Historia del Heavy Metal …
(Años 60 y 70. Los orígenes)
La Ciclotimia — Debes saber, oh, príncipe, que en los años que los océanos engulleron a Elvis, a la música disco y al punk y hasta el alzamiento de Maluma y sus hordas de reguetoneros surgidas del infierno del perreo, hubo una edad de ensueño en la que los ejércitos del Metal se extendían sobre la tierra como un negro manto eterno.
Con el cabello largo, siempre de cuero negro y los elásticos bien apretados, dominaron las calles de ciudades de todo el mundo durante casi tres décadas. Tres décadas de cuero negro y tachas. De escaleras al cielo y autopistas al infierno. De guitarras afiladas y voces más afiladas aún.
Dejadme que os hable de esos tiernos días en que formaba parte de la milicia del Metal.
Arqueología metalera
Rastrear las raíces del Heavy Metal es un ejercicio de arqueología para el que se necesita tanta paciencia como falta de prejuicios. Pero antes de empezar tenemos que hacernos una pregunta clave: ¿qué define una banda como heavy o metalera? Difícil cuestión esta.
Las fronteras del reino del metal no han estado nunca claras, incluyendo en su perímetro a bandas que musicalmente están en las antípodas unas de otras. La etiqueta heavy o heavy metal ha servido durante décadas para meter en el mismo saco a grupos de lo más dispares que comparten una a dos características comunes.
Los que peinamos canas (y tenemos suerte de tener aún pelo) recordamos aquellos enormes espacios para soñar llamadas tiendas de discos, en cuya sección heavy podías encontrarte a bandas tan poco metaleras como AC/DC junto a bestias pardas como Slayer o Pantera.
Lo mismo ocurría en festivales donde un servidor, allá por la segunda mitad de los ochenta, vio juntos a grupos tan diferentes como Whitesnake y Helloween. Así pues, puestos a citar una serie de características del estilo ahí tenemos la primera: lo que llamamos heavy es una amalgama de estilos, subgéneros, clases y etiquetas que no hay dios que ordene.
Así que si eres un pureta o simplemente no soportas ver las cosas fuera de su cajón y ordenaditas te equivocas de artículo, busca algo de Marie Kondo.
Los orígenes

Jimmy Page con su mítica Gibson SG de dos mástiles.
A finales de los sesenta la escena musical era una amalgama de géneros y estilos afianzados en la efervescente fiebre creativa de la época.
Géneros tan efímeros y fruto del momento como el rock psicodélico y otros que se quedarían mucho tiempo como el hard rock o el blues eran el caldo de cultivo perfecto para que bandas de Reino Unido y USA experimentasen con su sonido en busca de algo diferente y nuevo.
En esa sopa primigenia surge Jimi Hendrix. Un guitarrista, cantante y compositor de carrera tan corta como influyente. En su figura, tristemente desaparecida demasiada pronto, se conjuga otra de las características del heavy: la omnipresente guitarra eléctrica y la distorsión.
Esa es la razón principal por la que este guitarrista ha sido siempre considerado una pieza clave en el largo camino hasta llegar a lo que llamamos heavy. Porque aparte de eso, nada puede estar más apartado del metal que el pop psicodélico y hormonado de Hendrix.
Lo que es cierto es que, viéndolo destrozar, machacar, lamer, quemar y casi violar a su icónica Stratocaster uno tiene claro porque su figura quedó grabada a fuego en el inconsciente de los músicos de largas melenas que vendrían tras él.
Cuando Steppenwolf usa por primera vez el término Heavy Metal en su archiconocida Born to be wild (1968) nadie era consciente de que se estaba fraguando un estilo nuevo.
Ya antes Iron Butterfly había dado un nuevo sentido el término metal pesado con In-A-Gadda-Da-Vida (1968) un tema de diecisiete minutazos no apto para todos los oídos, donde desgranaban muchos de los elementos que darían forma al estilo mucho antes de que este hubiese sido engendrado.
Pero ninguno de estas dos bandas cumple la premisa anterior, la guitarra tiene un papel secundario en ambas canciones.
Quienes sí tenían un guitarrista de dejar con la boca abierta eran Led Zeppelin. Eternamente enchufado a la teta del blues, Jimmy Page es el músculo que la banda británica necesitaba para alzarse a lo más alto de las lista de ventas, de donde no se bajarían hasta su disolución en 1980.
Pero además, la banda británica instaura una nueva característica dentro del estilo: un vocalista que canta como si la vida le fuera en ello y llena el escenario con su sola presencia: Robert Plant. A partir de ese momento, poseer una voz operística, dramática, que sale de las tripas y no de la garganta es una premisa que irá siempre ligada al rock en su vertiente más dura.
Pero por muy bueno que fuera Page (y lo era), Led Zeppelin se quedan a medias al hablar de guitarras, al menos en número.
Wishbone Ash es una de esas bandas que siempre suelen dejarse inexplicablemente de lado cuando se habla de los orígenes del heavy metal, y eso que ellos son los responsables de algo tan genuinamente heavy como doblar las guitarras. Un elemento que se aprecia desde su primer álbum homónimo de 1970. Porque ya se sabe: una guitarra nunca es suficiente.
Otros que aportan su granito serán Bloodrock, cuyas letras oscuras y cargadas de connotaciones eróticas no pueden ser más opuestas al buen rollismo hippie imperante a finales de los sesenta, sentando con ello las semillas de ese gusto por lo macabro tan unido al heavy metal.
1970, el año milagroso

Ritchie Blackmore, guitarrista y fundador de Deep Purple y Rainbow.
La década de los setenta se inicia con dos de los discos que marcarían un momento crucial para el género. Dos álbumes que siempre son citados como dos jalones fundamentales que llevarían al surgimiento del heavy metal tal y como lo entendemos hoy: In Rock de Deep Purple y Paranoid de Black Sabbath.
Ambas bandas surgen en la industrializada Gran Bretaña. Un aspecto no menor y a veces obviado, pese a que la relación entre el heavy metal y la clase trabajadora sea innegable.
Es de los grandes centros de la industria británica como Birmingham o Sheffield de donde surge la inspiración para ese sonido pesado y será de esa masa de trabajadores anónimos, frustrados y alienados donde broten las primeras bandas.
Un aspecto curioso dado el poco afán reivindicativo del género, que desde sus inicios se decantó por convertirse en música de pura evasión, tratando temas fantasiosos en muchas ocasiones.
Volviendo a 1970, el disco de Black Sabbath es una de esas obras clave para entender el género del metal. La misma idea de riff de guitarra nace con él. Es pesado, oscuro y tortuoso como un río cavernoso. La onmipresente guitarra de Iommi y la voz punzante y entonces en forma de Ozzy Osbourne lo convierten en escucha obligada para el fan.
Por su parte, tras varios discos sin pena ni gloria, Deep Purple dan a luz uno de esos álbumes indispensables de la historia de la música. Una mezcla de rock psicodélico, blues y música clásica que se apoyan en el virtuosismo de un teclista único como Jon Lord, en la guitarra de precisión cirujana de Ritchie Blackmore y en la voz épica de Ian Gillan.
Lo que sucedería después con ambas bandas es historia. Deep Purple sería una de esas bandas inmortales cuya discografía todo aficionado al género debía conocer, y Black Sabbath se convertiría en la gran referencia para músicos de de heavy de los ochenta. Pero no adelantemos acontecimientos y sigamos.
Eso sí, no perdáis de vista a estas dos bandas, porque a lo largo de los setenta, además de hacer grandes discos, formaron parte de un culebrón metalero del que luego hablaremos.
Un árbol de muchas ramas

A medida que la primera mitad de la década de los setenta avanza, decenas de bandas se van subiendo al carro y los melenudos van sumando efectivos a sus tropas.
Como un enorme árbol de muchas ramas, el sonido evoluciona, avanza se separa del tronco y va dando forma al género en una etapa de una creatividad desbordante.
En EE.UU. Vincent Damon Furnier adopta el nombre de batalla de la que fuera su banda, Alice Cooper, y conjuga música y teatro de un modo nunca antes visto y que influirá en toda una generación de músicos posterior.
Casi al mismo tiempo, pero en Inglaterra, Uriah Heep arrasan con su mezcla de rock duro de toques épicos y rock progresivo. El folk también se une a esta orgía de mixturas, y de la mano de Jehtro Tull coloca un instrumento tan poco rockero como la flauta en el Olimpo del rock progresivo.
Antes de convertirse en un fenómeno de masas unos novatos Queen aportan frescura y creatividad a un género que en ocasiones amenaza con convertirse en algo que se toma a sí mismo demasiado en serio. Sus tres primeros discos son puro heavy sin adulterar. Mercury y May en estado de gracia.
Estamos ya en 1975 y los ecos de este nuevo sonido llegan hasta Escocia, donde Nazareth produce una obra maestra llamada Hair of the dog y de paso se convierte en una de las bandas responsables del éxito del género.
Ese mismo año, mucho antes de convertirse en un fanático de las armas y seguidor de Trump, el ex guitarrista de The Amboy Dukes, Ted Nugent navega en solitario por aguas mucho más progresistas que las actuales (al menos musicalmente) y se saca de la manga un primer disco que marcara a toda una generación de músicos americanos.
El poder de este nuevo sonido llega incluso hasta una Alemania que aún se está recuperando del desastre de la II Guerra Mundial y cuya juventud ve en el rock una válvula de escape.
A finales de los sesenta dos de esos jóvenes nacidos tras el conflicto bélico, los hermanos Schenker (Rudolf y Michael) y el vocalista Klaus Meine, forman una banda destinada a ser parte de la historia, Scorpions. Tras abandonar sus inicios psicodélicos y experimentales, casi una década después lanzan Virgin Killer.
Con una portada imposible de imaginar en la actualidad (en este caso me atrevo a decir que afortunadamente), el álbum es uno de los discos de rock duro más esplendorosos jamás grabados. Para entonces hacía años que Michael Schenker había dejado la banda para formar parte de UFO.
Una banda de un solo hit (Doctor, doctor). Pero no os preocupéis, nos lo volveremos a encontrar en solitario en los ochenta.
Pero antes de eso toca hablar de la banda que colocó la última piedra en el edificio del metal y le dio la estética con la que acostumbramos a relacionarlo.
Los sacerdotes de Judas

Judas Priest.
En la siempre gris Birmingham, se forma a finales de los sesenta una banda de rock progresivo con uno de los mejores nombres jamás ideados: Judas Priest. Tras varios años de vagar por el desierto, a mediados de la década siguiente, y ya con la crucial incorporación del cantante Rob Halford, logran un contrato discográfico y registran su primer álbum: Rocka Rolla (1974).
Un disco cuya portada estaba originalmente diseñada para los Rolling Stones y que definitivamente le iba mejor en un LP de la banda de Keith Richards que a un disco de hard rock, (echad un vistazo en Google y veréis a lo que me refiero).
No obstante, el álbum ya incluía muchos de los elementos que conformarían el sonido de Judas Priest. Con su segundo LP, Sad Wings of Destiny (1976), se confirman como una de las bandas más importantes de la historia, además de sentar las bases musicales y estéticas del género.
Las guitarras afiladas de K. K. Downing y Glen Tipton sumadas a la voz aguda y particular de Halford hacen que Sad Wings of Destiny sea el primer disco de heavy metal de la historia y Judas Priest la banda a la que se le reconoce ese mérito.
Sin embargo, su etapa de mayor gloria llegaría en los ochenta, cuando se convertirían en una banda de mastodónticas giras mundiales. El particular look del grupo a base de tachas y cuero (sacado de una tienda de BDSM) acabaron por dar forma a una estética tan identificable como universal.
Así pues, para la segunda mitad de los setenta las piedras del edificio están asentadas y el cemento fraguado. El heavy metal es ya una realidad, pero aún queda mucho que decir de los fructíferos setenta.
Una ola que arrasa todo el planeta

Desde Detroit, Kiss.
Si habéis estado atentos habréis visto que tenemos entre manos un asunto que surge casi de modo exclusivo en Gran Bretaña. Pero a finales de la década de los setenta el heavy se extiende por todo el globo y llega a todos los rincones.
En la ciudad del motor: Detroit, Paul Stanley y Gene Simmons dan forma a una banda que entrará por méritos propios en los anales de la cultura popular y cuyo concepto de merchandising haría sonrojar al mismísimo George Lucas. Estoy hablando, por supuesto, de Kiss.
Su sentido del espectáculo los convierte en uno de los grandes, pero además sus primeros discos demuestran que eran algo más que una banda que se pintaba la cara. Dadle un tiento a Alive! (1975) o Destroyer (1976) para haceros una idea. Su estela la seguirían miles de músicos de todo el mundo.
En Boston nacería Aerosmith, una banda destinada a volar alto (perdón por el chiste). La clara influencia stoniana que se aprecia en su sonido no solo no empaña sino que engrandece la leyenda de sus primeras grabaciones a finales de los setenta. Rocks (1976) o Toys in the attic (1975) han quedado para la historia.
Posteriormente Steven Tyler y Joe Perry vivirían su particular odisea con las drogas que los llevarían a ser conocidos como los gemelos tóxicos. Reaparecerían en los ochenta para completar una de las carreras más apasionantes y ricas de la música.
En Irlanda el bajista Phil Lynott al frente de Thin Lizzy versiona el tema tradicional celta Whiskey in the jar y alcanzan el cielo en 1976 con un tema que es puro deleite guitarrero, The Boys are back in town. Las raíces irlandesas de su música impregnarán a un bisoño Gary Moore que las agregará a su sonido en los ochenta, antes de convertirse en un icono del blues.

Lemmy Kilmister, líder de Motörhead.
Mientras, en Londres el punk eclosiona en todo su esplendor y Lemmy Kilmister es expulsado de Hawkwind por sus abusos con sustancias recreativas ilegales (aunque él siempre defendió que le habían dado los polvos equivocados).
De un parto tan duro nace Motörhead, adalid del rock’n’roll frenético y cazurro, pero que a lo largo de su carrera se ganó el corazoncito de millones de fans que, como yo, ponían el límite de ruido que podían soportar en este trío.
Mucho se ha hablado de su influencia en subgéneros como el trash metal o el speed metal. Sea como fuere, Motörhead es por derecho propio una banda que ha de figurar entre las más grandes del género y Lemmy el icono que alumbró con su mal ejemplo a dos generaciones que vieron en él la personificación de un estilo de vida que desaparecía a medida que el siglo XX daba sus últimos coletazos. Si tenéis duda de lo que digo poneos su Overkill (1979) y flipad.
En la otra parte del mundo, Australia, los hermanos Young (Angus y Malcom) junto al cantante Bon Scott forman a mediados de la década una de las bandas más icónicas de la historia. AC/DC y su rock’n’roll acelerado y pasado de vueltas no dejará indiferente a nadie cuando se lancen a la conquista del mundo allá por 1977.
Un sonido básico que apenas ha cambiado en cuarenta años, apoyado en unos riffs sencillos y facilones. La imagen de su guitarra solista inspirada en Guillermo el travieso y unas letras vacilonas son fácilmente reconocibles por cualquier fan del género.
Elepés como High Voltage (1976), Let there be rock (1977) o Highway to hell (1979) explican porque llevan más de cuarenta años entre los más grandes. A comienzos de 1980 la muerte de su vocalista está a punto de acabar con ellos, pero se sobreponen y junto a Brian Johnson emprenden una nueva etapa que los llevaría a lo más alto.
Ronald James Padavona, su abuela y un culebrón heavy

Ronnie James Dio.
Ha llegado el momento de hablar de una de esas figuras fundamentales de la música y un cantante sin el que no se entendería el género. Nacido en 1943 y tristemente muerto en 2010, Ronnie James Dio (de apellido original Padavona) es al heavy metal lo que Orson Welles al cine.
No solo tenía una voz prodigiosa tan llena de matices que lo convirtieron en uno de los vocalistas del género más reconocidos, sino que era dueño de una personalidad que además de llenar el escenario por completo pese a su discreta estatura lo hicieron ser uno de los tipos más respetados y amados por el público y sus colegas.
Por si esto fuera poco, él solito (junto a su abuela) es el responsable de uno de los gestos más universalmente reconocibles y ligados al heavy: los cuernos. Dio siempre decía que había tomado prestado el gesto de su abuela materna de origen italiano, quien lo usaba para ahuyentar el mal fario. Pensadlo la próxima vez unáis los dedos medio y anular y alcéis vuestra mano al cielo.
Además de todo esto, Dio formó parte de algunas de las bandas más importantes del género antes de iniciar una larga y exitosa carrera en solitario. Y hablando de ello, ¿recordáis que antes os dije que no os olvidarais de Deep Purple y Black Sabbath y de la relación de culebrón que los unía? Pues es hora de meternos en ella. Ojito que es fácil perderse.
En 1973, en pleno éxito de Deep Purple, Ian Gillan deja el grupo para capitanear su propia banda a la que bautiza con el original nombre de Ian Gillan Band. La explosiva personalidad de Ritchie Blackmore está detrás de su salida y de la del bajista Roger Glover que es despedido sin ninguna explicación.
El guitarrista tiene ahora absoluta libertad para hacer y deshacer a su antojo. Para suplir a Gillan entra en la banda un jovencísimo y desconocido David Coverdale que estará al frente del grupo hasta 1975, cuando definitivamente Deep Purple se separa por diferencias entre sus componentes (estad tranquilos, volverían unos años después).
Tras ello Coverdale formará Whitesnake, cuyo nombre posee unas connotaciones sexuales que os explicaré otro día. Para entonces el culo inquieto de Blackmore ya había dejado el grupo y montado su propio proyecto junto a Dio con el nombre de Rainbow.
Entre 1975 y 1979 la banda se consolida como una de las más grandes del género, con álbumes como Rising (1976) y el directo On stage (1977) y con el tándem Blackmore/Dio entregado a la causa y escribiendo algunas de las canciones más memorables de esos años.
Pero en 1979, Dio deja la formación ante el giro comercial de la banda. Ese mismo año Ozzy Osbourne había sido expulsado de Black Sabbath. En un ejercicio de ironía sin par, Shanon Arden (futura esposa de Ozzy) recomienda a Dio para sustituirle.
Por su parte, la restructuración en Rainbow es casi completa y Blackmore recurre a Glover, el bajista de Deep Purple que él mismo había echado en 1973, ahora convertido además en productor de éxito.
Para rizar el rizo, en 1983 Dio deja Black Sabbath y su sustituto será Ian Gillan, que ya hemos dicho había dejado Deep Purple diez años antes. En fin, un culebrón digno de cualquier cadena latina.
Si os habéis perdido no os preocupéis, estoy seguro de que a ellos también les pasa.
El guitarrista que lo cambió todo

Eddie Van Halen.
A finales de los sesenta otra pareja de hermanos (y van unas cuantas), Eddie y Alex son poco más que dos adolescentes. Nacidos en Bélgica, los hermanos habían recalado unos pocos años antes en la soleada Los Ángeles donde la escena musical está en plena ebullición.
Bien pronto demuestran tener inquietudes artísticas y forman varios grupos con los que empiezan a tocar por clubs y locales de la zona angelina.
Tras un acertado intercambio de instrumentos (Eddie se había sentido inicialmente atraído por la batería y su hermano mayor por la guitarra) forman junto al vocalista David Lee Roth y el bajista Michael Anthony el grupo Mammoth, pero problemas con los derechos del nombre los obligan a cambiarlo por el apellido de los hermanos.
Así nace Van Halen, la banda que a finales de los setenta lo cambia todo en el mundo del rock.
En 1978 sacan al mercado su primer disco, de título homónimo. El disco es un éxito en pocas semanas. El carisma de Roth y su personalidad extravagante sumada a la solidez rítmica de Alex y Anthony convierten Van Halen en uno de los debuts discográficos más excitantes de la historia.
Pero si hay algo en el disco de lo que todo el mundo hablará tras su salida es la guitarra de Eddie Van Halen. Los afilados y rasposos riffs y los electrizantes solos de este mozalbete, junto a una nueva técnica bautizada como tapping, (consistente en usar los dedos de la mano derecha para golpear las cuerdas directamente sobre el mástil) hacen que la guitarra adquiera un estatus de instrumento mágico no visto desde Hendrix.
Con poco más de veinte años Eddie Van Halen inaugura él solito una nueva categoría de excelencia musical, la de guitar hero. La pista número dos del disco, Eruption demuestra porque Eddie lo cambió todo en el mundo del rock.
Tras él los solos de guitarra vertiginosos formarán parte indisolubles del heavy, y una legión de imitadores ansiosos por demostrar que pueden subir el volumen de sus amplificadores un poco más desembarcará en los ochenta.
(Años 80 (I). El éxito del género)
En los estrenados ochenta algunas de las bandas responsables de esa codificación del género continúan sus carreras, al tiempo que la escena ve el nacimiento de nuevos grupos que, apoyados en quienes les antecedieron, asaltan las listas de éxitos.
Esa será la gran característica que definirá al género en esta década, el éxito comercial. Las discográficas se dan cuenta del filón que supone el nuevo género y se lanzan a la caza del próximo número uno. Las listas de los discos más vendidas incluyen por primera vez grupos de rock duro y las giras llenan estadios cada vez más grandes.
El heavy metal se convierte en la gallina de los huevos de oro y su sobrexplotación hará que una generación de nuevos músicos se rebele contra el establishment a medida que los noventa se acerquen. Pero no adelantemos acontecimientos.
Viejos conocidos y algún recién llegado

Brian Johnson y Angus Young en San Francisco en 1982.
Dejábamos los setenta con Judas Priest como defensores y creadores del nuevo sonido y marcando el paso que cientos de bandas imitan siguiendo su estela. Así será en la primera mitad de la década, cuando las giras mundiales los aúpen a lo más alto.
British Steel en 1980 y Defenders of the faith de 1984 llegan al top five en varios países. Con Turbo (1986) experimentan con sintetizadores en busca de un sonido más comercial, pero los éxitos de comienzos de la década no volverán.
Motörhead logran su mayor éxito comercial en 1980 con Ace of spades, logro que repetirán dos años después con Iron fist.
Prácticamente sin variar su sonido y manteniendo la imagen de banda auténtica, la criatura de Lemmy Kilmister completó una exitosa carrera y se convirtieron en referencia de la ola de metal más rápido y potente que sacudiría los cimientos del género en la segunda mitad de la década.
La muerte de su cantante Bon Scott tras el enorme éxito de Highway to hell estuvo a punto de hacer que AC/DC se bajara de los escenarios para siempre. Lo que habría privado a cientos de miles de personas de ver uno de los directos más apabullantes de la historia y nos habría dejado sin obras maestras como Back in black (1980) o For those about to rock (1981).
Afortunadamente la banda australiana encontró en Brian Johnson el cantante perfecto con el que abordar la década de los ochenta y firmar con letras de oro en el libro de la historia del rock and roll.
La incorporación de Dio a Black Sabbath hace que el sonido de la banda de Tomy Iommi cambie, aportando la particular visión del genio del italoamericano a dos discos fundamentales: Heaven and hell (1980) y The mob rules (1981).
Después, ya lo decíamos en el artículo anterior, Dio dejaría la banda y sería sustituido por Ian Gillan quien también se iría en 1984 para reunirse con la banda con la que había tocado el cielo en los 70: Deep Purple.
Para entonces Rainbow ya ha dejado de ser la gran banda que era y navega sin alma por aguas más comerciales, quizá por ello Ritchie Blackmore firma la paz con Gillan, Lord, Page y Glover y la formación clásica de Purple da a luz al LP Perfect Strangers (1984).
Pero la tregua dura poco y a finales de la década los miembros ya andan a la gresca otra vez. Por su parte Dio inicia una carrera en solitario lanzando dos discos sin los que no se entendería el heavy en esta década. Holy diver (1983) y The last in the line (1984), no dudéis en darles un tiento si queréis saber cómo sonaba el mejor metal de la época.
Otro que tendrá una carrera brillante en solitario será Ozzy Osbourne, quien tras ser expulsado de Black Sabbath se marcará un puñado de discos para la historia. Diary of a mad man (1982) y Bark at the moon (1983) son un ejemplo de su mejor etapa, mucho antes de convertirse en una parodia de sí mismo y donar su intimidad a la MTV.
David Coverdale había formado Whitesnake en 1976, con la que había tenido un cierto éxito con su fórmula de hard rock y blues y discos como Come an’ Get It (1981), pero será en su segunda etapa, tras un parón, cuando se alzarán a lo más alto de las listas con su disco homónimo (conocido popularmente como el año en que salió, 1987) y Slip of the tongue (1989), donde la colorista guitarra de Steve Vai lleva a la banda a cimas de elegancia y virtuosismo nunca antes vistas.
Alice Cooper continuó con su particular rock horror y se reinventa subiendo a la ola del heavy con Constrictor (1986) y sobre todo Trash (1989) álbum que devuelve el rock conceptual a lo más alto y al bueno de Alice a la cumbre del éxito.
Paul Stanley y Gene Simmons siguen al frente de Kiss y en la nueva década se mantienen como una de las bandas americanas más exitosas con álbumes como Creatures of the night (1983). Después tendrán un breve periodo en el que se despojan de su icónico maquillaje al que volverán para concluir la década como una de las bandas más exitosas de los ochenta.
En irlanda Gary Moore aúna en su figura el rol de cantante solvente y virtuoso de las seis cuerdas, grabando para Virgin dos discazos titulados Corridors of power (1982) y Victims of the future (1983) que lo confirman como uno de los músicos más excitantes de la época.
En 1987 se descuelga con Wild frontier donde rinde tributo a la música de su Irlanda natal y a Phyl Lynott, su mentor, muerto el año anterior. Después se pasará al blues donde dejará poso con un puñado de discos sobresalientes.

La banda alemana Accept.
Desde Alemania, Accept se convierte en el gran antecedente del trash metal centroeuropeo. La introducción de Fast as a shark, un grito salido directamente de las tripas que ahoga una canción tradicional alemana, seguida por un aluvión de guitarras frenéticas, deja claro que estos teutones no hacían concesiones.
La voz rasgada de Udo Dirkschneider y una imagen agresiva hacen que conquisten con rapidez a la crítica y al aficionado. Restless and wild (1982) y sobre todo Balls to the wall (1983) son álbumes imprescindibles para entender lo que se estaba cociendo en el norte del continente y que acabaría por eclosionar unos pocos años después.
Otros alemanes que probarán las mieles del éxito está década son Scorpions, quienes con Blackout (1982) y sobre todo Love at first Sting (1984) se encaraman a lo más alto y emprenden giras mundiales que llenarán estadios de todo el planeta. Además, harán de la balada casi un subgénero, un asunto que abordaremos a su tiempo.
Para comienzos de la década, un miembro de la formación original de la banda alemana, Michael Schenker, ya ha conocido el éxito con UFO y se ha convertido en un icono de la guitarra con su eterna Gibson Flyng V, pero será con su propio proyecto en solitario con el que llegará a los corazones de metaleros y amantes de las seis cuerdas en general.
Michael Schenker Group dejará para la posteridad álbumes como MSG (1981) o Assault attack (1983) y canciones como Captain Nemo o Into the arena como auténticas odas al virtuosismo guitarrero.
Unos que quisieron que el rubio alemán se integrase en su formación fueron Aerosmith, quienes tras conocer el éxito a finales de los setenta bajaron a los infiernos de las drogas para reaparecer en la segunda mitad de la década siguiente con Permanent vacation (1987) y Pump (1989) con los que vuelven a lo más alto, reinventándose como una de las bandas más grandes de todos los tiempos.
NWOBHM

Los británicos Iron Maiden, capitaneados por Steve Harris.
A finales de los setenta, nacidos al mismo tiempo que la era Thatcher, surgen en Reino Unido un puñado de bandas llamadas a renovar los cimientos del género y a cambiar las normas.
Se conocerá como Nueva Ola del Heavy Metal Británico. Moviéndose en ambientes underground en sus comienzos, propiciando la publicación de fancines, y la creación de radios piratas y sellos independientes, no tardarán en llamar la atención de las multinacionales que empiezan a ver en el heavy metal un negocio al que hincarle el diente.
Formados por el bajista Steve Harris, Iron Maiden se convirtió rápidamente en uno de los grupos más exitosos de aquella ola, traspasando con los años las fronteras del género para formar parte de la cultura popular por méritos sobrados.
En los ochenta no se podía dar dos pasos sin toparse con alguien que llevara puesta una camiseta con la imagen de Eddie, su archiconocida mascota creada por el ilustrador Derek Riggs y que ha protagonizado algunas de las portadas más icónicas de la historia de la música.
Tras varias formaciones la banda halló en Bruce Dickinson el cantante y frontman definitivo. Con él grabarían tres de los álbumes más representativos de su época: The number of the beast (1982), Piece of mind (1983) y Powerslave (1984).
Avanzada la década experimentarían en busca de un nuevo sonido que nunca terminó de cuajar y que hizo que los caminos de Dickinson y la banda se separaran durante unos años.
Saxon es una de esas bandas de las que apenas nadie se acuerda, pese a que parecían destinados a ser muy grandes. En 1980 publican dos discos con cinco meses de diferencia, y un año más tarde sacan al mercado Denim and leather, todos ellos éxitos en su Inglaterra natal.
Crusader (1984) los coloca en el punto de mira del resto del continente y todo parecía estar listo para que la banda asaltase el planeta, pero tras firmar con EMI, su sonido se vuelve más americano, y empiezan a dejarse seguidores atrás, sin que sus nuevas canciones atraigan nuevos.
Con el tiempo se fueron diluyendo, dejando, eso sí, un buen ramillete de discos más que notables.

Def Leppard.
En el polo opuesto, Def Leppard encarna la banda de éxito sin paliativos. Responsables en gran medida del triunfo comercial del heavy, son la banda que en la primera mitad de la década cambió la industria e hizo que las multinacionales pusiesen sus ojos en la escena metalera del momento.
Pero como si el triunfo no pudiera ser sin sacrificio, el grupo de Sheffield ha visto como sus éxitos iban acompañados de reveses personales como la muerte de uno de sus miembros, el guitarrista Steven Clark, problemas con el alcohol que obligaron a despedir a varios de sus componentes o el accidente de su batería Rick Allen que perdió su brazo izquierdo y que desde 1986 toca con una caja de ritmos adaptada a su situación.
Tras dos álbumes relativamente bien en ventas, en 1983 lanzan con la producción de «Mutt» Lange el disco que los catapultaría al éxito. Pyromania vendió la friolera de 20 millones de copias en todo el mundo y por primera vez las emisoras de radio fórmula se fijaban en el heavy metal. Especialmente relevante es su éxito en Estados Unidos, donde cambiarán el paradigma de la industria musical.
Tras una pausa de dos años obligados por el ya citado accidente de Allen lanzan Hysteria (1987) con el que llegarían aún más lejos en las listas de discos. La segunda mitad de los ochenta la completarían con el mismo éxito y mastodónticas giras mundiales.
Otras bandas como Samson, Tigers of Pang Tang o Diamond Head han quedado relegados al olvido excepto para el fan incondicional, que encontrará en la producción de estos grupos británicos el santo grial del metal de comienzos de los 80.
El éxito

Los californianos Mötley Crüe.
Fomentados por las ventas de Def Leppard que había roto definitivamente el techo de cristal que impedía a las bandas de rock duro triunfar en radios convencionales, toda una oleada de melenudos irrumpe con el beneplácito de la industria musical.
Oleadas de grupos con un sonido comercial y fresco, letras con referencias a elementos de pura evasión y una estética de pelos cardados y ropas de brillantes colores surgen a lo largo de toda la geografía norteamericana convirtiendo un género que nacido en los suburbios de ciudades industrializadas inglesas en un fenómeno mainstream.
Atrás quedan los oscuros riffs de guitarra de Black Sabbath o las tachas sobre cuero negro de Judas Priest. Se trata de divertirse, de recordar que solo se es joven una vez y a ser posible de convertirse en millonarias estrellas de rock lo más rápido posible. Es lo que se conocerá como glam metal o hair metal.
Uno de sus primeros representantes de este estilo son los californianos Mötley Crüe que ejemplifican como nadie la pesadilla de cualquier padre de la primera mitad de los 80.
Como se puede ver en la peli The Dirt (Jeff Tremaine, 2019), disponible en Netflix, el sexo, el alcohol y las drogas formaban parte de la vida de la banda de modo indisoluble, pero también el rock and roll. Porque además de destrozar habitaciones de hotel y tener abono VIP en las mejores clínicas de desintoxicación de la soleada California, la banda de Nikki Sixx y Tommy Lee dejó para la historia excelentes discos como Shoot at the devil (1983) o Girls, girls, girls (1987).
Dee Snider, cantante de Twisted Sister, dijo una vez que alguien debería estudiar que se esconde tras el hecho apiñarse frente a un escenario junto a un centenar de sudorosos fans que como tú corean las canciones de unos tipos vestidos de mujer que ponen tus testículos apretados en licra a un palmo de ti.
Sea como fuere y psicología aparte, los neoyorkinos Twisted Sister no lo tuvieron fácil para llegar al éxito. Tardaron más de una década en tener su primer contrato, se les tildó de ser una mala copia de Kiss y cuando alcanzaron una cierta notoriedad fueron acusados de subirse al carro del glam metal cuando estaba de moda.
Pero lo cierto es que el metal de los 80 no podría entenderse sin ellos ni sin la figura de su carismático (y un poco bocazas) líder.
Bien sea por elepés como Stay Hungry (1984), por retarse a guantazos con Manowar por un quítame allá esa testosterona o por la defensa que ante un tribunal tuvo que hacer cuando el retrógrado Centro de Recursos Musicales para Padres (PMCR por sus siglas en inglés) incluyó su archiconocido We’re not gonna take it en lo que llamaron «Las asquerosas quince», una lista de quince canciones que según ellos debían de ser censuradas cuando no directamente prohibidas. Llegados a este punto es inevitable dedicar unas líneas a esta carca institución.
La PMCR fue una asociación de mujeres de congresistas americanos que pretendían erradicar lo que llamaban mala influencia en el mundo de la música. No es difícil imaginar que un género que se identifica por hablar sobre sexo y drogas sin tapujos, además de mostrar una marcada tendencia al travestismo no era muy de su agrado.
Por lo que el heavy metal fue pronto victima de esta caza de brujas. En la lista de «Las asquerosas quince» había nada menos que 9 bandas de este género por letras explícitas sobre sexo, drogas o satanismo que compartieron el honor junto a Prince, Madonna o Sheena Easton.
Chicos malos, chicos buenos

W.A.S.P.
Otros que sentirían las iras del PMCR serían los angelinos W.A.S.P., claro que con canciones con títulos como Animal Fuck like a beast (directa al n.9 de «Las asquerosas quince») estaba cantado que acabarían llamando la atención de los vigilantes de la moral. La banda, formada por el cantante y bajiista Blackie Lawless, aprendió la lección sobre escenografía que Alice Cooper y Kiss llevaban décadas impartiendo, pese a que musicalmente la banda angelina se fueron por vericuetos más metaleros que sus predecesores.
Discos como su debut W.A.S.P. (1984) o The last command (1985) sentaron cátedra. Con la misma imagen impactante y una puesta en escena igual de espeluznante que con la que se dieron a conocer la banda prosiguió su carrera con álbumes más reflexivos y maduros musicalmente y letras en las que no estaba exenta la crítica política.
En el otro lado del espectro musical y totalmente alejados de la macabra parafernalia de los de Lawless, Bon Jovi se convirtió bien pronto en una banda superventas con su cantante forrando carpetas y protagonizando sueños húmedos por todo el mundo, pero que nunca descuidó la música.
Discos como 7800º Fahrenheit (1985) y sobre todo Slippery when wet (1986) de la que vendieron 30 millones de discos, los colocaron en lo más alto gracias a una solvencia musical fuera de toda duda. Sus inicios de permanente y ropas de colores fueron sustituidos después por una imagen más serena y un sonido cada vez más lejano de lo que se cocía en el panorama metalero de finales de la década.
A pesar de ello la banda siguió cosechando éxitos incluso cuando ya en los 90 se cortaron el pelo y se revelaron como fervientes seguidores de la estrella de Bruce Springsteen (por algo, además de compartir estado de nacimiento, Jon Bon Jovi se refirió siempre al boss como su gran referencia). Claro que quién no lo tendría.
Y siguiendo con músicos con pinta de no haber roto nunca un plato es inevitable referirse a los suecos Europe cuyo The final countdown sonó hasta el hartazgo en 1986. Quizá por la envidia de que todas las chicas soñaban con Joey Tempest o porque sonaban hasta en la emisora del enemigo (Los 40 Criminales en el argot de la época), pero en aquellos despiadados ochenta, un heavy de verdad se habría cortado el pelo antes que escuchar entero uno de sus discos.
Lo que es innegable es que el tiempo dio la razón a la banda escandinava y los que la acusaban de ser un simple montaje para vender discos se tuvieron que comer sus palabras. Además, son un ejemplo perfecto de como la estética hair metal se extendió por todo el globo. Pero volvamos a USA.

Cuando Look what the cat dragged in salió en 1986 uno tenía sus dudas viendo la portada si Poison se trataba de una banda compuesta por féminas o por tipos vestidos de mujer.
La banda de Bret Michaels llevó el travestismo en el metal un paso más allá, y desde luego consiguieron lo que buscaban, colocar su rock and roll desenfadado y plagado de referencias sexuales en lo más alto de las listas.
Sus disco de debut se coló entre los tres más vendidos ese año y repitieron éxito con Open Up and Say… Ahh! (1988).
Para entonces se habían quitado un poco de maquillaje y dejado en el cajón las medias de rejilla.
Y es que en los dos años que transcurrieron entre su primer y segundo álbum un terremoto había sacudido los cimientos del rock.
El seísmo había tenido lugar en Los Ángeles, la ciudad que ejemplificaba mejor que ninguna otra ese paraíso del rock and roll que fueron los ochenta. Sunset Boulevard, el club Troubador, la sala Whiskey a gogo y la continua llegada de músicos de todo el país que buscaban en la ciudad californiana cumplir sus sueños de ser una estrella del rock.
Ese es el escenario del que surgió Guns N’ Roses. Su estética macarra y una actitud que no les iba a la zaga les convirtieron en la banda más peligrosa del planeta y encarnación del viejo axioma de vive rápido y muere joven. Pero tras este puñado de tópicos estaba una banda que grabó un primer disco que revolucionó el mercado musical.
Appetite for destruction (1987) se convirtió en el disco de un debutante más vendido en la historia, pero sobre todo es el legado de un grupo de músicos en un momento de gracia que no volvería nunca.
La gelidez de Izzy Stradlin a la guitarra rítmica, los solos sucios empapados en Jack Daniels de Slash y la precisión de Adler y McKagan a la batería y bajo respectivamente, junto a la voz afilada como una cuchilla de Axl Rose conformaron un álbum único e irrepetible.
Canciones como Welcome to the jungle, Mr. Brownstone o Paradise city se convirtieron al instante en clásicos. ¿Y qué decir de Sweet Child o’ Mine y su riff de guitarra repetido hasta la saciedad en tiendas de instrumentos de todo el planeta?
Después vendrían los cambios de formación y la expulsión de varios de sus miembros, los rifirrafes continuos, los conciertos que acababan en caos como los de Montreal y finalmente la disolución en lo más alto y con tan solo de tres álbumes publicados.
Guns N’ Roses murió de éxito, pero durante los años que la banda estuvo en activo revolucionó el mundo de la música. De la noche a la mañana se multiplicaron las bandas que lucían tatuajes y llevaban el pelo engrasado para parecer un auténtico chico malo.
Grupos honestos y reales como Dogs D’amour o The Quireboys y otros que parecían recién salidos de la factoría de la multinacional de turno y que es mejor no mentar.
Mientras en España

Leño, con Rosendo Mercado a la cabeza.
Aunque los laureles de los ochenta se los ha llevado la Movida madrileña, existió otra movida surgida en los barrios obreros formada por músicos que pusieron todo su empeño, poco dinero, coraje y talento por hacer que el heavy en español tomara forma.
Una labor similar a darse de cabezazos contra una pared debido a la indiferencia de una sociedad que aún tenía muy presente los caducos conceptos del franquismo. Llevar el pelo largo en aquella España de comienzos de la democracia se convierte en sinónimo de quinqui o delincuente, cuando no directamente en una ofensa contra la cacareada masculinidad de la época.
En lo tecnológico el país está igual de atrasado, con instrumentos que parecen de juguete, profesionales de sonido que brillan por su ausencia y estudios de grabación del año de la polca. No hablemos de las discográficas y las radio fórmulas cuyo único incentivo es el dinero.
Esto que suena a batallita del abuelo es algo que hay que tener muy presente a la hora de hablar de los pioneros del heavy metal en este país. Pero antes de ir al lío, es importante reseñar dos subgéneros exclusivos de España, que sin ser heavys por definición se adentran en terreno metalero en muchas ocasiones.
El primero surge en las ciudades, donde los hijos de esa generación que en los sesenta se desplaza a las grandes urbes desde el campo dan rienda suelta a su inconformismo a golpe de guitarra. Es lo que se dio en llamar rock urbano, de los que grupos como Mermelada, Burning, Leño o Barricada son sus grandes representantes.
El otro nace en el sur de la península. El llamado rock andaluz que al calor de un nacionalismo que se revela tras la muerte del dictador Franco prende en una juventud cansada de estereotipos. Bandas como Triana, Alameda o Medina Azahara, cuyo giro hacia el heavy metal a finales de los ochenta es más que evidente.
Ya puestos a rastrear en el árbol genealógico del metal patrio, hay que hablar de bandas como Tarkus, Storm o Lone Star que dan los primeros pasos a comienzos de los 70 y cuya semilla la recogerá una nueva generación que como ellos se embarcan en la difícil aventura de hacer rock duro en español.
Grupos como Asfalto, Cucharada o Bloque, que orbitan en torno al sello discográfico Chapa, creado por Zafiro, gran impulsor del heavy metal en suelo patrio.
Leño es una de las primeras bandas en lograr éxito a base de guitarras distorsionadas (aunque no mucho). De trayectoria corta pero longevo recuerdo, el trío capitaneado por Rosendo Mercado se convierte a comienzos de los 80 en un fenómeno de masas de esa España recién salida de la dictadura de Franco que ansía libertad.
Sus clásicos Corre, corre o Maneras de vivir forman parte del acervo cultural de este país. Después, todos lo sabemos, la formación se separará y Rosendo comenzará una etapa en solitario que durará varias décadas y que lo convierten en leyenda viva de la música en español.

Barón Rojo.
Otra banda que alcanzará los laureles del éxito son Barón Rojo. Formados por los hermanos Armando y Carlos de Castro tras la disolución de otra banda pionera, Coz, llegarán a tocar en festivales en toda Europa como Reading y a vender 125.000 copias de su Volumen brutal (1982), una cifra a la que las estrellas pop españolas del momento ni se acercaban.
El éxito del disco y su proyección internacional hizo que grabasen una versión en inglés que tuvo unas buenas ventas y críticas a nivel internacional. Como detalle de su éxito es reseñable que la primera vez que Metallica tocaría en Europa lo haría teloneando al Barón en Holanda.
Pero hablamos de la España de comienzos de los 80 y los planes internacionales del Barón se vieron truncados por la falta de peculio y la poca visión de negocio de los promotores del momento. En 1985 darían un cambio de rumbo a su sonido con En un lugar de la marcha donde se incluye Hijos de Caín, himno no oficial del heavy español.
Se mantendrían durante años como el gran referente del metal nacional hasta que aflorasen los problemas internos del cuarteto que hicieron que la banda quedara en manos de los hermanos de Castro.
Si el Barón supo conectar con las élites rockeras del continente, Obús siempre supo acercarse al fan nacional de heavy de un modo natural. Su estética macarra y sus letras impregnadas de lo que se suele llamar escuela de la calle y una honestidad a prueba de multinacionales les convirtió en el grupo del heavy de verdad.
Discos como Prepárate (1981) o Poderoso como el trueno (1982) (ambos producidos por Tino Casal), la apabullante voz de Fortu antes de convertirse en carne de reality, y unos directos en los que no escatimaban ni esfuerzo ni dinero les hicieron ser el otro gran grupo del género junto a Barón Rojo que se comió el mercado en la primera mitad de la década.
Ambos conquistarían Sudamérica y cabalgaron a la cabeza de esa gran ola de metal que arrasó España esos años.

Un poco por detrás de los dos grandes estaba Panzer, la banda del que fuera locutor de Radio 3, Carlos Pina, que demostraba que Halford también había sentado escuela en España.
Álbumes como Sálvese quien pueda (1983) o Toca madera (1985) contienen algunas de las canciones más legendarias de esos años.
Como Galones de plástico, himno contra el servicio militar obligatorio, verdadero drama para los chavales de la época y tumba de no pocas bandas de rock.
Ñu, o lo que es lo mismo, José Carlos Molina, es otro de los históricos.
Sin vender nunca muchos discos, pero llenando todo local por el que pasaban, la mezcla de influencias celtas, medievales y heavy del grupo les ha hecho ser merecedores de la etiqueta de los Jethro Tull castizos, pero lo cierto es que su sonido siempre fue mucho más duro que la banda de Ian Anderson y solo los une el utilizar la flauta como espina dorsal de su música.
Tras una primera mitad de década a medio camino entre el hard rock y el folk, sería con discos como el directo No hay ningún loco (1986) y El mensaje del mago (1987) cuando destaparían el tarro de las esencias para marcarse dos discos fundamentales para el género.
A medio camino entre Madrid y Barcelona, Banzai fue otra de las bandas esenciales de los inicios del rock duro nacional. Fundados por el guitarrista Salvador Martínez, el nombre de la banda proviene de una canción que el músico había escrito para Miguel Ríos.
Tienen un gran éxito con su primer álbum, Banzai (1981) con verdaderos himnos quinquis como Coche rápido en la noche, pero los constantes cambios de formación que buscaban aportar estabilidad y una mayor experiencia no lograron que la banda se separara tras solo dos discos de estudio.
El segundo álbum, Duro y potente (1984) ya contaba con el malogrado José Antonio Manzano a las voces, leyenda del heavy español. A finales de los 80 se reunieron para grabar un disco en directo y siempre se rumoreó sobre su vuelta.

Barricada, capitaneados por El Drogas.
Pero el heavy metal no solo prende en las grandes ciudades. En Pamplona, Barricada mezcla lo que se dio en llamar rock radical vasco, caracterizado por letras y actitud combativa, con las guitarras hard rock.
La mezcla funciona y tras dos discos editados por un sello local, Noche de Rock and roll (1983) y Barrio conflictivo (1984), este último producido por Rosendo Mercado llaman la atención de RCA gracias a la mediación del de Carabanchel.
Su paso por la multinacional dura solo un año, pero durante el mismo dan a luz a No hay tregua (1986) que les abrirá las puertas del mercado nacional. Lo que vendrá después será una carrera exitosa y cuajada de grandes canciones que ha quedado para la historia.
En Lasarte (Gipuzkoa) nace Ángeles del Infierno, banda que antes de grabar su primer álbum ya había teloneado a Motorhead, AC/DC, y Saxon. Semejante bagaje se refleja en Pacto con el diablo (1984) el disco con el que debutan de la mano de Warner.
El siguiente Diabolica (1985) los pone en primera línea del metal que se hacía en España. La voz acerada de Juan Gallardo y unas letras donde no renuncian a la crítica social y política los aúpan a esa posición. Con los años conquistarían México, donde siguen teniendo un estatus de estrellas.
Dentro de la corriente del glam metal que triunfaba en el resto del mundo destaca la figura de Sangre Azul, quizás el intento más serio por crear una banda española que pudiese tener repercusión internacional. Desgraciadamente se quedó solo en intento, pese a dejar tras de sí discos como Obsesión (1987) o Cuerpo a cuerpo (1987).
Otras bandas como Niagara o Tritón también lo intentaron con el mismo y frustrante resultado. No será hasta la llegada de los 90 que las bandas nacionales tuviesen un cierto éxito más allá de sus fronteras.
Atrás quedan un puñado de grupos que no caben en este artículo. Bandas como Bella Bestia, Sobredosis, Santa, Evo, Tarzen, Muro, Legión, Hiroshima, Lanzelot o Leize que aportaron su granito de arena, muchas veces ante la incomprensión y desprecio de un país atrasado y que recelaba de lo diferente y de una industria discográfica corta de miras.
Mientras, en el resto de mundo una nueva generación de músicos cargados de decibelios y actitud estaba a punto de desencadenar un maremoto. Hijo bastardo del metal y del punk, el trash metal y todas los subgéneros que parió se asomaban al panorama musical de la segunda mitad de la década.
Años 80 (II). Thrash metal y el lento declive
El glam metal triunfa en todo el globo y de debajo de cada piedra salía un puñado de un grupos listos para emular a sus ídolos. El hard rock es por primera (y única vez) un estilo mayoritario. Pero los fans más duros y rocosos del metal no se han quedado de brazos cruzados.
Durante toda este festival de pelos cardados, ropas de colores y videos de la MTV han permanecido fieles a sus ideales. Reuniéndose en locales pequeños, trapicheando con maquetas de escasa calidad y fanzines baratos. Afilando los colmillos. Alimentándose de bandas alejadas de los medios masivos y flirteando con el hardcore y el punk.
De esta sopa primitiva y ruidosa surgirá una criatura destinada a remover los cimientos del género.
Más rápido, más alto, más fuerte

Los alemanes Kreator.
El thrash metal nace casi al mismo tiempo en medio planeta. Desde el norte de Europa hasta las islas británicas, desde Estados Unidos a Sudamérica el objetivo es tocar más rápido, más alto y fuerte de lo que nadie ha hecho hasta entonces. Bandas como Venom en Inglaterra o Kreator en Alemania siguen la estela de Motörhead o Accept, verdaderos pioneros en esto de tocar al límite y subir el volumen de sus amplificadores en busca de un sonido más extremo y duro.
Pero la codificación del nuevo estilo se dará en un lugar concreto: la bahía de San Francisco, el mismo escenario al cual cantó Scott McKenzie recomendando llevar flores en el pelo.
Los tiempos del amor libre y el hipismo estaban muy lejanos a comienzos de los ochenta, cuando del idilio del hardcore estadounidense y el heavy metal de la NWOBHM saldrá un puñado de bandas que sentarán las bases del nuevo estilo.
Sin embargo, la banda encargada de dar su forma definitiva al thrash no nacerá en la ciudad del amor, sino en Los Ángeles (aunque se mudarán a la sombra del Golden Gate en 1983), donde Lars Ulrich y James Hetfield darán rienda suelta a su pasión por el metal formando una banda destinada a llegar a lo más alto: Metallica.
Tras varios cambios de formación, incluyendo la expulsión por la vía rápida de un personaje del que luego hablaremos, Dave Mustaine, encuentran en el bajista Cliff Burton y el guitarra Kirk Hammett las dos piezas que le faltaban para completar el rompecabezas.
Unas cuantas maquetas y recopilatorios después lanzan en 1983 Kill ´em all donde recogen toda la energía de la nueva escena. Con Ride the Lighting (1984) amplían sus horizontes musicales, aunque una parte de sus fans los criticará por ello, una constante en la historia de la banda, y que también los acompañará en 1986 cuando graben Master of Puppets, uno de los álbumes imprescindibles de la historia de la música.
Durante la gira de ese mismo disco un accidente de tráfico segará la vida de Burton y a punto está de acabar con la de la banda. Sin embargo se rehacen y con un nuevo bajista, Jason Newsted firmarán su siguiente álbum, …And justice for all (1988), ya con una multinacional que llevará a la banda a convertirse en una de las más grandes de todos los tiempos y azote de descargas ilegales.

Slayer.
El habitual gusto por lo macabro que ha acompañado siempre al heavy metal alcanzó cotas nunca vistas con la llegada del thrash metal. Como oposición al hard rock colorista y despreocupado que sonaba en las emisoras de radio fórmula, el satanismo, la glorificación de la violencia, el culto a la muerte y a todo cuanto la rodea prenden en el nuevo género con fuerza.
Expertos en estas lides son Slayer quienes a lo largo de las casi cuatro décadas que llevan dándole al ruido han sido acusados de ser nazis, satanistas, glorificar las drogas, ser supremacistas blancos e incluso de simpatizantes de la Yihad islámica. Un currículo inmejorable que se empezó a gestar cuando los guitarristas King y Hanneman se aliaron al bajista y cantante Tom Araya y al batería Dave Lombardo.
Dentro de la dinámica de autofinanciarse sus propios discos, muy común en los comienzos de un estilo tan marginal, sacan Show no mercy en 1983.
A él le seguirán, ya de modo menos amateur, Hell awaits (1985) y Reign in blood (1986) un disco que conviene no dejar al alcance de alguien con problemas de corazón debido a la rapidez con la que está tocado. Desde entonces Slayer ha cuajado una carrera más o menos continua que los ha convertido en leyenda viva del metal.
Paralelo al nacimiento del thrash surge otro estilo igual de extremo cuya premisa quedaba clara con su solo nombre, es el llamado speed metal. Las frontera que separaba esta sub-etiqueta del thrash era tan fina que en ocasiones hay que hacer un verdadero ejercicio de funambulismo para diferenciar ambos estilos.
Grupos como Overkill, Annihilator o Metal Church hacían del tocar deprisa un arte al alcance de unos pocos. De entre todo aquel puñado de bandas caracterizados por el gusto por los riffs veloces, el doble bombo y los punteos frenéticos, Anthrax ha llegado hasta nuestros días como uno de los grandes, gracias entre otras cosas a algunos elementos que los diferenciaban del resto.
Para empezar la banda formada por Scott Ian contaba con un vocalista que sabía cantar, el italoamericano con ascendía iroquesa Joey Belladonna. Por otro lado el grupo neoyorquino se alejaba de la temática macabra de otros grupos y se decantaba por una concepción más divertida de la vida, sin renunciar a la crítica social en sus letras, acercándolos al hardcore de bandas como Suicidal Tendencies.
Álbumes como Spreading the disease (1985) o Among the livings (1987) los alzaron a lo más alto entrando incluso en el top 100 de discos más vendidos en varios países. Además tienen el dudoso honor de ser los autores materiales de la indescriptible I’m the man, uno de los primeros intentos en fusionar rap y metal.
La expulsión de Dave Mustaine de Metallica, a la que antes nos referíamos, está entre las más crueles y ofensivas de la historia del rock.
Aunque es cierto que los excesos del guitarrista con el alcohol lo convertían en una especie de Mister Hyde, que aquellos a quienes consideras tus colegas te saquen de la cama aún sin recuperarte de los efectos etílicos de la noche anterior, te anuncien que estás fuera del grupo que has ayudado a formar y te metan en un autobús a casa sin dar más explicaciones no debe de ser agradable.
Quizá por ello la venganza de Mustaine empezó a fraguarse durante las casi 40 horas de viaje que tenía por delante. De ahí surgió la idea de Megadeth. La banda no solo se abrió camino entre la dura y competitiva escena thrash californiana, sino que acabó por consolidar una de las carreras más firmes en la historia del género.
Discos como Peace sells… but who’s buying? (1986) y So far, so good… so what! (1988) los encumbraron a lo más alto. Para los amantes de los culebrones, tras décadas de mal rollo declarado, finalmente Dave Mustaine y Metallica firmaron la paz en 2011.
No se puede concluir el repaso por este subgénero sin mencionar a bandas como Sodom, Nuclear Assault, Exodus, Testament, los ya citados germanos Kreator y Tankard o Sepultura, de Brasil, donde el thrash prendió a mediados de los ochenta para regalar al mundo un ingente número de bandas interesantes.
El thrash metal fue poco a poco perdiendo fuelle a medida que dejaba de ser algo fresco y nuevo y se convertía (demasiado a menudo) en una caricatura de sí mismo, pero dio a luz a toda una ramificación de subgéneros, etiquetas y estilos secundarios donde es fácil perderse.
El death metal de Morbid Angel y Napalm Death, el doom metal de Candlemass o el black metal de bandas como Gorgoroth o Mayhem y que ha contribuido al PIB de Noruega tanto como el salmón ahumado. Bandas que han aportado a la historia de la música las voces guturales, letras oscuras y una miríada de logos de bandas indescifrables. El legado de un subgénero de corta existencia, pero que dejó una huella imborrable en toda una generación de rabiosos adolescentes.
Nuevos sonidos

Tesla
A espaldas de todo este submundo metalero, las grandes discográficas siguieron apostando por el heavy metal, sobre todo en Estados Unidos, donde el fenómeno estaba lejos finalizar y seguían surgiendo un aluvión de bandas.
Sin embargo, el embrujo del glam metal empezaba a decaer y se abrían paso nuevos sonidos, muchos de ellos trayendo del pasado elementos asociados al rock de los setenta como el blues, que se pone de moda a finales de la década. El maquillaje y la lentejuela dan paso poco a poco a producciones maduras que, sin embargo, seguían colándose en las listas de éxitos.
En Sacramento nace Tesla, una de esas bandas que hacen bueno aquello de que hay que honrar el pasado. La mezcla de hard rock y blues de la que siempre hicieron alarde y la carismática voz de Jeff Keith fueron responsables de que tuvieran una carrera fulgurante que cristalizó en la venta de más de 14 millones de discos y en un puñado de canciones para el recuerdo.
Aunque siempre fueron poco conocidos en Europa, discos como Mechanical Resonance (1986) o The great radio controversy (1989) son de lo más interesante y refrescante que se hizo en la segunda mitad de los ochenta. Ya en 1990 fueron pioneros en eso de los unplugged con Five man acustic jam, inaugurando una moda a la que la todopoderosa MTV sabría sacar rédito.
Otros que supieron traer al pasado un sonido setentero fueron Cinderella, cuyos inicios dentro del glam metal más ortodoxo no pronosticaban la enorme banda en la se convertirían. Por aquel entonces el superventas Night songs (1986) se situaba entre los tres discos más vendidos del año.
Pese a ello la prensa especializada los acusaba de ser una mala copia de AC/DC, una etiqueta injusta ya que las similitudes de ambas bandas empezaban y acababan en el parecido de las voces en falsete de Tom Keifer y Brian Johnson.
Con Long Cold Winter (1988) se sacaron la espinita y la crítica hubo de destaparse ante la evidencia de estar ante una de esas bandas destinadas a ser muy grandes. Por desgracia nos quedamos sin saber hasta dónde habrían llegado. Como la Cenicienta de la que tomaban nombre, a medianoche el carruaje se convirtió en calabaza con el cambio de década y su fama fue poco a poco evaporándose. Nos quedan cuatro discos irrepetibles para recordarlos.
Si eres de los que creen que el heavy metal suena siempre igual te invitó a que eches un vistazo a la discografía de Queensrÿche. Está repleta de discos arriesgados fruto de hondas reflexiones y un espíritu experimentador, donde el autoplagio no tiene cabida.
Tardaron en encontrar el éxito desde que se formaran en Seatle en 1981. No sería hasta el disco conceptual Operation Mindcrime (1988) que seguía la senda de discos míticos contadores de historias como The Wall de Pink Floyd o Tommy de The Who, si bien es cierto que sus dos anteriores álbumes fueron disco de oro en Estados Unidos.
Después llegaría Empire (1990) con el que se colarían en el top 50 de los discos más vendidos. Desde entonces se han convertido en una de las bandas en activo más longevas y si eres fan de las etiquetas apunta que se les suele llamar los padres de eso que se acabó llamando progressive metal, un terreno que abonaron y que luego transitarían grupos como Dream Theater.

Queensrÿche.
En Alemania la huella dejada por Accept es lo bastante profunda para que haga que brote toda una nueva hornada de bandas de thrash y al mismo tiempo influir en una panda de hamburgueses que estaban destinados a abanderar un nuevo subgénero.
El grupo formado por el guitarra y vocalista Kai Hansen resolvió cambiar su nombre original, Gentry, por el que serían conocidos en todo el mundo: Helloween. Además decide que tiene bastante con tocar la guitarra y deja lo de cantar a otros. En ese contexto la incorporación del jovencísimo cantante Michael Kiske es determinante para encontrar el sonido que los caracterizaría a partir de entonces.
Ritmos acelerados, ecos de música clásica e incluso folclore alemán y una atmosfera épica que transportaba al oyente a cualquier páramo salido de la mente calenturienta de Tolkien, o lo que es lo mismo, lo que luego se llamaría power metal y que tiene en la banda alemana a sus padres.
The keeper of the seven keys Part. 1 (1986) y su segunda parte de 1988 están entre las producciones más excitantes de la escena metalera del momento.
Un poco más al norte y ahondando en la temática de las artes oscuras y el satanismo tan presente en el género, el peculiar vocalista King Diamond, renace de las cenizas de los extintos Mercyful Fate para reinventarse en un híbrido entre Alice Cooper y Rob Halford.
Dotado de una voz muy particular que le hace navegar sin problemas entre aguas tan opuestas como el sonido gutural y el falsete, Kim Bendix (nombre real) se sacó de la manga un puñado de discos en la segunda mitad de los ochenta que le hicieron merecedor de elogios por parte de fans y crítica. Abigail (1987) y Them (1988) son álbumes clave para entender el momento por el que pasaba el metal.
Su imagen a base de maquillaje estrafalario que le valió la amenaza de una amenaza de demanda por parte de los mismísimo Kiss, le han convertido en un icono fácilmente reconocible.
En la América de Reagan surgirá un nuevo estilo que se autocatalogará sin ningún rubor metal cristiano. Nacido para contrarrestar la manifiesta presencia del Maligno en el rock y el estilo de vida pervertido de tanto melenudo, seguía la tradición norteamericana de mezclar lo popular con lo sacro, o sea, la pasta y lo espiritual.
El subgénero, también llamado a veces heavenly metal, tiene en Trouble y Whitecross a dos de sus piedras fundacionales. Pero el éxito masivo de Stryper hace que sean la pieza más reconocible de este puzle de claro tufo republicano.
Su peculiar imagen a base de rayas horizontales amarillas y negras ha pasado a la historia con el grado de infamia que merece. Pero lo cierto es que la banda tiene un puñadito de discos de lo más aprovechables en lo musical. To hell with the devil (1986) e In God we trust (1988) demuestran que detrás del mensaje religioso anidaba una banda con las ideas claras.
Su manía de lanzar biblias al público no fue del agrado de todos los religiosos, quizá por ello en los 90 anunciaron que su fe andaba un poco de capa caída y dejaron atrás el rollo religioso… como diría Matías Prats: no estaban muy católicos.

Es imposible abarcar la totalidad de bandas que en aquella segunda mitad de los ochenta aportaron su granito de arena a que la burbuja del metal continuase creciendo. Bandas como Dokken, White Lion, Savatage, Y&T, Triumph, Warrant, Ratt, Skid Row o los inefables Manowar, imposibles de clasificar con esa pose de macho en plena sobredosis de testosterona.
Paralelo a toda esta escena, surge a comienzos de los 80 un estilo focalizado en oyentes más maduros y con letras que se alejaban de las habituales temáticas del género.
Es el Adult Oriented Rock o AOR. En realidad es un intento descarado por colocar a bandas que se alejan de la pose y discurso habitual del glam metal y atraer con ello a un público al que las canciones que hablan de dragones y demonios les pilla un poco talluditos, pero que se niegan a renunciar a la falsa sensación de eterna juventud que el rock ofrece.
Una suerte de coctel en el que se incluye grupos supervivientes de los setenta como Journey, Supertramp, Toto o Foreigner o recién llegados como Waysted o Brian Adams, cuyos primeros álbumes son imprescindibles para entender este subgénero.
A su éxito contribuye la popularización de la balada heavymetalera incluso en oyentes no habituales al estilo. Grupos como Whitesnake, White Lion o Europe colocan sus baladas en lo más alto de las listas, y pocos son los discos que no incluyen por lo menos un tema lento para dar gusto a orejas más amplias y de paso colarse en las emisoras de radio ajenas al metal.
De entre todos destaca Scorpions, que hicieron de los tempos lentos un arte que llevó a su discográfica a lanzar un par de recopilatorios que solo contenían las canciones más suaves del material de los alemanes.
Los héroes del hacha

El sueco Yngwie Malmsteen.
Un repaso a lo que dio de sí la década en lo que a metal se refiere no estaría completa sin los guitar heros. Una suerte de talentosos virtuosos y experimentadores natos que hicieron de la guitarra y los solos a toda velocidad los grandes protagonistas de sus producciones en la segunda mitad de los ochenta.
Está claro que en un género en el que la guitarra es el instrumento en torno al que se construye todo, los guitarristas han atraído siempre las miradas sobre el escenario.
Tras Hendrix la irrupción del recientemente fallecido Eddie Van Halen lo cambió todo y los solos de guitarra son a partir de él una parte fundamental de cualquier canción de heavy metal, y la excusa perfecta para que el guitarrista de la banda saque lo mejor de su bolsa de trucos para deslumbrar con su técnica.
El éxito comercial del heavy genera un verdadero tsunami de guitarristas que compiten por ser los más rápidos y los que más notas meten en un solo. Los pistoleros más veloces a este lado de la frontera.
De entre toda esta saturación de fusas y semifusas destaca bien pronto la figura de Yngwie Malmsteen. Este sueco de nombre impronunciable es el responsable de miles de casos de tendinitis de muñeca de los pobres incautos que creían poder emular la velocidad de su mano izquierda subiendo y bajando por el mástil de su Fender Stratocaster.
Fiel alumno de Blackmore ha fraguado una carrera a costa de ser un guitarrista hiper veloz que ha llegado a grabar un disco con una orquesta sinfónica y al que durante los primeros años de internet se le atribuía una inexistente colaboración con el mismísimo Paco de Lucía.
Sea como fuere, los seguidores de este maestro de las seis cuerdas le cuelgan la paternidad de algo que se dio en llamar neoclassical metal que fusionaba los ecos inmortales de Bach o Beethoven con la distorsión y la fantasía heroica.
Guitarras virtuosos como Vinnie Moore, Tony MacAlpine (quien acabaría virando hacia estilos más personales e interesantes), Paul Gilbert (que formaría Racer X y después los exitosos Mister Big junto al bajista Billy Sheehan), Uli Jon Roth (ex Scorpions), Jason Becker o Marty Friedman son buenos ejemplos de lo que sucede cuando la técnica y las escalas tocadas a velocidades cercanas a las de la luz coinciden.
Precisamente los dos últimos capitanearían un proyecto llamado Cacophony que llevaría el asunto de tocar con precisión y rapidez a niveles nunca ante
s vistos.
Ajeno a este género pero dueño de una carrera en solitario que sería la envidia de cualquier guitarrista sobresale Joe Satriani. Tanto en solitario como en cualquiera de sus proyectos grupales este neoyorquino ha convertido un simple trozo de madera, electrónica y metal en una herramienta capaz de transmitir cualquier emoción humana.
Su álbum Surfing with the alien (1987) consiguió colocarse como el disco instrumental más vendido de la historia en los EE.UU. Discreto y humilde es uno de esos tipos que se les ve realmente felices sobre un escenario y la naturalidad con la que parece hacer todo es un plus en un género tan dado al artificio.
Puede además presumir de haber sido profesor de músicos de la talla de Kirk Hammett (Metallica) y de nuestro siguiente protagonista.
Steve Vai comenzó su carrera con nada más y nada menos que Frank Zappa, un aval de que su excelencia musical estaba fuera de toda duda. Ya en 1983 lanza su primer disco en solitario que lo coloca bajo el foco de cualquier fan de la guitarra que se precie.
La técnica depurada, pero sobre todo la elegancia y afán experimentador del disco hace que se interesen por sus servicios David Lee Roth, quien acababa de abandonar Van Halen. El tándem deja para la historia dos álbumes irrepetibles, Skyscraper (1988) y Eat ‘em smile (1986), en cuya introducción la guitarra de Vai habla literalmente con Roth.
El éxito afianza al guitarrista como uno de los músicos más electrizantes de la escena metalera del mundo. Junto a Coverdale y sus Whitesnake grabaría el magnífico Slip Of The Tongue (1989) tras el cual se lanza a una carrera en solitario que lo convertirá en uno de los guitarristas más influyentes de la historia.
Por cierto, que se le puede ver interpretando al guitarrista del diablo junto a Ralph Macchio en la cinta Cruce de caminos (Walter Hill, 1986).
Las chicas también son rockeras

Warlock con Doro Pesch en el centro.
No sería justo concluir este repaso a lo que supuso la subcultura del heavy metal sin hacer aunque sea un breve inciso al papel de las mujeres en el género. Un rol menor en cuanto a cantidad, que no calidad, y que deja tras de sí el legado de un puñado de discos y canciones imprescindibles para cualquier amante del metal.
Si ellas nunca lo han tenido fácil en nada, un mundo tan cargado de testosterona como siempre fue la escena del heavy metal no iba a ser una excepción. La cosificación de la mujer en videoclips y portadas de discos y en general como parte de una iconografía en las que solo tenían cabida como meros objetos del deseo masculino con poca ropa no ayudó.
Para los fans del género las mujeres tuvieron siempre que demostrar que estaban sobre un escenario por razón de su talento, mientras que para sus detractores tuvieron que cargar con etiquetas que hoy parecerían poco más que de la edad media.
Pero lo cierto es que siempre hubo mujeres y grupos musicales compuestos por mujeres. Pioneras como las Girlschool o L7, víctimas de la moda del glam metal como Lita Ford o Vixen o los alemanes Warlock con Doro Pesch al frente; y sin ir muy lejos, en España la malograda Azuzena Dorado. Mujeres que dejaron claro que el talento no es una cuestión de género o sexo y allanaron el camino que siguieron una legión de mujeres después que reclamaron su lugar en el rock.
Y llegó el grunge

Nirvana
A finales de los ochenta el éxito del metal parecía no tener fin. Las bandas seguían vendiendo millones de discos, sus vídeos no dejaban de ser programados por la todopoderosa MTV a todas horas. Nada parecía presagiar lo que sucedería.
Pero lo cierto es que la llegada de la nueva década los gustos cambiaron. El interés del público fue progresivamente virando de la teatralidad del heavy metal hacia estilos menos dados al exceso y que hacían de la sencillez y la falta de técnica musical una virtud.
La irrupción del grunge cambió las reglas del juego. De repente los pelos cardados y las ropas de colores fueron sustituidos por las camisetas de leñador y los vaqueros raídos. Los conciertos en grandes estadios cargados de watios de luz y sonido dejaron paso a las salas pequeñas donde se daba una atmósfera intimista que hacía que regresara la química entre el músico y el espectador.
El nuevo paradigma capitaneado por Nirvana o Pearl Jam se llevó por delante la carrera de muchos de las bandas de las que hemos hablado durante estos tres artículos. Ya no importaba tocar mejor, sino transmitir. Era la democratización de la música. El derrumbe del mercado musical por parte de una industria que no supo adaptarse a la era de internet dio la puntilla a bandas que, pese a todo, se las han ingeniado para mantenerse en activo, algunas de ellas con cinco décadas a sus espaldas. ¿Podrán decir lo mismo los ídolos musicales actuales?
nuestras charlas nocturnas.

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