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Curiosidades del idioma …


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Yorokobu(P.Iñígo)  —  Existe un fenómeno por el cual palabras de otros idiomas se van introduciendo en el nuestro de manera sigilosa. Primero nos chocan, y tal como las escuchamos, las desestimamos. Hasta que, de pronto un día, sin saber muy bien cómo, acabamos diciendo «vaya tsunami de emociones», utilizando ‘sunami’, sin reparar en el japonesismo que acabamos de colar.

Esta adaptación aplica a uno de los procesos evolutivos de la lengua que pasa por incorporar extranjerismos para referirse a ideas o significados que no tenemos, en este caso, en español. Incluso a veces nos vemos utilizando palabras de otros idiomas solo por parecer más modernos.

Si quieres hacerlo, está bien, pero al menos, que sepas de dónde viene y qué significa. Así que si eres de los que piensa que el saber no ocupa lugar, atento a esta primera tanda de japonesismos. No pienses que esto no te aplica, pues estoy segura que alguna de las que a continuación leerás, la has utilizado o utilizas habitualmente.

Una de las más empleadas sea, seguramente, emoji. Tal es así que incluso lo recoge la RAE como «pequeña imagen o icono digital que se usa en las comunicaciones electrónicas para representar una emoción, objeto o idea». Ojo, cuidado: no confundir con emoticono: símbolo formado únicamente por los signos del teclado. El caso, la etimología de emoji viene de e, que significa dibujo, y la combinación de mo y ji que juntas significan letra o signo de escritura. Alerta purista: emoji se pronuncia “emoyi”, sonido original. En japonés no existe el sonido de la jota. De hecho, aquí un ejemplo. Si se pronuncia “yudo” al referirse al arte marcial “judo”, por qué no hacer lo mismo con “emoyi”.

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Época de verano y de bajarse sudokus a la piscina o a la playa.

Pero, ¿qué es un sudoku?

Ya sé que todos sabemos que es un pasatiempo en el que hay que ordenar números dentro de la cuadrícula sin que se repitan, explicado de manera fácil y para toda la familia (gracias, Arguiñano).

Pero lo que no sabemos es que sudoku es la abreviación de “sujiwa dokushin ni kagiru”. En cristiano, los números deben ir solos.

Gracias a que los japoneses aplican la técnica de tomar el primer kanji o pictograma de palabras compuestas para abreviarlas, hoy podemos llamar a eso tan largo, sudoku.

Siguiendo un orden random que dirían los modernos que no quieren decir aleatorio, continuamos con kimono. Huelga que explique su significado así que solo me ceñiré a la etimología. Ki viene del verbo kimasu que es poner/ponerse, normalmente una prenda de ropa; mono es cosa. Así que «cosa que se pone» da como resultado kimono. ¡Quí mono! 

Aunque hace años que no vemos uno y probablemente ya ni se vendan, salvo en páginas web concretas o tiendas de retro gaming, todos hemos tenido alguna vez en nuestro mano un tamagotchi. Ese aparatito pequeño con forma ovalada que había que cuidar y alimentar.

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Bien, ¿sabes por qué tiene forma de huevo? Porque tamago es, precisamente eso: huevo. Y el tchi –uff, qué complicado, viene del inglés watch. Como en japonés no existe esa consonante sola, se añade una i para convertirlo en sílaba. Por tanto: watchi, de la que solo tomaron tchi para formar el tamagotchi, que viene a ser algo así como reloj con forma de huevo.

Espero que esta entrada no haya sido un tsunami de palabras (tsu es puerto y nami, ola) y que al menos haya servido no solo para volveros locos, sino para acercaros un poquito más a una cultura milenaria tan fascinante como acogedora. Por cierto, no confundir tsunami con maremoto, porque, como dice un dicho popular, «es igual, pero no es lo mismo». Pero eso ya te dejo a ti que lo investigues.

Por qué el alemán tiene una palabra específica para todo

Uno de los efectos colaterales que ha tenido la crisis del coronavirus es que ha obligado a definir nuevos conceptos y a crear nuevas prácticas en el día a día, prácticas que no siempre existían antes o no tenían un nombre con el que referirse a ellas. El coronavirus nos ha obligado a encontrar nuevos términos, aunque no todos los idiomas lo han hecho con el mismo entusiasmo y casi se podría decir con la misma eficacia.

Si pienso en las nuevas palabras que dejó la pandemia en mi entorno, así, a bote pronto, solo se me ocurren como nuevos vocablos el covidiota que se tradujo desde el inglés al castellano y tuvo su momento de gloria en el verano de 2020, y el covidauto y el cribabús que el Servizo Galego de Saúde sumó al gallego abriendo esos servicios y nombrándolos así.

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Por el contrario, si yo fuese hablante de alemán, tendría mucho más para escoger. Una estimación de principios de este año apunta que el alemán sumó más de 1.200 palabras durante la pandemia. En alemán hay una palabra para la mascarilla de diario (alltagsmaske) o para la distancia social (mindestabstandsregelung) y la gente que la cumple a rajatabla (los anderthalbmetergesellschaft).

Pero lo cierto es que, si yo fuese esa hablante de alemán, en realidad, tendría palabras para todo, hasta para el dolor premenstrual. Se llama mittelschmerz y que la palabra exista maravillaba hace unas semanas a los usuarios de Twitter.

Igual que hace unos años Steve Jobs prometía que habría una app para todo, el idioma alemán podría hacer lo mismo, pero en el plano del vocabulario. Tiene una palabra para absolutamente todo. Si alguien con quien estás comiendo ha pedido un plato que en realidad te gusta más y ahora te arrepientes, tienes futterneid. Si no puedes contener la emoción cuando ves unas ruinas históricas, sufres de ruinenlust. Y así término tras término.

No es magia, es gramática

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Compañero de vida

¿Por qué los alemanes tienen palabras para todo y consiguen condensar en términos específicos cuestiones complejas que en otros idiomas requieren párrafos llenos de explicaciones?

Para una persona que viene de las lenguas romances, la cuestión parece magia. En estas lenguas, hay palabras comodín que valen para todo (y que asumo que son la pesadilla de quienes las aprenden), pero no esa casi brujería de encontrarse un término específico para una necesidad concreta. Simplemente, me dijo una amiga que estudió alemán en su juventud cuando le comenté esta fascinación sin terminar de comprenderla y pinchando la magia, son palabras compuestas.

Al otro lado del teléfono, Gabriele Kreuter-Lenz, la directora del Goethe-Institut Barcelona, me da la razón, al menos en el primer punto. Sí, en alemán existen palabras «muy específicas, muy concretas», aunque también recuerda que en inglés también se han ido creando términos bastante específicos.

Tanto Kreuter-Lenz como Alexandra Gassler, profesora de alemán en Berlitz, la otra experta en el idioma con la que hablé buscando una explicación a esto, acaban hablando de lo mismo que señaló mi amiga. Si en alemán hay tantas palabras tan específicas, es porque el idioma permite hacer palabras compuestas. Vamos, que no es magia. Es gramática.

Una lengua fluida

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«El alemán es conocido, sobre todo, por las palabras ultralargas, que casi siempre son al mismo tiempo las palabras ultraespecíficas», me dice Gassler; «estas son el resultado de compuestos».

Esta profesora las compara con el mecanismo que en castellano usamos cuando unimos términos con la preposición de, como en toque de queda. En alemán, las palabras se fusionan.

Por supuesto, para hacerlo existen reglas gramaticales, pero aun así la realidad es mucho más flexible y el idioma casi se podría decir que es más plástico.

De hecho, lo sorprendente no parece tanto que esas palabras existan como el hecho de que rápidamente se integren en la lengua, como ocurre con la avalancha de nuevos términos generados por la pandemia del coronavirus. Gabriele Kreuter-Lenz explica que en alemán «hay mucha más fluidez» en la lengua.

Las palabras nuevas se integran rápido y lo mismo ocurre con los cambios en la gramática. «Cosas que hace seis años eran errores ahora se pueden leer en los periódicos más importantes», añade.

Ayuda, quizás, que los medios de referencia no estén esperando a que los términos tengan el ok de un organismo como la Real Academia Española, mucho más lento que la lengua de la calle, para aceptarlos.

Eso no implica que el alemán fluya sin ningún tipo de control. Las nuevas palabras compuestas entran y salen de los diccionarios más importantes, pero también se hace un seguimiento de los cambios que se registran. «La creación de nuevas palabras está documentada, por ejemplo, por el Leibniz-Institut für Deutsche Sprache, una institución científica que se dedica al análisis de cambios en el alemán actual», apunta Alexandra Gassler.

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Por qué no tener miedo a las palabras largas

Quizás, por muy mágicas que parezcan desde fuera, las palabras compuestas son uno de esos elementos que hacen que el alemán dé miedo.

Para quien no habla alemán, (nos) parece una cumbre demasiado complicada de alcanzar. Gassler reconoce que generan «un efecto intimidante a los principiantes», pero que una vez que se comprende cómo se forman se entiende que «su semántica es generalmente transparente». Gabriele Kreuter-Lenz añade que, una vez que has pasado esa primera etapa, queda claro que este tipo de palabras se crean de forma lógica. Lo mejor, dice, para descubrir si aprender alemán es para nosotros, es probarlo.

Luego, poder crear palabras a medida parece, ciertamente, un poderoso incentivo.

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