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La lucha por sobrevivir…


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National Geographic – Las rodadas de los safaris turísticos surcan el paraje polvoriento del Hidden Valley tanzano donde descansan unos leones. Es marzo y estos superpredadores se han dado un banquete, cortesía de las manadas de ñúes que paren en las inmediaciones; los recién nacidos son especialmente vulnerables. Más adelante, cuando los rebaños hayan migrado en pos de las lluvias y de mejores pastos, para los leones será difícil encontrar presas, y algunos morirán de hambre. Es el ciclo de abundancia y escasez del Serengeti, que rige los destinos de los depredadores de las planicies.

En una tierra de abundancia y escasez, tener qué comer lo es todo.

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Los guías de la Reserva Nacional Masai Mara, en Kenia, los llamaron «los Cinco Magníficos». Estos machos de guepardo cazaron juntos durante más de cuatro años. Por lo general los machos son rivales, pero esta es una especie social y extremadamente adaptable, y el quinteto funcionó mientras la alianza les reportó beneficio.

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Las peleas simuladas con congéneres de edad parecida es una de las conductas sociales que exhiben los elefantes adultos. Reunidos en un abrevadero, se los puede ver echando la trompa sobre la cabeza del compañero o cubriendo con su oreja la cabeza o el lomo del vecino. Para expresar deferencia con el macho dominante, se acercan a él y le colocan en la boca el extremo de la trompa.

Cuando anochece en Masai Mara es momento de salir a cazar.

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Unos cachorros de hiena manchada salen de la madriguera al anochecer. Por lo general nocturnas, las hienas son cazadoras y carroñeras, y un carnívoro clave del Serengeti: controlan la población y distribución de las especies que depredan. Nacen con los ojos abiertos, con dientes y con músculos listos para la acción.

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Para evitar que una hiena agresiva o un león hambriento le robe la presa, este leopardo se ha subido a un árbol con el impala que acaba de cazar. Tímidos y esquivos, los leopardos buscan ramas robustas, capaces de soportar su peso. Un resbalón, y la presa recién cobrada podría quedar al alcance de otros depredadores.

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El turismo añade un plus de complejidad al ecosistema del Serengeti. El día que captó esta imagen en Masai Mara, el fotógrafo Charlie Hamilton James contó 48 vehículos. Los guepardos son más mansos que otros grandes félidos ante la presencia de personas, por lo que no es raro encontrarse alguno dormitando a la sombra de un vehículo de safari. De hecho, poco hay en las rutinas cotidianas de estos animales –caza incluida– que se le oculte al público humano.

Han crecido rodeados de coches, pero las miradas embobadas de los turistas no han menoscabado la velocidad de estos guepardos.

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Cuando un guepardo pone sus miras en una presa, la persecución no suele ser muy larga: son capaces de acelerar de cero a 100 kilómetros por hora en tres segundos. En la imagen, dos ejemplares atacan a un par de ñúes que se han separado del rebaño. El resultado, sin embargo, es incierto. Los guepardos solo se cobran la mitad de las presas que persiguen, y los ñúes pueden galopar a 80 kilómetros por hora, a veces huyendo en zigzag.

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Unos buitres se alimentan del cadáver de un ñu. Esenciales para el ecosistema, estas aves son más rápidas que otros carroñeros a la hora de limpiar los restos, reduciendo así el riesgo de transmisión de enfermedades a otros animales o a los seres humanos. Con los ñúes viajan millones de moscas, ávidas de compartir las presas y desovar en los despojos.

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Unos hipopótamos se refrescan al amanecer en un río de Masai Mara. Pasan hasta 16 horas al día en ríos y charcas, donde duermen en manadas de entre 10 y 30 individuos para proteger a sus crías, muy vulnerables a los cocodrilos. Por la noche pastan, recorriendo distancias de hasta 10 kilómetros y consumiendo unos 40 kilos de hierba. Sus excrementos son ricos en nutrientes que preservan la salud de los ríos africanos y benefician a multitud de especies.

Acusando la mengua del hábitat y los efectos del cambio climático, animales de todos los tamaños atraviesan dificultades en este frágil ecosistema.

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Los impalas no solo se enfrentan a los depredadores, sino también a sus rivales. Los machos jóvenes practican el combate muy pronto. De adultos, dominan territorios y guardan grupos de hembras con las que se aparean. Cuando los persiguen sus depredadores –leones, leopardos, guepardos e hienas–, pueden dar saltos de hasta 10 metros de largo y tres de alto.

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De espaldas a la lluvia, una manada de impalas –hembras, sus crías y un astado macho dominante– aguarda a que amaine el aguacero. Estos rumiantes dependen sobre todo de las señales auditivas para detectar el movimiento de los depredadores. Dado que la lluvia amortigua el sonido y limita la visibilidad, el grupo se relaja.

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Dos leones macho dan cuenta al amanecer de un eland –el antílope de mayor tamaño– que cazaron la noche anterior, mientras una bandada de buitres acecha muy cerca. Los carroñeros tuvieron que ser pacientes: la pareja de grandes félidos se alimentó de los despojos durante tres días.

Es mucho lo que se juegan animales y humanos en este paisaje sin igual.

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Un macho de jirafa ramonea una acacia. Los ejemplares adultos llegan a ingerir más de 45 kilos de hojas al día, que rebuscan entre las ramas con su lengua de medio metro. Al igual que todas las especies de este ecosistema, el mamífero terrestre más alto de la Tierra compite por el territorio en un hábitat que se reduce.

nuestras charlas nocturnas.

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