Historia de los utensilios diarios (II) …
Historia de la alfombra

Las primeras alfombras de la historia que confeccionó el hombre, tuvieron como función única la de resguardarse de la humedad y frío del suelo.
Estaban elaboradas con paño a medio tejer, resultante de aglutinar lana, pelo o borra.
Se trataba de una especie de fieltro áspero y muy rudimentario, pero resolvía el problema.
Se sabe que existían alfombras de pelo hace treinta mil años, y junto a ellas hubo también esteras de junco o enea sobre las que se extendía la yacija (cama muy pobre o cualquier cosa utilizada para extender sobre el suelo para dormir).
Fue en Oriente Próximo, donde la alfombra alcanzó categoría artística ya en tiempos de la Grecia clásica: los griegos hablan de su belleza.
En Babilonia la tumba del rey persa Ciro el Grande estaba alfombrada de tal manera que Alejandro Magno quedó maravillado tras visitar el soberbio lugar.
Jenofonte, historiador griego del siglo IV a.C., menciona alfombras gruesas muy elásticas, con entrehilados de oro. También Calístenes describe por entonces ejemplares de alfombras de púrpura y lana de oveja con dibujos a los lados que se desplegaban a modo de hermosos tapices en los banquetes de la corte de Polomeo de Egipto. Escribe al respecto:
“Bajo cada uno de los doscientos lechos de oro que el rey hizo construir para sus invitados colocó una alfombra de tan rara belleza que nunca antes ni después vieron los tiempos otra igual en riqueza”.
De hecho, ya antes, en tiempos homéricos, hacia el siglo IX anterior a nuestra era el autor de La Odisea escribe acerca de ciertas colgaduras que en su tiempo se llamaban tapetia.
La alfombra más antigua que conservamos data del siglo V a.C., y fue encontrada en Altay, entre Mongolia y China.

Tiene cuatrocientos veinte nudos por centímetro cuadrado y procede sin duda de intercambios comerciales con los persas del Oeste.
También se han hallado alfombras de fieltro en tumbas orientales muy antiguas.
Como hemos dicho, los antiguos griegos y romanos conocieron la alfombra, aunque no se aficionaron a ella porque preferían la desnudez del mármol, la elegancia y hermosura de la piedra como elemento decorativo de suelos y paredes.
En la Edad Media, fue España el primer país europeo que importó alfombras persas. Al principio, su uso estuvo confinado a los altares y habitaciones privadas de la casa del rey y de personas principales por rango y riqueza.
En la España musulmana en el siglo IX, las mezquitas estaban alfombradas con ricos ejemplares traídos de Egipto y Siria. Muchas de estas alfombras utilizaban el pelo de camello y pelo de cabra como urdimbre. Sus adornos se limitaban a figuras geométricas y motivos vegetales.
La palabra alfombra tiene etimología árabe; a este respecto escribe Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana(1611): “Alhombra es lo mesmo que tapete (…) vale alhombra tanto como ‘colorada’, porque no embargante que está texida de muchas colores, entre todas la que más campea es la colorada”.
Cuando en 1254 Leonor de Castilla, se casó con Eduardo I de Inglaterra, la reina española llevó a la corte inglesa alfombras tejidas en España: parece que fueron las primeras piezas de valor que arribaron a aquellas islas.

Eran alfombras orientales, ya que las primeras alfombras con nudo español datan del XV y se fabricaron en el pueblo albaceteño de Alcaraz.
Tal precio alcanzaron, que muchos comerciantes valencianos y genoveses combatían la inflación del dinero comprando alfombras.
En el siglo XVI, empezó a fabricarse en Europa la alfombra de nudo flamenco, y hacia 1620 el francés Pierre Dupont inició en París su industria de alfombras en una vieja fábrica de jabón donde también verían la luz los famosos tapices de la Savannerie.
Todos los países protegían su industria de alfombras y hacia 1701 Guillermo III de Inglaterra concedía cédulas y privilegios a los fabricantes de este artículo suntuario, así como a los tapiceros de Wilton.
Un siglo más tarde, en 1801, Joseph M. Jacquard perfeccionó el telar y tanto potenció la producción de alfombras que cayeron los precios. También colaboró la elaboración de alfombras de algodón.
A mediados del siglo XIX, la aplicación del vapor, a los telares y la consiguiente mecanización de las cadenas productivas hizo que tener alfombra en casa fuera cosa muy corriente.
Inventor y origen del frigorífico

En la actualidad es muy sencillo conservar los alimentos, gracias a quien inventó el frigorífico, nevera o heladera, pero no siempre ha sido así.
En la antigüedad la conservación de la comida fresca y en buen estado era todo un problema de difícil solución.
El inventor del frigorífico fue el alemán Karl von Linde en el año 1879.
Es el creador del primer frigorífico doméstico de naturaleza mecánica que salió al mercado ese mismo año.
Este ingenio empleaba un circuito de amoniaco, y cuyo sistema se accionaba mediante una bomba de vapor.
De este artefacto se llegaron a vender más de doce mil unidades en año 1891. Un año después de que el ingeniero Seeger diera al frigorífico su forma externa definitiva.
En 1923 Balzer von Platen y Karl Munters inventaron el frigorífico eléctrico modelo Electrolux, cuya patente compró la norteamericana Kelvinator, que lo fabricó en serie dos años después.
Pero era un electrodoméstico peligroso debido al uso de gases tóxicos como el amoniaco y el ácido sulfúrico, problema que se superó con el invento del gas freón en 1930, que a su vez crearía los problemas ecológicos a escala universal que todos conocemos.
Con aquel último toque el frigorífico adoptaba su forma definitiva.
La idea de utilizar hielo o nieve para conservar los alimentos o mantenerlos fríos, es muy antigua. Su primer empleo estaba destinado a retardar su descomposición; el uso actual era secundario.

Karl von Linde
Con ambos fines lo emplearon los chinos hace 2.300 años: uno de los postres de sus emperadores era el sorbete y la pulpa de fruta helada, para cuya preparación los reposteros tenían siempre hielo a mano.
En el palacio y casas principales se almacenaban las barras de hielo que se troceaban según las necesidades del momento.
Marco Polo, en su Libro de las maravillas del mundo, recoge las experiencias de sus viajes por la China del siglo XIII, y cuenta que en la Corte de Kublai Khan le ofrecieron leche helada con azúcar, golosina que se vendía por las calles de Pekín.
Hay que decir, sin embargo, que trescientos años antes, en el siglo X los califas de Córdoba disponían de hielo y nieve que hacían traer de Sierra Nevada para preparar helados.
El médico español Blas de Villafranca inventó en 1550 un medio de conservar el hielo más tiempo de lo normal e incluso de aumentar su poder congelador. El secreto era sencillo: añadir sal.
Este pequeño e ingenioso hallazgo permitió el uso de los pequeños “armarios de nieve”, modelo más antiguo conocido de lo que hoy llamamos nevera.

Un siglo después, en el XVII, el filósofo inglés Francis Bacon moría víctima de su curiosidad al tratar de congelar un pollo rellenándolo de hielo: el buen sabio cogió como consecuencia de ello una congestión de la que murió.
Pero todo esto eran simples paliativos de escasa eficacia.
Hubo que esperar a 1834, año en el que el norteamericano Jacob Perkins fabricó por primera vez hielo artificial, en Londres. Hombre flemático, que cuando sus empleados le presentaron la primera muestra se limitó a decir: “Verdaderamente está muy frío”.
Era un paso fundamental para la fabricación del primer refrigerador.
El primer aparato moderno que aprovechó el invento de Perkins apareció en 1850: era un armatoste voluminoso a modo de armario en cuyo interior se introducía grandes bloques de hielo y cuyas cámaras se aislaban con forro de pizarra.
Los alimentos se depositaban sobre compartimentos pequeños, ya que el hielo, junto con el material aislante ocupaba casi todo el espacio útil. Más que un frigorífico era una nevera que difería poco de los armarios de nieve del siglo XVI.
Historia de la cuchara

La historia de la cuchara es realmente curiosa. Actualmente vemos normal ver en una mesa este objeto, pero debes saber que a lo largo del tiempo no siempre ha sido así.
La cuchara aparece en época relativamente tardía.
Acaso debido a que se trata de un objeto no carente de alguna sofisticación (a diferencia del cuchillo, utensilio que tiene casi un millón de años).
El hombre primitivo empleó las conchas de mar para llevarse a la boca los alimentos líquidos. Ya que la sopa fue uno de los hallazgos gastronómicos del Neolítico. Nace con la vida sedentaria una vez el hombre descubrió las ventajas de la agricultura y el pastoreo; es por tanto, un artículo civilizado.
La cuchara la inventó el hombre primitivo en la prehistoria hace 20.000 años. Al menos tal y como se entiende en el sentido moderno, de boca ancha a modo de escudilla provista de mango largo y puntiagudo.
Las primeras cucharas de la historia servían a su vez para trinchar carne, ya que en el fondo se trataba de una combinación de cuchara-tenedor-cuchillo, teniendo en uno los tres usos importantes de la mesa.
No obstante al hecho de haberse encontrado en yacimientos arqueológicos cucharas neolíticas de hace veinte mil años, en el Antiguo Egipto fue donde se generalizó su uso. Habiéndose hallado en ajuares funerarios en la tumbas egipcias cucharas de marfil, de piedra, de madera e incluso de oro, muestra de que aquella civilización dio mucha importancia a este objeto.
En la elaboración de aquellas antiguas cucharas egipcias se crearon pequeñas obras de arte. Los mangos servían como soporte donde esculpir pequeñas esculturas, como muestran algunos ejemplares hallados en Tebas con la figura de la diosa Isis, entre otras divinidades.
Su uso no fue privativo de la cocina o la mesa, sino que acaso sobresalieron las cucharas destinadas al ceremonial del templo: largas y hermosas cucharas estilizadas para incienso y sustancias olorosas.
También se utilizaron en cosmética cucharitas cuya empuñadura tenía forma humana o de animales sagrados. También en el templo de Salomón, del siglo X a.C., se empleaban cucharas de oro en el ceremonial y en la compleja liturgia.

La cuchara en la Antigua Grecia
Los antiguos griegos de clase pudiente utilizaron cucharas de oro, plata e incluso marfil, mientras que el pueblo llano las utilizaba cucharas de bronce o tallaba en madera sus enormes cucharas soperas.
Con las que solían comer huevos, alimento al que eran muy aficionados.
También ellos labraban en sus mangos bellas esculturas que realzaban el humilde utensilio.
La cuchara en Roma
Los romanos dieron a la cuchara un uso adicional al fabricarlas con mangos puntiagudos que funcionaban como primitivos tenedores, ideales para comer marisco o romper el cascarón de los huevos.
En última instancia, era frecuente emplear este utensilio únicamente para retirar del plato los huesos, desperdicios o la comida que no se llevaban a la boca.
La cuchara en la Edad Media
La historia de la cuchara de mesa es básicamente occidental: en la edad media, un ciudadano que se preciara hacía lo posible por adquirir su cuchara de plata como signo de éxito y estatus.
Pero no hay que olvidar que en aquella época tanto el pueblo como los grandes señores utilizaban los dedos para comer, así comían también los héroes homéricos en el siglo VIII a.C.
También se utilizaron cucharas en rituales religiosos y nobiliarios: la cuchara de la coronación de la Corte inglesa era de largo mango y terminaba en una escudilla o cuenco: servía para ungir al rey en la citada ceremonia.
En un inventario de la plata que poseía Eduardo I de Inglaterra, llamado el Largo, de finales del siglo XIII, se menciona solo una cuchara de plata.
A principios del XIV la reina Clementina de Hungría ya tenía 33 ejemplares de cucharas y un solo tenedor. El conde Juan de Evreux, condestable de Francia a principios del siglo XV poseía 64 cucharas y un tenedor.
En cambio, el pueblo del medievo usaba cucharas de madera o de hueso, a veces incluso cucharas de hueso humano, caso de ciertas cucharas halladas en el este de Europa.

También hubo cucharas de estaño sin que faltasen las cucharas de plata o las labradas en oro, que más que utensilios para comer eran pequeñas joyas.
En cuanto a su forma, remataban en una escudilla que tendió a tener forma de higo: también se admitían ideas por parte del fabricante, que prefería una forma u otra.
En cuanto al mango, solía rematar en una cabecita de doncella, en honor a la Virgen, o en la de los apóstoles, siendo juegos de doce las que normalmente se encargaban o de trece si se incluía a Jesús.
Durante el siglo XV se pusieron de moda las “cucharas del Apóstol”. Eran de plata con la figura del santo patrón de la persona que la utilizaba, cuchara que no tardó en convertirse en el regalo ideal para los recién nacidos.
En tiempos de Cervantes se hablaba de cuchara o de “cuchar”, indicando que la etimología de la palabra remite a la voz latina cochlear, empleada para referirse al cucharón, término que recordaba el uso antiguo que tuvieron las conchas de mar utilizadas como cucharas.
Entre las gentes del campo era frecuente hacer cucharas de pan, para comer las lentejas, los garbanzos o las habas: terminada la comida se comían la cuchara, ya reblandecida y empapada.
De ahí el dicho: “Dure lo que dure, como cuchara de pan”, con lo que se daba a entender lo breve de una situación o lo poco que duran las cosas en la vida.

La cuchara en la Edad Moderna
Entre finales del siglo XVI, todo el siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII abundaron las cucharas de plata en las casas de la burguesía y la nobleza. Fue entonces cuando dejaron de fabricarse con el mango puntiagudo por dos razones. Provocaba accidentes y ya existía el tenedor para pinchar los trozos de carne y llevarlos a la boca.
Además, las cucharas de mango redondeado eran más seguras y resultaban más elegantes. Aamén de que se podía grabar en ellas la inicial del apellido de su dueño e incluso el escudo.
Naturalmente, las cucharas fueron llevadas por los españoles al Nuevo Mundo, extendiendo paulatinamente su uso por todas las tierras y países de América.
En la España del siglo XVII y XVIII la ciudad especializada en la fabricación de cucharas de este tipo de artículos suntuarios fue Reus, aunque fue industria particularmente pujante en Gerona, cuyas cucharas de madera de brezo o de boj se vendían en Europa. También había cucharas de asta de buey, pero alcanzaban precios prohibitivos.
Hoy nos parece normal cuando nos invitan a comer ver desplegados sobre la mesa cuchara, tenedor y cuchillo, sin embargo esta costumbre es relativamente reciente. Hace solo doscientos años el invitado tenía que llevar consigo sus propios cubiertos. Así, cuando la gente viajaba llevaba su cuchara, tenedor y cuchillo y tenía un criado a cargo del ajuar de mesa.
Historia de la cubertería de acero inoxidable
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El nacimiento y la historia de la cubertería de acero inoxidable es de lo más curioso que existe.
No hace tantos años, mantener tenedores, cucharas y cuchillos limpios y en perfecto estado era una labor dura y que requería mucho tiempo.
Hasta principios del siglo XX, tanto cuchillos como cucharas y tenedores eran la pesadilla del ama de casa porque se requería un esfuerzo tan grande para mantenerlos limpios y más o menos brillantes que era una tarea convertida en el “temor” de la servidumbre.
Muchas criadas inglesas y americanas se negaban a hacerlo dejando constancia de ello en el momento de su contratación con la frase: Doing no the cutley (no lavar la cubertería), aparte de negarse también a limpiar las ventanas. También las francesas y servidumbres españolas de principios de siglo XX mostraron análoga hostilidad.
Conservar los cubiertos con su brillo original exigía frotarlos con un corcho seco y estropajo de acero repetidas veces, tarea sumamente cansada y que desarrollaba los bíceps de las muchachas dándoles aspecto hombruno no deseado.
A librarlas de tan tremenda desgracia estaba llamado el acero inoxidable. En 1829 el metalúrgico francés L. Berthier se fijó de forma casual en un hecho: cuando el acero al carbono se mezcla con el cromo produce un material resistente al óxido.
Al principio nadie vio rentabilidad a este fenómeno y el hecho pasó sin ser notado. En 1913 un metalúrgico británico, conocedor de las viejas observaciones de Berthier, consiguió una aleación de cromo con acero al carbono 35 produciendo por primera vez un acero que no perdía el brillo, no se oxidaba y permanecía siempre igual.
Y un año después la firma alemana de los famosos cañones Krupp presentó un acero que contenía en su aleación cromo y níquel, mejorando aún más el producto. Sin embargo, no se le ocurrió a nadie fabricar cuberterías con aquel material que parecía estar pidiéndolo a gritos.
Evolución de la cubertería de acero inoxidable

En el año 1921, salieron al mercado en la ciudad norteamericana de Meriden (Connecticut), los primeros utensilios de cocina de acero inoxidable: las cuberterías de Connecticut, donde estaba la Silver Company fabricante de cuberterías de plata.
Al principio sólo fabricaron cuchillos, que salieron a la venta con el nombre de cuchillos Ambassador.
La publicidad de la época fue inteligente: “Su brillo lo dice todo”.
Era por el brillo por lo que todo el mundo quería tenerlos, sobre todo hoteles y restaurantes, sus primeros usuarios. El triunfo vino, como siempre, por el lado de la estética: parecían de plata, con la ventaja de que no se oscurecía como ésta.
En los hoteles y restaurantes pesó también otra consideración: los salarios que dejarían de pagarse por abrillantar la cubertería. Revistas y periódicos de todo el mundo empezaron a hablar del invento, y se anunciaba a bombo y platillo con esta letra: “La cubertería siempre reluciente: se acabó el óxido”.
En la década de 1930 los grandes almacenes neoyorquinos Macy’s ofrecían cuberterías de acero inoxidable a diecinueve centavos la pieza. Pero su triunfo definitivo, desbancando la plata del mercado, vino con la fabricación de cuberterías completas con mangos de baquelita, la nueva sustancia plástica.
Moría la era de la plata y nacía la del acero inoxidable. Terminaba el reinado del marfil, y nacía el del plástico duro. Los tiempos habían cambiado, y a ello contribuyó poderosamente el acero inoxidable.
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