Lee Miller: de top model a reportera de guerra…

Lee Miller, 1944.
Dormí muy bien en la cama que había pertenecido a Hitler. Incluso me quité el polvo del campo de concentración de Dachau en su bañera. (Lee Miller)
JotDown(E.J.Rodríguez) — Era estadounidense, aunque quizá deberíamos decir que fue una mujer del Renacimiento.
Y además fue una de las mujeres más guapas del siglo XX, pero decir eso es no como no decir nada. Vivió varias vidas en una.
Solamente ella sabría decir en cuál de esas vidas fue feliz, si es que lo fue en alguna.
A los siete años se escapó de casa para ver cómo funcionaba un tren.
A los ocho años sufrió una violación.
A los 17 vivió un improcedente romance de película en París.
A los 18 quería suicidarse.
A los 19 fue portada de Vogue. A los 20 era una de las modelos más cotizadas del mundo. A los 22 fue la primera mujer que apareció en un anuncio de compresas. A los 24 era la musa de Man Ray y Jean Cocteau y se codeaba con Pablo Picasso. A los 25 era una respetada fotógrafa de la vanguardia parisina. A los 26 era una de las más exitosas retratistas de Nueva York.
A los 27 se retiró y se fue a vivir a Egipto. A los 30 era una de las pocas mujeres que tomaba el sol en topless. A los 35 se convirtió en corresponsal oficial de guerra. A los 37 fotografió a las víctimas de los campos de exterminio nazis. A los 38 llegó con las tropas aliadas a Berlín y durmió en los antiguos aposentos de Adolf Hitler. A los 39 se convirtió en alcohólica. A los 40 fue madre. A los 46 se retiró por completo y para siempre de la fotografía, del periodismo y del arte. A los 70 años de edad, murió. Fue musa, testigo e influencia de toda una época.
Cuando piensas que provenía del mundo del arte, que había sido una de las hermosas modelos de los desnudos de Man Ray y que terminó metida en el horrible ámbito de la muerte y la destrucción, la transición fue extraordinaria. Pasó de ser idolatrada, amada y convertida en un icono de la belleza, a desdeñar la posibilidad de llevar una existencia creativa e indulgente para irse a vivir a una trinchera, ponerse un casco y alimentarse de comida enlatada, con el miedo a morir en cualquier momento… eso demuestra verdadera credibilidad y valor. Fue a los campos de exterminio. Si un tipo duro —como yo creía serlo— hubiese visitado semejante lugar, eso bien podría haber arruinado mi vida por completo. (Don McCullin, fotógrafo de guerra en Vietnam)
Prefiero tomar una foto que ser fotografiada. (Lee Miller)
Principios de 1927, Nueva York. En una atestada calle de Manhattan una chica camina tranquilamente por la acera. Tiene 19 años y es una adolescente completamente anónima como tantas otras de la gran ciudad. Pero algo la distingue: además es extraordinariamente bella. Alta, espigada, media melena rubia, ojos claros como el cielo, una nariz ancha y felina, un óvalo facial perfecto. Se diría una estrella de Hollywood. Pero no; como tantas otras veces en su vida, su aspecto engaña y no es lo que parece ser.
Un automóvil se detiene junto a ella; por la ventanilla se asoma un hombre de unos cincuenta y tantos años que la detiene para hacerle una pregunta: “¿te interesaría trabajar como modelo?”. Ella lo mira de frente y él entiende definitivamente que tiene entre manos un diamante en bruto. Ese hombre es Condé Nast, editor de Vanity Fair, New Yorker y fundador de la revista Vogue. Ella es Elizabeth Lee Miller, una jovencita de las afueras que está buscando la oportunidad de llevar una vida excitante. Durante los dos años que siguieron a ese encuentro fortuito en Manhattan, los estadounidenses verán a menudo el rostro de esa chica en revistas, en anuncios, en carteles. Está ahí, en principio, solamente gracias a su belleza. Pero no es por su belleza por lo que pasará a la historia.

El aspecto de Elizabeth es lo que el mundo ve de ella, pero en realidad ella es otra cosa.
Es una persona herida; el público no puede captarlo en sus retratos pero la penetrante mirada de Elizabeth Miller oculta dolor y un pasado traumático.
También es un talento creativo de primer orden y se convertirá en una de las pioneras de la vanguardia artística de la primera mitad del siglo.
Por si fuera poco, terminará cubriendo los horrores de la Segunda Guerra Mundial desde el mismísimo frente de combate.
Todo eso será en el futuro la chica a la que Vogue acaba de fichar en plena calle.
Hoy la recordamos, sobre todo, como fotógrafa.
El interés de Elizabeth por la fotografía nació precisamente durante su corta y exitosa etapa ejerciendo de modelo, pero no fue una vocación surgida de la casualidad.
De hecho, el arte, la técnica y la artesanía se confundían en su familia desde generaciones atrás y todos los Miller parecían tener algo que hacer, ya fuese como artesanos o como artista; la afición por tareas manuales y cuestiones tecnológicas estaba profundamente arraigada entre ellos.
Su abuelo, por ejemplo, se había convertido en una pequeña leyenda de la albañilería al colocar con sus propias manos nada menos que 7000 ladrillos diarios durante las obras de construcción del Antioch College, un centro educativo orientado a la enseñanza de las artes. Su tío era el editor de American Machinist, una importante revista especializada en mecánica.
Su propio padre, Theodore Miller, era un licenciado en ingeniería mecánica que había desempeñado trabajos de todo tipo en el sector industrial antes de montar su propio negocio y establecerse entre la burguesía de Poughkeepsie, una pequeña ciudad a las orillas del río Hudson, el mismo río que poco después desemboca en la monumental New York. Fue en Poughkeepsie, precisamente, donde nació nuestra protagonista.
Theodore Miller creía ciegamente en el sueño americano: un hombre puede conseguirlo todo mientras posea salud y dos manos con las que trabajar. También era un entusiasta del progreso tecnológico y científico, defensor de la razón por sobre la superstición y el dogma. Un liberal en el sentido estadounidense del término, porque su bandera era la libertad moral individual.
Cada uno debe hacerse cargo de sus actos y decidir por sí mismo si su conducta es admisible o no, más allá de lo que dicten los prejuicios sociales o religiosos. Así que, aunque se consideraba un hombre espiritual y de hecho solía tomar consejo personal de un pastor cristiano, educó a sus hijos sin intentar contagiarles dogmas preestablecidos. Por ejemplo, les explicaba que cuando uno analiza bien el asunto, el ateísmo resultaba más razonable que la creencia en Dios.
Y no era estrictamente antirreligioso aunque sí criticaba las grandes religiones organizadas, a las que veía como fábricas de fanáticos que aceptaban sin rechistar prejuicios absurdos y que casi invariablemente se oponían al avance en el conocimiento científico y el progreso de las costumbres. Para Theodore Miller la moral era el resultado de la responsabilidad individual para con los demás y no el resultado de un rígido sistema de valores aprendido de memoria en un libro sagrado.
“Podéis hacer lo que os apetezca” —les decía a sus hijos— “siempre que no hagáis daño a nadie con ello”. Ese discurso valía para sus dos hijos varones. También valía para Elizabeth Lee, su hija mediana, la única niña de la familia, su favorita.
La naturalidad, pues, constituía parte intrínseca de la crianza en la casa de los Miller. La pequeña Elizabeth podía ser ella misma aunque no se ajustase a los estereotipos de lo que se esperaba en una niña de familia burguesa. O dicho de otro modo: no le gustaban las muñecas. A ella le gustaba lo mismo que a sus dos hermanos varones, porque los tres pequeños Miller se divertían con los trabajos manuales e imitaban los hobbies de su padre, quien además de ingeniero de profesión se consideraba inventor y pasaba el día construyendo artilugios nuevos.
Los tres hermanos disfrutaban enormemente del entorno campestre de la casa familiar, de los animales, de las casitas en los árboles que Theodore construía con pericia. Desde muy pequeña Elizabeth aprendió que su sexo no tenía por qué limitar sus gustos o sus aficiones. Es más, no cupo en sí de regocijo el día en que su padre le cortó el largo cabello dejándoselo como el de un niño. Para disgusto, eso sí, de su madre.

Porque Florence Miller quería ver a la pequeña Elizabeth convertida en una princesita de manual (de hecho, la buena mujer había peinado a su primogénito John con bucles más propios de una fémina hasta el momento en que el chiquillo acumuló vocabulario suficiente como para decir “¡basta!”). Pero no hubo caso. A su hija le gustaban los artilugios técnicos, los aparatos, las tareas manuales y los toscos juegos de varones.
Gracias a la amplitud de miras de su padre —hablamos de principios del siglo XX, cuando la palabra “feminismo” ni siquiera se empleaba en los Estados Unidos— Elizabeth no se vio obligada a ejercer como figurita de porcelana, como le sucedía a tantas hijas de otros burgueses de la zona. Como ella misma diría mucho más tarde con su ironía característica:
No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar.
Una de las cosas que más le gustaban era el tren de juguete de su hermano mayor. Desarrolló una pasional fijación por los trenes; podía pasarse horas mirando cómo el pequeño convoy iba y venía por las diminutas vías. Es más: el día en que supo que toda la familia iba a realizar un viaje en un tren de verdad, entró en un estado tal de excitación que desapareció repentinamente de casa sin decir una palabra.
¿A dónde había ido? Completamente desesperados, sus padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron hallar ni rastro. Como suele suceder en estos casos, los adultos no buscaron en el lugar más obvio: resultó que, consumida por la curiosidad, Elizabeth se fue caminando sola hasta la estación para poder inspeccionar una auténtica locomotora de cerca. Abordó al conductor y comenzó a hacerle toda clase de preguntas sobre el funcionamiento del tren.
El empleado del ferrocarril le mostró la cabina de mando para gran regocijo de la niña, pero finalmente comprendió que no estaba acompañada y la devolvió a casa con gran alivio del matrimonio Miller. Así era Elizabeth, una niña inquieta que rompía los estereotipos de la princesita burguesa que parecía ser pero que en realidad no era. Tenía solamente unos siete años pero ya daba buenas muestras de la curiosidad y el afán de aventuras que albergaba en su indomable espíritu, ese que en la edad adulta la llevaría a jugarse la vida en la guerra.
Florence, su madre, era una mujer tradicional y a duras penas entendía las “masculinas” aficiones de su pequeña. Al contrario que su marido, estaba escasamente cultivada, apenas tenía una formación básica y no veía mucho más allá de las convenciones sociales establecidas. Así que cuando contemplaba a Elizabeth disfrutando con actividades de niños se le antojaba que su pequeña podría terminar convirtiéndose en un “chicazo”.
No había conseguido convertir a la niña en una muñequita. Aunque la verdad es que había muchas cosas en aquella casa que Florence no conseguía; tampoco podía impedir que la flexible ideología vital de su marido se tradujese en frecuentes relaciones extramatrimoniales con otras mujeres. Estaba resignada a convivir con la generosa (para sí mismo) liberalidad de Theodore, quien imponía en la familia su personalidad, su manera de ver las cosas y su concepto del mundo. Y además los niños lo adoraban. Así pues, la pequeña Elizabeth —que se sentía mucho más identificada con su padre que con su madre— difícilmente podía aspirar a crecer para convertirse en una esposa modelo.
A sus siete años era una niña poco convencional, pero también era muy alegre. Theodore, gran aficionado a la fotografía, documentó extensamente sus primeros años y las imágenes nos muestran que Elizabeth Lee Miller era feliz. Aunque su felicidad iba a durar poco; se vislumbraban negros nubarrones en el horizonte.

Lee Miller en 1947.
Thedore, por motivos de trabajo, viajaba con frecuencia a Suecia. Allí establecía relaciones comerciales y personales con hombres de negocios locales, así que aquellos amigos suecos le devolvían la visita y aparecían ocasionalmente por la residencia de los Miller.
Una de aquellas visitantes, Astrid Kajert, era la esposa de un empleado de la compañía que acababa de llegar desde Europa para establecerse en Brooklyn. Dado que Poughkeepsie estaba cerca de Nueva York, el matrimonio Kajert se alojó durante unos días en la casa de campo de los Miller y ambas parejas cultivaron una buena amistad. Astrid se encariñó rápidamente con la pizpireta niña de la familia: la sueca no tenía hijos, pero el aspecto nórdico de Elizabeth le recordaba mucho al aspecto que podría haber tenido una hija propia.
Pronto hizo buenas migas con la pequeña y el cariño fue mutuo, porque a Elizabeth le encantaba pasar tiempo con Astrid hasta el punto en que sus padres dieron permiso para que estuviera unos días con su nueva amiga en el apartamento que los Kajert ocupaban en Nueva York. Una vez en la gran ciudad, Elizabeth se lo pasó en grande con todos los excitantes descubrimientos que atesoraba la enorme metrópolis. Para una niña curiosa y aventurera como ella la ciudad de los rascacielos constituía un enorme parque de atracciones, un estímulo constante. Le gustó especialmente, como era de esperar, el tren subterráneo.
El descubrimiento del “metro” la dejó absolutamente fascinada. No podía ser una niña más feliz.
Sin embargo, bastan unos siniestros minutos de indefensión para arrebatarle aquella felicidad y abrir unas dolorosas heridas que durarían toda una vida. Un mal día en el que Astrid tenía que salir a comprar y su marido también estaba ausente, la sueca dejó a Elizabeth en el apartamento, al cuidado de un amigo de la familia. Sin sospechar nada, completamente confiada, la mujer se fue de compras. Y entonces sucedió.
El supuesto cuidador violó a Elizabeth en ausencia de la dueña de la casa. Solamente tenía ocho años y acababa de sufrir una terrible agresión sexual. Un suceso que iba a dejarla marcada para siempre, ya que desde entonces habría una sombra permanente en su interior. No sabemos mucho más sobre el incidente —ella apenas quiso mencionarlo durante el resto de su vida— pero sí nos consta que el asunto se descubrió enseguida y Elizabeth fue devuelta a toda prisa con su familia.
Los Miller apenas supieron cómo encajar el golpe. Se apresuraron a buscar el consejo de los médicos porque resultaba evidente que semejante trauma podía tener efectos demoledores en su pequeña. De hecho, para la desdichada Elizabeth los horrores no terminaron con el acto de la violación en sí, ni mucho menos, porque empezó a desarrollar extraños síntomas hasta que finalmente supieron que, para colmo, su agresor le había contagiado la gonorrea.
A partir de ese momento y durante varios años su madre tuvo que aplicarle curas periódicas en la intimidad del cuarto de baño. John, su hermano mayor, recordaba más adelante cómo durante aquellas curas podía escuchar llorar a Elizabeth desde el otro lado de la puerta. El dolor, la vergüenza y el miedo se convirtieron en las notas dominantes de su nueva y desdichada vida.

Aquella violación, de acuerdo con el testimonio posterior de sus hermanos, cambió a Elizabeth por completo.
Se tornó taciturna y propensa a manifestar cambios de humor incontrolables.
Ella misma no podía entender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, pero sabía que estaba sufriendo.
Se sentía sucia; estaba físicamente contaminada y el tratamiento íntimo al que tenía que someterse era para ella una prueba palpable de esa contaminación.
Su propia madre tenía que limpiarla continuamente, así que había algo en ella que no estaba bien.
La pobre niña no comprendía que no era culpable de nada y que no había ninguna suciedad en ella.
Sus padres tuvieron que ponerla en tratamiento psiquiátrico y los médicos les advirtieron de que el trauma podría prolongarse de por vida.
Elizabeth probablemente llegaría a rechazar su propio cuerpo a no ser que consiguieran enseñarle a sentirse de nuevo confortable en su propia piel.
Los doctores insistían en que dado que la niña había descubierto el contacto sexual de manera prematura y violenta, debía transmitírsele la idea de que el sexo y el amor eran cosas muy diferentes.
En el futuro podría terminar careciendo de una vida sexual y emocional normal a no ser que desvinculase la relación física de la relación emocional. Solo mediante aquella disociación podía Elizabeth Miller aspirar a tener una vida sentimental normal.
Había que reconquistar su cuerpo, hacia el que ahora ella misma sentía un intenso repudio, y los Miller usaron técnicas que hoy día podrían parecernos muy chocantes. Utilizaron la fotografía como terapia: Elizabeth empezó a posar sin ropa para su padre. Tal y como el psiquiatra les había dicho, Theodore era ahora el único hombre en quien la pequeña podía confiar, ya que en su mente los demás varones adultos podían representar la amenaza de sufrir otra agresión sexual.
Los Miller pensaron que si conseguían que se sintiera cómoda mostrándose completamente desnuda ante su padre —su principal referente masculino— sin sentirse amenazada, darían un gran paso adelante. Hasta entonces el único hombre que había roto la sagrada barrera de la intimidad de su cuerpo había sido aquel violador. La aquiescencia de Florence, que estaba siempre presente en aquellas sesiones de fotos, ayudaba a quitarle hierro al asunto y a que la niña se sintiera más arropada. La fotografía, pues, tuvo un papel central en la vida de Elizabeth Lee Miller desde muy tierna edad.
Existe una fotografía verdaderamente conmovedora donde la pequeña Elizabeth posa en la nieve sin más ropaje que unas botas de piel, intentando protegerse del frío con los brazos. Es la viva imagen de la indefensión.
Como decíamos, los terapeutas ya habían anticipado que el carácter de la niña iba a cambiar y que su tránsito hacia la adolescencia podría terminar siendo bastante tormentoso. Y acertaron. A causa de la rabia acumulada en su interior, Elizabeth comenzó a tener ataques de ira en los que destrozaba su habitación. Por momentos se volvía incontrolable y sus vaivenes emocionales desconcertaban a sus padres, no digamos ya a sus dos pobres hermanos.
Los Miller intentaron contrarrestar aquellos cambios de humor buscándole a Elizabeth amiguitas de su edad y constantemente invitaban a compañeras del colegio a casa para que su hija se sumergiera en un ambiente de preadolescencia normal. Había que evitarle la tentación de encerrarse en sí misma y de recurrir a la soledad como refugio. Y funcionó, porque Elizabeth empezó a socializar con éxito con las otras niñas.
Es más, algún efecto debió de tener aquello también sobre el aprecio a su propia feminidad, ya que finalmente sus gustos y actividades se volvieron más relacionados con los de una jovencita burguesa de su época. Aunque nunca abandonó su gusto por las actividades campestres, por los animales y por los cachivaches varios de su padre, también empezó a preocuparse por asuntos típicos de las chicas de su condición social.
Acudía con ganas a cursillos de cocina, de piano o de danza, actividad que le gustaba especialmente porque le permitía expresarse libremente con su cuerpo. Salvar su feminidad formaba parte del proceso de curación y daba la impresión de que Elizabeth empezaba a seguir una evolución positiva. Eso sí, por mucho que mejorase de puertas hacia fuera, sus heridas no habían desaparecido ni iban a desaparecer por completo jamás. Pero al menos la estaban rescatando del odio a su condición de premujer.
Hubo otros acontecimientos positivos que la ayudarían a salir adelante. Cuando tenía diez años, su madre la llevó al teatro para contemplar la gira de despedida de la legendaria actriz Sarah Bernhardt. Aquella experiencia transfiguró a Elizabeth, que desarrolló una efervescente pasión por las artes escénicas. Empezó a soñar con dedicarse a alguna tarea creativa relacionada con el teatro.

La reportera Miller en el baño de Hitler
Lo cierto es que la escuela no le interesaba demasiado; era una alumna distraída, incapaz de someterse a la disciplina de un aula. Prefería entretenerse en casa con los aparatos ópticos y fotográficos de Theodore o con los juegos de química de sus hermanos, realizando atrevidos experimentos que, por cierto, solían terminar en el más completo caos. En lugar de hacer los deberes prefería escribir historias que imitaban aquellas obras de teatro que tanto le impresionaban, como las de G. B. Shaw.
Precisamente la literatura era una de las pocas asignaturas en las que obtenía buenas notas y la afición por la narrativa fue algo que le serviría muchos años más adelante cuando se convirtiese en corresponsal de guerra. Durante sus años escolares quedó también patente su incipiente talento para las artes visuales. Pero más allá de estos intereses concretos le resultaba muy difícil adaptarse a los encorsetados límites de las escuelas católicas femeninas adonde sus padres la llevaban. Sus problemas de escolarización persistían.
Era una niña inteligente, pero no siempre resultaba fácil someterla al dictado de las necesidades académicas y únicamente aplicaba esfuerzo en aquellas materias que despertaban su interés o curiosidad, despreciando abiertamente el resto.
Aunque los años de adolescencia la hubiesen “feminizado” de manera más adecuada a los estándares del momento, aunque diese clases de piano y danza, seguía sin aspirar a convertirse en una princesita. Y eso que la lotería de los genes quiso que empezase a desarrollar una belleza excepcional. Se transformó en una jovencita de proporciones clásicas cuyo rostro recordaba a las de estrellas de cine de la época.
Los chicos de su edad, inevitablemente, comenzaron a adorarla y la consideraban intocable. Continuamente la comparaban con starletts de la pantalla y discutían si la hija de los Miller era más guapa que tal o cual actriz de moda, completamente rendidos ante ella. Porque en aquellas comparaciones, hay que decir, Elizabeth salía ganando frecuentemente y no sin motivo. Sin embargo, como de costumbre, su deslumbrante envoltorio confundía a los más incautos.
Poco podían sospechar sus admiradores la carga de oscuridad que la bella Elizabeth albergaba todavía dentro de sí; quizá motivo por el que ella no se interesaba por los chicos de su generación, que no podían ofrecerle el refugio paternal que buscaba. Además se empezaba a asfixiar en el ambiente reducido de su ciudad. Quizá eran las ansias de escapar de su oscuridad interior las que la llevaron a anhelar una vida bohemia, alejada de la disciplina de las escuelas y —a poder ser— relacionada con los escenarios.
Su creciente interés por el arte parecía estar convirtiéndose en el faro que guiaba su existencia: teatro, danza, escritura. Aunque curiosamente, y pese a la afición de su padre por las cámaras, todavía no había considerado la idea de convertirse en fotógrafa.
Los Miller fueron de vacaciones a París cuando Elizabeth tenía 17 años. Aquel viaje era todo lo que necesitaba para comprender que quería experimentar emociones nuevas más allá del provincianismo burgués de Poughkeepsie. La capital francesa la impactó como ni siquiera había podido impactarla Nueva York, ciudad con la que evidentemente estaba mucho más familiarizada.

Lee Miller fotografiada en 1928 por Edward Steichen, con un vestido de Lucien Lelong
En París descubrió un universo completamente nuevo, a lo cual contribuyó mucho una curiosa casualidad: los Miller, sin saberlo, habían reservado habitación en un hotel que era utilizado por varias prostitutas elegantes de la ciudad. Durante varios días les pasó desapercibido aquel hecho, mientras Elizabeth —que con su agudeza característica, sí se había percatado— se pasaba largos ratos asomada a la ventana, contemplando con curiosidad y divertido regocijo el trasiego de mujeres de mala reputación que entraban y salían del hotel acompañadas de sus clientes o de sus amantes.
Aquel era el París bohemio y pecaminoso del imaginario popular, el París de las novelas y de las obras de teatro, el París que cualquier estadounidense hubiese concebido en sus fantasías oníricas. Se trataba sin duda de un espectáculo fascinante para una chica de suburbio como lo era ella, el escaparate a un universo muy alejado de aquel convencionalismo burgués al que sus profesores, su madre e incluso su padre llevaban años intentando someterla. Ni siquiera su liberal progenitor podía competir con la desahogada liberalidad de los parisinos. Elizabeth sintió que su sitio estaba allí.
París era además el epicentro de la vanguardia artística mundial. Los Miller visitaron museos y exposiciones, y aquello dejó profundamente marcada a Elizabeth. El contacto con la vanguardia terminó de ayudarla a decidir su futuro: quería ser una artista, no un ejemplar de “mujercita bien” del arrabal neoyorquino. Durante aquel viaje a París conoció una importante escuela de diseño teatral dirigida por el pintor y escenógrafo húngaro Ladislas Medgyes.
Sabiendo la pasión que su hija sentía por el teatro, Theodore y Constance accedieron a matricularla por un año, pensando que sería mejor que hiciera algo de provecho en París —aunque fuese algo tan inusual como estudiar escenografía— que tenerla perdiendo el tiempo en un colegio americano.
Ella parecía ansiosa por empezar a levantar el vuelo por sí misma, algo que naturalmente encajaba como un guante con el mensaje do it yourself que Theodore Miller había inculcado a sus hijos. Elizabeth demostraba iniciativa, así que no iba a ser él quien le cortase las alas. Estaba decidido, ella se quedaría en París mientras sus padres regresaban a Estados Unidos.
Elizabeth, por descontado, no cabía en sí de gozo. Aquello era todo lo que había soñado. Las emociones de la capital francesa servían para apaciguar sus demonios internos y además alimentaban su innato instinto para la aventura y la búsqueda de sensaciones nuevas. Pero al cabo de los meses su estancia en la escuela dio un giro inesperado. El director, el famoso Medgyes, era un consumado seductor y naturalmente no pudo evitar fijarse en su joven y bella alumna.
No le resultó demasiado difícil deslumbrarla y al parecer ambos se embarcaron en un inapropiado idilio. Que no iba a durar, quizá porque los rumores cruzaron el charco y llegaron hasta los padres de Elizabeth, quienes la retiraron inmediatamente de la escuela, obligándola a volver a Estados Unidos. Una cosa es que su hija descubriese una sexualidad sana y normal, y otra muy distinta que se liase con un profesor mucho mayor que ella. Así que la aventura parisina había terminado… de momento.
Para entonces, sin embargo, Elizabeth ya había disfrutado de los placeres de París, incluidos el romance y un sexo sin traumas. Si su madre aún albergaba alguna esperanza de transformarla en una señorita como Dios manda —aunque probablemente ya había desistido a aquellas alturas— podía ir olvidando el asunto. La vena artística y bohemia de Elizabeth había despertado definitivamente y tras su retorno a Nueva York seguía decidida a convertirse en artista, de la manera en que fuese posible, aunque todavía no sabía exactamente cómo.

Uno de los desnudos de Lee Miller, ya en los años treinta.
Desde luego necesitaba nuevas emociones, porque en cuanto su vida bajaba de intensidad volvía a caer presa de las viejas angustias.
Según sus propios recuerdos, durante aquella época albergó incluso pensamientos de suicidio.
Pero fue entonces cuando Vogue apareció en su vida, iniciando una meteórica trayectoria que la convirtió en una de las primeras top models de la historia pero que también terminaría llevándola a cubrir desde primerísima línea los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Ya todo el mundo sabía que Elizabeth era guapa, pero iban a descubrir que también poseía un tremendo talento artístico y literario, además de un valor que era —literalmente— a prueba de bombas.
En la segunda parte contaremos cómo pasó de la portada de Vogue a dormir en la cama de Hitler tras haber contemplado con sus propios ojos, entre otros muchos espantos, el infierno de los campos de exterminio nazis.
Tras unos meses de libertad en París y muy a su pesar, Elizabeth Miller tuvo que regresar a Estados Unidos cuando —según parece— sus padres se enteraron de que estaba manteniendo un idilio con el director de la escuela de escenografía.
Así, parecía desvanecerse su sueño de llevar una vida bohemia. Sin embargo los Miller podían apartar a Elizabeth de París pero no podían apartar al mundo de la belleza de Elizabeth.
A los 19 años su hija seguía llamando la atención por donde quiera que pasara y visitando tanto Nueva York, muy cercana a su hogar familiar, era solamente cuestión de tiempo que algún cazatalentos terminase fijándose en ella.
Después de que el editor de Vogue la descubriera en plena calle para hacerla debutar como modelo, no pasó demasiado tiempo hasta que apareció en la cubierta de la revista (aunque retratada en dibujo, ya que por entonces no se estilaba la fotografía de portada) y convertirse en uno de los rostros más cotizados de Nueva York, posando para algunos de los mejores fotógrafos de moda del planeta.
Era la gran estrella de Vogue. Su carrera como modelo fue breve pero extraordinariamente exitosa. De repente se convirtió en una starlett del mundillo y sus bellísimo rostro aparecía en todas partes: portadas, carteles, anuncios. Vogue la transformó en un icono estético; sus rasgos eran el canon de perfección de los años 20 y recordaban también a los cánones del arte clásico o renacentista.
No obstante, aquella carrera de modelo no estada destinada a durar y de hecho empezó a tambalearse a causa de un escándalo que hoy puede parecernos un tanto inexplicable, por no decir ridículo, pero que en su tiempo fue bastante sonado. Vogue cedió una fotografía de Elizabeth a la empresa Kotex para ilustrar la campaña publicitaria de unas compresas íntimas femeninas. De este modo, Elizabeth Miller fue la primera mujer que aparecía en un anuncio de compresas.
Dado que la revista era propietaria de los derechos de la foto y no necesitaba el permiso de la modelo para cederla, cuando se lanzó la campaña y salió publicado el anuncio con su imagen Elizabeth se quedó atónita, mortificada por verse convertida en el epicentro de la polémica. La prensa nunca había tratado tan abiertamente el tabú de la higiene femenina o la menstruación, y muchos estadounidenses de los sectores más conservadores protestaron por aquella campaña.
Sin embargo, el disgusto inicial de Elizabeth pronto se transformó en orgullo porque, como muchas mujeres jóvenes de su generación, aspiraba a un mundo en el que su sexo gozase de más libertades, donde se pudiesen tratar los asuntos de la intimidad femenina con mayor naturalidad. Finalmente, pese al enorme revuelo que se había organizado, terminó sintiéndose satisfecha por el papel que había cumplido en la causa feminista apareciendo en aquella campaña publicitaria.
De todos modos, el que aquel escándalo afectase a su carrera como modelo le importaba ya bien poco. En las sesiones que hizo para Vogue había descubierto su nueva vocación: la fotografía. Durante los tres años en los que estuvo posando para algunos de los más reputados profesionales de la cámara se había familiarizado con las técnicas fundamentales de la fotografía y su impulso artístico, siempre alerta, la llevó pronto a imaginarse en el otro lado del objetivo. Comenzó a interesarse por los secretos del oficio, ametrallando con preguntas a los mismos individuos para los que posaba.
Quienes la retrataban se sentían sumamente sorprendidos por la voraz curiosidad de aquella modelo que no se limitaba a dejarse fotografiar, cobrar su dinero e irse, sino que quería conocer hasta el último secreto del procedimiento técnico utilizado. Para colmo, podían comprobar que estaba muy familiarizada con la vanguardia artística del momento y que, aun siendo una diletante en la materia, conocía bien el trabajo de algunos fotógrafos de vanguardia.
Por estos motivos Elizabeth no se preocupó excesivamente cuando su estatus como modelo empezó a peligrar a causa del escándalo de las compresas Kotex. Estaba ya decidida a regresar a Francia para ser fotógrafa. Su plan era el de convertirse en aprendiz del estadounidense Man Ray, un fotógrafo modernista residente en París cuyo trabajo ella admiraba enormemente. Definitivamente intoxicada por el ímpetu creativo, cortó en seco con su exitosa etapa como top model y abandonó Nueva York con rumbo a Europa.

Fotografiada a su regreso a Nueva York, a bordo del S. S. Ile de France en 1932
Por entonces tenía 22 años e independencia económica, así que sus padres tenían ya poco que opinar al respecto.
De vuelta en París no le costó salirse con la suya. Aunque Man Ray era conocido por negarse una y otra vez a aceptar ayudantes o aprendices, a fin de cuentas era un hombre… y en cuanto una Elizabeth Miller de 22 años se plantó ante él diciendo “a partir de hoy seré tu alumna”, no supo decir que no.
Así, ella se convirtió no solamente en su alumna, sino también en su amante y su musa.
Fue por entonces cuando decidió empezar a usar su segundo nombre —“Lee”— para presentarse en el mundillo artístico, en lugar de seguir haciéndose llamar Elizabeth.
Lee Miller sonaba a nombre masculino y era precisamente esa ambigüedad lo que le gustaba de su nueva identidad.
También creía que con ese nombre le resultaría más fácil abrirse camino en un mundo donde las mujeres tenían que sortear muchos más obstáculos que los varones.
Lee avanzó velozmente en su aprendizaje y reunió bagaje técnico suficiente como para convertirse en una auténtica fotógrafa profesional con personalidad propia, aunque cabe decir que su papel como ayudante de Man Ray no obtuvo el suficiente crédito en su momento.
Cierto es que Man Ray la fotografiaba constantemente y nos ha dejado algunos de los más espléndidos retratos de la joven Lee Miller —incluyendo unos cuantos desnudos bastante atrevidos para su época— por los que convirtió en una musa de la vanguardia parisina. Pero en realidad su contribución al trabajo de Man Ray iba mucho más allá de posar para él y del papel de modelo que muchos le seguían atribuyendo.
Era bastante más que una simple modelo. Por ejemplo, tomó unas cuantas fotos que Man Ray firmó como suyas. También se le atribuyó a Man Ray la invención de una importantísima novedad técnica —la solarización— que en realidad fue descubierta por Lee. Pero a ella no le importó trabajar en la sombra, por lo menos al principio, mientras sentía que estaba progresando en su aprendizaje.
Además, a través de Man Ray empezaba a codearse con la plana mayor del mundillo artístico del momento: Max Ernst, Salvador Dalí, André Masson, Joan Miró, y muy especialmente Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quien terminaría cultivando una muy buena amistad (es más, ¡Picasso pintó varios retratos de Lee!).
Eso sí, sus deseos de aparecer ante la cámara parecieron renovarse, incluso llegó a ejercer como actriz de cine. Su paso por el séptimo arte fue fugaz pero reforzó su papel como musa oficial de aquella generación de artistas.
Jean Cocteau estaba preparando una película y buscaba una actriz de ciertas características físicas poco comunes —debía encarnar a una estatua griega que cobra vida—, cuando al entrar en un restaurante frecuentado por la intelectualidad parisina vio a Lee sentada junto a Man Ray.
Quedó inmediatamente prendado de Lee; aquella era la chica que él necesitaba para su film. Fingiendo un tono casual, Cocteau le contó a Man Ray sobre su nuevo largometraje y preguntó “¿no conocerás a nadie que quiera hacer una prueba de cámara?”, refiriéndose inadvertidamente a Lee.
Ella no dijo nada en ese momento, porque sabía que a Man Ray no le haría demasiada gracia verla trabajando para Cocteau, pero eso, como de costumbre, no la detuvo. Tras pensarlo un tiempo se dirigió al cineasta y fue ella misma quien se ofreció para participar en su proyecto. Encantado, Cocteau le cedió un papel en la película La sangre de un poeta. Aquello colmaba la vieja afición de Lee por las artes escénicas.
Además, gracias a aquella colaboración cinematográfica hoy podemos contemplar a la joven Lee Miller de su etapa parisina en movimiento. Lo cual, desde luego, es de agradecer.

En 1944, fotografiada por su amigo David E. Scherman durante la liberación de Rennes.
Bien pudo haberse ganado la vida en el cine tras aquella experiencia, pero la fotografía ya se había convertido en su primera y principal pasión. Después de tres años junto a Man Ray se atrevió a abrir un estudio fotográfico en París, bajo su propio nombre, para tratar de establecerse como una artista reconocida entre los grandes creadores de la vanguardia local. Aquello coincidió con el final del romance con su compatriota.
Lee tenía solamente 25 años pero ya había aprendido los secretos del oficio y estaba consiguiendo desarrollar un lenguaje propio que era muy apreciado por sus pares. Sin embargo, tras romper su relación con Man Ray pareció cansarse de París, le entró la morriña de su tierra y decidió regresar a Estados Unidos. Tras establecerse en el centro de Nueva York abrió otro estudio fotográfico y pronto atrajo una selecta clientela que apreciaba mucho sus exquisitos retratos, además de acudir a ella atraídos por aquella reputación que le confería haberse movido entre la flor y nata del mundillo artístico mundial.
Posaron para ella personajes de todo tipo, incluyendo unas cuantas celebridades, y aunque el retrato no era exactamente el tipo de fotografía al que ella espiraba, sí le permitía vivir cómodamente. El éxito le sonreía de nuevo y ahora volvía a ser una estrella, solo que al otro lado de las cámaras. Su vertiginosa evolución cortaba el hipo; curtida en el París de las revoluciones artísticas y con apenas 26 años de edad, en poco más de un lustro había pasado de ser una de las modelos más cotizadas del planeta a erigirse como una fotógrafa de prestigio internacional.
En aquellos tiempos en los que mucha gente pensaba que lo mejor que podía hacer una chica guapa era sacarle partido a su belleza, Lee Miller había optado por terminar valiéndose únicamente de su talento. A una edad insultantemente joven estaba encaramándose a la cima de una profesión que apenas llevaba cuatro años ejerciendo. Sus padres podían sentirse bien orgullosos.
Precisamente por todo esto resultó tan chocante el que apenas un par de años después de haberse abierto un hueco entre los retratistas neoyorquinos preferidos de los famosos, cerrase repentinamente su estudio —que marchaba viento en popa— y abandonase su brillante carrera como retratista para casarse con un hombre de negocios egipcio, Aziz Eloui Bey. La maniobra desconcertó por completo a su círculo, porque Lee ya había conseguido lo más difícil —esto es, transformarse en una artista autónoma siendo mujer y teniendo un pasado como modelo— y había cumplido sus sueños de adolescencia.
Sin embargo ahora abandonaba la profesión y se marchaba a vivir a El Cairo, aparentemente convertida en la guapa mujercita-florero de un ricachón egipcio. Quizá estaba buscando una figura paternal en la que refugiarse de sus inseguridades interiores o quizá sencillamente le apetecía casarse y le atraía la idea de vivir en un país tan exótico. Sea como fuere, Lee Miller terminó haciendo lo que quería, como casi siempre, por mucho que nadie la pudiese entender.
Sin embargo, su nueva relación pronto la decepcionó. Egipto no era un lugar en el que ella pudiera ser feliz. Aunque gozaba de las mismas libertades que una mujer estadounidense de su tiempo gracias a que su nuevo marido tenía una mentalidad bastante moderna y occidentalizada, el modo de vida de los egipcios le desagradaba considerablemente. No le gustaba el modo en que las mujeres eran sometidas y obligadas a llevar una existencia en la sombra.
Aunque ella pudiese viajar por el país y visitar naciones limítrofes con total autonomía, muchas egipcias apenas eran más que una posesión de sus maridos, lo cual hería la sensibilidad occidental y progresista de la estadounidense. Tampoco soportaba la crudeza del clima local, aunque no tuvo inconveniente en adentrarse en el desierto del Sahara, impulsada por su inextinguible afán de aventuras. Sin embargo, una vez consumidos los encantos del paisaje apenas quedaba nada en Egipto que la estimulase.

Después de haber vivido el esplendor de la modernidad y la intelectualidad en Nueva York y París,
El Cairo le aburría soberanamente.
¿Qué pintaba una artista tan inquieta como ella ejerciendo el discreto papel de esposa con la pata quebrada en un país al que no parecía capaz de adaptarse?
Evidentemente, por más que el enamoramiento o la necesidad emocional la hubiesen arrastrado hacia allí, la artista que había en su interior no había desaparecido y sus horas en Egipto estaban contadas.
Curiosamente, pese a haberse retirado oficialmente de la profesión y estar alejada del mundillo artístico, fue en Egipto donde realizó algunas de sus más famosas fotografías.
Aprovechaba las peculiaridades del paisaje local para, utilizando las formas concretas de la realidad circundante, componer esquemas abstractos que aunque basados en la realidad, paradójicamente llegaban a parecer irreales.
Como por ejemplo las fotografías que tomó desde lo alto de la gran pirámide, en las que podíamos ver proyectada la sombra del monumento sobre un paisaje que quedabarepentinamente convertido en una inesperada composición cubista.
O muy especialmente la celebérrima Retrato del espacio, aquella fotografía del desierto visto desde el interior de una tienda de campaña, imagen que parecía estar planificada según los patrones de la vanguardia surrealista pictórica y que tenía tanta fuerza que llegó a inspirar un cuadro de René Magritte.
Aquella fotografía despertó numerosos comentarios de admiración una vez fue expuesta (sus fotografías, todo sea dicho, muy raramente aparecían en exposiciones). Incluso convertida en una mujer de su casa sin oficio ni beneficio, Lee Miller seguía siendo capaz de dejar su huella en las principales corrientes artísticas del momento. Quienes la conocían no dejaban de preguntarse por qué desperdiciaba su talento vegetando en África.
Pero como decíamos su sitio no estaba en El Cairo y al cabo de tres años ya estaba harta. Durante un breve viaje a París conoció al pintor inglés Roland Penrose y volvió a enamorarse. Abandonó a su marido y se marchó definitivamente de Egipto. Pasó por Francia, donde Pablo Picasso hizo varios retratos de ella al mismo tiempo que elaboraba su grandioso Guernica.
Después de inspirar varios cuadros de uno de los pintores más importantes de la historia, se marchó al Reino Unido para vivir junto a su nueva pareja. Volvió al trabajo cuando la edición británica de Vogue se interesó por sus servicios, aunque ahora ya no era la modelo de portada sino una de sus más importantes fotógrafas.
Tras un periodo de relativa calma personal en Inglaterra sucedió algo que encauzaría su destino y la dejaría marcada para siempre: estalló la Segunda Guerra Mundial y el Reino Unido se vio metido de lleno en el enfrentamiento contra la Alemania nazi. El director de Vogue le encargó diversos reportajes centrados en la contribución femenina al esfuerzo de guerra británico y Lee comenzó a elaborar artículos en los que no solamente ejercía como fotógrafa sino donde también escribía el texto.
Como fotógrafa ya era muy admirada, pero también como redactora obtuvo reconocimiento a causa de la viveza y detallismo de sus narraciones. Su aguda mirada iba más allá de lo meramente visual y el estilo sumamente personal de aquellos reportajes le ganó el respeto de muchos periodistas. Había descubierto una nueva vocación, hasta el punto de que cuando comenzaron los bombardeos alemanes sobre Londres y las cosas se estaban poniendo feas en Inglaterra, su familia estadounidense le suplicó una y otra vez que regresara a América para evitar el peligro… pero ella se negó.
Se sentía completamente absorbida por su nuevo trabajo periodístico, en el que además estaba rompiendo moldes. Sus fotografías de guerra, especialmente, plasmaban no solamente los efectos de los bombardeos desde una perspectiva documental sino que demostraban que seguía arreglándoselas para encontrar encuadres pintorescos y enfoques inusuales en los rincones más insospechados. Su objetivo no siempre se centraba en lo truculento, aunque lógicamente no faltase material de ese tipo después de los bombardeos.
Muchas veces prefería evitar mostrar imágenes demasiado crudas y buscaba elementos simbólicos o con dobles interpretaciones: la interpretación periodística por un lado y la interpretación puramente estética por otro. Su habilidad a la hora de combinar ambos aspectos la convirtieron en una de las grandes fotógrafas de guerra en aquella Inglaterra sobre la que llovían las bombas.

Lee Miller hablando con varios soldados durante la liberación de Rennes, en agosto de 1944
Por ejemplo, una de sus fotografías más célebres de esa época, La capilla inconformista, mostraba una iglesia en la que un montón de escombros emergía de la entrada casi a modo de vómito; era una imagen que mostraba la realidad sin retoques, pero el modo de aproximarse a esa realidad hizo que muchos la considerasen una imagen surrealista más que una simple estampa de reportera.
No menos surrealistas eran sus retratos de personas con máscaras antigás, o la —hoy prototípica— imagen de unas muñecas entre los escombros de un edificio. Lee Miller no había dejado de ser una artista de vanguardia por el hecho de estar dedicándose al reportaje de guerra y aquello podía comprobarse con cada uno de sus trabajos para la Vogue británica.
Su labor no pasó desapercibida en su país natal; también la edición americana de Vogue —para la que había aparecido en portada más de una década atrás— empezó a publicar sus artículos. Es más: el mismísimo ejército americano había ojeado su trabajo y cuando los Estados Unidos entraron en guerra tras el bombardeo de Pearl Harbor y empezaron a planear una intervención en Europa, las fantásticas crónicas de Lee Miller le valieron una de las escasas licencias como corresponsal oficial de guerra que concedía la US Army.
Aquello supuso una rara distinción que habla muy mucho del aprecio en que se tenía su trabajo. A sus 37 años todavía parecía una estrella de Hollywood, pero ahora posaba orgullosamente con el uniforme de corresponsal estadounidense. Estaba a punto de alcanzar el cenit de su carrera, además de experimentar los años más intensos de toda su vida mientras acompañaba a las tropas americanas durante el asalto a la Europa ocupada por los nazis. Justo tras el desembarco de Normandía experimentó el primer contacto con los hospitales de campaña, donde realizó reportajes conmovedores.
Le marcó especialmente un soldado afectado por horribles quemaduras que estaba completamente vendado. El desdichado soldado le pidió entre risas que lo fotografiase, para ver “qué pinta tan graciosa tengo”. A Lee le impresionó el buen ánimo del chico, que era capaz de mostrarse alegre incluso en mitad del tremendo dolor. Le sacó una foto, pero el soldado murió poco después. Por edad, ella ya era bastante mayor que la mayoría de los soldados, a muchos de los cuales podía ver casi como a hijos, y no pudo evitar apiadarse dolorosamente del muchacho.
Pero la entereza de aquel soldado le hizo comprender que si quería estar allí, ejerciendo como testigo directo de los hechos, tenía que ser dura. Y lo fue. Pronto se hizo notar por su valor, por su predisposición a experimentar las mismas privaciones e incomodidades de los combatientes y, todo sea dicho, por la cantidad de palabras malsonantes que soltaba continuamente al hablar. La antigua top model parecía tanto o más ruda que muchos de los soldados que la rodeaban. Se ganó el respeto de todos ellos.
Su licencia como corresponsal únicamente le permitía marchar con las tropas en zonas pacificadas y supuestamente despejadas de presencia enemiga. Siendo corresponsal oficial, reconocida fotógrafa y mujer, los mandos militares no querían arriesgarse a que perdiese la vida mientras se encontraba bajo su protección. Así que, en un principio, Lee Miller viajaba con la segunda línea del avance, evitando el contacto directo con el enemigo.
Sin embargo, durante el inicio del avance aliado por el norte de Francia alguien cometió un error garrafal y puso su dedo en el punto equivocado del mapa, declarando como “despejada” una zona en la que todavía quedaban tropas alemanas atrincheradas. Lee Miller iba acompañando a un batallón de infantería en segunda línea y teóricamente debía documentar la liberación de una ciudad ya pacificada, pero cuando quiso darse cuenta se encontró metida de lleno en primera línea del combate.

Lee Miller junto a varios soldados norteamericanos
Ahora, de repente, era testigo directo del enfrentamiento entre soldados alemanes y estadounidenses, sacando fotos mientras las balas silbaban a su alrededor y se producían explosiones en los lugares más imprevisibles, amenazando con hacerla pedazos en cualquier instante.
Se estaba jugando la vida como un soldado más. Baste decir que en algunas de aquellas fotografías quedó plasmado el primer uso de un nuevo arma experimental, aunque en su momento Lee no supo exactamente qué era aquello que producía tanto humo: se trataba de napalm.
Semejante experiencia en el frente le hizo entender que no cualquier fotografía podía aspirar a reflejar, siquiera en parte, la cruda realidad de un conflicto bélico. Descubrió que si quería ser una corresponsal veraz no podía poner distancia entre ella y la guerra. Si estaba allí para arriesgarse a recibir un balazo, se arriesgaría, y pronto el uniforme de corresponsal se convirtió en algo más que en un mero símbolo porque Lee Miller había decidido que era capaz de vivir en el frente.
Para colmo, a medida que se adentraba en el continente sus fotografías se iban tornando cada vez más francas, descarnadas y directas, porque aumentaba la magnitud de los horrores que iba encontrando en su camino. Y eso que, como decíamos, generalmente evitaba mostrar directamente las visiones más truculentas, pero incluso en sus fotografías más aparentemente “neutras” conseguía reflejar la tristeza y desolación del conflicto.
Su talento para captar el simbolismo en los objetos y rincones más inesperados era sensacional. Al mismo tiempo, su propio rostro iba mostrando progresivamente las marcas que la guerra estaba dejando en su espíritu. Se estaba dejando lo que le quedaba de juventud en el frente y en algunos momentos del avance podemos verla con el rostro abotargado, profundas ojeras y la mirada perdida en el infinito.
Eso sí, como estaba acostumbrada a sufrir desde muy pequeña, era una mujer capaz de adaptarse a las tremendas incomodidades y peligros del frente, sin que las tropas a las que acompañaba tuvieran que perder tiempo en intentar protegerla o acomodarla. Por entonces había muy pocas corresponsales de guerra femeninas, pero entre ellas ya cumplía un papel excepcional, porque era la única que vivía los combates desde dentro.
Existe una curiosa fotografía en la que posan varias corresponsales femeninas, y más allá de comprobar que Lee Miller seguía siendo capaz de lucir un uniforme con la prestancia de una maniquí, lo realmente interesante es que es una de las pocas fotografías donde no la vemos posando conscientemente —costumbre adquirida en sus años como modelo— y donde aparece con una expresión más natural. Y en esa fotografía no es su modo de lucir el uniforme lo que más la distingue de las demás corresponsales femeninas.
Los años en que llamaba la atención a causa meramente su belleza quedaban atrás; ahora, mientras las otras corresponsales sonreían, eran la profundidad de su mirada, su expresión ausente y su rostro castigado lo que la hacían destacar. Porque ella era la única mujer corresponsal que verdaderamente estaba en primera línea. Los horrores de la guerra, pùes, se dejan traslucir en su gesto.

David E. Scherman, vestido para la guerra, Fotografía de Lee Miller. Londres, 1942
Cierto es que también fue testigo de momentos eufóricos como por ejemplo la liberación de París, donde se reencontró con Picasso y ya de paso hizo la que quizá sea una de las fotografías más impactantes y originales jamás tomadas de la torre Eiffel (que lo es precisamente porque la torre Eiffel apenas puede verse, oculta entre una niebla que simbolizaba la antigua ocupación).
Pero también en aquellos escenarios de alegría tras la liberación demostró su agudeza psicológica y supo captar lo que había más allá de los titulares trinfalistas, recogiendo a la perfección el desencanto de las poblaciones liberadas, un desencanto que la propaganda procuraba ocultar.
En sus reportajes sobre aquellas zonas antiguamente ocupadas por los nazis, Lee se preocupó de transmitir la idea —generalmente obviada por la prensa más triunfalista— de que tras la alegría inicial los liberados se encontraban con la desagradable realidad de la posguerra, donde la vida no resultaba nada fácil, donde quedaban secuelas muy desagradables de la ocupación y el conflicto.
Conforme Lee veía más y más adentro de la guerra, sus crónicas y fotografías empezaron a ser más escépticas respecto a los mensajes de victoria, y más apegadas a una realidad fea e inconveniente que no se parecía en nada a lo que narraba la propaganda bélica. Y eso que todavía le quedaba por presenciar algunas de las más bajas y oscuras simas de la historia europea y mundial:
No hay duda de que los civiles alemanes sabían lo que estaba pasando. El tren que va hacia el campo de Dachau atraviesa un pueblo, con vagones repletos de deportados muertos o moribundos. No suelo sacar fotografías de los horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en Vogue piensen que estas fotografías son publicables. (Lee Miller, en un telegrama desde Alemania poco antes de la rendición nazi)
Durante la guerra trabó amistad —y parece que algo más— con su compatriota David Scherman, fotógrafo que ejercía como corresponsal para la revista Life. Él es responsable de algunos de los registros visuales más ilustrativos de la propia Lee Miller con uniforme, y también de algunos de los recuerdos más vivos de la evolución personal de la fotógrafa durante aquella andadura europea.
Conforme los aliados ganaban terreno al Tercer Reich y se adentraban en territorio alemán, Lee pudo ver que los horrores de la guerra se presentaban in crescendo. Empezó a pensar que la realidad le proporcionaba un material que sobrepasaba con mucho los límites de crudeza que una revista estaría dispuesta a publicar y de hecho sus fotografías comenzaron a poner a prueba la flexibilidad editorial de los países aliados, como comentaremos un poco más adelante.
Lee también empezó a mirar con disgusto a los alemanes, que se habían dejado someter por el régimen de los camisas pardas. Consideraba al pueblo alemán un “pueblo de esquizofrénicos”, de gentes que habían sido cómplices —cuando directamente no esbirros— del régimen de Hitler.

Foto del reencuentro de Picasso y Lee Miller en 1944 tras la liberación de París. Ella llegó como reportera con el Ejército de los EE UU
A medida que descubría nuevas evidencias de la barbarie hitleriana, su actitud se tornó más y más germanófoba. Su odio al régimen nazi se tornó tan vehemente que impresionaba incluso a los propios soldados americanos a los que acompañaba. Aunque lo cierto es que en su trabajo fotográfico seguía siendo objetiva.
Por ejemplo, pese a su profundo desprecio hacia los colaboracionistas, no tenía inconveniente en retratarlos como víctimas de la venganza de sus conciudadanos y mostraba en sus fotografías el terror y la súplica de aquellos que ahora eran considerados traidores e iban a sufrir un destino terrible. En lo personal no se apiadaba de ellos, pero su cámara sí lo hacía por ella. Lee Miller siempre consentía que la cámara hablase por sí misma.
Uno de los momentos más duros fue el de la llegada a los campos de exterminio como el de Dachau, donde fotografió los escuálidos cuerpos de las víctimas que se apilaban formando unos montones que —de nuevo— solamente podían calificarse como “surrealistas”, aunque esta vez de una manera todavía más descorazonadora y deprimente. Su reportaje gráfico sobre aquel campo de exterminio era tan duro que la edición británica de Vogue se negó a publicarlo, tal era el impacto de las fotografías que envió. Sin embargo, pese a la crudeza de aquellas imágenes, sí vieron la luz en la edición americana de Vogue.
Lee Miller sabía que aquellas imágenes parecían irreales y que muchos lectores estadounidenses podrían dudar de su veracidad, tomándolas como un montaje destinado a afear al régimen de Hitler. Pero como ella lo había visto todo con sus propios ojos insistía en que los lectores lo contemplasen todo tal y como ella lo estaba contemplando, sin edulcorarlo. Insistía en que, por difícil de asimilar que pareciese, los lectores fuesen conscientes de que aquello era lo que había estado sucediendo en el corazón de Europa.
Las impactantes fotografías de cadáveres de judíos y otras víctimas de los nazis iban acompañadas de un expresivo pie de foto escrito por ella misma, un pie de foto que simplemente decía: “¡Créanselo!”
El paso de Lee Miller por la guerra la cambió por completo. Gracias a su cámara sabemos cuáles fueron muchas de las cosas que presenció. Retrató a prisioneros que pedían clemencia después de una paliza. Retrató a niños moribundos. Retrató a cadáveres de todas las edades y condiciones, desde bebés hasta antiguos colaboracionistas o miembros de los regímenes locales que se habían suicidado para evitar las represalias.
Retrató a hombres con terribles heridas. Vio ejecuciones sumarias de importancia histórica, como la del primer ministro húngaro fascista Ferenc Szálasi. Vio a los famélicos supervivientes de los campos de concentración, que parecían fantasmas de mirada vidriosa. Pero nunca dejó de ser una artista. Compuso algunas de las imágenes más bellas que jamás se hayan realizado de la muerte, como aquella de un soldado hundido en el agua que parece rememorar la famosa Ofelia de Millais.
También nos dejó algunos de los retratos más significativos de ella misma. Su visceral odio hacia el régimen nazi no hacía más que crecer y cuando los aliados llegaron al corazón del Tercer Reich pudo vengarse de la forma más elegante imaginable, muy propia de su acerado sarcasmo: estuvo en los antiguos aposentos del mismísimo Adolf Hitler —quien todavía estaba vivo, aunque refugiado en su búnker de Berlín— e hizo que David Scherman la fotografiase metida en la bañera que hasta no mucho tiempo atrás había pertenecido al Führer.

Theodore y Lee Miller
Pocos testimonios visuales escenificaron la victoria aliada con tanta ironía y finura… una antigua modelo estadounidense remojándose en la tina de Adolf Hitler.
Según la opinión de muchos, aquella corresponsalía de guerra supuso la cima profesional e incluso artística de Lee Miller como fotógrafa, y eso que su contribución previa a la vanguardia no había sido nada desdeñable.
Pero fue el conflicto bélico lo que la impulsó a llevar su lenguaje visual al máximo, a exprimir su vocabulario para adaptarse a las necesidades de un entorno extremo y repleto de espantos inimaginables.
Pocos periodistas captaron la esencia de la guerra con tan fascinante combinación entre sangrante realismo y sublime mirada artística.
Sus estampas de guerra, sin dejar de resultar estéticamente bellas, contienen un mensaje poderosísimo que era producto de lo que ella misma estaba presenciando y sintiendo.
El duro periplo posterior al desembarco parecía haberla endurecido y haber extraído los elementos más afilados de su carácter.
Contrariamente a la frialdad académica de sus maestros, Lee Miller desarrolló un lenguaje visual explosivo que parecía surgir directamente de sus entrañas. Sus fotografías ya no esperaban pasivamente la contemplación del espectador, como había sucedido por ejemplo con las imágenes de su maestro Man Ray.
Ahora sus fotos se lanzaban a por la yugular del espectador de una manera picassiana, y además con una considerable carga emocional en la que a veces no faltaba incluso una forma bastante afilada de ironía. Y no por ello perdían la voluntad de conseguir el equilibrio estético, de producir belleza.
La verdad es que resulta intrigante imaginar qué hubiese podido hacer Lee Miller de haberse decidido a iniciar una carrera como directora de cine.
Sí, probablemente en aquellos tiempos era una utopía que una mujer se dedicara a rodar grandes películas, pero la imaginería de Miller posee la agresiva geometría y el perfeccionismo obsesivo de un Kubrick, o el olfato para la poesía inesperada de un John Ford o un David Lean. Incluso el dinámico poder de seducción de un Hitchcock. Y sobre todo, sabía cómo transformar la tragedia en arte.

Dora Maar, Pablo Picasso y Lee Miller en 1937.
Paradójicamente —o tal vez deberíamos decir que comprensiblemente— aquella cumbre profesional fue seguida por un momento personal bastante oscuro. Cuando Alemania se rindió tras el suicidio de Hitler, Lee Miller volvió a Inglaterra junto a Roland Penrose… y entonces se vino abajo.
Había pasado varios años acompañando a las tropas como una más, contemplando los horrores de la guerra en primera persona. Y ahora había dejado el frente para retornar a la agradable casa de campo en la que vivía Penrose. Pero el contraste no podía por menos que hacer aflorar toda aquella oscuridad acumulada en su interior durante el conflicto, que se había combinado con las antiguas pesadillas de su infancia.
Empezó a manifestar los síntomas del síndrome de estrés postraumático, ese que convierte en un infierno la vida de muchos antiguos combatientes. Demasiadas heridas abiertas a sumar a las viejas heridas de su pasado, y todas ellas consiguieron que su espíritu se quebrase. Lo que había visto y vivido era demasiado, resultaba imposible de asimilar sin desestabilizar emocionalmente a una persona.
Empezó a sufrir episodios de depresión clínica en los que retornaban sus antiguos pensamientos suicidas. Combatía aquellos sentimientos con la bebida. Era como una excombatiente que no sabía cómo readaptarse a la vida civil aunque hubiese estado anhelando la paz.
Se estaba derrumbando entre borracheras. También se desencantó con su profesión. Aunque la revista Vogue seguía interesada en contar con sus servicios porque sus crónicas bélicas le habían ganado una considerable reputación como periodista de primera línea, ahora todo proyecto le sabía a poco. El giro de Vogue hacia temas más propios de la paz y enfocados sobre todo a la moda no le servía de estímulo.

Lee Miller (segunda por la derecha) con otras corresponsales femeninas. Fue la única en estar en primera línea.
Mientras peleaba por superar el alcoholismo y la desesperanza, descubrió —a sus 40 años— que estaba embarazada de Roland Penrose. Todavía legalmente casada con el egipcio Aziz Eloui Bey, al que había abandonado bastantes años atrás, se apresuró a firmar el divorcio para casarse con el padre de su futuro hijo. Pero aquel matrimonio se convirtió poco menos que en una farsa, en una repetición distorsionada del matrimonio de sus propios padres.
Además Lee Miller perdió el rumbo profesional y sus reportajes fueron cada vez más escasos. El último se publicó en 1953, que podemos considerar como año oficial de su retiro definitivo. A partir de ahí se contentó con ejercer como ama de casa, madre y anfitriona de la nutrida vida social de su marido, que recibía numerosas visitas en su agradable casa de la campiña británica. Pero quizá “contentarse” no sea el verbo adecuado.
Lee continuó bebiendo para combatir la infelicidad y el hogar fue escenario de no pocos enfrentamientos feroces, producto del creciente desinterés de él por la relación y de los cada vez más incontrolables cambios de humor de ella, tormentas propias de una personalidad explosiva que Roland Penrose no sabía ni quería tener que saber manejar. Lee estaba consumida por la pesadilla de la guerra pero no compartía con su marido aquellos horrores que la habían dejado marcada para siempre, así que se sentía más y más sola.
Entretanto, su marido mostraba nula disposición para ayudarla a descargarse de esos traumas, entretenido como estaba con diversas relaciones extramatrimoniales que cultivaba cada vez más frecuentemente a medida que la relación con la madre de su hijo se venía abajo. Penrose, además, se estaba transformando en un artista muy reputado mientras que ella, una de las artistas punteras de la antigua vanguardia, ejercía ahora como comparsa en el imparable ascenso profesional de su marido.
Lee era muy consciente del papel de florero que estaba ejerciendo y lo afrontaba con su sarcasmo característico: burlonamente se hizo llamar “Lady Lee” cuando a él lo nombraron Caballero del Imperio Británico. Mientras tanto, su propio legado artístico y periodístico iba quedando enterrado en el olvido. Pero el matrimonio no se deshizo. De algún modo, lograron mantener las formas de cara al exterior y continuar adelante con la farsa.
Pese al prestigioso estatus social del apellido Penrose en el Reino Unido, Lee nunca abandonó su feroz espíritu de liberal estadounidense. Al contrario que otras damas de su condición, trataba a los grandes artistas y potentados que recibía en su casa exactamente igual que a los empleados del servicio, o viceversa. Detestaba el esnobismo.
Ella había conocido y cultivado amistad con unos cuantos de los más importantes artistas e intelectuales del siglo XX, así que poco podía impresionarla la actitud soberbia de aquellos pijos ingleses tan propensos a la presunción. Le molestaba especialmente que algunos amigos británicos de su esposo mostrasen un abierto desprecio hacia los estadounidenses de a pie (categoría en la que por supuesto no la incluían a ella, porque ella era una americana “chic” y una antigua artista, además de estar casada con un inglés).
Una anécdota ilustrativa: durante una cena elegante compuesta de exquisitos platos, uno de aquellos estirados ingleses se permitió el lujo de hacer comentarios despectivos acerca del estilo de vida del norteamericano medio, el típico John Smith que se pasaba el día devorando hamburguesas y bebiendo Coca Cola. A Lee no le hacían ninguna gracia aquellas ínfulas de superioridad británica, así que se levantó, se fue a la cocina y regresó portando orgullosamente un helado y una Coca Cola para terminar su cena. Exactamente el mismo tipo de ironía afilada de aquellas fotos en la bañera de Hitler.

Una de las fotografías de L.Miller
La misma personalidad afilada que había impresionado a los soldados en el frente. Con todo lo que había experimentado y con todo lo que había visto en su intensísima vida, era capaz de cerrarle la boca a cualquier esnob sin necesidad siquiera de levantar la voz o de hablar siquiera. Bastaba una simple Coca Cola para dejar sin palabras a toda una mesa repleta de comensales. Su sarcasmo estaba a años luz por delante de la mentalidad encorsetada de aquellos ingleses que se creían tan ingeniosos, y Lee disfrutaba demostrándoselo a la menor oportunidad.
Aunque ella misma era de origen burgués, le divertía enormemente descolocar a sus invitados con salidas de todo proletarias, como la de echarse a dormir una siesta en el porche al mejor estilo del campo estadounidense. O lo de sacar a relucir aquel repertorio de tacos y exabruptos que incluso entre el escasamente pulido círculo de rudos soldados de la II Guerra Mundial le había dado fama de malhablada.
Lee Miller nunca pudo o no quiso reinsertarse en el mundillo artístico y periodístico, lo que contribuyó enormemente a que su nombre perdiese resonancia con respecto al de muchos ilustres contemporáneos que la admiraron y cultivaron su amistad. Vivió el resto de su vida en Inglaterra cumpliendo el papel para nosotros frustrante de elegante consorte de un afamado artista, cuando ella poseía igual o superior talento al de él.
Sin embargo pudo superar su etapa de alcoholismo; conforme envejecía pareció conseguir dominar sus viejos demonios, al menos en parte. Como mínimo aprendió a disfrutar nuevamente de algunos de los placeres de la vida. Volvió a viajar a diversas partes del mundo y —esta vez sí— consiguió sentirse a gusto visitando paisajes exóticos.
Con todo, nunca dejó de ser una mujer compleja, siempre con aquella media sonrisa que parecía forzada, nunca verdadera, y con su mirada invariablemente melancólica. Jamás, en ninguna de las fotografías que existen de ella, parecen brillar de alegría sus ojos.
Lee Miller murió de cáncer en 1977, a la edad de 70 años, en su casa de campo de Inglaterra. La oscuridad de su interior, dicen algunos que la conocían, nunca desapareció. Pero sobrevivió a sus heridas durante siete décadas e hizo cosas verdaderamente impresionantes, viviendo experiencias que nosotros ni siquiera podemos llegar a imaginar. Solamente ella sabe cuál fue el verdadero precio a pagar. Porque la recompensa, en todo caso, fue la eternidad.
nuestras charlas nocturnas.
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