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Mujeres (reporteras) en primera línea de combate…


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La periodista Janine di Giovanni

Vogue(J.DiGiovanni)/SModa(N.Luis)  —  En febrero de 2012, recibí una llamada a primera hora de la mañana mientras estaba en una misión en Belgrado, tratando de rastrear a criminales de guerra. Era un colega en Beirut, me dijo que Marie Colvin – cuya vida ahora ha sido inmortalizada en la película A Private War protagonizada por Rosamund Pike– había sido asesinada unas horas antes por la explosión de un cohete en Homs, en Siria.

La noticia me dejó tan herida que acorté mi visita a Belgrado, y un amigo me llevó al aeropuerto para coger el siguiente vuelo a Londres. Nos detuvimos en el camino y mientras caminábamos por el bosque me dijo que empezara a pensar en mi vida de manera diferente: si Marie, que era una inquebrantable en nuestra profesión había muerto, todo había cambiado.

En el avión, pensé en cómo había conocido a Marie años atrás, cuando yo era una reportera muy joven en el Sunday Times de Londres, junto a la fotocopiadora. Ella era mayor, glamurosa, usaba un pálido y ajustado vestido entubado Calvin Klein y su encrespado cabello liso estaba sujeto hacia atrás en un elegante moño. “Hola, soy Marie”, dijo bruscamente. Salimos a fumar un cigarro y unas copas que se convirtieron en varias botellas y tras eso, compartimos un taxi a nuestros respectivos apartamentos en Notting Hill. A la mañana siguiente la recogí por la mañana en mi maltratado Saab y llegamos al trabajo, en Wapping, en un silencio fruto de la resaca pues uno de los daños colaterales de nuestro trabajo es que cuando no estábamos en el campo, necesitábamos anestesiarnos de lo que habíamos visto.

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Janine di Giovanni

Como se ve en A Private War, Marie nunca tuvo hijos. Lo que no se muestra son los abortos involuntarios, las esperanzas frustradas, los intentos de tener una vida completa formando una familia. Tampoco habla del segundo esposo de Marie, Juan Carlos Gumucio, otro reportero de guerra, con quien intentó tener hijos, que se suicidó en 2002. Escuché la noticia mientras estaba en una misión en Somalia. Dejé a un lado mi teléfono satelital y lloré.

Todo este dolor fue lo que me obligó a hacerme la promesa -a mitad de mis treinta años- de que sería madre, y que tendría una familia con alguien a quien amara locamente. Un año más tarde, en agosto de 2003, el día que la ONU fue bombardeada en Bagdad, me casé con Bruno Girodon, un periodista francés que conocí en Sarajevo. Él me entendió. Antes de ir a la oficina del registro, los dos vimos las noticias sobre Bagdad en la televisión, mordiéndonos las uñas con el mismo pensamiento: “¡No estamos ahí!” La gente normal no siente eso, pero nosotros no somos normales. La guerra le hace algo a tu cabeza, algo irrevocable. Nuestro hijo, Luca, nació nueve meses después.

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Clare Hollingworth

Pero ¿qué es lo que nos lleva a querer adentrarnos en este mundo? A Private War arroja luz sobre la psique de aquellos que buscan seguir el camino de contar historias de guerra. Creo que se les debe mucho a las mujeres que llegaron antes de nosotras, a las que por delegación nos enseñaron, a Marie y a mí, cómo trabajar. Estas fueron l as legendarias reporteras de guerra, muchas de las cuales perfeccionaron sus habilidades durante la Segunda Guerra Mundial: Clare Hollingworth, Martha Gellhorn o Lee Miller. Siempre me ha encantado leer su trabajo y sus historias de vida. Todas compartían una cosa: eran valientes, resueltas, ferozmente independientes. Todas ellas vivieron en un mundo de hombres, y buscaban trabajar y vivir tan libremente como lo hacían ellos. Todas ellas vivieron según sus propias reglas.

En agosto de 1939, Hollingworth, trabajadora humanitaria de 27 años, solo había trabajado como periodista menos de una semana en el Daily Telegraph del Reino Unido cuando tuvo su primer atentado periodístico. Usando, en parte artilugios femeninos y en parte habilidades diplomáticas extraordinarias, se las ingenió para convencer a un amigo de la Oficina de Relaciones Exteriores de que le prestara su coche con chofer para cruzar la frontera de Polonia a Alemania y obtener detalles sobre lo que estaba a punto de pasar. Tuvo un asiento en la privilegiada primera fila de la guerra. Literalmente, se tropezó con los nazis.
Su primera historia apareció en los titulares: “1,000 tanques se concentraron en la frontera polaca” y describió que los batallones estaban listos para ser desplegados en un “golpe rápido”.

Durante las siguientes décadas, Hollingworth se mantuvo cerca de la acción con guerras en Argelia y Vietnam; cubriendo la Revolución Cultural de China; entrevistando al Sha de Irán; o estando en el centro del desmoronamiento de Kim Philby. Siempre estaba, en palabras de su colega de la BBC, John Simpson, “en el lugar correcto en el momento adecuado”.

Gellhorn no se quedaba atrás. En la década de los treinta, se abrió camino desde el medio oeste de Estados Unidos hasta el estirado Bryn Mawr College y de ahí a París, donde se casó con un guapo aristócrata francés -y uno de los jóvenes amantes de la escritora Colette-. Usando zapatos belgas hechos a mano, cruzó la frontera hacia España donde informó sobre la Guerra Civil, enamorándose de Hemingway en el asediado Hotel Florida de Madrid (la guerra siempre produce románticas historias de amor). Cuando esta terminó, Gellhorn regresó a París y esperó la siguiente.

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Marie Colvin

Para la cual, no pasó mucho tiempo. Avecinandose a la Segunda Guerra Mundial se dirigió a la helada Finlandia para informar sobre el Helsinki bajo las bombas. Más tarde, durante la invasión de l Día D, ganó la primicia a Hemingway al meterse de contrabando en un buque de guerra hospital y obtener relatos de primera mano de los heridos por el horror de las playas demarcatorias. Hemingway, mientras tanto, regresó furioso al Hotel Dorchester de Londres donde se hospedaba y trató de sabotear su trabajo con Harper’s Magazine. Su matrimonio terminó poco después.

Gellhorn, como Hollingworth (quién murió el año pasado a la edad de 105 años) trabajó hasta bien entrada en sus años dorados. Gellhorn continuó informando sobre guerras y escribiendo sobre viajes en América Central, África, Vietnam. Escribió novelas y escribió lo que llamó “artículos para revistas de señoras” para mantenerse a ella y a su hijo, Sandy, que adoptó en Italia en tiempos de guerra. Se casó de nuevo, con un banquero de Londres, con quien intentó vivir una vida estable como anfitriona de sociedad. No funcionó.

Gellhorn sólo dejó de viajar cuando se quedó medio ciega, rodeada de jóvenes admiradores en su apartamento de Kensington (no era una mujer de mujer y prefería la compañía de los hombres). Miller, por su parte, terminó su carrera después de la Segunda Guerra Mundial, que la dejó marcada por la miseria y las privaciones.

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La reportera Miller en el baño de Hitler

Miller fue una ex modelo de Poughkeepsie (Nueva York) que influenció al artista May Ray y lo ayudó a desarrollar la técnica de solarización de la fotografía. Abandonándolo como su amante, tomó una cámara y se dirigió a las líneas de combate de la Segunda Guerra Mundial para Vogue.

Sufrió lo que para los estándares actuales sería llamado ‘trastorno de estrés postraumático’. Bebía en exceso (una aflicción que también atormentaba a Marie) y estaba sumida en una profunda tristeza depresiva, que le llevaba a encerrarse en su cuarto de hotel de París durante semanas. Después de casarse con Penrose y dar a luz a su hijo, decidió dedicar su vida a la cocina, al arte y las amistades. Tanto es así, que suu hijo ni siquiera sabía sobre el extraordinario trabajo de su madre hasta que hurgó en la granja a la que Lee se retiró y encontró sus olvidados negativos de Vogue.

Cuando me fui a zonas de guerra, estas mujeres siempre fueron mis ángeles guardianes. Aunque conocí a Gellhorn, nunca conocí a Miller ni a Hollingworth, pero me hubiera gustado preguntarles cómo superaron el miedo y la soledad que son parte inevitable del trabajo.

Como se muestra en A Private War, actualmente los peligros son mucho más graves que durante las guerras de las que ellas informaron. Cuando inicié mi carrera como una joven reportera durante el primer levantamiento palestino a principios de la década de los noventa, mi preocupación más grave era que me tiraran una piedra en el parabrisas mientras conducía por Cisjordania. Pero ese temor su fue rápidamente, y pronto me dirigía a Gaza en taxis compartidos, repletos de palestinos que no conocía. Me quedé durante meses en los campos de refugiados, y cuando había un “choque” –es decir, una confrontación entre los jóvenes palestinos y la policía o el ejército israelí- todo lo que quería hacer era estar ahí, en la primera fila, empapándome de gas lacrimógeno o siendo apedreada por una lluvia de rocas.

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Martha Gellhorn

Más tarde, en Bosnia, mis temores eran que los morteros cayeran muy cerca de mí o que me dispararan en las rodillas por un francotirador. Pero en retrospectiva, esto parece algo pequeño en comparación con el secuestro y los ataques a los reporteros, que ahora son de rigor. La familia de Marie está convencida de que el edificio donde se refugiaba en Homs fue atacado deliberadamente por los funcionarios de mayor rango de Bashar al-Assad. Han iniciado un litigio con la esperanza de que aumente la conciencia sobre lo fundamentalmente importantes que son los periodistas y su trabajo para documentar crímenes de guerra.

Cada vez que le digo a la gente lo que hago, siempre se asombran. También soy una madre con un hijo de 15 años y si la gente no me conociera, asumiría que vivo una vida tranquila criándolo. Ser una corresponsal de guerra no es una profesión ordinaria y, sin embargo, tuve la suerte de estar expuesta a mujeres mayores que arrojaron luz en el camino que tenía por delante, y me hicieron comprender lo que significa ser elegida para este papel, porque creo que es una vocación. Cuando el periodismo es puro, cuando es honesto, cuando trae justicia o trae una voz para los que no la tienen, es honorable.

Christiane Amanpour, la legendaria estrella de la CNN, lo denominó “hacer brillar una luz en los rincones más oscuros del mundo». Pensaba en sus palabras mientras veía A Private War. No es una película perfecta o completamente precisa –es Hollywood, por supuesto, así que idealiza la vida de una reportera de guerra– pero abre una ventana a un mundo que muchos (afortunadamente) nunca conocerán.

Homenaje a 23 reporteras de guerra

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Marie Colvin (1956-2012) Si hay algo que se destaca de esta mítica reportera del Sunday Times, es la fiereza de sus crónicas en primera línea que la llevaron desde Sierra Leona a Kosovo. No escribía sobre la política, sino sobre los efectos de la guerra en los civiles: avergonzó a la ONU por el trato a los refugiados en la guerra de Timor y se dice que salvó la vida de más de 1.500 mujeres y niños. Perdió un ojo en Sri Lanka y murió en 2012 por un ataque de un obús mientras cubría el conflicto de Siria.

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Marta Gellhorn (1908-1998) A los 20 años ya estaba firmando crónicas desde París. Su último fue trabajo fue a los 81 años, cubriendo la invasión estadounidense de Panamá de 1989. El espíritu nómada de esta eterna corresponsal de guerra (una de las más importantes del s. XX) la llevó a pisar por primera vez un conflicto con la Guerra Civil española. Le siguieron 60 años de carrera que incluyeron la Segunda Guerra Mundial, Vietnam o los conflictos árabe-israelíes. Mantuvo una turbulenta relación con el escritor Ernest Hemingway durante cuatro años.

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Carmen de Burgos (1867-1932) La llamaban «la divorciadora» por la presión que hizo desde sus columnas para obtener una ley de divorcio, tal y como hizo también por el voto femenino. En 1909, esta almeriense apodada ‘Colombine’ cogió las maletas y se fue a cubrir la Guerra de Melilla, denunciando la barbarie que suponía y defendiendo la objeción de conciencia. «He hecho el periodismo vivo, activo, de batalla» respondía en una de sus últimas entrevistas.

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Clare Hollingworth (1911-2017) Conocida como «la dama de los corresponsales de guerra británicos», fue la primera en dar la exclusiva de la invasión alemana de Polonia que provocó el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Consagró su vida a su oficio, cubriendo conflictos de Vietnam a Oriente Próximo. Además del Telegraph,  trabajó para The Guardian, periodo en el que se hizo un auténtico nombre como periodista cubriendo la guerra de Algeria en los 50 y los 60. Murió en Hong Kong el año pasado, a los 105 años.

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Catherine Leroy (1944-2006) Esta francesa iba para pianista, pero con 21 años se compró un billete de ida  a Saigón para contarle al mundo con su Leica el lado humano de la guerra de Vietnam. Sus fotografías buscaban momentos cotidianos, alejadas de las icónicas de guerra. Las imágenes que tomó de sus captores del Vietcong dieron la vuelta al mundo en la portada de la revista Life en en 1968. Líbano y la guerra civil fueron el punto álgido de su carrera como fotógrafa de combate. Después, se hizo fotógrafa de moda, especialmente en Japón (en la imagen, foto tomada por Leroy de unos marines durante la Guerra de Vietnam).

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Gerda Taro (1910-1937) Fue la primera fotoperiodista en morir en combate. Lo hizo cubriendo la batalla de Brunete, en plena guerra civil española. El nombre del «pequeño zorro rojo» (su pelo y su capacidad para colarse eran inconfundibles) no fue tan reconocido como el de Robert Capa, pero detrás del seudónimo convertido en fenómeno fotográfico estuvo tanto ella como su amante Endre Friedmann, aunque fuese él quien se llevase el mérito. Se especula que ‘Muerte de un miliciano’, una de sus fotos más icónicas, fue en realidad inmortalizada por Taro.

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Françoise Demulder (1947-2008) Como hizo Lee Miller unos años antes, dejó su carrera como modelo en París para captar con su cámara los conflictos de Vietnam y Camboya. En 1977 se convirtió en la primera mujer en ganar el premio a foto del año del World Press Photo por una fotografía de la expulsión de los palestinos del barrio de Karantina (Beirut) durante la guerra civil libanesa. También cubrió conflictos en Cuba, Pakistán y Etiopía. En una ocasión confesó que odiaba la guerra, pero se sentía «obligada a documentar cómo siempre son los inocentes los que sufren, mientras los poderosos se vuelven cada vez más ricos».

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Kate Webb (1943-2007) Esta neozelandesa se forjó una reputación como una de las reporteras más intrépidas de la Guerra de Vietnam. Durante el conflicto la dieron por muerta, pero reapareció 23 días después junto a otros periodistas que también habían sido secuestrados por las tropas vietnamitas en Camboya. Sus coberturas se centraron en Asia, de la guerra del Golfo a la ocupación soviética de Afganistán. Trabajó para United Press International y desde 1985 en la Agence France-Presse, donde estuvo hasta que se retiró en 2001. La actriz Carey Mulligan se metió en su piel en la película On the other side (2016).

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Kate Adie (1945-actualidad) La ex – corresponsal en jefe más reconocible de la BBC tiene fama de ser una mujer con los nervios de acero. Lo demostró en 1980, cuando retransmitió en directo la operación para liberar a 26 rehenes secuestrados en la embajada iraní en Londres o en las protestas de la plaza de Tiananmen (China) en 1989, cuando consideró que reportar lo que estaba sucediendo era más importante que su propia seguridad. Su carrera la ha llevado a cubrir la guerra del Golfo, la de Yugoslavia, Bosnia Albania o Ruanda.

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Marguerite Higgins (1920-1966) «Era valiente, estúpidamente valiente» llegó a decir de ella su editor del New York Herald Tribune, que amenazó con despedirla si no abandonaba Corea. Fue precisamente la cobertura de este conflicto lo que le valió a Higgins convertirse en 1951 en la primera mujer que ganó el premio Pulitzer en la categoría de Periodismo de Asuntos Internacionales. Otras guerras que cubrió fue la Segunda Guerra Mundial y la de Vietnam.

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Thérèse Bonney (1894-1978) Con un doctorado de Harvard bajo el brazo, llegó a París para convertirse en fotógrafa y promover el cambio cultural entre Francia y Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial le pilló de pleno, y decidió dedicarse a cubrir la realidad que estaban viviendo los civiles durante el conflicto: «Trato de conseguir la verdad y traerla de vuelta para intentar que otros la enfrenten y decidan hacer algo al respecto». Entre sus condecoraciones recibió la Legión de Honor y la Cruz de Guerra Francesa. Además, publicó varios foto-ensayos e inspiró un cómic, Photo-fighter.

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Dickey Chapelle (1918-1965) Su pasión por los aviones le valieron el apodo, pero no la formación: Georgette Louise dejó los estudios de aeronáutica para acabar convertida en la primera fotógrafa acreditada por la marina. Sus imágenes de heridos en Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial animaron a mucha gente norteamericana a donar sangre.  Su cámara la llevó hasta Argelia, Vietnam y Cuba (en la imagen, Chapelle – con gafas – junto a Vilma Espín, que se casó con Raúl, hermano de Fidel Castro). Murió al ser alcanzada por metralla, en 1965.

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Christiane Amanpour (1958-actualidad) Esta periodista de origen iraní es la jefa internacional de los corresponsales de la CNN y uno de los rostros más reconocidos en la cobertura de la violencia que ha asolado Iraq desde la Guerra del Golfo. Sus entrevistas son históricas: fue la última en hablar con el general libio Gadafi y con el presidente egipcio Hosni Mubarak antes de que fuese destituido. Dilma Rousseff, Nicolás Maduro, el ex presidente iraní Mohammad Jataní (en la foto), Dmitry Medvedev o Malala Yousafzai también engrosan su larga lista de entrevistados.

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Elizabeth (Lee) Miller (1907-1977) Una biografía de lo más fascinante que ya contamos aquí. La de una estadounidense que dejó su carrera como modelo para ponerse detrás de la cámara: “prefiero tomar una foto antes de ser una” dijo en una ocasión. Con ella Vogue abrió sus páginas de moda a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Una de sus fotos más icónicas es esta, en la bañera de Hitler el mismo día que el Führer se suicidó.

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Mary Welsh (1908-1986) Otra de las plumas que cubrió los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Esta norteamericana comenzó su carrera en 1932 para el Chicago Daily News y ejerció como corresponsal para las revistas Time y Life cubriendo por ejemplo el blitz alemán y otros aspectos del conflicto. En París conoció a su tercer marido, el escritor Ernest Hemingway, del que dijo en su autobiografía que la llamó «carroñera» y destrozó algunos de sus escritos. También la describió como «una reportera de guerra inútil con sonrisita de suficiencia» según el New York Times. 

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Helen Kirkpatrick (1909-1997) Cuando solicitó un puesto como reportera en el Chicago Daily News, su editor Peter Knox le dijo: «no tenemos mujeres en el personal». A lo que ella contestó: «no puedo cambiar mi sexo, pero podéis cambiar vuestra política». Y lo hicieron. Fue contratada en el diario para el que cubrió toda la Segunda Guerra Mundial. Reportó el blitz de Londres en 1943, la derrota de la flota italiana en Malta y los juicios de Nuremberg. Como corresponsal del New York Post fue una de las primeras en entrevistar a Jawaharlal Nehru, el primer ministro de la recién independizada India (en la foto, la cuarta por la izquierda).

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Brigitte Friang (1924-2011) Esta francesa vivió en primera persona los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero no como periodista: a los 19 años se unió a la Resistencia francesa, fue capturada por la Gestapo y deportada al campo de concentración de Ravënsbruck. Pudo sobrevivir (a su escapada no pesaba más de 26 kg), y se convirtió en reportera. Cubrió la guerra de Indochina, la de los Seis Días o la de Vietnam.

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Virginia Cowles (1910-1983) Comenzó como periodista de moda, pero su ambición para ser reportera de noticias se vio estimulada cuando le llegó la oportunidad de entrevistar a Mussolini. Cubrió la liberación de París y la invasión aliada de Alemania a finales de la Segunda Guerra Mundial, así como la guerra civil española. En nuestro país fue colega de Martha Gellhorn, con quien escribió una comedia teatral (Love goes to war) sobre sus experiencias como corresponsales (en la foto, de izq. a dcha: el actor Ralph Michael, Virginia Cowles y Martha Gellhorn).

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Sofía Casanova (1851-1968) Entrevistó a Trotski y enviaba crónicas desde el frente de la Primera Guerra Mundial, narró qué pasó en la Revolución Rusa o la labor de las sufragistas. Antibélica y pacifista, escribió para el ABC, El Liberal o el New York Times y escribió novelas. Su ideología durante la Guerra Civil española (se alineó con el bando franquista) ha perpetuado su olvido.

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Nellie Bly (1864-1922) Bajo este seudónimo se encontraba Elizabeth Jane Cochran, una pionera del periodismo de investigación que antes de meterse a corresponsal de guerra escribió para el New York World de Joseph Pulitzer dos reportajes que la harían célebre: una investigación para denunciar las condiciones deplorables de un psiquiátrico de Nueva York (se hizo internar haciéndose pasar por una enferma) y el récord que batió en dar la vuelta al mundo en menos de 80 días. Viajó a Europa y cubrió la Primera Guerra Mundial desde el Frente Este.

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Anna Politkóvskaya (1958-2006) Una de las voces más críticas con el régimen de Putin que sacó a la luz los abusos perpetrados por las tropas rusas durante el conflicto de Chechenia y denunció la falta de libertad para informar. Recibió varias amenazas de muerte, pero nunca pensó en marcharse: «El exilio no es para mí. De ese modo, ellos ganarían». Fue asesinada en un ascensor, en 2006, a causa de dos disparos.

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Janine di Giovanni  Uno de sus trabajos iniciales fue cubrir la Primera Intifada a finales de los 80 y desde entonces, la editora de Oriente Medio de Newsweek ha sido testigo de conflictos que la han llevado desde Ruanda a Sierra Leona, Timor o Sarajevo, como contó hace 6 años en esta imprescindible charla TED. Desde hace años se ha especializado en Irak y en Siria (es consejera sobre Siria para ACNUR). Entre los documentales que protagoniza están No Man’s Land, sobre reporteras de guerra, y 7 días en Siria.

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Marina Ginestà (1919-2014) Tenía 17 años cuando el fotógrafo Hans Gutmann la inmortalizó en el viejo hotel Colón de Barcelona. Una imagen que, sin pretenderlo, se convirtió en un icono en plena Guerra Civil. Esta miliciana ejerció como periodista para varios medios republicanos y también como intérprete del corresponsal del diario soviético Pravda, Mijail Kolstov: «Éramos periodistas y nuestra profesión era que no decayera nunca la moral, difundíamos el lema de Juan Negrín ‘con pan o sin pan, resistir».

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