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Desenterrando tesoros arqueológicos …


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ÖTZI, El HOMBRE DEL HIELO

National Geographic(A.Lawler)  —  Congelado en el tiempo bajo un glaciar de los Alpes, este cazador neolítico abatido por una flecha hace unos 5.300 años es el ser humano intacto más antiguo descubierto hasta ahora.

En 1991 unos senderistas que recorrían las altas cotas de la frontera de Italia con Austria descubrieron un cadáver momificado que asomaba de un glaciar. Ni se les pasó por la imaginación que aquel «hombre del hielo» fuese un viajero del tiempo procedente de la Edad del Cobre. Y no solo eso: posteriores investigaciones revelaron que el Hombre del Hielo que vivió hace 5.300 años y al que se llamó Ötzi –en alusión al Ötzal, el valle en cuyas inmediaciones murió– es el ser humano más antiguo aparecido en estado intacto. 

En las siguientes tres décadas los científicos se han valido de una amplia gama de herramientas avanzadas (entre ellas la endoscopia 3D y el análisis de ADN) para examinar al hombre del hielo y enriquecer su biografía. Lo que en principio parecía la historia de un solitario cazador neolítico superado por los elementos se transformó en una fascinante novela negra.

Tenía alrededor de 45 años, edad provecta para su época. Padecía artritis, ateroesclerosis, cálculos biliares, una periodontitis avanzada y caries, afecciones todas ellas que lo martirizaban, pero que no le causaron la muerte.

En 2001, un radiólogo le hizo una placa de tórax y detectó una punta de flecha de piedra, algo menor que una moneda de 50 céntimos, alojada bajo el omóplato izquierdo. Aquella prueba forense adquirió todavía más visos de intriga en 2005, cuando una nueva tecnología de TAC mostró que la punta de flecha le había causado un corte de 1,25 centímetros de longitud en la arteria subclavia. Semejante herida le habría causado una muerte casi inmediata. En conclusión: un atacante, apostado a sus espaldas y por debajo de su objetivo, disparó una flecha que acertó a Ötzi en el hombro izquierdo. En cuestión de minutos la víctima se derrumbó, perdió el conocimiento y se desangró.

Aunque la ciencia ha resuelto gran parte de las incógnitas, quedan muchas preguntas pendientes. Dos de ellas encabezan la lista: ¿quién mató a aquel cazador prehistórico y por qué?

LOS FARAONES NEGROS (730-656 a.C. Sudán y Egipto)

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Unos camelleros sudaneses pasan ante las tumbas del Yebel Barkal, en las que reposan reyes y reinas nubios de hace dos milenios. Monarcas nubios gobernaron el antiguo Egipto por espacio de unos 75 años, en los que reunificaron el país y forjaron un imperio. 

En el año 730 A.C. un hombre llamado Piye llegó a la conclusión de que la única manera de salvar Egipto de sí mismo era invadirlo. La fabulosa civilización constructora de las pirámides de Gizeh había perdido el rumbo, desgarrada por luchas intestinas. Piye llevaba dos décadas gobernando su propio reino en Nubia, una franja de África que en su mayor parte coincide con el actual Sudán, pero se consideraba a sí mismo heredero legítimo de las tradiciones practicadas por los grandes faraones.

Tras un año de campaña militar, todos los gerifaltes de Egipto habían capitulado. A cambio de que les perdonase la vida, los vencidos entregaron a Piye sus templos, sus joyas más exquisitas y sus mejores caballos. Piye aceptó y fue ungido Señor del Alto y Medio Egipto. A su muerte, tras varias décadas de reinado, los súbditos respetaron su deseo de ser enterrado en una pirámide al estilo egipcio en un lugar que hoy conocemos como El-Kurru. Hacía más de 500 años que no se daba a un faraón aquel tipo de sepultura.

Piye fue el primero de los llamados faraones negros, los regentes nubios de la XXV dinastía egipcia. A lo largo de 75 años reunificaron un Egipto fragmentado y crearon un imperio que alcanzaba desde la frontera meridional en el actual Jartum hasta la orilla misma del Mediterráneo.

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Hábiles orfebres, crearon obras maestras como este pectoral de la diosa Isis, que descansaba sobre la momia de un rey nubio enterrado en Nuri.

Hasta hace poco, el suyo fue un capítulo de la historia prácticamente ignorado. «La primera vez que estuve en Sudán, la gente me decía: «¡Está usted loco! ¡Aquí no hay historia! ¡La historia está en Egipto!»», recuerda el arqueólogo suizo Charles Bonnet. Pero tanto él como otros investigadores actuales están sacando a la luz la rica historia de una cultura ignorada durante siglos. Los arqueólogos han reconocido que los faraones negros no salieron de la nada. Procedían de una sólida civilización africana ubicada en un territorio que los egipcios llamaban Kush y que ya en tiempos de la primera dinastía de Egipto, hacia el año 3000 a.C., florecía en las orillas meridionales del Nilo.

Los egipcios recelaban de tener un vecino tan poderoso en el sur, máxime cuando dependían de las minas de oro nubias para financiar su dominio del Asia occidental. Por eso los faraones de la XVIII dinastía (1539-1292 a.C.) mandaron sus ejércitos a conquistar Nubia y construyeron guarniciones a lo largo del Nilo. Subyugada, la élite nubia empezó a asimilar las costumbres culturales y espirituales egipcias: adoraban sus dioses, usaban su idioma y adoptaban sus estilos funerarios.

Bien podría decirse que los nubios fueron las primeras víctimas de la «egiptomanía». Sin haber puesto un pie en Egipto, preservaron las tradiciones egipcias y resucitaron la pirámide, un monumento funerario que los propios egipcios habían abandonado siglos antes. En palabras del arqueólogo Timothy Kendall, los nubios «se habían vuelto más papistas que el papa».

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De unos 5,3 centímetros de alto, este amuleto hallado en la tumba de una reina kushita está rematado con una cabeza de oro de la diosa egipcia Hathor.

En el siglo VII a.C. los asirios invadieron Egipto desde el norte. Los nubios se retiraron permanentemente a su territorio originario, pero siguieron marcando sus tumbas reales con pirámides, salpicando lugares como El-Kurru, Nuri y Meroë con los perfiles escalonados que caracterizan su interpretación de los monumentos egipcios. Al igual que sus mentores, los reyes kushitas llenaban las cámaras mortuorias de tesoros y las decoraban con imágenes destinadas a asegurar una vida rica en el más allá.

Poco se sabía sobre estos reyes hasta que el egiptólogo de Harvard George Reisner llegó a Sudán a principios del siglo xx y localizó los enterramientos de cinco faraones nubios de Egipto y muchos de sus sucesores. Aquellos descubrimientos y las subsiguientes investigaciones rescataron del olvido la primera gran civilización del África subsahariana.

EL DOMINIO DE UN REY MAYA (1000 a.C.-900 d.c. Honduras)

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En 1989 los arqueólogos hicieron un fenomenal descubrimiento en la antigua ciudad maya de Copán, en Honduras: la tumba de un gran rey, fundador de una dinastía que se mantuvo en el poder unos 400 años.

En un túnel que discurre 15 metros por debajo de las plazas de Copán, una antigua ciudad maya de la actual Honduras, el arqueólogo de National Geographic George Stuart se asomó a una abertura de un muro de tierra y piedra. Allí, en un espacio sofocante y propenso a los terremotos, vio un esqueleto tendido sobre una gran losa de piedra. Los colegas de Stuart habían descubierto una tumba real, probablemente la de K’inich Yax K’uk’ Mo’, u Ojos de Sol, Verde Quetzal Guacamayo. El venerado rey-dios, cuyo nombre figura en muchos de los jeroglíficos del lugar, fue fundador de una dinastía que durante unos 400 años ejerció el poder en este reino maya.

Este trascendental descubrimiento tuvo lugar en 1989, pero los expertos en la civilización maya reconocían desde hacía tiempo la formidable importancia de Copán. Tras más de un siglo investigando, sabían que aquellas ruinas situadas junto al río Copán habían albergado la capital política y religiosa de un gran reino caído más de mil años atrás. Desde el primer momento los investigadores se dieron cuenta de que la sección que ahora se conoce como la Acrópolis –un área rectangular que se eleva sobre el río– no solo había albergado algunas de las obras arquitectónicas y escultóricas más espectaculares de la ciudad, sino que también había funcionado como sede del poder gobernante en el apogeo del período clásico maya, comprendido aproximadamente entre los años 400 y 850 de nuestra era.

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Entre el ajuar de la tumba real figura esta vasija con forma de ciervo que contenía chocolate.

Los gobernantes de Copán afirmaban descender del Sol, y en virtud de ello ocupaban el trono. Reinaban sobre unos 20.000 súbditos, desde agricultores que vivían en cabañas de madera y paja hasta la élite de los palacios vecinos de la Acrópolis. Cuando los arqueólogos accedieron mediante túneles a la Acrópolis, se toparon con la tumba más elaborada que se ha descubierto hasta la fecha en el yacimiento. Los restos de una noble dama descansaban sobre una gruesa piedra rectangular. Estaba ricamente ataviada y lucía uno de los conjuntos de jade maya más fabulosos jamás hallados. Probablemente era la esposa del fundador, creen los arqueólogos, la reina madre de los siguientes 15 gobernantes de la dinastía de Copán.

Con el descubrimiento de la tumba de la reina, pronto fue evidente que aquella parte de la Acrópolis constituía una especie de axis mundi, un conjunto de enterramientos y edificios consagrados por la presencia de una persona dotada de un poder casi inimaginable a ojos de los habitantes de Copán. Dadas todas las pistas que apuntaban a K’inich Yax K’uk’ Mo’, todo sugería que su última morada no podía estar muy lejos. Impacientes, los arqueólogos excavaron más profundamente bajo el complejo.

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Deteriorado por el paso del tiempo, este retrato en piedra del rey maya conocido como 18 Conejo alberga el nido de un bienteveo común. El reinado de este poderoso señor del siglo VIII coincidió con el máximo esplendor de la ciudad de Copán.

Por fin, tras una fachada de máscaras rojas del dios-sol posadas sobre una plataforma, apareció el esqueleto de quien creen es el mismísimo fundador. El rey tenía por lo menos 50 años, llevaba incrustaciones de jade en dos dientes y había fallecido con el antebrazo derecho fracturado. Había señales de otras lesiones.

Las investigaciones en curso sugieren que el poder derivado del fundador empezó a tambalearse cuando en el año 738 el rey de una ciudad-Estado rival capturó y sacrificó al decimotercer soberano de Copán. En época de Yax Pasah, 25 años después, el poder de los reyes de Copán seguía sin recobrarse. Cuando los mayas abandonaron el lugar al albur de la selva y el río, probablemente hacia el año 900, los edificios de piedra empezaron a desmoronarse. Aun en estado ruinoso, las construcciones y esculturas que han resistido hacen del yacimiento uno de los mayores tesoros artísticos y arquitectónicos de América.

SANTUARIOS Y MINAS BUDISTAS (200-800 d.C. Afganistán)

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Fotografiado desde esta perspectiva, el santuario de dos metros y medio de altura perteneciente a Mes Aynak, en Afganistán, parece mucho más alto de lo que es en realidad. Los arqueólogos solo han excavado una mínima parte del vasto complejo budista, que data de los siglos III al VIII de nuestra era.

A una hora de viaje por la autopista de Gardez, al sur de Kabul, un brusco desvío a la izquierda va a dar a una pista de tierra. El camino sigue el cauce seco de un río, dejando atrás pequeñas aldeas, controles paramilitares y torres de vigilancia. Un poco más adelante, la vista se abre sobre un valle desarbolado, surcado de zanjas y antiguos muros excavados.

En 2009 un equipo de arqueólogos afganos y de otros países, asistidos por obreros de la zona, empezaron a exhumar miles de estatuas, manuscritos, monedas y monumentos sagrados budistas. Salieron a la luz monasterios y fortificaciones que llegan a datar del siglo III de nuestra era. La excavación era, con diferencia, la más ambiciosa de la historia de Afganistán.

Pero un capricho de la geología puso en peligro este valioso patrimonio cultural. Mes Aynak significa «pequeño pozo de cobre» en el dialecto de la zona, pero de pequeño no tiene nada. La veta de mena de cobre que subyace bajo las ruinas es uno de los depósitos sin explotar más importantes del mundo: se calcula que alberga 12,5 millones de toneladas de este metal. En 2007 un consorcio chino obtuvo una concesión de 30 años para extraerlo. La empresa hizo una oferta de más de 2.700 millones de euros y se comprometió a construir infraestructuras en este distrito remoto y subdesarrollado.

Antes incluso de que se hiciese público el acuerdo con los intereses chinos, el riesgo de que la ciencia perdiese las piezas arqueológicas a manos de saqueadores era ya una realidad. Los defensores del patrimonio cultural afgano reclamaron que se excavasen los tesoros y se documentasen como es debido antes de que entrase en funcionamiento la mina a cielo abierto.

Previsto en principio para 2012, el inicio de la actividad extractiva se vio pospuesto en medio de disputas contractuales, la caída del precio del cobre y el conflicto de Afganistán con los talibanes. Ahora que estos controlan el país, el futuro del yacimiento es todavía más incierto, si cabe.

El pasado que revela la arqueología ofrece un marcado contraste con la violencia y el caos actuales. Entre los siglos III y VIII Mes Aynak fue un centro espiritual que prosperaba más o menos en paz. Al menos siete complejos monásticos budistas de varios pisos forman un arco alrededor del yacimiento, cada uno de ellos protegido por atalayas y altas murallas. Los monjes budistas del lugar se enriquecieron con el cobre, y los depósitos de escoria dan fe de una producción a gran escala.

Aunque son bien conocidos los vínculos del antiguo budismo con el comercio, poco se sabe de su relación con la producción industrial. Ahí es donde Mes Aynak podría llenar importantes lagunas de conocimiento, pues parece apuntar a un sistema económico más complejo de lo que se creía.

Desentrañar todos los secretos de Mes Aynak llevará décadas. La esperanza de los arqueólogos es que el tiempo esté de su parte y les brinde la oportunidad de seguir revelando nuevos pasajes de este capítulo tan poco conocido de los días de gloria del budismo en Afganistán.

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El cobre reportó riqueza a este centro religioso e industrial. Las excavaciones han sacado a la luz miles de tesoros insólitos, como el buda de madera íntegro más antiguo que se conoce, tallado entre los años 400 y 600.

MEDINA AZAHARA, CIUDAD CALIFAL (Hacia 936 España)

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A unos ocho kilómetros de Córdoba se erige Medina Azahara, la ciudad palatina que Abderramán III mandó construir en torno a 936. Las edificaciones que quedan en pie ponen de manifiesto su sofisticación y esplendor. La pieza más asombrosa de aquel complejo era el llamado Salón Rico (imagen), la sala de audiencias en la que el califa recibía a embajadores y altos dignatarios, y cuyos trabajos de restauración están en marcha desde 2009.

Bajo la dominación musulmana, España disfrutó de un elevado nivel cultural en comparación con el resto de Europa. Su arquitectura no tenía parangón, y el máximo exponente de la época era Medina Azahara, la «Ciudad Brillante». Esta magnífica ciudad palatina se construyó a los pies de Sierra Morena por orden de Abderramán III, emir omeya de Córdoba desde el año 912 y autoproclamado califa omeya de Córdoba en el año 929. El Califato Omeya de Córdoba, o Califato de Occidente, puso fin al emirato independiente instaurado por Abderramán I en el año 756 y perduró hasta 1031. Una vez consolidado su poder en la península Ibérica, la dignidad de califa exigía a Abderramán III la fundación de una nueva ciudad, símbolo de su poder y que hiciese las veces de bastión de Al-Ándalus e intimidase a cualquier adversario. También deseaba crear una corte espléndida en la que floreciesen las ciencias y las artes. Las obras empezaron hacia el año 936 y finalizaron en torno a 961. Para entonces, el califa había invertido la tercera parte del presupuesto real en su nuevo complejo urbano, que convirtió en sede de gobierno. La llenó de eruditos, filósofos y artistas, transformándola en el corazón cultural de Al-Ándalus.

En tiempos de su hijo y sucesor, Alhaquén II, Medina Azahara se amplió. Sus dobles murallas, que llegaban a medir 4,5 metros de grosor cada una, abarcaban unas 130 hectáreas. Su esplendor llenaba de admiración a los visitantes. Córdoba no solo era confluencia de culturas, sino que se consideraba con toda justicia una capital mundial. Ninguna otra ciudad europea del siglo X ofrecía comodidades tales como iluminación urbana y agua corriente, o los centros de erudición donde los matemáticos desarrollaban el álgebra y las grandes bibliotecas donde se traducían al latín los clásicos griegos.

Los emisarios eran conducidos a los salones de recepción de Medina Azahara, donde podían reunirse bajo las arcadas de mármol, descansar junto a los estanques y disfrutar del aroma del azahar. En el complejo había mezquitas, pabellones, barracones, baños y talleres. Aprovechando el desnivel del terreno, la ciudad se dividía en tres terrazas: la más elevada estaba reservada a la zona residencial del califa, la intermedia estaba ajardinada y el nivel inferior albergaba un mercado y las viviendas de los trabajadores. Fuentes contemporáneas cifran la población de la ciudad en 20.000 personas, entre la familia del califa, generales y visires, escribas y traductores, trabajadores y tenderos; la guardia real sumaba otras 12.000 personas y el harén, 6.000.

Transcurridos unos 80 años de la fundación de la ciudad, el gran palacio fue saqueado y arrasado por los bereberes en medio de la inestabilidad y las luchas que vivió Al-Ándalus y que supusieron la caída del Califato de Córdoba y la aparición de los primeros reinos de taifas. En el caos que siguió, el palacio languideció hecho ruina. El saqueo de la ciudad palatina prosiguió en siglos sucesivos, hasta que Medina Azahara fue redescubierta por la arqueología a principios del siglo xx.

«Cuando en 1910 llegaron los arqueólogos, no había nada a la vista –explica Antonio Vallejo, actual director de las excavaciones–. Los cimientos siluetean la mansión califal, la mezquita, 400 viviendas, el antiguo mercado, acueductos, jardines, estanques y hasta una casa de fieras». Posteriores trabajos arqueológicos han localizado los restos de calzadas, puentes, sistemas de abastecimiento de agua y elementos decorativos que dan fe de la magnificencia artística del lugar.

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