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Historia de Los Ritchie Boys y La Tropa X …


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El judío alemán Martin Selling, sargento de Inteligencia en el Ejército de EE UU, interroga a dos miembros de las SS prisioneros en Francia en 1944.

XLSemanal(J.Segovia)/diariojudio.com  —  Los Ritchie Boys fueron un grupo de unos diez mil jóvenes alemanes,​ la mayoría judíos, que escaparon de su país de nacimiento y se enlistaron en el Ejército de los Estados Unidos siendo adiestrados en el Centro de Entrenamiento de Inteligencia Militar, también conocido como Camp Ritchie, en Maryland. Especialmente se los entrenó en técnicas de guerra psicológica.

Sus antecedentes los hacían especialmente apropriados para este tipo de tarea ya que dominaban el idioma y la mentalidad alemana mejor que los soldados estadounidenses. Por ello, el papel encomendado a estos soldados fue estudiar el enemigo, y desmoralizarle para lograr una rendición incondicional.

Guy Stern trataba de controlar el pánico a bordo de la lancha de desembarco. Zarandeada por el fuerte oleaje, la nave avanzaba hacia la playa de Omaha tres días después del desembarco aliado en Normandía. Además del miedo, a este judío alemán le angustiaba otro aspecto de su inminente bautismo de fuego.

¿Qué le haría la Wehrmacht si lo capturaba y lo identificaba como un traidor que ahora colaboraba para los servicios de inteligencia del enemigo?

Para disipar sus temores, Guy recordó que los nazis eran los culpables de que sus padres se hubieran visto obligados a enviarlo lejos de Alemania cuando tenía quince años. La Gestapo había sacado a su familia de su hogar en el pueblo de Hildesheim para trasladarla al gueto de Varsovia.

Tenía motivos de sobra para odiar a Hitler, cuyo régimen dictatorial le había arrebatado su nacionalidad alemana.

Una vez desembarcó en la playa de Omaha, Guy escuchó el zumbido de los obuses alemanes sobre su cabeza. En la arena todavía yacían algunos de los cadáveres de los soldados de la 1.ª y la 29.ª División de Infantería estadounidense, que habían muerto en aquel lugar el 6 de junio de 1944.

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Los barracones de Camp Ritchie, invierno de 1944

A instancias del oficial al mando, Guy inició los interrogatorios a los soldados capturados para sonsacarles información sobre las defensas costeras alemanas en la zona.

Uno de ellos había sido guardia en el campo de concentración de Sachsenhausen, a unos treinta kilómetros de Berlín, en cuyos barracones se hacinaban miles de judíos, comunistas y delincuentes comunes.

El prisionero le contó con total naturalidad que con frecuencia se había ofrecido como voluntario para el pelotón de fusilamiento, ya que los oficiales del campo le premiaban con permisos para ir a la capital, donde podía asistir a conciertos de Beethoven y Mozart, sus compositores preferidos.

Los sueños rotos

Guy tuvo una feliz infancia en Hildesheim, una de las ciudades más pintorescas del norte de Alemania. Su vida transcurrió plácidamente hasta que todo se rompió bruscamente en 1933, cuando los nazis llegaron al poder y comenzaron a aprobar leyes contra los judíos.

Asustados por la violencia y el odio que crecían a su alrededor, sus padres decidieron salir del país. Pero solo lograron un único permiso para emigrar a Estados Unidos, y decidieron dárselo a Guy, su hijo mayor.

Guy fue uno de los jóvenes judíos alemanes que se refugiaron en Estados Unidos huyendo de la barbarie nazi, de los cuales unos dos mil se alistaron en el Ejército para ser asignados posteriormente al Centro de Entrenamiento de Inteligencia Militar, conocido como Camp Ritchie, en Maryland.

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La familia de Guy Stern solo consiguió un permiso para salir de Alemania. Se lo dieron a él por ser el hijo mayo. Guy regresó a buscarlos

Su lengua materna y el conocimiento de la mentalidad germana los hacía perfectos para los interrogatorios y la contrainteligencia en los campos de batalla europeos.

Martin Selling fue otro de los judíos alemanes que recalaron en Camp Ritchie. Pocos años antes de que estallara la guerra, fue arrestado por la Gestapo e internado en el campo de concentración de Dachau. Sin apenas esperanzas de salir vivo de aquel infierno, el joven judío alemán fue liberado milagrosamente en enero de 1939.

Tras pasar un tiempo en Inglaterra, Martin pudo viajar a Estados Unidos, donde pronto fue reclutado por el Ejército, que lo destinó a tareas de inteligencia.

Martin no sabía qué había pasado con su familia, que se vio obligada a permanecer en Alemania. A esa incertidumbre se añadía su propia experiencia en Dachau, donde había sufrido el trato inhumano que recibían los judíos y los desafectos al régimen. La venganza fue la motivación que lo impulsó a alistarse en el Ejército estadounidense.

Sus instructores organizaron maniobras militares en las que los alumnos vestían uniformes de la Wehrmacht, lo que alarmó a muchos granjeros de los alrededores, que veían pasar ante sus narices camiones blindados marcados con esvásticas y cargados de soldados alemanes.

Las autoridades militares los tranquilizaron y en poco tiempo se acostumbraron a la presencia de esos muchachos que jugaban a la guerra en sus campos de Maryland.

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Martin Selling estuvo prisionero en Dachau. Destacó como interrogador de enemigos

Divididos en pequeños grupos y bautizados como los Ritchie Boys, esos judíos alemanes se incorporaron a distintas unidades militares para recabar información sobre los movimientos de tropas y las posiciones de los alemanes.

Por motivos de seguridad, se advirtió a los Ritchie Boys de que no debían contarle a nadie, ni a sus familiares, que estaban trabajando en inteligencia.

Primer destino: luchar en África

«A algunos de los miembros de las primeras promociones de Camp Ritchie se los envió con rapidez al extranjero para participar en la invasión británico-estadounidense del norte de África, a finales de 1942», señala Bruce Henderson, autor de Hijos y soldados (Crítica), un libro que recoge los recuerdos de esos judíos, cuya actividad en los campos de batalla es un capítulo desconocido de la Segunda Guerra Mundial.

Este periodista estadounidense afirma que, a través del interrogatorio de prisioneros alemanes, los Ritchie Boys obtuvieron una información muy valiosa para la derrota del Afrika Korps de Rommel y para el avance de los aliados en Francia.

A Werner Angress, otro judío alemán refugiado en Estados Unidos, lo asignaron a la 82.ª División Aerotransportada. Le aseguraron que recibiría adiestramiento en paracaidismo antes del Día D, pero las semanas fueron pasando y Werner no efectuó ni un salto.

Preocupado por su madre y sus hermanos -que permanecían en la Holanda ocupada por los nazis-, Werner se lanzó, sin estar entrenado, desde un avión C-47 sobre los ríos Douve y Merderet la noche del 5 al 6 de junio de 1944. Él y sus compañeros tenían que tomar la estratégica ciudad de Sainte-Mère-Église, situada en la retaguardia alemana.

Werner tuvo mala suerte. Aterrizó a unos quince kilómetros del objetivo y fue hecho prisionero por el enemigo. Tras dos semanas de cautiverio en Cherburgo, el 27 de junio fue liberado por las tropas aliadas.

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Werner Angress, paracaidista

De inmediato, Werner se incorporó a su regimiento y en uno de sus primeros interrogatorios tuvo la fortuna de encontrar entre las pertenencias de un prisionero un mapa en el que figuraban todas las minas que había esparcido el enemigo en la zona. Su hallazgo salvó la vida a muchos soldados estadounidenses.

Cara a cara con el enemigo

Martin Selling fue asignado a la 35.ª División de Infantería, que estaba al mando del legendario general George S. Patton. Un mes después del Día D, la división de Martin llegó a Normandía y fue desplegada al norte de Saint-Lô.

Uno de los primeros prisioneros a los que interrogó fue un médico militar que le proporcionó detalles acerca del número de efectivos con que contaban los alemanes y su localización.

Gracias a esa información, la artillería estadounidense acabó con el puesto de mando y los principales puntos de defensa del enemigo. Extrañado por su alemán impecable, uno de los prisioneros le preguntó dónde lo había aprendido.

Martin le dijo en tono cortante que era compatriota suyo y que estuvo cautivo en Dachau, donde pudo ver cómo las SS interrogaban a los prisioneros. «Al darse cuenta de que tenía delante a un exprisionero de un campo de concentración nazi, el alemán se llevó un susto tan tremendo que perdió en el acto el control de sus esfínteres», recuerda Henderson.

En abril de 1945, con los hombres de Patton acercándose con rapidez desde el oeste, las SS comenzaron a evacuar el campo de concentración de Buchenwald, ubicado a ocho kilómetros de la ciudad de Weimar, famosa por ser el hogar de Goethe. Lo que vio Guy Stern en aquel infierno le arrebató las pocas esperanzas que albergaba de encontrar vivos a los suyos al final de la guerra.

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Práctica de interrogatorio de prisioneros en Camp Ritchie

El horror de los campos de exterminio

A medida que fueron adentrándose en Alemania, los Ritchie Boys encontraron más y más soldados alemanes que reconocían haber trabajado como guardias en los campos de exterminio. Muchos eran incapaces de entender su responsabilidad en aquellas atrocidades.

El 30 de abril de 1945, Werner Angress oyó a un soldado estadounidense vocear «Hitler se ha suicidado». El interrogador judío tomó una botella de vodka, se sirvió un trago y brindó por el Führer muerto: «¡Que se pudra eternamente!».

Una vez que finalizó la guerra, Guy Stern se trasladó a su ciudad natal de Hildensheim, donde le dijeron que los suyos -al igual que el resto de las familias judías- fueron deportados al gueto de Varsovia. Nunca regresaron.

Profundamente dolido por aquella pérdida, a Guy solo le quedó la satisfacción de haber contribuido a la derrota del nazismo. Las desconocidas historias de Guy y las de sus compañeros de Camp Ritchie salen ahora a la luz, ochenta años después del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Los comandos militares judíos secretos de la Segunda Guerra Mundial salen por fin de las sombras

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La Tropa X es la fuerza de comandos británica más feroz de la Segunda Guerra Mundial de la que probablemente nunca haya oído hablar.

Conocida formalmente como “Comando Nº 10 (interaliado), Tropa 3”, sus 87 miembros eran principalmente refugiados judíos de Alemania y Austria que estaban empeñados en vengarse de los nazis que habían destruido sus familias y comunidades de origen. Algunos comandos eran también supervivientes del encarcelamiento en campos de concentración nazis.

Estos valientes jóvenes juraron mantener en secreto sus verdaderas identidades por su propia seguridad y asumieron nombres de guerra ingleses. Sólo una persona, una secretaria del MI5 que trabajaba en la división de bajas, tuvo acceso a la lista de los nombres originales de los hombres y sus lugares de origen.

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‘X Troop: The Secret Jewish Commandos of World War II’ de Leah Garrett

Tras un año y medio de entrenamiento intensivo en Gales y Escocia, los X Troopers fueron asignados a la punta de lanza de las fuerzas aliadas que invadieron Europa y lucharon hasta el corazón del Tercer Reich.

Utilizando técnicas avanzadas de combate y contrainteligencia, y sus habilidades lingüísticas nativas en alemán, emprendieron peligrosas misiones para infiltrarse tras las líneas enemigas. En la batalla, capturaron e interrogaron inmediatamente al enemigo, proporcionando información inestimable a los ejércitos aliados que avanzaban.

Las Tropas X nunca lucharon como una fuerza conjunta. Fueron enviados individualmente o en pequeños grupos a varias tropas y divisiones aliadas. Más de la mitad de ellos murieron, fueron heridos o desaparecieron en acción.

“Nada iba a detenerlos”, dijo Leah Garrett, autora de un nuevo libro sobre esta unidad altamente selectiva y motivada, cuyas hazañas se han perdido en gran medida en la historia debido a su naturaleza clandestina.

Publicado el 25 de mayo, “X Troop: Los comandos secretos judíos de la Segunda Guerra Mundial” lleva a los lectores a cada paso del viaje de estos hombres, desde adolescentes centroeuropeos hasta comandos británicos de primera línea.

El apasionante relato está repleto de asombrosas hazañas hasta ahora desconocidas, gracias al éxito del autor en la desclasificación de registros militares británicos secretos durante mucho tiempo.

Garrett, directora del Centro de Estudios Judíos y directora de Estudios Hebreos y Judíos del Hunter College de Nueva York, ya tenía en su haber otro libro sobre los combatientes judíos de la Segunda Guerra Mundial, el bien recibido “Young Lions: How Jewish Authors Reinvented the American War Novel”.

Su experiencia investigando y escribiendo vívidamente sobre el combate brilla en “X Troop”.

El libro contiene su cuota de nombres famosos, como el primer ministro Winston Churchill, Lord Lovat, Miriam Rothschild y el mariscal de campo alemán Erwin Rommel.

Lo más importante es que Garrett presenta a los X Troopers, centrándose principalmente en tres: Colin Anson (nacido Claus Ascher en Frankfurt), Peter Masters (nacido Peter Arany en Viena) y Freddie Gray (nacido Manfred Gans en Borken, en el noroeste de Alemania, cerca de la frontera con los Países Bajos).

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Única foto existente de la Tropa X al completo con la mascota canina

“He podido reunir la mayor cantidad de información sobre estos tres. Además, son un buen trío para ponerlos en el centro de la historia porque se diferencian entre sí en que representan distintos antecedentes personales y distintas experiencias de guerra”, dijo Garrett.

Anson era hijo único de padre judío y madre no judía. Bautizado y educado como cristiano, no sabía que era medio judío hasta que su padre se lo dijo cuando era un adolescente. En otoño de 1937, después de hablar públicamente contra los nazis, el padre de Anson, Curt, fue arrestado y enviado al campo de concentración de Dachau. Menos de dos semanas después, un oficial de la Gestapo se presentó en la puerta de la familia y les dijo que Curt había muerto de “insuficiencia circulatoria”. Sus cenizas fueron enviadas a su viuda y a su hijo, a costa de ellos.

Tras la Noche de los Cristales de noviembre de 1938, la madre de Anson intentó desesperadamente sacarlo de Alemania. Finalmente, consiguió meterlo en un Kindertransport patrocinado por los cuáqueros al Reino Unido en febrero de 1939. Se quedó atrás y se reunió después de la guerra con su hijo soldado, que sobrevivió a duras batallas en Italia.

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Maurice Latimer (a la derecha) con soldados alemanes capturados en la isla holandesa de Walcheren

Masters consiguió salir de Viena hacia el Reino Unido con su madre y su hermana divorciadas tras el Anschluss nazi de Austria. Se reunieron con una tía en Londres. Atrás quedó el abuelo materno de Masters, que fue la figura judía más influyente en su vida, llevándolo a la sinagoga y preparándolo para su bar mitzvah.

El padre de Masters escapó a Suiza antes de la guerra.

El Día D, Masters se tambaleó a través de las olas que le llegaban a la cintura, con una bicicleta en una mano y una metralleta sobre la cabeza, mientras desembarcaba en Sword Beach. A través de su investigación, Garrett descubrió que -en contra de lo que se dice en la historia- Masters y los otros comandos de ciclistas fueron en realidad los primeros en cruzar el crucial puente Pegasus.

“¡He podido reescribir la historia con esto! Estaban allí, pero nadie lo sabía”, dijo el autor con entusiasmo.

A diferencia de la mayoría de los X Troopers, que procedían de entornos asimilados, Gans (alias Gray) era de una familia judía ortodoxa. (Garrett se refiere a él como Gans a lo largo del libro, porque al contrario que la mayoría de los otros hombres, volvió a su nombre original y a su vida judía observante después de la guerra).

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Ian Harris guiando a los soldados alemanes capturados en Osnabruck, Alemania, abril de 1945.

Tal vez la parte más sorprendente de “Tropa X” sea el relato de cómo Gans se hizo con un jeep y un conductor al final de la guerra y viajó dos días seguidos desde Holanda a través de Alemania hasta Checoslovaquia en busca de sus padres, que habían escapado de Alemania a Holanda (donde tenían la ciudadanía) antes de la guerra. Milagrosamente, los encontró vivos en Terezin.

“Rápidamente la noticia se extiende en el campamento: Lo imposible ha sucedido. Un hijo ha vuelto a buscar a sus padres y los ha encontrado. No todos los judíos del mundo han sido asesinados. Los nazis no han triunfado en todas partes”, escribe el autor.

Aún más extraordinario, Gans recurrió a la princesa Juliana de Holanda, que había regresado de su gobierno en el exilio en Canadá. La princesa le concedió una reunión al persuasivo Gans, en la que prometió liberar a los judíos holandeses del campo. Cumplió su promesa y ayudó a trasladarlos a Eindhoven. Los padres de Gans acabaron emigrando a Israel, donde uno de sus hijos se había establecido antes de la guerra.

Gans no sólo sobrevivió a muchas batallas peligrosas, sino que toda su familia -padres y tres hijos- permaneció intacta al final del Holocausto.

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La familia Gans en Israel después de la guerra, con Manfred en la fila de atrás a la derecha.

“Es importante señalar, sin embargo, que Gans, Anson y Masters son excepciones, en el sentido de que la mayoría de los X Troopers perdieron muchos más miembros de la familia”, dijo Garrett.

Al igual que otros miembros supervivientes de la Tropa X, Gans se quedó en Europa durante un tiempo para ayudar en los esfuerzos de desnazificación antes de seguir con su vida.

Tanto él como Masters se trasladaron finalmente a Estados Unidos, donde vivieron abiertamente como judíos y compartieron sus experiencias de la guerra con sus esposas e hijos. A diferencia de Gans, Masters siguió utilizando el apellido que se vio obligado a adoptar al unirse a la Tropa X.

“Todos los que se quedaron en el Reino Unido mantuvieron los nombres que asumieron como X Troopers. Para ellos, era su identidad adulta. Quienes eran antes de la guerra ya no existían realmente, y era demasiado doloroso para ellos volver a su Alemania o Austria en sus cabezas”, explicó Garrett.

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Memorial de la Tropa X en Aberdovey, Gales. El monumento no menciona que los miembros de la tropa eran principalmente refugiados judíos.

Además, ninguno de estos hombres vivió abiertamente como judío, y muchos se convirtieron y criaron a sus familias como anglicanos. Garrett atribuye esto en parte a los antecedentes asimilados de los hombres, y en parte a las corrientes antisemitas perceptibles bajo la superficie.

Hay que señalar que el monumento a los miembros caídos de la Tropa X erigido en Aberdovey, Gales, donde los hombres se entrenaron bajo el mando de su querido oficial Bryan Hilton-Jones, no menciona sus identidades judías.

Según Garrett, los esfuerzos de los grupos de veteranos judíos han sido infructuosos a la hora de persuadir al consejo local para que, al menos, modifique la información sobre los X Troopers en el panfleto que se entrega a los visitantes.

“Quizás la publicación de este libro anime al ayuntamiento a revisar su posición”, escribe.

El nuevo y excelente libro de Garrett corrige la información al relatar completamente las hazañas de los X Troopers y reflejar con exactitud quiénes eran. Todos los supervivientes tuvieron vidas diferentes, pero estaban unidos en un aspecto fundamental.

“Hablaran o no alguna vez de la Tropa X, todos sentían una profunda gratitud hacia los británicos por acogerlos y darles la oportunidad de luchar contra los nazis”, dijo Garrett.

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