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Una Leica para escapar del Holocausto…


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Xakata(F.Sanchez)/El País(J.M.Muñóz)  —  La historia de la humanidad está llena de injusticias terribles. Y matar a alguien solo por sus ideas o su procedencia merece la más absoluta de las repulsas. Dentro de esos momentos malditos siempre podemos encontrar a gente que trató de mejorar la situación de las víctimas. Hablaremos de Ernst Leitz II, dueño de la famosa Leica durante los espantosos años de Hitler en el poder, que salvó de las garras nazis a más de 200 judíos.

Un rabino perseverante afincado en Londres y sus 15 años de trabajo concienzudo han roto el silencio que siempre deseó la familia Leitz. Ernst Leitz II, fallecido en 1956, fue el dueño de la empresa de material óptico que fabrica las cámaras Leica y también miembro del Partido Nazi a partir de 1942, después de abandonar el Partido Democrático Alemán; contribuyó en los proyectos armamentísticos del III Reich, fabricando incluso componentes para misiles. Pero en ningún caso era un criminal.

Entre 1933, cuando Adolf Hitler ascendió al poder, y 1939, cuando Alemania cerró sus fronteras tras la invasión de Polonia, Leitz se las ingenió para salvar a 200 judíos del genocidio, sobre todo después de la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938, cuando las SS quemaron sinagogas y las piras de libros de autores judíos se propagaban por toda Alemania. Para engañar al régimen, enviaba a sus empleados judíos a varios países, principalmente a la delegación de la compañía en Nueva York.

Ernst Leitz II, quien ideó ‘el tren de la libertad de Leica’ para sacar de Alemania a más de 200 judíos. En algunas crónicas modernas lo llaman el Oskar Schindler de la fotografía.

Como todas estas historias hay que entenderlas en su contexto y estudiarlas con mucho cuidado, porque hay luces y sombras que son difíciles de entender. Sobre todo sin saber el contexto ni la situación en la que se vivió durante los años del terror nazi.

Leitz logró que sus aprendices viajaran a Francia, o embarcaran rumbo a Estados Unidos, Reino Unido y Hong Kong; tramitaba sus visados, les buscaba empleo en la industria fotográfica, les pagaba una cantidad de dinero hasta que hallaran un trabajo, y les regalaba una cámara con la que llegaban a la sede en la Quinta Avenida de Nueva York.

El rabino, Frank Dabba Smith, ha reconstruido las peripecias del empresario y de sus empleados a través de documentos entregados por éstos y recopilados muchos años después de concluida la II Guerra Mundial. Leitz ocultó los detalles de sus peligrosas andanzas hasta a sus familiares.

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Su hija Elsie-Kuhn llegó a ser encarcelada después de que acompañara a un grupo de mujeres hasta la frontera con Suiza, lo que acarreaba severos castigos, y más tarde fue investigada por tratar de mejorar las condiciones de vida de los 700 obreros procedentes de Ucrania que el régimen asignó como esclavos a la empresa.

No olvidemos que ella era amiga personal de Henri Cartier Bresson, el cual escribió la introducción de su biografía, donde se contaba todo lo que hizo esta mujer por los demás.

Finalmente fue liberada, pero se sometió a un tratamiento difícil durante el interrogatorio. También estaba bajo sospecha cuando trató de mejorar las condiciones de vida de 700 a 800 trabajadores esclavos ucranianos, todas mujeres, que fueron asignadas a trabajar en la fábrica durante la década de 1940. (Después de la guerra, Kuhn-Leitz recibió numerosos honores por sus esfuerzos entre ellos el Academic Officier d’honneur des Palms francés en 1965 y la Medalla Aristide Briand de la Academia Europea en la década de 1970).

Pero el Gobierno nazi necesitaba al empresario. Sobre todo sus cámaras, que también causaban furor en aquellos días. «Los fotógrafos que no comprendan que el uso y promoción de estas modernas y pequeñas cámaras constituyen una obligación inherente a su misión deben entregar sus credenciales oficiales», advirtió en 1937 Joseph Goebbels, jerarca y maestro de la propaganda antisemita. Tan imprescindible era la compañía radicada en Wetzlar (Estado de Hesse), que el Gobierno decidió hacer la vista gorda.

A comienzos de este mes, la Liga Antidifamación -uno de los más agresivos lobbies judíos en Estados Unidos- concedió al cristiano Ernst un premio por la salvación de sus trabajadores, que recibió la nieta del industrial, Cornelia Kuhn. Sin embargo, el Museo del Holocausto de Jerusalén (Yad Vashem) no contempla considerarlo Justo entre las Naciones, la distinción que otorga a los gentiles que se jugaron el pellejo escondiendo a perseguidos judíos y que han merecido 427 alemanes. Yifat Bachrachron, portavoz del museo, explica la razón: «No cumple el criterio básico para concederle la distinción, porque no está probado que pusiera en serio peligro su vida por salvar a judíos del Holocausto».

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«Cada caso», precisa Bachrachron, «se investiga meticulosamente por un experto en el periodo o en el país del aspirante y, cuando se reúnen suficientes evidencias, se someten a la comisión de designación de los Justos entre las Naciones, formada por supervivientes del Holocausto, historiadores y presidida por un juez del Tribunal Supremo retirado, que decide si se cumplen los criterios fijados».

Yad Vashem es una institución muy estricta, a pesar de que en los mapas del museo no hay lugar para nada que se llame Palestina: sólo existe la Tierra de Israel entre el Mediterráneo y el río Jordán. Pero con el Holocausto no se juega. En agosto de 2005, una familia de colonos de Gaza abandonó su casa con las manos en alto. Emulaban al grupo de judíos encabezados por un niño con gorra, captados en una fotografía ampliamente difundida, que fue detenido pistola en mano en el gueto de Varsovia. La dirección del museo montó en cólera porque, en su opinión, es intolerable equiparar la decisión del Gobierno de Israel de evacuar la franja de Gaza con el genocidio ejecutado por el régimen nazi. Firmes y concienzudos, en Yad Vashem tienen dudas de que Leitz, protestante de pocas palabras, mucha acción y alérgico a la fama, tuviera una actitud heroica.

El rabino ha desvelado la historia que Günther, hijo del industrial, se negó a publicitar hasta después de su muerte. Amante de las prestigiosas cámaras fotográficas de 35 milímetros, Dabba Smith no alberga dudas de las verdaderas intenciones de Leitz II y de que muy poco podía hacer para no utilizar a los esclavos que le proporcionaba el régimen nazi. No obstante, los esfuerzos del empresario fueron insuficientes para algunos supervivientes del genocidio.

En 1988 plantearon una demanda contra la compañía por haber aprovechado los trabajos forzados de los deportados. Nunca se probaron las acusaciones, pero Leica se sumó al consorcio que pagó en 1999 5.700 millones de euros a las víctimas.

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Prisioneros judíos trabajan en una fábrica alemana de armamento durante la II Guerra Mundial

La historia de ‘el tren de la libertad’

Se conoce desde hace mucho tiempo. El escritor Goerge Gilbert lo sacó a la luz en un artículo y el rabino Frank Dabba Smith escribió el libro ‘The Greatest Invention of the Leitz Family: The Leica Freedom Train’, después de quince años investigando una historia que había quedado sepultada en el tiempo.

Entre 1933 y 1939 Ernst Leitz II consiguió crear un entramado para sacar a los trabajadores judíos de su empresa como destinados a las oficinas de Francia, Gran Bretaña, Hong Kong y Estados Unidos. Y no solo a sus empleados, sino a amigos y familiares para escapar de la locura nazi.

Se llegó a conocer como ‘el tren de la libertad de Leica’. Los judíos que lograron escapar gracias a su empresa llegaban a estos países con todas las garantías y con un puesto de trabajo garantizado.

En poco tiempo, los «empleados» alemanes desembarcaron del transatlántico de Bremen en un muelle de Nueva York y se dirigieron a la oficina de Manhattan de Leitz Inc., donde los ejecutivos los encontraron rápidamente en la industria fotográfica. Llevaban alrededor del cuello el símbolo de la libertad: una nueva cámara Leica. Los refugiados recibieron una beca hasta que pudieron encontrar trabajo. De esta migración surgieron diseñadores, técnicos de reparación, vendedores, comerciantes y escritores para la prensa fotográfica.

El Leica Freedom Train estaba en su apogeo en 1938 y principios de 1939, entregando grupos de refugiados a Nueva York cada pocas semanas. Luego, con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, Alemania cerró sus fronteras. Para entonces, cientos de judíos habían escapado a América, gracias a los esfuerzos de los Leitz.¿Cómo escaparon Ernst Leitz II y su equipo? Leitz, Inc. era una marca reconocida internacionalmente que reflejaba el crédito en el recientemente renaciente Reich. La compañía produjo cámaras, telémetros y otros sistemas ópticos para el ejército alemán. Además, el gobierno nazi necesitaba desesperadamente divisas del extranjero, y el mercado óptico más grande de Leitz era Estados Unidos.

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La portada del artículo donde se publicó la historia por primera vez

Al parecer toda esta historia no es muy conocida por deseo expreso de la familia, quien pidió que no se divulgara hasta que falleciera el último miembro de la familia Leitz. Como se narra en un artículo de la Asociación Fotográfica de Canada, donde cuentan que esta historia la descubrió George Gilbert:

Mucho después de que terminó la guerra, la historia del programa Freedom Train se propuso por primera vez a Reader’s Digest con sus más de 12 millones de lectores. Los directores de Leitz lamentablemente rechazaron el permiso mientras las personas involucradas aún estuvieran vivas y posiblemente en riesgo de represalias. Para 1987 había muerto el último de los protagonistas y George escribió un pequeño artículo de media página que fue publicado en varias crónicas fotográficas. Una década más tarde, la historia se cubrió brevemente en el libro Illustrated World Wide Who’s Who of Jewish in Photography (ver reseña en la edición de mayo de 1997 de Photographic Canadiana ).

George envió una versión abreviada de la historia a las diversas sociedades fotográficas para su publicación; publicamos la historia en nuestro número de mayo de 2002. Desafortunadamente, los esfuerzos para encontrar a alguien con familiares que fueron ayudados por Leitz no han logrado encontrar a nadie hasta la fecha. La historia del Tren de la Libertad y el papel desempeñado por Norman Lipton, George Gilbert y el rabino Frank Dabba Smith para sacarlo a la luz, se tratan en el panfleto de 2002 del Rabino Smith The Leica Freedom Train publicado por la American Photographic Historical Society en Nueva York. Se proporcionó una copia a cada asistente a esta presentación.

Puede que no sea una historia fotográfica 100%, y seguro que hay muchos matices, como sucede con Oskar Schindler, pero desde hoy miraré a Leica con otros ojos. Al menos en los tiempos horribles demostró tener humanidad.

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