El mundo secreto de las geishas, los enigmáticos animadores de Japón …

Ascient Origins(A.Vuckovic)/LaVanguardia(A.E.Arístegui)/M.Cartagena — Japón es una nación rica en historia y tradiciones veneradas. Las enigmáticas geishas son consideradas como una de las piedras angulares de esa icónica tradición japonesa, y ciertamente son admiradas en todo el mundo. Las geishas pueden rastrear sus orígenes en el tiempo, e inicialmente eran artistas masculinos.
El rol cambió con el tiempo y finalmente se reservó solo para mujeres. Las jóvenes devotas se entrenarían pacientemente para dominar las habilidades de la alta etiqueta social, bailar, cantar y tocar instrumentos. Estas hábiles geishas eran admiradas y muy buscadas en los círculos sociales más altos de Japón.
Una joven que desee convertirse en una hermosa geisha tendría que dedicar años de su vida para lograr ese objetivo. En los últimos tiempos, la geisha recibió una representación algo sesgada en la sociedad occidental, a pesar de que su estimado papel no ha cambiado durante siglos. ¿Quiénes son estas enigmáticas artistas femeninas y cómo ha moldeado la historia su papel en la sociedad?
¿Cómo nació la geisha?
La geisha es una mujer rodeada de misterio. En la historia de Japón, siempre fueron el corazón y el alma de todas las reuniones sociales de alto rango, y ese fue el papel para el que fueron capacitados. Sus habilidades son tanto externas como internas.
En el exterior, son admirados por sus elaborados trajes tradicionales japoneses, que a menudo son de varias capas, con patrones intrincados y bastante pesados. También usan un maquillaje pesado que se supone que acentúa su belleza aún más, junto con peinados únicos y pelucas realistas.
En el interior, sin embargo, reside la verdadera habilidad de la geisha. Ella es la maestra de la etiqueta social y muchas habilidades artísticas.

Perfil de Miyagawa-chō geiko (geisha) Kimiha con un kimono negro formal (kurotomesode) y una peluca nihongami estilo chū taka shimada.
Como en muchas otras partes del mundo, Japón también puso gran énfasis en las reuniones sociales distinguidas.
Cuando samuráis, shoguns y otros individuos de alto rango se reunieron para una «fiesta» tradicional, la geisha estaba allí para entretenerlos, para convertirse en el corazón y el alma de la reunión.
Animaría la reunión con conversaciones entretenidas, involucraría a todas las personas y divertiría incluso a los invitados más serios.
Además, la geisha era la maestra intérprete de shamisen, el enigmático instrumento tradicional japonés. Toda mujer quería ser tan elegante y hábil como una geisha.
Ser una hermosa maestra de las complejas habilidades sociales y tradiciones japonesas era un dominio reservado solo para las mujeres selectas.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, las prácticas en torno al entrenamiento de geishas se mantuvieron prácticamente sin cambios después de siglos.
Los campesinos pobres a menudo enviaban a sus hijas pequeñas, algunas de tan solo nueve años, para que las capacitaran en las costumbres de las geishas, simplemente porque no podían permitirse el lujo de cuidarlas.
Hoy en día, las niñas pueden comenzar este entrenamiento una vez que tengan al menos quince años.
De cualquier manera, el entrenamiento es un camino de devoción, sacrificio y puede durar toda la vida. Muchas niñas que comienzan este camino simplemente no pueden soportarlo: la tasa de deserción es extremadamente alta. En el siglo XXI, ser geisha era una tarea difícil.
Una niña se conecta profundamente con su «madre» geisha (maestra) y la casa en particular a la que sirve. Durante su carrera, una geisha puede incurrir en grandes deudas, pagando su formación e invirtiendo en nuevos y elaborados vestidos de kimono que necesita usar.
Animadora, creadora de tendencias y custodio de las tradiciones
Explicar el papel de la geisha no es tarea fácil. En términos más simples, esta mujer elegante es anfitriona, animadora, dama y custodia de las tradiciones más antiguas de Japón. Durante su prolongada formación, una geisha se convierte en una maestra de muchas representaciones tradicionales que están profundamente impregnadas del arte clásico japonés.
Al estar involucrada en los círculos sociales más altos, en el pasado estos eran los samuráis de élite y los señores del shogun, la geisha está expuesta a muchos secretos sensibles: se espera que mantenga una estricta confidencialidad.
Pero uno de los roles más importantes de la geisha, y uno que llevó a muchos conceptos erróneos, es su conexión con los hombres. Las geishas eran a menudo el corazón y el alma de las fiestas a las que asistían únicamente hombres de alto rango.
Sin embargo, no se parecía a otras mujeres: era una mujer en control, una poderosa fuente de belleza que deslumbraba e inspiraba.

Geisha de Tokio con shamisen.
Pero para los hombres reunidos a su alrededor, la geisha era una forma de experimentar un entorno más personal y privado que no existía en el «exterior».
En las formas complejas de la sociedad japonesa, las emociones no se muestran libremente en el mundo exterior, es decir, en la sociedad normal.
Incluso en el hogar familiar, se sigue un sentido de reglas estrictas. Sin embargo, en la atmósfera privada creada por la geisha, y gracias a su estricta confidencialidad, los asistentes masculinos podrían mostrar sus emociones, una versión de sí mismos que no existía fuera de la casa de las geishas.
Originalmente, alrededor del siglo VI d.C., las geishas (literalmente, «animadora») eran generalmente artistas y compañeros masculinos. Sin embargo, durante el período definitorio de Heian en la historia de Japón, que duró desde 794 hasta 1185 d.C., se formó la identidad femenina de la geisha.
Originalmente, algunas mujeres jóvenes eran conocidas como saburuko (sirvientas). Por lo general, eran vagabundas de familias afectadas por la guerra.
Las chicas más pobres generalmente ofrecían relaciones sexuales a cambio de bienes, mientras que las más educadas adquirían un papel de animadora social similar a la de las geishas. Es probable que esta fuera una de las bases de las que surgieron las geishas.

Geishas actuando.
La personificación de todo lo bello
Con el tiempo, y especialmente durante el floreciente período Heian, la geisha se estableció en la corte imperial japonesa. Se puso un gran énfasis en la belleza, y las geishas fueron la encarnación de ese concepto. Sin embargo, es importante comprender el concepto japonés de «belleza».
Se encuentra en las cosas simples y sutiles, en la elegancia y la paz, en la tranquilidad y la sencillez. Así, la geisha es elegante, hace las cosas con lentitud y mesura, es conmovedora y pacífica. Durante los períodos medieval y moderno, la geisha mostró todos los aspectos de lo que se consideraba belleza.
Exteriormente, esto se caracterizaba por un maquillaje pesado: la aristocracia y la geisha tenían caras blancas muy empolvadas, lápiz labial brillante y dientes negros como la boca.
Existe una idea errónea moderna, que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, de que las geishas son cortesanas y trabajadoras sexuales. Sin embargo, esto está lejos de la verdad.
Como se mencionó, antes del siglo VII d.C., las geishas surgieron de las cortesanas, particularmente de las de más alto rango que eran expertas en danza, poesía, habilidades sociales y tocar instrumentos.

Una Geisha moderna
A partir de ahí, adquirieron el papel de geisha tal como es hoy, que no está relacionado con el trabajo sexual.
La sociedad japonesa, como cualquier otra en el mundo, tenía prostitutas y concubinas, pero no eran geishas.
Por otro lado, la geisha podría optar por tener una pareja o patrón más íntimo.
Esto se conoce como sociedad de danna, donde la geisha puede tomar un patrón que pagaría sus gastos, compraría sus regalos y se involucraría más personalmente con ella.
Esta relación a menudo implicaba sexo y, a menudo, estaba reservada para los hombres más ricos e influyentes de la sociedad japonesa.
Aún así, la geisha lo hizo por su propia voluntad y, a menudo, por afecto personal.
Es un hecho triste que la mayoría de las geishas del período medieval de Japón se originaran en los estratos más pobres de la sociedad.
Una okiya, la casa de las geishas, a menudo recibía nuevas niñas iniciadas de familias que se vieron obligadas a vender a sus hijas debido a la pobreza extrema. Casi siempre era la última vez que la niña veía a su familia.
Una vez en la okiya, las niñas existirían en una sociedad estrictamente matriarcal, sin hombres. La okaa-san, también conocida como la madre de la casa, era la matrona que supervisaba el riguroso entrenamiento que a menudo duraba décadas.
La matrona invertiría mucho en una posible geisha, y se esperaba que la niña pagara esa deuda financiera más adelante en su carrera. Es por eso que muchas geishas decidieron tener un benefactor, un patrón danna que pagaría algunos de sus gastos.
Toda una vida de devoción y entrenamiento riguroso
Por supuesto, una geisha potencial tendría que ascender de rango. Una niña comenzaría como una simple sirvienta de la casa y luego podría convertirse en aprendiz. A lo largo de los años, con mucho conocimiento, podría ascender al codiciado rango de geisha de pleno derecho.
No era ningún secreto que las sirvientas recién llegadas a menudo eran despreciadas o maltratadas por las muchachas experimentadas de la casa. Pero también se desarrollaron muchos lazos y amistades fuertes en estos círculos, especialmente cuando una niña se convirtió en aprendiz de una geisha veterana.
Un paso crucial en el camino de la niña para convertirse en geisha fue la ceremonia llamada mizuage. Un evento prestigioso y elaborado, el mizuage fue la subasta de la virginidad de una niña. Hombres de alto rango, ricos e influyentes, que tenían que ser honorables y amables, ofrecerían el precio más alto para quitarles su virginidad.

La totalidad del dinero liquidado iría a la matrona de la casa y se destinaría al pago de la deuda de la futura geisha.
Después de que se prohibiera la prostitución en Japón, la práctica se detuvo.
No era raro que los hombres se hubieran enamorado desesperadamente de una geisha.
Ella era la gracia y la elegancia encarnadas.
En una época en la que se arreglaban los matrimonios, los hombres se sentían infelices o insatisfechos con su familia. Por lo tanto, a menudo buscaban la compañía de una geisha.
Por lo general, se trataba de comandantes militares de alto rango, empresarios adinerados o figuras políticas influyentes. Con suficiente dinero y prestigio, estos hombres podrían tener una sesión individual con una geisha, que no implicaba intimidad. Una sesión duraría tanto como se quemara una varita de incienso, el senkodai.
Con el tiempo, un hombre que cayera bajo el hechizo de una elegante geisha podría convertirse en su patrón, el danna, si ella estaba de acuerdo.
El patrón danna se convertiría en el benefactor y amante de la geisha. Cuanto más poderoso e influyente era este hombre, aumentaría la reputación de la geisha.
Si es lo suficientemente rico, su amante también podría ayudar a pagar su gran deuda y prepararla para una vida de prestigio e influencia. Una geisha solo podía tener un danna a la vez y podía terminar la relación si lo deseaba y buscar uno nuevo.
Aun así, ella era un estándar que muchas mujeres japonesas anhelaban seguir y admiraban. Con su elaborado maquillaje, dientes ennegrecidos, peinados únicos, etiqueta y sus costosos vestidos de kimono, las geishas fueron las que marcaron la tendencia de su tiempo, dictando las nuevas tendencias de moda que debían seguirse.
Por supuesto, debido al gran costo de estos privilegios, la mayoría de estas tendencias eran casi imposibles de alcanzar.
Perseverando a través de las edades, como solo una geisha sabe cómo

La Segunda Guerra Mundial tuvo efectos devastadores en toda la cultura japonesa y sus tradiciones, incluidas las geishas.
Una gran parte de la población de Japón fue desplazada después de la guerra, y ciertas tradiciones antiguas se extinguieron rápidamente.
Al final de la guerra, las tropas estadounidenses destruyeron numerosas casas de geishas.
Las geishas se encontraban ahora en un mundo que luchaba por preservar la belleza y encontrar tiempo y esfuerzo para disfrutarla una vez más.
Esto obligó a muchas geishas veteranas a buscar otro empleo.
Además, las trabajadoras sexuales comunes de los barrios del placer ahora podían imitar a las geishas, haciéndose pasar por tales y brindando servicios sexuales a las tropas estadounidenses.
Esto, a su vez, creó una idea errónea generalizada de que las geishas eran en realidad prostitutas de la alta sociedad. Esto no es verdad.
La guerra disminuyó las tradiciones de las geishas y su número. Como resultado, solo existen unos pocos cientos de geishas tradicionales reales en Japón, principalmente en Kioto. Por supuesto, en los tiempos modernos, ser geisha ya no es una estricta vocación de vida. La mayoría de estas mujeres llevan una vida normal: pueden seguir estudios, casarse y formar una familia.
Sin embargo, los aspectos icónicos de la geisha aún se conservan y perfeccionan a un alto nivel de habilidad, continuando esa tradición que existió durante siglos. Y son las geishas las que ayudan a preservar el misterio de Japón y sus tradiciones imperecederas.

Copia del ukiyo-e titulado Geisha y su sirviente. El original data de 1777.
Las geishas no son prostitutas. Lo afirman ellas de manera tajante y lo corroboran las leyes japonesas. En 1958, tras prohibirse oficialmente la prostitución en Japón, muchos burdeles se camuflaron tras la etiqueta de spas o baños turcos.
A las geishas no les hizo falta adaptarse. Imperturbables, siguieron con su oficio centenario: la ley no iba con ellas y nadie habría osado molestarlas. Si un occidental tiene el raro privilegio de asistir a un banquete con geishas y espera intimar con alguna de ellas al final de la velada, casi con toda seguridad quedará decepcionado.
A pesar de ello, los padres japoneses suelen oponerse a que sus hijas ingresen en “el mundo de la flor y el sauce”, celosamente preservado, pero no del todo respetable. Por más elegante, tradicional, inofensivo e incluso trasnochado que resulte hoy el erotismo de las geishas, estas acompañantes femeninas siguen dejando tras de sí un aroma a fruta prohibida.
En realidad, lo sagrado y lo profano, el arte y la prostitución, anduvieron revueltos durante mucho tiempo en la cultura nipona. Geisha significa artista, persona (sha) que domina un arte (gei).
Siglos antes de que se acuñara el término ya existían mujeres que vivían del espectáculo, como las bailarinas que actuaban para los samuráis en el siglo XII. Pero, en general, y durante mucho tiempo, las mujeres que interpretaban música o bailaban en público solían ser sacerdotisas, camareras o meretrices.
A veces, estas últimas habían sido lo primero: las sacerdotisas de los templos sintoístas debían ser vírgenes; si incumplían este compromiso y perdían su puesto, no era raro que pidieran trabajo en las casas de té de los alrededores, que acogían a peregrinos con ganas de diversión. Izumo no Okuni, la primera bailarina célebre de Japón, era, o al menos eso aseguraba, una de estas sacerdotisas sintoístas.

Geishas bailando el Kappore.
Hacia 1603 formó la primera compañía de teatro kabuki de la que se tiene noticia, reclutando a sus coristas entre mujeres de dudosa reputación de los bajos fondos de Kioto. Aunque inspiradas en el folclore religioso tradicional, sus danzas resultaban intensamente provocativas, tanto que, a menudo, los espectadores terminaban peleándose a golpes por las actrices.
En 1628, el sogún prohibió el kabuki femenino, y las bailarinas fueron remplazadas por atractivos quinceañeros. El resultado fue el mismo: reyertas, amoríos y redes de prostitución.
Finalmente se decretó que el kabuki fuera interpretado en exclusiva por hombres adultos, una norma que se mantiene en la actualidad.
Las numerosas imitadoras de Okuni buscaron nuevas formas de ganarse la vida, bien como instructoras de música y danza en casa de los nobles samuráis, bien como prostitutas con o sin licencia.
La licencia era necesaria para todo en la rígida organización social del período Edo. Incluso para abrir un burdel. Durante el siglo XVII, en las afueras de las principales ciudades niponas se erigieron barrios amurallados dedicados por entero al placer. Al placer de los clientes, por supuesto.
Para los hombres que los frecuentaban, lugares como Yoshiwara, en Edo (actual Tokio), Shimabara, en Kioto, o Shinmachi, en Osaka, eran auténticos paraísos. Allí podían relajarse, beber, flirtear e incluso enamorarse, todo un lujo en un país donde los matrimonios eran concertados y nadie esperaba una chispa de pasión entre esposos.

Una geisha y su cliente (Katsushika Hokusū )
Un mundo flotante
El éxito de estos barrios fue arrollador gracias al auge de una nueva clase social, la burguesía. Con mano firme, el régimen del sogunato Tokugawa acababa de zanjar siglos de escaramuzas y guerras civiles. Por fin, los japoneses podían dedicar sus esfuerzos a prosperar.
Formalmente, la sociedad seguía dividida en castas feudales: el pueblo debía besar el suelo al paso de los grandes señores y los samuráis tenían derecho a rebanar el cuello de cualquier individuo de rango inferior.
En la escala oficial, los comerciantes estaban por debajo de los campesinos. Pero en la práctica muchos mercaderes rivalizaban en opulencia con las familias de la rancia nobleza. En su vida diaria debían fingir humildad, sobornar a funcionarios y andarse con ojo para no ser expropiados.
En los barrios de placer, en cambio, la cuna no importaba, solo contaba el dinero. Era un mundo mágico donde, por unas horas, los plebeyos vivían como señores, adulados y mimados hasta la exageración por muchachas ataviadas como princesas. Un estilo de vida hecho de ilusiones fugaces, que en 1661 el escritor Ryoi Asai bautizó como ukiyo, “el mundo flotante”.
Para sus habitantes femeninas, la vida en el mundo flotante no era ningún cuento de hadas. Tenían terminantemente prohibido pisar el exterior y estaban sujetas a contratos draconianos y deudas inagotables, que las obligaban a prostituirse hasta el final de su juventud.
Generalmente eran hijas de campesinos que las cedían a cambio de dinero, convencidos de que allí, al menos, tendrían asegurado un techo, comida y ropa. Llegaban siendo niñas y pasaban sus primeros años trabajando como criadas.
La mayoría acababan como prostitutas del montón, sentadas tras las celosías de los burdeles comunes, esperando a ser escogidas por los transeúntes. Pero si eran especialmente bonitas y demostraban talento podían empezar como aprendizas acompañando a las grandes cortesanas a modo de séquito, y convertirse, a su vez, en cortesanas de alto rango.
Las grandes cortesanas únicamente estaban al alcance de los más poderosos y, aunque vivían confinadas y endeudadas como las demás, eran verdaderas estrellas mediáticas. Aparecían retratadas en los ukiyo-e, estampas románticas o picantes, populares incluso entre las amas de casa.

Ukiyo-e que representa una geisha del barrio de Gion, en Kioto, c. 1800-33.
Envueltas en capas y capas de vistosas telas, ceñidas con gigantescos fajines anudados por delante, causaban sensación. Las grandes damas respetables copiaban sus peinados, un empeño nada fácil: con sus geometrías imposibles y su profusión de peinetas, pasadores, pompones, campanillas y abalorios, a la mismísima María Antonieta le habrían parecido recargados.
Una cortesana debía poseer ingenio y talento, además de sex appeal . Antes de que existieran las geishas, las cortesanas aprendían danza, música y poesía para agasajar a sus clientes.
Por supuesto, también se las adiestraba con habilidades de alcoba, y a menudo eran ávidas coleccionistas de ilustraciones eróticas explícitas. No era fácil llegar a ser una de ellas, y tampoco lo era convertirse en su amante.
Se pagaban fortunas por la mera compañía de una cortesana. Por otro lado, para ganarse sus favores era preciso cortejarlas. Podían permitirse el lujo de rechazar a un cliente y jamás se acostaban con ninguno antes de la tercera noche.
Una auténtica profesional sabía enamorar a los hombres y azuzar su deseo mostrándose relativamente inalcanzable.
No vivían únicamente del sexo mercenario, sino de ofrecer romance. Con el tiempo, las cortesanas de lujo se concentraron en la seducción y dejaron las artes musicales en manos de los geishas, hombres que entretenían a los clientes bailando, tocando el shamisen, un instrumento esencial en la música tradicional japonesa, o haciendo chistes subidos de tono. El de geisha fue, inicialmente, un oficio masculino.

De meretriz a artista
Fuera de los barrios oficiales la prostitución era ilegal. Por supuesto, eso no implica que no existiera. Había empleadas de conducta equívoca en casas de té y baños públicos. También proliferaban bailarinas adolescentes cuyos favores a veces se podían comprar.
En 1750, una mujer se autodenominó geisha. Se llamaba Kikuya, y era una prostituta ilegal del barrio de Fukagawa, en Edo, decidida a dignificar su profesión promocionando su talento para el canto y la danza.
Alentadas por su éxito, muchas mujeres siguieron su ejemplo. Pronto las geishas (o geiko , como aún se las conoce en Kioto) hicieron furor. Eran chic, más independientes que las cortesanas oficiales, estaban sujetas a menos formalidades y entretenían mejor a su clientela.
A regañadientes, los distritos oficiales decidieron conjurar esta amenazadora competencia contratando a sus propias geishas femeninas. Les impusieron estrictas normas: solo podían lucir tres adornos en el cabello, mientras que sus quimonos debían anudarse a la espalda y ser mucho menos vistosos que los de las cortesanas. Y, lo más importante, debían limitarse a cantar y bailar. Bajo ningún concepto podían tocar a un cliente.
Todas estas medidas, que pretendían proteger el negocio de las cortesanas, sirvieron únicamente para hacer de las geishas criaturas más sobrias, más elegantes y más respetables que las prostitutas, y no por ello menos deseadas.
Hacia 1800 había tres geishas femeninas por cada artista masculino, y la palabra geisha pasó a designar exclusivamente a mujeres. Las redadas que combatían la prostitución en los barrios ilegales pasaban de largo ante las geishas. Había nacido una nueva profesión.
A mediados del siglo XIX, una velada elegante en un distrito legal discurría siguiendo un ritual preciso. El cliente, solo o con invitados, pasaba la primera parte de la noche en una casa de té bebiendo sake y tal vez cenando. Dos o tres geishas llenaban su taza y lo mantenían entretenido con música, baile y conversación amena. También podía contratar los servicios de un bufón.
Hacia medianoche, las geishas y el bufón acompañaban al cliente entre risas y flirteos al burdel, donde este tenía ya una cita previamente concertada. Cada cortesana disponía de un pequeño apartamento espléndidamente decorado.
Si el cliente era de confianza, la cortesana le recibía en su sala de estar y se unía brevemente a la fiesta. Si era su primera vez, no había preliminares. Las geishas se retiraban en cuanto la pareja entraba en el dormitorio. Sería un error deducir de todo ello que las geishas eran criaturas virginales. Podían y pueden tener amantes.

Entrada a Ichiriki Ochaya.
Una fiesta de dos horas en Ichiriki Ochaya, la casa de té más exclusiva de Kioto, cuesta más de 5.000 euros, pero el atuendo de una sola geiko supera fácilmente los 30.000. Las okiya, casas donde residen y se entrenan las geishas, invierten sumas astronómicas en formar a sus pupilas.
Por ello, hasta mediados del siglo XX, dos grandes fuentes de ingresos complementaban su tarifa habitual: el mizuage y el vínculo con un danna , el mecenas, protector y amante oficial de una geisha. Ambas implicaban ir más allá de la simple compañía. El mizuage consistía en ofrecer a un cliente selecto la oportunidad de desflorar a una aprendiz, o maiko , de catorce o quince años de edad.
La virginidad se vendía discretamente al mejor postor; si ningún candidato ofrecía lo suficiente, se recurría en secreto a un desflorador profesional para no bajar el caché de la muchacha.
Era una ocasión excepcional: generalmente, el cliente y la maiko no volvían a tener ningún encuentro íntimo. Para señalar su paso a la madurez, la muchacha cambiaba de peinado y recibía felicitaciones de sus compañeras de gremio.
Más adelante, las geishas adultas aspiraban a despertar el interés de un danna , una mezcla de mecenas y amante. Un danna costeaba el vestuario y las lecciones de su protegida y, si era lo bastante rico, adquiría una vivienda para ella, a menudo con la aquiescencia de su esposa. Mantener a una geisha era un símbolo de estatus en la alta sociedad nipona.

Retrato de Kido Takayoshi en 1869.
Segundas primeras damas
A medida que las antiguas cortesanas pasaban de moda y se extinguían, las geishas ocupaban lugares cada vez más cercanos al poder. Su papel en el fin del sogunato y la Restauración Meiji fue crucial.
Los samuráis partidarios de devolver su poder al emperador conspiraban en las casas de té de Gion; las geishas de Pontocho, otro de los barrios alegres de Kioto, apoyaban en cambio al sogún. En 1864, el líder rebelde Kido Takayoshi salvó la vida gracias a Ikumatsu, una geisha que le ayudó a esconderse y huir.
Kido no olvidó el favor. Años más tarde, cuando los conjurados lograron su propósito de restaurar el poder imperial, se casó con ella.
Por primera vez, una geisha se convertía en la esposa de un estadista. Se iniciaba una edad de oro para estas profesionales del entretenimiento masculino, convertidas en confidentes de los hombres más poderosos de la nación. Un papel no muy distinto al de una Diana de Poitiers o una madame de Pompadour, solo que infinitamente más discreto.
En 1929 había 80.000 geishas trabajando en Japón. Ni siquiera las flappers japonesas habían logrado eclipsarlas con sus vestidos de flecos y sus peinados a lo garçon. Pero sus costumbres empezaron a fosilizarse. Ya no encarnaban la modernidad, sino la tradición.
¿Sobrevivirían a la era del automóvil, el cine, las coristas y los cafés? La Segunda Guerra Mundial sacudió hasta los cimientos su frágil mundo de abanicos, incienso, arreglos florales y ceremonias del té.
Obligadas a trabajar en fábricas por el bien de la patria, se dispersaron y mimetizaron con las mujeres corrientes. Muchas huyeron al campo. Durante la ocupación estadounidense, su reputación se desplomó. Los soldados americanos, que no estaban para sutilezas, llamaban geisha a cualquier infeliz que ofreciera su cuerpo a cambio de una onza de chocolate.

El general MacArthur en Manila, 1945.
Se abrieron burdeles para los militares extranjeros, un negocio que MacArthur, al frente de la ocupación, trató de eliminar sin demasiado éxito, aunque sí logró que el gobierno dejara de amparar los barrios oficiales de placer.
El mítico Yoshiwara de Tokio no desapareció, pero pasó a manos de la mafia japonesa, y las condiciones de vida de sus inquilinas se hicieron aún más sórdidas. En 1958 se ilegalizó definitivamente la prostitución. Los barrios de geishas volvieron a florecer poco a poco, pero nada sería igual.
Hoy el mizuage está prohibido y las geishas aseguran que ya no se practica. Conseguir un danna que mantenga a una geisha es casi tarea imposible. Los hombres de negocios prefieren los bares y los karaokes, salvo cuando se trata de agasajar a un cliente muy importante, y aunque una selecta minoría sigue frecuentando las casas de té más exclusivas, los clientes cada vez son de edad más avanzada.
Todavía hay maikos y geikos jóvenes, pero su número, que ya no supera el millar, decrece sin parar y su calidad, según las veteranas, también. La escolarización obligatoria ha acortado drásticamente su etapa de aprendizaje. Las mejores intérpretes de shamisen son casi octogenarias.
El turismo de alto nivel es, desde hace algunos años, la última tabla de salvación del arte tradicional y el estilo de vida de las geishas. Y también una oportunidad insólita para Occidente de asomarse a un mundo secreto al que, hasta hace menos de una década, solo se podía acceder con invitación.
Las distintas fases de la formación de las geishas

En su primera fase de formación, a las chicas se les llamaba Shikomi (仕込み).
En esta etapa se dedicaban a las tareas de limpieza y todo tipo de recados.
También comenzaban a acudir a una escuela especial, Karyukai (花柳界), para aprender las destrezas necesarias de una geisha.
Normalmente, una geisha debía ser capaz de dominar las artes del baile clásico, canciones tradicionales, la ceremonia del té, el ikebana o arreglos florales, la literatura, la poesía y el teatro.
Su función principal era la de acompañar en las fiestas que se ofrecían en las casas de té, Ochaya (お茶屋), o en reuniones dentro de restaurantes tradicionales Riotei (料亭).
Tras aprobar el examen de danza, la niña podía estrenarse como Minarai (見習い) y empezar a pintarse únicamente el labio inferior de color rojo.
En ese momento era necesario encontrar una geisha experimentada que la acogiera como aprendiz. La Okasan le asignaba una paga a estas geishas por sus servicios como mentora.
Durante esta etapa, la niña tenía que aprender todo lo que pudiera de la que se convertiría desde ese momento en adelante en su Oneesan (お姉さん), en japonés, hermana mayor.
Esta unión se hacía firme a través de un ritual sintoísta conocido con el nombre de San-san-kudo. La niña aprendiz y su futura mentora se ofrecían mutuamente tres copas de sake (licor de arroz). Al final del ritual, la aprendiz recibía un nuevo nombre compuesto por dos símbolos, de los cuales, uno de ellos pertenecía también al nombre de la geisha. Una forma simbólica de unirlas para siempre.
Desde este momento, la mentora llevaría a su aprendiz como acompañante a las fiestas en las que fuera contratada para presentarla y atraer hacia ella la atención de sus clientes. La intención era enseñarle de primera mano cómo llegar a ser una geisha de verdad. De hecho, el nombre de Minarai, en realidad significa “persona que aprende mirando”
Al cabo de un tiempo, la Minarai pasaba a convertirse en Maiko (舞子), nombre utilizado para las aprendices de Geisha. Comenzará a vestir un kimono con el cuello rojo y podrá pintarse al fin, los dos labios. Su maquillaje cambiará, así como su peinado.
Sin embargo, aún tardará aproximadamente 4 o 5 años en lograr adquirir el estatus de auténtica geisha y poder cambiar el cuello de su kimono, de rojo a blanco. Durante todo este tiempo, continuará con su formación y perfeccionamiento de las diferentes artes tradiciones.
La alta educación de las Geishas
Una geisha debía de estar a la altura de seguir conversaciones de personas con un gran nivel cultural. La mayoría de los clientes de las geishas disponían de un alto estatus social y elevado poder adquisitivo. Los servicios que ofrecían eran muy costosos y duraban un tiempo limitado. Este se medía por una varilla especial de incienso que se encendía al comienzo de la fiesta. Una vez se consumiera por completo, daba por finalizado el tiempo contratado.
La formación acumulada que las Geisha adquirían a lo largo del tiempo era asombrosa. Realmente hacían honor al significado de la palabra “Persona de arte” ya que tenían que invertir miles de horas en dominar todas las disciplinas que les permitirían convertirse en personas capaces de cumplir las expectativas de los clientes más exigentes.
La ceremonia Mizuage y la virginidad de una Geisha
Cuando la Okasan consideraba que ya era la hora, la Maiko comenzaba a prepararse para una nueva ceremonia que se denominaba Mizuage. Literalmente se traduce como “Salir del agua” y vendría a simbolizar el momento en el que la joven Maiko se convertía en mujer adulta. La Okasan ponía de manifiesto públicamente que la susodicha Maiko que tenía bajo su cargo, había logrado alcanzar la madurez.
Dada su juventud y su inexperiencia sexual, su propio Mizuage se convertía en un símbolo muy valioso para los adinerados hombres que solían disfrutar de los servicios de las geishas. La virginidad de la Maiko era subastada al mejor postor elegido de entre los clientes habituales y de confianza de la Okiya. Cuanto más popular y famosa fuera la Maiko, más dinero se ofrecía por consumar este acto.
La ceremonia tenía una duración de 7 días en los que se preparaba a la joven para el momento en el que tendría lugar el acto íntimo con la persona que se había erigido como el mejor postor. En el séptimo día tenía lugar el encuentro entre ambos.
Una vez consumada la desfloración de la Maiko, el hombre que había realizado con ella la ceremonia del Mizuage podía o no, convertirse en su Danna.
El Danna y la Geisha
Tradicionalmente el Danna era un hombre rico, conocido dentro del barrio y cliente regular de alguna de las casas de té del Hanamachi. El Danna aportaba una cantidad mensual a la chica para que esta pudiera hacerse cargo de todos los gastos de manutención, educación y compra de vestuario y accesorios. Era como un patrocinador que velaba por que la chica pudiera tener una fructífera carrera como geisha.
El Danna tenía una serie de privilegios a cambio de la cuantiosa suma de dinero que entregaba a la joven. Esta proporcionaba atenciones especiales y prioridad a la hora de acudir a sus fiestas y banquetes. También gozaba del privilegio de ser la prioridad número uno en el tiempo libre de la chica. Además, la mujer no podía quedar con otro hombre fuera de las horas de trabajo y si alguien la invitaba, tenía que consultarlo primero con su Danna.
Convertirse en Danna no era algo fácil. En primer lugar, el interesado debía consultar con la dueña de la Ochaya (casa de té) en la que trabajaba la chica. Esta a su vez, tendría una reunión con la Okasan de la geisha en el que se consultaría la disponibilidad de la joven para tener un Danna. En caso afirmativo, tendrán lugar una reunión con el aspirante a Danna para hablar de forma clara y detallada sobre la cantidad de dinero que él estaba dispuesto a otorgar y gastar con la mujer. En ese momento, la mujer podía decidir aceptar o rechazar el patronazgo del aspirante.
Si la relación llegaba a formalizarse, no era necesario firmar ningún papel ya que según se decía en el mundo de las Hanamachi, “Si no se puede confiar en alguien sin firmar un papel, entonces no hay razón para firmarlo”.
Por último, en caso de que alguno de los dos quisiera cancelar la relación, se requería que aquella parte que decidiera poner fin al acuerdo, realizara un pago de una cuantía llamada Mazu en compensación.

La ceremonia Erikae
Aproximadamente cuando la Maiko cumplía los 20 años de edad, y siempre bajo el criterio de su Okasan, se preparaba para para convertirse en una verdadera geisha. La ascensión de maiko a geisha se realizaba nuevamente a través de una ceremonia que se conoce con el nombre de Erikae.
En ella, la Maiko cambiaba su forma de vestir. Para ello, comenzaba a utilizar un kimono Kosode en vez del kimono Furisode que había llevado hasta entonces. También cambiaba el cuello de su kimono de rojo a blanco, así como su maquillaje y su peinado.
A partir de ese momento, ya era una geisha con experiencia y como tal, dejaba atrás una apariencia más pomposas y llamativa de las Maiko y comenzaba a lucir de forma más sobria y madura. Llegado a este punto, ya tenía la necesidad de llamar la atención con su aspecto porque podía hacerlo con el elevado dominio que ya tenía de las artes.
Las Geisha en la actualidad
En la actualidad, las geishas siguen existiendo y en los últimos años, a pesar de que habían descendido bastante en número, han vuelto a repuntar debido al interés general que se ha despertado alrededor de su figura. Los procesos de formación, siguen siendo muy parecidos a los que se utilizaban en la antigüedad, pero de forma inevitable, la época moderna ha influido en el mundo de las Geishas.
El aspecto más positivo de las Geishas del siglo XXI es que son las mismas chicas quienes eligen esta vida incluso a pesar de ser conscientes de todo lo que conlleva.
La profesión acarrea una serie de sacrificios que las mujeres deben de hacer como por ejemplo, la grandísima cantidad de horas que tienen que invertir en su formación, vivir en la Okiya en vez de en su casa, aceptar que hasta que se retiren del trabajo va a ser muy difícil conciliar una relación amorosa o incluso, aprender a vivir con la incomodidad de llevar un peinado que no se puede deshacer durante varios días y que para mantenerlo intacto, tienen que dormir sobre una especie de almohada dura que solo abarca una pequeña parte de su cabeza.
Atrás se quedaron costumbres más propias del pasado como la ceremonia del Mizuage la cual quedó abolida a partir demediados del siglo XX con la prohibición de la prostitución o los patrocinios y privilegios del Danna.

Lo que las Geisha nos enseñan
El principal aprendizaje que a nivel personal extraigo de esta enigmática figura es la increíble voluntad de las chicas que realizan este trabajo por mantener vivas unas tradiciones que en la época que vivimos parecen tan inverosímiles. Su amor por su cultura, les lleva a hacer un gran esfuerzo por no dejar morir una costumbre que en cualquier otro país del mundo sería insostenible.
¿Cómo consigue Japón ese equilibrio entre la tradición más antigua y la absoluta modernidad de sus grandes metrópolis? Lo antiguo y lo nuevo conviven en Japón, no solo con las geishas, también con la ceremonia del té, los luchadores de sumo, el arte de la caligrafía, las artes marciales y muchas otras tradiciones que los japoneses se niegan a sepultar y que con gran esfuerzo mantienen a pesar de las dificultades y los retos que plantean el tiempo en el que vivimos.
Como esta, hay muchas otras enseñanzas que se pueden extraer de la cultura japonesa y que a mi personalmente me han ayudado mucho a construir una vida mejor de la que ya tenía. Estoy 100% comprometido en compartir con el mundo todo lo que he aprendido en mis más de 16 años de conexión con Japón. Y por ello, a todos los lectores de mi blog me gustaría regalaros el ebook “9 grandes enseñanzas de Japón” en el que he reunido algunos de los aprendizajes más valiosos que he obtenido de su cultura.

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