Un mundo de hielo se funde…

Solo una décima parte de este iceberg tabular es visible por encima de la superficie del agua. Parte de su masa sumergida brilla en tonos turquesa a través de las aguas cristalinas del paso Antarctic, un pasaje angosto del extremo norte de la península Antártica. Los icebergs que se desprenden de la plataforma de hielo de Larsen C en el mar de Weddell son arrastrados a lo largo de este estrecho, conocido como «el callejón de los icebergs».
National Geographic(H.Scales)(G.H.Pané) — Un bote hinchable llega a la orilla nevada, y los pingüinos juanito de Puerto Neko ven seres humanos por primera vez en casi un año.
En vez de un rebaño de turistas (ausentes por la pandemia), quienes desembarcan son Tom Hart, biólogo de la Universidad de Oxford especialista en pingüinos, y otros científicos que regresan a la península Antártica en enero de 2021. Una ola de bocinazos y graznidos recorre la colonia formada por unos 2.000 juanitos mientras una de estas aves de 75 centímetros de altura se abre paso, con andares patosos, en busca de su nido. Los pingüinos hacen caso omiso de Hart cuando este se dirige a la cámara de time lapse, colocada en su trípode y afianzada con piedras, y extrae la tarjeta de memoria de la carcasa.

Estos pingüinos juanito de Puerto Neko incuban los huevos en nidos de roca y cuidan de sus polluelos alrededor de la vértebra de una ballena, un vestigio de la historia ballenera de la península Antártica. Ahora, un siglo después, los cetáceos están protegidos y los barcos pesqueros se han pasado al krill, el principal alimento de ballenas, peces, focas y pingüinos.
La cámara ha estado tomando fotografías de las aves a intervalos de una hora, desde el amanecer hasta el atardecer, desde que hace cuatro meses se instalaron en la colonia de nidificación para poner los huevos y sacar adelante a sus polluelos. Es una de las casi cien cámaras que, repartidas por los 1.340 kilómetros de largo y 70 kilómetros de ancho de la península Antártica, llevan la última década monitorizando las colonias de cría de tres especies de pingüinos.

Una foca de Weddell descansa en un lago de agua de fusión de un iceberg. Estas focas, uno de los principales superpredadores de la Antártida, cazan peces y pulpos bajo la banquisa emitiendo sonidos que quizá les sirven para ecolocalizar presas en la oscuridad de las aguas.
La población de pingüinos juanito de la península se ha disparado –en muchos puntos es más de tres veces más numerosa que hace 30 años– y la especie se está expandiendo hacia el sur en nuevas áreas que antes le resultaban demasiado heladas, sacando partido a la flexibilidad de sus estrategias de alimentación y reproducción. En contraste, sus especies hermanas –el pingüino barbijo, de menor talla, y los elegantes pingüinos de Adelia, con su cabeza negra– han disminuido más de un 75 % en muchas de las colonias en las que prosperan los juanitos.
«A ojo de buen cubero –dice Hart–, pierdes un pingüino de Adelia y un barbijo y sumas un juanito».
Los pingüinos son unos «centinelas» importantes de la salud general de los océanos. Muy sensibles a los cambios medioambientales, dependen de unos mares productivos y unas presas abundantes. Los científicos que los estudian no temen que los barbijos y los de Adelia desaparezcan del planeta: fuera de la península hay colonias aparentemente estables, algunas incluso en fase de aumento.
«Lo que nos preocupa es que su número esté disminuyendo de forma tan acusada en la península Antártica», advierte Heather Lynch, ecóloga de la Universidad Stony Brook, en el estado de Nueva York. Las variaciones de las poblaciones de pingüinos en aguas de la Antártida son un aviso de que el ecosistema se está alterando. «En realidad nos indican que algo ha cambiado en el funcionamiento del océano Austral y que esto es solo la punta del iceberg, con perdón de la metáfora».

El paisaje marino helado es extremadamente dinámico. «Uno de estos arcos se vino abajo ante nuestros ojos», relata el fotógrafo y Explorador de National Geographic Thomas Peschak.
Este mundo helado corre peligro: la península Antártica es una de las regiones del planeta que se calienta a mayor velocidad. En febrero de 2020 se registró una ola de calor que batió el récord de temperatura del aire con los 18,3 °C medidos en Base Esperanza, la estación científica argentina situada hacia el extremo norte de la península. (Lo normal es que las temperaturas estivales apenas superen en unos grados el punto de congelación). A medida que se eleva la temperatura del aire, el hielo marino que rodea la península retrocede; en 2016 alcanzó la extensión mínima desde que en los años setenta empezaron a monitorizarse por satélite las variaciones de la banquisa.
Y es un problema, porque el agua marina congelada guarece a los crustáceos del tamaño de un dedo meñique –el krill antártico– de los que depende la red biológica del océano Austral.

Los elementos en continua evolución transforman los icebergs del océano Austral en efímeras obras de arte. «Nunca los ves iguales. Siempre cambian», asegura Peschak.
Los nutridos bancos de krill alimentan a grandes grupos de animales. Los rorcuales australes y las yubartas los engullen en bocados formidables. Calamares, peces y pingüinos también comen estos crustáceos. Muchas de estas especies son a su vez alimento de superdepredadores: leopardos marinos –que los atrapan desde abajo–, y págalos y petreles gigantes –que lo hacen desde el aire–. Si desaparece el krill, el ecosistema se desmorona.
No está claro qué volumen de krill ha sucumbido al calentamiento. Entre tanto, las aguas que rodean la península Antártica abastecen a la mayor pesquería industrial de krill del océano Austral; los buques factoría extraen más de 725 toneladas diarias, que se procesan a bordo para elaborar productos ricos en ácidos grasos omega-3, como la harina de pescado que se utiliza en los piensos para el ganado y el aceite de krill que se añade a complementos alimenticios. Las amenazas del cambio climático y de la pesca industrial están íntimamente relacionadas, dice Lynch.

Una foca leopardo flota junto a un iceberg en la costa occidental de la península Antártica. Las burbujas de aire que libera el hielo al fundirse se adhieren al objetivo de la cámara subacuática. Para estas focas, los témpanos de hielo son un buen lugar donde criar y mudar la piel, y proporcionan un hábitat para el krill, un alimento importante para ellas.

El viento, el sol y la nieve se conjugan para crear las intrincadas morfologías de los icebergs antárticos. Las burbujas de aire atrapadas en el hielo durante la formación del mismo se liberan cuando este se derrite, potenciando el aspecto esculpido de sus contornos.
«Al mermarse la banquisa, los buques pesqueros de krill tienen vía libre».
Con estas presiones de fondo, un equipo internacional de científicos expertos en la Antártida ha planificado el establecimiento de un área marina protegida (AMP) de 670.000 kilómetros cuadrados para salvaguardar los mares que bañan la costa occidental de la península Antártica.
La decisión de crear este tipo de áreas protegidas corresponde a la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, un organismo internacional fundado en 1982 con el ánimo de preservar la fauniflora marina antártica en respuesta al creciente interés comercial por la extracción de krill. La Comisión opera en el marco del Tratado Antártico, firmado en 1959 por 12 países que con él ponían fin a sus disputas territoriales y consagraban la Antártida a la paz y la ciencia. Hoy integran la Comisión 25 países más la Unión Europea.

Los icebergs, como este de forma romboide y coronado por un lago de agua de fusión aturquesada, asoman al menos cinco metros sobre el agua. A medida que se derriten, los icebergs se convierten en pequeños témpanos.
Hace casi dos décadas, la Comisión se comprometió a formar una red de áreas protegidas en el océano Austral. La primera, establecida en 2009, salvaguardaba las aguas de las islas Orcadas del Sur, a 600 kilómetros al nordeste del extremo de la península Antártica. La segunda, culminada en 2016, preservaba parte del mar de Ross, en el otro lado del continente. La Comisión preveía estudiar la propuesta para la zona occidental de la península Antártica y otras dos áreas más en su reunión anual, agendada para finales de octubre de 2021.
Las medidas propuestas para el oeste de la península Antártica impedirían a los barcos de pesca de krill acceder a las aguas más importantes para la fauna dentro de cuatro zonas de protección general. La mayor de ellas está en el sur, un área que nunca ha sido explotada al hallarse bajo la banquisa. Quedaría vedada a la pesca comercial en el futuro, incluso si el hielo marino se fundiese hasta el punto de hacerla posible. El resto de las protecciones designarían una zona en la que se podría seguir con la extracción de krill al amparo de una normativa renovada.

La creación de un área marina protegida se inicia con la recopilación de datos científicos sobre lo que contiene. A partir de 2012, científicos de Argentina y Chile lideraron esa tarea de cara a una futura AMP de la península Antártica, reuniendo a expertos de todo el mundo. Hablamos de una zona muy estudiada, pues la mayoría de las estaciones científicas motean la costa occidental de la península y las islas. Para identificar las áreas de protección prioritaria, un programa informático analizó el ingente volumen de información acumulada sobre la fauna que vive, se alimenta y se reproduce en esta parte del océano Austral.
Las delegaciones argentina y chilena solicitaron la opinión de otros países miembros de la Comisión. «Uno de nuestros principales objetivos era tratar de articular una visión colectiva», explica Mercedes Santos, bióloga marina que participó en el proceso en calidad de investigadora del Instituto Antártico Argentino.
Una de las metas es contribuir a garantizar la resiliencia de los ecosistemas de la península frente al cambio climático, principalmente por la vía de demarcar zonas de pesca. Esto es algo que reviste especial importancia en el océano Austral, donde tantas especies dependen del krill.

Cien mil pingüinos barbijo anidan en Baily Head, en Isla Decepción, a 110 kilómetros al norte de la península Antártica. Líquenes y musgos tapizan el suelo, sin glaciares por la actividad geotérmica. Conforme el clima de la Tierra siga calentándose, muchas islas de la península podrían adquirir el mismo aspecto. «Es como una bola de cristal», dice Peschak.
«Una AMP no evitará el impacto del cambio climático, pero sí reducirá el estrés que soporte el ecosistema», afirma Santos.
La Comisión ha fijado una cuota de pesca anual de krill de 155.000 toneladas para las aguas que circundan la península Antártica, menos del uno por ciento del stock existente estimado, como llaman los gestores de pesquerías a la biomasa total. En general, apuntan los expertos, debería ser una pesquería ecológicamente sostenible, con una advertencia: la extracción de este crustáceo debe ser dirigida.
«Al pingüino que ve agotado su suministro de krill le da exactamente igual que el volumen extraído suponga un porcentaje mínimo de todo el disponible en la región», declara Lynch.
«Al estudiar los patrones de pesca de los últimos 10 o 15 años, se aprecia que la extracción se concentra sistemáticamente en las mismas zonas», dice César Cárdenas, investigador del Instituto Antártico Chileno que trabaja en la planificación del área protegida. Las flotas pesqueras gravitan hacia las zonas más ricas en krill, donde también acuden a alimentarse ballenas y pingüinos. Un análisis de 2020 sobre más de 30 años de datos de seguimiento revelaba que cuando las capturas locales de krill son elevadas, los pingüinos tienen malos resultados en una serie de parámetros, como el peso de los polluelos y el éxito reproductivo.
Restringir las capturas en ciertas zonas del área protegida puede ayudar a garantizar la solidez de las poblaciones de krill en las zonas de alimentación de los pingüinos adultos, de modo que no tengan que competir con los barcos de pesca.
Una vez sentadas las bases científicas de la AMP de la península Antártica, el siguiente paso es en gran medida de cariz político: alcanzar un consenso entre todos los miembros de la Comisión. Dada la importancia de la extracción del krill, es probable que se produzcan debates candentes, máxime teniendo en cuenta cómo fueron las negociaciones relativas al Área Marina Protegida de la Región del Mar de Ross, que se inauguró hace cuatro años tras un dilatado tira y afloja.

Unos pingüinos juanito descansan sobre un iceberg a la deriva entre una incursión en busca de alimento y la siguiente. Trepan hasta lo alto del hielo con las uñas de los pies. En las últimas cuatro décadas, el número de pingüinos juanito de la península Antártica se ha multiplicado por más de seis. Esta especie depende menos del krill que los pingüinos barbijo y de Adelia.
El mar de Ross es una bahía profunda que se abre entre la Tierra de Marie Byrd y Tierra Victoria, a 3.700 kilómetros al sur de Christchurch, Nueva Zelanda. Se considera uno de los últimos grandes ecosistemas marinos prístinos que quedan en la Tierra. Vastas poblaciones de superdepredadores vagan por sus aguas: orcas, petreles níveos, focas de Weddell y pingüinos emperador y de Adelia.
«Alberga una cantidad descomunal de toda esa asombrosa fauna marina que asociamos con la Antártida –dice Cassandra Brooks, científica de la Universidad de Colorado en Boulder que trabaja en el océano Austral desde 2004–. Su defensa logró unir a la comunidad internacional», explica.
El mar de Ross se convirtió en una zona de protección prioritaria debido al cambio climático y a una pesquería comercial de merluza austral que prosperaba a mediados de la primera década de este siglo. Aun así fueron necesarios más de 10 años de planificación científica y un lustro de intensas negociaciones por parte de la Comisión hasta que la AMP del mar de Ross fue una realidad.
Las conversaciones se atascaron al tocarse la cuestión de los derechos de pesca y los límites de la AMP, y poco a poco se fueron modificando los parámetros originales. Grandes potencias pesqueras como Noruega y Corea del Sur cooperaron cuando la AMP se recortó un 40 %. (Posteriores añadidos restauraron la superficie total de la zona). En el mar de Ross no se practica la extracción comercial de krill, pero tampoco se cerró la puerta a que pueda practicarse en un futuro. La designación de una zona de investigación sobre el krill y el acuerdo de que se podría capturar esta especie en la zona de pesca de la merluza austral se ganaron el apoyo de China en 2015.
Rusia, el último país en avenirse, presidió la reunión que la Comisión celebró el mes de octubre de 2016 en Hobart, Tasmania. Entre los últimos ajustes figuraba una cláusula de suspensión a 35 años vista, fecha en la que se revisarán las protecciones del mar de Ross.

Los de Adelia son los pingüinos que más dependen del hielo en la costa occidental de la península, donde sus poblaciones disminuyen a medida que el hielo se va derritiendo. Proteger esta región del océano Austral «no evitará el impacto del cambio climático, pero reducirá el estrés que soporte el ecosistema», afirma la bióloga marina argentina Mercedes Santos, quien ha desempeñado un papel decisivo en la planificación de la nueva área marina protegida.
Al término de las dos semanas de reunión, los miembros anunciaron el establecimiento de la AMP del mar de Ross. Es el área marina protegida más extensa del mundo, con aproximadamente 1,5 millones de kilómetros cuadrados de mar abierto además de 474.000 kilómetros cuadrados bajo la plataforma de hielo de Ross; en total, una superficie equivalente a la de México.
«Todo el mundo aplaudía, gritaba, se abrazaba, lloraba –relata Brooks, presente en las negociaciones–. Fue un momento extraordinario».
En junio de 2021 el G7, que reúne a los jefes de Gobierno de algunas de las naciones más ricas del mundo, otorgó pleno apoyo al objetivo de la Comisión de establecer una red de áreas protegidas en el océano Austral. Además de la propuesta para la península Antártica, está estudiándose la posibilidad de dar estatus de AMP a otras dos zonas: la Antártida Oriental y el mar de Weddell. La UE, Australia, Noruega, el Reino Unido y Uruguay están asumiendo roles de liderazgo. Estados Unidos vuelve a participar activamente tras haber quedado al margen durante la presidencia de Trump.
La reunión de octubre de 2021 de la Comisión iba a celebrarse por teleconferencia debido a la pandemia, con lo cual los abrazos tendrían que ser virtuales. Este año se cumplen 60 años de la entrada en vigor del Tratado Antártico, lo que aumenta el optimismo de quienes buscan mayor protección para el océano Austral. En palabras de Mercedes Santos: «es un recordatorio de que debemos lograr, una vez más, grandes cosas».
La Antártida: protección de un santuario natural
A pesar de que ningún ser humano puso un pie en el helado suelo de la Antártida hasta el siglo XIX, los eruditos de la Antigüedad ya habían anticipado su existencia, y es precisamente allí donde reside el origen etimológico de su nombre. Guiados por el presupuesto de que la tierra era redonda, los sabios de la Grecia clásica teorizaron que el globo terráqueo debería estar equilibrado por dos continentes en los extremos norte y sur. Al más septentrional se le bautizó con el nombre de «Arktos», oso, en referencia a la posición de la constelación de la Osa Mayor. En consecuencia, el supuesto continente meridional recibió el nombre de «Antarktos», añadiendo el prefijo «ant» para indicar lo opuesto al «arktos».
No fue hasta el siglo XIX cuando los únicos habitantes de la Antártida —hasta entonces, su fauna— empezaron a ver cómo las primeras personas se acercaban a las costas. Cazadores de focas y balleneros frecuentaron sus mares durante toda la centuria e incluso llegaron a desembarcar en el inhóspito territorio, y empezó a crecer el interés por este nuevo continente. Tras la épica conquista del Polo Sur protagonizada por Amundsen y Scott en 1911 y superado el dramático impasse de las grandes guerras del siglo XX, distintos países empezaron a enviar grandes expediciones científicas a la Antártida hacia finales de 1940.

Equilibrio terrestre
A medida que avanzó el conocimiento sobre la Antártida se fue constatando su vital importancia para el equilibrio del llamado Sistema Terrestre. Como explica Jerónimo López, expresidente y Miembro Honorífico del Comité Científico Internacional para la Investigación en la Antártida (SCAR), a National Geographic España a través de un correo electrónico, «la Antártida es el principal foco generador de frío en la Tierra y contiene alrededor del 92 por ciento del hielo existente en nuestro planeta.» Es, por tanto, un agente fundamental para el balance de las temperaturas del planeta y su preservación es un factor clave en la lucha contra el cambio climático.
Además, «por su posición central en el antiguo supercontinente de Gondwana, la Antártida es una pieza clave para estudiar la fragmentación sufrida desde el Jurásico, hace unos 180 millones de años», sigue explicando Jerónimo López. «En las rocas, el hielo y los fondos marinos circundantes, se encuentran registros geológicos únicos para reconocer el pasado de nuestro planeta».
Tratado Antártico
La década de 1950 constituyó un punto de inflexión. El establecimiento de numerosas bases científicas y el inicio de los reclamos territoriales hizo evidente la necesidad de regular la gestión de la Antártida y, además, de hacerlo de manera cooperativa. Por ello, en 1961 entró en vigor el Tratado Antártico, firmado por los doce países que estaban llevando a cabo actividades científicas en el territorio. Las bases fundamentales de este acuerdo histórico se resumen en sus tres primeros artículos:
- La Antártida se utilizará exclusivamente para fines pacíficos
- La libertad de investigación científica en la Antártida y la cooperación hacia ese fin […] continuarán.
- Las Partes Contratantes acuerdan proceder […] al intercambio de observaciones de resultados científicos sobre la Antártida, los cuales estarán disponibles libremente.
EL ANTES: LA NECESIDAD DEL PROTOCOLO

El tiempo pasó y la situación en la Antártida cambió. Hacia 1980 se descubrió que la existencia de yacimientos de petróleo y otros minerales bajo la capa de hielo era una realidad, y la actitud que gobiernos y empresas tomaron respecto estas potenciales explotaciones se convirtió en ambición.
Una de las primeras organizaciones que puso el foco sobre el problema y denunció esta situación fue Greenpeace. Los ecologistas defendían que la Antártida era un lugar único en el mundo, de los pocos que quedaban donde el ser humano aún no había alterado el ecosistema y por ello era esencial preservarlo. El creciente interés de las grandes compañías en los yacimientos minerales amenazaba el privilegiado status quo de este rincón de la tierra. Cualquier mínimo vertido podía destruir grandes áreas de un ecosistema extremadamente sensible debido a la particularidad de sus condiciones.

La ‘World Park Base’ de Greenpeace

Siguiendo las normas oficiales, el primer paso que dio la organización fue trasladarse a la Antártida, pues para tener representación en el Tratado Antártico necesitaban instalar una base permanente sobre el hielo.
En 1987 Greenpeace estableció la World Park Base. El nombre respondía a las demandas que la organización hacía a los países: proteger la Antártida bajo la fórmula de convertirla en un ‘World Park’ que la preservase como un bien común, sin pertenecer a nadie pero como un patrimonio de todos.

Los activistas se mantuvieron en la base durante cuatro años. A lo largo de este tiempo llevaron a cabo diversas acciones de denuncia y concienciación como por ejemplo medir la contaminación de las bases o detener la construcción de una pista de aterrizaje para aviones.
En esta imagen miembros de Greenpeace recogen muestras de un vertido de Cadmio para analizarlas mientras otra parte del grupo sostiene las pancartas que usarán para la protesta posterior.
Estas acciones empezaron a tener cierto impacto en los representantes de las naciones con base en la Antártida y Greenpeace pasó de ser una presencia muy incómoda a un interlocutor válido y respetado en la mesa de negociación. En 1991, los países que pertenecían al ya existente Tratado Antártico acordaron reunirse para debatir la creación de un protocolo de protección. Fue celebrado como una gran victoria por la organización ecologista que había invertido siete años en esta lucha.


Las consecuencias de las actividades humanas no reguladas son más que evidentes.

Un nuevo protocolo
El inicio de las conversaciones que culminarían en la firma del Protocolo para la Protección del Medio Ambiente Antártico, conocido como el Protocolo de Madrid, fue fruto de las presiones de la comunidad científica y los grupos ecologistas.
FECHA: 4 de octubre de 1991. LUGAR: Madrid
PAÍSES FIRMANTES: (37) Alemania, Argentina, Australia, Bélgica, Brasil, Bulgaria, Chile, China Corea del Sur, Ecuador, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Grecia, India, Italia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Países Bajos, Perú, Polonia, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica, Suecia, Uruguay, Ucrania, Rumanía, Canadá, República Checa, Bielorrusia, Mónaco, Pakistán, Venezuela y Portugal.
El Protocolo de Madrid
Algunos de los artículos más importantes del Protocolo son:
-Artículo 3: Establece que la protección del medio ambiente antártico y los ecosistemas dependientes y asociados […] deberán ser consideraciones fundamentales para la planificación y realización de todas las actividades que se desarrollen en el área del Tratado Antártico.
-Artículo 7: Declara que cualquier actividad relacionada con los recursos minerales, salvo la investigación científica, estará prohibida.
-Artículo 8: Se requerirá evaluación ambiental de todas las actividades, incluido el turismo.
-Artículo 11: Crea un Comité de Protección Ambiental para el continente.
-Artículo 15: Pide a los estados miembros que estén preparados para las acciones de respuesta para casos de emergencia en la zona.
-Artículos 18-20: Arreglo para el arbitraje de las controversias internacionales en materia de la Antártida.
-Artículo 25(5): Señala que la prohibición de la minería del artículo 7 no puede ser derogada a menos que un futuro tratado establezca un marco normativo vinculante para dicha actividad.
EL DESPUÉS: IMPLANTACIÓN DEL TRATADO

El Protocolo se firmó en 1991, pero no entró en vigor hasta 1998, cuando fue ratificado por todas las Partes Consultivas del Tratado Antártico. Jerónimo López, implicado en la negociación, lo califica como un acuerdo de gran trascendencia por «la designación de la Antártida como territorio dedicado a la paz y a la ciencia.» Más concretamente y según López, algunas de las medidas más importantes fueron «la obligación de realizar evaluaciones de impacto ambiental y el desarrollo de una serie de procedimientos para proteger el medio ambiente y el trascendente acuerdo de una moratoria de 50 años desde la entrada en vigor del Protocolo para la explotación de minerales en la Antártida, es decir hasta 2048.»
Con la nueva realidad quedaron terminantemente prohibidas las industrias extractivas en en todo el entorno terrestre del continente. Fue un progreso sin precedentes y un paso clave para la conservación de la Antártida como un santuario de vida natural.
Sin embargo, la amenaza de la acción humana todavía pende sobre la Antártida. Especialmente sobre sus aguas. Todavía permanecen sin protección el océano que la rodea, y en consecuencia también el hogar de hasta 14.000 especies diferentes que lo habitan, entre ellas el krill –base de la cadena trófica–, el pingüino emperador, el calamar gigante o la ballena azul. Su principal amenaza son la industria pesquera y el cambio climático.

Todas las medidas tomadas primero con el Tratado Antártico (1961) y después con el Protocolo de Madrid (1991) «crean un marco apropiado para la protección de la Antártida», afirma Jerónimo López. Sin embargo, con la exigencia de los que conocen los potenciales peligros y amenazas, López considera que hay margen de mejora, por lo que «convendría desarrollar los principios que el Protocolo indica y seguir insistiendo en la adopción de medidas acordadas por las Partes del Tratado Antártico.» Una de las asignaturas pendientes es la extensión de la protección más allá del hielo, es decir, las aguas que lo rodean, algo en lo que los expertos insisten de manera especial.
López señala una de las cuestiones más importantes, y es que «a pesar de su lejanía y aislamiento geográfico, la Antártida se encuentra conectada con las demás regiones a través de la circulación atmosférica y oceánica, lo que hace que sus efectos se extiendan al conjunto de la Tierra.» Y viceversa, por ello debemos ser conscientes de la gran importancia de las acciones globales que, aunque se lleven a cabo a miles de kilómetros, pueden tener un impacto directo en el equilibrio de este rincón helado del mundo.
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