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Anécdotas y curiosidades de la 2da guerra mundial (15) …


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Aunque se ha divulgado erróneamente como una fotografía, la imagen es un fragmento del documental sobre la Segunda Guerra Mundial “Why We Fight: Divide And Conquer” de Frank Capra.

9 fotografías fantásticas de la Segunda Guerra Mundial

Las fotografías históricas quizá sean uno de los bienes más preciados entre las personas. Incluso si retratan periodos terribles, son aclamadas por todo el mundo. La fascinación que causan probablemente tenga sus motivos en el hecho de que traen el pasado, y toda su historia, hasta el momento en que vivimos.

En el caso de esta lista, además de la importancia histórica, las imágenes sirven como alerta: no podemos repetir nuestros errores y permitir que algo tan terrible suceda nuevamente.

A pesar de las miles de fotos que se tomaron durante la Segunda Guerra Mundial, muy pocas se hicieron populares. Sin embargo, a veces las fotografías menos conocidas son las que nos revelan toda la crueldad e incertidumbre que traen las guerras a la humanidad.

Los soldados nazis musulmanes.

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La imagen superior es de un grupo de soldados alemanes musulmanes haciendo oración.

Pertenecían a la 13.ª División de Montaña SS Handschar, una división completamente musulmana del ejército alemán. La unidad, que estaba integrada principalmente por musulmanes bosnios, se formó en marzo de 1943, después que Alemania conquistó Croacia, que incluía a Bosnia-Herzegovina.

Los musulmanes bosnios fueron admitidos en la clasificación nazi debido a la creencia de Heinrich Himmler de que los croatas eran de ascendencia aria, no eslava. Los nazis también creían que la novena división los ayudaría a ganar el apoyo de la mayoría de los musulmanes alrededor del mundo.

Al paso del tiempo, la división pasó a incluir croatas católicos romanos, que llegaron a representar el 10% de sus filas.

La unidad fue iniciativa de Amin al-Husayni. Este personaje había fracasado un golpe de estado en Irak y fue exiliado a Italia y después a Berlín, donde animó a los bosnios musulmanes para que se unieran a las filas del ejército alemán. Husayni incentivó los asesinatos de judíos en el Norte de África y en Palestina.

También pretendía que la Luftwaffe bombardeara Tel Aviv. Cuando terminó la guerra, Husayni huyó a Francia, donde fue apresado. Más tarde escapó a Egipto, donde los Aliados fueron desanimados a aprenderlo nuevamente debido a su posición en el mundo árabe. Husayni murió en 1974 en Beirut, Líbano.

El gobierno israelí le negó su último deseo de ser sepultado en Jerusalén.

Mujer francesa rapada.

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Una vez que los Aliados liberaron a Francia de la ocupación nazi hacia finales del conflicto, los ciudadanos franceses que apoyaron, en cualquier forma, la invasión alemana fueron perseguidos y rapados vigorosamente como símbolo de la deshonra.

La fotografía a continuación es de una mujer cuya cabeza estaba siendo rapada en Montélimar, Francia, el 29 de agosto de 1944. Unos 20,000 ciudadanos franceses sufrieron la humillación de ser rapados en público, la mayoría mujeres.

El castigo frecuentemente era aplicado por los habitantes o miembros de la Resistencia Francesa en cualquier lugar, desde las casas de las víctimas hasta en plazas públicas ante la presencia de una gran multitud.

Durante ese mismo periodo, Alemania también decretó que las mujeres que mantuvieran relaciones sexuales con no arios o prisioneros de guerra serían castigadas rapándoles la cabeza.

La idea de rapar el cabello de las mujeres como una forma de castigo no inició durante la Segunda Guerra Mundial – existen informes de que este ritual ya se practicaba en Europa durante la Edad Media, donde era empleado como castigo para mujeres adulteras.

La mujer que llora en los Sudetes.

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Esta es una de las fotografías más controversiales de la Segunda Guerra Mundial. Sirvió como herramienta de propaganda tanto para los Aliados como para los nazis.

La fotografía se tomó en la región de los Sudetes, en Checoslovaquia, en octubre de 1938, después que la ciudad fue anexada a Alemania antes de que la Segunda Guerra Mundial comenzará oficialmente.

La fotografía muestra a una mujer llorando mientras levanta uno de sus brazos para saludar a las tropas alemanas invasoras, mientras con la otra mano sostiene un pañuelo en sus ojos llenos de lágrimas. La fotografía apareció en diferentes periódicos, de diferentes países y con diferentes títulos.

Se publicó por primera vez en un periódico alemán, el Võlkischer Beobachter, que afirmaba que la mujer estaba tan contenta por la llegada de los alemanes que no pudo ocultar sus sentimientos. En los Estados Unidos, un periódico aseguraba que la mujer no podía esconder su sufrimiento mientras saludaba “respetuosamente” a Hitler.

El Gadget.

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Las bombas atómicas que explotaron sobre Hiroshima y Nagasaki comúnmente son referidas como las primeras armas nucleares. Sin embargo, esas dos bombas fueron las primeras armas nucleares en matar y destruir. La primera bomba atómica terminada fue el Gadget.

Puesta a prueba unas semanas antes al criminal acto perpetrado en Hiroshima y Nagasaki. La prueba, conocida como Trinity, fue llevada a cabo en Alamogordo Bombing and Gunnery Range, actualmente conocido como White Sands Missile Range, en Nuevo México, Estados Unidos.

La bomba fue situada en una torre de vigilancia en el bosque a 30 metros de altura. Se construyeron tres bunkers a una distancia de 9 kilómetros, de modo que la explosión pudiera ser observada. En las primeras horas del 16 de julio de 1945, el Gadget fue detonado.

La explosión resultante envió ondas de choque a través del desierto, vaporizó la torre y produjo una gigantesca nube en forma de hongo de 12,000 metros de altura. Produjo un destello equivalente al que ofrecen 10 soles. El flash fue tan brillante que pudo verse en todo Nuevo México y en partes de Arizona, Texas y México.

El calor que se produjo fue tan intenso que los observadores a 16 km de distancia lo compararon con estar de pie frente a un incendio.

5 – El niño en el gueto de Varsovia.

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Durante lo que se conoció como el Levantamiento del Gueto de Varsovia, los judíos en Varsovia, Polonia, iniciaron una revuelta de 10 días contra los soldados alemanes. Los judíos sabían a la perfección que serían derrotados, pero se rehusaron a rendirse sin pelear.

El niño del Gueto de Varsovia” es el nombre que se le dio a un niño judío de no más de 10 años de edad que fue apresado por los alemanes en el gueto después de ser contenidos.

Las manos del niño no identificado estaban levantadas en señal de rendición, mientras un soldado alemán le apuntaba con una ametralladora. Aunque la fotografía es una de las imágenes más divulgadas del Holocausto, nadie sabe quién era el niño ni lo que sucedió con él.

Algunas fuentes dicen que murió en una cámara de gas en el campo de concentración de Treblinka, mientras otros afirman que sobrevivió.

En 1999, un hombre llamado Avrahim Zeilinwarger contactó a un museo israelí diciendo que el niño era su hijo, Levi Zeilinwarger, y que murió en un campo de concentración, en 1943. En 1978, un hombre no identificado entró en contacto con el Jewish Chronicle afirmando que el niño era su hijo.

En 1977, una mujer de nombre Jadwiga Piesecka afirmó que el niño era Artur Dab Siemiatek, que nació en 1935.

Los Juegos Olímpicos de los campos de concentración.

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Debido a la guerra en curso, los JJ.OO. de 1940 y 1944, que deberían haber tenido lugar en Tokio y Londres, no pudieron llevarse a cabo. Sin embargo, varios campos de prisioneros en Polonia siguieron adelante con sus propios Juegos Olímpicos, tanto en 1940 como en 1944.

Y aunque muchos de los eventos se realizaron en secreto, los Juegos Olímpicos de 1944 de Woldenberg, realizados en el campo del mismo nombre, y otro realizado en Gross Born (ambos en Polonia), fueron realizados a una escala mucho más grande.

369 de los 7 mil prisioneros en Woldenberg participaron en diversas modalidades, incluyendo el basquetbol y el box. Esgrima, tiro con arco, salto con garrocha y los dardos no fueron autorizados. Las banderas para los juegos se hicieron con listones.

A los vencedores de los eventos deportivos les dieron medallas hechas de papel. Los Juegos Olímpicos de 1944 fueron realizados por qué los soldados polacos querían mantenerse en forma y, al mismo tiempo, honrar a Janusz Kusocinski, un atleta polaco que venció en la carrera de los 10,000 metros en los Juegos Olímpicos de 1932, en Los Angeles, Estados Unidos.

El naufragio del HMAS Armidale.

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El HMAS Armidale era una corbeta, un tipo de barco de guerra, de tres mástiles y una sola batería de cañones (aunque originalmente se construyó para ser un caza minas) al servicio de la marina australiana durante la Segunda Guerra Mundial.

Inició servicios el 11 de junio de 1942 y fue hundido en noviembre del mismo año.

Mientras estaba en una misión para evacuar soldados y civiles de Betano Bay, en Timor, el HMAS Armidale fue descubierto por aviones japoneses que lo atacaron, de la misma forma que lo hicieron con su “hermano”, el barco HMAS Castlemaine.

Veintiún tripulantes, incluido el capitán, subieron a una lancha pequeña y damnificada, donde esperaron el rescate. Dado que el rescate nunca llegó, comenzaron a remar en dirección a aguas australianas.

Dos días después, otros 29 sobrevivientes iniciaron un viaje similar en un velero damnificado que no paraba de filtrar agua. Los sobrevivientes se aferraron a una balsa mientras esperaban rescate. Tras varios días en el mar, los hombres de la lancha fueron rescatados juntos con los del velero.

Pero los hombres sobre la balsa que aparecen en la fotografía nunca fueron localizados. La foto fue tomada por el piloto de un avión de reconocimiento Hudson, que incluso les dejó caer un mensaje para avisarles que el rescate iba en camino.

Yakov Dzhugashvili, el hijo de Stalin.

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El hombre con las manos en las bolsas es Yakov Dzhugashvili, el primer hijo de Stalin. La foto fue tomada después que Yakov fue capturado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Yakov y Stalin no tenían una buena relación padre e hijo antes del comienzo de la guerra.

Stalin muchas veces lo insultó e incluso lo desheredó. También impidió que Yakov cambiara su nombre a Stalin después que cambió el suyo.

Cuando los alemanes se dieron cuenta que Yakov era el hijo de Stalin, tomaron la foto con fines propagandísticos. En la parte posterior de la foto se colocó una nota corta dirigida a los soldados soviéticos en la que se les decía que se rindieran como el hijo de Stalin.

Cuando los alemanes solicitaron intercambiar a Yakov por un mariscal de campo capturado, Stalin se negó diciendo que él no intercambiaba tenientes por mariscales de campo. Incluso con el odio y las ofensas públicas hacia su hijo, la verdad es que Stalin intentó rescatarlo en varias ocasiones.

Yakov murió en el campo de concentración de Sachsenhausen en abril de 1943, bajo circunstancias misteriosas. Mientras los archivos secretos revelan que fue baleado por no seguir las ordenes, otros dicen que cometió suicidio al arrojarse sobre una cerca electrificada. Otro informe dice que murió en acción en 1945.

La bandera erguida sobre el Edificio del Reichstag.

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No se trata precisamente de una foto desconocida. La imagen de la bandera con la hoz y el martillo, símbolos del comunismo soviético, ondeando sobre una Berlín completamente destruida es, de hecho, una de las imágenes más divulgadas en el periodo de la posguerra.

No es de asombrarse, después de todo, una Guerra Fría estaba próxima a ser iniciada y las cartas ya se estaban poniendo sobre la mesa. Los soviéticos querían mostrar al mundo entero que la victoria sobre Hitler era una conquista del Ejército Rojo. Pero, ¿sabías que esa foto no es precisamente una toma espontanea?

Levantar una bandera sobre el Reischtag fue el equivalente ruso a la bandera de las barras y las estrellas ondeando en Iwo Jima, otra celebre imagen de honor y victoria, excepto que, en el caso de los soviéticos, la escena fue montada, un hecho que el fotógrafo Yevgeny Khaldei confirmó.

La fotografía muestra a un joven soldado ruso levantando la bandera soviética sobre Berlín después de la derrota del ejército alemán. Yevgeny Khaldei se encontraba en Moscú cuando el ejército soviético invadió Berlín, pero rápidamente se dirigió a Berlín por órdenes de oficiales soviéticos de alto rango, posiblemente por orden del propio Stalin.

Las indicaciones eran producir imágenes que mostraran la victoria soviética en Alemania. Yevgeny llegó a Berlín y analizó varios lugares, incluyendo el Aeropuerto Tempelhof en Brandemburgo, antes de elegir el Reichstag. Yevgeny tomó 36 fotos diferentes de la escena, que sería usada como propaganda soviética.

Curiosamente, una unidad del ejército soviético había izado su bandera sobre el edificio no mucho tiempo después que la ciudad fue capturada, pero la imagen no fue capturada por ningún fotógrafo.

10 fragmentos aterradores de diarios escritos en la Segunda Guerra Mundial

Cuando escuchamos los relatos de batallas largas y mortíferas como las que se suscitaron durante la Segunda Guerra Mundial, es natural que surja una sensación de malestar.

Sin embargo, no importa lo mucho que estudiemos y aprendamos sobre la guerra, es muy difícil imaginar lo que las personas que pasaron por ella tuvieron que soportar. Y estos fragmentos de diarios escritos en aquellos días negros quizá puedan acercarnos un poco más a la terrible experiencia.

Michihiko Hachiya.

El 6 de agosto de 1945, una bomba atómica era detonada directamente sobre la ciudad de Hiroshima, en Japón, asesinando inmediatamente a aproximadamente uno de cada cuatro habitantes del lugar y exponiendo a los sobrevivientes a niveles peligrosos de radiación.

Un empleado de un hospital local llamado Michihiko Hachiya estaba saliendo de casa en el momento de la explosión, aproximadamente a 1.5 km del centro de la detonación. El calor le quemó la roma y le dejó graves quemaduras en todo el cuerpo. Su diario, publicado en 1955, narra su experiencia aquel día.

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“Comenzamos, pero después de 20 o 30 pasos, tuve que detenerme. Me faltaba el aire, mi corazón latía fuerte y las piernas cedieron bajo mi peso. Una sed devastadora me atrapó e imploré a Yaeko-san para que encontrara un poco de agua. Pero no había agua que buscar.

Después de un tiempo, mi fuerza se restableció un poco y fuimos capaces de seguir adelante. Aún estaba desnudo y, aunque sentía un poco de vergüenza, me inquietaba darme cuenta que la modestia me había abandonado… nuestro camino hasta el hospital fue interminablemente lento, hasta que, finalmente, mis piernas cubiertas de sangre seca se rehusaron a seguir moviéndome.

La fuerza, incluso la voluntad, de seguir adelante me abandonó, entonces le dije a mi esposa, que estaba tan herida como yo, que siguiera sola. Se opuso a mi propuesta, pero no tenía elección. Tenía que seguir adelante y encontrar a alguien que volviera por mí”.

Zygmunt Klukowski.

Fecha: 21 de octubre de 1942. El 20 de enero de 1942, 15 altos mandos nazis llevaban a cabo una conferencia donde se discutía la implementación de una “Solución Final” para aniquilar al pueblo judío. Demoró más de nueve meses para que el genocidio alcanzara a la apacible ciudad de Szczebrzeszyn, al sudeste de Polonia.

Allí, Zygmunt Klukowski, el médico en jefe de un pequeño hospital local, hizo algunas anotaciones del horror del que fue testigo.

Zygmunt

“Desde muy temprano hasta muy entrada la noche fuimos testigos de eventos indescriptibles. Soldados armados de las SS, gendarmes y la ‘policía azul’ recorrieron la ciudad en búsqueda de judíos. Los judíos fueron llevados al mercado. Los judíos fueron retirados de sus hogares, graneros, bodegas, sótanos y otros escondrijos.

Pudieron escucharse disparos durante todo el día. A veces, granadas de mano eran lanzadas en las bodegas. Los judíos fueron golpeados y pateados; no había diferencia entre hombres, mujeres y niños pequeños. Todos los judíos serán sacrificados.

Según información que llegó hasta mí, cerca de 2,000 personas se mantienen ocultas. Los judíos presos fueron colocados en un tren en la estación ferroviaria para ser transferidos a un lugar desconocido. Fue un día terrible, y no puedo describir todo lo que sucedió.

No puedes imaginar la barbarie de los alemanes. Estoy completamente acabado y no puedo encontrarme”.

Lena Mukhina.

Fecha: 3 de enero de 1942. Se estima que entre 7 y 20 millones de civiles rusos perdieron la vida como resultado directo de la Segunda Guerra Mundial. En Leningrado, 750 mil personas murieron de hambre durante el estado de sitio mantenido por los alemanes durante más de dos años, de septiembre de 1941 a enero de 1944. Lena Mukhina, de 17 años, escribió sobre el sitio a Leningrado apenas comenzó.

A medida que pasaba el tiempo, los habitantes se vieron obligados a comer ratas, gatos, tierra y pegamento. Hubo relatos generalizados de canibalismo.

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“Estamos muriendo como moscas aquí debido al hambre, pero ayer Stalin ofreció una cena en Moscú, en honor a Eden (Secretario de Relaciones Exteriores británico). Es indignante. Ellos se llenan la barriga allá, mientras nosotros ni siquiera ganamos un pedazo de pan.

Ellos juegan al anfitrión en todo los tipos de recepciones brillantes, mientras nosotros vivimos como hombres de las cavernas, como topos ciegos”.

Felix Landau.

Fecha: 12 de julio de 1941. Felix Landau era un miembro de las SS alemanas. Durante la guerra, pasó la mayor parte del tiempo sirviendo en el Einsatzkommando, un escuadrón de la muerte con la misión de exterminar a los judíos, gitanos, intelectuales polacos y una serie de otros grupos. Su notable diario detalla parte de sus terribles crímenes.

A continuación dale un vistazo a un relato de sus acciones en la ciudad de Drohobych, al oeste de Ucrania. Vale la pena señalar que, después de la guerra, Landau logró escapar de la captura hasta 1959, cuando fue llevado a juicio y condenado a prisión. Fue liberado por “buen comportamiento” en 1971 y murió en 1983.

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“A las 6 de la mañana fui repentinamente despertado de un sueño profundo. Reportarme para una ejecución. Bueno, jugaré al verdugo y, en seguida, al sepulturero, por qué no. No es extraño, amas la batalla y pronto tienes que disparar a personas indefensas. Veintitrés tuvieron que ser baleados, entre ellos dos mujeres. Son increíbles. Incluso rechazan cuando les ofrecemos un vaso de agua.

Me designaron como artillero y tuve que disparar sobre cualquier fugitivo. Nos dirigimos un kilómetro a lo largo de la carretera fuera de la ciudad y, en seguida, volteamos a la derecha en un bosque. Tan solo había seis de nosotros en aquel momento y tuvimos que encontrar un punto adecuado para tirarles (a los fugitivos) y enterrarlos.

Después de algunos minutos, encontramos un lugar. Los candidatos a morir recibieron palas para cavar sus propias tumbas. Dos de ellos estaban llorando. Los otros seguramente tenían una valentía increíble. ¿Qué diablos pasa por su mente en estos momentos?

Creo que cada uno de ellos guarda una pequeña esperanza que de alguna forma no morirán. Los candidatos a la muerte son organizados en tres turnos, ya que no hay muchas tumbas. Extrañamente, no siento ningún tipo de emoción. Sin piedad, nada. Así son las cosas y, en seguida, todo ha terminado.

Mi corazón late un poco más rápido cuando involuntariamente recuerdo los sentimientos y pensamientos que tuve cuando estaba en una situación similar”.

Leslie Skinner.

Fecha: 4 de agosto de 1944. El diario del capitán Leslie Skinner documenta sus experiencias del conflicto inmediatamente después de que desembarcó el Día D. Skinner no era un soldado de combate, sino un sacerdote sirviendo como capellán del ejército.

Conocido como “Padre Skinner”, su trabajo era proporcionar algo de confort espiritual y realizar la extremaunción. La parte más angustiante de su función era recuperar los cuerpos de los muertos para ofrecerles un entierro apropiado.

Leslie Skinner

“A pie, localicé tanques. Apenas cenizas y metal quemado en el tanque de Birkett. Busqué las cenizas y encontré restos de huesos pélvicos. En otros tanques tres cuerpos todavía se quemaban. No fue posible retirar los cuerpos, tras mucha dificultad – maniobras desagradables – me enfermé”.

“Un trabajo impresionante unir pedazos y organizarlos para identificarlos y colocarlos en cobertores para el entierro. Sin infantería que ayudara. El líder del escuadrón me ofreció algunos hombres para ayudar. Lo rechacé. Cuantos menos hombres vivos que luchen en tanques tuvieran que ver este lado de las cosas, mejor. Mi trabajo. Esto fue más enfermizo de lo normal. Realmente algo que provoca vómitos”.

David Koker.

Fecha: 4 de febrero de 1944. Mientras los sobrevivientes del Holocausto escribieron una serie de memorias, tan solo unos cuantos diarios fueron recuperados de los campos de concentración. Uno de ellos fue escrito por David Koker, un estudiante holandés de ascendencia judía que fue enviado a Camp Vught en el sur de Holanda en febrero de 1943.

Mientras la mayoría de los prisioneros del campo de concentración no podía mantener un diario, David hizo amistad con el administrador local y su esposa, lo que significa que tenía ciertos privilegios. El fragmento a continuación describe a Heinrich Himmler, el jefe de las SS y uno de los principales arquitectos del Holocausto.

Himmler visitó Vught en febrero de 1944, dando a Koker una visión inédita del hombre responsable por perseguir a su pueblo.

Himmler

“Un pequeño hombre frágil de apariencia insignificante, con un rosto bien humorado. Sombrero de copa alta, bigote y lentes pequeños. Yo pienso: si quisieras resumir toda la miseria y horror en una sola persona, tendría que ser él. En torno a él, un monté de compañeros con rostros cansados.

Hombres muy grandes, propiamente vestidos, lo siguen a cualquier rincón que se mueve, como un enjambre de moscas, cambiando de lugar entre sí (no se quedan quietos ni un momento), moviéndose como un conjunto. Transmiten una impresión fatalmente alarmante. Miran a todas partes sin encontrar nada en lo que puedan concentrarse”.

George Orwell.

Fecha: 15 de septiembre de 1940. Durante el periodo de la guerra, el famoso escritor George Orwell se encontraba entre los 8.6 millones de habitantes de Londres. Además de su obra literaria, mantuvo un diario detallado de sus experiencias durante el conflicto.

El diario está repleto principalmente con debates políticos, pero de vez en cuando incluía informes de ataques aéreos, como el de septiembre de 1940, cuando la RAF luchaba por el control de los cielos sobre el sur de Inglaterra durante la Batalla de Inglaterra.

Las personas celebraban cuando una avión alemán era derribado, por el miedo a que Hitler invadiera Inglaterra.

George Orwell

“Esta mañana, por primera vez, vi un avión abatido. Cayó lentamente de las nubes, con la nariz de frente, como un pájaro herido en las alturas. Un júbilo formidable entre las personas que veían, haciendo énfasis en el momento en sí, un momento que se opacaba por la pregunta interna: ‘¿Estás seguro de que es alemán?’.

Tan intrigantes son las instrucciones dadas, y tantos los tipos de avión, que nadie sabía siquiera cuáles eran los aviones alemanes y cuáles los nuestros. Mi única prueba es que si puede verse un bombardeo sobre Londres, debe ser alemán, mientras que un caza más probablemente sea de nosotros”.

“Ginger”.

Fecha: 7 de diciembre de 1941. El bombardeo de Pearl Harbor por fuerzas japonesas convirtió dos conflictos regionales en Europa y China en una Guerra Mundial. Volviendo a la base naval norteamericana en la costa sur de Oahu en Hawái, el ataque sorpresa resultó en 2,403 americanos muertos y fue el catalizador para que los Estados Unidos ingresaran a la guerra.

La zona de Peral Harbor no estaba restringida a militares, sino que también se encontraba habitada por familias e isleños. El fragmento del diario a continuación fue escrito por una niña de 17 años conocida como “Ginger”.

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“Me desperté a las ocho de la mañana por una explosión en Pearl Harbor. Me levanté pensando que probablemente algo emocionante estaba sucediendo allí. ¡Qué error el mío! Cuando llegué a la cocina toda la familia, excepto Pop, estaban mirando hacia el Arsenal de la Marina.

El sitio estaba siendo consumido por un humo negro y unas explosiones espantosas… entonces pasé a estar extremadamente preocupada, como todos nosotros. Mi madre y yo salimos a la terraza de enfrente para ver mejor y tres aviones pasaron zumbando sobre nuestras cabezas, tan cerca de nosotros que podríamos haberlos tocado.

Tenían círculos rojos en sus alas. ¡Entonces lo entendimos! En ese momento las bombas comenzaron a caer por todo Hickman. Nos quedamos en las ventanas, no sabiendo que más hacer, y observamos el fuego expandirse. Era exactamente como en los noticiarios de Europa, solo que peor.

Vimos a un montón de soldados corriendo en nuestra dirección desde el cuartel y, en seguida, una línea de bombas cayó tras ellos, derribando a todos en el suelo. Una nube de polvo nos cubrió y tuvimos que correr para cerrar las ventanas.

Mientras tanto, un grupo de soldados se había refugiado en nuestra cochera para protegerse. Los tomaron totalmente por sorpresa y muchos de ellos ni siquiera tenía un arma para defenderse”.

Wilhelm Hoffman.

Fecha: 29 de julio de 1942. Las batallas más importantes y sangrientas de la Segunda Guerra Mundial se disputaron en el Frente Oriental. Una de ellas tuvo lugar en Stalingrado, donde un baño de sangre de cinco meses volvió las mareas en favor de la Unión Soviética. Sin embargo, antes de que los alemanes llevaran la guerra a esta ciudad, lideraban victoria tras victoria y estaban confiados en que podrían conquistar Rusia, como lo expresó Wilhelm Hoffman, un soldado de la 94ª División de Infantería del Sexto Ejército Alemán.

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“El comandante de la compañía dice que las tropas rusas están completamente doblegadas, y no pueden aguantar más tiempo.

Llegar a Volga y tomar Stalingrado no es tan difícil para nosotros.

El Fuhrer sabe cuál es el punto débil de los rusos. La victoria no está lejos”.

El fragmento fue escrito en julio. En diciembre, los alemanes eran quienes estaban sitiados.

En este punto, el diario de Hoffman se vuelve pesimista sobre sus posibilidades de victoria.

El relato del 26 de diciembre de 1942 contrasta bastante con su actitud durante el verano:

“Ya nos comimos a los caballos. Me comería un gato; dicen que su carne también es sabrosa. Los soldados parecen cadáveres o lunáticos, en busca de algo que poner en sus bocas.

Ya no se cubren de los ataques rusos; no tienen fuerza para caminar, correr o esconderse. ¡Maldita sea esta guerra!”.

Hoffman terminó sus días en Stalingrado, aunque no se sabe exactamente cómo o cuándo.

Hayashi Ichizo.

Fecha: 21 de marzo de 1945. En el imaginario popular, los pilotos kamikazes japoneses eran unos fanáticos imperialistas ansiosos por sacrificarse por su nación.

Oficialmente, se dice que todos eran voluntarios, pero la realidad es que muchos fueron esencialmente forzados a cumplir ese papel, como fue el caso del estudiante japonés Hayashi Ichizo, convocado por el ejército en 1943 a la edad de 21 años.

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Si crees que era muy joven para enlistarse a la muerte, debes saber que ni siquiera era de los más jóvenes entre los kamikazes, título que corresponde a Yukio Araki, en la foto superior donde sostiene a su perro, que tenía apenas 17 años. En su diario, Hayashi relató cómo fue ser designado para servir como un piloto suicida.

“Para ser honesto, no puedo decir que el deseo de morir por el emperador es genuino, que viene de mi corazón. Sin embargo, se decidió por mí que muriera por el emperador. No tendré miedo al momento de mi muerte.

Pero si tengo miedo de la forma en que el miedo a la muerte perturbará mí vida… incluso para una vida corta, hay muchos recuerdos. Para alguien que tuvo una buena vida, es muy difícil separarse de ella. Pero llegué a un punto de no retorno.

Debo zambullirme en una nave enemiga. A medida que la preparación para el aterrizaje se aproxima, siento una fuerte presión sobre mí. No creo que pueda hacer frente a la muerte… hice mi mejor esfuerzo para escapar en vano. Entonces, ahora que no me queda elección, debo ir con valentía”.

Su misión suicida concluyó el día 12 de abril de 1945, cinco meses antes de la rendición de Japón.

USS O’Bannon, el barco que ganó una batalla con papas

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Corría el verano de 1943 en plena Segunda Guerra Mundial. La tripulación del USS O’Bannon, un destructor de la Marina de los Estados Unidos, realizaba sus quehaceres diarios sin la más mínima preocupación bajo una tarde soleada en las aguas del Pacífico.

La tranquilidad era plena gracias a un poderoso arsenal de guerra jamás visto en un barco con anterioridad.

El USS O’Bannon navegaba equipado con cargas de profundidad para diezmar a los submarinos, 17 cañones de artillería antiaérea para neutralizar cualquier ataque por aire, 6 cañones de 5 pulgadas y calibre 38 para librar batallas con otros navíos e incluso cilindros de torpedos para lanzar ataques silenciosos.

Cualquiera que fuera el son que le tocaran, el USS O’Bannon estaba listo para bailarlo.

Y con toda esta imponencia a cuestas, mientras degustaba un cigarrillo en la cabina, el capitán recibió una notificación sobre la amenaza de un submarino situado precisamente frente a la embarcación. Componiendo su postura sobre la silla donde se encontraba, no creía en lo que estaba frente a sus ojos. De aquellas profundas aguas del Pacífico emergió un pequeño submarino japonés Ro-34. Y más increíble aún le resultó ver a un grupo de personas abriendo la escotilla para subir a la cubierta.

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Versión Ro-33 del submarino japonés.

El capitán no se lo pensó dos veces.

Como un camionero loco frente a una insignificante liebre suicidad que cruza la carretera, tomó la decisión más obvia y segura para esta situación: atropellarlos. Pasarles por encima y fin de la historia. Después se encargarían de limpiar los restos del casco.

Mientras la orden se hacía eco en la cubierta y los motores rugían acelerando hacia el objetivo, el capitán tuvo un poco más de tiempo para analizar el escenario.

Una maniobra de este tipo no podía ser más que una misión suicida (dos años antes lo habían aprendido de una forma horrible en el ataque a Pearl Harbor) y probablemente se enfrentaban a un submarino-minador, una maquina especialmente diseñada para soltar minas explosivas por el mar.

Atropellarlo sería catastrófico pues resultaría en una explosión de gran magnitud, sin posibilidades de salir con vida.

Oh maldición, oh maldición. ¡DESVIEN EL BARCO!”.

Hubo tiempo suficiente para indicar un desvió urgente en el timón y una inversión total en los motores.

Y fue así que… apenas instantes después… vivían aquello que parecía improbable. Lado a lado, emparejados a unos cuantos metros de distancia, estaban el enorme USS O’Bannon y el diminuto Ro-34.

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Las tripulaciones cara a cara, todo mundo con la mirada fija en el enemigo. Reinaba un silencio espectral que se veía interrumpido apenas por el rugido del viento y el “plosh-plosh” de un oleaje suave impactando contra aquellas naves.

En unos cuantos segundos todo ese poderosísimo arsenal del USS O’Bannon había quedado reducido a nada. La distancia, de entre 20 y 30 metros, simplemente era demasiado pequeña como para disparar cualquier arma. Y ninguno de los tripulantes sobre la cubierta portaba siquiera una mísera pistola, no era algo que portaran en su día a día.

Así, durante unos cuantos segundos en el medio del Pacífico, la Segunda Guerra Mundial quedó suspendida en el aire… en silencio. Un grupo de este lado, y otro grupo de aquel lado, como siempre han sido las guerras, desde la época de las cavernas. Un grupo de humanos rodeados por máquinas para matar sofisticadísimas, pero totalmente inservibles en aquella situación.

Pero aquí es donde sucede lo más extraño de esta historia de guerra.

Uno de los marineros estadounidenses, probablemente el primero en volver de aquel lapsus brutus colectivo, miró a su lado, tomó una PAPA de las muchas que habían almacenado en la cubierta y ZOOOM!, la disparó en dirección al submarino.

Aquella acción alertó a todos sus compañeros que inmediatamente siguieron su ejemplo. Una lluvia inesperada de papas se precipitaba del lado japonés.

Los japoneses pudieron responder rociándolos con balas ya que, ellos sí, estaban armados. Pero jamás se imaginaron que aquellas cosas que volaban en su dirección pudieran ser otra cosa sino “GRANADAS DE MANO”. De forma instintiva corrieron todos a la escotilla del submarino.

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Un error fatal, pues el USS O’Bannon ganaba suficiente distancia unos minutos después y desplegaba un ataque despiadado para aniquilar al submarino japonés y a sus 66 tripulantes que perecieron víctimas de un ataque que empezó con unas papas.

Si se hubieran permitido el tiempo para ver una papa aterrizando, el final hubiera sido distinto. Pero como todos estaban entrenados para reaccionar lo más rápido posible ante cualquier amenaza, sufrieron un “papacidio” fulminante.

Ese día los dioses de la guerra debieron divertirse bastante.

Y como siempre hay alguien que ve una oportunidad en cualquier acontecimiento (sobre todo los publicistas), la Potato Growers of The State of Maine obsequió una placa conmemorativa a los nobles marineros del USS O’Bannon por haber defendido a la soberanía con sus productos.

La tenebrosa cárcel de Spandau: 7 criminales nazis que se salvaron de la horca y el suicido de Rudolf Hess

El 18 de julio de 1947 se montó un exuberante operativo por las calles todavía destruidas de Berlín. Los movimientos de tropas aún eran frecuentes en la ciudad, la guerra era muy reciente.

Pero la magnitud de la operación llamó la atención. Soldados de las cuatro potencias movilizados y armados, sus caras tensas, las órdenes dadas a los gritos. Una caravana entró a la ciudad. Camiones, autos, carros de combate, jeeps. En el medio un camión completamente cerrado.

Adentro iban siete hombres. Los siete prisioneros más importantes de la Guerra Fría. Los jerarcas nazis condenados en Nuremberg que se habían salvado de la horca.

Los jueces de Nuremberg juzgaron a los que se consideraban en ese entonces los 22 nazis de mayor influencia que habían sobrevivido a la caída. Doce de ellos fueron condenados a muerte y ejecutados tras el proceso; tres fueron absueltos y siete penados con prisión.

Esos siete fueron los habitantes de Spandau. Tres condenados a cadena perpetua: Rudolf Hess, Erich Raeder (Comandante en Jefe de la Marina) y Walter Funk (Ministro de Economía y presidente del Reischbank).

A Konstantin Von Neurath (Ministro de exteriores y a cargo de Bohemia y Moravia) le dieron 15 años; como tenía 73 años se interpretó que era otro de los que moriría preso.

Albert Speer (Ministro de Armamento, arquitecto del Fuhrer y diarista minucioso en Spandau), con su fingido arrepentimiento, logró escapar a la horca y obtuvo una pena de 20 años. Baldur Von Schirach (líder de las Juventudes Hitlerianas y gobernador de Viena) también recibió dos décadas.

Y a Karl Dönitz (Comandante de la Marina y sucesor de Hitler al mando del estado alemán -creyó serlo hasta el final de sus días-) le tocó la pena más benévola: 10 años.

Los magistrados de ese tribunal internacional inédito, una vez dictada sentencia salieron en estampida hacia sus países. No deseaban estar en Nuremberg ni un segundo más. Eso hizo que no se supiera bien cómo aplicar las condenas de prisión.

¿Dónde se los alojaría? ¿En qué condiciones? ¿Desde qué día comenzaba a correr el cómputo? Esos y muchos otros interrogantes debieron ser respondidos sobre la marcha navegando entre las tensiones políticas de los cuatro países que decidían.

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Rudolf Hess, ya anciano y como único habitante de Spandau, en uno de sus paseos diarios

Algunos hasta maldijeron que el Tribunal no haya enviado a todos al patíbulo. De ese modo se evitaban lidiar con ese problema. Eran pocos los edificios en la ciudad que podían albergar a los reos. Además, el diálogo tenso entre las potencias vencedoras no ayudaba.

Cada propuesta de uno era rechazada por el otro. Mientras tanto, los siete nazis esperaban en Nuremberg que se les designara su morada definitiva.

Cuando alguien habló de Spandau, la opción fue desechada de inmediato. Era una penitenciaría que estaba en pésimas condiciones. Pero ante la falta de mejores opciones se la terminó eligiendo.

La cárcel de Spandau se había terminado de construir en 1881. Hasta 1919 había funcionado como lugar de reclusión militar. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo dos fines específicos. Por un lado servía como lugar de tránsito hacia algunos de los campos de concentración cercanos a Berlín; y por el otro, allí fueron alojados y ejecutados varios enemigos, principalmente rusos.

Tenía 132 celdas y en 1946 estaba casi al punto del hacinamiento con más de 650 prisioneros.

El estado general del edificio era muy malo. Varios bombardeos habían deteriorado su estructura, algunos muros habían sido derribados (cuentan que era muy fácil fugarse de allí: bastaba con tirar una soga hacia la calle y asirse fuerte de ella hasta descender), no contaba con servicios médicos y la alimentación era escasa.

Todo cambió cuando llegó la orden de evacuar a todos los prisioneros. La cárcel debía quedar vacía e iniciar un proceso fulminante de reconstrucción para alojar a los siete prisioneros que habían logrado salir con vida, pero con largas condenas, de los Juicios de Nuremberg.

Se refaccionaron todas las instalaciones y se reforzó la seguridad de la propiedad, haciendo hincapié en la seguridad perimetral. Spandau debía ser impenetrable.

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Albert Speer en su celda durante las ornadas preliminares del Juicio de Nuremberg. Su Diario de Spandau es el mejor registro de lo que pasaba tras los muros de la prisión

Fue la cárcel con menor densidad demográfica de la historia: sólo siete prisioneros. Tuvo, también, el mayor número de guardias por preso. Había 25 guardias por cada detenido. En sus últimos veinte años, la prisión alojó a un solo recluso, a Rudolf Hess.

Respecto de las condiciones de detención, los soviéticos siempre fueron los más rígidos. Los británicos y franceses sostenían que debía brindárseles condiciones de vida dignas. Pero los soviéticos encontraron un elemento para hacer valer su posición. Echaron mano a la reciprocidad.

Hicieron que se utilizara el (muy) severo estatuto penitenciario alemán de 1943. Aún cuando los norteamericanos y franceses lograron morigerar alguna de las cláusulas el régimen inicial era muy estricto. Una carta por mes, una visita cada tres meses, una dieta demasiado frugal, incomunicación casi total entre ellos y con los guardias.

Pretendían que los prisioneros no gozaran de ningún beneficio, que su estadía en Spandau fuera lo más dura posible.

Si bien cada país tenía poder de veto en las grandes decisiones, mes a mes la situación cambiaba dado que la administración de Spandau rotaba cada treinta días. Así durante tres meses (salteados) por año soviéticos, norteamericanos, ingleses y franceses tenían el poder en la cárcel.

Spandau fue la última empresa de manejo conjunto que le quedó a los Aliados luego del divorcio producido después de la Segunda Guerra Mundial. El último bien ganancial de los Aliados. Casi el único punto de contacto de las potenciales a lo largo de la Guerra Fría.

La posición estratégica en esa Alemania dividida de posguerra y la importancia de los detenidos hacían que nadie quisiera perder su sitial en las decisiones de la cuestión. Si los rusos eran los que peores condiciones les querían imponer a los detenidos, los ingleses eran los que pedían mayor flexibilidad y humanidad en el trato.

Esto no deja de tener un costado paradójico ya que Winston Churchill fue el más férreo opositor a los juicios de Nuremberg; el líder británico quería fusilar a los jerarcas nazis sin juicio previo.

La incomunicación entre los detenidos tenía como fin que no tramaran nada. Ese era el gran fantasma. Eran los jerarcas nazis sobrevivientes. Entre otros, estaban el fanatismo de Hess, la inteligencia y el carácter resbaladizo de Speer, la determinación de Donitz, que seguía sosteniendo que él era el que gobernaba a Alemania.

Temían que dentro de Spandau se forjara una conspiración que hiciera renacer al nazismo con el apoyo de los fanáticos que pervivían afuera. Tampoco tenían permitido dialogar con los guardias. Los soldados eran castigados por confraternizar con el enemigo si alguna conversación se entablaba.

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Soldados británicos patrullando el perímetro de la Cárcel de Spandau

El régimen tenía un nombre: Prisión Incomunicada. Los soviéticos eran claros cada vez que se discutía relajar algo el sistema: los prisioneros debían estar enterrados en vida. Albert Speer en su Diario de Spandau (tal vez el mejor registro de la vida cotidiana en esa cárcel) consigna en uno de esos primeros años: “La soledad es cada vez más abrumadora”.

Los meses que el encargado de Spandau era soviético, todo era más difícil para los siete prisioneros. El comandante Viktor Alabjev era de una dureza extraordinaria. Cada vez que él quedaba a cargo, la incomunicación era una regla irrompible.

Alguna vez ordenó encerrar a un soldado norteamericano en la celda con Walter Funk, porque los encontró hablando. También prohibió que los guardas ayudaran a bajar y subir escaleras a Von Neurath, porque esa colaboración no estaba contemplada en el reglamento carcelario.

Los cuidados médicos eran exhaustivos. A la prisión ingresaban los mejores médicos alemanes. No querían convertir a los prisioneros en mártires. Pero el régimen de comidas, que era igual al de las otras cárceles alemanas, era muy escaso. Los siete hombres empezaron a perder mucho peso.

Algunos hasta bajaron más de quince kilos. Speer escribió que por primera vez en su vida sabía lo que era el hambre. Al terminar sus comidas, gateaba por el piso para levantar las migas que pudieran haber caído y comérselas. Una vez estuvo una semana castigado por robarse una coliflor de la huerta de la cárcel. Rápidamente debieron aumentar las raciones.

Durante años un rumor habitó Berlín. Las cuatro potencias le otorgaban una alta dosis de verosimilitud tal como afirma Norman Goda en El Oscuro Mundo de Spandau. Se decía que Otto Skorzeny, el líder de los comandos de Hitler, planeaba una operación de ataque para liberar a los detenidos en la que estaban involucrados decenas de helicópteros y casi un millar de soldados.

Pasados los años, las restricciones y controles se relajaron. Tuvieron más visitas, mejores comidas (también comer lo que le enviaban sus familiares), podían enviar y recibir cartas cuando quisieran, conversar con mayor libertad. Las requisas eran menos atentas.

Speer un día dejó doblado debajo de su colchón un pedazo de papel higiénico para ver si en el control lo descubrían. Como el soldado que inspeccionó su celda pasó por el alto el señuelo, el arquitecto de Hitler se ofendió. Comprendió que ya no les prestaban tanta atención, que habían dejado de ser considerados un peligro.

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Rudolf Hess en su momento de gloria dirigiendo un discurso a una multitud en 1937

Como algunos eran de edad avanzada y ya estaban enfermos, se empezó a discutir qué hacer en caso de fallecimiento. La primera opción fue que se lo enterrara en uno de los patios de Spandau.

Pero cambiaron de parecer cuando se dieron cuenta que se corría el peligro de convertir el lugar, pasado el tiempo, en un lugar de devoción nazi. Sin embargo, no fue necesario tomar ninguna decisión al respecto durante cuatro décadas. Los prisioneros salieron cuando su estado de salud ya era grave o cuando cumplieron la condena.

El último en salir fue Albert Speer, en octubre de 1966.

A partir de ese momento y hasta 1987, Rudolf Hess se convirtió en el único habitante de Spandau. Ni indulto, ni prisión domiciliaria, ni alojamiento en un hospicio. Ninguna opción logró consenso. Las cuatro potencias quedaron custodiando a este anciano que desde 1941 demostraba desvariar.

En 1987, pidió que uno de los soldados norteamericanos que lo custodiaban fuera alejado de él. Cuando le preguntaron el motivo dijo que no entendía por qué le hacían señalar lo obvio: el soldado era negro.

Su hijo inició una campaña internacional para liberarlo pero todo fue infructuoso.

Al entrar en Spandau, cada recluso recibió un número de identificación. Del 1 al 7. Premonitoriamente a Hess le otorgaron el 7. Como si alguna fuerza superior hubiera sabido que él sería el último en salir. El que perpetuaría por veinte años, hasta el límite del ridículo, esta cárcel de un hombre solo.

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Cambio de guardia en Spandau

Nadie supo bien nunca cuál era el estado mental de Hess. Logró despistarlos a todos. ¿Estaba completamente loco? ¿Era un eximio simulador? ¿O alternaba periodos lúcidos con ataques maníacos?

Durante años, mientras estaban los siete prisioneros originales en Spandau, no dejó dormir a sus compañeros de las celdas vecinas debido a los alaridos que pegaba de noche, motivados según él en fuertes dolores en el abdomen, aunque los médicos jamás le encontraron afección alguna.

Un guardia confesó que nunca había escuchado nada igual. En los diarios de Albert Speer muchas entradas mencionan los aullidos nocturnos de Hess. Las autoridades en algún momento pensaron en cambiarlo de sector para que no afectara la salud mental de los otros seis.

En sus cuarenta años de reclusión Hess pasó por los más variados estados de ánimo. Y por varios intentos de suicidio, aunque la mayoría fueron algo tímidos y poco convincentes. Ya en el Juicio de Nuremberg se había hecho pasar por loco, aduciendo una amnesia, que mostró ser sugestivamente selectiva.

Recibió su primera visita en la cárcel recién en 1964, 18 años después de su ingreso. Y fue de su abogado, un excéntrico personaje que ostentaba una habilidad única en la práctica del derecho: con cada intervención suya -siempre enérgicas y extremas- la situación procesal de su defendido empeoraba. Recién en 1969 lo visitaron su esposa y su hijo.

Con el tiempo y siendo el único habitante de ese monstruo espectral en que se había convertido Spandau, obtuvo más libertades y comodidades. Los soviéticos, sin embargo, se mantenían alertas.

Durante una internación en un hospital alemán para ser sometido a una intervención quirúrgica en el corazón, los hombres de la Unión Soviética llegaron al ridículo de mantener -durante su mes de regencia- apostados en las seis garitas de vigilancia, a lo largo de las 24 horas del día, a sus soldados fuertemente armados.

Nadie los pudo convencer de la inutilidad de la tarea: el único habitante de la prisión no se encontraba en ella.

Hess era el prisionero más vigilado de la historia. Todos los que estaban en esa cárcel estaban para cuidarlo a él. Sin embargo, ese viejito de 93 años, ese criminal de guerra nazi, el 17 de agosto de 1987, logró escapar de la vista de sus cuidadores y, luego de haber fracasado varias veces en los últimos cuarenta años, logró ahorcarse con el cable de una lámpara.

Así dio por finalizado su largo cautiverio. Y también la vida útil de la prisión de Spandau, que poco después fue demolida

nuestras charlas nocturnas.

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