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Cuatro historias de la 2da Guerra Mundial…


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Fotograma de la película Operation Amsterdam

Cuando tres agentes británicos robaron las reservas de diamantes de Ámsterdam ante la invasión alemana

Muy Interesante(J.Álvarez)  —  En 1959 Londres acogió el estreno de una de aquellas películas sobre la Segunda Guerra Mundial que tanto abundaron en las décadas posteriores a ésta.

De producción británica, se titulaba Operation Amsterdam (aquí en España se cambió por El robo del siglo) y estaba dirigida por Michael McCarthy, un cineasta menor que quizá firmó con ella su mejor obra.

Protagonizada por Peter Finch, es la adaptación del libro de David Walker Adventure in diamonds, que narra un poco conocido episodio que ocurrió durante la invasión alemana de los Países Bajos: una operación para llevarse los diamantes que había en la capital holandesa antes de que lo hiciera el enemigo.

En el film, los encargados de llevar a cabo la misión son un experto en gemas, un agente del servicio secreto y un mayor del ejército.

Los tres correspondían al trío que realmente protagonizó los hechos: William Woltman, experto gemólogo holandés afincado en Inglaterra; Jan Smits Kor, célebre distribuidor de diamantes, y Montague Reany Chidson, alias Monty, teniente coronel de artillería que estaba al mando de la operación.

Monty había combatido como aviador en la Primera Guerra Mundial, en la que cayó prisionero y regresó convertido en héroe. En 1940, ya con cuarenta y ocho años, gozaba de un apacible destino como agregado militar de la embajada británica en Holanda porque conocía bien el país, ya que su esposa era de esa nacionalidad. Pero la mañana del viernes 10 de mayo de ese año las cosas cambiaron radicalmente cuando la Wehrmacht inició la invasión.

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Elyesa Bazna

Aunque ya habían caído Noruega y Dinamarca, los holandeses pensaban que Hitler respetaría su neutralidad, declarada precisamente por ser conscientes de su incapacidad militar para frenar un hipotético ataque.

Así, la única defensa se basaba en la tradicional Línea de Agua y en su complemento, la Línea Grebbe, ambas conceptualmente obsoletas porque consistían en abrir los diques que cierran el paso a los pólders (tierras ganadas al mar) e inundar los campos, como en la época de los Tercios, obviando que los paracaidistas podían salvar ese obstáculo; así sucedió.

A pesar de que los alemanes destinaron a Holanda sus tropas más débiles, el 18º Ejército, compuesto por cuatro divisiones y otras tres de reserva carentes de experiencia y por ello reforzadas con varias divisiones SS, Holanda fue ocupada en sólo una semana mientras la Familia Real era evacuada a Inglaterra.

Y, sin embargo, no faltaron advertencias del peligro. Algunos mandos germanos, molestos con la idea de atacar un país que no sólo era neutral sino que les había apoyado en la guerra anterior, enviaron solapadamente avisos de lo que se preparaba.

Monty era de los que estaban informados porque, al fin y al cabo, se trataba de su trabajo: era agregado militar, sí, pero como solía implicar ese puesto, también formaba parte del MI6, la sección en el extranjero del servicio de espionaje británico, en la que había ingresado procedente del MI5 (la sección que operaba en Gran Bretaña).

Monty estaba en La Haya cuando saltó la noticia de la invasión y su presencia fue reclamada de forma inmediata en Londres. Una vez allí se le pidió que diseñase urgentemente un plan para llevarse de Ámsterdam la mayor cantidad posible de diamantes industriales, que se almacenaban en la capital holandesa.

Hay que tener en cuenta que no se la llamaba la Ciudad de los diamantes porque sí; llevaba cuatro siglos siendo el mayor centro mundial de comercio y talla de esas piedras preciosas y, dado que ese negocio estaba fundamentalmente en manos de la comunidad judía, parecía previsible que los nazis se lo arrebataran.

Como no había tiempo que perder, la noche del sábado el destructor HMS Walpole llevó al trío de agentes hasta la costa continental, donde transbordaron a un pesquero que les dejó en un muelle.

El buque volvería a por ellos en catorce horas; ése era el exiguo tiempo de que disponían para conseguir el botín y ponerse a salvo. Consiguieron un coche y llegaron a Ámsterdam, donde se había declarado el estado de guerra y se esperaba la aparición de los alemanes en breve.

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HMS Walpole

A toda prisa, establecieron contacto como los hebreos y les plantearon la situación: debían trasladar su mercancía a Inglaterra cuanto antes o la perderían. No fue fácil convencerles porque algunos, con cierta ingenuidad, creían que ésa era su única baza para negociar con los nazis, sin contar las posibles represalias que éstos tomasen contra ellos al ver que los diamantes ya no estaban. No obstante, se facilitó al comando el acceso al principal mercado para que pudiera entrar y llevarse cuanto pudiera.

Lamentablemente, resultó que la mayor parte de la mercancía no estaba allí sino en la cámara acorazada de un banco. Aún así decidieron probar suerte.

Ayudados por gente de la resistencia holandesa, que al parecer ya había organizado sus primeros núcleos visto el panorama que se avecinaba (los grupos nazis locales ya se enseñoreaban por las calles), entraron en el edificio y llegaron hasta dicha cámara, encontrando que tenía un sistema de apertura retardado que no permitiría entrar a las cajas hasta el lunes.

Demasiado tiempo para esperar, así que empezaron a probar combinaciones para intentar abrirla. Sin embargo, la tarea se prolongó y se prolongó durante casi veinticuatro horas y sólo la información recopilada por los colaboradores holandeses les permitió, por fin, tener vía libre y vaciar cuantas cajas pudieron.

Luego, Monty y sus compañeros huyeron y de alguna forma alcanzaron Inglaterra, no está claro si a bordo del HMS Waldpole -que les habría ido a buscar pese a superar el plazo convenido- o por su cuenta.

El botín, si es que se puede llamar así, fue entregado a la reina Guillermina y su gobierno. Se ignora la cantidad exacta de diamantes que sustrajeron, así como su valor, aunque hay quien considera que podría tratarse del mayor robo de la historia de ese producto.

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Lo que sí fue oficial fue la concesión de la Orden de Servicio Distinguido a Montague Reaney Chidson, tal como se publicó en el London Gazette (algo así como el BOE británico) poco más de un mes más tarde, el 20 de diciembre de 1940, por el valor demostrado en Francia y Flandes.

Monty no terminó ahí su participación en la Segunda Guerra Mundial, ya que en 1943 fue destinado a la embajada en Turquía como jefe de seguridad. En esa misión no estuvo tan fino, pues el mayordomo del embajador resultó ser Elyesa Bazna, más conocido por el nombre en clave de Cicerón, uno de los espías más activos de que dispusieron en ese conflicto los alemanes, a los que facilitó fotografías de decenas de documentos.

Tirando de ironía se podría decir que, al fin y al cabo, lo de Monty no era garantizar la seguridad sino precisamente lo contrario, y pasó a la posteridad como el mejor desvalijador al servicio de Su Majestad.

La gran masacre de mascotas en Reino Unido ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial

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Memorial por los animales de la Guerra

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial el gobierno de Londres distribuyó un folleto en el que recomendaba a la gente poner a salvo sus mascotas en el campo.

Y, si no tenían esa posibilidad, sacrificarlas por su propio bien, dada la penuria que se iba a abatir inminentemente sobre el país. En consecuencia, aproximadamente setecientos cincuenta mil animales murieron en una semana, el doble que de británicos en todo el conflicto.

El impacto de una guerra sobre la población civil siempre ha sido devastador, bien por las acciones militares directas que ésta ha de sufrir casi como si fuera combatiente, bien por las privaciones derivadas de la escasez.

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Un ama de casa británica con su mascota en 1941

Ahora bien, actualmente la presencia masiva de los medios de comunicación en los últimos conflictos ha permitido descubrir que también los animales son víctimas y no sólo los que tradicionalmente formaban parte de los ejércitos, como caballos, mulas, perros o palomas; en ese sentido, las imágenes del zoo de Irak, con sus inquilinos convertidos en esqueletos vivientes tuvieron amplia repercusión.

Pero hay pocos zoos y, en cambio, muchísima gente tiene mascotas.

No es algo que ocurra sólo ahora. En el verano de 1939, los vientos de guerra soplaban ya con tanta fuerza que todos esperaban el estallido de las hostilidades tarde o temprano.

Fue en ese contexto cuando se creó el NARPAC (National Air Raid Precautions Animals Commitee) un organismo pensado para ocuparse del problema de las mascotas en un contexto bélico.

El NARPAC era una extensión del famoso ARP (Air Raid Precaution), establecido en 1937 para proteger a los civiles en caso de ataques aéreos.

Su organización se basaba en comités locales en los que formaban guardias voluntarios de diversos tipos: vigilantes, conductores de ambulancias y mensajeros, por ejemplo, que se coordinaban con los bomberos y la policía.

Ellos eran los que se aseguraban de que las luces de los hogares se apagaban durante los ataques, los que realizaban los informes de daños en las casas causados por las bombas, los que dirigían a los ciudadanos hacia los refugios, etc.

Su imagen resulta familiar por verlos a menudo en películas. Inicialmente, los guardias no tenían uniforme y tan sólo llevaban un brazalete y un casco; a partir de 1941 ya contaron con ropa específica de campaña, de color azul. Cerca de millón y medio de hombres y mujeres formaron parte de ese servicio a lo largo de la guerra, de los que ciento treinta y un mil lo hicieron a tiempo completo.

Aquel verano el NARPAC distribuyó un pasquín informativo entre los ciudadanos. Con el título Aviso a los dueños de mascotas, advertía a éstos de la conveniencia de enviar a sus animales fuera de las ciudades, a los pueblos, temiendo que no hubiera suficiente comida en los años venideros y que el previsible racionamiento impidiera proporcionarles alimento.

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Póster del ARP

El folleto decía textualmente: «If you cannot place them in the care of neighbours, it really is kindest to have them destroyed»; o sea, «Si no puede dejarlos al cuidado de de los vecinos [rurales], realmente es más benevolente sacrificarlos

Cuando el 1 de septiembre Alemania empezó la invasión de Polonia, implicando así a Reino Unido en cumplimiento de su acuerdo con dicho país, se hizo realidad aquel negro futuro para perros, gatos, peces y pájaros.

Apenas dos días más tarde las consultas veterinarias se vieron desbordadas por multitud de personas dispuestas a seguir el consejo oficial; curiosamente, el documento adjuntaba publicidad de una pistola de matarife, de un único proyectil, para realizar la operación en casa.

Otras organizaciones como PDSA (People’s Dispensary for Sick Animals) y RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals) se opusieron a aquella medida tan drástica, no sólo porque fueron obligados a colaborar en los sacrificios cediendo instalaciones y técnicos sino también por considerarla excesiva y prematura.

Además, se creó un problema extra porque mucha gente se limitó a desprenderse de sus animales abandonándolos.

De hecho, durante los años siguientes se demostraría que el abastecimiento no alcanzaría niveles tan dramáticos como se había dicho.

Por eso una institución como Battersea Dogs and Cats, que llevaba trabajando en la protección de perros y gatos domésticos desde 1860, aconsejó a quienes la consultaron no precipitarse.

Y aunque apenas tenía cuatro empleados, logró cuidar y alimentar nada menos que a ciento cuarenta y cinco mil mascotas durante la guerra.

Bien es cierto que contaba con el activo e incansable apadrinamiento de la duquesa de Hamilton, que recorrió Inglaterra y Escocia en busca de hogares de acogida y consiguió reconvertir un viejo aeródromo en un santuario, insertando cuñas publicitarias en la BBC e incluso enviando a su personal a recoger a los animales a domicilio.

Otros propietarios de animales también decidieron no seguir las instrucciones del NARPAC y seguir fieles a su amistad. Compartían sus raciones y buscaban extras en el mercado negro en otra prueba de que Gran Bretaña nunca llegó a pasar realmente hambre, en parte gracias a los convoyes procedentes de América.

Sin embargo, muchos de los que ignoraron al NARPAC en primera instancia cambiaron de opinión un año después, en septiembre de 1940, cuando la Luftwaffe dio inicio al Blitz, el bombardeo aéreo de Londres y otras ciudades.

Entonces cundió el pánico y hubo una segunda oleada de sacrificios en la que las clínicas veterinarias volvieron a verse colapsadas. Paradójicamente a esas alturas ya había más voces en contra y algunas oficiales, como la del Royal Army Veterinary Corps (Real Cuerpo Veterinario del Ejército), que resaltaba la utilidad de los perros en tiempos de guerra.

De hecho, muchas familias habían prestado sus perros a las fuerzas armadas para colaborar en diversas actividades mientras durase el estado de guerra y nunca más volvieron a verlos: hasta seis mil canes fueron sacrificados y, según parece, el mismísimo MI5 llegó a vigilar a los opositores a esa medida.

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Folleto distribuido con recomendaciones para sacrificar a las mascotas

Tampoco los animales del zoo de Londres escaparon al negro destino, al menos una parte de ellos. No faltaron acusaciones al gobierno por fomentar la histeria colectiva; como dice Hilda Kean, una de las historiadoras que estudió este episodio, la forma de subrayar el estado de guerra fue «evacuar a los niños, cerrar las cortinas y matar al gato».

La medida acarreó otro efecto secundario negativo: la extensión de cierto pesimismo, de una tristeza común a muchos que se deshicieron de sus mascotas a la primera adversidad y, como se demostró luego, sin razones de peso.

Fueron frecuentes los sentidos obituarios de animales en la prensa y, quizá por vergüenza en un país que presume de ser especialmente amante de los animales domésticos, esta historia tendió a relegarse al silencio y el olvido.

Sólo actualmente se han puesto un poco las cosas en su sitio con un monumento en Hyde Park a los animales caídos en la guerra; su epitafio termina con la gráfica frase «No tuvieron opción». La propia Kean lo explica: «A la gente no le gusta recordar que al primer indicio de guerra salimos a matar al gatito».

El bombardeo aéreo que destruyó Pompeya por segunda vez

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Pompeya fotografiada desde un avión de guerra

Es de sobra conocido lo qué pasó en las ciudades romanas de Pompeya y Herculano en el año 79 d.C. La brutal erupción del volcán Vesubio, en cuyas inmediaciones se ubicaban, supuso su destrucción y la muerte de miles de personas quemadas, asfixiadas y enterradas bajo una gruesa capa de cenizas piroclásticas que, paradójicamente, sirvió para conservar las ruinas durante siglos. Las mismas ruinas que estuvieron a punto de desaparecer definitivamente en el verano de 1943, tras un devastador bombardeo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

Plinio el Joven describe en sus cartas a Tácito como fue aquella fatídica jornada del siglo I en la que falleció su tío Plinio el Viejo a causa de las emanaciones gaseosas cuando observaba el fenómeno:

«Mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios, cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche. Mi tío, para excusar el miedo, decía que se trataba de hogueras hechas por campesinos fugitivos o villas abandonadas que ardían. Entonces se fue a dormir y en verdad que durmió con un sueño profundo, pues sus ronquidos eran oídos por los que estaban de guardia en la puerta.

Pero el patio por el que se llegaba a la habitación empezó a llenarse de tal modo de ceniza y de pedruscos que si hubiesen permanecido ahí, no hubieran podido salir. Se despertó y se reunió con Pomponiano y los demás que habían estado velando. Deliberaron si se quedarían bajo cubierto si saldrían al raso, ya que el edificio vacilaba debido a frecuentes y largos temblores y parecía que sus cimientos se corrían de un lado para otro.

No obstante, si salían a la intemperie, eran de temer las lluvias de pedruscos, aunque más soportables. Cotejados ambos peligros, se optó por la segunda solución: en mi tío ello constituyó el triunfo de la razón sobre la razón, en los demás, el miedo sobre el miedo. Se pusieron almohadas en la cabeza, sujetas con trapos, única protección contra lo que caía. En otras partes había amanecido ya; allí seguía una noche más negra y más densa que todas las noches, sólo rota por antorchas y luces variadas.

Pareció oportuno ir a la playa y ver que posibilidades existían en el mar, que estaba desierto y adverso. Allí se echó sobre un lienzo y pidió agua fresca, y la bebió dos veces. A él le despertó y a los demás les hizo huir el olor del azufre, precursor de las llamas y estas llegaron luego. Se levantó apoyándose en dos siervos, pero cayó en seguida debido, a lo que creo, a que el vaho caliginoso le tapó la respiración y le cerró el estómago, que tenía muy delicado y propenso al vómito.

Cuando nuevamente se hizo de día -y era el tercero desde que había dejado de ver- su cuerpo fue hallado intacto y tal como iba vestido; pero más tenía el aspecto de dormir que de estar muerto.»

En efecto, tras la típica lluvia de piedras volcánicas llegó el flujo piroclástico, una mortífera nube ardiente que primero ascendió hacia el cielo desde el cráter para luego descender violentamente y extenderse por los alrededores, matando cuanto encontraba a su paso.

Curiosamente, hubiera sido una sensación parecida si los pompeyanos de entonces hubieran estado presentes dos milenios después, cuando lo que cayó desde el aire no fueron piedras sino bombas y al efecto de la nube sustituyeron las brutales explosiones producto esta vez no del enfado de Vulcano sino de la mano del Hombre.

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Extensión de la erupción

Desde marzo de 1943 los aviones de la RAF salían periódicamente en misiones por el continente para interrumpir las vías de comunicación y transportes alemanas. En mayo cayó el Afrika Korps dejando el norte de África en manos de los Aliados, que el 10 de julio iniciaron el desembarco en Sicilia completándolo en apenas un mes y precipitando la destitución de Mussolini el día 25 y su sustitución por el mariscal Badoglio.

El siguiente paso era el salto a la península italiana y ello implicaba una serie de bombardeos previos que resultaron disuasorios para que el rey Vittorio Emmanuel III capitulase el 8 de septiembre, cinco jornadas después de que las primeras tropas cruzaran el estrecho de Messina y desembarcaran en Calabria, iniciando su avance hacia el norte, apoyadas al poco por otro desembarco en Salerno.

Pero antes de que Italia cambiara de trinchera (salvo en el norte, donde los alemanes se adueñaron de la situación y rescataron a Mussolini), Pompeya habría de sufrir una segunda oleada de devastación.

Los citados raids aéreos empezaron el 24 de agosto (por siniestra coincidencia, la misma fecha de la erupción del Vesubio), siendo Nápoles y su importante puerto marítimo el objetivo, y se prolongaron durante ocho días seguidos con un curioso interés extra: determinar si producía mejores resultados atacar en horario nocturno o a plena luz.

Según un estudio del español Laurentino García, las escuadrillas británicas y estadounidenses lanzaron casi dos centenares de bombas de cuatrocientos kilos cada una y, como suele pasar en las guerras, provocaron daños colaterales inesperados al caer varias de ellas en el recinto de la antigua ciudad romana.

Ésta, que permaneció tanto tiempo preservada bajo tierra, había salido a la luz en 1550, cuando el arquitecto Domenico Fontana hacía un canal para desviar agua del río Sarno hacia la localidad de Torre del Greco. Sin embargo se dice que encontró los frescos eróticos y, escandalizado, mandó enterrarlos de nuevo, por lo que no se empezó a excavar hasta 1738, en una una serie de trabajos arqueológicos patrocinados por el rey napolitano Carlos VII (el mismo que luego reinaría en España como Carlos III).

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Excavaciones en Pompeya durante el siglo XVIII

Así se recuperó la memoria pompeyana y desde entonces continuó la labor hasta aquel fatídico estío de 1943.

Conviene tener en cuenta que los daños registrados en Pompeya obedecen a tres etapas distintas.

La primera, un terremoto que la sacudió en el año 62 provocando el pánico y haciendo que buena parte de sus veinte mil habitantes huyeran temiendo que se tratase de una erupción del Vesubio.

El seísmo tuvo varias réplicas, de ahí que diecisiete años más tarde, cuando el volcán erupcionó realmente, todavía se estuvieran haciendo obras de reconstrucción.

La segunda fue la descrita acción volcánica, que no sólo sepultó la ciudad en cenizas sino que destruyó estructuras arquitectónicas con los temblores previos que hubo a lo largo de días antes, según atestigua Plinio el Joven, y luego con la lluvia de piedras, que hundió bastantes tejados.

Desde 1924, ya bajo el gobierno mussoliniano, se acometieron una serie de trabajos de restauración dirigidos por el arqueólogo Amedeo Maiuri; la Segunda Guerra Mundial cambió las cosas.

Las bombas aliadas constituyeron una tercera etapa en esa secuencia de destrucción, al hacer desaparecer la vía de la Abundancia (que era la calle más animada de Pompeya), la Porta Marina, los arcos que flanqueaban el Foro, el Teatro Grande, la Schola Armaturarum (el edificio donde se exhibían trofeos capturados al enemigo, que el régimen fascista reconstruyó por su potencial propagandístico y del que se perdieron los frescos que lo decoraban), la Casa de Triptólemo, la Casa de Rómulo y Remo, una parte de la Casa de Diana Arcaizante, el atrio de la Casa de Epidio Rufo y las pinturas de la Casa de Salustio.

Incluso estructuras modernas terminaron pulverizadas con todo su valioso contenido, caso de dos de las salas del Museo Pompeyano, entre cuyos escombros quedaron miles de piezas rescatadas en el siglo XVIII.

Al respecto se dio una curiosa situación y es que las piezas más valiosas del museo (estatuas, joyas…) habían sido evacuadas al ver que los combates se aproximaban, pero el lugar a donde se llevaron fue nada menos que la Abadía de Montecassino, que entre enero y mayo de 1944 sería escenario de otra durísima batalla y quedaría derruida; por suerte, justo antes el general Frido von Senger las había enviado al Vaticano.

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Vista general de Pompeya

Además, el bombardeo produjo unos efectos secundarios cuyos resultados todavía se notan hoy en día: las explosiones, incluso las que no alcanzaron ningún sitio concreto (que por suerte fueron la mayoría), removieron la tierra de tal forma que desde entonces las lluvias penetran fácilmente en el subsuelo, ablandándolo y volviéndolo inestable.

La Ley de Murphy hizo que en 1980 se produjera un nuevo terremoto que dio la puntilla a muchos rincones. Consecuencia de ello es el desplome periódico de algunos edificios como el mencionado de la Schola Armaturarum en 2010 (que encima se había reconstruido con cemento armado, un material bastante endeble).

De aquella Pompeya pre-bélica se conservan una veintena de fotografías en placa de vidrio que muestran el aspecto que tenía entonces. Actualmente se ha podido reconstruir alguno de los edificios, como el Anticuario (usado como museo) y está protegida desde 1997 por la UNESCO dentro de su Patrimonio de la Humanidad.

Pese a ser uno de los principales motores económicos de Nápoles, se ha decretado una reducción de acceso al público (exhibiendo sólo un tercio de la urbe) y una suspensión de las excavaciones arqueológicas para centrarse en salvar lo que hay ahora.

Así que de momento tampoco volverán a aparecer bombas sin explotar, como la de 2006, que hoy está expuesta como una parte más de la turbulenta historia del sitio.

Task Force Baum, la desastrosa operación de Patton para liberar a su yerno de un campo de prisioneros

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La Task Force Baum entrando en el campo de concentración

Normalmente, cuando una guerra es lo suficientemente larga, se registran multitud de acciones de todo tipo: campañas a gran escala, batallas grandes y pequeñas, emboscadas, intervenciones rápidas de comando… A veces se intentan operaciones muy imaginativas que de tener éxito ensalzan a su autor y le convierten en un genio de la táctica.

Lo malo es cuando salen mal y entonces caen sobre él las críticas y la responsabilidad de las bajas. Eso es lo que le ocurrió al célebre general Patton en la primavera de 1944, cuando la misión enviada a liberar un campo de concentración terminó en una derrota estrepitosa que, además, resultó innecesaria porque el lugar cayó en manos aliadas apenas nueve días después.

George Patton había sido nombrado general de división en abril de 1941. En 1943 reemplazó a Lloyd Fredendall y volvió a ascender a teniente general, recibiendo el mando de las fuerzas estadounidenses en el norte de África.

Su éxito le valió ponerse al frente del VII Ejército con el que debía invadir la mitad occidental de Sicilia mientras Montgomery se ocupaba de la oriental, aunque la rivalidad con el británico -que venía ya de la campaña africana- le llevó a apresurar sus acciones.

Fue uno de esos ramalazos que le caracterizaron, a veces para bien (era eficaz y su carisma entusiasmaba a sus hombres) y otras para mal (la polémica masacre de Biscari, el bofetón a un soldado con estrés de combate). De hecho, su amigo Omar Bradley le tuvo que sacar de apuros ante las demandas de destitución que menudearon por los incidentes que originaba su peculiar personalidad.

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Patton en 1943

Sin embargo, en el verano de 1944, con los aliados ya avanzando por Francia, se le confió el III Ejército, con el que ganó casi un millar de kilómetros en apenas un par de semanas. Tras el fracaso de la contraofensiva alemana en Las Ardenas, en el que Patton jugó un papel decisivo, el mapa de operaciones se situó ya en territorio germano y fue entonces cuando se produjo el extraño episodio del campo de concentración.

Fue entre los días 26 y 29 de marzo de 1945. Patton encargó al teniente coronel Creighton Abrams, su comandante de blindados más capaz y agresivo, la formación de un grupo de combate para una misión especial. Abrams le ofreció todo el Combat Command B de la Cuarta División que mandaba y que estaba formado por dos batallones con artillería de apoyo, pero el general lo consideró excesivo y al final se contituyó un grupo con una compañía de infantería y dos de tanques, sumando en total trescientos tres hombres, once oficiales, dieciséis carros de combate (diez Sherman y otros seis ligeros) y otros vehículos auxiliares (semiorugas, autopropulsados, jeeps, una ambulancia…).

Dado que el comandante de los blindados estaba de baja, Abrams sugirió para el mando al joven capitán Abraham Baum, un judío neoyorquino nacido en el Bronx en 1921.

Veterano del desembarco en Normandía, donde había sido herido al pisar una mina, él mismo contaría que cuando se le ordenó presentarse ante Patton y éste le explicó el objetivo de la misión no pudo evitar preguntarse «¿qué demonios estoy haciendo aquí?». Así, la fuerza a su mando recibió el nombre de Task Force Baum.

La pregunta que se hizo el oficial no era gratuita; efectivamente, su cometido resultaba realmente singular, al tener que internarse más de ochenta kilómetros en territorio enemigo para localizar un campo donde se custodiaba a miles de prisioneros norteamericanos y volver con ellos en previsión de que los alemanes decidieran matarlos ante el avance aliado. Aquí llega el momento de hacer un inciso y explicar la situación.

El campo en cuestión se llamaba Camp Hammelburg (por la ciudad vecina, situada a tres kilómetros) y en la Primera Guerra Mundial se había utilizado como área de adiestramiento militar, siendo reconvertido para acoger prisioneros en la Segunda. En realidad estaba formado por dos subcampos, el Stalag XIII-C y el Oflag XIII-B, el primero para soldados y el segundo para oficiales, siendo este último el objetivo de la Task Force Baum.

¿Por qué? Patton explicaría más tarde que temía por sus vidas, pues aunque los alemanes no acostumbraban a matar a los prisioneros sí se había dado algún caso (el más reciente el de Malmedy, en Las Ardenas, donde ochenta y cuatro cautivos de EEUU fueron ametrallados y rematados a sangre fría por el Kampfgruppe Peiper de la 1ª División SS Panzer). No obstante, circuló otra versión más controvertida sobre los verdaderos motivos del general para organizar aquella misión: quería salvar a su yerno, el marido de su hija Beatrice.

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El campo durante la Primera Guerra Mundial

Se llamaba John Knight Waters y era teniente coronel. Le habían capturado en Túnez el año anterior y enviado inicialmente al Oflag 64 de Schubin, Polonia. Pero en enero de 1945, ante el imparable avance del Ejército Rojo, se trasladó a todos los prisioneros (es un decir porque la mayoría tuvo que hacer a pie el camino de más de quinientos kilómetros) al Oflag XIII-B de Camp Hammelburg, hasta entonces destinado exclusivamente a oficiales serbios.

Con la llegada de los nuevos internos, los serbios se concentraron a un lado y los americanos al otro, quedando el lugar saturado.

Y es que cinco mil militares se juntaban allí, de los que mil cuatrocientos eran de EEUU, según el registro realizado por el mando de mayor graduación, el coronel Paul Goode. Con semejante congestión y dada la marcha de la guerra, los prisioneros no estaban precisamente en buenas condiciones (aunque tampoco sus guardianes): tenían que distribuirse por siete edificios con cinco salas, cada una de ellas alojando habitaciones en las que se hacinaban cuarenta personas.

Al menos el calor humano quizá sirvió para afrontar aquel terrible invierno en el que las temperaturas cayeron por debajo de siete grados bajo cero, ya que apenas recibía carbón cada tres días y era necesario buscar leña por los alrededores. Tampoco la alimentación era buena y la dieta inicial que recibían los presos, calculada en unas mil setecientas calorías, fue reduciéndose poco a poco ante las dificultades de abastecimiento y el aumento de la población reclusa hasta quedar en poco más de mil calorías.

Ello provocó graves problemas de salud, agravados por las deficientes condiciones higiénicas, que se plasmaron en una epidemia de disentería.

Retomemos ahora el relato de la Task Force Baum. Se puso en marcha la noche del 16 de marzo con evidentes carencias, ya que sólo disponía de un puñado de mapas de la región para todos y se desconocía la ubicación exacta de Camp Hammelburg. Como además un avión de observación alemán descubrió a la columna, fue necesario incorporarle sobre la marcha material antiaéreo y hubo algún enfrentamiento en el que se perdió un Sherman. Aún así, al atardecer del día siguiente avistaron el campo de concentración.

La consiguiente batalla fue efímera, poco más que una resistencia simbólica, ya que los guardianes carecían de equipamiento para enfrentarse a los tanques y la mayoría optaron por huir. Aún así, los estadounidenses siguieron disparando sobre el campo hasta darse cuenta de un tremendo error: aquellos soldados de uniforme gris no eran alemanes sino presos serbios. No fue el único despropósito que se iba a cometer, como veremos.

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John K. Waters

Gunther von Goeckel, comandante del campo, pensaba que se le venía encima toda una división y prefirió pactar, pidiendo al yerno de Patton que saliera a explicar a los atacantes la escabechina que estaban haciendo los suyos entre los serbios. Waters aceptó pero no había recorrido ni una mínima parte del camino cuando un soldado teutón, que quizá no había sido informado, lo interpretó como un intento de fuga y disparó sobre él, alcanzándole en una nalga.

Waters tuvo que ser devuelto al campo para curarle la herida. Poco después la Task Force Baum entraba en el recinto y lo que tenía que ser un momento de felicidad para el capitán al alcanzar la primera parte de su objetivo se tornó una desagradable sorpresa.

Y es que a Baum le habían dicho que en el Oflag XIII-B había trescientos oficiales y, en cambio, allí se contaban casi cinco veces más. Un número imposible de llevar en sus insuficientes vehículos y con el agravante de que tampoco podrían ir a pie por su lamentable estado físico.

Así que decidió que rescataría sólo a los de mayor graduación -unos doscientos- y al resto le daba libertad para elegir: intentar seguirles caminando, quedarse o probar una evasión por su cuenta; algunos se decantaron por esta última opción y serían recapturados pero la mayoría decidió permanecer allí, Waters entre ellos debido a su herida.

La Task Force inició el regreso al anochecer y de nuevo surgieron problemas. Al no haber luna y no poder encender faros para evitar revelar su presencia al enemigo, no quedó más remedio que mandar por delante un jeep de reconocimiento que abriera el camino; cuando se detectaba peligro todos apagaban los motores y se mantenía un riguroso silencio. Pero era muy difícil atravesar ochenta kilómetros por terreno contrario sin toparse con patrullas alemanas.

De hecho, les tendieron una emboscada. Fue a su paso por Hölrich, donde los veteranos de la German Infantry Combat School (donde un centenar de suboficiales hacía sus prácticas para ascender a oficiales) les engañó hábilmente hablando por radio en inglés y atrayendo a los carros hacia efectivos armados con panzerfaust (antitanques personales, parecidos a los bazookas estadounidenses). Con ese ardid lograron destruir cuatro Sherman.

Baum consiguió sacar a su gente de la ratonera y reagruparla en una colina, ya al amanecer. Pero el vagar nocturno y la batalla habían consumido mucho combustible y no quedaba suficiente para alcanzar sus líneas, así que decidió hacer el camino a pleno día y a toda prisa para acortar. Por supuesto, los prisioneros liberados no podrían seguir el ritmo, así que les aconsejó retornar al campo, cosa que hicieron encabezados por el coronel Goode enarbolando una bandera blanca.

Pero cuando la Task Force reanudó la marcha cayó sobre ella una lluvia de fuego; los alemanes les habían rodeado durante la noche, reforzados además por media docena de tanques Tiger. Sabiendo que no tenía otra, Baum se lanzó contra ellos a la desesperada y su columna fue prácticamente pulverizada. Baum consiguió abrirse paso acompañado de dos soldados y varios ex-prisioneros pero el resto cayeron allí mismo y los supervivientes se dispersaron por el bosque, donde fueron atrapados uno tras otro.

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Soldados alemanes armados con panzerfaust

El recuento de bajas fue espeluznante: sólo treinta y cinco hombres pudieron regresar, quedando atrás treinta y dos muertos y siendo el resto capturados (¡doscientos cuarenta y siete!). Asimismo se perdieron cincuenta y siete vehículos, entre tanques, jeeps y otros. El propio Baum resultó herido y, paradójicamente, acabó en Camp Hammelburg. Ironías del destino, el lugar fue liberado por la 14º División Blindada nueve días más tarde.

Ironía sobre ironía, Patton pudo recuperar a su yerno ya que, al estar convaleciente de su herida, no fue trasladado en tren a Nuremberg como el resto de los prisioneros. Quizá por eso condecoró a Baum con la Cruz de Servicios Distinguidos, medalla que no requería una investigación previa que hubiera sido, sin duda, muy incómoda para él.

Porque aunque siempre negó saber de antemano que Waters estaba preso en Camp Hammerburg, casi todos daban por hecho que sí estaba al tanto, hasta el punto de haber incluido en la Task Force al mayor Alexander Stiller -que le conocía- para identificarle entre los demás.

En cualquier caso, sí admitió ante un iracundo Eisenhower el error de aquella fallida expedición, que se debió, según dijo, a no haber enviado una fuerza suficientemente grande. Por cierto, su yerno llegó a general y tuvo una meritoria carrera militar; murió en 1989. En cuanto a Abraham Baum, fue extraordinariamente longevo: vivió hasta los noventa y un años, muriendo el 2 de marzo de 2013.

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