actualidad, opinion, variedades.

2da. Guerra Mundial, historias …


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Las olímpicas judías de Hitler: Gretel Bergmann…

elhistoriador.es  —  Gretel Bergmann deseaba participar en los Juegos Olímpicos de Berlín, pero al contrario que Helene Mayer, no estaba motivada por la vertiente del éxito deportivo sino por el deseo de romper el estereotipo de los judíos que potenciaban los nazis: “gordos, con las piernas torcidas y miserables”.

No obstante, el concurso de la señorita Bergmann estuvo jalonado con toda serie de obstáculos. Expulsada por ser judía, se había adaptado a la vida en Reino Unido hasta llegar a competir en campeonatos nacionales pero una carta le anunció la posibilidad de inscribirse con el II Reich. Las ‘habituales’ amenazas del gobierno nazi a su familia residente en Alemania empujaron a Bergmann a disputar una ronda de clasificación un mes antes del inicio de los Juegos Olímpicos.

Gretel saltó 1,60 metros -su mejor marca personal- y logró ser una de las tres clasificadas de Alemania para el evento. Poco después, Estados Unidos aceptó los gestos magnánimos de Adolf Hitler con los judíos y anunció que declinaba su boicot los Juegos. Inmediatamente, los 21 judíos preclasificados fueron “no elegidos” -salvo Helene Mayer-.

“Nunca más me permitieron poner un pie en el estadio, ni como espectadora” recuerda ahora Bergmann junto aquellos letreros denigrantes de “No se permite la entrada ni a judíos ni a perros”. Gretel abandonó el país de nuevo y se marchó a Estados Unidos junto al que posteriormente sería su marido, el corredor judío Bruno Lambert para pasarse a llamar Margaret Lambert.

De haber repetido en los Juegos su salto de la clasificación habría conseguidola medalla de plata, pero el III Reich hubo de conformarse con un bronce. Curiosamente, la cuarta clasificada en Múnich fue Dora Ratjen, quien se demostró 30 años después que en realidad era un hombre que los nazis habían infiltrado para garantizarse un mayor éxito.

Símbolo judío contra el III Reich

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Helene Mayer

En Estados Unidos, Margaret sufría pesadillas imaginando su presencia en Berlín y saludando “¡Heilt Hitler!” como Helen Mayer, al tiempo que se trasnformaba en un símbolo de la opresión judía en Alemania.

Escribió el libro autobiográfico “By leaps and bounds” (A pasos agigantados), la HBO filmó un documental sobre su vida en 2004 narrado por Natalie Portman y el Museo del Holocausto la incluye entre sus principales protagonistas en la exposición que estará abierta en Washignton hasta mediados de agosto.

En 1999 volvió por primera vez a Alemania, a Laupheim, su ciudad natal.

“Cuando escuché que darían mi nombre al estadio para que los jóvenes se preguntaran ¿Quién fue Gretel Bergmann? y les contaran mi historia y la de aquellos tiempos creí que era importante recordar, por lo que acepté regresar al lugar al que juré que nunca estaría de nuevo” reconoció la antigua saltadora de altura.

Activa y despierta pese a su ancianidad, todavía ofrece conferencias y entrevistas, al tiempo que ha extendido la mano a la concordia tras décadas sin querer volver a su país de nacimiento. “No odiaré a todos los alemanes nunca más, ya lo hice mucho tiempo.

Muchos están intentado corregir sus errores. Los jóvenes no son responsables de lo que hicieron sus mayores” explicó durante un homenaje durante los Juegos de Atlanta 1996. Hitler le privó de la posibilidad de una medalla por ser judía, pero ha podido contar su historia y la de las víctimas que no hubieran contado con su poderosa voz.

Cómo Paul von Hindenburg fue enterrado seis veces en doce años, el último por los Monuments Men

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Hindenburg con Hitler

muy interesante(G.Carvajal)  —  La historia recuerda a Paul von Hindenburg, el segundo presidente de la República de Weimar, como el hombre que propició el ascenso de los nazis al poder. Aun siendo un monárquico convencido había aceptado la presidencia presionado por los partidos conservadores, cuando su estado de salud debía estar ya ciertamente mermado.

Militar de carrera, en 1911 se había retirado ya del ejército a la edad de 63. Pero entonces llegó la Primera Guerra Mundial y Hindenburg se reenganchó, siendo destinado al VIII Ejército como su comandante. Se convirtió en un héroe nacional al vencer a los rusos en la batalla de Tannenberg en 1914, y luego dimitió tras el Tratado de Versalles.

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Funeral de Hindenburg en el Monumento de Tannenberg

Cuando se presentó a las elecciones para la presidencia de la república tenía ya 77 años. Derrotó fácilmente a su oponente, Adolf Hitler, pero como los nazis eran mayoría en el Reichstag, le nombró canciller, aconsejado por Franz von Papen. El resto es historia.

Hindenburg murió el 2 de agosto de 1934, y aquí es donde empieza otra historia, la de sus seis entierros. El propio Hitler ordenó que fuera enterrado en el monumento conmemorativo de la batalla de Tannenberg situado cerca de la entonces ciudad alemana de Hohenstein (actualmente la ciudad polaca de Olsztynek). Contra sus últimos deseos, que eran reposar en la tumba familiar de Hanover con su esposa.

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Entrada de la cripta de Tannenberg

Pero como todavía no se había construído una cripta en el monumento, cinco días después de su muerte se le inhumó en los jardines adyacentes. Al año siguiente fue desenterrado junto con los cuerpos de 20 soldados alemanes que yacían en los mismos jardines, para dar comienzo a las obras de construcción de la nueva cripta, cuyos trabajos incluían rebajar la plaza unos dos metros y medio.

El 2 de octubre de 1935 sus restos fueron colocados en la terminada cripta junto con los de su esposa, que habían sido trasladados desde Hanover. Pero en enero de 1945 con el avance de las tropas soviéticas sobre Prusia, Hitler temió que la cripta fuera violada y ordenó trasladar los restos a un bunker de Berlín, donde permanecieron temporalmente. Luego fueron trasladados a una mina de sal en la localidad de Bernterode, junto con los restos de Federico Guillermo I y Federico II el Grande de Prusia, donde fueron enterrados a 550 metros de profundidad.

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Ruinas del monumento de Tannenberg en la actualidad

Tres semanas después, el 27 de abril de 1945, los cuatro ataúdes fueron descubiertos por las tropas estadounidenses, que habían excavado un tunel en la mina, probablemente buscando otra cosa. Los cuatro fueron trasladados al sótano del castillo de Marburgo, donde estuvieron prácticamente un año entero, sin que nadie quisiera hacerse cargo del asunto.

Finalmente el gobierno estadounidense decidió que había que hacer algo con ellos, y los encargados fueron nada menos que los Monuments Men, quienes le pusieron a la operación el nombre de Operación Bodysnatch. La operación secreta consistió en enterrarlos en la cercana iglesia de Santa Isabel de Marburgo, previa consulta a los descendientes de ambas familias, lo cual se llevó a cabo el 19 de agosto de 1946.

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Las tumbas de los Hindenburg en la Iglesia de Santa Isabel, en la actualidad

Por temor a que los cuerpos pudieran ser robados las tumbas se cubrieron con gruesas placas de acero y grandes bloques de piedra con hormigón, de unas dos toneladas. Los Hindenburg siguen allí hoy en día, mientras que los monarcas reposan finalmente en Postdam. Así terminó una odisea que llevó a Hindenburg a ser enterrado hasta seis veces en solo doce años.

Miles de libros de ocultismo que pertenecieron a Himmler, en la Biblioteca Nacional de Praga

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L.B.V.(GJ.Álvarez)  —  Aunque aquella estrambótica afición de los nazis a los temas esotéricos parecía ya agotada por saturación, todavía proporciona alguna sorpresa de vez en cuando, como demuestra lo ocurrido en 2016 en la República Checa. Resulta que en su Biblioteca Nacional, que tiene su sede en Praga y conserva unos fondos de diez millones de volúmenes, se encontró una colección bibliográfica cerrada desde los años cincuenta y compuesta por trece mil libros sobre ocultismo y asuntos similares; nada fuera de lo normal, valga la ironía, salvo por el hecho de que quien la reunió fue nada menos que Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS y ministro de Interior durante el régimen hitleriano.

Como es sabido, el nazismo propugnaba la superioridad de la raza aria, un concepto -el racial- erróneo al que se aplicó es un término -aria- también erróneo , pues la genética ha demostrado que no existen las razas y que los arios no eran exactamente los preindoeuropeos que la Alemania nacional-socialista proclamaba sino un pueblo protoindioiranio. Pero perduró su utilización para designar a los europeos blancos y germánicos, estableciéndose diferentes niveles de pureza.

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El Clementinum, la sala histórica de la Biblioteca Nacional de Praga

Así que buena parte de ese esfuerzo de reunir documentación tenía como objetivo sustentar con «pruebas» históricas y arqueológicas tal teoría. Hasta se creó una sociedad llamada Ahnenerbe cuyo nombre completo, bastante significativo, era Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana. La Ahnenerbe organizó y financió un buen número de expediciones etnológicas y antropológicas que actuaron por todo el mundo, además de llevar a cabo experimentos médicos con seres humanos; por eso al final de la guerra, ya disuelta, fue declarada organización criminal y su director, Wolfram von Sievers, condenado a muerte.

El caso es que la mayor parte de los libros encontrados en la República Checa pertenecían a Himmler, que los llevó allí procedentes, por confiscación, de una biblioteca de Oslo. Aquí el asunto da una vuelta de tuerca. Resulta que la biblioteca noruega pertenecía a una logia local de la masonería, como atestigua uno de los investigadores que descubrió la colección en Praga, Bjørn Helge Horrisland. Los libros tenían como destino original el castillo de Wewelsburg, en Renania del Norte-Westfalia, donde Himmler había ubicado una especie de santuario de las SS.

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El castillo de Wewelsburg

Muchos de los textos se agrupan bajo el epígrafe Biblioteca de las brujas por su temática afin. Si alguien se pregunta qué interés podían tener los nazis en la brujería, la respuesta está en una enrevesada hipótesis que manejaba el propio Himmler, con vistas a reducir la influencia de la Iglesia en la sociedad alemana, según la cual las persecuciones contra las brujas se debían al interés del Vaticano en destruir la raza germana. Es difícil entender del todo por qué habría que identificar a las brujas con dicha raza, más allá de la aseveración de Himmler de que que un antepasado suyo murió en la hoguera por esa causa.

Las modistas de Auschwitz

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Marta Fuchs, la costurera jefa de la «Obere Nähstube».

Me comunico con Lucy Adlington en Londres. En la conversación telefónica, describe cómo estaba hojeando documentos de archivo de los años 30 y 40 para saber cómo eran las mujeres durante la guerra. «Me encontré con una referencia a un salón de costura en Auschwitz, pero había muy poca información», dice.

Adlington se puso a buscar pistas, para saber más sobre las modistas. En el proceso, descubrió inspiradoras historias de resistencia y supervivencia. Los hallazgos de la autora e historiadora se publican ahora en un nuevo libro titulado «La modistas de Auschwitz».

El «estudio superior de sastrería»

A finales de la década de 1930 y principios de la de 1940, Hedwig Höss, la esposa del comandante nazi del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, dirigía allí un salón de moda que empleaba a prisioneras. Conocido como «Obere Nähstube», o «estudio superior de sastrería», el salón diseñaba y confeccionaba trajes de alta gama para la élite nazi.

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Hunya Volkmann, una costurera de Auschwitz que sobrevivió y se instaló posteriormente en Berlín.

La historiadora Lucy Adlington lo califica de «horrible anomalía», que contrasta con las atrocidades cometidas por los nazis contra los 1,3 millones de prisioneros del campo de exterminio.

Los nazis siempre entendieron el poder de la ropa, desde los uniformes hasta la alta costura, señala Adlington. Magda Goebbels, la esposa del ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, no se privaba de vestir creaciones judías.

«Qué desconexión tan completa. Estás vestida con trapos sucios y estas esposas de las SS vienen diciendo: ‘Cariño, hazme un vestido nuevo'», cuenta Adlington a DW.

Encontrar a las modistas

Al principio, la historiadora solo tenía una lista con los nombres de las costureras: Irene, Renee, Bracha, Hunya, Mimi, etc. Tratar de encontrar los nombres y apellidos de las mujeres en los registros es complicado, explica Adlington. Muchas mujeres usaban apodos o cambiaban sus nombres cuando se casaban. Algunas mujeres judías también adoptaron nombres hebreos después de la guerra. En 2017, Adlington revivió a estas mujeres en una novela titulada «La cinta roja».

Su relato de ficción sobre las modistas cuenta la historia de cuatro jóvenes, Rose, Ella, Marta y Carla, que cosen ropa en el taller de confección del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, como medio de supervivencia en un entorno hostil.

«No tenía suficiente información, así que me imaginé cómo sería una joven que cosía, en Auschwitz, para la esposa del comandante», relata la autora. «Y cuando salió esta novela, la gente empezó a ponerse en contacto conmigo para decirme: ‘Bueno, en realidad, esa era mi tía, esa era mi madre, esa era mi abuela'».

Adlington pronto tuvo la «fuerte sensación de que la historia no está enterrada; es la vida de la gente», dice. La investigadora comenzó a ponerse en contacto con familiares de las costureras de Auschwitz y, en 2019, conoció a una costurera superviviente en San Francisco, Bracha Kohut, de 98 años.

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Lucy Adlington (izquierda) con Bracha Kohut, de 98 años, una modista superviviente de Auschwitz.

«Fue un gran encuentro», recuerda Adlington. «La miré pensando, esta es la misma mujer sobre cuyas experiencias has estado leyendo. Aquí está ella. Intenté entender cómo ella, a una edad tan temprana, pudo soportar ese trauma».

La resistencia clandestina de las modistas

Para muchas presas, trabajar en el taller de sastrería era una forma de sobrevivir. La costurera jefa era una mujer llamada Marta, que creó deliberadamente el salón de moda como un refugio. «Quería salvar a todas las mujeres que pudiera. Así que sí, tenían ropa limpia. Tenían la oportunidad de lavarse. Y como dijo una mujer, tenían un trabajo significativo», la cita Adlington.

«Así que en lugar de ser tratados peor que los animales…, como esclavos que estaban traumatizados, construyendo las cámaras de gas que los asesinarían a ellos y a sus familias, realmente tenían algo hermoso que hacer. Creo que eso debió ser increíble para su autoestima», supone.

Pero las mujeres del taller de sastrería no se limitaban a hacer hermosos vestidos. Muchas ayudaban en secreto a los movimientos de resistencia clandestinos, utilizando sus posiciones relativamente privilegiadas para comunicarse con la gente de fuera del campo. «Recogían medicamentos y los distribuían. Robaron todo lo que pudieron… y creo que lo más importante es que mantuvieron la moral alta», cuenta la autora.

«Podían acceder a los periódicos y escuchar secretamente las radios para poder decir: ‘mira, los aliados han invadido Francia. Llegó el Día D, aguanta.» La costurera jefa, Marta, también se preparaba para escapar de Auschwitz y contar al mundo exterior las atrocidades de los nazis, añade Adlington.

Un trabajo de amor

Aunque la autora pudo hablar con Bracha Kuhot y las familias de las demás modistas para su libro, no ha podido encontrar rastros de los vestidos que confeccionaron estas mujeres.

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El vestido de seda hecho por Hunya Volkmann para su sobrina.

«Que yo sepa, no se sabe que haya perdurado ninguna ropa de ese salón de moda. Había un libro de pedidos en el salón que, según un testigo, tenía los nombres de los más altos nazis de Berlín, así que los clientes de Berlín pedían su ropa a Auschwitz. Pero esos registros no han sobrevivido», lamenta Lucy Adlington en la entrevista con DW.

Sin embargo, Adlington, también coleccionista de ropa antigua, cuenta que una de las modistas que sobrevivió a Auschwitz cosió más tarde un vestido de seda para su sobrina.

«La sobrina me envió el vestido. Así que tengo un vestido hecho por una de las modistas, y me hace llorar cada vez que lo veo. Es tan hermoso pensar en lo que tuvo que hacer en los campos para sobrevivir esta mujer llamada Hunya», confiesa Adlington, quien reiteró que el trabajo de esas mujeres era esencialmente un trabajo de esclavas. Sin embargo, «este vestido que hizo para su sobrina fue cosido con amor.»

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