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Sigiriya

Curiosfera  —  El palacio y los jardines de Sigiriya son el estandarte de la arquitectura de la Edad Media asiática. Emplazado en una enorme roca de 200 metros de altura, el palacio y la ciudadela, rodeados de preciosos jardines, pretendían ser la imagen del cielo en la tierra.

El palacio y los jardines de Sigiriya datan del siglo V y constituyen una de las residencias más espec­taculares de la alta Edad Media en Asia. Se trata de un monumento único situado al borde de un promontorio rocoso de unos 200 m de altura.

Está rodeado de her­mosos jardines anteriores en varios siglos a los experi­mentos mogoles. Lo más sorprendente de todo es que el conjunto se encuentra en plena región seca de Sn Lanka.

El recinto abarca en su totalidad no menos de 40 hec­táreas y se compone de dos patios, uno exterior y otro interior, y la ciudadela.

Una vez franqueados el foso y el muro que delimita el patio exterior, una avenida condu­ce al visitante a través de una intrincada colección de jar­dines acuáticos simétricos con cisternas, fuentes, estan­ques e incluso pabellones de recreo rodeados de agua.

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El patio interior descansa sobre una serie de terrazas tacho­nadas de pabellones, grutas y cantos rodados enlucidos.

Por último, se halla la ciudadela, colgada en lo alto del promontorio rocoso, y a ella se accede a través de una larga escalera excavada en la misma roca que va a parar a una galería decorada, excavada también a lo largo de la pared rocosa, y que a su vez conduce a una terraza situada en la cara norte del promontorio.

Erosionado con el paso del tiempo, el promontorio estuvo antaño ornamentado con la figura, realizada en ladrillo, de la cabeza y las garras de un león, de ahí el nombre de Sigiriya (“roca del león»).

A la ciudadela se accedía a través de una escalera que atra­vesaba las fauces del león, símbolo inequívoco del alcan­ce del poder real.

En lo alto del promontorio había diver­sos edificios, patios y cisternas, todo ello sobre unas terrazas artificiales.

En la más alta de ellas se encontra­ban las dependencias reales, muy erosionadas en la actualidad, pues no en vano han pasado más de quince siglos desde que se construyeron.

Origen de Sigiriya

Sigiriya estuvo ocupada tan sólo durante un reinado, el de Kasyapa I (473-491), quien, de acuerdo con la crónica Culavamsak, accedió al trono después de asesinar a su padre, Dhatusena (455-473), y forzar a su hermano, que había sido designado heredero, al exilio.

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Plano de Sigiriya

Según esa misma crónica, Kasyapa trasladó su palacio desde Anuradhapura, la capital histórica hasta la fecha, a Sigiriya, ante el temor de que su hermano regresase.

No obstante, parece más convincente que Kasyapa quisiese fundar en Sigiri­ya un nuevo centro dinástico lo bastante monumental como para que nadie cuestionase su poder.

ranscurri­dos 18 años, durante los cuales Kasyapa cometió todo tipo de crímenes, Mogallana, el hermano exiliado, deci­dió regresar y, tras la muerte de Kasyapa, trasladó de nuevo la capital a Anuradhapura, abandonando Sigiriya en medio de la jungla.

Proceso de construcción de Sigiriya

La construcción del espectacular conjunto de Sigiriya implicó una profunda manipulación del entorno sobre el que se levantó.

Así, tanto los pabellones y los edificios de la ciudadela como el patio interior se construyeron sobre terrazas artificiales de gravilla de gneis rematadas por una serie de muros de contención de sillería o ladri­llo y algún que otro saliente rocoso del mismo promon­torio con el fin de dotarlas de mayor estabilidad.

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Para suministrar el agua a los jardines los arquitectos idearon todo un complejo sistema de riego que por sí solo cons­tituye una auténtica obra maestra de la ingeniería hidráu­lica medieval.

El agua de la lluvia que bajaba del promon­torio se recogía en una serie de cisternas que, una vez llenas, dejaban escapar el agua sobrante hacia los jardines situados abajo por medio de unos canales.

Para la con­ducción del agua en sentido descendente se instalaron unas cañerías de piedra caliza unidas entre sí por medio de junturas de metal, así como torrenteras excavadas en la misma roca.

En cambio, la canalización en sentido horizontal se realizó por medio de conductos de ladrillo o piedra sobre una base de arcilla tratada.

Con ayuda de unas compuertas, se regulaba el flujo de agua desde los estanques superiores hacia los depósitos, canales y fuentes con surtidores de piedra caliza situados en la parte inferior, junto a la entrada occidental, donde la presión del agua era mayor.

Significado y simbolismo de Sigiriya

Sigiriya era mucho más que una lujosa residencia real, era el deseo de construir el cielo en la Tierra.

Después de cruzar diversas fuentes arqueológicas y textuales, se ha conseguido identificar Sigiriya con Alakamanda, el palacio que el dios Kubera tiene en el monte Meru, el mismo centro del universo, por cuyo resplandor se conoce como «el espejo de las damiselas del cielo».

Di­cho palacio, el de Kubera, se encuentra en la región del Himalaya, a orillas del lago Anotatta, junto a los jardi­nes de recreo de Caitraratha.

Según se cuenta está cons­truido todo él de mármol y los que en él habitan dis­frutan de todo tipo de lujos y son ajenos a cualquier tipo de enfermedad.              .

En Sigiriya hay diversos elementos de esta especial topografía celestial. Para empezar, se encuentra a orillas de su propio depósito de agua, próximo a los jardines de recreo.

Además, al complejo de la ciudadela, pavimentado con piedra caliza cristalina, se accede a través de los cantos rodados enlucidos del patio interior, en una clara referencia a la nieve del Himalaya.

La galería conocida como el muro del espejo aparece decorada con figuras de princesas de la luz y damiselas que flotan entre las nubes.

En palabras del arqueólogo S. Paranavitana, natural de Sri Lanka, Sigiriya «pretendía ser una réplica en miniatura de Alakamanda y, al residir en ella, Kasyapa se proclamó Kubera en la Tierra».

Ficha técnica de Sigiriya

  • Época: 473-491 d. C.
  • Localización: Sigiriya, Sri Lanka.
  • Altura: 182 metros.
  • Extensión: 40 ha.
  • Jardín de recreo: 120 x 201 metros.
  • Jardín con fuentes: 160 x 24 metros.
  • Galería: 146 x 12 metros.
  • Foso exterior: 35 m de ancho.
  • Muralla exterior: 9 m de ancho.
  • Foso interior: 25 m de ancho.
  • Muralla interior: 9 m de ancho.
  • Extensión patio interior: 4 ha.
  • Plataforma del león: 66 x 33 metros.
  • Extensión ciudadela: 1,2 ha.
  • Dependencias privadas: 168 m².
  • Cisterna principal excavada en la roca: 24 x 21 x 4 m.

Abu Simbel: El gran Templo de Ramsés II

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Uno de los monumentos del Antiguo Egipto más visitado y sorprendente, es el Gran Templo de Ramsés II, en Abu Simbel. Y no es para menos, ya que sus dimensiones son espectaculares.

El gran templo de Ramsés II, en Abu Simbel, es uno de los monumentos egipcios más impresionantes y mejor estudiados del Antiguo Egipto.

A excepción de los muros del atrio exterior y una pequeña capilla solar, todo él está excavado en la roca.

Gracias a su aislamiento y solidez, nos ha llegado en un estupendo estado de conservación, ello a pesar del espectacular rescate de que fue objeto con motivo de la construcción de la presa de Asuán.

La fachada está presidida por cuatro estatuas sedentes de tamaño colosal, de unos 22 metros de alto, con los rasgos del rey, y dan paso a una serie de cámaras interiores que se adentran en las entrañas de la montaña.

Este monumento está consagrado al propio Ramsés II, deificado y adorado en vida y también a los tres grandes dioses oficiales del antiguo Egipto:

  1. Amón-Re.
  2. Ptah.
  3. Re Haractes.

La mayoría de los relieves decorativos se inspiran en episodios históricos, como las victorias del faraón en Siria, Libia y Nubia, aunque también hay otras escenas en la que muestra su devoción ante los dioses.

Dimensiones del Gran Templo Abu Simbel

Pero, ¿cuánto mide el templo de Ramsés II?. Pues en cuanto al tamaño del templo de Abu Simbel, para que te hagas una ligera idea de sus colosales dimensiones, debes saber:

  • Altura de la fachada: 30 metros.
  • Anchura de la fachada: 35 metros.
  • Altura de cada coloso: 22 metros.
  • Volumen de piedra excavado: 11.000 metros cúbicos.

Cuándo y quién construyó el Gran Templo Abu Simbel

A primera vista, se plantean varias preguntas sobre el Templo de Abu Simbel: ¿Quién lo construyó?, ¿en qué año se hizo?, y tal vez la más importante, ¿cómo construyeron el gran templo de Ramsés II?.

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Aspecto actual y original del Templo de Abu simbel

Las obras de construcción se iniciaron a principios del largo reinado del faraón egipcio Rameses II (en el año 1285 a. C.), y no se completaron hasta el año 24 del mismo (hacia el año 1265 a. C.).

Por tanto solo se tardó en construir 20 años.

El templo se encuentra en Nubia (región al sur de Egipto y norte de Sudán), más allá de los límites tradicionales de la mitad meridional de Egipto, pero dentro de la zona controlada y administrada por los egípcios.

La elección de tal emplazamiento, tal vez se deba al hecho de que la pared de la montaña carecía de fisuras y era de piedra arenisca de buena calidad, ideal por tanto para excavar en ella un monumento de estas características.

El templo está orientado hacia el este y dos veces al año, en febrero y octubre, los rayos del sol penetran hasta el interior del santuario e iluminan las estatuas de culto situadas en el muro posterior.

No acaba de quedar claro, si esta iluminación fue intencionada o no, pero en caso de que si lo fuese, no cabe duda de que la orientación de la cara rocosa original fue determinante a la hora de elegir el emplazamiento definitivo.

El interior del templo de Abu Simbel, está excavado directamente en la roca. Tanto los colosos como los relieves murales representan a Ramsés II.

A 120 metros de distancia en dirección noreste hay otro templo también excavado en la roca, si bien de menores dimensiones, coetáneo al gran templo y consagrado a la diosa Hathor y Nefertari, la esposa principal de Ramsés.

Cómo se construyó el Gran Templo Abu Simbel

No hay apenas texto alguno, relativo a la construcción del templo de Ramsés II en Abu Simbel, pero este mismo aporta por sí solo no poca información al respecto.

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El interior de Abu Simbel está escavado en el interior de la montaña

A la hora de iniciar el diseño del templo, los arquitectos procedieron con extrema cautela, ya que un error en el cálculo de las dimensiones de las cámaras o la ubicación de los pilares hubiese sido difícil de rectificar con posterioridad.

Los picapedreros tallaron los colosos a grandes rasgos de acuerdo con las indicaciones de los escultores y horadaron el interior del templo de modo similar al de las tumbas del Valle de los Reyes.

Para esculpir la fachada y dar a los colosos su aspecto definitivo, debió de intervenir un gran número de escultores altamente cualificados. Mientras, en el interior del templo trabajaba otro equipo de artesanos puliendo y enyesando los muros para eliminar las irregularidades y las grietas de la superficie.

Acto seguido, llegó el turno de los escultores, que esculpían los relieves sobre los que se aplicaba pintura de vivos colores. De hecho, la mayoría de los relieves son bastantes toscos, pero la viveza de las escenas lo compensa con creces.

Gran parte de los desperfectos visibles, se ocasionaron poco después de la construcción del templo. Así, la mitad superior del segundo coloso se desmoronó durante un terremoto ocurrido unos diez años después de finalizar las obras, pero nunca se llegó a restaurar.

No fue el caso de otros muchos daños menores, causados durante ese mismo terremoto y que los funcionarios del rey restauraron, tal como se puede apreciar en algunos casos, como debajo de uno de los brazos del tercer coloso o en el interior del templo.

Traslado del Gran Templo Abu Simbel

Durante los años sesenta del siglo XX, Abu Simbel se convirtió en el buque insignia de la campaña lanzada por la UNESCO con el objetivo de salvar los monumentos de Nubia ante la inminente construcción de la presa de Asuán.

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Entre 1964 y 1968, se desmantelaron los dos templos de Abu Simbel y se reconstruyeron 65 metros por encima de su ubicación original. Sin duda, una obra colosal incluso para nuestra época.

Dado que ambos templos estaban excavados en la roca, se tuvieron que dividir en bloques manejables (807 bloques en el caso del gran templo, con una media de 20 toneladas cada uno de ellos), que se ensamblaron sobre un armazón de cemento reforzado insertado en el interior de una montaña artificial.

El coste de la operación ascendió a unos 40 millones de dólares de la época.

Pero gracias a esto, no quedó sumergido bajo las aguas de la presa de Asuán. Por ello, hoy tenemos la gran suerte de poder visitarlo y contemplar la gran maravilla que es.

El pintor David Roberts, que ha inmortalizado este templo en numerosos cuadros dijo de él en el año 1838:

“Esta mañana por fin llegué a Abu Simbel. Talladas en la misma ladera de la montaña, hay cuatro estatuas sedentes con rasgos humanos de tamaño colosal. No hay ningún otro monumento egipcio que supere en belleza y tamaño a este templo, tan siquiera los santuarios de Tebas”.

Catedral de Burgos

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La catedral de Burgos destaca por su grandiosidad y belleza. Es la única catedral española declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco de forma independiente. Sin necesidad de incluirse en el centro histórico de una ciudad. Este templo fue uno de los primeros en recibir esta distinción, en el 1984.

La construcción de la catedral de Burgos, ejemplo cimero del estilo gótico, se inició en el año 1221 a instancias del rey Fernando III el Santo y el obispo Mauricio sobre un anterior templo románico.

Las obras, en las que intervino el Maestro Enrique de la catedral de León, comenzaron según el modelo de las grandes catedrales franco-normandas y avanzaron a buen ritmo.

De modo que en 1260 ya se pudo consagrar el templo, si bien en los tres siglos siguientes se realizaron reformas o añadidos de decisiva importancia.

Ello no impide que el conjunto, que estilísticamente va desde el gótico más puro de la construcción inicial (portadas y naves) hasta el flamígero con marcadas influencias hispanoárabes (agujas de las torres, cimborrio y capilla del Condestable), posea una gran unidad y armonía, acaso un tanto recargada en ocasiones.

reseña histórica catedral de Burgos

Desentonan, no obstante, las portadas de la fachada principal, que fueron transformadas en 1790 de modo poco acertado. En marcado contraste con el cuerpo central que se alza sobre ellas, abierto por un espléndido rosetón. Y más arriba, por elegantes ventanales calados dispuestos a modo de galería a la que asoman las efigies de ocho reyes castellanos.

Remata una imagen de la Inmaculada en hermosa crestería con la leyenda Pulchra es et decora (“Eres hermosa y pura”), quién sabe si pensada también como gran rótulo definidor del conjunto.

Magnífico es el vuelo de las torres caladas (84 metros de altura, equivalente a la longitud del templo) que se elevan a ambos lados coronadas por esbeltísimas agujas de base octogonal y profusamente decoradas. Fueron construidas por Juan de Colonia a mediados del siglo XV, por encargo del obispo Alonso de Cartagena, y siguen el modelo del gótico renano.

Gran interés tienen también las restantes portadas, que pueden contemplarse tras un amplio rodeo y tras salvar el pronunciado desnivel del espacio en que levanta el templo, cuyo lado meridional oculta el claustro.

Hacia la derecha, la puerta del Sarmental (mediados del XIII), precedida de una escalinata, corresponde al sur del crucero. Está adornada con magníficas esculturas de gran pureza gótica.

Mientras que en el lado opuesto (calle de Fernán González) se encuentra la puerta de la Coronería, también del siglo XIII y decorada con una representación del Juicio Final. Posterior (1516) y de inferior calidad artística es la puerta de la Pellejería, situada en la cabecera y dispuesta a modo de retablo plateresco.

Elemento también singular del exterior, además de la elegante sucesión de arbotantes y contrafuertes, es el cimborrio octogonal que sirve de linterna del crucero y muestra una abigarrada decoración escultórica tanto en los dos cuerpos con ventanales como en los afilados pináculos que lo coronan.

Fue ejecutado, entre 1539 y 1568, por Francisco de Colonia y Juan de Vallejo, después de que se derrumbara uno anterior; la obra estatuaria se debe a Juan Picardo.

El interior, de tres naves con crucero y girola, resulta sorprendente por su amplitud (84 x 59 m) y magnificencia. Su contenido artístico es tan abundante que no podemos más que ofrecer algunos detalles. Robustas columnas, no carentes de esbeltez, elevan la nave central por encima de las laterales.

Cerca de la entrada, unas curiosas figuras articuladas, el Papa moscas y su colega Martinillo, que forman parte de un reloj, atraen la mirada de los visitantes.

En el centro del crucero, bajo la arabizante y luminosa cúpula estrellada de prolija decoración plateresca, se encuentran, al nivel del suelo, las tumbas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y su esposa Jimena.

trabajo sobre la catedral de burgos

Una escalinata de mármol precede a la Capilla Mayor, cuyo retablo de nogal polícromo, obra renacentista de los hermanos Rodrigo y Martín de Haya y Juan de Anchieta, está decorado con numerosísimas estatuas en torno a la imagen de Santa María la Mayor.

En el lado opuesto, el coro se cierra con una excelente rejería y está provisto de espléndidos sitiales esculpidos por el artista borgoñón Felipe Vigarny (siglo XVI).

En él, ante el pequeño facistol coronado por una delicada talla de la Virgen, se encuentra el sepulcro gótico (1240), tallado en nogal y con figura yacente revestida de cobre repujado, del fundador del templo, el obispo Mauricio.

Estancia sobresaliente de la catedral, y acaso la más visitada, es la capilla del Condestable, obra singular en la que el gótico ya está muy próximo al estilo plateresco.

Situada en la zona del ábside y precedida de una excelente reja de Cristóbal de Andino, es en sí misma un pequeño templo cuya silueta marca también el perfil exterior de la catedral.

Fue construida de 1482 a 1494 por Simón de Colonia y entre los principales artistas que trabajaron en su riquísima ornamentación se cuentan Felipe Vigarny y Diego de Siloé.

Los muros están espléndidamente decorados con ventanales, balaustradas y arcos de labradas cresterías.

Bajo los cuales se muestran a gran tamaño los escudos nobiliarios de los fundadores: el condestable de Castilla don Pedro Fernández de Velasco y su esposa, doña Mencía de Mendoza.

En el centro, bajo una bóveda en forma de estrella de ocho puntas, se alza el sepulcro de ambos con sus figuras yacentes esculpidas con gran detallismo en mármol de Carrara.

La capilla posee también varios retablos y pinturas de interés, y en la anexa sacristía de la derecha se guardan obras de gran valor, entre ellas una Magdalena de la escuela de Leonardo da Vinci.

Además de los magníficos bajorrelieves de F. Vigarny (1498-1503) que están situados en la girola, tras el altar mayor.

Otra pieza notable de la catedral, ya en el brazo izquierdo del crucero, es la llamada escalera dorada, elegantemente trazada por Diego de Siloé en 1519 para salvar el desnivel de la puerta de la Coronería.

Entre las numerosas capillas que se abren en las naves laterales y en la girola, además de la que acoge la imagen del Cristo de Burgos, recubierta de piel de animal y tenida por muy milagrosa (a los pies del templo, a la derecha).

Merecen destacarse, en el lado derecho, la capilla de la Presentación, con bóveda estrellada, sepulcro en alabastro de su fundador, Gonzalo de Lerma, y un cuadro de La Virgen con el Niño, de Sebastiano del Piombo, en el altar; y la capilla de la Visitación, con tumba en alabastro del prelado Alonso de Cartagena.

En la nave de la izquierda, a los pies, se encuentra la capilla de Santa Tecla, añadida en el siglo XVIII según un proyecto de A. Churriguera, y, a continuación, la capilla de Santa Ana o de la Concepción, presidida por un excelente retablo mayor sobre la genealogía de Cristo.

Por último, desde el brazo derecho del crucero, tras atravesar una hermosa puerta, se accede al claustro, construido en el siglo XIV y compuesto por dos pisos. De los cuales el más bajo tiene uno de sus flancos en el exterior convertido en travesía peatonal. En diversas estancias de la planta alta, se halla el Museo Catedralicio, que expone una amplia colección de obras religiosas.

Templo de Chavín de Huántar

En su época, el centro de culto de Chavín de Huántar era uno de los santuarios más famosos. Similar a Roma o Jerusalén para nosotros en la actualidad. A este templo acudían para realizar ofrendas y sacrificios, ya que el demonio les hablaba en este lugar, y por ello venían de todo el reino.

Chavín de Huántar es un monumento arqueológico formado por un soberbio túmulo de cima plana situado a una altura considerable junto a una montaña sagrada y en la confluencia de dos ríos en pleno altiplano del centro norte de Perú.

Las obras de construcción de este notable monumento se iniciaron hacia el año 900 a. C. En su momento de máximo esplendor, entre los siglos V y III a. C., se convirtió en el oráculo de una religión que inspiró todo tipo de obras en tela, metal, piedra y cerámica por toda la región del centro de los Andes.

Plano del santuario de Chavín de Huántar

El llamado Templo Antiguo, una de las primeras cons­trucciones de Chavín, se encuentra sobre una base de tie­rra escalonada orientada al río Mosne.

El núcleo se com­pone de tierra y roca, y está recubierto con losas bien pulidas de granito, piedra arenisca y piedra caliza de la zona.

Durante mucho tiempo se pensó que era la parte más antigua del templo, pero recientes estudios han puesto de manifiesto que se levantó sobre ruinas de obras toda­vía más antiguas.

Posee una planta en forma de “U”, típica de los cen­tros sagrados de la zona central de la costa que se cons­truyeron vanos siglos antes. Cuenta con una platafor­ma central y varias alas de dimensiones diversas en torno a una explanada circular hundida en el suelo.

Los brazos de las alas simbolizan las fuerzas opuestas y comple­mentarias del cosmos y la sociedad, mientras que la plaza situada entre ellas encarna la mediación entre dichas fuerzas opuestas y el extremo de la «U», símbolo a su vez de la síntesis de las fuerzas.

A unos 10 metros por encima de la base del templo situado en la plataforma central hay toda una serie de bustos en piedra de grandes dimensio­nes sujetos a la fachada de forma aleatoria.

Presentan los rasgos de unas criaturas semihumanas de aspecto terrorífico, que algunos historiadores identifican como manifestaciones propias de ceremonias con chamanes en las que los participantes se encontraban bajo los efec­tos de la droga.

El templo presenta un aspecto compacto, sin puertas ni ventanas. El interior, sin embargo, está salpicado de cámaras y pasadizos o galenas, comunicados entre sí por medio de escaleras, conductos de ventilación (absoluta­mente indispensables) y desagües de piedra, que canalizaban el agua de la lluvia desde la cima plana, formando un auténtico laberinto en el corazón mismo del templo.

La red de dichos canales de desagüe y conductos de aire mide unos 500 metros tan sólo en el Templo Antiguo. Muy por encima de lo que hubiera sido preciso en una construc­ción de estas características.

A la hora de explicar este hecho, algunos historiadores han sugerido que los fieles, congregados delante del templo, asociaban el sonido del agua que circulaba por los conductos, amplificado toda­vía más por los conductos de aire, con el rugido, similar al de un trueno, del oráculo de Chavín.

Un tramo de escalera situado en la plataforma cen­tral conduce a la entrada de una galería donde se encuen­tra el Lanzon, un monolito de granito de 4,53 m de alto que fue en su día el principal objeto de culto de todo el templo y tal vez su oráculo más primitivo.

Orientado hacia el este, se encuentra en el extremo de una galería húmeda y oscura en forma de cruz, y es una de las pocas esculturas de Chavín que todavía permanece en su emplazamiento original. Tiene rasgos humanos, si bien las manos y los pies acaban en garras.

Lleva unos pendien­tes muy pesados y en su boca, rematada por unos labios muy gruesos, se dibuja una mueca en la que se dejan entrever unos temibles caninos. En su extremo superior va a dar a una galería todavía por explorar donde tal vez se escondían los sacerdotes que hablaban a los fieles en nombre del oráculo.

El Templo Nuevo de Chavín

Prueba de la creciente prosperidad de Chavín es la remodelación y engrandecimiento del recinto templario origi­nal que dio lugar al llamado Templo Nuevo, que tuvo su momento de máximo esplendor entre los siglos V y III a. C.

En su construcción se incorporó parte del Templo Antiguo doblando el tamaño del ala sur y se expandió también hacia el este.

En la base de la plataforma central del Templo Nuevo se incluyó un pórtico con dos columnas. Trabajadas ricamente con la forma de sendas águilas con crestas y un dintel, también esculpido.

Tras dicho pórtico hay una explanada de planta cuadrangular de 20 m de ancho. Decorada con frisos esculpidos, de la que sale una escalinata monumental de piedra caliza negra y granito blanco. Que va a parar a la plaza principal del Templo Nuevo.

Esta tiene una planta rectangular (105 x 85 m) y está hundida en el suelo. En sus orígenes albergaba en su interior otra plaza más pequeña e igualmente hundida de planta cuadrangular (50 m).

Las esculturas y los relieves están dominados por una exótica temática animalística, como por ejemplo caima­nes, jaguares y serpientes. Esto ha llevado a algunos historiadores a situar el origen de Chavín de Huántar en la región tropical.

Sin embargo, recientes estudios han puesto de manifiesto que la arquitectura de Chavín tiene muchos más puntos en común con el estilo arquitectó­nico de la costa y la economía de recursos tan caracte­rística del altiplano. Esto no le impide tomar prestados motivos de la imaginería animal y cosmológica de los pueblos de la región tropical de la Amazonia.

Ficha técnica del Templo de Chavín de Huántar

  • Época: hacia 900-200 a. C.
  • Localización: altiplano del centro norte de Perú.
  • Altura de la plataforma central: 11 metros.
  • Altura de la plataforma meridional: 16 metros.
  • Altura de la plataforma septentrional: 14 metros.
  • Red de conductos de ventilación y desagüe: 500 metros.
  • Vestigios alrededor del recinto del templo: 42 hectáreas.
  • Habitantes (hacia 500 a. C.): 3.000

Acrópolis de Atenas

La Acrópolis de Atenas fue siempre el orgullo y la señal de la ciudad. En su tiempo, era la zona más segura del mundo, fundada en una colina de piedra inexpugnable. La historia de la Acrópolis ateniense nos enseña cómo se convirtió en la cuna de la civilización europea.

Levantada en el siglo V, antes de nuestra época y desde que los pelasgos se establecieron en las rocas de la Acrópolis, ningún pueblo extranjero pudo entrar por fuerza en este recinto sagrado, cuna de la civilización europea.

Ni siquiera lo consiguieron los aguerridos dorios, que se consideraban hijos de Hércules, pudieron traspasar aquellas murallas ciclópeas donde anidaban legiones de lechuzas.

Cuatro monumentos clásicos han quedado como símbolos pe­rennes de aquella Acrópolis que vivió el esplendor del siglo de Pendes:

  1. Los Propileos.
  2. El Partenón.
  3. El Erecteion.
  4. El templo de Atenea Niké.

A los pies de la Acrópolis se levantan los restos de otros monumentos famosos: el santuario de Dionysos, dios del vino y de la tragedia; el Odeón de Herodes Atico, el Ágora… Esa es la ciudad que quisieron construir los griegos de Atenas. Para San Agustín, ese sueño utópico se llamaría simplemente “La Ciudad de Dios”.

Constructores de la Acrópolis

Los mejores arquitectos, como Mnisikles, Iktinos y Kallicatris, contribuyeron a crear este grandioso conjunto arquitectónico. Pero el nombre de Fidias, el escultor, ha eclipsado a todos los artistas que trabajaron en la montaña sagrada de Atenas.

Hijo de un pintor, Fidias abandonó muy pronto el pincel para dedicarse a la escultura. Tenía un sentido perfecto de la armonía y una capacidad de trabajo que sólo ha tenido parangón en Miguel Ángel.

Sin embargo, igual que a este último, la naturaleza le había negado los dones de la belleza física; sus biógrafos cuentan que vivía acomplejado por su cabeza en forma de pera. Su destino tampoco fue muy afortunado, porque conoció el descrédito después de haber alcanzado la gloria.

Los propios atenienses le acusaron de haberse apropiado el oro que se le entregó para realizar la estatua de Atenea, venerada en el Partenón. Justa o injustamen­te, los atenienses demostraron también, en ese momento, que eran hombres dotados de un sentido crítico y fiscal exigente.

La diosa Atenea no era sólo una divinidad mística, como esos genios misteriosos que se aparecen entre nubes; era más bien el símbolo de Atenas y la reserva “de oro” de su economía.

Fidias tuvo que exiliarse a Olimpia, donde gozó de más crédito y pudo trabajar en un taller propio. Pero hasta su muerte no pudo borrar de su mente la imagen de aquella colina sagrada y de aquella Atenas donde había sido dios entre los dioses.

Stupa de Sanchi

La Stupa es el monumento por excelencia de los budistas de la India. La Gran Stupa de Sanchi es la más compleja y delicada que ha llegado hasta nuestros días. Se construyó durante el Imperio Mauriya, entre los siglos III a.C. y XII d.C., en la región de Madhya Pradesh.

Sanchi es uno de los complejos arquitectónicos budistas mejor conservados de todo el sur de Asia. Se encuentra en una estribación de piedra caliza en pleno centro de la India y se compone de una serie de stupas, templos, monasterios y pilares construidos entre los siglos III a. C. y XII d. C.

El monumento más importante es sin duda el Gran Stupa, de 16,5 m de alto. Alrededor de su base se extiende una avenida procesional en torno a una baranda monumental de piedra.

Cuenta con cua­tro puertas de enormes dimensiones, una en cada punto cardinal, decoradas todas ellas con exquisitos bajorrelie­ves de escenas extraídas de la vida de Buda, así como de los primeros tiempos del budismo.

La cúpula se alza sobre un plinto en forma de hemisferio incompleto de 36,6 m de diámetro, y en lo alto cuenta con una especie de tri­ple sombrilla de piedra rodeada de una baranda rectangular igualmente de piedra.

La estructura compacta del stupa contrasta sobremanera con el intrincado conjunto de puertas y barandas. No cabe duda de que ese con­traste debía de resultar mucho más llamativo en su ori­gen, con la cúpula y el plinto encalados de reluciente blanco, las puertas y las barandas pintadas de un rojo translúcido, la superficie del stupa decorada con guirnaldas y motivos similares. Y, por último las sombrillas con su baño de oro.

Ficha técnica de la Stupa de Sanchi

  • Época: siglos III a. C. a V d. C.
  • Localización: Madhya Pradesh, India.
  • Conjunto: 16,5 m de altura y 36,6 m de diámetro.
  • Baranda exterior: 120 balaustres y 3,2 m de altura.
  • Baranda superior: 2,1 metros de altura.
  • Puertas monumentales: 8,5 m de altura.
  • Sombrilla: 2,1 m de altura.
  • Plinto: 5 m de altura, 1,75 m anchura de la base y 1,5 m altura de la baranda.

El monumento tal como nos ha llegado a nosotros es el resultado de un largo proceso de construcción y embe­llecimiento de varios siglos de duración. El Gran Stupa fue fundado por el emperador Asolea (272-235 a. C.), de la dinastía Maurya, a mediados del siglo III a. C.

La primera estructura de ladrillo era la mitad de grande que el stupa actual y es probable que albergara algún resto del mis­mísimo Buda.

Asoka mandó erigir junto al stupa una columna conmemorativa en piedra arenisca pulida de 13 m de alto con una inscripción en la que prohibía cualquier tipo de cisma dentro de la fe budista.

Se cree que esta pri­mera versión del stupa sufrió grandes desperfectos de la mano del primer emperador de la dinastía Sunga, Pusyamitra (184-148 a. C.), pero se remodeló y agrandó duran­te el reinado de su hijo Agnimitra o bien de Vasujyeshta, sucesor de aquél.

Las puertas se incorporaron un siglo más tarde, ya durante el reinado de Satakarm II (50- 25 a. C.), de la dinastía Satavahana.

En contraste con esta primera etapa de construcción auspiciada por los empe­radores, las sucesivas fases posteriores se debieron a cien­tos de personas anónimas (monjes, mercaderes, banque­ros, albañiles…), cuyos nombres se han conservado inscritos en cada una de sus respectivas aportaciones.

La stupa de ladrillo mandado construir por Asoka era un objeto de culto, así que los responsables de la segunda fase de edificación optaron por conservar la estructura original e integrarla en la nueva construcción.

Para ello, extrajeron los cimientos situados bajo la terraza Maurya. Concibie­ron una nueva cúpula de mayores dimensiones que la pri­mera con ladrillos desiguales dispuestos en sentido hori­zontal sobre una gruesa base de cascotes.

Tanto el plinto como el resto de los elementos arquitectónicos se cons­truyeron por separado con sus respectivos cimientos, no muy hondos.

La columna de Asoka, de 40 toneladas de peso, procedía de Chunar, junto al río Ganges, y se transportó en almadía a través de un río de las proximidades. El resto de material de obra, en cambio, se extrajo de canteras de los alrededores.

El núcleo de la estructura era de piedra are­nisca extraída de la misma estribación montañosa sobre la que se alza Sanchi.

Las barandas, a su vez, son de una piedra arenisca de mejor calidad procedente de una cantera próxima, que en el caso de las puertas monumentales se encuentra en Udayagiri, a 6,4 km de distancia.

Para extraer los bloques de piedra, se buscaban fallas con la forma más adecuada, se llenaban de agua y luego se colocaba una hoguera en lo alto.

Una vez extraídos los bloques, se pulían con una maza puntiaguda y un clavo, y se decoraban con relieves esculpidos con ayuda de cin­celes de hierro, tras lo cual se suavizaba la superficie con arena del río.

Después de colocar los diferentes niveles de piedra de que se componía el núcleo, se ensamblaron los diferentes elementos de las barandas mediante muescas y almillas, procedimiento adoptado del trabajo en made­ra. A los balaustres se les dio incluso una forma lenticu­lar imitando al bambú.

En un principio se llegó a pensar que las obras de construcción del monumento llevaron cerca de un siglo, pero lo más seguro es que se erigiera en un período de tiempo muy inferior, entre cinco y seis años en total, lo que sin duda constituye todo un reto técnico para la época.

Los stupas se cuentan entre los monumentos propios de la arquitectura budista más antiguos y en un principio se hallaban repartidos en diversos enclaves para albergar las cenizas de Buda (hacia 563-483 a. C.) una vez pasada la fase de Mahapannirvana, o gran tránsito.

Durante el rei­nado de Asoka, estos túmulos de ladrillo, tierra o piedra se convirtieron en objeto de culto por sí mismos.

De hecho, es más que probable que el Gran Stupa de Sanchi se construyera para albergar restos del propio Buda, ya que los stupas más pequeños contenían reliquias de sus discípulos y sucesores.

Ello explica por qué éste fue el centro de la espiritualidad budista durante casi mil cuatrocientos años, hasta que quedó abandonado en medio de la jungla.

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