Testimonios de hechos públicos y pasiones privadas en la antigua Roma…
historiadelahistoria.com/ElEspañol(G.Sanchez)/verne.elpais.com(J.R.Hancock) — Hace unos años, a los que hacían pintadas en los muros, edificios, vagones… se los llamaba gamberros y eran perseguidos, hoy han cambiado las cosas y ya tienen espacios donde desarrollar su arte urbano e incluso son contratados para decorar las persianas de algunos comercios otrora lienzos de sus correrías nocturnas.
Pues el germen de estos grafiteros bien podría estar en los encargados de las pegadas de carteles electorales en la Antigua Roma. No era algo que se dejase al azar, sino que estaban muy organizados —como casi todo en la gran urbe.
Grupos de seguidores e incluso gentes contratadas para la ocasión, recorrían las calles para buscar los mejores «escaparates» donde estampar pintadas (grafitis) vendiendo las excelencias de su candidato o sacando los trapos sucios de sus adversarios.
Si se tenía el beneplácito del propietario de las fachadas o paredes donde se iban a estampar las pintadas, se actuaba a plena luz del día e intervenían dos voluntarios o personas contratadas: el dealbator (blanqueador), que era el encargado de pintar la pared de blanco para resaltar el mensaje, y el scriptor, el grafitero propiamente dicho.
En caso contrario, había que actuar al amparo de la luna y se necesitaba una persona más: el laternarius, para alumbrar y vigilar. Cuando por la mañana el dueño de la fachada veía las pintadas tenía dos opciones: dejarlo estar, normalmente si era partidario del candidato aludido en la pintada, o contratar a otro dealbator para tapar la pintada —que vaya usted a saber si no era el mismo—.
Vesonio Primo solicita la elección de Ígneo Helio como edil, un hombre digno del ejercicio público.
Votad a Lucio Cesernino duunviro de Nuceria, os lo ruego: es un buen hombre.

unque durante las campañas electorales era la época en la que más paredes se adornaban/manchaban, era habitual encontrar grafitis por toda la ciudad en los que ciudadanos se expresaban libremente. Sexo, amor, ira, humor, filosofía…, cualquier temática valía. Y buena prueba de ello son los miles de grafitis encontrados en Pompeya y conservados gracias a la erupción del Vesubio en el año 79. Aquí tenéis una pequeña muestra…
-Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un
pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré:
no tenía orinal.
-Un pequeño problema se hace grande si se ignora.
-Quienquiera que hace el amor con chicos y chicas sin límite
ni medida no administra bien su dinero.
-¡Oh, muros! Habéis aguantado tantas pintadas aburridas
que me asombra que no os hayáis derrumbado.
-Soy tuya por dos ases de bronce.
-Cruel Lalagus, ¿por qué no me amas?
-Celadus el tracio hace suspirar a las niñas
-Llorad, chicas. Mi pene ha renunciado a vosotras. Ahora perfora el trasero de los hombres.
-Cosmo, gran invertido y mamón.
-Si alguien no cree en Venus, debería mirar a mi novia.
-Atimetus me dejó preñada.
-Restituta, quítate la túnica y muestra tus peludas partes.
-Puedes tomar una bebida aquí por solo una moneda. Por dos, un vino mejor, y por cuatro monedas, uno de Falerno

Insultos, mofas sexuales y poesías picantes: las inscripciones más obscenas de los romanos
«Quintio la chupa». Los antiguos romanos se desfogaban escribiendo obscenidades en sitios públicos, una conducta analizada ahora en un nuevo libro que da fe de cómo se hablaba en aquella época, dos milenios antes de que los troles cambiaran los muros por internet. Oltre Pompei: Graffiti e altre iscrizioni oscene dall’Impero Romano D’Occidente (Deinotera) es una curiosa antología de exabruptos dejados para la posteridad por los moradores del Imperio, desde su corazón, Pompeya (sur de Italia), hasta sus remotos confines.
«Las inscripciones nos permiten captar a los habitantes del mundo antiguo en momentos cotidianos», explican a Efe los autores del libro, Stefano Rocchi, investigador de la Universidad de Pavía (norte), y Roberta Marchionni, miembro del proyecto del diccionario de latín Thesaurus Linguae Latinae.
El material recabado, en parte ya integrado en el monumental Corpus de las Inscripciones Latinas (CIL), demuestra, entre otras cosas, la forma en la que los antiguos romanos expresaban públicamente lo que pensaban recurriendo a la chanza o al insulto para desprestigiar. «Los vemos escribiendo lo que pasaba por sus cabezas, sus nombres, una broma, la lista de la compra, una poesía picante o un insulto, en los lugares más dispares», afirman.
De Mérida a Germania
Las inscripciones más famosas son sin duda las de Pompeya, la urbe sepultada por el Vesubio en el 79 d.C. Unas 10.000 han llegado a nuestros días bajo la ceniza y su tenor era tal que, tras ser halladas en el XVIII, muchas acabaron en una sala restringida al público durante siglo y medio.
Una de las paredes de aquella ciudad acumulaba tantos grafitis que alguien decidió aguar la fiesta: «¡Oh muro, me asombra que no te hayas derrumbado con el peso de tantas idioteces», zanjaba aquel anónimo pompeyano, quién sabe si molesto o sarcástico.

Ladrillo del siglo I d.C y hallado en la ciudad de Conimbriga, en la antigua provincia romana de Lusitania, en la que alguien escribió: «Duazio, hijo de Tachino, te lo chupa a ti».
Pompeya es el epicentro de una costumbre que se extendía a lo largo y ancho de aquel formidable Imperio en innumerables lugares públicos y privados: baños, termas, templos, columnas o casas en torno al Mare Nostrum, en Hispania, Numidia, Galia o Germania.
En su extremo occidental, en Lusitania, alguien hizo su parte en un recinto sagrado de Augusta Emerita, la actual ciudad española de Mérida: «…ntio Fellato» (Quintio la chupa), escribió el autor, desvelando las dotes para la felación de un hombre llamado Quintio, Dentio o Gentio.
La inscripción, en sentido vertical, fue hallada en un pedazo de estuco rojo de un pórtico bajo el actual Centro Cultural Alcazaba de Mérida, pero está incompleta por lo que el mensaje del autor ha perdido parte de su sentido en el tiempo.
Nexo de unión
Este uso extendido de la obscenidad y la escatología, no siempre tolerada en la Roma más formal, demuestra de alguna manera una cierta uniformidad lingüística del latín coloquial en todo el territorio romano.
«En los textos no constan rasgos regionales. Las variantes vulgares (subestándard) señalan cierta uniformidad desde Conimbriga (Hispania) al otro extremo del Imperio. Son los nombres propios los que aportan color regional», explican los investigadores.
Este desahogo dialéctico también llegaba al campo de batalla. En el año 41 a.C Perugia, en el centro de la península itálica, era asediada en plena guerra entre la facción leal a Octavio Augusto y la de Marco Antonio, a la gresca pero en el mismo triunvirato.
Y, en aquella contienda, los honderos del futuro primer emperador de Roma lanzaban piedras a la ciudad sitiada en las que aún hoy puede leerse: «Apunto al clítoris de Fulvia», la astuta esposa de Marco Antonio que se había atrincherado en su interior.

Fragmento de estuco rojo datado en el siglo I d.C y encontrado en Mérida en el que puede leerse la inscripción «…Ntio fellat», un grafiti «obsceno» sobre felaciones.
Desahogo social
No obstante, es preciso señalar que los antiguos romanos no eran especialmente malhablados, o no más que los europeos actuales, sus herederos, y recurrían a esta costumbre en busca de «liberación».
En la literatura, la fuente que sobrevivió al tiempo, los autores no solían recurrir a lo obsceno y si lo hacían era para sorprender. Catulo, poeta del I a.C, empleaba verbos como «pedicare» (sodomizar) muy raros en los textos, pero más que frecuentes en los muros.
Es fácil imaginar el mecanismo mental que llevaba a un romano a desprestigiar a un vecino, quizá por su semejanza con conductas muy actuales, como la de los denominados «troles», los usuarios anónimos de internet siempre con el cuchillo entre los dientes.
«Si pensamos en el fenómeno de las redes sociales no nos cuesta ver paralelismos entre el mundo romano y el nuestro. Los contenidos son los mismos y solo la técnica y el margen de acción cambia, por lo que ahora este tipo de mensajes está más amplificado», señalan.
Los muros del Imperio estaban repletos de imprecaciones, pero también recogían auténticos diálogos, un «toma y daca» inscrito en el estuco. «En algunas letrinas antiguas parece que solo faltaban los números de teléfono, para entendernos», ironizan los expertos.
Pompeya tenía entre 10.000 y 20.000 habitantes cuando quedó sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79. Se conservan más de 11.000 grafitis en las paredes de la ciudad. Como explica Ana Mayorgas, profesora del departamento de Historia Antigua de la Universidad Computense de Madrid, dejar mensajes en las paredes “debió ser bastante habitual en las grandes ciudades”. Se trataba tanto de pintadas como de marcas en la pared, en el interior y en el exterior de las casas.
El “testimonio más completo que tenemos es el de Pompeya”, debido a que se han conservado más pintadas bajo la erupción del Vesubio. No era tan grande como Roma, recuerda Mayorgas, “así que es probable que otras ciudades tuvieran también esta escritura propia y espontánea”.
Una de estas inscripciones, escrita a carboncillo ha servido para confirmar algo que muchos historiadores ya sospechaban: el volcán entró en erupción en octubre y no en agosto. No se trata de una frase solemne, como podría uno pensar. El texto, según el epigrafista A. Varone, dice: “El 17 de octubre dio rienda suelta a su hambre hasta la saciedad”.

pintada electoral
«Come pan en Pompeya, pero ve a Nocera a beber»
¿Y qué escribían los romanos en las paredes? Pues se trata de “pintadas privadas, textos muy cortos y mensajes muy directos”, explica Mayorgas. Aparte de los “Satura estuvo aquí” y similares, hay mensajes de carácter amoroso y sexual, anuncios de vendedores de puestos y comercios, y eslóganes electorales, “ya que los magistrados en las ciudades se elegían”.
Otro grupo importante es el de la “reproducción de versos conocidos, sobre todo de la Eneida, que era como nuestro Quijote. Los romanos que aprendían a leer y a escribir se sabían de memoria los primeros versos. También jugaban con ellos y los cambiaban para hacer broma y sátiras, acompañadas de dibujos”.
Como explica el periodista Tom Standage en su libro Writing on the Wall («escribiendo en la pared»), estos grafitis dan “pequeñas muestras de la actividad cotidiana, casi como las actualizaciones de estatus en las redes sociales modernas”. Y cita algunos ejemplos sacados también de Pompeya:
– «En Nuceria gané 8.552 denarios jugando. ¡Juego justo!».
– «Atimeto me preñó».
Muchos de estos mensajes se dirigían a personas concretas, no todos amables:
– «Virgula a su amigo Tercio: eres asqueroso».
– «Samio a Cornelio: cuélgate».
Abundan también los aforismos y muestras de ingenio:
– «Un problema pequeño se hace más grande si lo ignoras».
– «Oh, pared, estoy sorprendido de que no te hayas desmoronado, ya que soportas los garabatos tediosos de tantos escritores».
Hay incluso recomendaciones a modo de Tripadvisor rupestre:
– «Gayo Sabino saluda con afecto a Estacio. Viajero, come pan en Pompeya, pero ve a Nocera a beber. En Nocera, la bebida es mejor».
– «Pagarás por tus trucos, posadero. Nos vendes agua y te quedas el buen vino para ti».

Standage opina que estas pintadas son uno de los precedentes de las redes sociales, junto a la imprenta y los cafés de la Europa del siglo XVII, entre otros muchos ejemplos (su libro se subtitula «las redes sociales: los primeros 2.000 años»). No porque sean fenómenos con un impacto comparable, sino porque “muchas de las formas en las que compartimos, consumimos y manipulamos información, incluso en la era de internet, se construyen partiendo de hábitos y convenciones que cuentan con siglos de historia”.
A Mayorgas le parece que la comparación va demasiado lejos, pero sí apunta que algunas de estas pintadas e inscripciones eran “frases escritas por distintas manos en una especie de diálogo”, semejantes a «los diálogos de los lavabos públicos».
Standage recoge un ejemplo en el que “Onésimo saluda a Segundo, su hermano”, inscripción a la que su hermano responde: “Segundo envía muchos y perpetuos saludos a Onésimo”. No consta la opinión acerca de este intercambio de Fabio Rufo, dueño de la casa en la que se encontraron las pintadas.

Graffiti con propaganda electoral y anuncios de tabernas en Pompeya.
Leer y escribir en el siglo I d.C.
El hecho de que estas pintadas sean tan frecuentes, explica Mayorgas, es uno de los indicadores de que “amplias capas de la población tenían la capacidad de leer al menos algunas frases”.
No se puede decir con exactitud cuánta gente sabía leer y escribir en la Roma clásica. Mayorgas apunta que el uso del alfabeto y de la escritura en mayúscula hacía más fácil el aprendizaje, pero “habría gente que podría leer y recitar poemas, y otros que solo sabrían escribir su nombre o algunas frases”. Lo justo, quizás, para firmar en algún muro.
La historiadora Mary Beard coincide en su libro SPQR, donde apunta que probablemente habría más gente alfabetizada en las ciudades que en áreas rurales. Comerciantes, artesanos y esclavos habrían necesitado algún dominio básico de letras y números para llevar a cabo su trabajo. “Si en algún momento de la antigüedad había más gente capaz de leer probablemente fue en la República y el alto imperio”, concluye Mayorgas.
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