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Los ensayos de armas bacteriológicas …


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L.B.V./Público(N.Armanian)/hrwiki.net/ElPaís(M.A.Criado)  —  En el año 1981 un tribunal de EEUU archivó la causa iniciada por los nietos de Edward J. Nevin, quienes habían demandado al gobierno federal como responsable del fallecimiento de su abuelo por una negligencia que además tuvo como efecto secundario la ruina de la abuela por pagos médicos. No se trataba de un caso normal, ya que, según los familiares, el óbito se debió a una infección bacteriológica originada directamente por un experimento de la US Navy sobre la población civil.

Los presuntos hechos tuvieron lugar treinta años antes, durante el mes de septiembre de 1950. Las armas bacteriológicas eran una novedad si nos referimos a ellas stricto sensu y obviamos las noticias históricas sobre epidemias provocadas deliberadamente con peste o viruela, que a menudo tienen más de leyenda que de realidad.

Fue en la Primera Guerra Mundial cuando se empezó a experimentar científicamente con microbios para su aplicación militar, aunque en esa contienda el interés se centró en el gas mostaza, el cloro o el fosgeno hasta su prohibición definitiva -teóricamente- por el Protocolo de Ginebra de 1925.

La voz cantante inicial en esas investigaciones la llevó Japón a través de la siniestra Unidad 731, inicialmente denominada Unidad de Kamo y creada en 1932 para el control de epidemias, aunque con la llegada de la Segunda Guerra Mundial trocó su interés por justamente lo contrario: la infección de las tropas enemigas y el desarrollo de armamento biológico, experimentando con miles de prisioneros chinos. Parece ser que fue entonces cuando se probó por primera vez el ántrax y además de forma encubierta, contaminando alimentos.

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Soldados británicos con máscaras antigás en la I Guerra Mundial

Los japoneses no fueron los únicos en trabajar ese campo, pues también alemanes y británicos lo hicieron. Asimismo, EEUU incorporó un plan de investigación, contando para ello con algunos de los científicos nipones de la Unidad 731 y otros alemanes.

Los primeros pasos se dieron en 1942 en Fort Detrick, Maryland, donde hoy en día se ubica la sede del USAMRIID (United States Army Medical Research Institute of Infectious Diseases), desarrollándolo de forma paralela al otro gran sector armamentístico de la etapa posbélica, el atómico.

Pero fue en la década siguiente cuando la cosa avanzó de verdad, en parte impulsada por el estallido de la Guerra de Corea. Lo llamativo del asunto estaba en que se diseñó un programa de experimentación con población para comprobar los efectos de la manera más ajustada posible, pues el Comité de Guerra Bacteriológica creado en 1948 advertía de la susceptibilidad de EEUU a un ataque de esa naturaleza.

Para ello era necesario difundir en ciudades los patógenos, de forma que éstos se dispersaran naturalmente tal cual se haría en una situación real, pudiendo así registrar, cuantificar y analizar los resultados en varios ámbitos y diferentes condiciones atmosféricas. San Francisco resultó la primera urbe elegida para lo que se bautizó como Operation Sea-Spray.

Consistía en rociar cuarenta y tres localidades del área de la bahía, calculándose que podrían afectar a un segmento de habitantes entre cinco y ochocientos mil.

Por supuesto, pese a que el objeto final de la investigación sólo consistía en baremar la susceptibilidad de una gran ciudad a un ataque biológico, bien desde un punto de vista defensivo, bien desde el ofensivo, se estimaba que los efectos durante el experimento serían casi imperceptibles, dado que la cantidad de agentes bacteriológicos utilizada era limitada y lo que verdaderamente se buscaba de momento era ver cómo se dispersaban para diseñar un plan optimizado de contramedidas.

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La Bahía de San Francisco

El problema estaba en dichos agentes: uno era una bacteria llamada Bacillus globigii, una variedad de Bacillus atrophaeus empleada en medicina para biocontención.

Pero el otro era Serratia marcescens, un bacilo que se desarrolla preferentemente en condiciones de alta humedad -suele hallarse en alcantarillas y hospitales- que en 1950 se pensaba que era inocuo pero se trataba de un error, ya que provoca múltiples síntomas que unas veces son leves (conjuntivitis, infecciones renales y urinarias) y otras graves (problemas respiratorios e incluso meningitis).

Eligieron a la Serratia Marcescens por dos razones:

  1. Ser una sustituta de la bacteria más letal llamada Bacillus Anthracis (BA), el ántrax, el mismo que no fue enviado en 2003 por Sadam Husein en sobres a EEUU (siendo este otro pretexto para bombardear la nación iraquí), sino por un agente del FBI llamado Bruce E. Ivins, empleado de Instituto Militar para el Estudio de Enfermedades Infecciosas durante 18 años, quien investigaba una vacuna contra esta bacteria: contagió a 22 de sus compatriotas, y mató a cinco de ellos.
  2. Produce un pigmento rojo que lo hace fácilmente rastreable como «organismo marcador» en el mapeo de la propagación de microbios en un espacio.

Ambos fueron esparcidos desde un cazaminas de la armada acompañadas de partículas de sulfuro de cadmio-zinc para facilitar la monitorización. A lo largo de una semana entre el 20 y el 27 de septiembre de aquel año, las mangueras del barco lanzaron al aire emisiones que duraban media hora, sumando un total de cuatro de Bacillus globigii y dos de Serratia marcescens que formaron una contagiosa nube invisible de más de tres kilómetros de longitud.

El experimento se consideró un amenazador éxito: era factible provocar una infección en un núcleo urbano con bastante facilidad y de forma imperceptible.

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Cultivo de Serratia marcerescens

Entonces llegaron los daños imprevistos. Muy poco después, el 11 de octubre, once personas ingresaron de urgencia en el Hospital de Stanford con neumonía y unas infecciones urinarias tan poco comunes en diagnóstico y coincidencia que uno de los doctores publicaría un estudio sobre el asunto en una prestigiosa revista médica.

Diez de aquellos pacientes se recuperaron y fueron dados de alta poco después pero el undécimo -en realidad el primero, un anciano de setenta y cinco años que se sometió a una cirugía de próstata, no tuvo suerte y murió en sólo tres semanas a causa de una endocarditis, que es otro de los daños que puede causar Serratia marcescens tras viajar hasta el corazón desde el conducto urinario a través de la sangre. El infortunado era Edward J. Nevin.

Aquel extraño pico de ingresos y la presencia de Serratia marcerens, hasta entonces inédita en el hospital, sembraron cierta confusión pero como no se repitió la cosa cayó en el olvido hasta que en 1977, en una comparecencia ante el Subcomité de Salud e Investigación Científica del Senado y ya cancelado ese tipo de pruebas por Nixon en 1969, la US Navy admitió públicamente la realización de la Operación Sea-Spray y no había advertido a las autoridades sanitarias del experimento.

No sólo eso sino que entre 1949 y 1969 además había llevado a cabo otras doscientas treinta y nueve pruebas parecidas al aire libre usando bacterias u agentes químicos que las imitaban.

Eso sí, subrayando que todos eran inocuos y que los casos referidos no tenían nada que ver, siendo sólo una anómala casualidad, como demostraba que en esa década se hubieran repetido aspersiones de ese tipo en Ciudad de Panamá y Cayo Hueso (Florida) sin problemas, al igual que en años posteriores en otros sitios como Nueva York, Washington o Pensilvania. En alguno de ellos incluso usando de nuevo Bacillus globigii, como se hizo en el Aeropuerto Nacional de Washington en 1965; en otros, como en Nueva York al año siguiente, con una variedad llamada Bacillus subtilis Niger, que se lanzó en el metro de Manhattan y no causó ningún daño.

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Foto de San Francisco tomada a través de un periscopio desde un submarino de la Marina de los EE. UU. (USS Catfish)

Asimismo, señalaron que ningún otro hospital de San Francisco había registrado nada similar, por lo que los once pacientes enfermaron durante los procesos médicos normales; es decir, la fuente de infección estaría en el propio complejo hospitalario.

Pero el estamento médico se planteó si otros casos de la época que tuvieron un repunte considerable -infecciones coronarias y neumonías, así como una subida de infecciones intravenosas entre drogadictos en las décadas de los sesenta y setenta- no estarían también relacionados. De hecho, el sulfuro de cadmio-zinc hoy es considerado cancerígeno.

Todo ello provocó la duda en los descendientes de Nevin, uno de cuyos nietos, Edward J. Nevin III, era abogado y presentó una demanda en el Tribunal de distrito de San Francisco en 1981.

Después de veintinueve años de silencio, el Ejército de tierra confirmó que todo es verdad, aunque – se disculpó- sus jefes no sabían entonces que la bacteria con la que rociaron San Francisco fuera tan dañina.

Tras una serie de retrasos e incluso el intento de agresión de un general, vio cómo el juez decidía desestimarla al no encontrar correlación concluyente, argumentando que en los otros sitios no se habían registrado víctimas y que ni siquiera el sulfuro de cadmio-zinc había aumentado significativamente el cáncer en Minnesota, uno de los estados donde se roció específicamente. Nevin apeló al Tribunal Supremo, pero éste confirmó la sentencia dando la razón a la abogacía del Estado, que sostenía que hubo dos cepas distintas que coincidieron en tiempo y lugar.

Pero la Operación Sea-Spray no fue ni la primera ni la última en la que EEUU ensayó con armas biológicas.

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Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra quimica y bacteriológica

Una inquietante cronología

Según los datos publicados en la prensa estadounidense:

  • 1920: El ejército, en un ensayo con humanos, roció con espray de SM un contingente de soldados norteamericanos, para estudiar su impacto. Pronto sabrán que la SM provoca septicemia, infecciones respiratorias, endocarditis, osteomielitis, infecciones oculares y meningitis.
  • Década de 1930: El Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas (fundado en 1901) utilizó a los ciudadanos estadounidense como «conejillos de indias» -revela la revista Whiteout Press-, infectándoles con células cancerosas, de forma encubierta. Este instituto fue el descubridor del virus Zika en 1947.
  • 1942: El programa de armas biológicas de EEUU se hace oficial por orden del presidente Franklin Roosevelt.
  • 1943: El Comando Médico del Ejército en Fort Detrick, Maryland, investiga el uso de ántrax, brucelosis (que provoca la fiebre de Malta), toxina botulínica, peste, peste bovina, la bacteria Francisella tularensis, la Coccidioides (causante de la fiebre San Joaquín), la rickettsia, entre otros, y su impacto sobre el medio ambiente, como armas biológicas y utilizando organismos vivos. Este centro, entre los años 1954 y 1973, realizó la Operación Whitecoat, en la que estudiaba la fiebre Q, la fiebre amarilla, y la peste bubónica sobre cientos de monos, todos muertos tras un sufrimiento indescriptible. Luego hicieron pruebas en al menos 2.200 personas sin su conocimiento, reclutadas a través de la Iglesia Adventista. Al igual que los monos, eran atados a las sillas a la luz del sol mientras se les rociaba con los patógenos (cabría pensar que les eligieron para castigarles por ser objetores de conciencia y repudiar la guerra). El objetivo era estandarizar el llenado de bombas de estos productos para ataques contra poblaciones con un determinado número de miembros.
  • 1945: Proyecto Paperclip (Sujetapapeles), nombre de la clave utilizada por la CIA y el Ejército para rescatar a los científicos nazis y japoneses acusados de crímenes de guerra y ofrecerles inmunidad e identidad falsa a cambio de trabajar para EEUU en proyectos de armas secretas, entre ellas nucleares y microbiológicas.
  • 1947: Código de Nuremberg, redactado tras las revelaciones de los experimentos con seres humanos en los campos de concentración nazis y japoneses, establecía normas éticas en dichas investigaciones, entre ellas, que deberían: 1) contar con el consentimiento del voluntario y 2) que éste estuviera correctamente informado sobre el proceso y las consecuencias del ensayo. Solo cuatro años después, EEUU violará el Código, realizando uno de los mayores experimentos humanos de la historia en San Francisco.
  • 1948: EEUU crea el Comité de Guerra Bacteriológica y diseña un programa de experimentación con la población. El mismo año, el Pentágono abre el Centro de Guerra Biológica en la isla de San José de Panamá, un depósito de agentes venenosos, gas mostaza y agentes nerviosos.
  • 1950: La operación Sea-Spray, antes mencionada, provoca el ingreso de once vecinos de San Francisco en el Hospital de Stanford aquejados de graves infecciones del tracto urinario. La enorme cantidad de SM en el cuerpo de los enfermos alertó a la técnica de laboratorio Anne Zuckerman, quien dio la voz de alarma. Los médicos, desconcertados, desconocían su origen. La familia del único paciente fallecido, Edward J. Nevin de 75 años, -que se recuperaba de una cirugía, y murió poco después debido a una infección en las válvulas cardíacas -, intentó, sin éxito, demandar al gobierno federal por su muerte.
    La bacteria ha vuelto a aparecer en algunas áreas de la bahía, según The San Francisco Chronicle, mostrando su «inmortalidad». Este caso ha sido analizado por el experto en bioterrorismo Leonard Cole en su libro «Nubes de secreto».
  • 1951: El Ejército libera entre los trabajadores negros del Centro de Suministros Industriales de Norfolk el hongo Aspergillus fumigatus – que puede provocar enfermedades pulmonares y asma en personas con sistemas inmunitarios debilitados -, para saber si los afroamericanos eran más susceptibles a dicha infección.

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  • 1954: «Síndrome del pañal rojo» fue el nombre dado a un experimento en el Hospital Universitario de Wisconsin sobre los recién nacidos contagiados con la bacteria SM. La orina de color rojo de los bebés les permitía estudiar la mutación del patógeno.
  • 1965, mayo: El ejercito libera la BG en el Aeropuerto Nacional de Washington y rocía el terminal de autobuses de Greyhound Lines con la bacteria. Decenas de pasajeros la llevaron a unas 35 ciudades en siete estados.
  • 1966: En el Aeropuerto Nacional de Washington rociaron las maletas de los pasajeros, entre el 7 y el 10 de junio de ese año, y arrojaron bombonas llenas de material biológico por las rejillas de ventilación del metro de Nueva York, exponiendo a un millón de personas. «Porque hay muchos subterráneos en la URSS, Europa y América del Sur» argumentaron, y querían ver su expansión.
  • 1967: El Pentágono detona proyectiles de artillería y cohetes llenos de gas sarín (nervioso) en la Reserva Forestal de Hawai que provoca el coma y la muerte de un número indeterminado de personas. El objetivo de la prueba, llamada Red Oak, Fase 1, es «evaluar su efectividad en un ambiente de selva tropical».
  • 1969: Los investigadores informan al presidente Richard Nixon de que la capacidad de las armas biológicas de EEUU es limitada ya que no consiguen un aceptable inventario de agentes biológicos secos, o sea en polvo. Ese año, Nixon, pone fin a los aspectos «ofensivos», que no defensivos, del programa de armas biológicas de EEUU.
    En esta década, el ejército dispersó sulfuro de zinc (una sal con azufre) y cadmio (uno de los metales más tóxicos que existen, utilizado, comúnmente, en baterías) sobre Minnesota y otros estados del medio oeste, y comprobó que sus partículas se extendían hasta 1.600 kilómetros. El Comité de Guerra Biológica del Pentágono se centraba en probar organismos «inocuos» en sistemas de ventilación, metro y suministros públicos de agua, en evaluar la eficacia de los agentes biológicos como armas de sabotaje, y en el uso de esos agentes biológicos en operaciones especiales.
  • 1977: Gracias al periodismo de investigación, el Congreso tuvo que estudiar los casos denunciados.
    El subcomité del Senado para la investigación sobre dichas pruebas admite que entre 1949 y 1969 el ejército y la CIA realizaron al menos 239 pruebas secretas de simulación de bioguerra en el suelo de EEUU -incluido Nueva York-, y que en unos 80 casos se usaron bacterias vivas y en el resto agentes químicos. Pero, a pesar de las duras críticas de algunos políticos, como el senador Richard Schweiter, por la realización de dichas pruebas, la Armada continuó con los ensayos.
  • Década de 1990: Utilizaron a los presos de las cárceles de Tejas para probar unas nuevas armas químicas que luego lanzarían contra la población iraquí. El llamado «síndrome del Golfo» [Pérsico] se descubrió cuando los mismos soldados que esparcieron estos agentes contra otros seres humanos padecieron graves enfermedades, que incluso transmitieron a sus hijos, nacidos con espantosas deformaciones físicas. El fundador de Instituto de Medicina Molecular de California Garth L. Nicolson, escribió:  «Miles de veteranos de la Guerra del Golfo Pérsico de los Estados Unidos sufren las consecuencias de haber estado expuestos a armas radiológicas, químicas y biológicas«. O sea, que las Armas de Destrucción Masiva están en manos del acusador.
  • 1994: El informe del senador John Rockefeller revela que durante décadas el ejército de EEUU expuso intencionalmente a cientos de miles de sus propios soldados a microbios peligrosos, gas mostaza y gas nervioso, radiaciones, sustancias alucinógenos y psicoquímicas.
  • 2013: La revista Veterans Today afirma que el Pentágono había invertido 300 millones de dólares en un programa secreto de guerra biológica, en el Laboratorio Central de Referencia en Tbilisi, Georgia (Cáucaso), frontera con Rusia.

Programa de biodefensa actual (posterior a 1969)

Tanto la prohibición de las armas biológicas de EE. UU. Convención sobre armas biológicas restringió cualquier trabajo en el área de la guerra biológica a defensivo en la naturaleza. En realidad, esto les da a los estados miembros de la BWC una amplia libertad para realizar investigaciones sobre armas biológicas porque la BWC no contiene disposiciones para el monitoreo o la aplicación.

El tratado, esencialmente, es un acuerdo de caballeros entre los miembros respaldado por el pensamiento prevaleciente desde hace mucho tiempo de que la guerra biológica no debe usarse en la batalla.

Después de que Nixon declaró el fin del programa de armas biológicas de Estados Unidos, el debate en el Ejército se centró en si las armas toxínicas se incluían o no en la declaración del presidente. Siguiendo la orden de Nixon de noviembre de 1969, los científicos de Fort Detrick trabajó en una toxina, Estafilococo enterotoxina tipo B (SEB), durante varios meses más.

Nixon puso fin al debate cuando añadió toxinas a la prohibición de las armas biológicas en febrero de 1970. Estados Unidos también realizó una serie de experimentos con ántrax, nombre en código Proyecto Baco, Proyecto Clear Vision y Proyecto Jefferson a finales de la década de 1990 y principios de la de 2000.

En los últimos años, algunos críticos han afirmado que la postura de Estados Unidos sobre la guerra biológica y el uso de agentes biológicos ha diferido de las interpretaciones históricas de la BWC.

Por ejemplo, se dice que Estados Unidos ahora sostiene que el Artículo I de la BWC (que prohíbe explícitamente las armas biológicas) no se aplica a los agentes biológicos «no letales». Se afirmó que la interpretación anterior estaba en consonancia con una definición establecida en la Ley Pública 101-298, la Ley contra el terrorismo de armas biológicas de 1989. Esa ley definió un agente biológico como:

«… cualquier microorganismo, virus, sustancia infecciosa o producto biológico que pueda ser diseñado como resultado de la biotecnología, o cualquier componente natural o de bioingeniería de cualquier microorganismo, virus, sustancia infecciosa o producto biológico, capaz de causar la muerte, enfermedad , u otro mal funcionamiento biológico en un ser humano, un animal, una planta u otro organismo vivo; deterioro de alimentos, agua, equipo, suministros o material de cualquier tipo …»

De acuerdo con la Federación de científicos estadounidenses, El trabajo de los EE. UU. Sobre agentes no letales supera las limitaciones de la BWC.

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El uso de gas de cloro, desarrollado por Haber, fue devastador durante la Primera Guerra Mundial

Un siglo de experimentos militares secretos con humanos

A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton, en el condado de Wiltshire (Reino Unido) y no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles a hacer el mono.

Hubo incluso quien empezó a apuntar a sus compañeros con su arma. El informe secreto de aquel día recoge que «el grupo se desorganizó, cayendo en la indisciplina y eran incapaces de cumplir cualquier orden». Su comandante, dio la unidad por perdida. Lo que no sabían ni él ni sus hombres es que les habían dado 75 microgramos de LSD.

La historia puede parecer hilarante vista desde el presente, incluso el sueño inconfeso de un pacifista. Pero es solo uno de los miles de experimentos que los militares británicos y estadounidenses hicieron con humanos dentro de sus programas de investigación para la guerra química y bacteriológica.

Desde la creación del complejo ultrasecreto de Porton Down, en la I Guerra Mundial, más de 20.000 personas participaron en miles de ensayos con gas mostaza, fosgeno, sarín y otros agentes nerviosos, ántrax, Yersinia pestis (la bacteria de la peste), mescalina, ácido lisérgico y otras drogas.

Aunque las cobayas humanas, casi todos soldados y ningún oficial, eran voluntarios, ninguno sabía realmente a qué se exponía. El historiador Ulf Schmidt, director del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Kent, cuenta la historia de los veteranos portonianos en el libro Secret Science: A Century of Poison Warfare and Human Experiments (Ciencia Secreta: Un siglo de guerra de venenos y experimentos humanos, Oxford University Press).

La obra relata la particular ética de la estrecha colaboración entre científicos y militares para lograr sustancias cada vez más letales. Aunque se centra en Porton Down y su homólogo estadounidense, Edgewood Arsenal, levantado por el Chemical Corps del ejército de EEUU en 1916, también guarda algo para los alemanes.

De hecho, fueron los germanos los que iniciaron esta infamante relación entre ciencia y guerra. A las cinco de la tarde del 22 de abril de 1915, en las trincheras de Ypres (Bélgica), el ejército alemán liberó 160 toneladas de cloro presurizado a lo largo de seis kilómetros del frente y el viento llevó la nube tóxica hasta las posiciones de franceses y canadienses. Aunque los alemanes no supieron sacar tajada estratégica del terror provocado al otro lado, aquel día fue el «el doloroso recordatorio de que la moderna guerra química había comenzado», escribe Schmidt. El padre de la criatura fue el genial químico Fritz Haber, tan genial que recibió el Nobel de Química solo tres años después.

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Fritz Haber

Al día siguiente del ataque alemán, sir John French, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria aliada pidió a Londres que hicieran todo lo posible para contar con ese tipo de armas. En septiembre, los británicos ya tenían su propia versión de cloro, que usaron ese mismo mes en el frente de Loos con resultados desastrosos. El viento cambió y centenares de sus propios hombres fueron envenenados. Se iniciaba entonces una alocada carrera de armamentos, primero químicos, y después también bacteriológicos y farmacológicos.

Porton Down fue el corazón del programa de armas químicas y bacteriológicas del Reino Unido. En sus 2.500 hectáreas de terreno se levantaron laboratorios para una pléyade de fisiólogos, patólogos, meteorólogos… venidos de las mejores universidades británicas como Oxford, Cambridge o el University College de Londres.

Se llamaba así mismo los cognoscenti, la casta privilegiada que conocía los secretos de la guerra química británica. Al principio, ensayaban las sustancias con ratones, gatos, perros, caballos o monos. Les hicieron de todo, los gaseaban, les echaban polvo de cristal en la cara o concentrado de pimienta de cayena, buscando nuevos agentes químicos.

Pero ya en 1917, tras un ataque alemán con el nuevo gas mostaza, crearon un laboratorio específico para experimentos con humanos. El objetivo era comprender los efectos de los agentes químicos en los órganos y tejidos humanos y, muchas veces, no se podían extrapolar los resultados en los ensayos con los animales.

El laboratorio lo dirigía por entonces, el fisiólogo Joseph Barcroft, que había dejado a un lado las enseñanzas pacifistas de sus padres, unos cuáqueros norirlandeses.

Tras el fin de la guerra que iba a acabar con todas las guerras, la investigación no se detuvo, más bien se aceleró. Solo con animales, se realizaron 7.777 experimentos en los que murieron más de 5.000 criaturas. A los voluntarios los reclutaban entre las tres armas del ejército. Al principio, las investigaciones eran defensivas y, hasta cierto punto, lógicas: querían saber el efecto de los agentes químicos en el rendimiento de la tropa y probar la eficacia de las máscaras de gas.

A los que se presentaban, les daban unos chelines de sobresueldo y les eximían de las obligaciones normales de un soldado, teniendo incluso la tarde libre. Solo en 1929 se realizaron experimentos con más de 500 militares. La cifra se multiplicaría por 10 durante la II Guerra Mundial.

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El mecanico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarin. Su caso no se reabrió hasta 2004.

Al entrar las tropas de Hitler en Polonia, en septiembre de 1939, tanto Alemania como Estados Unidos y Reino Unido eran auténticas potencias en guerra química. Y los tres usaron a humanos en sus experimentos.

Los nazis recurrieron en muchas ocasiones a prisioneros, en su mayoría judíos, rusos y polacos para sus ensayos.

Pero también en Porton Down usaron a extranjeros.

A finales de la guerra, ante la escasez de soldados disponibles, los científicos británicos utilizaron a ciudadanos de las potencias del eje que habían sido confinados al comienzo de la contienda.

A pesar de que los aliados contaban con grandes cantidades de gas mostaza o fosgeno, Alemania volvió a adelantarles.

En 1936, el químico industrial Gerhard Schrader, creaba el primer pesticida sintético, el tabún, un organofosforado que actúa sobre el sistema nervioso.

Además de su letalidad era incoloro e inodoro. En uno de los primeros ejemplos de tecnología dual, los militares enseguida le vieron posibilidades para su uso como arma.

Junto al tabún, los alemanes desarrollaron otros agentes nerviosos como el sarín, el somán o el cianuro de hidrógeno o zyklon b, que usaron para asesinar a millones de judíos.

Los nazis almacenaron hasta 44.000 toneladas de armas químicas. Sin embargo, ni con los aliados ya en Alemania, las usaron. ¿Por qué?

«La razón principal es que ni los mandos militares aliados ni el alto mando alemán estaban especialmente interesados en usar este tipo de armas por miedo a las represalias. Son difíciles de usar, algo impredecibles y podrían ralentizar el avance de las tropas si la tierra quedaba contaminada», sostiene Schmidt.

Eso no impidió que ensayaran durante la guerra. En EE UU, por ejemplo, Edgewood Arsenal pasó de disponer de un presupuesto de uno a dos millones de dólares y unas 1.000 personas en el periodo de entreguerras a 1.000 millones de dólares y 46.000 empleados en 1942. Solo el proyecto Manhattan para crear la bomba atómica recibió más recursos y personal.

Al acabar la guerra, Porton Down no rebajó su actividad; el inicio de la Guerra Fría les ofreció la ocasión de investigar hasta lo inimaginable. Fue también el periodo en el que la ética y las normas médicas se relajaron más y eso que, tras los juicios de Nuremberg, se aprobó el Código Nuremberg que prohibía los ensayos con humanos potencialmente dañinos que no tuvieran un fin terapéutico.

La gran mayoría de los voluntarios, unos 16.000 en las décadas de los 50 y 60, no sabían nada de Porton Down. Muchos creían que iban a participar en ensayos para encontrar la vacuna de la gripe y nadie les dijo lo contrario.

Eso pensaba Ronald Maddison, un mecánico de la RAF de 20 años destinado en Irlanda del Norte, cuando se apuntó a los experimentos. Le pagaban el viaje, vivía una experiencia nueva, se olvidaba unos días de la disciplina militar y, lo más importante, podría ver a su novia Mary Pyle, que vivía cerca de Porton.

Al llegar, a comienzos de mayo de 1953, un científico les explicó que participarían en un ensayo con sustancias químicas sobre la ropa. Del experimento en sí, solo les dijeron que podrían sentir «un ligero malestar» y que estarían «supervisados» en todo momento.

A las 10 de la mañana del seis de mayo, Maddison y otros cinco voluntarios entraron en la cámara de pruebas con máscaras de gas. No sabían que los iban a exponer a 200 miligramos de gas sarín puro. A los 20 minutos, Maddison empezó a decir que se encontraba mal, cayendo al suelo sudando y entre espasmos. Aunque le inyectaron atropina, el antídoto habitual contra agentes químicos, el mecánico iba a peor.

Lo llevaron al hospital que tenían en las instalaciones, pero Maddison murió a las 1:30 de la tarde. En una maniobra de ocultación en la que participaron las altas esferas del Ministerio de la Guerra, hicieron creer a la familia y amigos de Maddison que había muerto por una aguda pulmonía agravada por el experimento. Habría que esperar 50 años para que el caso se reabriese y enterrase la reputación ya cuestionada de Porton Down.

Entonces no se supo, pero hubo muchos otros experimentos que leídos hoy espeluznan. Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton entre 1946 y 1976, muchas de ellas en sus colonias, como en Nigeria, Bahamas o Malasia.

Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica. Dentro de la operación Cauldron, los militares liberaron Yersinia pestis en las cercanías de la isla Lewis, en el mar del Norte sin percatarse de que un pesquero, el Carella, con 18 pescadores a bordo, pasaba por esas aguas.

En vez de recogerlos y tratarlos con estreptomicina, un antibiótico, les dejaron seguir. Querían aprovechar el accidente para sus resultados. Eso sí, estuvieron atentos a la radio del Carella por si lanzaban alguna alerta de socorro.

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En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del Bacillus globigii; que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres

Pero uno de los ensayos más siniestros tuvo lugar el 26 de julio de 1963.

Dentro de un programa para establecer la vulnerabilidad de las infraestructuras en caso de ataque químico o bacteriológico, los científicos de Porton Down idearon liberar una bacteria en el metro de Londres.

Bajo la cobertura de una rutinaria toma de muestras, liberaron 30 gramos de esporas del Bacillus globigii.

Era lo que ellos llamaban un simulador, la sustancia era inocua, aunque hoy se sabe que, puede provocar septicemia.

La bacteria se extendió por varias estaciones, hasta 15 kilómetros por los conductos de la ventilación.

Los londinenses no supieron hasta hace unos años que habían experimentado con ellos.

Pero el final los años 60 también llegó a Porton Down.

La crisis de legitimidad del sistema, el pacifismo, el desengaño con la sociedad burguesa hicieron mella en el programa científico militar.

Muchos de los veteranos científicos de Porton dimitieron, otros lo dejaron enganchados al LSD. A las puertas de Porton Down se sucedieron manifestaciones pidiendo su desmantelamiento.

Desde entonces, aunque la actividad no se ha detenido, sí que se ha reducido. De los más de 6.000 voluntarios que participaron en sus pruebas en los 50, se pasó a apenas 2.000 desde 1979 y hasta 1989. Ya no se experimenta con humanos, pero sí con miles de animales.

En paralelo, se inició un movimiento entre centenares de veteranos de Porton exigiendo la verdad, reconocimiento y compensaciones por los efectos que les habían provocado los ensayos. Aunque un estudio de Oxford patrocinado por el Gobierno y publicado ya en este siglo encontró una mayor tasa de muerte entre los portonianos, la investigación no estudió el impacto mental o psicológico.

La presión de los portonianos llevó a la reapertura del caso del soldado Maddison. Tras la investigación judicial más larga del Reino Unido tras la de la muerte de Lady Di, el jurado consideró que había sido un homicidio provocado por «la aplicación de un agente nervioso en un experimento no terapéutico».

Aquel juicio, celebrado en 2004, llevó al profesor Schmidt a empezar Secret Science. Más importante, gracias a Maddison, en 2008, las autoridades británicas reconocieron el daño causado, se disculparon públicamente y compensaron económicamente a otros 359 de los casi 22.000 jóvenes soldados que pasaron por Porton Down.

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