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A 75 años de la histórica sentencia del Juicio de Núremberg: la madrugada en que los jerarcas nazis terminaron en la horca (hoy en día aún continúan los juicios) …


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Infobae/BBC(A.Bermúdez)  —  “La verdadera parte demandante en el estrado es la civilización”, declaró el fiscal estadounidense Robert Jackson cuando comenzaron los juicios de Núremberg en noviembre de 1945.

Frente a él, en el banquillo de los acusados, se encontraban los artífices y ejecutores del Holocausto y de otros innumerables crímenes del régimen nazi, entre ellos Hermann Goering, jefe de la Luftwaffe y del rearme nazi; Hans Frank, que había tratado a Polonia como su feudo personal y había adquirido el apodo de “el carnicero de Cracovia” y Hans Sauckel, que había organizado el programa nazi de trabajo esclavo, entre otros.

Casi un año después de ese día, el 16 de octubre de 1946 se ejecutó una sentencia histórica, que estableció un registro irrefutable y detallado de los crímenes del régimen nazi, como el holocausto.

Esa madrugada, 10 jerarcas nazis fueron ahorcados en el gimnasio de la prisión. Debían ser 11 pero Goering, supuesto sucesor de Hitler, se había suicidado horas antes tragándose una cápsula de cianuro.

Todos los cuerpos, incluido el de Goering, fueron incinerados y sus cenizas esparcidas en un afluente del río Isar, para evitar que sus tumbas se convirtieran en lugares de reunión.

A casi 75 años de esa histórica sentencia, los juicios son ampliamente celebrados como un triunfo de la ley sobre el mal y como un importante punto de inflexión en la historia del derecho, ya que el tratamiento de los crímenes de los nazis allanó el camino de la justicia en la comunidad internacional en general y la creación de la Corte Penal Internacional en particular.

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El Presidente del Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra, Lord Justice Geoffrey Lawrence lee parte de los veredictos finales al final de los juicios por crímenes de guerra en Nuremberg, 30 de septiembre de 1946

Todo empezó poco antes de la rendición, cuando la caída del nazismo era ya inevitable y los vencedores comenzaron a discutir qué hacer con los vencidos.

Para Winston Churchill y Anthny Eden, su ministro de Asuntos Exteriores, debía detenerse a la mayor cantidad de jerarcas posibles, someterlos a un juicio sumarísimo en el lugar en el que fueran encontrados y ejecutarlos dentro de las seis horas siguientes. El dictador soviético Stalin también buscaba ejecutarlos, pero conocía muy bien el valor propagandístico de un juicio…

“Después de innumerables padecimientos, el estado de ánimo en Europa era mayoritariamente favorable a la aplicación sumaria y sin contemplaciones de una justicia del vencedor”, aseguró Rodrigo Brunori en su artículo sobre el Juicio en la revista Muy interesante.

Pero la protesta de la opinión pública estadounidense, una vez que se filtraron estos planes, fue un factor importante para allanar el camino hacia Núremberg.

En lugar de los fusilamientos masivos, se revivió una vieja idea de la Primera Guerra Mundial. El tratado de Versalles había obligado a Alemania a entregar al káiser Guillermo II y a cientos de oficiales de alto rango a un tribunal internacional para ser juzgados por crímenes de guerra.

Pero el káiser huyó a Holanda y el gobierno alemán se negó a entregar a ningún oficial o político. Esta vez, sin embargo, Alemania estaba completamente ocupada y no podía resistirse, así que los juicios siguieron adelante.

La legalidad de los juicios suscitó críticas y dudas desde el primer momento. Quizá era inevitable, explica Brunori, puesto que era la primera vez que se planteaba una operación de semejante alcance. En el pasado se habían castigado crímenes de guerra, pero limitándose siempre a los ejecutores materiales, como soldados rasos u oficiales de baja graduación.

Nunca se habían sentado en el banquillo los más altos responsables políticos, militares y civiles, como ocurrió en el juicio principal de Núremberg. Tampoco se había juzgado nunca el hecho mismo de iniciar una guerra de agresión ni la violación de tratados internacionales.

“La guerra era un hecho normal entre estados. A los vencidos se les exigía el pago de cuantiosas reparaciones que hundían a sus poblaciones en la miseria, pero los responsables de haber iniciado el conflicto se beneficiaban de una especie de amnistía tácita”.

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Cumbre entre Franklin D. Roosevelt, Joseph Stalin y Winston Churchill en Yalta, en 1945. El paso previo a la decisión de juzgar a los nazis

Otra de las críticas, añade Brunori, era que, efectivamente, se trató de una justicia del vencedor, puesto que aplicaba solo a Alemania unos cargos que podrían haberse esgrimido contra los propios aliados: los crímenes contra la humanidad de Stalin eran de sobra conocidos – purgas, genocidio en Ucrania, deportaciones masivas-, así como los que cometió contra la paz -invasión de Polonia acordada en el Pacto Ribbentrop-Molotov de 1939; invasiones de Finlandia y los Estados Bálticos.

También encajaban en el capítulo de crímenes de guerra los bombardeos aliados de ciudades alemanas – Hamburgo, Dresde y otras-, en los que murieron cientos de miles de civiles y que se mantuvieron en el tiempo con el fin de aterrorizar a la población, por más que no hubiera objetivos militares.

De hecho, este motivo llevó a los aliados a abstenerse prudentemente de incluir los bombardeos alemanes entre las acusaciones.

Así, para proteger a los vencedores, el tribunal aplicó el llamado principio tu quoque que sostiene que cualquier acto ilegal estaba justificado si también había sido cometido por el enemigo (la frase en latín significa “tú también”).

En este contexto, el 20 de noviembre de 1945 comenzaron las audiencias en el edificio principal del tribunal de la ciudad bávara de Núremberg con la acusación de 22 de los nazis de mayor rango que habían sido capturados vivos.

Las audiencias duraron 10 meses, con 402 vistas públicas en las que comparecieron 240 testigos. Asistieron a diario más de 400 visitantes y 325 corresponsales de prensa de decenas de países distintos.

La radio alemana retransmitía a diario información y comentarios sobre el juicio; durante meses, los espectadores pudieron ver en los cines de todo el mundo noticias y reportajes sobre Núremberg, y el Holocausto quedó desnudo frente al mundo.

Y sólo seis meses después del fin de las hostilidades, los fiscales de las cuatro potencias aliadas (Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Rusia), reunieron 300.000 testimonios y unas 6.600 pruebas, apoyados por 42 volúmenes de archivos.

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El comandante nazi Hermann Goering (1893 – 1946) junto a su abogado el Dr. Otto Stahmer, en el Palacio de Justicia durante el juicio de Nuremberg

El proceso se celebró en una ciudad en ruinas, pero cuyo palacio de justicia conectado a una prisión seguía en pie. Núremberg, antigua ciudad imperial, era sobre todo el símbolo del nazismo donde Adolf Hitler tenía sus grandes reuniones y donde fueron promulgadas en 1935 las leyes antijudías.

Los acusados debían responder por cargos de conspiración, crímenes de guerra, crímenes contra la paz y, por primera vez en la historia, crímenes contra la humanidad.

La nueva categoría agrupaba por primera vez “el asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y cualquier otro acto inhumano cometido contra cualquier población civil, antes o durante la guerra, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos”. La noción de genocidio, en cambio, no se reconoció en el derecho internacional hasta 1948.

Hermann Goering, cuenta Brunori, emergió enseguida como el gran protagonista. Desprovisto de las drogas que tomaba y sometido a una dieta obligatoria que le hizo perder 27 kilos, el creador de la Luftwaffe, muy deprimido al final de la guerra, pareció revivir y dio muestras de poseer una singular inteligencia. Se convirtió en el líder natural de los acusados, cuyos testimonios intentó dirigir y sobre los que llegó a ejercer tal influencia que en febrero fue apartado de los demás en la cárcel.

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Apertura de los Juicios de Nuremberg 

Todos los acusados se declararon “nicht schuldig” (“inocente”). Pero la proyección de una película grabada por los aliados occidentales en los campos dio rápidamente otra dimensión al proceso.

Frente a todos se vio el horno crematorio de Buchenwald, una pantalla de lámpara hecha de piel humana y una doctora describió con espeluznantes detalles el tratamiento y las experiencias infligidas a las prisioneras de Belsen…

Entre los 33 testigos de la acusación, la combatiente de la resistencia francesa Marie-Claude Vaillant-Couturier, sobreviviente de los campos de Auschwitz-Birkenau y de Ravensbruck, brindó un relato implacable de más de dos horas.

“A las mujeres que daban a luz les ahogaban los recién nacidos frente a sus ojos, los detenidos eran obligados a beber agua de los charcos antes de bañarse, se pasaba lista a las tres de la mañana…”, enumeró casi sin aliento.

“Antes de tomar la palabra frente al tribunal, pasé ante los acusados, muy lentamente. Quería mirarlos a los ojos de cerca. Me preguntaba cómo podrían ser las personas capaces de crímenes tan monstruosos”, confió al diario francés L’Humanité.

“Con defectos o sin ellos, el tribunal de Núremberg no podría haber encontrado una colección de acusados más meritoria, y les dio un juicio ampliamente justo”, afirmó Jan Lemnitzer, de la Universidad de Oxford, en su opinión sobre el tema en The Conversation.

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la primera fila del banquillo de los acusados: Hermann Goering, Rudolf Hess, Joachim Von Ribbentrop, Wilhelm Keitel y Ernst Kaltenbrunner. En la fila de atrás están: Karl Doenitz, Erich Raeder, Baldur von Schirach y Fritz Sauckel.

Es que además de 12 condenas a muerte y siete largas penas de prisión, las sentencias incluyeron tres absoluciones, una de ellas para Hans Fritzsche, que había sido la voz pública del régimen en la radio, pero que no había participado personalmente en la planificación de los crímenes de guerra.

Las exoneraciones sorprendieron a los observadores en la época, pero fueron una respuesta explícita a los detractores: el proceso era equitativo.

La ejecución, sin embargo, fue criticada por tosca, cuenta Brunori en Muy Interesante: “Al parecer, los verdugos calcularon mal la longitud de la soga, y en vez de sufrir una muerte rápida, algunos de los condenados -entre ellos el ministro de Relaciones Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop-, agonizaron durante 20 minutos”.

“Una de las razones para celebrar Núremberg es el simple hecho de que se celebrara”, afirma Lemnitzer.

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21 de de noviembre de 1945: Heinrich Hoffmann, el fotógrafo de Hitler, examina un negativo durante el juicio de Nuremberg

Los “principios de Nuremberg”, así, establecieron firmemente que los individuos pueden ser castigados por crímenes de derecho internacional.

También influyeron en la Convención sobre el Genocidio, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los convenios de Ginebra sobre las leyes de la guerra, todos ellos firmados poco después de la guerra. Y luego de un período de “congelación” por la Guerra Fría, Nuremberg demostró ser un poderoso argumento para establecer la Corte Penal Internacional en 1998.

El Fiscal Robert Jackson sabía que hacía historia y lo remarcó en el inicio del juicio: “Las acciones que intentamos condenar y castigar han sido calculadas, tan indignantes y destructivas, que la civilización no puede tolerar que se las ignore porque no logrará sobrevivir si se repiten”.

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Hermann Goering gesticula con Rudolf Hess en el banquillo de los acusados 

Una corte alemana juzgará a un hombre de 100 años como cómplice de 3.518 muertes en un campo nazi

Un tribunal alemán juzgará a partir de octubre próximo a un centenario ex guardia de las SS acusado de complicidad en el asesinato de 3.518 prisioneros del campo de concentración nazi de Sachsenhausen, cerca de Berlín, informan hoy la edición dominical del diario “Welt”.

La Audiencia Provincial de Neuruppin ha admitido a trámite la acusación presentada por la Fiscalía en febrero pasado contra esta persona, que no ha sido identificada, por complicidad en los asesinatos de prisioneros entre enero de 1942 y agosto de 1944 y entre diciembre de 1944 y febrero de 1945 durante su actividad como guardia del campo de concentración.

Está previsto que el centenario comparezca ante el tribunal de dos a dos horas y media por día, precisó su presidente, Frank Stark, a “Welt”.

La historiadora Stephanie Bohra, colaboradora científica del centro de documentación berlinés Topografía del Terror, celebró la próxima apertura del procesó al señalar que “el asesinato no prescribe”, por lo que también los más mayores deben comparecer ante la justicia.

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Juicios de Nuremberg Los jueces eran cuatro y cada uno representaba a uno de los aliados. El fiscal general era norteamericano. 

Se trata del esclarecimiento de crímenes y los antiguos prisioneros tienen la oportunidad de relatar lo que ocurrió allí”, agregó.

Para el abogado Thomas Walther, que representa hace años a la parte civil en los procesos más recientes contra el nazismo y participará también en el de Neuruppin, considera necesario este juicio.

Sachsenhausen fue para la cúpula nazi escenario, a las puertas de Berlín, de su delirio de control sobre la vida y la muerte”, dijo, y agregó que muchos de los que integran la parte civil “tienen la misma edad que el acusado y esperan que se haga justicia”.

El acusado, que no fue nombrado de acuerdo con las leyes de los medios alemanes relativas a los sospechosos, habría trabajado como guardia del campo de 1942 a 1945 en Sachsenhausen.

Alrededor de 200.000 prisioneros estuvieron internados en el campo de concentración de Sachsenhausen, de los cuales unos 20.000 fueron asesinados.

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Los prisioneros uniformados con insignias triangulares se reúnen bajo la guardia nazi en el campo de concentración de Sachsenhausen. Sachsenhausen, Alemania, 1938. 

Aunque el número de sospechosos de crímenes nazis es cada vez menor, los fiscales siguen tratando de llevar a los individuos ante la justicia.

Una condena histórica en 2011 allanó el camino para más procesamientos, ya que por primera vez se consideró que trabajar en un campo de concentración era motivo de culpabilidad sin pruebas de un crimen específico.

Los horrores de Sachsenhausen

El campo de concentración y exterminio de Sachsenhausen se construyó a las afueras de Berlin en 1936 y funcionaba como un lugar de trabajos forzados, además de ser conocido por los experimentos médicos que se llevan a cabo ahí.

También era considerado un modelo para el uso de las cámaras de que gas, de las que fue precursor, uno de los instrumentos de tortura más usados por el régimen Nazi para llevar a cabo su plan de exterminio a escala industrial de millones de individuos, especialmente judíos, pero también considerados “impuros” por alguna discapacidad física, cognitiva o por su condición sexual.

Las cámaras de gas fueron utilizadas en otros infames campos de concentración Nazi como Auschwitz, en lo que hoy es Polonia.

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Sachsenhausen

El campo de Sachsenhausen albergaba principalmente a presos políticos, así como a judíos, romaníes y homosexuales.

Es el último individuo en ser acusado de manera similar fue imputado el año pasado. Bruno D., de 93 años, fue declarado culpable de 5.230 cargos de cómplice de asesinato en el campo de concentración de Stutthof. Y la semana pasada, los fiscales acusaron a Irmgard F., de 95 años, secretario del campamento de Stutthof , de cómplice de asesinato en 10.000 cargos.

La carrera contrarreloj de Alemania por llevar ante la justicia a los últimos criminales nazis

Tienen más de 90 años de edad y el dudoso honor de ser considerados como los últimos criminales nazis en enfrentar la justicia.

No formaron parte del alto mando militar de Adolf Hitler, ni comandaron algún escuadrón de las SS. Eran guardias de seguridad, secretarias o empleados administrativos que trabajaron en los campos de exterminio del Tercer Reich y ahora, más de 75 años después del final de la II Guerra Mundial, finalmente están enfrentando a la justicia.

El martes pasado, fiscales en Alemania acusaron a un hombre de 100 años de edad por ayudar en el asesinato de 3.518 personas que fallecieron mientras él trabajaba como guardia de la SS en el campo de concentración de Sachsenhausen, ubicado a unos 35 kilómetros de Berlín.

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La condena contra John Demjanjuk en 2011 abrió las puertas para el enjuicimiento de muchos nazis de bajo rango.

La semana anterior, una mujer de 94 años de edad que trabajó como secretaria en el campo de concentración de Stutthof (Polonia) fue imputada como cómplice en 10.000 casos de asesinato e intento de asesinato por su trabajo en apoyo a las atrocidades que se cometieron allí.

Aunque ahora es nonagenaria, dado que era menor de 21 años cuando ocurrieron esos hechos, es probable que esta mujer termine siendo juzgada ante una corte juvenil.

Sus casos forman parte de un pequeño grupo de empleados de bajo nivel del régimen nazi que en los últimos años han estado siendo investigados por las autoridades alemanas en un último esfuerzo por ajustar las cuentas pendientes con el pasado nazi: una carrera contrarreloj pues cada vez quedan menos sobrevivientes de aquella época.

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Muchos de los principales líderes nazis fueron condenados en los juicios de Nuremberg.

Persiguiendo los crímenes del Tercer Reich

Pero, ¿por qué se está investigando ahora a exfuncionarios que ni siquiera tenían puestos de mando durante el Holocausto?

Las indagaciones sobre las atrocidades cometidas por el Tercer Reich comenzaron formalmente en 1943, cuando se creó una comisión internacional para investigar los delitos cometidos por las potencias del Eje. Su trabajo llegó a la imputación de 36.000 funcionarios alemanes y japoneses, de los cuales al menos 10.000 fueron condenados en juicios realizados hasta 1948.

Al mismo tiempo, entre 1945 y 1949, los tribunales en la zona de Alemania occidental dictaron unas 4.600 condenas por crímenes del nazismo.

Sin embargo, tras el establecimiento de la República Federal Alemana (RFA) en 1949, decayó el interés de seguir persiguiendo los crímenes nazis y, de hecho, se dictaron numerosas amnistías e incluso se aprobó una legislación que permitió que antiguos soldados nazis accedieran a cobrar pensiones.

«Durante la década de 1950, en Alemania occidental no había mucho deseo de perseguir los crímenes nazis, lo que resultó en un verdadero escándalo en el resto del mundo. Alemania oriental, en particular, impulsó una campaña de propaganda que destacaba cómo había antiguos líderes nazis en posiciones destacadas tanto en el sector privado como en el sector público. Eso fue verdaderamente embarazoso para el gobierno de la RFA», explica Devin Pendas, profesor del Boston College especializado en la historia de los juicios contra los nazis tras la II Guerra Mundial.

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En el centro de la imagen, con auriculares, Karl Brandt, criminal de guerra nazi y médico personal de Hitler, el 20 de agosto de 1947, ya que después del juicio principal contra los jerarcas nazis en Nuremberg ser desarrollaron otros 12 procesos contra responsables nazis, como doctores, ministros y militares 

La respuesta de la RFA fue la creación en 1958 de la Oficina Central de Investigación de Delitos del Nacional Socialismo, que es la instancia que hasta ahora se sigue encargando de indagar sobre estos temas.

Algunos expertos han señalado que esta agencia gubernamental hizo un muy buen trabajo durante las décadas siguientes, mientras otros destacan que había mucha resistencia de parte de las autoridades judiciales alemanas ante estas investigaciones, Pendas cree que estos dos hechos coexistieron.

«Claramente, muchos jueces y fiscales estaban renuentes en las décadas de 1950, 1960 y 1970 de procesar con fuerza los crímenes nazi, en parte, porque muchos de ellos habían estado trabajando en el Poder Judicial durante el Tercer Reich pero también porque no querían lavar ante el mundo los paños sucios de su país», dice Pendas a BBC Mundo.

«Pero también es cierto que la Oficina Central y muchos fiscales y jueces individuales se tomaron esto muy en serio, sacando a la luz mucha evidencia y prestando un gran servicio al llevar ante las justicia muchas de estas atrocidades», agrega.

El trabajo de la Oficina Central se vio limitado además por varias cuestiones legales como el hecho de que las leyes alemanas no contenían disposiciones específicas para procesar crímenes de guerra y por las normas vigentes entonces sobre prescripción de los delitos, que dificultaban que muchos de los casos pudieran ser llevados a juicio después de 1960.

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La Oficina Central de Investigación de Delitos del Nacional Socialismo tiene un archivo con más de 1,7 millones de fichas de personas y eventos relacionados con los crímenes del Tercer Reich.

Esta dependencia gubernamental sufrió además un fuerte revés cuando, en 1969, la Corte Suprema revocó la condena de un antiguo miembro de las SS que trabajó como dentista en el campo de Auschwitz (Polonia) con el argumento de que trabajar en un campo de exterminio no era un crimen en sí mismo.

Como resultado de ese dictamen, la Oficina Central debió abandonar una investigación sobre la Oficina Central de Seguridad del Reich, una dependencia del ministerio de Interior controlada por las SS que era la principal responsable para ejecutar la política de asesinatos masivos de Hitler.

A estas limitaciones hay que sumar el hecho de que la Oficina Central es una entidad pequeña, dotada de poco personal y solamente tiene la potestad para investigar los casos, pues una vez que encuentra evidencias de posibles hechos punibles debe pasar los expedientes a los fiscales que son los responsables finales de llevar a juicio a los presuntos criminales.

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Mounir el Motassadeq fue condenado a prisi[on por haber enviado dinero a uno de los atacantes del 11-S.

El impulso del 11 de septiembre

Todas estas restricciones redujeron la capacidad de acción de la Oficina Central durante muchos años.

Pero las cosas cambiaron a partir de 2007, cuando un tribunal alemán condenó a 15 años de cárcel al marroquí Mounir el Motassadeq por haberle transferido dinero a Marwan al Shehhi, elpresunto responsable de estrellar el vuelo 175 de United Airlines en contra de la torre sur del World Trade Center en Nueva York, según la Comisión que investigó los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Este precedente impulsó al entonces fiscal de la Oficina Central Thomas Walther a buscar el enjuiciamiento de guardias y otros funcionarios de los campos de concentración, aunque no hubieran participado directamente de estos crímenes.

Siguiendo esta argumentación se logró que en 2011 un tribunal alemán condenara a John Demjanjuk, un antiguo guardia del campo de exterminio de Sobibor (Polonia), por colaborar con el asesinato de las 28.000 personas que fueron muertas allí.

«Se volvió más fácil conseguir una condena. Hasta entonces tenías que demostrar que alguien había estado involucrado directamente en una muerte. En este caso, la Fiscalía argumentó que -y el tribunal estuvo de acuerdo- que dado que estos campos eran centros de exterminio, cualquiera que hubiera pertenecido al personal nazi que estaba allí contribuyó con esas muertes. Ya no tenías que demostrar que un guardia mató a alguien en ese campo, basta con demostrar que había sido un guardia que trabajó allí», explica Pendas.

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El abogado Thomas Walther impulsó el enjuiciamiento de exfuncionarios de bajo nivel que trabajaron en los campos de concentración nazis.

Justicia e historia

La condena de Demjanjuk le dio un nuevo impulso al trabajo de la Oficina Central, que durante la última década ha remitido a los fiscales más de 200 casos para su imputación.

No se trata de una cifra menor cuando se considera que esta agencia gubernamental solamente cuenta con un puñado de investigadores, que para armar los casos tienen que buscar información en distintas partes del mundo y que, por su avanzada edad, muchas veces los presuntos criminales mueren antes de que el expediente esté concluido.

Sin embargo, hasta ahora, solamente se han producido un puñado de condenas, incluyendo la de Oskar Groening, un exmiembro de las SS conocido como el «contador de Auschwitz», pues trabajó en las oficinas de este campo de exterminio y, entre otras cosas, se encargaba de contar el dinero robado a las víctimas.

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Oskar Groening, el llamado «contador de Auschwitz» falleció sin pagar su condena

En 2015, Groening, quien entonces tenía 94 años de edad, fue sentenciado en 2015 a cuatro años en prisión por haber facilitado el asesinato de 300.000 prisioneros. Sin embargo, falleció en 2018 sin haber ingresado en prisión a la espera del resultado de sus apelaciones.

Reinhold Hanning fue condenado en 2016 -a los 95 años de edad- por cooperar con la muerte de 170.000 personas en Auschwitz, donde trabajó como guardia de las SS. Aunque durante el juicio dijo estar avergonzado por haber presenciado las muertes sin hacer nada para evitarlas, negó ser culpable de las mismas y apeló la sentencia. Murió al año siguiente sin haber ido a la cárcel.

En 2020, una corte de Hamburgo sentenció a Bruno Dey, un exguardia del campo de concentración de Stutthof, por haber colaborado con el asesinato de las 5.230 personas fallecidas en ese centro mientras él trabajó allí.

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Bruno Dey intentó ocultar su rostro usando carpetas en las audiencias del juicio en el que fue condenado por colaborar en el asesinato de 5.230 personas.

Sin embargo, como él era adolescente cuando ocurrieron los hechos fue procesado por un tribunal juvenil y fue recibió una sentencia suspendida de dos años de cárcel.

Aunque han tenido mucha visibilidad, el hecho de que se trate de juicios contra exfuncionarios de bajo rango que ahora están tan mayores y que, hasta ahora, no han cumplido sus sentencias de forma efectiva ha llevado a algunos críticos a cuestionar si tiene sentido seguir con estos procesos.

«Creo que no hay ninguna razón para que una persona tenga inmunidad ante la justicia criminal debido a que era un funcionario de bajo rango», dice Todd Buchwald, exembajador y coordinador especial de Justicia Criminal Global de Estados Unidos, a BBC Mundo.

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Se estima que más de un millón de personas, la mayoría judíos europeos, murieron en el campo de Auschwitz.

Indica que estos juicios tienen muchos objetivos incluyendo llevar a la justicia a algunos de los responsables de las terribles atrocidades que se cometieron, crear un registro histórico de lo que ocurrió y fortalecer el mensaje disuasorio para todos aquellos funcionarios de bajo nivel que en el futuro se encuentren en una situación en la que se vean tentados a pensar que por su bajo rango no pagarán por estos crímenes.

«No está bien ayudar a perpetuar semejantes atrocidades, así que conviene reforzar el mensaje disuasorio de cara al futuro», señala Buchwald.

«Los crímenes que se cometieron en Alemania fueron tan devastadores que entiendo bien el esfuerzo por intentar llevar ante la justicia a quienes tuvieron responsabilidad en lo ocurrido», concluye.

nuestras charlas nocturnas.

 

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