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Historia de los utensilios diarios (III) …


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El espejo:

curiosfera  —  Gracias a los espejos hoy en día somos perfectamente conscientes del aspecto que tenemos, gracias a su fiel reflejo. Conocemos nuestra cara y hemos visto cómo íbamos creciendo y cambiando, pero este hecho tan habitual ha sido excepcional durante mucho tiempo.

Para conocer los orígenes de los espejos debes saber que un espejo bien hecho es algo relativamente difícil de conseguir, por lo que al principio se tenían que contentar con el reflejo obtenido de una capa de algún metal bien aplanado.

Hemos encontrado espejos en el antiguo Egipto hechos con láminas de cobre o de algún otro metal bruñido. No eran perfectos, pero iban mejor que mirar sobre la superficie del agua.

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Espejos primitivos realizados solo con metal

En todo caso, se trata de espejos de tocador,  y no de los grandes espejos de que actualmente podemos disfrutar.

Y lo mismo sucedió en la civilización griega y en el gran imperio romano, hasta que llegó el siglo XVI.

Se puede afirmar que los inventores del espejo fueron los venecianos (Italia) en el siglo XVI.

En esta ciudad existían verdaderos maestros en el arte de trabajar el vidrio.

Descubrieron la manera de hacer espejos de vidrio de tamaños más grandes y de mucha mejor calidad.

Con estos nuevos espejos más grandes y hechos de metal cubierto con vidrio el invento se fue extendiendo rápidamente por toda Europa primero, y posteriormente a Asia y América.

Actualmente, los espejos de las casas tienen una capa muy fina de metal y una cubierta de vidrio encima. Este vidrio protege el metal y evita en parte la oxidación.

Pero, de espejos, hay otros tipos aparte de los que tenemos en el lavabo. Muchas tecnologías dependen de la luz y, por tanto, disponer de buenos espejos resulta imprescindible.

Por ejemplo, cuando hablamos de telescopios, solemos pensar en grandes lentes de cristal, pero ahora la mayoría de los telescopios trabajan con espejos.

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Podemos conseguir una imagen ampliada desviando los rayos de luz con una lente, pero también podemos hacerlo con un espejo.

Y el espejo ofrece más calidad y menos problemas.

Otros espejos con una historia curiosa son los que dejaron los astronautas de las misiones Apolo cuando fueron a la Luna.

Ahora podemos medir exactamente la distancia entre la Tierra y la Luna gracias a aquellos espejos.

Se envían haces de luz láser que se reflejan en los espejos. Como conocemos la velocidad de la luz, podemos medir con mucha precisión cuánto tarda la luz a devolver, y con este dato es fácil calcular la distancia. Algo muy similar sucede con los radares.

Y también hay espejos de gran calidad. Los que tenemos en casa parecen muy buenos, pero en realidad pierden mucha luz al reflejar los rayos. En un espejo perfecto, toda la luz que llegara saldría reflejada.

De hecho, no sólo la luz, sino todas las radiaciones electromagnéticas. Y es que a menudo no recordamos que la luz no es más que una radiación de determinada longitud de onda.

En la práctica, esto es muy complicado. De todos modos, sí se han conseguido materiales que reflejan un porcentaje muy alto de la luz que les llega, y también materiales que lo hacen aún mejor, pero sólo para algunas longitudes de onda.

Cada tipo de espejo de estos tiene sus aplicaciones, que no son precisamente mirarnos la cara por la mañana. Las aplicaciones de estos “superespejos” van desde las comunicaciones hasta los sistemas de guía de misiles o las técnicas de microcirugía con láser.

En realidad, hay días que de buena mañana se agradece que el espejo de toda la vida no sea perfecto. De hecho, tal vez podría absorber un poco más la luz y ahorrarnos algún disgusto.

La Cafetera:

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Hoy en día, basta con apretar un botón de tu cafetera y en pocos segundo tienes preparado un sabroso café.

Si lo pides en una cafetería en un minuto te lo sirven, todo gracias a este electrodoméstico.

La historia de la cafetera es, como muchos otros inventos, algo imprecisa, ya que durante el siglo XIX y principios del siglo XX ven la luz una serie inventos, sistema y patentes sobre este electrodoméstico.

Por este motivo vamos a tratar de ser lo más rigurosos posibles en nuestra explicación. Pero vaya por delante que los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo en establecer cuál fue en realidad la primera cafetera del mundo.

El inventor de la cafetera es Sir Benjamin Thompson (1753 – 1814), más conocido como Conde de Rumford. Un inventor y físico británico que nació en Estados Unidos.

Pasó gran parte de su vida en Inglaterra y en Alemania. Inventó y mejoró un sinfín de máquinas, chimeneas, hornos industriales, utensilios de cocina y, como no, la cafetera por goteo a finales del siglo XVIII.

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Tal y como hemos comentado en el punto anterior, el inventor de la cafetera, Benjamin Thompson paso gran parte de su vida como inventor entre Alemania e Inglaterra.

Por este motivo no se sabe con certeza en cuál de los dos países es donde se inventó la cafetera.

Otra cafetera más perfeccionada y la que se llevó todo el éxito y reconocimiento sería inventada a principios del siglo XIX por el farmacéutico de Rouen (Francia) François Antoine Descroisilles, en 1802.

El invento recibió el nombre de cafeolette: constaba de dos recipientes superpuestos separados por un filtro, a través del cual se conseguía un café más puro, libre de posos y solajes.

Años después, el también francés químico A. Cadet hizo cafeteras de porcelana. El diseño y la técnica se aplicaron a perfeccionar la cafetera mientras la ciencia médica se manifestaba en contra de su consumo.

Como de costumbre, los médicos se enfrentaban a la opinión general y aguaban la fiesta a los amantes de lo bueno.

Acaso el triunfo del café esté en la oposición que le hicieron los médicos del siglo ilustrado; cuando a Federico I de Prusia le quiso privar su médico de tomar café, el monarca contestó condescendiente: ‘Descuidad, ya bebo menos, doctor, pues he bajado a seis tazas por la mañana y una jarra entera a la hora de la comida’.

Como todo, el café evolucionó, y con él la cafetera. El café instantáneo no tardó en aparecer, y a todos pareció que aquello acabaría con la cafetera.

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Ya en 1905 Ludwig Roselius había inventado un procedimiento para descafeinarlo.

Pero el invento de mayor trascendencia en el mundo del café fue el café Express en 1946.

Para él se diseñó la cafetera llamada Moka Express en 1932 en Italia, fruto del ingenio de Renato Biachetti y Alonso Biachetti.

Aquella máquina funcional y de bella apariencia hizo del hecho sencillo de preparar el café matinal una costumbre sugestiva.

La cafetera se incorporaba al mundo del diseño artístico, al llamado art déco, de la época.

Doce o trece años después, en 1946, otro italiano, Achilles Gaggia, creó la máquina que lleva su nombre.

Y, aunque el café expreso existía desde finales del XIX, este invento hizo posible la difusión del café a escala universal.

Ya entonces se decía en España, México, Argentina, Colombia y otros países de Suramérica que el buen café lleva en su nombre las cualidades que debe tener: caliente, amargo, fuerte, escaso.

A continuación puedes ver un resumen de la historia de la cafetera en forma de cronología o línea del tiempo (timeline):

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  • Año 1800: El francés Jean Baptiste de Belloy, arzobis­po de París, inventa la primera cafetera. Se añade agua caliente en la parte superior y ésta se cuela poco a poco a través del café molido hasta el recipiente inferior. Este sistema se llama de percolación.
  • Año 1825: Un alemán llamado Loeff inventa una cafetera formada por dos globos de vidrio unidos, con el café en el superior y el agua en el inferior. Cuando el agua hierve sube a través de un filtro al recipiente superior y se mezcla con el café. Al apagar el fuego, vuelve a bajar. Esta cafetera se llama Cona.
  • Año 1844: Louis Gabet inventa una cafetera en que los recipientes se hallan uno al lado del otro. Se denomina siphon balancier. Un escocés llamado Napier inventa un sistema parecido pero más simple que se hará servir en Gran Bretaña.
  • Año 1866: El norteamericano William Edson reinventa la cafetera Cona. Dos años después, el alemán Julius Petcsh y el ruso Stephen Buymtzky mejoran el invento dándole una forma asimétrica al recipiente superior, de manera que una vez lleno del agua con café, bascula para dejar caer el líquido de nuevo en el inferior y apaga el fuego. Una vez vacío, vuelve a bascular y gol­pea un timbre avisando de que el café está hecho.
  • Año 1873: Primera patente en EE.UU. de una cafetera de émbolo.
  • Año 1895: Primeras cafeteras italianas de presión de vapor. El agua atraviesa el café en forma de vapor, luego condensa y desciende.
  • Año 1908: Invención de la cafetera de filtro de papel a partir de una idea del ama de casa alemana Melitta Benz, que dio nombre a este sistema.
  • Año 1933: El italiano Caliman pone a punto la verdadera cafetera de émbolo, con un ajuste que impide que los posos se mezclen con el café
  • Año 1940: El alemán Peter Schlunbohm, emigrado a Estados Unidos, perfecciona la Melitta con vidrio Pyrex.
  • Año 1948: El italiano Achille Gaggia perfecciona la cafetera expreso inventada a principios de siglo por Luigi Bezzera. El agua hirviendo atraviesa a presión un recipiente con el café molido por percolación.
  • Año 1972: Primera cafetera automática de filtro. Funciona según el principio de percolación y a la vez de infusión con vapor calentando el agua mediante resistencias eléctricas.

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Leyendas aparte, el café se bebía en Siria y Turquía no antes del año 1420.

En Europa no hubo noticia de esta sustancia hasta 1591, año en el que un botánico italiano describió una planta que decía haber visto crecer en un jardín de El Cairo.

A Europa fue traída por los venecianos en 1615, si bien es cierto que el viajero español Pedro Teixeira, de vuelta de un viaje que hizo a Turquía, habla del café en 1610 en estos términos: ‘Una bebida que llaman allá el kaoah, de simiente hendida, tostada y negra como la pez’.

En Europa hubo sus más y sus menos al respecto de la conveniencia de beber tan novedoso brebaje. Algunos incluso aseguraban que tal vez no fuera lícito adoptar por bebida algo propio de los países infieles.

Sin embargo, el papa Clemente VIII, disipó aquella duda bebiendo él mismo ante la Curia de cardenales y ante quienes quisieran verlo, una buena taza de café mientras decía socarrón: ‘No siempre todo lo de los infieles es cosa mala, hijos carísimos’.

Parece que la primera cafetería se abrió en Londres hacia 1650, aunque los primeros en hacer negocio con el café fueron dos hermanos armenios que abrieron sendas cafeterías en las calles parisinas de Saint-Germain y De Bussy, y no contentos con su clientela habitual, ante la acogida y favor dispensado a la bebida del momento, fletaron una tropa de vendedores ambulantes que llevaban el líquido de moda por toda la ciudad al grito de “prueben la bebida del día”‘.

Tanto gustó que en 1693 ya había en París más de trescientas cafeterías y otras muchas en Marsella, donde al parecer se inventó el carajillo, es decir, añadir ron al café. Aquellos carajillos o café fuerte eran cada vez más ron que café, como cabía esperar de la marinería, clientela habitual de los bares del viejo puerto mediterráneo.

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De Marsella café y carajillo viajaron por todo el mundo.

En las primeras décadas del XVIII el café se vendía también en las farmacias.

Lo había puesto de moda el embajador turco ante la corte de Luis XIV.

No agradó, sin embargo, el aspecto oscuro de brebaje extraño que tenía, pero la novedad era la novedad, y un ejército de esnobistas atentos a lo insólito y a lo nuevo, a lo extravagante y especial adoptó el café en fiestas públicas y banquetes privados haciendo de esta bebida objeto de tono y prestigio social, y el pueblo —allá va la soga donde va el caldero— se apuntó a la nueva moda.

Pero lo que más potenció el uso del café a escala popular y consolidó su uso en las casas fue el invento de la cafetera a finales del siglo XVIII.

Como tantas otras cosas, este invento fue obra del enigmático conde de Rumford, devoto de Baco antes de consagrarse al apostolado del café. Sobra decir que con la invención de la cafetera esta bebida cobró un gran auge.

La Chimenea:

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La chimenea es una solución arquitectónica de aparición relativamente tardía. Los griegos, aunque tuvieron una palabra para ella, no la conocieron realmente.

A lo más que llegaron fue a practicar un agujero en el techo para dar salida al humo del hogar, abertura que en Grecia se llamó kapnodeia.

Si bien se ha traducido por chimenea era un mero respiradero en el techo que solía cerrarse mediante una válvula.

Por lo general, como muestra el teatro antiguo, si se acumulaba el humo se le hacía salir por las ventanas.

Tampoco Roma, que tenía el término caminus para denominar una cosa parecida a la chimenea, conoció esta solución constructiva, aunque avanzaron algo más, ya que en algunas fraguas y hornos se llegaron a instalar tubos de salida de humos; también en las minas.

Era natural: la calefacción griega y romana no necesitaba chimenea ya que el hipocausto y las glorias caldeaban el ambiente a través del pavimento, por la parte de abajo, y contaban asimismo con braseros de mano. No se generaba humo. A su vez, las antiguas cocinas estaban habitualmente instaladas a cielo abierto.

Vitruvio, arquitecto romano del siglo I a. C. se hace eco en su Tratado de arquitectura de las constantes quejas que provoca la acumulación de humo en las estancias y desaconseja, al hablar de la decoración de las habitaciones, colgar cuadros de sus paredes y sugiere que cornisas, molduras y zócalos fueran lisos para poder limpiar fácilmente los estragos que en ellos causa el humo.

La ausencia de verdaderas chimeneas hacía que las habitaciones estuvieran situadas hacia el sudoeste, del lado donde el sol de invierno da durante más horas a lo largo de la tarde, que eran las de la comida principal.

Lo que puede considerarse como la chimenea más antigua de la historia se halló en Pompeya y data del siglo I: es una construcción cuadrada formada por cinco tubos que se unen en uno único que sale al exterior por encima de la casa.

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Tal y como las conocemos en la actualidad, las chimeneas surgieron en el siglo XII.

Eran muy sencillas, sin jambas ni dintel: solo una simple campana sobre el fuego para tirar hacia arriba el humo. Las chimeneas medievales tuvieron una evolución lenta.

Pero la gran revolución se dio a partir del siglo XIII con la aparición de las chimeneas de planta circular con tubos de salida de humos empotrada en el muro.

Y, campana semicónica sostenida por patas elevadas.

En el siglo XIV se construyeron en forma rectangular, y el fondo o trashogar se protegió con tejas o una placa fundida para proteger del fuego el muro de la casa.

El manto o protección periférica se hacía con grandes piedras o dovelas que formaban un arco curvo o dintelado, mientras la campana cónica se transformó en piramidal.

Durante el Renacimiento, que no desaprovechaba espacio para plasmar su vocación artística, las chimeneas llegaron a ser elementos decorativos preferidos por los artistas.

No estaban necesariamente adosadas al muro, sino que a menudo dominaban el centro de la estancia noble constituyendo un elemento decorativo de primer orden.

Sobre ellas se colocaban los escudos nobiliarios, los trofeos y panoplias, y se adornaban de bajorrelieves, sobre todo a finales del siglo XIV, en que comenzaron a arrimarse a las paredes o muros de la estancia principal.

Sobre todo en Inglaterra y Francia, a partir del siglo XV se comenzó a ubicar la chimenea en el centro de la pared más larga del salón o recinto principal. Por entonces ya había chimeneas en todas las casas nobles europeas, donde eran construidas de ladrillo o granito.

Los artistas italianos del Renacimiento cambiaron la forma primitiva de la chimenea. En cuanto a España, donde primero aparecieron fue en Castilla en el siglo XIII, y su uso se generalizó en el XIV.

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En aquella época surgió un estilo de chimenea. Tanto en España como en Italia o Francia la chimenea dominó el paisaje urbano a partir del Renacimiento, como muestra el conocido cuadro del veneciano Vittore Carpaccio: La curación del loco (1495).

Por entonces, la chimenea ya no era de uso exclusivo de la nobleza y la burguesía. Formaba parte de usos y costumbres del pueblo.

Además, había dejado de existir el impuesto con que se gravaba al poseedor de chimenea en su tejado, cosa que estuvo considerada un lujo, así como el de poseer balcones y ventanas en la vivienda.

Las chimeneas del siglo XVII y XVIII en Francia y España comenzaron a sustituir la piedra por el mármol; de esa época data la moda de colocar espejos sobre las amplias lejas donde se alineaban mil objetos variados que servían de adorno: candelabros, relojes, vasos.

Pero hacer chimeneas era además de una técnica un arte de trascendencia y responsabilidad grandes. Incluso los maestros en el arte se veían en la necesidad de rehacerla hasta encontrar el punto de tiro del humo. Asunto que a menudo presentaba dificultades de orientación.

Todos sabemos que la chimenea ha quedado relegada a un papel decorativo. Debido al uso de la calefacción central, estufas eléctricas y otros medios de acondicionamiento las casas la han reducido a mero papel romántico en las ciudades. Aunque todavía se defiende en los pueblos. Más importante es el papel folclórico que aún conserva.

En cuanto al repertorio supersticioso, ciertamente nutrido en relación con este objeto, se cree que cuanto se relaciona con ella tiene repercusiones. Hay una serie de creencias peregrinas que sigue firme en el ánimo de la gente.

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Por ejemplo:

  • Si una paloma blanca se posa en una chimenea habrá llanto en esa casa.
  • Al estrenarse una chimenea hay que hacer tres cruces sobre su umbral o poner el sello de Salomón con los dedos índice y corazón de la mano diestra. Y, arrojar tres granos de sal.
  • El primer fuego no se debe encender en viernes. Hay que utilizar madera de espino, abeto o ciprés, ya que su olor aleja influencias negativas.
  • Soñar que se sube a lo alto de la chimenea anuncia éxito.
  • Por otra parte, el hollín gozó de prestigio: servía para predecir lluvia.

Aunque en la Castilla del siglo XVI el de deshollinador fue oficio mal visto, se habló de “la suerte del deshollinador”, es decir: la suerte que daba verlo trabajar.

El deshollinador barruntaba cosas buenas visto sobre el tejado con las piernas cruzadas. En muchos lugares la gente se quitaba el sombrero y lo saludaba. E incluso se llegaba a contratar un deshollinador para que se dejara ver por los recién casados a la salida de la iglesia.

Por último la palabra chimenea llegó al español a través del francés cheminée, deriva del griego káminos. En castellano el vocablo aparece a finales del siglo XIV, ya que con anterioridad a esa fecha, la palabra castellana empleada fue fumero o humero.

nuestras charlas nocturnas.

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