Masacre de Babi Yar …

El Mundo(X.Colás)/marcianosmx.com/La Vanguardia(G.Aragonés) — En 1939 había 175.000 judíos en Kiev, representaban el 20% de la población, aunque cuando llegaron los alemanes ya habían huido muchos, dejando la cifra en algo más de 50.000.
El autor ruso Vasily Grossman escribió que hubo dos Shoah: la perpetrada mediante las balas y la segunda mediante el gas. Babi Yar fue la puesta de largo del genocidio a través del plomo.
Ahí fueron claves los 3.000 hombres Einsatzgruppen, los conjuntos de escuadrones de ejecución itinerantes especiales formados por miembros de las SS, y otros integrantes de la policía secreta de la Alemania nazi.
Había cuatro en total, el Einsatzgruppe C fue asignado a Ucrania con el Grupo de Ejércitos Sur. Contaba con los Sonderkommandos 4a y 4b, que se encargaban de concentrar a la población que había que ejecutar, y los Einsatzkommandos 5 y 6, que fusilaban a destajo. Las otras formaciones, las de primera línea, no solían tomar parte en las masacres.
El 22 de junio de 1941 las tropas de la Alemania nazi y sus aliados invadieron la Unión Soviética en la denominada Operación Barbarroja: hay fotos de judíos ucranianos cavando sus propias tumbas en Storow, Ucrania, ya en el mes de julio. El horror a partir de entonces no dejó de ir en aumento.
Con la guerra en marcha, el objetivo era la limpieza étnica para asegurar la «seguridad política» de los territorios conquistados. Los criterios se fueron ampliando desde la invasión de Polonia, y cuando los ejércitos alemanes cruzaron la frontera el 22 de junio de 1941 comenzó el exterminio de varones judíos.
El 16 de julio de 1941 Hitler reunió a sus colaboradores para explicarles que Ucrania sería una joya del imperio nazi, administrada por las SS y otros cuerpos de seguridad.
A finales de agosto de 1941 estaba ya bastante claro que Kiev acabaría en manos de los alemanes. Tras muchas dudas por parte de Stalin, Mijail Kirponov, general a cargo de la zona, recibió la orden de retirarse de Kiev el 17 de septiembre.

En la capital muchos tenían familiares en el Ejército rojo. Pero también muchas familias habían sido diezmadas por las hambrunas y la colectivización forzada de los años 30, que habían causado más de tres millones de muertos.
La situación entre los soldados del Ejército rojo a cargo de la defensa de la ciudad era muchas veces de desamparo, conduciendo a autolesiones que, años después, llaman la atención entre tanta estadística: de casi 500 heridos en varios hospitales de Kiev, nada menos que 460 presentaban un balazo en el brazo izquierdo.
Había un antibolchevismo notable y muchos ciudadanos de la capital dieron la bienvenida a los alemanes. Pensaron que les librarían de la opresión del estalinismo.
Otros se alegraron de que por fin alguien pusiese ‘en su sitio’ a sus vecinos judíos, a los que la propaganda soviética había acusado mediante rumores de ser los causantes de las hambrunas que había provocado la colectivización agraria.
También jugaba a favor de los nazis el recuerdo de lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes ocuparon la ciudad y emitieron una orden para intentar evitar el ataque a cualquier minoría, incluida la judía: «Alemania era una ‘nación europea’, y por eso pensaban que una ocupación de los nazis no podía ser peor que la de los bolcheviques«, explica Victoria Khiterer, especialista en historia de los judíos.
La inquietud había subido sin cesar desde el anuncio de la incursión nazi. Pero las víctimas difícilmente podían imaginar el calibre de lo que se avecinaba. «Babi Yar es la mayor masacre en un periodo de tiempo tan corto», explica el historiador Per Anders Rudling.
Los especialistas se han preguntado por qué con el avance sobre Ucrania cambió la política de los nazis respecto a los judíos: se pasó de concentrarlos a asesinarlos a marchas forzadas.
Una de las razones que se apuntan es que al alcanzar la guerra una escala global los planes de enviar los judíos lejos de Alemania (Madagascar era una de las opciones) se tornaron muy complicados.

El 19 los nazis habían llegado a las afueras de la ciudad y algunos barrios cercanos al centro, y el día 21 los ciudadanos escucharon por radio una voz de la Sovinformbureau, la oficina de información, diciendo que las tropas soviéticas dejaban la ciudad. Llevaban semanas diciéndoles que eso jamás ocurriría.
Ucrania, Bielorrusia y otros territorios soviéticos fueron así el ‘laboratorio’ del Holocausto. Se decidió matar a todos: hombres, mujeres y viejos. Y niños también, porque de lo contrario después de haber contemplado aquello podrían volver para vengarse cuando fuesen mayores.
En Kaunas (Lituania) se había aniquilado a 3.800 judíos. Después, en Ucrania occidental, les llegaría el turno a 24.000.
Las víctimas eran obligadas a cavar su propia tumba. Si era una fosa común, debían ir acostándose desnudos sobre los cadáveres fusilados anteriormente pero en sentido contrario: la cabeza coincidiendo con los pies de los de abajo. Los nazis lo llamaban «formación lata de sardinas».
Pero en el caso de Kiev el barranco de Babi Yar el relieve aportaba una solución perfecta. Los guardias les conducirían hasta el punto exacto donde los iban a matar y les ordenarían que se quitasen la ropa. Mucha sería confiscada, aunque también los desnudarían para comprobar que no llevaban consigo dinero o algún objeto valioso.
El día 29 de septiembre de 1941, hace casi 75 años, tenía lugar en un barranco de Kiev, la ciudad capital de Ucrania, la infame masacre de Babi Yar, una de las más grandes ejecuciones sumarias de judíos y soviéticos perpetradas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Este desfiladero de Kiev se menciona en registros históricos que datan del año 1401, y a través del tiempo la zona fue usada para servir a diversos propósitos, desde campos militares hasta cementerios, uno de los cuales fue cerrado en 1937.
Tras la invasión a la URSS por tropas nazis en junio de 1941, la ciudad de Kiev quedó bajo control alemán tras una batalla que se extendió durante mes y medio, el día 19 de septiembre. Pocos días después de la ocupación se dio inicio a las ejecuciones masivas con el fusilamiento de 700 internos en un hospital psiquiátrico de la ciudad.
Para el 28 de septiembre este aviso, dirigido a toda la comunidad judía, fue esparcido por todos los rincones de Kiev.

“Se ordena a cada judío habitante de Kiev y sus alrededores que comparezcan en la esquina de las calles Melnyk y Dokterivsky, a las 8 horas de mañana lunes, 29 de septiembre de 1941 portando sus documentos, dinero, ropa interior, etc. Aquellos que no comparezcan serán fusilados. Aquellos que irrumpan en las casas evacuadas por judíos y roben pertenencias de estas casas serán fusilados”.
La impresión generalizada, y errónea, era que se estaba preparando una deportación masiva. Así que a la mañana siguiente, decenas de miles de judíos se presentaron en el lugar indicado. Algunos llegaron con mucha anticipación para asegurarse de que no les quitaban el sitio.
Las dos calles confluyen cerca de un cementerio: allí los niños lloraban y los adultos los intentaban tranquilizar. La gran masa de gente se movía muy despacio, algunos se impacientaban. A la altura de la verja del cementerio judío, unos pocos metros después, había que dejar el equipaje: como si fuese a ir en un vagón especial.
Pero desde esa distancia ya se oían las ametralladoras, lo que levantaba las primeras sospechas. Pero en la cara interior de la verja se había colocado un puesto de control donde se pedía la identificación a todo el que intentase volver afuera. Si era judío, debía regresar con el resto.
Cada persona que llegaba a la primera línea era colocada con otros formando grupos de diez. Había que pasar por un pasillo formado por soldados alemanes que llevaban garrotes en las manos. Muchos estaban medio borrachos para poder cumplir así su lúgubre tarea: matar a sangre fría a civiles indefensos.
Babi Yar significa «barranco de la abuela» y cerca de él estaban situados un psiquiátrico y una cárcel. Imposible hallar un lugar mejor no lejos del centro de Kiev: sin testigos, sin interrupciones.
Los judíos llevados hasta el barranco esperaban que los embarcaran en trenes. La muchedumbre integrada por hombres, mujeres y niños era lo suficientemente grande como para que reinara la confusión y nadie sospechara lo que estaba por suceder, hasta que fue demasiado tarde.
«Schnell, schnell!», [¡rápido, rápido!] gritaban, conduciendo a la gente hasta una zona de hierba. Allí se pedía al cada uno de los miembros de grupo que se desnudase y si alguien se mostraba reticente era apaleado de nuevo. Los guardias estaban borrachos de furia, poseídos por el sadismo.
Ante ellos sólo quedaba el destino final, el barranco de Babi Yar. Los judíos eran colocados en el borde y se les disparaba sin contemplaciones.
Sus cuerpos rodaban hacia el fondo del barranco. Anatoly Kuznetsov, en su libro ‘Un documento en forma de novela’, recuerda el testimonio de una mujer judía que logró escapar y pudo describir después la escena: «Miró hacia abajo y sintió un mareo, tenía la sensación de estar muy alto. Bajo ella había un mar de cuerpos cubiertos de sangre».
Todos pasaban por un corredor de soldados en grupos de diez y eran fusilados; al escuchar el ruido de las ametralladoras, el grupo que seguía al frente ya no tenía como escapar.

La masacre llevó dos días para concluirse y estuvo a cargo de la unidad C del Einsatzgruppen, el escuadrón de la muerte de las SS, apoyados por miembros de un batallón de las Waffen-SS.
Algunos elementos de la policía ucraniana también serían usados para agrupar y llevar a los judíos hasta el lugar de fusilamiento, hecho que provocaría una gran discusión en Ucrania tras la guerra.
Además de este episodio, Babi Yar fue el lugar donde se llevaron a cabo miles de otras ejecuciones durante los dos años que duró la ocupación nazi en Kiev.
El número total de muertos en el barranco no es preciso, pero la estimación más aceptada ronda los 100 mil, cantidad ofrecida por el cálculo de los habitantes que fueron obligados a enterrar los cadáveres.
Tiempo después, el campo de concentración de Syrets se erigió en este lugar y aquí fueron enviados prisioneros de guerra rusos, civiles comunistas y combatientes de la resistencia, que después eran ejecutados.
Hay un informe de situación, el 101, del Einsatzgruppe destacado en Kiev. Entre el 29 y el 30 de septiembre 33.771 judíos fueron ejecutados. Pero las matanzas fueron mayores, hasta 50.000 judíos por lo menos durante esos días. Y seguirían en los meses siguientes con otras minorías.
A mediados de 1943 los alemanes estaban en retirada. Los soviéticos avanzaban por el oeste, y los nazis pensaron en esconder su culpa. Se escogió a 100 prisioneros del campo de concentración de Syretsk, situado cerca de Babi Yar. Caminando rumbo al barranco, estaban seguros de que los iban a matar. En lugar de eso, les sirvieron la cena.
Les esperaba la labor más desagradable. Primero excavar en la fosa común, en la que se habían alternado varias capas de basura y las de muertos.
Después, sacar los cadáveres (la mayoría de los cuales llevaba dos años enterrados), que en algunos casos estaban enredados y eran difíciles de separar: los nazis diseñaron un arpón especial que los enganchaba tirando de la barbilla, pero algunas veces salían tres unidos que había que cortar con hachas.
Las capas de gente enterrada abajo del todo tuvieron que ser dinamitadas. Después había que buscar si llevaban algo de oro o si todavía llevaban alguna prenda puesta, pues la norma de desnudar a los que se iba a fusilar se había relajado en los últimos grupos.

Después los quemaron, hasta 2.000 cada vez, con los cuerpos colocados en capas. Los pies de los de arriba coincidiendo con las cabezas de los de abajo.
Cada dos capas de cuerpos, una de leña. De todo el proceso todavía quedaron huesos de gran tamaño que fueron machacados con losas del cementerio judío cercano. Había que destruir cualquier evidencia, pero las llamas se veían desde el centro de Kiev. Una generación entera las recordaría para siempre.
Tras seis semanas trabajando, los prisioneros encargados de esta tarea decidieron fugarse. Conservaron algunos objetos que encontraron entre las ropas de los muertos que podían servir para abrir los cierres de los grilletes y para atacar a los guardias.
Prepararon la fuga durante un tiempo, hasta que una noche un guardia les dijo que al día siguiente iban a ser ejecutados. En la oscuridad de la noche, corrieron en masa sin que el guardia que estaba a cargo de la ametralladora se atreviese a disparar, puesto que sus propios compañeros estaban entre medias.
Según ha detallado Jennifer Rosenberg, historiadora especializada en el siglo XX, sólo 15 lograron escapar. El 29 de septiembre de 1943, cuando desmantelaban el campo por la noche, estalló una revuelta entre los internos y lograron escapar; tras retomar el control de la situación, los alemanes fusilaron a los 311 sobrevivientes.
Entre agosto y septiembre de 1943, el campo de Syrets fue parcialmente demolido y diversos cuerpos exhumados e incinerados, cuyas cenizas fueron esparcidas por las áreas circundantes.
Babi Yar fue un sumidero que se fue tragando todo lo que los nazis detestaban. Tras la masacre los nazis siguieron matando en ese barranco hasta casi el día en el que se marcharon: prisioneros de guerra soviéticos, gitanos, enfermos mentales y también integrantes de la ‘resistencia’ ucraniana.
Cuando el Ejército Rojo retomó el control de la ciudad en el mes de noviembre de 1943, el campo fue transformado en un sitio de reclusión de prisioneros alemanes que operó hasta 1946, cuando fue totalmente demolido. En la década de 1950 y 1960, el área se convirtió en un gran parque y un complejo de departamentos.

En 1959 Viktor Nekrasov se lamentaba en las páginas de ‘Literaturnaya Gazeta’ de que no se hiciese nada por recordar lo ocurrido en Babi Yar.
Las autoridades barajaban por aquellas fechas transformar el barranco en un estadio de deportes. «Quisieron edificar, pero Dios protege esto», explica Vera, una anciana de 70 años que cuida de una iglesia ortodoxa situada en la zona.
Al fondo del camino hay una sinagoga que ha sido víctima de actos vandálicos varias veces: «Han dibujado esvásticas y cosas peores», dice meneando la cabeza.
Moscú siempre esquivó la dimensión antisemita de la matanza. Pero un poema, titulado precisamente ‘Babi Yar’ y escrito por Yevgeny Yevtushenko, denunció en 1961 que las autoridades estaban mirando para otro lado mientras la generación que lo había vivido se hacía vieja rumiando en silencio.
A continuación llegó Dimitri Shostakovich con su 13ª sinfonía, una vibrante pieza musical que, usando esa misma poesía, estaba consagrada a inmortalizar esa tragedia. Se escuchó por primera vez en Moscú en 1962. Tanto Yevtushenko como Shostakovich fueron reprendidos por las autoridades soviéticas por su «cosmopolitismo».
El gobierno de la URSS erigió por fin un monumento en 1976 para recordar a «los ciudadanos soviéticos» que perdieron sus vidas. Hubo que esperar a 1991, con la URSS ya finiquitada, para que se recordase allí, 50 años después de la tragedia, la masacre de judíos.
Todavía hoy existe controversia. «Recientemente el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, ha rendido homenaje a los judíos y los nacionalistas ucranianos, pero mientras que los primeros murieron por miles los otros murieron por decenas, tal vez centenas, y además jugaron un importante papel ayudando a perpetrar aquellos crímenes», critica Per Anders Rudling, que ha dedicado parte de su vida a estudiar el nacionalismo ucraniano.
Natalia Antonova, que perdió a familias de sus abuelo, opina en un café de Kiev: «Hay una ola de revisionismo imparable»:

Jessica Milstein es nieta de supervivientes del holocausto. Anna Tsesarsky su abuela, logró sobrevivir a las atrocidades de aquel septiembre negro y todavía hoy le resulta muy amargo remover aquellos recuerdos.
Su hermano, su padre y su tío se presentaron en el lugar señalado por los nazis, las noticias sobre las brutales matanzas de judíos todavía no habían llegado a Kiev. En Kiev, recuerda, los asesinatos se llevaron a cabo «con la ayuda de ucranianos«.
En algunos casos era nacionalistas que creían así poder echar a los soviéticos, aunque Hitler rechazaba de plano una Ucrania independiente. En otros casos era solamente por la promesa de los guardias alemanes de que podrían robar las pertenencias de los fusilados.
Y mientras tanto la policía ucraniana ayudaba a vigilar a los judíos que iban de camino a este matadero.
Babi Yar fue un lugar de ejecución durante meses. Hasta el día de la liberación de Kiev por el Ejército rojo, el 6 de noviembre de 1943, unos 200.000 murieron en Babi Yar y sus alrededores. No quedaron más que unos pocos centenares de judíos en la ciudad. Y muchos se marcharon lejos. Anna Tsesarsky acabó en Estados Unidos.
En Denver, cada año se conmemora la matanza junto a un monumento.
Jessica Milstein, su nieta, ha heredado una misión en nombre de todos esos cuerpos inertes enredados desnudos bajo la arena: la memoria. «Como adolescente», explica mientras cuida a la matriarca, «pasé noches enteras hablando de Babi Yar con mi abuela, cómo y por qué sucedió, por qué no hay que olvidar ni dejar que suceda, y creo que la necesidad de contarlo es hoy más fuerte que nunca».
En el fondo de este barranco la tierra todavía parece removida, agitada por todo lo que esconde.
Este lugar será siempre un hoyo silencioso, donde entre hierbas salvajes el genocidio se alió con la orografía: todavía se abre el mismo vacío que entonces al borde de este barranco, el justo para que el cuerpo recién ametrallado ruede cuesta abajo con el resto de infelices.

Un judío enciende unas velas durante la ceremonia anual para recordar el holocausto junto al monumento de la Minora en Baby Yar
Ucrania construirá un gran memorial para recordar la masacre de Babi Yar
“El objetivo del Centro Memorial del Holocausto Babi Yar es proporcionar un homenaje y una conmemoración adecuados a las víctimas que fueron asesinadas por los nazis en Babyn Yar.
Durante demasiado tiempo, su memoria no ha sido debidamente honrada”, explica Inna Schorr, su directora de comunicación internacional.
“Estamos comprometidos a contar su historia de acuerdo con la narrativa histórica descrita por el historiador Karel Berkhoff y varios historiadores ucranianos e internacionales”, añade, refiriéndose al investigador del Instituto NIOD de Estudios sobre la Guerra, el Holocausto y el Genocidio, en los Países Bajos, autor entre otras obras de The ‘Russian’ Prisoners of War in Nazi-Ruled Ukraine as Victims of Genocidal Massacre .
Además de conmemoración, será un lugar de aprendizaje. En palabras del director artístico del centro y conocido director de cine, Iliá Jrzhanovski, el proyecto “transformará un lugar de asesinato y destrucción en un lugar sagrado”. Hoy parece un tranquilo parque más, destino habitual de familias de la capital ucraniana.
“Hay demasiadas personas que desconocen la naturaleza de este lugar”, ha apuntado.
Según Schorr, el objetivo que persiguen “se logrará artísticamente mediante la construcción de un complejo conmemorativo de clase mundial, que será cuidadosamente diseñado para brindar a los visitantes una experiencia poderosa, tanto educativa como emocional”.

Asistentes a la ceremonia de recuerdo de las víctimas cerca de Kiev
En vísperas del Día Internacional del Recuerdo del Holocausto, que se celebró el pasado 27 de enero, el Centro de la Memoria del Holocausto de Babi Yar anunció que los planes incluyen una docena de edificios repartidos en 150 hectáreas.
“La masacre que tuvo lugar en septiembre de 1941 destruyó la comunidad judía de Kíev.
Sin embargo, posteriores asesinatos en masa en Babi Yar mataron a decenas de miles de ucranianos locales, romaníes, personas con enfermedades mentales y otros.
Estamos desarrollando un complejo de museos que conmemorará a todas estas víctimas, de diferentes religiones y orígenes. Por lo tanto, es apropiado que haya un espacio físico en el complejo para la pausa y la reflexión para personas de todas las religiones y orígenes”, apunta Schorr.
Este proyecto se ha preparado durante cuatro años, pero en septiembre pasado recibía el espaldarazo definitivo con la firma de un memorando de cooperación entre el Ministerio de Cultura ucraniano y el Centro Memorial del Holocausto Babi Yar.

El rabino de Kiev, Jonathan Benjamin Markovitch, junto con miembros de distintas embajadas planta unos árboles en la zona donde se construirá el futuro monumento
“La masacre de Babi Yar y el Holocausto de los judíos de Ucrania con un capítulo importante y trágico de la historia de nuestro país.
Gracias a estos planes, se convertirá en un lugar de paz, reflexión y tranquilidad”, dijo entonces el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski.
“Mientras viva el recuerdo de esos acontecimientos, mientras recordemos a cada víctima, a cada justo del mundo, el Holocausto no se repetirá”, afirmó el año pasado Klichkó.
Además de los proyectos artísticos, la fundación ha llevado a cabo una serie de programas sobre investigación y educación.
En su centro de trabajo, se han desenterrado y verificado unos 20.000 nombres de víctimas de la masacre antes desconocidos.
Por primera vez, los científicos lograron identificar con precisión el área relativamente pequeña, aproximadamente 150 metros de largo, de las ejecuciones y la fosa común de 1941. Todo para que nadie olvide.
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