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Desenterrando tesoros arqueológicos II …


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Un dhow surca las aguas de la isla keniana de Lamu. Durante siglos, embarcaciones como esta unían los puertos del África oriental con Asia y Arabia. Los mercaderes swahili, negociantes natos, vendían oro, marfil y esclavos a los comerciantes cuyos barcos llegaban con los monzones. Estas embarcaciones se usan todavía en distancias cortas para transportar mercancías y personas.

EL  IMPERIO SWAHILI (800–1500 África Oriental)

National Geographic(A.Lawler)  —  «La ciudad de Kilwa se cuenta entre las más hermosas y es de elegante construcción», escribió Ibn Battuta, uno de los grandes viajeros de la historia. Acuñaba su propia moneda y tenía casas con agua corriente. Sus vecinos vestían sedas importadas. En su edad de oro, que se prolongó del siglo XII al XVIII, Kilwa fue uno de los treinta y tantos puertos prósperos que jalonaban lo que hoy conocemos como la Costa Swahili. Aquellos puertos, que se extendían desde la actual Somalia hasta Mozambique, se habían convertido en pujantes ciudades-Estado enriquecidas por la actividad comercial en el Índico. Prosperaban gracias a los barcos procedentes de Arabia, la India y China que atracaban en sus muelles para llevarse los artículos que tanta riqueza reportó a los swahili.

Los marinos árabes que llegaban a África descubrían buenos puertos, mares fecundos, tierras fértiles y oportunidades mercantiles. Muchos se quedaban y desposaban mujeres autóctonas, importando así la fe islámica. La interacción de lenguas y costumbres africanas y árabes creó una cultura mercantil única.

En esencia, sin embargo, se trataba de una cultura africana, algo que no reconocieron los primeros arqueólogos. Posteriores excavaciones han puesto de manifiesto aquel error. En la isla tanzana de Songo Mnara, por ejemplo, se desenterró una comunidad planificada en la que destacaba un palacio adornado con tapices, decenas de manzanas de viviendas, seis mezquitas y cuatro cementerios, todo ello dentro de un recinto amurallado.

La red comercial swahili se desmoronó cuando los portugueses irrumpieron en las rutas para redirigir las mercancías hacia el Mediterráneo y Europa. Pero su rica cultura sobrevivió a siglos de ocupación colonial. «La historia swahili es una sucesión de adaptaciones e incorporaciones –explica el historiador tanzano Abdul Sheriff–. Puede que mañana la cultura swahili no sea exactamente la misma de hoy, pero precisamente eso da fe de que está viva».

MACHU PICCHU (Siglo XV Perú)

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Enrique Porres y otros lugareños ayudaron a Bingham a explorar y excavar el lugar.

De rodillas, ayudándose con las manos, tres hombres trepaban por la ladera escarpada y resbaladiza de una montaña peruana. Era la mañana del 24 de julio de 1911 y caía una llovizna fría. Hiram Bingham III, que a sus 35 años era profesor adjunto de historia de América Latina en la Universidad Yale, había partido del campamento en que se alojaba su expedición a orillas del Urubamba en compañía de dos peruanos, dispuesto a investigar las ruinas que, según le habían explicado, se alzaban en una imponente cresta conocida como Machu Picchu («montaña vieja» en quechua, la lengua inca). Los exploradores se abrieron paso a machetazos por la densa selva, salvaron a rastras un «puente» de troncos finos amarrados con lianas y atravesaron una maleza infestada de serpientes.

Tras dos horas de camino, a unos 600 metros sobre el fondo del valle, se toparon con dos campesinos que aseguraron a un Bingham cada vez más escéptico que las ruinas estaban muy cerca y encargaron a un chiquillo que los guiase.

Cuando por fin llegó al lugar, Bingham se quedó boquiabierto ante la escena que se abría ante sus ojos. De la maraña de maleza surgía un laberinto de bancales excavados en los escarpes y muros construidos sin argamasa, las piedras tan bien encajadas que ni la hoja de un cuchillo entraría en las uniones. El lugar se convertiría en uno de los mayores tesoros arqueológicos del siglo XX: una ciudad fantasma inca que, intacta, llevaba más de cuatro siglos oculta al mundo. «Se antojaba un sueño increíble», escribiría más tarde.

Bingham reconoció que no fue el descubridor de Machu Picchu. Los habitantes de la zona sabían del lugar, y un aparcero peruano, Agustín Lizárraga, incluso había grabado su nombre en una de las paredes casi una década antes. Pero sí fue mérito suyo dar a conocer al mundo la ciudadela en la montaña, pues el relato de la labor que llevó a cabo en aquella cumbre y en otros puntos de la región copó el número de abril de 1913 de National Geographic.

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La visión de Machu Picchu «casi me dejó sin aliento», recordaba Bingham, cuya labor atrajo la atención del mundo entero hacia las ruinas en 1913. Aquel retiro real, con su cantería de precisión y sus cascadas de bancales perfectamente colocados, evidencia la maestría constructiva de los incas.

Bingham también fue el primero en estudiar científicamente Machu Picchu. Con el apoyo financiero de Yale y de National Geographic Society, regresó dos veces al lugar. Sus brigadas limpiaron la vegetación que había engullido la cima, enviaron miles de piezas al Museo Peabody de Historia Natural de Yale –serían devueltas a Perú en 2012– y cartografiaron y fotografiaron las ruinas. Las miles de fotos que tomó cambiarían la arqueología para siempre, demostrando el poder de la imagen como instrumento de legitimación y divulgación científica.

MARAVILLAS REVELADAS POR EL DESHIELO (Siglo XVII Sudoeste de Alaska)

El yacimiento arqueológico de Nunalleq, en la costa sudoeste de Alaska, preserva un instante fatídico, congelado en el tiempo. Es un cuadrado de tierra fangosa, repleto de objetos cotidianos del pueblo nativo yupik que quedaron abandonados cuando hace casi cuatro siglos los sorprendió un ataque letal.

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Las piezas que el deshielo deja a la vista dan fe de la historia oral y las costumbres de los yupik. El calentamiento global amenaza los vestigios de las culturas indígenas de todo el mundo.

Como tantas veces ocurre en la arqueología, una tragedia del pasado es una bendición para la ciencia del presente. En Nunalleq se han recuperado más de 100.000 piezas intactas, desde cubiertos hasta objetos extraordinarios como máscaras rituales de madera, agujas de marfil para tatuar la piel, fragmentos de kayaks expertamente calibrados y un cinturón de dientes de caribú. Todo ello en un estado de conservación asombroso por haber estado congelado desde el año 1660 aproximadamente.

Pero hoy el cambio climático está cebándose con las regiones polares, lo que conlleva la catastrófica pérdida de restos de culturas antiguas poco conocidas, como la de Nunalleq, en todo el litoral de Alaska y más allá. El deshielo a gran escala está dejando al descubierto vestigios de pueblos y civilizaciones que habitaron las regiones septentrionales de todo el globo, desde arcos y flechas neolíticos aparecidos en Suiza hasta bastones de la época vikinga localizados en Noruega, o tumbas de nómadas escitas cuyos ricos ajuares salen a la luz en Siberia.

Los yacimientos arqueológicos del litoral alaskeño se ven amenazados por dos factores a falta de uno: el aumento de las temperaturas y la subida del nivel del mar. Cuando en 2009 se iniciaron las excavaciones en Nunalleq, los arqueólogos se toparon con suelo congelado a unos 46 centímetros por debajo de la superficie. Hoy la descongelación alcanza el metro de profundidad. Eso significa que los objetos tallados en cuerno de caribú, madera de deriva, hueso y marfil de morsa emergen del estado de ultracongelación que hasta ahora los había preservado en perfectas condiciones. Si no se ponen a salvo, al momento empiezan a pudrirse y deshacerse.

El nivel medio de los océanos ha aumentado entre 20 y 23 centímetros desde 1900. Es una amenaza directa para yacimientos costeros como el de Nunalleq, doblemente vulnerable al oleaje ahora que la fusión del permafrost está hundiendo el terreno. «Como un invierno de estos venga una buena tormenta, ya podemos despedirnos del yacimiento entero», afirma el arqueólogo principal, Rick Knecht.

Cuando el mar empezó a arrastrar a la playa objetos de madera, el líder comunitario Warren Jones ayudó a convencer al consejo del pueblo de que era buena idea excavar Nunalleq. Aquellas conversaciones devinieron en una colaboración única en la que la comunidad local y los arqueólogos trabajan en asociación.

Hoy los yupik de toda la región acuden al yacimiento para saber más cosas de sus antepasados. Hay un nuevo centro cultural y arqueoló-gico que organiza talleres. Jones lleva a gala esa cooperación y confía en que sigan produciéndose hallazgos.

«Quiero que nuestros chicos que están ahora en la universidad lo gestionen, y que estén orgullosos de que sea nuestro», dice.

ENCONTRAR EL TITANIC (1912 Océano Atlántico)

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A unos 3,8 kilómetros de profundidad, la fantasmagórica proa del Titanic emerge de la oscuridad cubierta de «carámbanos de óxido», unas estalactitas anaranjadas creadas por bacterias que se alimentan de hierro.

A las 2.20 horas del 15 de Abril de 1912, el «insumergible» R.M.S. Titanic desapareció bajo las olas, llevándose consigo unas 1.500 vidas. ¿Por qué esta tragedia no deja de cautivar la imaginación más de un siglo después? La dimensión de la catástrofe explica su atractivo. La suya es una historia de superlativos: un barco enorme y poderoso, hundido en aguas gélidas y profundas. Su destino quedó sellado en su viaje inaugural de Southampton, en Inglaterra, a Nueva York. A las 23.40 horas la nave golpeó tangencialmente un iceberg en el Atlántico Norte que dañó varias zonas del casco de estribor a lo largo de un tramo de 90 metros, lo que causó que se abrieran los seis compartimentos de proa. El hundimiento era inevitable.

A lo largo de las décadas, varias expediciones trataron sin éxito de encontrar los restos del Titanic, una misión complicada por la imprevisible meteorología del Atlántico Norte, la vasta profundidad (3.800 metros) a la que yace el pecio y los relatos contradictorios sobre los últimos momentos del naufragio. El 1 de septiembre de 1985, transcurridos 73 años de la catástrofe, el Explorador de National Geographic Robert Ballard y el científico francés Jean-Louis Michel lo localizaron por fin a unos 610 kilómetros al sudeste de Terranova, en el fondo de aguas internacionales.

Según documentos recién desclasificados, el hallazgo partió de una investigación secreta de la Marina de Estados Unidos sobre dos submarinos nucleares naufragados, el U.S.S. Thresher y el U.S.S. Scorpion. La Marina quería conocer el destino de los reactores nucleares de aquellos submarinos y verificar si existían pruebas en favor de la teoría conforme el Scorpion había sido hundido por los soviéticos. (No las había).

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Entre los objetos encontrados, este reloj

Ballard se había reunido con la Marina en 1982 para solicitar fondos con los que desarrollar la tecnología de sumergibles robóticos que necesitaba para localizar el Titanic. Esta se había interesado, pero con objeto de recabar su propia información. Cuando Ballard acabase la inspección del submarino, y siempre y cuando quedase tiempo, podría hacer lo que quisiera. Dispuso de menos de 15 días para buscar el Titanic. Y una noche, a la 1.05 de la madrugada, las cámaras de vídeo captaron una de las calderas del barco. «No puedo creer lo que ven mis ojos», escribió sobre aquel momento.

En los años transcurridos desde la expedición de Ballard, los procesos orgánicos han ido descomponiendo el Titanic: los moluscos han engullido gran parte de la madera, mientras que los microbios corroen el metal expuesto, formando carámbanos de herrumbre. El casco ha empezado a desmoronarse, llevándose consigo los camarotes. «El deterioro más impactante se veía en el lado de estribor de los camarotes de los oficiales, donde se alojaba el capitán», dijo el historiador del Titanic Parks Stephenson en 2009 tras una inmersión en sumergible tripulado. Con un equipo de última generación, los buzos captaron imágenes del pecio que pueden utilizarse para generar modelos 3D, lo que ayudará a los investigadores a seguir estudiando el pasado y el futuro del barco.

¿Cuánto tiempo permanecerá intacto el Titanic? «Hay opiniones para todos los gustos –dice Bill Lange, del Instituto Oceanográfico de Woods Hole–. Unos creen que a la proa le quedan uno o dos años; otros afirman que aguantará siglos».

Resista lo que resista el pecio, sin duda lo sobrevivirá su leyenda: la historia de un buque de nombre orgulloso que quiso navegar veloz hacia un nuevo mundo, pero halló su perdición al toparse con algo tan viejo y tan lento como el hielo.

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