Cinco ocasiones en las que la poligamia y los asesinatos cambiaron la historia…

elhistoriador.es —Muertes y traición. Al observar con detenimiento la historia, es posible comprobar que estas dos características son las que más se repiten durante siglos. Y es que, parece mucho más fácil recurrir a la sangre y al cuchillo que a la diplomacia para solucionar los problemas entre familiares.
Y si no, que se lo digan a personajes tan conocidos como Cleopatra o Alejandro Magno, los cuales ascendieron al trono en extrañas circunstancias (y, según se sospecha, gracias al uso de la daga contra sus parientes). Así lo afirma, al menos, el último dossier de la revista especializada «Live Science».
1-Las misteriosas muertes de los hermanos de Cleopatra
Cleopatra, reina de Egipto y conquistadora de corazones, es famosa por su belleza y por su gran capacidad política. Sin embargo, lo que menos se conoce de ella es que ascendió al trono gracias a una serie de fortuitas muertes de varios de sus familiares. Y es que, estaba determinado que, tras la muerte de su padre, el trono recaería en su hermano menor Ptolomeo XIII o, en caso de que a este le sucediese alguna desgracia, en manos de su también hermano Ptolomeo XIV.
Cleopatra VII, considerada la última reina del Egipto helenístico, pasó su vida luchando y buscando alianzas para mantener su trono. Cuando era apenas una niña, su padre fue derrocado por su hermanastra y vio cómo marchaba al exilio y volvía a la cabeza de un ejército que le permitió volver a ser faraón. Esta idea se grabó en su mente y marcaría el resto de su vida, haciendo que conspirase contra sus propios hermanos para asegurar que nadie se le opusiera.
La situación no terminaba en ese punto, pues –como era tradición- Cleopatra estaba destinada a casarse con Ptolomeo XIII (algo usual entre la realeza de la época). No obstante, parece que este plan no gustó demasiado a la futura reina quien, tras fallecer su padre, se alió con Julio César para retomar el trono y dárselo a Ptolomeo XIV. Una lucha fratricida. Sin embargo, la jugada salió a pedir de boca para la noble de la nariz respingona pues, tras derrocar al primer hermano, el segundo falleció en extrañas circunstancias.
A la muerte de su padre, Ptolomeo XII, Cleopatra fue designada como sucesora en el trono de Egipto pero la tradición mandaba que debía casarse con su hermano Ptolomeo XIII. Ella tenía 18 años por entonces y su hermano 13, por lo que este se convirtió en una figura secundaria en la jerarquía y el verdadero poder lo ostentaba Cleopatra. Sin embargo, aconsejado por personalidades interesadas que veían en el niño-rey a alguien más manipulable, Ptolomeo se rebeló contra su hermana y la depuso, haciéndose con el poder. La joven reina huyó a Alejandría y se refugió en la poderosa Roma de Julio César, quien acababa de convertirse en cabeza de la República.
Respaldada por el César, con quien mantenía una relación sentimental y tuvo un hijo, Cleopatra se enfrentó a su hermano Ptolomeo y recuperó el trono en el 47a.C. Cleopatra sentó a su lado a su hermano menor, Ptolomeo XIV, como co-regente, pero no pasó mucho tiempo antes de que lo sustituyera por su hijo Cesarión (Ptolomeo XV). Tal vez por el recuerdo de lo sucedido con su padre o por un intento de eliminar posibles amenazas, Cleopatra sería responsable del asesinato de su hermano Ptolomeo XIV y de su hermana Arsíone IV, los dos únicos que quedaban con vida.
Tras la muerte de Cayo Julio César, Cleopatra conocería a Marco Antonio e iniciarían un romance que ha pasado a la historia como una de las historias de amor más conocidas. Ambos gobernarían juntos durante años, hasta que el general Octavio marchara hacia Egipto para acabar con Marco Antonio y derrotara a las tropas de la conocida reina en la batalla de Actium. Tras la derrota, Cleopatra se suicidó y Octavio pasó a ser llamado Augusto, su nombre de emperador. Con la muerte de la reina y el asesinato de Cesarión y del resto de vástagos Egipto pasó a estar controlada por el todopoderoso Imperio Roma.
Todo terminó siendo todavía mejor para Cleopatra pues, en el año 41 A.C., murió también Arsione IV (otra hermana que le podría haber causado algún que otro quebradero de cabeza). «Era algo normal en la época. No es raro encontrar a un miembro de la dinastía Ptolomeo que, a lo largo de los años, no liquidase a un familiar o dos», explica el historiador Stacy Schiff en su libro «Cleopatra» (editado por «Little, Brown and Company» en 2010).
2-Sangre y poligamia en el ascenso de Alejandro Magno
La vida de Alejandro Magno estuvo marcada por las intrigas familiares. Estas comenzaron con su padre, Filipo II de Macedonia. Y es que, el monarca contaba nada menos que con unas siete esposas, con varias de las cuales había tenido hijos (todos ellos, ansiosos de hacerse con el trono una vez que el monarca se marchase al otro barrio). Entre aquellas mujeres se encontraba Olimpia, madre del propio Alejandro.
Rodeado de tanta gente ansiosa por sentarse en su trono, no es raro que, cuando Filipo murió en el año 336 A.C., muchos hablaran de asesinato. A día de hoy no se ha esclarecido lo que sucedió, pero lo cierto es que se han barajado varias teorías. Entre ellas, la que afirma que su muerte fue urdida por un antiguo guardaespaldas con el que había mantenido una relación homosexual en su juventud y que acabó con su vida por despecho. Fuera como fuese, lo cierto es que Alejandro tomó rápidamente el poder acabando con todo aquel familiar que quisiera hacerle levantar sus posaderas del trono.
3-Ramsés III y la traición de una de sus esposas
Si por algo se han hecho famosos los faraones es por contar con un harén formado por decenas de esposas. Una práctica que, seguramente, les parecía enriquecedora… hasta que la situación se tensaba. Ramsés III (faraón de Egipto desde el año 1186 A.C. hasta aproximadamente el 1156 A.C.) tuvo que aprender esta lección por las malas y de manos de una de sus múltiples esposas llamada Tiye. Y es que, según parece, esta mujer urdió un plan para cortar el cuello al gobernante y lograr así que su hijo subiese al trono.
El plan que urdió una de las grandes esposas de Ramsés III (Tiya -también llamada Tiyi, Tiye, Teya, Tiy y otros tantos nombres más-) para asesinarle no fue comparable a los magnicidios de los políticos actuales. Implicó algo más para las mujeres, funcionarios y guardias que lo urdieron en las profundidades del harén real. Para ellos significó retar a los mismos dioses. A aquellos que dominaban el destino del país a través de un faraón que, desde el año 1184 a. C. (atendiendo a las fuentes, pues también se habla de 1185 a.C.), regía sus destinos con mano de hierro.
Pero toda la parafernalia militar y divina forjada durante siglos alrededor del máximo líder del Antiguo Egipto no impidió que la «conspiración del harén» (también conocida como la «conjura» o el «complot») se transformara en realdiad. Por descontado, tampoco evitó que el ya anciano líder luciese en sus últimos momentos un tajo en la garganta que acabó con su días sobre la Tierra. Al menos, según se desveló en una investigación científica realizada en 2012. Un descubrimiento al que hace referencia el autor Javier Arries en su obra « Magia en el Antiguo Egipto» (editado por «Luciérnaga»). Anteriormente, se dudaba de su fallecimiento en la trama. De hecho, la versión más extendida era que había sobrevivido a la misma.
Cierto es que el asesinato fue perpetrado, pero la victoria no le salió barata a los conspiradores. La mayoría fueron atrapados, juzgados y condenados a morir de múltiples y crueles formas que incluyeron desde el suicidio público, hasta la calcinación. Por si fuera poco, el complot fue castigado mediante uno de los peores tormentos de la época: el « Damnatio memoriae». Una pena que eliminaba cualquier referencia que se hubiera hecho hasta entonces del acusado en tablillas, textos o inscripciones. ¿El objetivo? Que su existencia cayera en el absoluto olvido.
Precisamente uno de los que tuvo que ver como sus vivencias quedaban difuminadas entre las arenas del desierto fue el hijo de Tiya. Un príncipe segundón que sabía que su única posibilidad de reinar pasaba por acabar con la vida de su padre y evitar que el trono recayera sobre Ramsés IV, primogénito de la otra gran esposa del monarca. En los textos, él pasó a la posteridad con un nombre que, según se cree, le fue impuesto para que su identidad real no fuese recordada una vez muerto. El apelativo no fue otro que Pentaur (también Pentauret, Pentawere o Pentaure), cuyo significado literal vendría a ser «Él, el de la Grande».
Junto a ella hubo –presuntamente- decenas de conspiradores más que la ayudaron a perpetrar el asesinato. Aunque a día de hoy se desconoce si logró su meta o no, lo cierto es que los arqueólogos desvelaron en 2012 que la momia de Ramses tenía evidencias de haber sufrido durante la muerte. Los expertos barajan varias posibilidades, entre ellas que fuera asfixiado (pues tiene los pulmones demasiado inflados), que fuese enterrado vivo o que fuese degollado.
4-Wanli, el emperador pasivo-agresivo
Según afirma un artículo publicado por el «New York Times», el caso de Wanli es uno de los más extraños de la Historia. Como emperador chino del S.XIV que era, este noble contaba con dos esposas oficiales y un gran número de concubinas. Entre sus favoritas se encontraba la «señora» Zheng, con quien tuvo dos hijos. El menor era el preferido del asiático, que decidió que sería quien le sucedería una vez que falleciese.
La idea, sin embargo, no gustó demasiado a sus nobles, que le obligaron a declarar a su primer hijo como heredero. Desde ese momento parece que Wanli se volvió «pasivo-agresivo», pues empezó a abandonar sus responsabilidades de gobierno (algo que nunca había hecho). Así pues, en los siguientes lustros dejó de acudir a las reuniones políticas y desatendió sus deberes reales. Muchos historiadores le atribuyen, por ello, el desmoronamiento de la dinastía Ming.
5-Enrique VIII y sus muchas esposas
El caso de Enrique VIII es uno de los más llamativos de la Historia. Y es que, este monarca inglés del S.XVI se casó seis veces en sus repetidos intentos por lograr un heredero varón. Su periplo comenzó cuando el segundo de los Tudor contrajo nupcias con Catalina de Aragón, la viuda de su hermano. Todo parecía ir bien entre ambos hasta que, en 1520, el monarca conoció a Ana Bolena. Cautivado por ella, solicitó a la Iglesia la separación para casarse con ella.
Digamos que esa proposición no gustó demasiado a los católicos, por lo que Enrique decidió separarse de ellos, formar su propia Iglesia (la anglicana) y nombrarse máximo responsable de la misma. Una de sus primeras medidas fue la de aprobar el divorcio, lo que hizo que pudiera separarse de Catalina y casarse con Ana Bolena. Parecía que todo le había ido bien, pero su nueva esposa tampoco consiguió darle un hijo varón, por lo que la acusó de adulterio, traición y la mandó ajusticiar.
Enrique se casó cuatro veces más y el resto de sus esposas no tuvo mejor suerte. Tampoco le sonrió la fortuna al monarca, obsesionada cuyo único descendiente varón murió cuando era un adolescente.
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