El engaño negacionista …

RTVE/El Independiente(I.Encabo)/El Periódico(efe-F.Alvarado) — Cuando nos encontramos con un negacionista, una persona que niega las evidencias de la ciencia, la tentación es sacarle del error mostrándole la realidad. Si esto parece misión imposible, optamos por ignorarle. Te contamos qué consejos dan los expertos para dialogar con ellos. Se centran en la escucha activa, la empatía y el respeto.
El negacionismo es una actitud que “consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”, según la Real Academia Española (RAE). Un negacionista tiende a rechazar sobre todo las evidencias que incomodan su marco de pensamiento y, aunque hay muchos grados, puede llegar a negar, por ejemplo, que la Tierra sea redonda, que el hombre haya llegado a la Luna o que haya existido el Holocausto.
La COVID-19 es el último hecho que algunos negacionistas no aceptan como verdadero. La pandemia ha convertido a algunos de sus representantes en personas populares.
¿Quiénes son los negacionistas?
Los negacionistas no son un grupo uniforme. No es lo mismo una madre que rechaza las vacunas para sus hijos porque ha leído información distorsionada sobre ellas que alguien que conscientemente difunde esa información manipulada por motivos ideológicos o de otro tipo. Por eso no es recomendable referirse despectivamente a ellos como conjunto.
María Ángeles Abellán López, profesora del Departamento de Sociología y Antropología Social en la Universidad de Valencia, ha investigado a fondo el negacionismo relacionado con el cambio climático. En conversación con VerificaRTVE, asegura que surge como “una reacción” ante un determinado problema: “Se escogen argumentos para distorsionar la verdad”.
Esta profesora describe “diferentes tipos de negacionismo” y destaca el “ortodoxo puro”, que “no duda en utilizar la mentira”, y “el interpretativo”, que busca “descafeinar los argumentos” y “banalizar”. También distingue entre negacionismos de concepción “pragmática” e “ideológica”.
Infodemia es un término utilizado por la OMS.
Los negacionistas de la COVID-19 (a quienes algunos han llamado terraplanistas y covidiotas) rechazan la existencia del coronavirus. Para algunos no existe en absoluto y para otros puede existir, pero no con la gravedad que las autoridades sanitarias le confieren.
Por eso se oponen al uso de mascarillas y medidas de confinamiento, aislamiento y distancia social como remedio. Niegan la validez de los tests PCR y rechazan el desarrollo de las vacunas y su eficacia. En VerificaRTVE te hablamos de ellos a raíz de una protesta en Madrid.
¿Qué relación tienen con la desinformación?
Mucha. La desinformación sobre la COVID-19 y la propagación de bulos está muy relacionada con la negación de la pandemia. Sus sitios web y cuentas en redes sociales abiertas o en redes de mensajería privada (como Telegram y Whatsapp) originan o importan del extranjero muchos de los bulos que los verificadores desmontamos a diario.
Negacionismo y conspiracionismo suelen ir de la mano. Ambos acercamientos a la realidad (o irrealidad) pueden sostener por ejemplo que el virus existe pero que ha sido fabricado como un arma. En este desmentido de un canal de YouTube acientífico ya te hablamos de las principales “teorías de la conspiración”.
Si quieres más información sobre ellas, en esta guía de la iniciativa COMPACT, con participación de 150 científicos europeos, proporcionan un análisis comparativo y recomendaciones.
Estos son algunos ejemplos de desinformación creada o republicada por negacionistas/conspiracionistas sobre la COVID-19: el virus no existe; las mascarillas no sirven, provocan infecciones y otros males como la hipoxia; las cifras de rebrote son falsas; nos han transmitido la COVID-19 a través de la vacuna de la gripe; la tecnología 5G provocó el virus; o este fue diseñado en un laboratorio.
Cuando las víctimas de la pandemia alcanzaron el primer millón de muertos, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, señaló en un mensaje que «la ciencia es importante, la cooperación es importante; la desinformación mata” (minuto 01:09).
La OMS utiliza el término “infodemia” para referirse a la “sobredosis de información” en torno a la pandemia de la COVID-19 que “incluye los intentos deliberados por difundir información errónea para socavar la respuesta de salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas”.
¿Qué tipo de desinformación comparten?
En agosto de 2020, la Sociedad Americana de Medicina Tropical e Higiene publicó un estudio sobre los rumores, bulos, estigmas y teorías conspirativas del coronavirus que circularon por redes sociales entre enero y abril de ese año. Sitúa a España como el cuarto país del mundo en propagación de rumores y teorías conspirativas por detrás de India, Estados Unidos y China (tabla de la página 1.626 en versión PDF).
El Instituto Poynter, que alberga la red internacional de verificadores International Fact-Checking Network, registra más de 11.500 casos en su base de datos, escritos en 40 idiomas. Más de 3.500 son en español, relativos a España y a países latinoamericanos.
La Universidad de Cornell (EE.UU.) encontró que en sitios de lengua inglesa los bulos más comunes no eran estrictamente negacionistas sino que estaban relacionados con curas milagrosas para la COVID-19.
Después de este tipo de informaciones falsas se situaban las que achacan el origen del virus al llamado Nuevo Orden Mundial (élites dominantes) o al Partido Demócrata de EE.UU., seguidas de los bulos que aseguraban que el coronavirus fue creado en un laboratorio de Wuhan.
¿Es posible convencer a un negacionista?
Depende del tipo de negacionista. La profesora Abellán López nos cuenta que podemos llegar a convencer a los negacionistas de la corriente “pragmática” cuando les demostramos que se equivocan, pero ve muy difícil lograr convencer a los negacionistas “ideológicos”. Los primeros llegan a rectificar, los segundos no lo harán nunca.
Un estudio de Pew Research muestra que es difícil modificar los puntos de vista de la gente. Sólo un 23% de los estadounidenses cambiaron de opinión tras consultar contenidos políticos en redes sociales. En los años 90, la psicóloga Ziva Kunda enunció su teoría del razonamiento motivado, en la que dice que al abordar un tema partimos de una premisa -verdadera o falsa- y buscamos los argumentos que la justifiquen.
Empatía, paciencia y respeto, claves para el diálogo con los negacionistas.
Hablar con un negacionista e intentar hacerle entrar en razón puede tener el efecto contrario. El investigador Brendan Nyhan publicó un estudio titulado ‘Cuando las correcciones fallan: La persistencia de las percepciones políticas erróneas’ donde habla del “efecto contraproducente” o ‘backfire effect’.
Explica que presentar una argumentación verdadera a una persona que está equivocada y altamente convencida de sus ideas será contraproducente, ya que esa confrontación le hará aferrarse aún más a su postura preliminar, aunque sea claramente errónea.
Sin embargo, el “efecto contraproducente” es elusivo, difícil de demostrar y está lleno de matices: a veces parece suceder, pero con correcciones bajo ciertas circunstancias se puede limitar.
Pistas para dialogar con un negacionista
Para dialogar con un negacionista, los expertos recomiendan en primer lugar acercarse a sus postulados. Un estudio de la Universidad de Queensland (Australia) plantea la necesidad de alinearse con sus creencias previas. De este modo podremos conseguir cambios más eficientes que con la confrontación.
La profesora Abellán López aboga por afrontar el diálogo con ellos “siempre de una forma lateral o colateral, para buscar las incoherencias argumentativas”. Esta experta propone usar “el método socrático” planteando preguntas para “buscar las incoherencias”, para hacer que el oponente se contradiga a sí mismo.
Existe una guía de la OMS que explica cómo dialogar con otro tipo de negacionistas, los antivacunas, con los que propone identificar el tema que defienden y la “técnica” que usan, ya sea una “conspiración”, una cita de “falsos expertos”, una “falsa lógica”, una mala interpretación o una selección sesgada de datos.
Cumplidos esos dos pasos, propone responder al antivacunas con un “mensaje clave” que corrija su información errónea y, si es posible, con otro que sirva para “desenmascarar” su técnica de manipulación.
Ante todo, respeto
En España el doctor Roi Piñeiro, del Hospital General de Villalba, inauguró su Consulta de Asesoramiento en Vacunas para atender a las personas que rechazaban este eficaz medicamento. A finales de 2018, tras el éxito de la iniciativa, explicaba a RTVE cuáles eran sus armas contra los antivacunas: empatía, paciencia y respeto.
En América Latina, la plataforma de periodismo especializado Salud con Lupa coincide con el pediatra español en sus recomendación de dialogar con respeto al interlocutor. También recuerdan recomendaciones como partir de un punto de acuerdo, dejar que caigan en sus propias contradicciones y poner de manifiesto las trampas de su discurso.
La iniciativa para combatir la desinformación sobre COVID-19 de Naciones Unidas llamada Verified también ha publicado un artículo sobre “Cómo decirle a alguien que ha compartido desinformación”. Entre otras cosas, en él sugiere de nuevo respeto, empatía y centrarse en los hechos para conversar con negacionistas y propagadores de bulos. A ser posible en privado, para evitar avergonzarles.

¿Cómo nos engañan los negacionistas?
«Sin censura: esto no lo verás en los medios», avisa un mensaje que llega a nuestro móvil junto a un vídeo en el que un rostro respetable identificado como experto cita datos y fuentes para demostrarnos que nos mienten… Aunque en realidad el que nos miente es él.
Los mensajes falsos están por todas partes y cualquiera puede cometer el error de creerlos y contribuir a su difusión.
Cuidado con quien dice la verdad frente a la censura
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Indicio:
Una primera señal de alerta que podemos advertir en muchos de estos mensajes es que sus autores reivindican que ellos dicen la verdad frente a los políticos y los medios de comunicación, o lo que resumen como «el sistema» para referirse a los poderes e instituciones con capacidad de decisión de una sociedad.
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Ejemplo:
Almudena Zaragoza, integrante de la asociación negacionista Biólogos por la Verdad, defiende en un vídeo publicado en la web de la plataforma que su agrupación quiere «dar una visión completamente diferente» a la que muestra «todo el elenco televisivo» y «pseudoperiodístico terrorista» y los «políticos». «Todo esto es una farsa», agrega.
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Explicación:
Las habituales apelaciones de los negacionistas a «despertar» frente a una gran mentira de los poderes establecidos que nos manipulan «como borregos» y la «censura» de los medios de comunicación suele ser la antesala de un discurso con el que alguien nos pretende engañar a su vez.
Este punto de partida es muy ventajoso para los defensores de las teorías de la conspiración porque les permite asegurar que son ellos los que tienen razón: si alguien les contradice es «parte del sistema» y, según su lógica perversa, el sistema siempre miente.
Este razonamiento circular es una de las claves que ayudan a que las falsedades se hagan populares y sean difíciles de rebatir.

Pueden engañarnos con falsas relaciones causales
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Indicio:
Hay publicaciones en redes sociales que nos advierten del peligro de innovaciones científicas o tecnológicas que tienen consecuencias perjudiciales que no han sido suficientemente explicadas. Se basan en datos o hechos nuevos que no se habían producido antes de que se produjera ese avance.
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Ejemplo:
Hace unos meses varios internautas relacionaron la instalación de antenas de 5G con la muerte de palomas en Barcelona.
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Explicación:
Otra clave de la capacidad de persuasión de las mentiras en las redes es que utilizan argumentos muy elocuentes que parecen válidos a simple vista pero que en realidad emplean conexiones falsas entre los planteamientos iniciales y las conclusiones.
Es lo que en lógica se llaman «falacias».
Una de las más habituales entre los teóricos de la conspiración es la falacia «post hoc», también llamada «de la falsa causa».
De acuerdo con este tipo de planteamiento, si un acontecimiento sucede a otro, el segundo es consecuencia del primero ignorando otras posibles causas.
En el ejemplo citado, los responsables de la difusión de esos mensajes no tuvieron en cuenta que la hipótesis más probable de la muerte de estas aves era el envenenamiento accidental, como reflejaban las necropsias.
Los datos no dicen siempre lo que parece
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Indicio:
Datos oficiales que se pueden consultar en internet ofrecen información clara sobre una tesis negada por las instituciones públicas.
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Ejemplo:
Con el avance de la vacunación masiva, han aumentado las tergiversaciones que denuncian el crecimiento de muertes de personas a las que se había inyectado estos fármacos, como reflejan sistemas oficiales de notificación de Europa y Estados Unidos.
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Explicación:
Hay contenidos engañosos que destacan el aumento de muertes o abortos en vacunados contra el covid-19 y para ello se remiten a datos oficiales, pero se trata de nuevo de una correlación errónea o falacia de la «falsa causa».
Los responsables de estos infundios hacen una lectura sesgada de los datos, para lo que se aprovechan de la complejidad que supone su interpretación.
En el caso del sistema europeo EudraVigilance, sus informes advierten explícitamente de que no se debe deducir que los efectos observados tras el uso de un medicamento son necesariamente consecuencia de la administración de dicho fármaco, lo que no tienen en consideración quienes difunden estas falsedades.

Una titulación prestigiosa no protege contra la estupidez
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Indicio:
En muchas ocasiones recibimos mensajes protagonizados por científicos que explican por qué nos están mintiendo las instituciones públicas y por qué no debemos hacer caso de las recomendaciones oficiales. En sus intervenciones subrayan su condición de expertos para respaldar la validez de lo que dicen.
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Ejemplo:
La crisis sanitaria derivada de la pandemia ha propiciado la creación de asociaciones de científicos negacionistas como Médicos por la Verdad o la ya citada Biólogos por la Verdad, entre otras. Los portavoces más activos de estas plataformas suelen investirse de la autoridad que supuestamente les proporciona su titulación académica o su experiencia profesional para realizar aseveraciones sin rigor que van contra las evidencias científicas.
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Explicación:
El hecho de que los autores de estos mensajes engañosos se presenten como expertos por ser científicos es una forma de recurrir a la falacia «ad verecundiam», que es una apelación tramposa a la autoridad que supuestamente les daría su profesión, aunque sus afirmaciones carezcan de sentido.
El mismo truco engañoso se da cuando citan supuestas fuentes de gran reputación cuyas conclusiones no han sido debidamente contrastadas.
En estos casos conviene desconfiar de afirmaciones dudosas que no cuenten con el suficiente consenso científico y es recomendable seguir los consejos de las autoridades e instituciones de mayor prestigio en el campo del conocimiento en el que se enmarquen los mensajes de los supuestos expertos.
Todo argumento se puede ridiculizar
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Indicio:
La ridiculización de los argumentos del adversario es una técnica frecuente en las discusiones cotidianas, pero también en la desinformación. Podemos advertirlo cuando observamos exageraciones con las que se pretende caricaturizar una posición con el objetivo de cuestionarla.
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Ejemplo:
Desde hace años circula por internet una supuesta carta de una profesora de un instituto público en la que critica el uso del femenino «presidenta», validado por el Diccionario de la Lengua Española, para lo que recurre a expresiones como «ignorantos e ignorantas», «periodisto» o «sindicalisto».
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Explicación:
Los que emplean este tipo de artimaña incurren en la falacia lógica de apelación al ridículo, con la que evitan dar argumentos válidos contra la idea a la que se oponen.
En el ejemplo mencionado, quien rechaza de este modo el uso de la voz «presidenta» se vale de dicha estrategia como una forma fácil de atacar la utilización de un femenino respaldado por las 23 integrantes de la Asociación de Academias de la Lengua Española y documentado desde el siglo XV.
Estos son algunos de los rasgos más frecuentes en los contenidos engañosos que se difunden en las redes sociales y por teléfono móvil a través de mensajes de texto y vídeo. Detectarlos puede ayudar a protegernos de la desinformación, ante la que todos somos vulnerables.



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