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Nuestra personalidad a través de los años o Cómo tu personalidad cambia a medida que cumples años…


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«Señor presidente, quiero plantearle un tema que creo que ha estado rondando durante dos o tres semanas y presentarlo específicamente en términos de seguridad nacional… «, dijo el periodista Henry Trewhitt, mientras miraba fija y seriamente al presidente estadounidense Ronald Reagan.

Era octubre de 1984, y Reagan estaba luchando por permanecer en el cargo por un segundo mandato.

Unas semanas antes había tenido un mal desempeño en los debates frente a su rival principal.

Entonces se rumoreaba que, a los 73 años, simplemente era demasiado mayor para el trabajo.

En ese momento, Reagan ya era el presidente de más edad en la historia de Estados Unidos, un récord que ya ha sido superado por Donald Trump (74) y ahora por el actual presidente Joe Biden, de 78 años.

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En 1984, Reagan era el presidente de mayor edad que había gobernado EE.UU. hasta la fecha.

«Y quiero que sepa que tampoco voy a convertir la edad en un tema de esta campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud y la inexperiencia de mi oponente».

Su respuesta fue recibida con risas estridentes y aplausos, que precedieron a una victoria aplastante en las elecciones.

La broma de Reagan, sin embargo, contenía más verdad de lo que sabía entonces.

No solo tenía la experiencia de su lado, también tenía una «personalidad madura».

Cambio misterioso

Todos estamos familiarizados con la transformación física que conlleva el envejecimiento: la piel pierde su elasticidad, las encías retroceden, nuestra nariz crece, los pelos brotan en lugares peculiares -a la vez que desaparecen por completo de otras partes- y esos preciosos centímetros de altura a los que nos aferramos comienzan a desaparecer.

Ahora, después de décadas de investigación sobre los efectos del envejecimiento, los científicos han comenzado a descubrir cambios más misteriosos.

«La conclusión es exactamente esta: que no somos la misma persona durante toda nuestra vida«, señala René Mõttus, psicólogo de la Universidad de Edimburgo.

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Si bien nuestras personalidades cambian constantemente, lo hacen en relación a quienes nos rodean.

A la mayoría de nosotros nos gustaría pensar en nuestra personalidad como algo relativamente estable a lo largo de nuestra vida. Pero diversas investigaciones sugieren que este no es el caso.

Nuestros rasgos cambian constantemente, y para cuando entramos en la década de los 70 y 80 años, hemos experimentado una transformación significativa.

La modificación gradual de nuestra personalidad tiene algunas ventajas sorprendentes.

Nos volvemos más conscientes, agradables y menos neuróticos.

Los niveles de los rasgos de personalidad de la llamada «Tríada Oscura» -el maquiavelismo, el narcisismo y la psicopatía- también tienden a disminuir, y con ellos, nuestro riesgo de caer en comportamientos antisociales como el crimen y el abuso de sustancias.

Las investigaciones han demostrado que nos convertimos en personas más altruistas y confiadas. Nuestra fuerza de voluntad aumenta y desarrollamos un mejor sentido del humor.

Finalmente, los ancianos tienen más control sobre sus emociones.

Es sin duda una combinación ganadora, y una que indica que el estereotipo de que las personas mayores son gruñonas y cascarrabias necesita ser revisada.

Nuestras personalidades son fluidas y maleables

Lejos de asentarse en la infancia, o alrededor de los 30 años -como pensó la comunidad científica durante años-, parece que nuestras personalidades son fluidas y maleables.

«Las personas se vuelven más agradables y más adaptadas socialmente», dice Mõttus.

«Son cada vez más capaces de equilibrar sus propias expectativas de vida con las demandas de la sociedad».

Los psicólogos llaman al proceso de cambio que ocurre a medida que envejecemos «maduración de la personalidad».

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Aquellos con mayor autocontrol serán probablemente más saludables de mayores.

Es un cambio gradual e imperceptible que comienza en nuestra adolescencia y continúa al menos hasta nuestra octava década en el planeta.

Curiosamente, parece ser universal: la tendencia se observa en todas las culturas humanas, desde Guatemala hasta India.

«Generalmente es controvertido hacer juicios de valor sobre estos cambios de personalidad», dice Rodica Damian, psicóloga social de la Universidad de Houston, en EE.UU.

«Pero al mismo tiempo, tenemos evidencia de que son beneficiosos».

Por ejemplo, la falta de estabilidad emocional se ha relacionado con problemas de salud mental, tasas de mortalidad más altas y divorcios.

Entretanto, Damian explica que la pareja de alguien con un grado elevado de conciencia probablemente sea más feliz, porque es más probable que estas personas laven los platos a tiempo y sean menos propensos a engañar a su pareja.

Un lado más estable de nuestra personalidad

Resulta que, si bien nuestra personalidad cambia en cierta dirección a medida que envejecemos, lo que somos en relación con otras personas del mismo grupo de edad tiende a permanecer bastante estable.

Por ejemplo, es probable que el nivel de neurosis de una persona vaya bajando en general, pero los niños de 11 años más neuróticos siguen siendo, en general, los ancianos de 81 años más neuróticos.

«Hay una base de quiénes somos en el sentido de que mantenemos nuestro rango en relación con otras personas hasta cierto punto», dice Damian.

«Pero en relación a nosotros mismos, nuestra personalidad no está escrita en piedra, podemos cambiar».

¿Cómo se desarrollan estos cambios de personalidad?

Dado que la maduración de la personalidad es universal, algunos científicos piensan que, lejos de ser un efecto secundario accidental de haber tenido más tiempo para aprender las normas sociales, las formas en que cambia nuestra personalidad podría estar genéticamente programada, tal vez incluso moldeada por fuerzas evolutivas.

Por otro lado, otros expertos creen que nuestra personalidad está en parte forjada por factores genéticos y luego esculpidas por presiones sociales a lo largo de nuestra vida.

Por ejemplo, una investigación de Wiebke Bleidorn, psicóloga de la personalidad de la Universidad de California, concluyó que, en culturas donde se esperaba que las personas maduraran más rápido (en términos de casamiento, empezar a trabajar, asumir responsabilidades adultas), sus personalidades tienden a madurar a una edad más temprana.

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Las personas de culturas donde se espera que se casen o empiecen a trabajar más jóvenes, tienen personalidades que maduran antes.

«Las personas simplemente se ven obligadas a cambiar su comportamiento y, con el tiempo, a volverse más responsables. Nuestras personalidades cambian para ayudarnos a enfrentar los desafíos de la vida», dice Damian.

¿Pero qué ocurre cuando nos volvemos muy mayores?

Hay dos formas posibles de estudiar cómo cambiamos a lo largo de nuestra vida.

La primera es tomar un grupo grande de personas de muchas edades diferentes y luego observar en qué se diferencian sus personalidades.

Un problema con esta estrategia es que es fácil confundir accidentalmente los rasgos generacionales que han sido esculpidos por la cultura de un período de tiempo particular -como la mojigatería o una adoración inexplicable por las natillas y el jerez- con los cambios que ocurren a medida que uno envejece.

Estudio de largo plazo

La alternativa es tomar un mismo grupo de personas y estudiarlas a medida que crecen.

Esto es exactamente lo que sucedió con el Lothian Birth Cohort (estudio de cohorte de Lothian), un grupo de personas en Escocia a quienes se les examinaron sus rasgos de personalidad e inteligencia en junio de 1932 o junio de 1947, cuando aún estaban en la escuela.

En ese momento, las personas tenían cerca de 11 años de edad.

Junto con colegas de la Universidad de Edimburgo, Mõttus rastreó a cientos de las mismas personas cuando tenían 70 u 80 años, y les hizo dos pruebas idénticas más, con varios años de diferencia.

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Un famoso estudio con personas en Escocia mostró resultados notablemente diferentes para dos generaciones de personas.

«Debido a que teníamos dos grupos diferentes de personas, y ambas fueron medidas en dos ocasiones, pudimos utilizar ambas estrategias a la vez», dice Mõttus.

Fue una suerte, porque los resultados fueron notablemente diferentes para las dos generaciones.

Si bien las personalidades del grupo más joven permanecieron más o menos iguales en general, los rasgos de personalidad del grupo mayor comienzan a cambiar, de modo que, en promedio, se volvieron menos abiertos y extrovertidos, así como menos agradables y concienzudos.

Los cambios beneficiosos que habían estado ocurriendo a lo largo de sus vidas comenzaron a revertirse.

«Creo que esto tiene sentido, porque en la vejez las cosas comienzan a pasarle a la gente a un ritmo más rápido», dice Mõttus, quien señala que la salud de estas personas podría haber estado en declive y es probable que hayan comenzado a perder amigos y familiares.

«Esto tiene cierto impacto en su participación activa en el mundo».

Nadie ha investigado aún si esta tendencia continuaría después de los 100 años.

Investigaciones sobre japoneses centenarios han descubierto que tienden a obtener una puntuación alta en la conciencia, la extroversión y la apertura, pero es posible que hayan tenido más de estas características para empezar, y tal vez esto incluso contribuyó a su longevidad.

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Nuestra personalidad está muy ligada a nuestro bienestar.

De hecho, nuestra personalidad está intrínsecamente ligada a nuestro bienestar a medida que envejecemos.

Por ejemplo, aquellas con un mayor autocontrol tienen más probabilidades de ser saludables en la edad adulta, las mujeres con niveles más altos de neurosis tienen más probabilidades de experimentar síntomas durante la menopausia, y cierto grado de narcisismo se ha asociado con tasas más bajas de soledad, que en sí mismo es un factor de riesgo para una muerte más temprana.

En el futuro, comprender cómo ciertos rasgos están vinculados a nuestra salud -y cómo podemos esperar que nuestra personalidad evolucione a lo largo de nuestra vida- podría ayudar a predecir quién está en mayor riesgo de padecer ciertos problemas de salud y poder intervenir.

El conocimiento de que nuestra personalidad cambia a lo largo de nuestra vida, lo queramos o no, es una prueba útil de lo maleables que son.

«Es importante que sepamos esto», considera Damian. «Durante mucho tiempo, la gente pensó que no».

«Ahora estamos viendo que nuestra personalidad puede adaptarse, y esto nos ayuda a enfrentar los desafíos que nos presenta la vida», agrega.

Al menos, nos da a todos algo que esperar a medida que envejecemos y la posibilidad de descubrir en quiénes nos convertiremos.

¿Evoluciona la personalidad al hacernos viejos?

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Frente al dicho popular de genio y figura hasta la sepultura, los psicólogos empiezan a entonar una vieja canción de Mercedes Sosa, «cambia, todo cambia». Porque eso de que la personalidad es una y fija para cada persona hasta el fin de sus días no parece del todo cierto. O eso, al menos, es lo que parece haber demostrado un estudio realizado por la Universidad de Edimburgo.

En 1932 se sometió en Escocia a un test de personalidad a 1.208 escolares que por aquellas fechas tenían unos 14 años. Se les pidió a sus profesores que rellenaran seis cuestionarios distintos para evaluar a los estudiantes según seis rasgos: autoconfianza, perseverancia, estabilidad de los estados de ánimo, originalidad y deseo de aprender. Además, se les realizó también un test de inteligencia.

Años más tarde, en 1947, se volvió a someter al mismo estudio a aquel grupo de adolescentes. La personalidad de todos ellos, 15 años después, no parecía haber variado.

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Pero la sorpresa llegó en 2012, cuando un equipo de psicólogos consiguió localizar a un buen número de aquellos escolares, que ya habían cumplido 77 años, de los que 174 consintieron en volver a hacer el mismo test. Esta vez eran ellos y algún familiar o amigo quienes tenían que valorarse en función de los mismos seis parámetros de 1932. Los resultados parecían demostrar que no tenían la misma personalidad a los 14 que a los 77 años. Lo que vendría a echar por tierra la teoría de que aquella se fija en cada individuo hacia los 30 años de edad.

«Como resultado de este cambio gradual, la personalidad puede aparecer relativamente estable en intervalos cortos», escribían los autores del estudio de la Universidad de Edimburgo. «Sin embargo, cuanto más largo es el intervalo entre dos evaluaciones de personalidad, más débil es la relación entre los resultados obtenidos. Nuestros resultados sugieren que, cuando el intervalo se incrementa 63 años, casi no hay relación alguna».

¿Significa esto que nuestra personalidad cambia con los años? Según ese estudio, la idea no parece descabellada. Tanto la adolescencia como la vejez son etapas de desarrollo y cambio de la personalidad significativos. Si tenemos en cuenta el enorme espacio de tiempo que abarca la investigación, sus participantes habrían vivido dos periodos de grandes cambios. No se ve igual la vida, ni se siente, con 14 que con 77 años.

Sin embargo, los autores advierten de que un estudio que cubre un periodo de tiempo tan largo puede tropezar con algunos obstáculos. Para empezar, con la propia teoría de la personalidad, que ha cambiado significativamente desde que se realizó el test por primera vez hasta nuestros días. Hoy se afirma que la personalidad se compone de cinco rasgos principales: extraversión, neuroticismo, amabilidad, apertura a la experiencia y responsabilidad. Pero no era así en 1947, por lo que aquel estudio era bastante más superficial e incompleto.

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Otro problema metodológico está en el hecho de que las valoraciones que hicieron los profesores de sus alumnos podrían estar sesgadas por cómo los consideraban según sus expedientes académicos. De hecho, las puntuaciones de personalidad que recibieron aquellos adolescentes se correlacionaron con su coeficiente intelectual.

Y el último obstáculo, que ese pequeño grupo de personas que accedieron a repetir el test en 2012 tenía una puntuación más alta en promedio en cuanto a fiabilidad e inteligencia, lo que podría haber afectado a la capacidad de detectar signos de estabilidad de la personalidad. Así pues, no es fácil aseverar categóricamente que la personalidad cambie, ni tampoco lo contrario.

¿Cambia la personalidad o, simplemente, maduramos?

¿Qué entendemos por personalidad? ¿Es lo mismo que carácter, temperamento o madurez? Cristina Jiménez Huélamo, psicóloga clínica de Madrid, comenta que se trataría de una «construcción hipotética desde la que intentamos explicar la psicología de un sujeto». Vendría a ser el conjunto de características psíquicas que conforman nuestro modo de pensar, sentir y actuar, y que serían conformadas por una compleja amalgama de factores biológicos innatos (genéticos) y factores adquiridos (sociales y culturales). Es decir, que no es algo con lo que se nos selle al nacer, sino que se trata de «un proceso continuo y progresivo que se adecúa a un proceso evolutivo a lo largo del ciclo vital de las personas».

Jiménez distingue también entre temperamento y carácter. El primero viene marcado por la genética (es innato), se manifiesta muy tempranamente y es relativamente estable en el tiempo. El segundo se entiende como la manifestación de la personalidad, donde influyen aspectos más ambientales y donde hay más posibilidad de transformación.

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«Uno de los elementos clave de la personalidad es el hecho de que permanece relativamente estable a lo largo de toda la vida», explica la psicóloga clínica. «Esto no significa que no sea susceptible de sufrir modificaciones relacionadas con las circunstancias de la vida y las experiencias vividas o incluso el deseo consciente de querer cambiar algún aspecto de nosotros mismos».

Por tanto, parece lógico concluir que la personalidad, como resultado de un proceso evolutivo vital, tiene margen para poder modular muchos aspectos. Lo que parece relacionarse con lo que llamamos madurez. Así, decimos que una persona es madura porque tiene una personalidad más equilibrada, flexible y armónica y sabe gestionar los cambios que la vida le presenta.

«Cuanta mayor es nuestra comprensión y conciencia de quienes somos y por qué, más posibilidad hay de poder cambiar determinados rasgos de personalidad», afirma Cristina Jiménez Huélamo. «Pero los cambios son progresivos y siempre condicionados por nuestras experiencias tempranas, nuestro temperamento y nuestras circunstancias vitales en cada momento evolutivo dentro del ciclo vital».

Lo que cambia con los años, explica, son los hábitos, las costumbres, la manera de sentir y vivir según nos haya ido en la vida. «La manera que tenemos de envejecer estará en relación con la vida que hemos llevado y con las condiciones físicas que tengamos, así como familiares y sociales».

Las 5 etapas del desarrollo de la personalidad

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Soy introvertido o extrovertido, estable o inestable, sensible o insensible, intuitivo o racional. Todas estas estas categorías reflejan aspectos de personalidad que son muy utilizados en psicología.

La personalidad que tengamos va a marcar como vemos el mundo y reaccionamos a él. Pero las características personales que nos son propias no siempre han estado ahí de la misma forma, sino que hemos ido pasando por diferentes etapas del desarrollo de la personalidad hasta llegar a ser como somos, desde la infancia hasta nuestra situación actual e incluso hasta nuestro futuro deceso.

Definición de personalidad

La personalidad se define como un patrón de comportamiento, pensamiento y emoción relativamente estable en el tiempo y a través de las diferentes situaciones que vivimos. Dicho patrón explica cómo percibimos la realidad, los juicios que nos hacemos de ella o la manera con el que interactuamos con el medio, siendo en parte heredada y en parte adquirida y posteriormente moldeada mediante la experiencia vital.

Debido a que nace en gran parte del conjunto de experiencias que vivimos a lo largo de nuestra vida se considera que la personalidad como tal no está plena configurada hasta la edad adulta, habiendo un largo proceso de desarrollo hasta que llega a estabilizarse (si bien puede sufrir variaciones posteriores, no son frecuentes ni tienden a ser marcadas).

Evolución a través de las diferentes etapas vitales

Para establecer una cronología de las etapas del desarrollo de la personalidad resulta interesante partir de la clasificación de las principales etapas vitales.

Partiendo de ellas como referencia, veamos de qué manera se va desarrollando la estructura psicológica de los seres humanos.

1. Los primeros momentos

En el momento en que un bebé nace no podemos considerar que tenga una personalidad marcada, ya que el nuevo individuo no ha tenido experiencias concretas que le hagan ser, pensar o actuar de una manera determinada. Sin embargo, sí que es cierto que según pasan los días vamos viendo cómo el niño o niña tiene una tendencia a comportarse de una manera determinada: por ejemplo podemos observar si llora mucho o poco, cómo se alimenta o si responde al tacto con miedo o curiosidad.

Estas primeras características forman parte de lo que se viene a llamar temperamento, el cual forma parte de la constitución innata de la persona y que posteriormente puede ser moldeado mediante el aprendizaje. El temperamento tiene base biológica y proviene principalmente de la herencia genética de nuestros antepasados. Siendo un componente vinculado principalmente a la afectividad, se trata de un componente primigenio que va a actuar como base para la construcción de la personalidad.

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2. Infancia

Según el sujeto va creciendo, va desarrollando poco a poco diferentes capacidades cognitivas y físicas que le van a permitir captar la realidad, empezar a intentar entender cómo funciona el mundo y cómo el propio ser puede influir y participar en el.

Esta etapa se caracteriza por la adquisición de valores, creencias y normas provenientes del exterior, de una manera inicialmente imitativa y con pocos tintes críticos. La personalidad empieza a formarse según las características del temperamento van siendo confrontadas a la realidad, adquiriendo patrones de comportamiento y maneras de ver mundo y formándose el carácter.

En esta etapa la autoestima tiende a ser inicialmente elevada debido al elevado nivel de atención que se suele prodigar al menor en el entorno familiar. Sin embargo en el momento de la entrada al mundo escolar tiende a disminuir, debido a que se deja atrás el entorno familiar para entrar en uno desconocido en el que confluyen numerosos puntos de vista.

3. Pubertad y adolescencia

La adolescencia, el punto en que pasamos de ser niños a ser adultos, es una etapa clave en la formación de la personalidad. Se trata de una etapa vital compleja en que el organismo se encuentra en proceso de cambio, al tiempo que se aumentan las expectativas respecto al comportamiento del individuo y este empieza a experimentar diferentes aspectos y realidades.

Se trata de un momento vital caracterizado por la necesidad de diferenciarse, siendo frecuente que aparezca una ruptura o separación respecto a los adultos al cargo y un cuestionamiento continuo de todo lo que hasta entonces se le ha inculcado.

Se aumenta el número de entornos en los que la persona participa, así como el número de personas con las que interactúa, propiciando junto a los cambios hormonales y el aumento en la capacidad de abstracción propia de la maduración cognitiva hará que experimente diferentes roles que le enseñaran que le gusta y que se espera de él o ella. Se da una potenciación de la búsqueda de vinculación social y aparecen las primeras relaciones. El adolescente busca una identidad propia a la vez que un sentimiento de pertenencia al entorno social, intentando insertarse como parte de la comunidad y del mundo.

En esta etapa la autoestima tiende a variar producto de las inseguridades y los descubrimientos propios de la adolescencia, A través de la experimentación el adolescente va a ir probando diferentes maneras de ver la vida, quedándose e introyectando algunos aspectos y variando otros. Se busca una identidad propia, búsqueda que con el tiempo cristaliza en una personalidad diferenciada.

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4. Adultez

Se considera que es a partir de la adolescencia cuando podemos hablar de personalidad propiamente dicha, habiéndose forjado ya un patrón relativamente estable de conducta, emoción y pensamiento.

Esta personalidad aún va a variar a lo largo de la vida, pero a grandes rasgos la estructura va a ser semejante salvo que suceda algún acontecimiento muy relevante para el sujeto que le empuje a realizar cambios en su manera de visualizar el mundo.

En relación a otras etapas vitales, la autoestima tiende a subir y en general el autoconcepto del adulto tiende a intentar acercar su yo real con el ideal, por lo que la timidez disminuye, en caso de haber sido elevada anteriormente. Como consecuencia, deja de tener tanta importancia lo que los demás opinen de uno mismo, y pueden llevarse a cabo actividades que en etapas anteriores darían vergüenza.

5. Ancianidad

Si bien en general la personalidad sigue siendo estable la llegada a la vejez supone la progresiva vivencia de situaciones como la pérdida de habilidades, actividad laboral y seres queridos, cosa que puede afectar en gran medida a nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Se registra una tendencia a la disminución de la extraversión y la autoestima.

Dos viejas teorías sobre el desarrollo de la personalidad

Los elementos escritos anteriormente reflejan una tendencia general a lo largo de las etapas vitales. Sin embargo, son múltiples los autores que han establecido teorías sobre cómo se desarrolla la personalidad. Dos de las más conocidas, aunque también desfasadas, son la teoría del desarrollo psicosexual de Freud y la teoría del desarrollo psicosocial de Erikson, estableciendo cada uno diferentes etapas del desarrollo de la personalidad.

Hay que tener en cuenta en todo caso que estas propuestas del desarrollo de la personalidad se fundamentan en un paradigma de meta-psicología que ha sido muy criticado por su carácter especulativo e imposible de poner a prueba, por lo cual hoy en día no se consideran científicamente válidos, a pesar de que históricamente han tenido una gran influencia.

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Desarrollo psicosexual de Freud

Para el padre fundador del psicoanálisis, la personalidad del ser humano se va configurando a lo largo de la vida a través de diversas etapas del desarrollo de la personalidad. La personalidad está estructurada en un ello o parte pulsional, un superyó que censura dichos deseos a partir de la moral y un yo que media entre dichos aspectos.

Con la líbido como energía psíquica fundamental, la teoría de Freud considera que nacemos únicamente con nuestra parte pulsional, naciendo con el tiempo el yo y el superyó según vamos introyectando las normas sociales. Los constantes conflictos pulsionales hacen que el organismo emplee mecanismos de defensa con el fin de reducir la tensión que éstos producen, unos mecanismos que se emplean a menudo y que permiten explicar rasgos y facetas de personalidad.

Para Freud, pasamos por una serie de etapas en las que situamos nuestras fuentes de placer y frustración en diferentes zonas corporales, expresando la líbido a partir de ellas. Dichas etapas se van superando progresivamente, si bien pueden haber regresiones o estancamientos que produzcan fijaciones en determinados comportamientos y modos de ver el mundo y las relaciones personales.

1. Etapa oral

Durante el primer año de vida el ser humano está inmerso en la conocida como etapa oral, en que utilizamos la boca para explorar el mundo y obtener gratificación de él. Nos nutrimos, mordemos y probamos diferentes objetos a través de ella. Así pues, la boca ejerce el rol que más adelante tendrán las manos, y eso para Freud condiciona el desarrollo psicosexual en esta etapa de la vida.

2. Etapa anal

Después de la etapa oral y hasta alrededor de los tres años de edad, el núcleo de interés psicosexual pasa a ser el ano, al empezar a controlar los esfínteres y suponer ello un elemento de placer al poder gestionar qué mantiene dentro de sí y qué expulsa. El niño puede defecar, cosa que permite reducir su tensión interna, o retener las heces voluntariamente.

3. Etapa fálica

Entre los tres y seis años de edad el individuo suele entrar en la fase o etapa fálica. Es en esta etapa en la que empieza a haber un interés hacia lo sexual, centrando la atención en la genitalidad y apareciendo el complejo de Edipo, los celos y el arrepentimiento.

4. Etapa de latencia

A partir de los siete años y hasta la adolescencia podemos encontrar que la expresión de la energía sexual no encuentra un correlato físico a través del cual expresarse, debido en gran parte a la influencia de lo social y moral. Aparece el pudor y se reducen los impulsos sexuales.

5. Etapa genital

Propia de la pubertad y la adolescencia, esta etapa se acompaña de los cambios físicos, psíquicos y emocionales propios de tal momento vital. La líbido empieza a expresarse a través de la genitalidad, apareciendo de forma intensa el deseo de vinculación y apego y teniendo las suficiente capacidad para llevar a cabo la expresión de la sexualidad de forma tanto simbólica como física.

Desarrollo psicosocial de Erikson

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Otro destacado autor y uno de los pioneros en proponer que la personalidad se desarrolla desde el nacimiento hasta la muerte fue Erik Erikson, quien consideraba que el desarrollo de la configuración psíquica y de la personalidad se derivan de la naturaleza social del ser humano o, dicho de otro modo a la interacción social.

Para este autor, cada etapa vital supone una serie de conflictos y problemas a los que el individuo ha de hacer frente hasta conseguir superarlas, creciendo y fortaleciéndose su yo según se van superando y forjando la forma de ver, pensar y actuar en el mundo de cada sujeto.

Las diferentes etapas del desarrollo de la personalidad para Erikson son las siguientes.

1. Confianza básica vs Desconfianza

La primera de las crisis que el ser humano debe afrontar a lo largo de la vida aparece en el mismo momento del nacimiento, siendo la base desde la que se va a configurar el resto de la estructura psíquica. Según esta teoría, dura hasta aproximadamente los dieciocho meses de edad. Durante esta etapa el individuo debe decidir si es capaz de confiar o no en los estímulos y personas provenientes del exterior o en los efectos que tiene la propia actuación sobre el mundo.

Es decir, si puede sentirse cómodo en presencia, por ejemplo, de sus progenitores y familiares. Superar esta etapa correctamente implicará que se es capaz de encontrar un equilibrio entre confianza y desconfianza en el que prime la confianza, lo que permitirá establecer relaciones seguras con otras personas a la vez que confía en sí mismo.

Así pues, en esta etapa de desarrollo de Erikson, como en las siguientes, el objetivo es llegar a un punto de equilibrio o de ajuste en el que la autonomía encaje bien con la vida social que se lleva, sin perjudicar ni ser perjudicado.

2. Autonomía vs Vergüenza/Duda

A partir de la superación de la anterior etapa y hasta los tres años de edad el individuo va ir poco a poco desarrollando su cuerpo y su mente, aprendiendo a controlar y gestionar su cuerpo y su conducta a partir tanto de la maduración y la práctica como de las informaciones que le llegan por parte de sus progenitores, que le enseñan que puede y que no puede hacer.

Con el tiempo, estas circunstancias se van a ir interiorizando, y el niño irá haciendo pruebas conductuales para comprobar los efectos y consecuencias, desarrollando poco a poco su autonomía. Buscan guiarse por sus propias ideas. Sin embargo también necesitan límites, existiendo la duda de qué pueden o no hacer El objetivo de esta crisis es conseguir un autocontrol y autogestión de la propia conducta de manera que actuemos de forma adaptativa.

3. Iniciativa vs Culpa

En el periodo de tiempo comprendido entre los tres y cinco años de edad el niño empieza a desarrollar una mayor actividad de forma autónoma. Su nivel de actividad les impulsa a generar nuevas conductas y formas de relacionarse con el mundo, apareciendo la iniciativa.

Sin embargo, la retroalimentación de dicha iniciativa puede generar sentimientos de culpa en el menor, si las consecuencias de experimentar son adversas. Es necesario un equilibrio que nos permita ver nuestra responsabilidad en nuestros actos a la vez que podamos ser libres.

4. Laboriosidad vs Inferioridad

A partir de los siete años de edad y hasta la adolescencia, los niños siguen madurando cognitivamente y aprendiendo cómo funciona la realidad. Necesita actuar, hacer cosas, experimentar. Si no consigue llevarlas a cabo, pueden aparecer sentimientos de inferioridad y frustración. El resultado de esta etapa del desarrollo de la personalidad pasa por obtener la sensación de competencia. Se trata de ser capaz de actuar de forma equilibrada, sin rendirse al mínimo obstáculo pero sin hacerse expectativas inalcanzables.

5. Exploración de la Identidad vs Difusión de la Identidad

Propia de la adolescencia, es una de las crisis más conocidas por la mayoría de la gente. En esta etapa el principal problema del individuo es encontrar su identidad, descubrir quién es y qué quiere. Para ello tienden a explorar nuevas opciones y separarse de lo que hasta entonces han conocido. Pero la gran cantidad de variables implicadas o una coartación de la exploración puede generar que la identidad no se desarrolle libremente, produciendo múltiples problemas de personalidad.

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6. Intimidad vs Aislamiento

A partir de los veinte y hasta los cuarenta el principal conflicto que debe afrontar el ser humano en el desarrollo de su personalidad es la búsqueda de relaciones personales y de una forma apropiada y comprometida de vincularse.

Se busca la capacidad de que en las interrelaciones puedan darse sensaciones de seguridad y confianza.

7. Generatividad vs Estancamiento

Desde los cuarenta y hasta aproximadamente los sesenta años de edad, la persona tiende a dedicarse a la protección de los suyos y a la búsqueda y mantenimiento de un futuro para las próximas generaciones.

En esta etapa el principal conflicto se basa en la idea de sentirse útil y productivo, sintiendo que sus esfuerzos tienen sentido.

Sin embargo es necesario tener en cuenta que se ha de buscar un equilibrio entre actividad y quietud, o se corre el riesgo de o bien no conseguir llegar a todo o bien no conseguir producir o sentirse de utilidad.

8. Integridad del Yo vs Desesperación

La última de las crisis vitales se da en la vejez. Al llegar el momento en que la productividad se reduce o deja de existir, el sujeto pasa a valorar si su existencia ha tenido un sentido. Aceptar la vida que hemos vivido y verla como válida es lo fundamental de esta etapa, que culmina en el momento de la muerte.

nuestras charlas nocturnas.

 

 

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