Howard Hughes/Hugh Hefner, dos millonarios que hicieron historia …
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Howard Hughes
Howard Hughes, el hombre más rico de la tierra: amores salvajes, obsesión por los microbios y una muerte macabra
Infobae(M.Funes/C.Balbiani) — Quería ser el mejor aviador del mundo, el hombre más rico de la tierra y el mayor productor de Hollywood. Howard Hughes, de cuya muerte se cumplen hoy 45 años, logró sus tres propósitos y también que su propia leyenda llegara al cine.
Fue una de las figuras más asombrosas, intrigantes y controvertidas del siglo veinte: el primer multimillonario, un inventor genial, un piloto temerario, un visionario creador de películas y estrellas, un playboy que conquistó a las máximas reinas –y reyes– de la era dorada de la pantalla grande, un lobbista de oscuras vinculaciones políticas, uno de los dueños de Las Vegas, y un hombre torturado por su trastorno obsesivo compulsivo que terminó sus días recluido y solo, y murió de manera macabra y misteriosa.
Había nacido en Humble, Texas, en diciembre de 1905 y heredó su fortuna de su padre, el petrolero Howard Robard Hughes, que murió cuando él solo tenía 18 años. Su madre, Alene, había muerto dos años antes víctima de las complicaciones de un embarazo ectópico.
Alene padecía además misofobia (miedo a la suciedad y a la contaminación microbiana) y había sobreprotegido siempre a su hijo al punto de aislarlo de todos los gérmenes ambientales y ocuparse de bañarlo diariamente con desinfectantes. Perderla tan pronto fue devastador para el joven Howard, que según sus biógrafos, heredó sus obsesiones y nunca pudo deshacerse de la melancolía que se agravó con la muerte de su padre.
Se concentró entonces en multiplicar su riqueza. Y acuñó dos máximas: “Puedo comprar a todos los hombres del mundo”, y “Todos tienen su precio”. Él estaba dispuesto a pagarlo. En esos años de juventud desarrolló el método de trabajo que mantendría toda su vida: descubrir y contratar a los más talentosos en su campo, encumbrándolos generosamente a cambio de su absoluta fidelidad.
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Una vez que fue lo suficientemente rico, pudo concentrarse en sus pasiones principales: el cine, la aviación y las mujeres. En ese orden. Se mudó de Texas a Hollywood, donde vivía su tío guionista, y empezó a financiar sus primeras películas a los 20 años. En 1927 produjo Hermanos de Armas. Y después, contra la opinión de su familia a la que le compró su parte en la empresa familiar, invirtió una suma récord para la época en –US$3.8 millones– en el drama épico aéreo sobre la Primera Guerra Mundial Los Ángeles del Infierno.
Tres directores pasaron por el set antes de que tomara el trabajo él mismo. Pero cuando el film finalmente se estrenó, en 1930, fue un éxito comercial y de crítica que convirtió a la rubia Jean Harlow en la estrella del momento y a Hughes en uno de los grandes jugadores de Hollywood.
En 1932, produjo Scarface, inspirada en Al Capone, y a continuación, dirigió el western El forajido, cuyo rodaje dejó una anécdota que dejó a la vista su personalidad obsesiva. Perturbado por una arruga de la blusa que lucía en una escena la actriz protagonista, Jane Russell, Hughes diseñó un soutien especial con push-up para que quedara completamente lisa: “Esto es un problema de ingeniería, tenemos que explotar la delantera de Jane al máximo”, dijo entonces, según narra sus biógrafo Peter Harry Brown en Howard Hughes: The untold story.
La crítica no acompañó esta vez a la película, pero fue un éxito de taquilla: con Jane Russell, el joven magnate había descubierto a una estrella una vez más. Las mujeres más atractivas de Los Ángeles tenían muchas razones para querer estar cerca de Hughes.
Su lista de amantes es interminable. Se dice que era bisexual, y que ante sus encantos se rindieron desde Ava Gardner, Katharine Hepburn y Rita Hayworth, hasta Elizabeth Taylor, Ginger Rogers, Bette Davis, Ida Lupino, Lana Turner y la propia Jean Harlow. También Cary Grant, Randolph Scott, Rusell Gleason y Richard Cronwell.
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Katharine Hepburn
Pero por encima de todos, dos fueron las mujeres que destacaron en su vida amorosa, aunque ninguna de ellas se convirtió en su esposa –sí estuvo casado con Ella Rice y Jean Peters–. La primera fue Ava Gardner, “el animal más bello del mundo” –como la bautizó Frank Sinatra–, aunque la actriz insistió en repetidas ocasiones que su relación jamás fue sexual.
Una versión dice que, al enterarse de que Ava había pasado la noche bailando con un torero mexicano, Hughes le dislocó la mandíbula de una cachetada. La actriz se defendió golpeándolo con una estatuilla de bronce: lo dejó KO. Para hacer las paces, el magnate le regaló un Cadillac. Fueron amigos durante 22 años pero, pese a la insistencia del millonario, que le propuso matrimonio en múltiples ocasiones, Ava fue inflexible.
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Hughes, Howard Y Katharine Hepburn
A Hughes le gustaban las mujeres temperamentales. Su otro gran amor fue nada menos que Katherine Hepburn, la primera mujer en llevar los pantalones en Hollywood, que compartía con el millonario su espíritu indómito y su extravagante carácter. Los presentó Cary Grant en 1935 y Hughes hizo lo imposible por conquistarla.
La Hepburn se rindió a sus encantos; años más tarde develaría que le pareció “guapísimo con sus gafas de aviador”. Volaban juntos, jugaban al golf, al tenis, montaban a caballo y eran apasionados en la cama: “Con Howard nunca me sentía cohibida, porque él no lo estaba en absoluto”, relataría ella en sus memorias.
El año pasado, se subastaron las cartas en las que Hepburn lo llamaba su “ratón de campo” y “el jefe más maravilloso del mundo”. En una, le escribe: “Sos el hombre más dulce y más salvaje, el más imprevisible y brillante”, “Cuando te miro a los ojos, con esa mirada triste tuya, veo en ellos el pasado y el futuro, además del presente: veo a América”. Su romance duró cuatro años. Las continuas infidelidades de Hughes terminaron con la relación y Kate volvió a los brazos de Spencer Tracy.
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La lista de amantes de Howard Hughes es interminable y se dice que era bisexual
A fines de 1947, se encerró en una sala de proyección que tenía en Hollywood para realizar una maratón de películas que duró hasta la primavera del año siguiente. Por entonces, estaba a punto de comprar la mítica productora cinematográfica RKO. En una imagen que luego retrataría Martin Scorsese en el film El aviador (2004), con Leonardo DiCaprio en el papel del multimillonario, Hughes pasaría cuatro meses desnudo en una de las butacas de la sala de proyección, alimentándose de chocolates y haciendo sus necesidades en tarritos.
Un año antes había sufrido un accidente de aviación y las películas lo distraían de los dolores que le producían las secuelas de sus heridas.
Vendió el estudio en 1955 para poder concentrarse en la aviación. La película de Scorsese reproduce algunas de las aventuras aéreas de Hughes: su compra de la aerolínea TWA para competir con Pan Am; el récord de velocidad aérea transcontinental; el vuelo alrededor del mundo que lo convirtió en un héroe nacional en 1938; y su construcción del hidroavión de madera más grande del mundo, el Hércules, que solo voló una vez.
Pero su pasión por la aviación le costó cara: tras cuatro accidentes, el 75% de su cuerpo quedó afectado por quemaduras, el corazón se le desplazó y su lóbulo cerebral frontal, que rige el centro emocional humano y el control de la personalidad, quedó afectado para siempre.
Hacía semanas que estaba instalado en el Desert Inn de Las Vegas, en 1966, cuando el director del hotel le pidió que abandonara su suite para poder alojar a otros huéspedes que lo habían reservado por Navidad. Hughes aplicó entonces su máxima: en lugar de irse, compró el hotel, del que no se movió hasta cuatro años más tarde. Ya era adicto a la morfina y a la codeína desde su accidente de 1946, y ahora vivía aislado.
Cuando supo que los hoteles de Las Vegas desgravaban, compró desde su suite todas las propiedades que pudo y se convirtió en uno de los grandes inversores del nuevo boom de la ciudad del pecado. Durante su encierro, también se dio cuenta de que las cadenas de televisión no emitían las 24 horas del día, por lo que decidió comprar uno de los canales para poder pasar las noches en vela viendo sus películas favoritas.
O incluso, descolgar el teléfono y ordenar que repitieran alguna de sus escenas preferidas. “Volvías a tu habitación, encendías la tele a las dos de la madrugada y estaban poniendo la película Estación Polar Cebra. A las cinco, empezaba otra vez. Y así casi todas las noches. Hughes adoraba esa película”, cuenta el cantante Paul Anka en sus memorias.
Pero nada, ni las películas que amaba, lograban distraerlo de la fobia a los microbios que le había inculcado su madre. A veces, se lavaba las manos hasta sangrar, podía quemar todo su guardarropas si creía que había demasiados gérmenes, y daba precisas instrucciones al personal del hotel sobre la limpieza de su cuarto. Toda su vida había sufrido de trastorno obsesivo compulsivo, entre otras enfermedades mentales.
Muchos de sus biógrafos –se han escrito cerca de una decena de libros sobre su vida y se han filmado varias películas– sostienen que el TOC contribuyó a su éxito: de no haber padecido esta condición, tal vez no habría vivido bajo el perfeccionismo febril que aplicó desde la ropa interior de Jane Russell a las alas del avión más rápido del mundo. Pero en sus últimos años, su inestabilidad emocional y la sordera que había sufrido desde la niñez se agravaron y aumentó su consumo de medicación.
Hughes se retiró cada vez más de la vida pública y se encerró en distintos hoteles, por lo general siempre frente a las mismas películas, que veía a oscuras y en continuado, en medio de una nube de morfina.
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Hughes vendió el estudio en 1955 para poder concentrarse en la aviación
En 1970, partió en secreto junto a una corte de colaboradores rumbo a las Bahamas, y de allí a Managua, de donde huye del terremoto que destruyó la ciudad, rumbo a Londres. A los 67 años pilotea por última vez un avión hacia Acapulco, en donde vivirá rodeado de mormones hasta su muerte.
Aunque no era religioso, estaba convencido de que solo los miembros de esa comunidad eran confiables. Fueron ellos quienes lo embarcaron, ya agonizante, en un vuelo privado con destino al hospital de Houston el 5 de abril de 1976. No llegó a tierra con vida: era justo que el aviador muriera entre las nubes. Tenía 72 años.
Los médicos que certificaron su defunción se encontraron con “una piltrafa humana”: el multimillonario anciano no pesaba más de cuarenta kilos, usaba una barba de cuarenta centímetros y largas uñas que llevaba años sin cortar. Tenía cinco agujas hipodérmicas rotas en la carne de sus brazos por las que se inyectaba codeína; el consumo prolongado de narcóticos había destruido sus riñones.
El FBI tuvo que tomar sus huellas dactilares para asegurar que realmente se trataba de Hughes. Fue enterrado dos días más tarde en el cementerio de Glenwood, de Houston, ante apenas seis personas.
Había comprado a todos los hombres del mundo, pero terminó sus días completamente solo.
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«Ídolo estadounidense y fundador de Playboy», así anunció el fallecimiento de su creador la revista en su cuenta de Twitter
Hugh Hefner: la intimidad del emporio del sexo, los contradictorios testimonios de las Conejitas y el destino de su fortuna
Hace cuatro años moría el magnate del sexo. Se llamaba Hugh Hefner, tenía 91 años y una fortuna de casi 43 millones de dólares amasada con aroma a sexo. Fundador de la mítica revista Playboy, se convirtió en los años ‘50 en un ícono de la revolución sexual.
Hefner tuvo la fortuna de nacer en un tiempo donde las pulsiones del deseo y de la liberación buscaban vías de escape. Él, que provenía de una familia religiosa y muy estricta, terminó siendo el catalizador ideal que dio rienda suelta al erotismo desenfrenado para traspasar toda barrera de represión sexual. Si hubiera nacido unas décadas después, quizá hubiese muerto pobre. O podría haber terminado tras las rejas.
El psicólogo que cambió su rumbo
Hugh Marston Hefner nació en Chicago el 9 de abril de 1926. Su familia era ultra conservadora, pero él desde chico ya soñaba con patear el tablero de las normas preestablecidas. Luego de terminar el secundario, sirvió en el ejército estadounidense durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. A su retorno, estudió Psicología en la Universidad de Illinois. Parecía encaminado, pero, increíblemente, ese pasado quedó atrás cuando Hefner comenzó a ejercer como editor periodístico y se dispuso a crear una revista con un poco de humor y sin censuras.
En 1953 terminó fundando la mítica revista Playboy, una publicación para adultos. Para la primera edición tuvo una genial idea: se le ocurrió insertar como desplegable una vieja foto que había comprado de la actriz Marilyn Monroe desnuda. Fue un éxito total. Playboy revolucionó la concepción que había en la época sobre el sexo y se transformó en un precursor del erotismo gráfico.
Hefner reivindicó la libertad sexual y se convirtió en un provocador empresario del entretenimiento que tuvo, además, una cadena de clubes nocturnos, casinos, hoteles y también produjo cine. Todo lo que tocaba Hefner se volvía un éxito. Además, se mostraba como un activista por la igualdad racial y, cuando se desató la guerra de Vietnam, como un pacifista. Para su época, el psicólogo y empresario Hefner, era políticamente correcto y, en lo sexual, un avanzado defensor de la libertad de hacer con el cuerpo lo que se deseaba.
Las que no hacían siempre lo que verdaderamente deseaban eran las jóvenes vulnerables que empezaron a llegar hasta él buscando trabajo, brillo y fama. Se desnudaban y ya no había mucha vuelta atrás, quedaban atrapadas como luciérnagas por el brillo de la fama y el dinero.
La prensa lo perseguía y Hefner siempre era noticia. Vivía de fiesta en fiesta y rodeado por las mujeres más bellas.
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Hefner fue justamente el creador de un contenido que significó una revolución sexual en los Estados Unidos, un país de profundas raíces puritanas y conservadoras
La mansión de la lujuria
Junto al éxito, llegó el dinero. En 1971 compró por 1.200.000 dólares una mansión de estilo neo Tudor, de piedra y ladrillo, de 1.300 metros cuadrados que había sido construida en 1927. Situada en el número 10236 de la calle Charing Cross, en el barrio de Holmby Hills, en Los Ángeles, Estados Unidos, esa enorme propiedad pasó a llamarse la Mansión Playboy.
Allí fue donde Hugh Hefner construyó su imperio. Hedonista y promiscuo armó su propio harem con algunas de las jóvenes modelos. Sus “Conejitas” (así se llamaba a esas chicas por el logo de la revista que era un conejo negro con moño) y sus sucesivas mujeres legales habitaban bajo el mismo techo. Llegó a tener siete novias a la vez. Por supuesto, la relación entre ellas no era nada fácil. Todas se disputaban los primeros puestos.
Durante su vida Hefner se casó tres veces. El éxito de su revista fue, en gran parte, responsable del primer divorcio de Mildred Williams, con quien estuvo una década y con quien tuvo a sus dos primeros hijos.
En 1989, con 63 años, se casó por segunda vez con la “conejita” Kimberley Conrad, de 25. Esta vez lo celebró de una manera impactante: con una edición especial para coleccionistas de Playboy, donde su nueva mujer aparecía desnuda y en poses eróticas a lo largo de 93 páginas. Estuvieron diez años juntos y con ella tuvo dos hijos más. Su tercera boda fue con Crystal Harris y duró desde el año 2012 hasta su muerte.
Otros editores vieron su éxito y salieron a competirle. Pero Hugh era Hugh. En los años setenta cuando su imperio decayó, tuvo la buena idea de ceder el mando de la empresa a su hija mayor Christie, quien sacó a flote a la empresa y expandió la marca Playboy.
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Hugh Hefner construyó su propio imperio. Hedonista, visionario, promiscuo, armó su propio harem con jóvenes modelos: llegó a tener siete novias a la vez
Sexo, dinero, drogas y… abusos
La vida intramuros, en la mansión, no transcurría como la mayoría de la opinión pública fantaseaba. Las jóvenes tenían que cumplir con estrictas reglas. Si tenían novios debían ocultarlos para evitar problemas y, si no salían con Hefner, debían estar de vuelta antes de las nueve de la noche.
Cada viernes, el dueño de casa les pagaba mil dólares. Además, tenían una cuenta abierta en un salón de belleza donde podían ir a gastar todo lo que quisieran en peluquería o masajes y fondos para realizarse cirugías estéticas. La que resultara elegida la mejor “conejita” del año recibía un auto que, en las mejores épocas, era un Porsche.
Pero no todo era dinero. Cuando las “conejitas” que convivían con él querían ascender en la escala Hefner, debían practicarle sexo oral. La cornisa por la que caminaba el erotismo y el sexo propuestos por Hefner era altamente peligrosa y denigrante. El descontrol y las conductas abusivas eran piedras que estaban a la vista, en medio del camino. Pero eran otros tiempos.
Pasaron muchos años hasta que saltó la primera denuncia. Fue entre 2015 y 2016, cuando empezaron a aparecer mujeres del mundo del espectáculo que se animaron a relatar abusos sexuales sufridos por hombres conocidos. Dos denuncias contra el famoso Bill Cosby hicieron que se pusiera la lupa sobre la famosa Mansión Playboy. En esas declaraciones, las mujeres decían haber sido drogadas antes de ser abusadas por el actor durante esas fiestas.
Judy Huth declaró que Cosby abusó sexualmente de ella en 1974, cuando tenía 15 años. Lo hizo en la Mansión Playboy luego de haberle dado varias bebidas alcohólicas con droga. La modelo Chloe Goins sostuvo en otra denuncia que, en 2008, siendo una adolescente, había sufrido una agresión sexual por parte de Cosby en la misma casa. Contó que se despertó desnuda en un dormitorio de la mansión mientras Cosby le chupaba los dedos de los pies y se masturbaba. Y fue más allá: acusó al dueño de casa de haber sido -cuanto menos- negligente. Chloe cree que él no podía desconocer lo que ocurría.
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American Playboy: La historia de Hugh Hefner
Una vida sórdida
Fue este año que la ex novia de Hefner entre 2001 y 2008, Holly Madison (41), reveló más detalles de lo que ocurría detrás de esas paredes. Dijo sin pelos en la lengua que para vivir en la famosa mansión antes había que pasar por la cama de Hefner: “No estoy tratando de avergonzar a nadie ni nada por el estilo, pero nunca se le pidió a ninguna chica que se mudara allí a menos que se hubiera acostado con él”. Agregó en sus podcasts y en varias entrevistas en medios, que la vida tras los célebres muros era sórdida.
Holly, que estudiaba arte dramático en Los Ángeles y se mantenía trabajando como moza en el restaurante Hooters donde las camareras llevaban muy poca ropa, terminó yendo de invitada a la mansión del sexo. Encandilada con lo que vio y llena de problemas económicos, terminó conviviendo con otras seis novias de Hefner.
En esa primera noche, Holly dice que él le ofreció Quaalude (metacualona, un poderoso sedante e hipnótico), una droga a la que se refirió como un “abridor de muslos”. Holly, que tenía 20 años, se negó a tomarla, pero reconoce que durante mucho tiempo lo vio repartirla entre sus invitadas. De esa noche con Hefner, que ya era un hombre mayor de 74 años, no recuerda mucho más: “Fue tan breve que no me acuerdo de nada más que de tener un cuerpo pesado encima del mío”. Reconoce que después de hacerlo pensó: “‘De acuerdo, lo he hecho. He sobrepasado mis propios límites’ y no me sentía muy cómoda con ello”.
La descripción que hace Holly de Hefner no es para nada halagadora. Dice que era un hombre que nunca “complacía” sexualmente a las mujeres y que lo único que hacía era acostarse “boca arriba mientras ellas hacían la mayor parte del trabajo”. El sexo con él lo describió como “básico y siempre era lo mismo”, y recordó que él tenía la fijación de que siempre estuviéramos afeitadas”.
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«No estoy tratando de avergonzar a nadie ni nada por el estilo, pero nunca se le pidió a ninguna chica que se mudara allí a menos que se hubiera acostado con él», dijo Holly Madison, en la foto de vestido blanco
Cuando Holly se las ingenió para empezar a ocupar el primer puesto en el harem de la casa y en el corazón de Hefner, empezaron sus problemas con las otras seis chicas. Dice que el resto le hacía la vida imposible y la llamaban “perra”.
“Fue realmente despiadado, nadie se llevaba bien con nadie, todos intentaban delatar al otro”, reconoce. La modelo también reveló que, durante esos años, sufrió dismorfia corporal, un trastorno que provoca que una persona se obsesione con su imagen y solo vea imperfecciones. Para intentar ayudar a otras mujeres decidió compartir un video en las redes hablando sobre el tema: “Sentía que tenía que perder peso, que no estaba siguiendo mi dieta y que mis muslos eran gigante. Era ridículo, porque parecía un palo. Creo que preocuparme por cómo me veía me impidió ser más feliz o poder disfrutar más de la vida”.
En otro pasaje de sus podcasts, Holly Madison confesó algo más perturbador: que las chicas tenían que participar al menos dos veces por semana en orgías. “Imagina tener relaciones sexuales con alguien en una habitación llena de mujeres que te odian. Y sabes que todos están hablando una mierda de ti. ¡Horrible!”.
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Kendra Wilkinson y Holly Madison disputaban el trono de preferencias de Hefner. Cuando Madison lo acusó en sus memorias, Wilkinson dijo que quería sacar provecho económico de su posición
En 2005, Holly Madison y otras dos de las “novias oficiales” de Hefner -Kendra Wilkinson y Bridget Marquardt- se hicieron conocidas por participar del reality de tevé Chicas de la mansión Playboy (que terminó durando seis temporadas). Holly aguantó esa vida durante siete años y hasta soñó con tener un hijo con Hugh Hefner. Algo que hoy se alegra de que no haya sucedido.
En esos últimos tiempos de convivencia empezó a tener pensamientos suicidas, pero Hefner no la llevó a un psiquiatra e hizo que le suministraran antidepresivos. Comenzó a tartamudear y a pensar con lentitud. Se asustó y, finalmente, se marchó en 2008 con otro novio. Cuando Holly publicó sus memorias, Wilkinson la acusó de estar buscando provecho económico y de ser vengativa con Hefner.
Hugh Hefner, años antes de su muerte, ocurrida en 2017 a los 91 años y por causas naturales, publicó un libro autobiográfico en el que sostuvo que había personas como Holly Madison que falseaban la realidad y pretendían “reescribir la historia en un intento por mantenerse en el centro de la escena”.
Otras mujeres que también vivieron en la Mansión Playboy contradijeron a Holly Madison. La viuda de Hefner, Crystal Harris, aseguró que él había sido un hombre sumamente amable y generoso. Por su parte, la actriz Pamela Anderson, expresó que su experiencia en la Mansión del sexo había sido lo más parecido a una formación universitaria. Quien sabe. Cada uno habla desde el papel que desempeñó en esta historia y, esas vivencias, deben haber sido diametralmente opuestas.
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Hefner dejó una fortuna valuada en 43 millones de dólares que debía repartirse entre sus hijos Christie, David, Marston, Cooper, la escuela de cine de la universidad del sur de California, varias organizaciones de beneficencia y su viuda Crystal Harris
La herencia de Hefner
A los 85 años Hefner quedó totalmente sordo. Había tomado demasiado viagra a lo largo de su vida y el exceso de esas drogas para tener erecciones podría haber sido la causa de que tuviera que recurrir a audífonos. Sus conejitas, las gemelas Kristina y Karissa Shannon, revelaron: “Dice que prefiere seguir haciendo el amor a oír”.
Hefner siguió viviendo a su ritmo y envuelto en su robe de seda color sangre. Cuando en los últimos años, un importante diario norteamericano le preguntó sobre la cantidad de sexo que solía tener, respondió muy suelto: “Un par de veces a la semana. Es ahí cuando me tomo esa pastilla. Déjeme que le diga que ayuda mucho. Yo la llamo el pequeño ayudante de Dios”. Agregó que no tenía ningún acuerdo comercial con la marca de la pastillita azul y zanjó la cuestión riendo: “Les hago publicidad gratis”.
Al morir, Hefner dejó una fortuna valuada en 43 millones de dólares. Esta debía repartirse entre sus hijos Christie, que en ese momento tenía 65 años, David, 62, Marston, 27 y Cooper, 26; la escuela de cine de la universidad del sur de California; varias organizaciones de beneficencia y su viuda Crystal Harris, 31.
Pero dejó estrictas instrucciones para que los herederos pudieran acceder al dinero. Aquellos que utilizaran drogas o abusaran del alcohol, no podrían disfrutar de la herencia. Solo podrían hacerlo luego de un año de desintoxicación o sobriedad absoluta. Al fin y al cabo, su moral de crianza asomó póstumamente en su testamento.
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La primera edición de Playboy fue publicada en 1953, cuando Hefner tenía 27 años. A esa edad se había casado con su contadora, la primera mujer con la que se acostó y con quien tuvo su primer hijo
Crystal comunicó que su marido le había legado 12 millones de dólares con los que se está dando la gran vida. A los que la llaman “la Cazafortunas”, les responde que ella extraña a su nonagenario marido. Y, entre otras cosas, aseveró que mientras estuvieron casados “el sexo no era muy importante en la vida de Hugh”. Al diario inglés The Daily Telegraph, en la primera entrevista que concedió al enviudar, le dijo: “Él me enseñó mucho. Me enseñó el amor, la bondad… era amable con todos, buen anfitrión en su casa con todo el mundo, sin importarle quién eras. En estos días es raro encontrar alguien así”.
La “conejita” Carla Howe reveló al diario The Sun que la Mansión Playboy, en los últimos años, ya estaba muy venida abajo y que parecía “un hogar de ancianos”: “Hugh casi nunca sale de su casa y se niega a cambiar nada, por lo que el lugar parece anclado en la década de 1980″.
Hefner, que había comprado su mansión (de 29 habitaciones, bodega, gimnasio, piscina con gruta artificial y cancha de tenis) en poco más de un millón de dólares, la vendió en 2016 en 100 millones. Un gran negocio para cerrar el ciclo de la vida. El comprador fue el banquero Daren Metropoulos (hijo del multimillonario griego Dean Metropoulos). Por contrato, Hefner arregló que podría seguir viviendo allí hasta su muerte. Algo que ocurrió justo un año después.
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Seis años antes de su muerte, Hefner quedó totalmente sordo: probablemente el exceso de consumo de viagra lo obligó a recurrir a audífonos
Al desaparecer Hefner se supo que las alfombras de la casona se veían sucias; que el pis de los perros se olía por todos lados; que los dormitorios tenían los muebles en mal estado y que las camas ostentaban colchones viejos y manchados. La construcción necesitaba inversión y mantenimiento, pero su nuevo dueño se dejó estar. Fue entonces que entraron los saqueadores de souvenirs y la destruyeron por completo. Los intrusos se llevaron sábanas, juguetes sexuales, estatuas doradas y obras de arte. También arrancaron, para llevarse como recuerdo, partes de las molduras y de la mampostería. La pileta donde Hefner celebraba sus fiestas pantagruélicas con sus “conejitas”, quedó vacía.
Metropoulos había pensado tirar abajo la propiedad, pero el ayuntamiento de la ciudad realizó gestiones para que fuera conservada y restaurada. En eso están.
Es la única casa de la ciudad de Los Ángeles con licencia para fuegos artificiales, un zoológico y un cementerio de animales. Pero el glamour de las eternas fiestas con mujeres bellas y sexies y grandes estrellas de cine como Jack Nicholson, Kirk Douglas, Warren Beatty o Leonardo DiCaprio ya no existe. Entre sus paredes no hay más luces ni música ni sexo ni drogas ni más abusos ni famosos. Nada. La mansión está callada. Aunque solo han pasado cuatro años desde que el anciano y controvertido Hefner murió, su casa es, por ahora, una sombra en ruinas.
El mundo sigue rotando sobre su eje hacia el futuro en el que mucho de lo contado en esta nota, por suerte, ya no tendrá cabida ni aprobación.
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