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El insólito castillo bizantino, románico, gótico, mudéjar y chino de Benalmádena

L.B.V.(J.Álvarez)  —  Si de algo anda sobrada España es de castillos. Su número se calcula en torno a dos mil quinientos repartidos por toda la geografía nacional, sin incluir en esa categoría otros tipos de arquitectura militar como torres, bastiones, ciudadelas y similares, en cuyo caso el número se multipicaría hasta quién sabe cuánto.

Ocho siglos de Reconquista dieron para mucho en ese sentido, aunque también hay casos de castillos posteriores. De uno de estos últimos vamos a hablar hoy; probablemente uno que muy bien se puede catalogar de rareza: el inaudito Castillo Monumento Colomares.

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¿Qué tiene de raro ese sitio? Para empezar, que es de construcción reciente. Pero no reciente de hace unos pocos siglos, no. Se erigió hace cuatro días, como quien dice, entre 1987 y 1994.

Además, no se trató de una empresa institucional sino que fue fruto de la iniciativa privada; privadísima, de hecho, puesto que al frente no estaba ninguna gran empresa patrocinadora ni ningún mecenas cultural de postín, sino un simple ciudadano de a pie: el doctor Esteban Martín y Martín.

Aficionado a la Historia, el Arte y la Arquitectura, Martín empezó por su cuenta la construcción de un castillo de forma improvisada, sin planos y trabajando con sus propias manos, únicamente ayudado por un par de albañiles.

Apilando ladrillo tras ladrillo y piedra tras piedra, sobreponiendo una capa de cemento sobre otra, el edificio fue creciendo lenta pero progresivamente a lo largo de siete años. El resultado fue una obra singular, única y muy personal que no obedece a un estilo concreto sino al gusto de su autor.

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Éste, sin embargo, tenía una idea concreta en mente: hacer un homenaje al descubrimiento de América y a los personajes que lo propiciaron, a saber Colón, los Reyes Católicos y los marinos que atravesaron el Atlántico en aquella inaudita travesía de 1492.

Por eso el castillo presenta elementos de cada estilo de nuestro pasado (bizantino, románico, gótico y mudéjar), aunando las tres culturas históricas que los aportaron (cristiana, judía y musulmana). Hay un curioso extra: una pagoda china que representa el objetivo asiático original de Colón.

En total son mil quinientos metros cuadrados que, paradójicamente, albergan la capilla más pequeña del mundo (no llega a dos metros cuadrados) y constituyen el mayor monumento que existe en memoria del Almirante (de ahí su nombre).

Es más, hay un sepulcro vacío, habilitado con la algo utópica esperanza de que algún día reposen allí sus restos mortales.

Quizá, en su lugar, lleguen a acoger los de su creador, ya que Esteban Martín y Martín falleció; arruinado, por cierto, y sin que la administración ni nadie atendiera sus solicitudes de ayuda. No sólo en Estados Unidos hay self-made men.

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El Castillo Monumento Colomares se encuentra en la localidad malagueña de Benalmádena y se puede visitar por dos euros, aunque sólo exteriormente.

Hay visitas guiadas y se alquila para eventos diversos, bodas incluidas; sin duda constituye un espectacular telón de fondo para un reportaje fotográfico, erizado de pináculos y decorado con bellas celosías, vidrieras de colores y, sobre todo, ese rincón estelar que es la almena rematada en forma de proa de carabela.

El Coloso Apenino, la estatua inamovible de la Toscana

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Visitar la Toscana es una de las experiencias más gratificantes de un viaje por Italia, tratándose de una región bella por naturaleza (quizá la que más del país, especialmente en primavera y otoño) y llena de atractivos monumentales e históricos.

Si acotamos un poco más, hay ciertos sitios que brillan con luz propia, como Florencia, Pisa o Siena, que son los de mayor renombre. Pero existen multitud de rincones poco o nada conocidos que son perfectamente capaces de satisfacer a cualquiera, y uno de ellos es Vaglia.

Vaglia es un pequeño pueblo de poco más de cinco mil habitantes que, sin embargo, conserva un lugar Patrimonio de la Humanidad como parte del conjunto de Villas y Jardines Médici toscanos.

Se trata de la Villa Pratolina, encargada por Francisco de Médici al arquitecto Bernardo Buontalenti para regalársela a su amante veneciana Bianca Cappello, con la que se casó en 1579. Los jardines, de estilo manierista, fueron el escenario nupcial.

Lamentablemente, tras la muerte de su dueño, el lugar quedó abandonado y muchas de las esculturas que lo decoraban se trasladaron a Florencia, colocándose en los Jardines de Bóboli que se encuentran detrás del Palacio Pitti. Pero no todas.

Al menos hubo una que permaneció en el sitio original, dada la imposibilidad de moverla: el llamado Coloso Apenino, obra del célebre escultor francés Giambologna, conocido en España como Juan de Bolonia y autor de la estatua ecuestre de Felipe III que se puede ver en la Plaza Mayor de Madrid.

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La idea del artista era homenajear a los Apeninos, cadena montañosa de millar y medio de kilómetros que recorre la península italiana longitudinalmente desde el golfo de Liguria hasta Calabria, como un eje norte-sur.

Para ello, aprovechó un enorme afloramiento rocoso al borde de un lago artificial, tallando su parte exterior con la forma de un dios de la montaña que parece salir de la misma roca (salvo la cabeza, que es un añadido de ladrillo con soportes de hierro).

La figura mide diez metros y medio de altura, apoyándose sobre su brazo izquierdo para aplastar un pez-fuente.

Determinadas partes como el pelo o la barba fueron realizadas usando cemento y lava, confiriéndole un efectista aspecto húmedo, muy dinámico.

Sin embargo, la verdadera sorpresa para el visitante está en el interior del coloso, que es hueco: había una gruta natural a la que se entra por la parte posterior y que Giambologna amplió, creando varias estancias repartidas en tres plantas, con ventanas bajo la barba y las axilas.

Originalmente incluía una chimenea que hacía salir humo por la nariz de Apenino.

La Villa Pratolina fue pasando de mano en mano y sus dueños incorporaron algunas reformas que la transformaron en un jardín inglés.

En 1872 la adquirió el príncipe Paolo Demidoff, cambiando su nombre por el de de Villa Demidoff, que aún mantiene hoy en día aunque ahora es propiedad pública de Florencia y se puede visitar en verano y otoño, desde mayo hasta finales de octubre.

La maravillosa Catedral de Mármol chilena

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Una catedral que estuviera hecha íntegramente de mármol sería un lujo, tan inaudito y de tal calibre que, de hecho, no hay ningún caso en el mundo… excepto en Chile, donde además no se encuentra en una plaza sino en un lago.

Con semejante planteamiento cabría imaginar una arquitectura digna de Juego de Tronos o algo similar pero en realidad se trata de formaciones naturales kársticas.

El lago General Carrera es una gran masa de agua de origen glaciar, como no es difícil deducir teniendo tan cerca las altitudes impresionantes de los Andes.

Alcanza una profundidad máxima de 590 metros y una superficie de 1.850 kilómetros cuadrados, lo que hacen de él el cuarto mayor de América del Sur.

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Exterior de la catedral de mármol

Esos kilómetros cuadrados se reparten entre Argentina (880, en la provincia de Santa Cruz) y Chile (978, en la Región Aysen del General Carlos Ibáñez del Campo).

En el primer país recibe el nombre de lago Buenos Aires, pero para este post hemos escogido la denominación chilena (oficial desde hace poco, 1959, ya que antes llevaba la que le dieron los indios tehuelches, Chelenko, algo así como «lago de las tempestades») porque es en sus aguas donde se sitúa su gran atractivo turístico.

Éste no es otro que la conocida como Catedral de Mármol, un espectacular conjunto de pequeños islotes caracterizados por sus rocas del Paleozoico Superior (300 millones de años) veteadas de tonos blanquecino-azulados, surgidas de la disolución de las calizas en combinación con la erosión que provoca el clima frío y ventoso del lugar.

Dicha disolución empezó con el deshielo de la última glaciación, ocurrida en el Pleistoceno hace unos 15.000 años, que dio lugar a la subida del nivel del agua y las consiguientes formaciones y oquedades de carbonato de calcio.

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Otra vista del interior

Ese grupo geológico ha sido bautizado como Catedral de Mármol aunque, en sentido estricto, su nombre oficial sería Santuario de la Naturaleza Capillas de Mármol, ya que Catedral sólo es una de las formaciones pétreas, la que parece sostenerse sobre arcos ojivales, siendo la otra la Capilla de Mármol.

También hay una Caverna de Mármol a cuyo interior, en el otoño e invierno australes -cuando baja el nivel del agua-, se puede acceder al interior y flotar entre sus recovecos y paredes de cuarzo.

Asimismo, las caprichosas formas que ha moldeado la Naturaleza ha moldeado caprichosamente una de las rocas dándole la forma que describe su denominación: Cabeza de Perro.

Estas maravillas se hallan en la ribera sur y son accesibles por la Carretera Austral inaugurada a principios de los años noventa o, sobre todo, navegando en lancha desde la localidad de Puerto Tranquilo (Comuna de Río Ibáñez), siempre con ropa de abrigo porque la velocidad, el frío y la humedad pueden resultar molestos.

En caso de viajar por el lado argentino, hay que usar la Ruta Nacional 40, que atraviesa el país de norte a sur.

La espectacular Escalera del Rey de Aragón en Córcega

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Parece poco comprensible que Córcega apenas sea conocida en el sector turístico y la única referencia que se tiene de ella, al menos, para la mayoría de la gente, es que se trata de la isla donde nació un tal Napoleón Bonaparte.

Y eso que los griegos la llamaban la Sublime y buena parte de su geografía forma parte del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La clave está en haberse decantado por un turismo sostenible, distinto al de masas de otros destinos mediterráneos, protegiendo dos tercios de su superficie como Parque Natural Regional.

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Así, la visita a Córcega descubre al viajero un montón de rincones encantadores de los que muchos destacan especialmente la localidad sureña de Bonifacio, una ciudad encaramada en lo alto de un abrupto acantilado de piedra calcárea blanquecina esculpida por el viento y el mar, frente al que se encuentra el pequeño archipiélago de Lavezzi -de riquísimos fondos de coral frecuentados por buceadores- y, en el horizonte, se recorta la silueta de la otra gran isla tirrena, Cerdeña.

Bonifacio es una ciudad asomada al mar y, por tanto, bien defendida por murallas y bastiones que fueron sucesivamente ampliados y mejorados en el tiempo, de manera que presenta fortificaciones pisana, genovesa (medieval) y la francesa actual.

El casco viejo acumula belleza y encanto entre iglesias, palacios, callejones, mercados, miradores, blocaos de la Segunda Guerra Mundial y mil detalles más. Ahora bien, imposible no prestar una atención especial a algo que, a priori, es tan anodino como una escalera. Pero qué escalera.

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Es la conocida como Escalier du Roi d’Aragon (Escalera del Rey de Aragón, en alusión al intento aragonés de hacerse con Córcega desde tiempos de Jaime II, en el siglo XIV). Se trata de una espectacular escalinata tallada en la pared rocosa del acantilado, conectando la parte alta de éste prácticamente con el agua.

Son ciento ochenta y siete escalones dispuestos en un desnivel de cuarenta y cinco grados y que, contemplados desde el mar (en un barco, se entiende) se ven como una fina línea oblicua que atraviesa los estratos, asemejando una tubería.

Tiene su leyenda y todo. Según cuentan, la obra la hicieron las tropas del monarca aragonés Alfonso V el Magnánimo en una sola noche, durante su infructuoso asedio a Bonifacio de 1420, con el objetivo de tomar la ciudad por sorpresa.

En realidad la escalera la tallaron los monjes franciscanos y a la inversa, de arriba abajo, para poder llegar a un pozo de agua dulce que se encuentra en la base del acantilado y recibe el nombre de St. Barthelem

De hecho, se dice que ya se había realizado un primer y tosco intento en ese sentido mucho antes, en el Neolítico. En cualquier caso, hoy se le han practicado algunas mejoras puliendo los peldaños y anclando una barandilla de hierro.

En la parte inferior incluso se ha habilitado un pequeño paseo vallado que discurre paralelo al mar, a pocos metros de éste. El atractivo y la fascinación que ejerce sobre los visitantes es tal que pocos se resisten a bajar.

El espectacular templo con forma de carro en honor del dios hindú Suria

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Konarak no suele estar dentro de los grandes circuitos turísticos de la India, ya que la mayor parte de éstos se centran en recorrer las regiones del centro-norte del país mientras que esta ciudad se encuentra en la costa noreste, asomada al Golfo de Bengala.

Sin embargo, es allí donde se localiza uno de los monumentos nacionales más atractivos y fotogénicos: el Templo de Suria.

Suria, que de acuerdo con la tradición védica tiene muchos más nombres, es el dios hindú del Sol. Por tanto, una divinidad benefactora que a menudo se representa de oro por la asociación visual que supone el tono de este metal precioso con los rayos solares.

Y aunque su culto no sea tan generalizado como el de otros personajes, sí que ha dejado una buena nómina de templos levantados en su honor; entre otras cosas porque a Suria se le atribuyen facultades curativas, especialmente en enfermedades de la piel, ceguera e infertilidad.

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Vista nocturna

Así pues, no extraña que el templo de Konarak sea uno de los más importantes para sus devotos… y para cualquier visitante, dada la rica decoración que presenta y que de un tiempo a esta parte se puede apreciar en toda su belleza, gracias a una restauración que eliminó la capa de suciedad que la oscurecía y que había llevado a los portugueses a denominarlo la Pagoda Negra: preciosos relieves recubren prácticamente todos sus muros en un horror vacui muy característico del estilo Orisa, que fue el predominante en la India entre los años 850 y 1200 d.C.

La construcción, con su eje orientado hacia el sol, por supuesto, se inició a mediados del siglo XIII durante el reinado de Narasimha Deva I, si bien no se sabe la causa con exactitud: presumiblemente para agradecer a Suria algún favor, quizá la curación de la lepra, quizá haber propiciado el nacimiento de su hijo Bhanu, aunque también hay quien apunta a la celebración del rechazo a un intento de invasión musulmana.

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El caso es que el aspecto actual es más modesto que el original, ya que antes contaba con una espectacular shikara (una especie de torre-cúpula), típica de las construcciones hindúes, que se perdió sin que esté claro si fue por un terremoto o por degradación progresiva.

Queda, pues, el templo principal (en realidad también el Nata Mandir, un pabellón exento para la danza que está en ruinas), de arenisca roja, que tiene forma de carro solar procesional tirado por siete colosales caballos de piedra y flanqueado por estatuas de elefantes, alguno de los cuales lleva leones encima; consecuentemente, su zócalo está circundado por veinticuatro enormes ruedas de ocho radios, con un diámetro de tres metros y labradas también en piedra.

Todo eso constituye sólo uno de los múltiples motivos artísticos que pueden verse en los relieves del edificio, entre ellos personajes del hinduismo (dioses, ninfas…), escenas de la vida cortesana y belica, una amplia representación faunística y vegetal, etc.

Al igual que en el Templo Visvanath de Khajuraho, también se puede contemplar una temática erótica totalmente explícita, con prácticas sexuales de todo tipo (posturas tántricas, sexo oral, tríos, zoofilia, etc) que revela la distinta concepción del asunto en aquella cultura respecto a occidente.

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Relieves eróticos

El templo formaba un triángulo religiosos del que los otros dos vértices eran el de Bubaneshwar y el de Puri (este último conocido como la Pagoda Blanca, en contraposición al de Suria, por estar recubierto de estuco) y se encontraba al borde del mar, si bien ahora está algo alejado por una lengua de arena.

Fue abandonado en el siglo XVI pero ha recuperado su esplendor y desde 1984 forma parte del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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