Anécdotas y curiosidades de la 2da Guerra Mundial (14)…
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“Caracortada”, el guardaespaldas de Hitler: fue granjero, espía por Israel, amigo de Perón y enterrado con honores nazis
Infobae(A.Serra) — Era insoslayable no sólo por la bestialidad inherente a su oficio: guardaespaldas de Adolfo Hitler. También por el terror que inspiraba su cuerpo: 1,93 de altura, 114 kilos: una mole entrenada para matar con ventaja… Y hasta su cicatriz completaba el cuadro: un profundo tajo que nacía en el borde de la barbilla y, como un río de cauce desigual, llegaba hasta su oreja. La orilla izquierda de ese río sangriento…
Otto Skorzeny, tal su nombre real –en la guerra no usó seudónimos, como otros esbirros nazis–, nació en Austria en 1908. En septiembre de 1939, cuando Hitler quebró la frontera polaca y desató el infierno, Otto estaba en plenitud física: 39 años, músculos de toro, y dominio de armas.
Es decir, como urdido en un laboratorio para entrar en las Escuadras de Defensa del Nazismo: un cuerpo de élite destinado a proteger cada paso de la vida de su jefe.
El oso humano no tardó en ser llamado “el hombre más peligroso de Europa”. Apelativo que, considerando a su jefe y a sus máximos criminales de guerra, no merecía menos que la repudiable Cruz de Hierro, máximo premio del Tercer Reich. Y la consiguió.
Pero, por si algo faltaba, el 25 de julio de 1943 y en una Alemania que empezaba a crujir, recibió su máxima orden: al frente de un pelotón de máquinas de matar similares a él, le ordenaron rescatar a Benito Mussolini, Il Duce, el patético, payasesco y no menos criminal dictador italiano y segundo socio de Hitler en el Eje: Alemania-Italia-Japón.
Un día antes, el mandamás del Partido Fascista fue derrocado y preso luego de una audiencia con el rey Vittorio Emanuele III.
Hitler, indignado, eligió para comandar la operación –llamada Eiche (Roble)– al general paracaidista Kurt Student, y Himmler, jefe de las SS Reichsführer, insistió en que el segundo debía ser Skorzeny. Que, sin experiencia en tareas encubiertas, se mantuvo en segundo plano…, hasta que en septiembre logró encontrar su rincón de cautivo: un hotel de los montes Apeninos, norte de Italia.
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Skorzeny junto a Juan Domingo Perón, en Buenos Aires
Ataque sorpresa. Tomado el hotel por los paracaidistas de Student, Otto –sin disparar una bala– desarmó a la guardia de carabinieri y llevó a Mussolini, a salvo, a Viena, por entonces territorio alemán.
Caracortada –su otro y obvio mote– no falló.
Pero el 28 de abril de 1945, vencida Alemania, y mientras intentaba huir, Il Duce fue atrapado y muerto por un grupo de partisanos, la Resistencia. Su cuerpo y el de su amante (Clara Petacci) fueron colgados por los pies en una estación gasolinera. Dos días después, con bala y veneno, se mataban Hitler y su amante, Eva Braun.
Ya en fuga, y como tantos criminales nazis, el gigantón se filtró en Buenos Aires y llegó a convertirse, en amanuense de Juan Domingo Perón… y en guardaespaldas de María Eva Duarte.
Llegado el golpe del 16 de septiembre, y con un Perón refugiado en la cañonera Paraguay rumbo al exilio, Skorzeny quedó librado a su suerte. Y acaso recordó cierta máxima china: “Si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero”.
Siguente paso: adiós a las armas, y en 1957, viaje a la verde Irlanda, la patria de Joyce, Wilde y Bernard Shaw, con la decisión de empuñar pala, azada, regadera, y transformarse en un pacífico granjero de Kildare, ciudad del condado homónimo, suroeste de Dublín, y un paraíso, entonces de apenas cinco mil almas.
Por cierto, la prensa irlandesa no tardó en desenmascararlo, llamándolo –entre otros verbos y predicados, “El glamoroso hombre del espionaje”, como recordó el periodista irlandés Kim Bielenberg al exhumar su historia, que sin embargo tiene más sombras y enigmas que certezas. Tantas, que Kim, asombrado, escribió: “Los diarios de la época hablaban de él con más admiración que repudio. Lo respetan por sus supuestas proezas militares, y le adjudican la salvación de inocentes del Tercer Reich luego de su caída”.
Pero esa contradicción empezará a explicarse mucho después. Y aparecerá un hombre de mil caras, de inteligencia, astucia y capacidad de mimetismo digna de una novela de espionaje.
Apenas instalado como supuesto granjero, llamó la atención su refugio: nada menos que una mansión rodeada de 650 hectáreas. No mucho después surge otra pregunta: ¿Trabaja para el Mossad, el servicio secreto israelí? Y al mismo tiempo, desde la Agencia Judía de Viena, el cuartel general de Simon Wiesenthal, llega una denuncia del célebre cazador de nazis: “Ese hombre mató judíos en campos de concentración”.
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Otto Skorzeny
Otra vuelta de tuerca. En la serie de tevé The Night Manager, de John le Carré, Skorzeny, luego de rendirse entre las fuerzas norteamericanas apenas caído el nazismo, pasó al Mossad de modo singular: querían matarlo… pero prefirieron ponerlo a su servicio para que asesinara a Heinz Krug, el experto en misiles y explosivos que trabajaba para Egipto preparando artefactos letales contra Israel, y además, convertirlo en un topo: espía camaleónico de alto rango.
Sin embargo, el gobierno irlandés no se quedó tan tranquilo. Algunos parlamentarios comenzaron a buscar respuestas a algunas preguntas candentes: ¿qué estaba haciendo un tipo como él en Irlanda?, ¿quería iniciar actividades nazis?
Para saberlo habría que revisar un poco de su pasado.
El rescate de Mussolini, por caso, mereció el elogio de Winston Churchill: “Fue un acto de gran audacia militar”, dijo.
Hacia 1944, agonía del Tercer Reich, Skorzeny no sólo combatió en la batalla de las Ardenas: habría intentado asesinar al general Dwight Eisenhower, factótum del Día D: la invasión a Normandía.

Diez días después del suicidio de Hitler se sentó en el banquillo de los acusados por los horrores sucedidos en el campo de exterminio de Dachau…, pero no se hallaron pruebas contra él.
Sin embargo, debía responder por otros crímenes –demanda de varios países–, pero, prisionero de guerra, huyó ayudado y amparado por ex miembros de la SS.
Primer puerto: España. Desde allí, varias veces a Buenos Aires, y relación y empleo con Perón.
Tarea no probada pero casi segura: desde la Argentina colaboró con el escape de criminales nazis a media Sudamérica.
Y según algunos medios irlandeses, “su granja era, en realidad, un escondite para nazis fugitivos”.
¿Por qué Irlanda lo recibió como a un héroe? Lo explica el contexto del momento: cierto nacionalismo irlandés separatista contra el Reino Unido.
El viejo axioma «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».
Pero a medida en que se corría el velo del gran espanto, el Holocausto, las miradas cambiaron: de héroe pasó a sospechoso, y también a maldito. ¿De dónde sacaba tanto dinero? ¿Por qué se paseaba todos los días en su imponente Mercedes Benz? Etcétera.
Quiso quedarse en Irlanda criando caballos, pero nunca se le otorgó visa. Su último refugio seguro fue Madrid. Allí murió de cáncer en 1975, a los 67 años.
Sus camaradas lo despidieron envuelto en la bandera nazi.
En los discursos recordaron sus hazañas: “Dirigió un grupo de soldados alemanes vestidos con uniformes de soldados norteamericanos capturados, y también se apropió de tanques enemigos para usarlos a favor del Reich”.
Eso, mientras sonaban los himnos y las marchas del pasado. Aquellas que se acallaron cuando el soldado ruso del Ejército Rojo Abduljakimk Izmailov izó la bandera de la hoz y el martillo en la cúpula del Reichstag (el Parlamento).
Era el segundo día de mayo de 1945. El fin de la mayor pesadilla del siglo XX.
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Adolf Hitler junto a Paul Von Hindenburg, quien falleció el 2 de agosto de 1934 en Neudeck, hecho que supuso la consolidación del nacionalsocialismo para acaparar todo el poder en Alemania
El día que Hitler se convirtió en Führer: la visita a un moribundo, la firma urgente de un decreto y la obtención del poder total
Infobae(M.Bauso) — El 1 de agosto de 1934 todos los ministros alemanes fueron convocados de urgencia al despacho del Canciller, Adolf Hitler. Nadie faltó. Hitler había regresado hacía muy pocas horas de un viaje breve. Había estado en Neudeck, una ciudad alemana en la que agonizaba el presidente alemán, el Mariscal von Hindeburg.
El motivo de la visita no fue piadoso; no fue a dar sus respetos finales ni a acompañarlo en sus últimas horas. Hitler se trasladó esos kilómetros porque necesitaba confirmar él mismo que era cierto lo que le decían sus fuentes. A Paul von Hindenburg le quedaban pocas horas de vida.
Ese era el momento que había esperado tanto tiempo. Al entrar a la habitación del convaleciente, Hindenburg lo confundió con el Kaiser Guillermo, lo llamó “Majestad” lo que llenó a Hitler de alegría porque pensó que merecía título y porque confirmaba la definitiva decrepitud del presidente.
Su voz era frágil como si cada palabra pronunciada le quitara horas de vida. Hitler estuvo apenas un minuto al pie de la cama. No simuló una sonrisa, ni sobreactuó dolor. Estaba urgido por regresar a la cancillería. Antes habló con los médicos que le confirmaron que a Hindenburg le quedaban unas pocas horas de vida.
Cuando los ministros entraron a su despacho los esperaban unas hojas y costosas lapiceras. La mayoría firmó sin leer. Total no tenían la posibilidad de oponerse. La Ley del Jefe de Estado Alemán disponía que en caso de sucederle algo al presidente, el cargo quedaría subsumido en el del canciller. Y quién ejerciera esas dos funciones sería llamado Führer.
Hitler argumentó que el pasado de Hindenburg era tan grande que nadie más debería usar su título. Casi como lo que hacen en la actualidad algunos equipos deportivos que retiran la camiseta tras el abandono de la actividad de un jugador legendario. Los motivos de Hitler eran menos ingenuos.
De esta manera obtenía el poder total. La eliminación de las instituciones, la acumulación de poder y funciones estatales en una persona consolidaban la dictadura total.
Al día siguiente, el 2 de agosto, Hindenburg murió. Tenía 87 años y era presidente alemán desde 1925, después de haber conducido las tropas alemanas en la Primera Guerra Mundial. Era también pese a las claudicaciones de los últimos tiempos, la última barrera que tenía Hitler para acaparar todo el poder.
Hitler ordenó que se le brindaran unas exequias fastuosas y que fuera enterrado en Tanneberg, escenario de la mayor victoria alemana en la Primera Guerra Mundial, contradiciendo un deseo de Hindenburg que deseaba que sus restos descansaran junto a los de su esposa (el hijo del matrimonio, en 1945, ante el avance del Ejército Rojo, desenterró los restos de sus padres y los llevó a otro lugar para que no fueran profanados).
En el mismo momento en que supo que el presidente había muerto, Hitler puso en práctica la ley que había hecho firmar la noche anterior. Había comenzado el Tercer Reich.
Esta nueva autoridad nacional, el canciller y Führer que concentraba todo el poder manejaba también las fuerzas militares, era el comandante en jefe de ellas. Los altos jefes más cercanos al nazismo juraron ese mismo día una nueva fidelidad. No lo hicieron a su país, ni a la constitución, ni siquiera a la figura del canciller.
El juramento de lealtad era personal, hacia Adolf Hitler. Y cada soldado alemán lo repitió: “Hago ante Dios este sagrado juramento de rendir obediencia incondicional al Führer del Reich y Volk alemanes Adolf Hitler, comandante supremo de las fuerzas armadas, y estaré dispuesto en todo momento a arriesgar mi vida como un valiente soldado por este juramento”.
Los jefes militares creían que de esta manera, Hitler les iba a deber algo y que, al mismo tiempo, quedaría atado a ellos, dependiendo de ellos y de su fuera. Otros, los tradicionalistas, con agradable nostalgia, veían en el juramento un regreso a los tiempos del Kaiser.
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La palabra de Hitler era ley. Los habitantes y funcionarios debían hacer lo que él dijera y ordenara porque eso tenía fuerza obligatoria. Ya no importaban los votos ni las leyes
Otro aspecto que había que resolver era la validez de esa Ley del Jefe de Estado Alemán. De manera muy evidente contradecía y violaba una de las disposiciones de la Ley de Habilitación que se había dictado en 1933. Esa ley anterior había sido uno de los pasos hacia el estado dictatorial.
Eliminaba las facultades del órgano legislativo y las depositaba en el canciller. Sin embargo establecía de manera taxativa la permanencia de la figura del presidente: sus derechos y atribuciones permanecerían intactos como mínimo dique de contención.
Pero a Hitler poco le importó. Tampoco a los jueces que avalaron la situación afirmando que era válido porque había sido dictado por el Führer. Esa confirmación de los tribunales fue el último paso para que el poder total se concentrara en Hitler.
Su palabra era ley. Los habitantes y funcionarios debían hacer lo que él dijera y ordenara porque eso tenía fuerza obligatoria, de norma ineludible. Ya no importaban los votos ni las leyes. Sólo importaba la palabra del Führer.
Desde que Hitler fue nombrado Canciller una serie de mojones marcaron su acumulación de facultades y la limitación y extinción de derechos y libertades. El incendio del Reichtag, la eliminación de éste, la decrepitud de Hindenburg y la Noche de los Cuchillos Largos, que fue la última barrera fáctica que cruzó para consolidar su situación.
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Las SA se habían convertido en un problema. Estas milicias del partido nazi, mezcla entre fuerzas parapoliciales, turba y organización gangsteril, fueron creadas para acceder al poder y sembraban el terror oficiando de brazo armado para instalar el nazismo en cada rincón del país.
Pero luego de conseguirlo, sus integrantes y en especial, Ernst Rohm, su líder, quisieron seguir en funciones y teniendo cada vez mayor influencia. Eran grupos violentos, cuyo modus operandi era el matonismo y el asesinato, que no deseaban perder influencia.
Al contrario, sus ambiciones, en especial las de Rohm, eran inmensas. Casi tanto como las de Hitler. El primer paso en el plan de Rohm era integrar las SA al ejército y así manejar las fuerzas militares. Esto generaba un natural resquemor en los hombres de armas. La idea que un advenedizo, arbitrario e incontrolable, se quedara con su institución causaba repulsión en los tradicionales militares.
Así comenzaron a presionar para que Hitler detuviera los avances de Rohm. Los militares no se dieron cuenta que si Hitler ganaba esa batalla, ellos quedaban en manos de otro advenedizo, arbitrario e incontrolable, tal vez peor que el otro.
Limitar a Rohm y a las SA se convirtió en una necesidad para Hitler. De otra manera, el que podía caer era él. Sin embargo estuvo mucho tiempo sin dar una orden, sin saber cómo resolver esta situación, esperando que se resolviera sola.
Al ver que eso no ocurría y al recibir cada vez más presión de los jefes militares, Hitler impulsó una matanza nocturna para desguazar a la cúpula de las SA. La Noche de los Cuchillos Largos ocurrió menos de un mes antes de la muerte de Hindenburg.
Las cifras exactas de muertes de esa noche no se conoce. Cientos de miembros de las SA y militares fueron ejecutados sin pasar por la justicia. Las ambiciones políticas de los líderes de las SA fueron aniquiladas. A Ernst Rohm lo detuvieron y le dejaron un arma con una sola bala para que se suicidara. Pero no lo hizo.
Veinte minutos después, alguien entró a su celda y lo ejecutó. Los nazis blandieron un telegrama de Hindenburg que felicitaba a su canciller por los hechos de esa noche. Mucho años después se supo que la misiva era apócrifa. Se supo que el presidente mostró su disgusto por el asesinato de dos generales de su confianza.
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Hitler con Adolf Rohm, líder de las SA y asesinado durante la Noche de los Cuchillos Largos, la matanza que lo consolidó en el poder
La Noche de los Cuchillos Largos tuvo un notable efecto práctico para Hitler.
Acalló uno de los escasos focos de oposición que quedaban en pie, fortaleció la locura nazi, dejó conforme a los jefes militares que pedían que fuera preservado su poder y su influencia, le dio autoridad a Hitler sobre éstos y, por último, funcionó como muestra del poder de escarmiento contra el que osara levantar la voz o accionar contra el nazismo.
Unos meses antes, Hitler lo había anunciado en un discurso: “Nuestros enemigos serán eliminados brutalmente y sin piedad”. Aunque parezca mentira esas eran palabras públicas de un líder de un importante país europeo. Ahora demostraba que era capaz de cumplirlas, que no se trataban de meras amenazas.
Estos hechos, esta suma del poder público en una persona, la unanimidad que parecía establecerse, no fue motivo de preocupación en Alemania. En el resto de Occidente, los medios comentaban las noticias con azoramiento y estupor. Pero Hitler siguió adelante.
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Un discurso de Adolf Hitler en 1925. «Nuestros enemigos serán eliminados brutalmente y sin piedad», dijo antes de asumir el poder de Alemania
El 19 de agosto dispuso un plebiscito en el que la población debía aceptar la nueva situación, avalar que Hitler hubiera eliminado la presidencia y concentrara en la figura de Führer todas las decisiones de gobierno, de estado y militares; ejecutivas, legislativas y judiciales aniquilando la división de poderes. El 90% de los alemanes votaron favorablemente.
Hitler había conseguido lo que siempre anheló: el poder total. Ya no quedaban amenazas internas ni límites para él. Un titular de un diario alemán de esos días de agosto es lo suficientemente elocuente: “Hitler es hoy la totalidad de Alemania”.
Ya sin enemigo internos, Hitler empezó a mirar más allá de sus fronteras.
Lo que sigue lo conocemos todos.
La historia del único prisionero que escapó de un campo británico en las dos guerras mundiales
Gunther Plüschow y su Henkel HD 24
L.B.V.(G.Carvajal) — El cine nos ha brindado múltiples historias de prisioneros que escaparon de campos alemanes y japoneses, principalmente durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo no recuerdo ninguna película en la que se narrase la fuga de un prisionero alemán de un campo británico.
Tampoco es que hubiera mucho para elegir, porque en las dos guerras mundiales tan solo un prisionero lo consiguió. Esta es su historia.

Gunther Plüschow con su hijo
Se llamaba Gunther Plüschow y antes de la Segunda Guerra Mundial ya era un hombre famoso y conocido internacionalmente.
Había nacido en Munich en 1886 y, a la edad de 10 años, ingresó en la academia militar como cadete naval.
En algún momento durante sus años de entrenamiento se topó por casualidad con una postal de la Tierra del Fuego, que se convirtió en su principal obsesión toda su vida.
Pero para conseguir llegar hasta allí habría de vivir múltiples aventuras.
Su primer destino militar fue la base naval que los alemanes tenían en Tsingtao (hoy Qingdao, China).
Tsingtao era una colonia alemana arrendada a los chinos durante un período de 99 años, exactamente igual que los británicos Hong Kong.
Allí volaba como piloto de reconocimiento naval a bordo de un Rumpler Taube, el primer monoplano producido en masa por Alemania.
Hasta que la Primera Guerra Mundial estalló y los japoneses y británicos atacaron Tsingtao. Derribado su avión en agosto de 1914 cuando transportaba documentos secretos para el mando alemán, sobrevivió y consiguió llegar a Shanghai, a más de 700 kilómetros de distancia, donde utilizando un nombre falso se embarcó en un navío que le llevó a Nagasaki, Honolulú y finalmente San Francisco.
El 30 de enero de 1915 navegaba ya desde Nueva York rumbo a Italia, cuando las inclemencias del tiempo obligaron al barco a buscar refugio en Gibraltar.
Lo que no sabía es que su nombre se encontraba en la lista de fugitivos de Tsingtao que manejaban los británicos, quienes no podían dar crédito a su suerte cuando le vieron desembarcar en Gibraltar. Fue detenido y enviado al campo de prisioneros de Donington Hall en Leicestershire, Inglaterra.
Un buen día de mayo de 1915 observó a un ciervo que campaba por el campo de prisioneros perdido. Se le ocurrió que, si el ciervo había logrado entrar, igualmente se podía salir. El 4 de julio de 1915, bajo una intensa tormenta, se deslizó hasta la alambrada y se fugó en dirección a Londres.
Allí se ocultó durante tres semanas disfrazado como un estibador, con ropas harapientas y la cara manchada de carbón. Se decicó a leer libros sobre la Patagonia escondido en el Museo Británico y a hacer fotos de la ciudad.
Finalmente abordó como polizón un barco holandés que le devolvió al continente y a su país, Alemania. La increíble historia de su fuga no convenció a las autoridades, que le detuvieron sospechando que podía ser un espía. Una vez identificado y aclarado todo el asunto se convirtió en un héroe nacional.
Habían pasado nueve meses desde su fuga.

En Tierra del Fuego
Una vez terminada la guerra publicó su primer libro, Las Aventuras del Aviador de Tsingtau, que fue un auténtico best-seller de la época, vendiendo 700 mil copias.
Y consiguió su sueño de rodear el Cabo de Hornos y visitar la Tierra del Fuego. Aprovechando su prestigio convence a varios empresarios para crear una compañía aeropostal, a la que llama AeroLloyd.
Él mismo realiza el primer vuelo aeropostal entre Berlín y Weimar. Esa compañía cambiará más tarde de nombre, siendo conocida en la actualidad como Lufthansa.
Volvería en 1927 a bordo de su propio barco, el Feuerland (Tierra del Fuego), junto con Ernst Dreblow, que había realizado el trayecto en un Heinkel HD 24. Serían los primeros en explorar y filmar la Patagonia desde el aire. El resultado fue un documental titulado El Condor de Plata sobre la Tierra del Fuego.
En 1930 ambos estaban de nuevo en Tierra del Fuego con el objetivo de explorar el glaciar Perito Moreno. Por desgracia, el 28 de enero de 1931 su hidroavión sufrió un accidente al romperse una de las alas. Ambos saltaron pero el paracaídas de Plüschow no se abrió. Dreblow aterrizó en un lago y murió congelado en la orilla. Así terminó una vida llena de aventuras.
nuestras charlas nocturnas.
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