Las mujeres del Ku Klux Klan…

una reunión en Beaufort, Carolina del Sur, en 1965.
XLSemanal(F.Uribarri)/ACV(E.Zamorano) — No empuñaban el látigo y la antorcha, pero las mujeres del Ku Klux Klan fueron cruciales en el resurgir de la organización durante los años 20 del siglo pasado. Se ocuparon de la propaganda, multiplicaron los adeptos y levantaron una pantalla social para camuflar esta secta racista y violenta.
“Soy más que la túnica y la capucha (…)soy el alma de América”.Con frases así de contundentes la predicadora cuáquera Daisy Douglas Barr arrancaba los aplausos y despertaba el fervor de su público. Era una oradora excelente. Tenía magnetismo. Era capaz de congregar a casi 2000 personas en capillas y pequeños locales, personas que tras escuchar sus discursos salían pletóricas, convencidas, con la pluma en la mano para firmar la adscripción a donde Daisy les dijera, y Daisy las enrolaba en el Ku Klux Klan.

La predicadora cuáquera Daisy Douglas Barr era una experta oradora. Acumuló mucho poder.
«Estoy vestida con el manto de la sabiduría», continuaba diciendo Daisy Douglas Barr a su público.
Estas palabras son parte de su discurso de toma de posesión como líder de las Reinas de la Máscara Dorada (Queens of the Golden Mask), uno de los grupos femeninos del Ku Klux Klan.
Sí, las mujeres no solo militaron en esta organización racista, xenófoba y criminal, sino que algunas de ellas fueron líderes de las ramas femeninas de la secta y su labor fue muy importante: su papel como propagandistas y la pantalla social que levantaron para camuflar las actividades criminales de la secta fueron cruciales.
Ellas no cabalgaban con antorchas, azotaban, mutilaban o linchaban, esas eran tareas de los hombres, pero sí se ocupaban de dar una fachada moral a los fines del Ku Klux Klan, vestían la organización con la preocupación por la educación, por los huérfanos, por los valores de los padres fundadores de Estados Unidos.
«Ellas no participaron en los actos violentos, pero no significa que no los aprobaran», dice Linda Gordon, autora del libro La segunda llegada del KKK. El Ku Klux Klan de los años 20 y la tradición política americana. Algunas mujeres fueron pilares en la expansión de la organización. Lo fue, por ejemplo, Mary Elizabeth Tyler, porque era una genia del marketing y la publicidad.
«Fue una de las pioneras del marketing moderno», sostiene Kathleen M. Blee, autora de Mujeres del Klan. Racismo y género en los años 20. Una de sus ideas, por ejemplo, fue reclutar seguidores en actos masivos. Gracias a ella y a otras mujeres del KKK, la secta multiplicó adeptos. Mary Elizabeth Tyler fue, junto con Edward Young Clarke, la artífice de la imagen y la publicidad de la secta en los años 20, cuando la organización racista renació con sus odios ampliados.

Algunas mujeres se vincularon al Klan por sus maridos, pero en otros casos fueron ellas las que introdujeron a sus familias.
Linchamientos
El primer Ku Klux Klan lo fundó en Nashville (Tennessee) en 1865 -recién acabada la Guerra de Secesión- un grupo de oficiales del ejército confederado. Adoptaron la parafernalia y las maneras de las sociedades secretas. El nombre parece que proviene de la palabra kyklos (‘círculo’ en griego) que acabó desgajándose en ku klux.
Sus primeros miembros hacían expediciones nocturnas a caballo a la luz de antorchas, para martirizar a los antiguos esclavos. Alquitranaban y emplumaban a sus víctimas. Organizaban expediciones punitivas si algún liberto levantaba la voz. Patrullaban los caminos. Fustigaban con látigos a los negros e imponían ‘toques de queda’. Sus tropelías incluían los linchamientos y asesinatos.

Iniciación en Georgia. El KKK nació en 1865 con los ritos de las sectas secretas
Camuflaban su terrorismo bajo el victimismo. El fin de la guerra supuso para muchos blancos del Sur la pérdida de sus haciendas y sus esclavos. Se sentían humillados cuando a su territorio llegaron los vencedores de la contienda y comenzaron a hacer cambios.
El primer KKK acabó en 1871 con una ley del Gobierno federal que lo disolvió. La organización renació, sin embargo, en 1915. La noche de Acción de Gracias de aquel año, 34 hombres dirigidos por el pastor metodista William Joseph Simmons plantaron una cruz de fuego en una colina de Atlanta.
Película inspiradora
Se inspiraron en los símbolos y la trama de la película El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, un filme muy polémico que esparció el discurso victimista y justiciero de los hombres blancos.
El Ku Klux Klan renació entonces con el objetivo de «inculcar en el hombre los principios sagrados de la caballería, de desarrollar el carácter, proteger el hogar y la castidad de la mujer, afirmar el patriotismo y mantener la supremacía blanca», explica Serge Hutin en Las sociedades secretas (Siruela). Y amplió sus inquinas. Ahora también estaban en su mira los inmigrantes -sobre todo los católicos-, los judíos, los homosexuales, los ortodoxos y musulmanes. «Temían por la identidad cultural de Estados Unidos», explica Linda Gordon.
En esta segunda oleada la secta llegó a tener entre tres y cinco millones de miembros y es durante este renacimiento cuando entran en acción las mujeres: hasta medio millón de ellas se afiliaron al KKK.
«Las mujeres del Klan eran a menudo esposas de miembros de la organización, pero muchas se unieron por sí mismas, y otras convencieron incluso a sus maridos de sumarse a la causa», explica Linda Gordon. Su labor como propagandistas fue muy eficaz. Organizaban campañas, impulsaban la construcción de hospitales y orfanatos… y también difundían falsos rumores sobre sus ‘enemigos’ y boicoteaban determinados comercios…

Se enrolaron en grupos como Kamelias, Queens of the Golden Mask o Ladies of the Invisible Empire, que luego pasaron a englobarse bajo las siglas del Women of the Ku Klux Klan (WKKK), Mujeres del Ku Klux Klan.
No solo tejían las túnicas y organizaban barbacoas, ellas también inyectaban y difundían ideología. Una de las líderes femeninas, Lillian Sedwick, como miembro de la Junta Escolar de Indiana, luchó para que se enseñara en las aulas la superioridad de la raza blanca. Y Mary Elizabeth Tyler organizaba rodeos, espectáculos aéreos, competiciones de natación, eventos en los que reunía multitudes de hasta 20.000 personas. Y Daisy Douglas Barr adoctrinaba a las masas con su pico de oro. En sus peroratas incluía dos temas que fueron pilares en la rama femenina del Klan: el sufragio femenino y la prohibición del alcohol. Las mujeres del KKK batallaron por el voto femenino y fueron feroces prohibicionistas. También fueron corruptas. A Daisy Douglas Barr la denunciaron por enriquecerse con el dinero de las cuotas y con el negocio de la confección de las túnicas.
Malversación

Mary Elizabeth Tyler, una de las líderes y organizadora de eventos masivos para captar adeptos, es pionera del ‘marketing’
Daisy Douglas Barr tuvo que dimitir en 1923 y dejar también su cargo de vicepresidenta del Comité Republicano: se tuvo que ir cuando trascendió que era miembro del Ku Klux Klan.
También pillaron en falta a Mary Elizabeth Tyler.
Por lo mismo: se quedaba dinero de las cuotas, trapicheaba con el comercio de los ropajes de la secta y, además, se acostaba con Edward Young Clarke, que estaba casado.
En una ocasión la policía de Atlanta irrumpió en su casa, los sacó de la cama y fueron detenidos por ‘conducta desordenada’ y multados por poseer whisky.
Los escándalos del Klan proporcionaron buen material a periódicos como The Columbus Enquirer-Sun o The New York World.
Sus artículos destriparon líos financieros y sexuales, corrupción de funcionarios y la malversación de hasta un millón de dólares cometida por Simmons, el máximo líder, enfrascado en una batalla por el poder con su oponente Hiram Wesley Evans.
Escándalos
Las luchas internas resquebrajaron la secta. A la decadencia del poderoso y temible Ku Klux Klan de los años 20 (solo en 1922 cometió más de 500 atentados en Texas, según un informe del Senado) contribuyeron también escándalos terribles que empezaron a salir en la prensa, como el secuestro, violación y homicidio cometido por el líder de la organización en Indiana, David Curtis Stephenson, a una joven blanca. Su detención y condena en 1925 supuso la pérdida de decenas de miles de miembros.

Aún asoman a veces. Aquí un grupo del KKK en Texas en los años 90, en un acto en el que dos parejas renovaron sus votos nupciales
La organización se fue disolviendo, aunque quedaron grupos y simpatizantes que afloran de vez en cuando. Hubo ataques contra los soldados de color que regresaban a casa tras luchar en Europa durante la Segunda Guerra Mundial; hubo apariciones violentas con el movimiento de derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960, incluso de vez en cuando algunos entunicados asoman en el siglo XXI y, hoy como ayer, bajo esos capirotes sigue habiendo también mujeres.
La historia de las mujeres que se alistaron en el Ku Klux Klan
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Una fracción de la Ku Klux Klan Women.
«Novedad, misterio y secreto». Estos fueron los tres principios por los que surgió el Ku Klux Klan poco tiempo después de que acabara la guerra de Secesión norteamericana. Su germen fue el descontento tras la abolición de la esclavitud. Aunque la historia de este oscuro grupo supremacista tiene distintas partes, las mujeres en un comienzo solo participaban en tareas auxiliares de la banda, como coser las prendas que vestían sus maridos, para después jugar un rol significativo y ganar relevancia.
Así lo narra la periodista estadounidense Emily Cantaneo en un artículo de ‘JSTOR Daily’: «Las mujeres jugaban un papel simbólico en esta primera versión del Klan: uno de los objetivos declarados de estos terroristas era proteger a esas ‘angélicas mujeres inocentes’ de los terribles ‘demonios’ negros que habían sido liberados en el campo». Como era de esperar, los primeros miembros no solo eran racistas, sino también profundamente machistas. «En su imaginación, las mujeres blancas protestantes eran criaturas virtuosas e inocentes cuya razón de ser era apoyar y servir a los hombres», explica el historiador William F. Pinar. «A su vez, los hombres tenían la misión de protegerlas de esos demonios sexuales que iban a la caza, los negros, hacia los que no podían evitar sentir deseo».
En 1870, la primera división del Klan fracasó y desapareció. No fue hasta 1915 cuando se refundó, volviéndose más poderoso que nunca al atraer a más simpatizantes a sus filas. «Este nuevo Klan, que atrajo entre tres y seis millones de estadounidenses a lo largo de la década de 1920, se diferenciaba de su predecesor en dos aspectos clave: emergió a la vista del gran público, entrelazándose con el gobierno estadounidense y llevó sus acciones hasta mucho más allá del sur del país«, explica la periodista. Entre sus enemigos figuraban católicos, judíós, asiáticos, mormones, inmigrantes, socialistas, trabajadores y hasta propietarios de salones de baile.

Las Reinas de la Máscara Dorada
Es en este segundo Klan cuando se crea la primera división de mujeres. Surgieron distintos grupos que pugnaron entre sí para hacerse con el poder de los altos mandos, algunos de ellos dirigidos por hombres para derrocar a sus rivales y ascender en el control de la organización. En esta época también surgen distintas sociedades secretas de corte supremacistas que se relacionaban con el KKK, como por ejemplo Las Reinas de la Máscara Dorada. Fue esta precisamente quien finalmente ascendió al poder a la hora de gestionar toda la devoción femenina por la causa supremacista.
Kathleen M. Blee, autora del libro »Women of the Klan», describe a La Máscara Dorada como una organización que tenía sedes en casi todos los estados, sobre todo en Ohio, Indiana, Pensilvania y Arkansas. Al igual que la división masculina, la WKKK seguía unos órdenes jerárquicos, con nombres de lo más variopintos para designar a los líderes de cada división: el Comandante Imperial, los Klaliffs, Klokards, Kligrapps, Klabees y los Klexter. «Todos estos roles y actividades nacieron a partir de las ideas racistas y nacionalistas que abogaban por preservar la institución familiar y combatir aquello que percibían como una decadencia moral», relata Cantaneo.
«Las mujeres no se solían involucrar en los actos violentos, aunque naturalmente había excepciones», afirma la periodista. Según Blee, «eran manipuladoras encubiertas que, de cara a los demás, se presentaban como organizaciones culturales». Una de sus grandes facetas era la sociabilidad, sobre todo en los clubs selectos de clase alta de y de blancos, en los que intentaban captar adeptos para el Klan. Además, según explica Cantaneo, lideraron ‘escuadrones de envenenamiento’ en los que ingeniaban conspiraciones para destruir la reputación de los candidatos políticos que estaban en contra del Klan, alegando que eran católicos o judíos. También «intentaron expulsar a los profesores de las escuelas públicas católicas, realizaron boicots en empresas e hicieron campaña por los líderes supremacistas».

«Toda la gente buena pertenece al Klan», era una de sus lemas. Un recurso que desde siempre ha calado entre los simpatizantes de ideas ultraderechistas o nacionalistas. «La WKKK no atraía a las mujeres por su novedad, sino más bien por sus ideales y rituales, que encajaban de forma bastante natural con la tradicional vida de la población protestante blanca en Estados Unidos». En este sentido, muchas de ellas interpretaron su pertenencia al grupo como un oportunidad para «pasar un buen rato con amigos y disfrutar».
Lo más perturbador y llamativo de esta particular visión que muchas simpatizantes tenían del Klan era que, en cierto modo, creían que debían formar parte del grupo porque este salvaguardaba sus derechos recién conseguidos, como el derecho al voto. En cierto modo, los líderes del KKK se erigieron como garantistas del papel político que una mujer debía tener en el seno de la sociedad, atrayéndolas con ideales de lo más progresistas que disipaban toda sombra de machismo conservador del que subrepticiamente el colectivo hacía gala.
¿Feminismo en el Ku Klux Klan?
Esta contradicción ideológica la podemos ver plasmada en un antiguo anuncio del estado de Indiana dirigido exclusivamente a las mujeres, recopilado por ‘JSTOR Daily’: «Los hombres ya no aspiran a la dominación total en ningún campo profesional propio, mientras que ellas, ya sea que permanezcan secuestradas bajo el velo de la vida en el hogar o en los ajetreados pasillos de los negocios de moda, las mujeres ahora están llamadas a poner sus espléndidos esfuerzos y habilidades en un movimiento para mujeres cien por cien estadounidenses».

Dos mujeres miembros del Ku Klux Klan de pie junto a una cruz en llamas, EE. UU., Circa 1965
Esta serie de anuncios convencieron a muchas de que el WKKK era un medio útil para la preservación de los derechos femeninos protestantes que tanto había costado conseguir. ¿Cómo era posible que en un grupo de ideología extremadamente conservadora se diera esa comunión entre racismo y feminismo? Blee lo asocia al hecho de que una vez conquistada la lucha por el voto femenino en 1920, las ideas feministas se diseminaron por el país, dividiéndose en subgrupos, yendo a parar en muchos casos a organizaciones supremacistas. «La WKKK les concedió la oportunidad de hacer valer su nuevo poder político conseguido recientemente, vivir la vida fuera de los límites del hogar y ejercer su autonomía en sociedad», recalca Cantaneo. «Algunas mujeres, incluso, se rebelaron contra sus maridos o se divorciaron para unirse al Ku Klux Klan».
Muchas de sus líderes, como por ejemplo Lulu Markwell o Daisy Doulgas Barr, llegaron a afirmar que el Klan las protegía contra el acoso sexual y la delincuencia recalcitrante de sus maridos. Y, además, exigían demandas políticas que aún hoy están en juego, como por ejemplo la igualdad salarial. «Algunas mujeres tenían la habilidad de convertir la intolerancia racial y religiosa en ideas progresistas», observa Blee. Ahora, pasados los años, la pregunta está clara: ¿puede a día de hoy un movimiento conservador radical y abiertamente racista apropiarse del discurso femenista en su propio beneficio?
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