100 maravillas de la arqueología…

Guerreros de terracota, 210 a.C. Enterradas para acompañar al primer emperador de China en el más allá, las estatuas a tamaño natural de soldados y criados fueron descubiertas en 1974 por unos agricultores. Desde entonces, los arqueólogos han exhumado unos 8.000 guerreros, además de caballos, carros, acróbatas y músicos.
National Geographic(A.Lawler) — Nuestro conocimiento de la historia de la humanidad se ha enriquecido enormemente en los últimos dos siglos gracias a excavaciones que, llevadas a cabo en los seis continentes con el espaldarazo de tecnologías revolucionarias, nos han abierto la puerta a las vidas de nuestros antepasados.
El ansia por desenterrar riquezas ocultas ha obsesionado a incontables buscadores, enriquecido a unos pocos y conducido a más de uno al borde de la locura.
«Hay ciertos hombres que se pasan casi toda la vida buscando kanûz, tesoros escondidos –escribía la viajera británica Mary Eliza Rogers tras visitar Palestina a mediados del siglo XIX–. Algunos se vuelven maníacos, abandonan a la familia y, aunque muchas veces son tan pobres que van pidiendo por las puertas de pueblo en pueblo, se tienen a sí mismos por ricos».
No todos los cazadores de fortunas con los que se topó Rogers eran vagabundos desesperados. También se encontró con sahiri, que podría traducirse como nigromantes, «a los que se atribuye el poder de ver objetos ocultos en la tierra». Estos estimados clarividentes, en muchos casos mujeres, entraban en un trance que, según Rogers, les permitía describir con todo lujo de detalles el paradero de objetos valiosos.
La arqueología transformó esos «objetos ocultos en la tierra» de simples tesoros a potentes herramientas que nos permiten asomarnos al pasado.

Tumba de un faraón adolescente, 1322 a.C. Cuando en 1922 el arqueólogo Howard Carter abrió la suntuosa tumba de Tutankamón, el joven faraón saltó a la fama mundial. Su máscara funeraria de oro, objeto de todas las miradas en el Museo Egipcio de El Cairo, es una de las piezas más célebres de la historia de la arqueología.
En un principio, aquella ciencia embrionaria de la época de Rogers apenas difería del saqueo de toda la vida, pues los colonialistas europeos competían por llenar sus vitrinas de alhajas y estatuas antiguas de tierras lejanas. Pero la nueva disciplina también abrió la puerta a una era de descubrimiento sin precedentes que revolucionó la comprensión de la rica diversidad de nuestra especie, así como nuestra humanidad compartida.
Si le parece una exageración, trate de imaginar cómo sería el mundo sin la arqueología. Sin una Pompeya llena de lujos. Sin el impresionante oro tracio. Sin ciudades mayas asomando en la vegetación de la selva. El ejército de terracota de un emperador chino seguiría oculto bajo la tierra negra que cultiva un campesino.
Sin la arqueología, apenas sabríamos nada de las primeras civilizaciones. A falta de una piedra de Rosetta, seguiríamos mirando con perplejidad los enigmáticos símbolos que decoran las tumbas y templos de Egipto. La primera sociedad alfabetizada y urbana del mundo, surgida en Mesopotamia, la conoceríamos vagamente por las referencias de la Biblia. Y la mayor y más populosa de esas antiguas culturas, concentrada en las márgenes del río Indo, en el subcontinente indio, seguiría enterrada en el olvido.
Sin el estudio sistemático de yacimientos y piezas arqueológicas, la historia sería rehén de los contados textos y monumentos que han sobrevivido a los avatares del tiempo. Solo quebraría el vasto Pacífico de nuestro pasado algún que otro atolón desperdigado: un pergamino maltrecho por aquí, una pirámide por allá.
Dos siglos de excavaciones en seis continentes han dado voz a un pasado que antes permanecía sepultado en su mayor parte. Por medio de los yacimientos y los objetos recuperados, nuestros ancestros remotos –muchos de los cuales ni sabíamos que existían– pueden contar sus historias.
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Angkor Wat, 802-1431 d.C. En el siglo XIII, momento de su apogeo, la capital del Imperio jemer era el asentamiento urbano más grande del mundo. Mientras los arqueólogos buscan datos sobre la caída de la ciudad, el complejo de templos camboyano continúa siendo un venerado santuario religioso.
Como mínimo desde el último rey babilonio, que reinó hace más de 2.500 años, dirigentes y potentados han coleccionado antigüedades para verse reflejados en las bellezas y glorias pretéritas. Los emperadores romanos se llevaron al menos ocho obeliscos egipcios hasta el otro lado del Mediterráneo para embellecer su capital. En el Renacimiento, uno de esos monumentos paganos se erguía en el corazón de la plaza de San Pedro.
En 1710 un noble francés pagó a una brigada de obreros para que abriese un túnel a través de Herculano, ciudad vecina de Pompeya que yacía prácticamente intacta desde la mortífera erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era. Las estatuas de mármol recuperadas desencadenaron un frenesí arqueológico que se propagó por toda Europa. En el Nuevo Mundo, Thomas Jefferson hizo abrir zanjas en un túmulo funerario de los nativos americanos para estudiar quién lo había levantado y por qué.
En la época de Mary Eliza Rogers ya había excavadores europeos por todo el mundo. Pocos eran profesionales. Casi siempre se trataba de diplomáticos, oficiales del ejército, espías o empresarios acaudalados (hombres, con contadísimas excepciones) estrechamente relacionados con la expansión colonial. Se prevalían de su poder e influencia en el extranjero para estudiar y robar al mismo tiempo, llenando sus cuadernos y llevándose momias egipcias, estatuas asirias y frisos griegos para nutrir los museos de sus respectivos países o colecciones privadas.
Y llegaron los felices años veinte. Las espectaculares joyas halladas en la tumba del faraón Tutankamón y en el Cementerio Real de Ur saltaron a los titulares y reconfiguraron el rumbo del arte, la arquitectura y la moda. Para entonces, sin embargo, los profesionales con credenciales académicas habían empezado a comprender que el material más valioso de aquellas zanjas no era el oro desenterrado, sino la información cifrada en los fragmentos de cerámica y los restos humanos.
Los nuevos métodos de análisis de los finos estratos de suelo se tradujeron en innovadores modos de reconstrucción de la vida cotidiana. Y a partir de los años cincuenta, la medición de la desintegración radiactiva de la materia orgánica ofreció a los investigadores el primer reloj fiable con el que datar piezas.

Ya en nuestro siglo, la arqueología es una actividad cada vez más de laboratorio y menos de zanja. Lo que antes tenía poco valor evidente –semillas quemadas, heces humanas, el residuo del fondo de una olla– es hoy un tesoro. Mediante un análisis minucioso, estos humildes restos pueden revelarnos qué comía la gente, con quién comerciaba e incluso dónde se había criado.
Existen técnicas avanzadas capaces incluso de datar el arte rupestre, lo que nos permite saber más sobre culturas como las de los primeros pueblos aborígenes de Australia, que no dejaron tras de sí demasiadas pruebas duraderas. Y el mar ya no es la barrera infranqueable que fuera desde tiempos inmemoriales, conforme los buzos acceden a pecios que van desde una nave mercante de la Edad del Bronce hasta el naufragio por antonomasia, el Titanic.
El avance más revolucionario de las últimas décadas es la extracción del material genético contenido en huesos ancestrales. El ADN antiguo nos ha permitido atisbar cómo interactuaban nuestros antepasados con los neandertales y descubrir a los denisovanos, unos primos de los que ya nos habíamos olvidado, y a los diminutos habitantes de la isla indonesia de Flores.
Toda una batería de nuevas tecnologías, desde las imágenes por satélite hasta la fluorescencia de rayos X, permite a los científicos explorar yacimientos y examinar piezas sin necesidad de hincar la pala en el suelo o cortar una muestra de una valiosa pieza de museo. Y todo ello reduce la probabilidad de que eliminemos sin querer datos que hoy no percibimos, pero que generaciones posteriores podrían recuperar.
Pese a todo, los antecedentes tantas veces negativos de la arqueología siguen pesando mucho. Hasta hace una década la iniciativa de repatriación de piezas foráneas obtenidas por medios cuestionables, desde los mármoles de Elgin hasta los bronces de Benín, no empezó a tener cabida en el plano político. Durante siglos, la resistencia estadounidense y europea a formar o promocionar arqueólogos del lugar significó que, al desmoronarse los imperios coloniales, apenas hubiese investigadores autóctonos con experiencia suficiente para continuar la labor. Los pocos que lo intentan suelen darse de bruces con las guerras, la falta de recursos y la presión del desarrollo del país correspondiente. Mes Aynak, uno de los grandes centros budistas centroasiáticos de la antigüedad situado en Afganistán, ha sufrido saqueos, impactos de artillería y un Gobierno que explota una mina en el mismo yacimiento, ubicado sobre un enorme depósito de cobre. En agosto cayó en manos de los talibanes.

El pasado es un recurso no renovable, y cada yacimiento que se arrasa o se saquea es una pérdida para el mundo entero. Hoy es bien sabido que las comunidades locales desempeñan un papel esencial en el mantenimiento de la salud y el bienestar de ecosistemas tales como parques y reservas naturales. Pues bien, lo mismo puede decirse del legado de nuestros antepasados.
La destrucción que se ha abatido sobre yacimientos de Oriente Próximo y Asia Central es incluso más trágica, dado que los empobrecidos lugareños no suelen tener nada que hacer para protegerlos. Entre las amenazas que se ciernen sobre este patrimonio figuran colectivos iconoclastas como Al-Qaeda y los talibanes, además de quienes trafican con piezas saqueadas. Pero la paz y la prosperidad también comportan sus propios peligros, como cuando las nuevas construcciones se llevan por delante vestigios ancestrales.
Pese a lo calamitoso del panorama, hay buenas razones para creer que estamos asistiendo al advenimiento de la segunda edad dorada de la arqueología, esta vez despojada de envolturas colonialistas y axiomas racistas.
Una generación de investigadores nutrida por mujeres y población autóctona está revitalizando la disciplina, y el mundo de los arqueólogos –que siempre se había caracterizado por su insularidad– trabaja hoy de forma más estrecha que nunca con expertos de otros ámbitos. Así, cartografían el cambio global a través de los tiempos con la ayuda de climatólogos, colaboran con químicos para rastrear la expansión milenaria de sustancias como la marihuana y el opio, e investigan métodos de datación más precisos codo a codo con los físicos.
Entre tanto, los últimos hallazgos demuestran hasta qué punto la arqueología es capaz de transformar nuestra relación con el pasado. El templo turco de Göbekli Tepe, el más antiguo del que hay noticia, con unos 12.000 años a sus espaldas, sugiere que el deseo de practicar ritos religiosos en comunidad quizá fue lo que nos instó a asentarnos y cultivar los campos, y no al revés. Las pirámides de Egipto no las erigieron masas de esclavos, sino obreros cualificados que ganaban sueldos dignos y bebían cerveza de calidad. Y el ADN ancestral cuenta una historia tan enrevesada y compleja del viaje de nuestros antepasados alrededor del mundo que desborda cualquier teoría de la raza o mito fundacional.
Pero el verdadero poder de la arqueología sigue estribando en su capacidad de trascender el conocimiento intelectual y las creencias del momento. Descubrir lo que llevaba tanto tiempo oculto nos conecta a nivel visceral con nuestros ancestros ausentes. En el instante en que una brocha retira el polvo y revela una moneda antigua, o la tierra que oculta el rostro delicadamente cincelado de una estatua votiva, las barreras del tiempo, la cultura, la lengua y el credo se esfuman sin dejar rastro.
Aunque no hagamos más que mirar las vitrinas de un museo u hojear las páginas de una revista, podemos sentirnos muy cerca de la persona que modeló una olla, se prendió un broche o empuñó una espada de bella factura en la batalla. Las huellas que alguien dejó en la sabana de Tanzania un día de lluvia de hace 3,7 millones de años nos transportan con una fuerza prodigiosa, como si estuviésemos presentes en los albores de nuestra propia creación.
La labor de los arqueólogos no es encontrar tesoros enterrados, sino resucitar a quienes llevan mucho tiempo muertos, convertirlos de nuevo en personas con nombre y apellidos que, como todos nosotros, sufrieron y amaron, crearon y destruyeron, personas que dejaron en el mundo algo de sí mismas.
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