco Polo relataría cómo durante su travesía por territorio de Persia se le mostró un lugar donde, presuntamente, descansaban los restos de los Reyes Magos. «En Persia se encuentra la ciudad de Saba, desde donde partieron los Tres Magos cuando fueron a adorar a Jesucristo; y en esta ciudad están enterrados, en tres monumentos muy grandes y hermosos, uno al lado del otro. Y sobre ellos hay un edificio cuadrado, cuidadosamente cuidado. Los cuerpos aún están completos, manteniendo el pelo y la barba», observa el relato del viajero.

Así pues, incluso el lugar de su enterramiento como casi cada paso de su vida permanece envuelto en el misterio. Pero sea en un punto u otro, tras una muerte «dulce y feliz» o tras padecer la tortura por sus creencias, lo cierto es que la leyenda de los misteriosos magos de Oriente ha sido capaz de sobrevivir al paso de los siglos para convertirse en una tradición navideña que rebasa con mucho toda la liturgia cristiana.

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