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Anécdotas y curiosidades de la Segunda Guerra Mundial (13)…


– Mengele, el Arco de la Muerte y otras historias trágicas sobre el fútbol en los campos de concentración nazis

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Infobae (M.Bauso)  —  Apenas bajó del tren, el instinto le indicó que debía mentir su edad. Sumarse dos años. Así logró sobrevivir el primer día aunque él no se haya dado cuenta en ese momento. Después los llevaron hacia unas barracas mugrientas. Los guardias golpeaban con impiedad a los que se retrasaban, a los que mostraban alguna debilidad.

El día era gris, las nubes se apretaban sobre sus cabezas. El frío agrietaba la cara. No había un prisionero que tuviera el abrigo suficiente. Ninguno de ellos hablaba. Sólo se escuchaban sus pasos sobre el piso polvoriento y los gritos atemorizantes de los guardias nazis y de los kapos. Sin embargo, el joven de 14 años se puso contento.

Al costado de una de esas construcciones atestadas (y apestadas) vio un espacio amplio y con algo de césped. Dos arcos de madera, con travesaños irregulares, en cada extremo. Una cancha de fútbol.

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Fotos de la muestra No fue un Juego que exhibió el Museo del Holocausto

Imre Kertesz, Premio Nobel de Literatura 2002, escribió en Sin Destino, el libro en el que recrea su experiencia en los campos de concentración: “Se encontraba en un claro y parecía estar en perfecto estado: con su prado verde, sus arcos, sus líneas debidamente trazadas, todo bien cuidado y ordenado.

Enseguida nos pusimos a hacer planes: después del trabajo iríamos a jugar al fútbol”.

Nada de esto fue así. Pero él no podía saberlo, no podía imaginar lo que se vivía y la manera en que se moría en Auschwitz.

Dos de los elementos de la historia de Kertesz se repiten en otra historia: mentir sobre la edad y el fútbol. No se trata de una casualidad.

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Joseph Zalman Kleinman y su estremecedor relato sobre los Arcos de la Muerte en juicio contra Adolf Eichmann

El relato es estremecedor. Lo brindó Joseph Zalman Kleinman hace sesenta años.

Como testigo en el juicio contra Adolf Eichmann en Jerusalén, Kleinman contó que una tarde, apenas llegados a Auschwitz, los sacaron a todos a formar en una cancha de fútbol.

Mientras hacían una larga fila, vieron llegar a un hombre flaco, con la cara angulosa y la mirada penetrante. Era Josef Mengele.

Bajó abruptamente mientras la bicicleta caía a un costado. Fue directo hacia un joven y le gritó en la cara.

“¿Cuántos años tenés? ¿Cuántos años tenés?”.

El chico, temblando, respondió: “18”. Pero no era así. Él sabía que esa era la respuesta correcta, el número que prolongaría su vida unos días más. Pero su baja estatura, la cara de nene, el torso esmirriado decían la verdad. Ese chico no pasaba de los 14 años.

Mengele empezó a dar órdenes frenéticas a sus subalternos. Los soldados corrían de un lado para el otro. Al poco tiempo todo lo que él había pedido estaba allí.

La fila permanecía inmóvil y en silencio. Esperaban en un descampado que a sus extremos tenía arcos de fútbol. Era la cancha del lugar. Mengele caminó hacia uno de los arcos e hizo que todos lo siguieran prolijamente. Los detenidos se cuidaban de no hacer ruido con sus pisadas como si eso fuera causal de muerte -allí todo era causal de muerte.

Mengele dio órdenes precisas: de uno de los postes debían clavar una tabla que quedara paralela al piso. Ese nuevo mojón lo debían atravesar todos los detenidos.

El que pasaba por debajo de la tabla, el que no superaba esa marca arbitraria que había establecido Mengele era enviado a las cámaras de gas de inmediato. Esa tarde condenó a cientos a la muerte por petisos o por menores de edad.

El arco yo no servía para que alguien intentara acertarle desde lejos, para que alguien buscara un gol, clavarla en un ángulo. Era un instrumento más, como todos los que los nazis tenían a mano para continuar la matanza. Se había convertido en el Arco de la Muerte.

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Joseph Mengele

Joseph Zalman Kleinman cuenta que él que tenía 14 años y lo aparentaba quedó inmovilizado. Avanzaba junto a la fila, como un autómata.

Su hermano, por lo bajo, lo instó a hacer algo: “¡No te vas a mover! ¿Te querés morir?”. Kleinman, sin que los guardias lo vieran, consiguió meter piedritas dentro de su calzado, debajo del talón. Esperaba ganar altura y llegar al límite fijado. Con eso, a lo sumo, creció dos centímetros.

Seguía pasando por debajo de la marca del Arco de la Muerte. Antes de que le llegara su turno, logró escabullirse entre un grupo numeroso que pasaba y así salvó su vida.

Esta es una de las muchas conexiones que el fútbol tiene con los campos de concentración.

El proyecto No Fue Un Juego integrado por Leonardo Albajari, Germán Roitbarg, Guillermo Ibarra y Gustavo Asmús se encargó de recopilar muchas de estas historias y con ellas han organizado muestras, conferencias, charlas escolares, posteos en las redes sociales y otras actividades que tiene por fin concientizar sobre la Shoah, mantener la memoria viva.

El proyecto (@nofueunjuego en las redes sociales) cuenta historias relacionados con el fútbol y el nazismo y el holocausto, patrocinada por el Museo del Holocausto de Buenos Aires. Ganó, entre muchos otros, el premio Julius Hirsch entregado por la Federación Alemana de Fútbol en el año 2018.

Leonardo Albajari, periodista y productor audiovisual, le cuenta a Infobae que en Birkenau había una cancha de fútbol que quedaba muy cerca al sector de los crematorios, a sólo cien metros de ellos, y por el otro lado era lindera con el llamado “Sector de los Gitanos”.

Las cámaras de gas 2 y 3 de Birkenau eran vecinas de esa cancha. En Auschwitz, la cancha era un espacio situado entre las barrancas 15 y 16 en la que al principio jugaban prisioneros políticos y polacos.

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Tadeusz Borowski, un sobreviviente de los campos de exterminio nazi, escribió: «A la derecha del campo de fútbol estaban los crematorios […] Y enfrente, un pequeño bosque que había que cruzar de camino a las cámaras de gas”

Sobre el campo de Birkenau y su cancha de fútbol, Tadeusz Borowski, un sobreviviente, en un texto titulado “La gente caminó”, relata su historia y su ubicación: “Empezamos a construirlo al principio de la primavera en el descampado que había detrás de los barracones del hospital.

La localización era excelente. Los gitanos estaban a la izquierda […], en la parte trasera una cerca de alambre de púas y detrás la rampa de carga con las vías férreas y el interminable ir y venir de trenes.

Y más allá, los barracones de las mujeres.

A la derecha del campo de fútbol estaban los crematorios […]

Y enfrente, un pequeño bosque que había que cruzar de camino a las cámaras de gas”.

Había también otros partidos formales entre prisioneros y guardias y soldados.

Pero los prisioneros eran sonderkommandos, aquellos que estaban destinados a trabajar en las cámaras de gas y los crematorios.

Por ende, estaban mejor alimentados que el resto aunque su régimen no fuera envidiable fuera de Birkenau.

Otro aspecto de estos partidos es que no sólo había diferencias físicas debido cuestiones de salud o de alimentación entre los que disputaban estos partidos, ya sean los que tenían algo más de organización previa como los improvisados.

En la mayoría de ellos había jugadores que tenían poder sobre otros. No estamos hablando de meras diferencias jerárquicas.

Sino de un poder de decisión sobre las condiciones de vida de otro y hasta sobre su sobrevivencia. Porque los prisioneros jugaban con y contra guardias y kapos.

Y muchos de ellos no creían que perder era una posibilidad, mucho menos si los rivales eran de una raza que ellos consideraban inferior, que merecía ser exterminada.

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Nikolai Trusevych, arquero del Dynamo de Kiev

Una verdad instalada en el fútbol amateur también regía para los partidos dentro de ese infierno: el que tiene un buen arquero cuenta con ventaja. Bronisaw Cynkar, uno de los prisioneros, cuenta en el Museo del Holocausto, que él sobrevivió por dos motivos: el primero, como todos, fue porque tuvo suerte; el segundo, era un arquero extraordinario.

Y sabemos que ese es un puesto escaso en talentos. Era muy difícil hacerle un gol. Por eso eran muchos los que lo querían en sus equipos. A él le daban de comer mejor que al resto.

En 1942, en tierras ucranianas invadidas por los nazis, el fútbol había quedado olvidado. Hasta que un panadero descubrió que uno de los desgreñados postulantes para un puesto que él ofrecía (eran escasas las ofertas laborales) era una de sus ídolos, el gran Nikolai Trusevych, arquero del Dynamo de Kiev. Lo contrató de inmediato.

Las charlas diarias sólo versaban sobre fútbol. Así comenzaron a juntar sobrevivientes que antes de la guerra y la invasión habían jugado al fútbol y armaron un equipo. A los alemanes les pareció una buena oportunidad. Seleccionaron algunos soldados y derrotaron con facilidad a los mal alimentados ucranianos.

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El equipo FC Start

Entonces se les ocurrió una idea. Podían hacer una pequeña liga, para despuntar el vicio y de paso aparentar un clima de normalidad. Cinco equipos alemanes y el rejuntado desesperanzado de ex futbolistas de la Europa Oriental que fue bautizado como FC Start.

Pero con unas semanas de entrenamiento, algo mejor comidos, los ucranianos arrasaron con cada rival. Las goleadas eran continúas y cada vez más abultadas. La última esperanza era el mejor equipo alemán, el Flakelf, con jugadores bien alimentados y varios profesionales. Pero, de nuevo, los soviéticos golearon: 5 a 1.

De inmediato organizaron la revancha. Pero, el resultado, a pesar de algunas irregularidades en el arbitraje y de las presiones para que se dejaran vencer, fue otra vez favorable al FC Start. Los nazis creían que el fútbol era un gran arma propagandística, pero el derrotero del FC Start les traía problemas.

Los mostraba vulnerables y elevaba la moral de los invadidos. Como quedó demostrado que no los podían vencer en la cancha, decidieron desguazar el equipo. En poco tiempo, todos sus jugadores fueron enviados a diferentes campos de concentración como castigo a sus habilidades futbolísticas.

Sólo tres lograron sobrevivir (que luego fueron acusados por el estalinismo de colaboracionistas por haber jugado al fútbol).

Con el tiempo, a ese último encuentro, el día que los alemanes supieron definitivamente que no iban a poder superar ese fútbol brillante, se lo conoció como El Partido de la Muerte.

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El partido de la muerte en Kiev

De este episodio surgieron tres films. El menos conocido y más reciente, de origen ruso, es Match (2012) el que recrea con mayor rigor histórico el hecho.

Otra Inspirada vagamente en ese hecho es Escape a la Victoria (Victory, 1981), tal vez la que más fama tenga dentro de las futbolísticas, la película icónica de fútbol, la referencia ineludible. John Huston, Pelé, Stallone, Ardiles, Bill Conti, Bobby Moore, el polaco Deyna, Michael Caine, Max von Sydow.

La historia toma ribetes más espectaculares y más optimistas de lo que sucedió en la realidad.

La tercera es un clásico poco frecuentado que se conoció como Match en el infierno (Ket felido a pokolban, 1962) película húngara de Zoltan Fabri.

Está película, en un ascético blanco y negro, llega al partido final transitando de manera más pudorosa lugares similares a los de Escape a la Victoria.

El reclutamiento de jugadores exánimes, algún intento de fuga, los liderazgos naturales. Pero su resolución inevitable, sin final feliz, repleta de dignidad y dolor en una cancha improvisada en medio de un lager, con piso de tierra con apenas alguna mata de pasto salvaje como excepción, con los prisioneros mirando el partido con ojos agónicos y los nazis amenazando con sus armas, hacen que la película sea inolvidable.

Zoltan Fabri, apenas empieza la historia, deja claro con un travelling que atraviesa una barraca del campo de concentración, que el ambiente es muy distinto. Allí hay hambre, trabajos forzados, violencia, enfermedad y mucha muerte. Casi se puede percibir el hedor.

Como celebración por el cumpleaños de Adolf Hitler los oficiales alemanes deciden hacer un partido de fútbol entre sus soldados y oficiales medios y un equipo con los prisioneros. Entre estos hay un jugador que se destacaba hasta que la guerra detuvo su carrera.

Había participado en los Juegos Olímpicos de Berlín 36 y en el Mundial 38, un húngaro llamado Dio Onodi. A él le piden los oficiales nazis que organice un equipo.

Los elegidos gozarán de algunos privilegios: mayor ración de comida, dejar el trabajo forzado y posibilidades de entrenarse para el gran partido. El capitán debía elegir los jugadores. Recibió centenares de ofrecimientos: las comodidades eran muy tentadoras.

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Yehuda Bacon, de niño junto a sus padres

En una escena ejemplar un guardia le da a elegir entre una horma de queso y una pelota de cuero, de esas con tiento. Él elige la pelota. La tira hacia arriba, la mantiene en el aire con unos cortos cabezazos, cuando baja hace jueguito, la pelota pasa firme de un pie al otro sin tocar el suelo, hasta que la levanta con el muslo y le pega un derechazo fuerte, vertical, que parece perderse en una nube.

Cuando cae, mata la pelota con su empeine y la protege con su suela. Sus compañeros de detención miran embelesados, les cambia la cara mientras él despliega su habilidad. En ese momento, con una sonrisa ladeada, pronuncia la frase irrefutable: “El fútbol es sagrado”.

Roberto Fontanarrosa, en un libro que recopila algunas de sus viñetas futboleras al que tituló con esa frase, cuenta en el prólogo que vio Match en el infierno en un cine de Rosario en un programa triple y así devela el final del partido, luego de un primer tiempo desfavorable en el que Onodi casi no participó: “La cuestión es que Dio se enojó, cazó la globa, la puso bajo la suela … y andá a cantarle a Gardel.

En treinta minutos dio vuelta el partido, hizo tres pepas y hasta le puso la pelota del gol del triunfo al narigoncito judío que jugaba de once y que tuvo la mala idea de ir a gritárselo a la tribuna alemana, adonde estaba la barra brava de los nazis.

Los alemanes se enojaron y no esperaron hasta la pitada final. Ahí no más los cagaron a tiros a todos, certificando que es muy difícil ganar de visitante”.

Yehuda Bacon, otro sobreviviente de los campos, también cuenta que jugaban al fútbol en Auschwitz. Los detenidos que tenían entre 12 y 16 años, muy de vez en cuando, podían usar esa cancha que estaba en medio del campo de concentración. En esos momentos esporádicos disfrutaban y lograban olvidarse de los sufrimientos.

Es necesario aclarar la excepcionalidad de esos encuentros. En Auschwitz no estaban contempladas las actividades recreacionales de los internos. Es más, con el paso del tiempo, eran pocos los que podían darse el lujo de gastar sus escasas energías en un picado.

Bacon, en un informe excepcional que publicó hace unos años el Diario Marca, despeja una de las dudas que surgen al escuchar la historia, quien proporcionaba la pelota. En su caso era el Dr. Klein, un SS que hacía aparecer una pelota algún domingo para poder jugar él también.

Yehuda Bacon, cada vez que le preguntan por estos partidos improvisados, aclara con énfasis que se trataban de momentos escasos, excepcionales: “Por eso no quiero que sólo se diga que en Auschwitz se jugaba al fútbol. Eso era un infierno. Allí se mataba a las personas. Es paradójico que en un lugar como ese campo de concentración se disputaran algunos partidos. Suena raro, incluso es difícil de entender, pero eso sucedió allí”.

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Simon Wiesenthal

– Las historias de los monstruos nazis que persiguió y cazó Simon Wiesenthal

Simon Wiesenthal estuvo detenido en cinco campos de concentración distintos. Por culpa de los nazis, él y su esposa, sufrieron la pérdida de 98 miembros de ambas familias en esos años. Wiesenthal  era arquitecto, pero luego de ser atravesado por la tragedia se dedicó a una nueva actividad, a la que le dedicó todo su tiempo y energía: se convirtió en cazador de nazis.

Él no realizaba las detenciones. Acopiaba la información, rastreaba a los criminales y los denunciaba ante las autoridades y la prensa. A lo largo de su carrera, cientos de criminales nazis fueron capturados gracias a su accionar. Simon Wiesenthal fue una figura clave para mantener viva la memoria y en la búsqueda de justicia.

Cada vez qué le preguntaban por el origen de su voluntad,  decía: «En mi ciudad antes de comenzar la guerra había 150 mil judíos; en 1945 sólo quedaban 150 con vida. Siempre pensé que todo en la vida tiene precio, entonces haber sobrevivido también lo tiene. Y el mío es el de ser el representante de los que han muerto, de los que fueron asesinados«.

Estos fueron algunos de los principales criminales que encontró y logró llevar ante la justicia.

Franz Stangl: el comandante de la muerte

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Franz Stangl (centro) el genocida que fue la máxima autoridad en Treblinka

Franz Stangl fue la autoridad máxima del campo de concentración de Treblinka. El comandante de la máquina de muerte más atroz y eficaz de la historia. En esa sola línea se puede resumir su prontuario, su desmesura criminal.

Nacido en 1908, Stangl era oficial de la policía austríaca cuando legó el Anchluss, la anexión austríaca con Alemania. Enseguida comenzó a integrar la Gestapo y comenzó su ascenso por todo el escalafón del mal: la oficina de asuntos judíos, la de los programas de eutanasia.

Luego llegó el momento en que fue nombrado comandante de Sobibor, un campo de exterminio. Supervisó los pasos finales de la construcción y se encargó de ponerlo en funcionamiento.

Se estima que allí murieron 100 mil personas en los primeros meses desde su puesta en funcionamiento. Debido a su éxito, a su prolija gestión asesina, le dieron la comandancia de Treblinka. Asistido por Gustav Wagner optimizó la maquinaria asesina. Industrializó la muerte.

Luego del cierre de Treblinka fue mandado al frente de batalla. Al final de la guerra se refugió en Viena y cuando se sintió cercado intentó escapar hacia Italia, pero en la frontera lo detuvieron soldados norteamericanos. Estuvo detenido hasta 1948 cuando logró fugarse en circunstancias poco claras.

Su siguiente destino fue Siria. De allí pasó a Brasil. En el país sudamericano, en la ciudad de San Pablo trabajó en la fábrica de Volskwagen y vivió con tranquilidad muchos años. Hasta que Simon Wiesenthal dio con su paradero. Lo denunció ante la justicia brasileña y ante la alemana. Logró su detención en 1967 y luego su posterior extradición.

En Alemania se lo acusó por la muerte de más de un millón de judíos. Fue condenado a cadena perpetua.

Cumpliendo su condena, Stangl brindó una serie de entrevistas a la notable periodista alemana Gitta Sereny. Esas setenta horas de conversaciones dieron nacimiento a un libro extraordinario, Desde aquella oscuridad, en el que Sereny escruta la personalidad del asesino, su naturaleza, la impunidad y la falta de asunción de responsabilidades. Stangl murió a los 63 años, el 28 de junio de 1971. Fue el día después de dar por finalizadas las charlas con Sereny.

Gustav Wagner: un sádico con sangre fría

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Nacido en Austria, Gustav Wagner se unió al partido nazi a principios de la década del 30. Siempre fiel y predispuesto fue ascendiendo en la escala del poder. Integró un grupo que practicaba la eutanasia. Tan eficaz fue su tarea que lo ascendieron a lugarteniente de Franz Stangl en los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. Ambos entablaron una durarera relación de amistad.

Su crueldad e inclemencia se hicieron célebres. Algunos de sus colegas y los escasos sobrevivientes testimoniaron que llevaba a cabo su tarea criminal con fruición. Masacraba con dedicación. Se lo acusaba, entre muchos otros crímenes, de disparar contra grupos integrados por decenas de detenidos hasta dar muerte a cada uno de ellos.

Se lo ha descripto como «un sádico con sangre fría». Su ocupación principal era realizar la selección de prisioneros y enviarlos a las cámaras de gas.

Además era capaz de matar a golpes a algunos de los reclusos porque ya sin fuerzas no podían levantarse ante su presencia. Estas actividades las hacía a la vista de la mayor cantidad de gente posible y a la luz del día. Se vanagloriaba de su perversidad.

Cuando se produjo el Levantamiento de Sobibor, él no estaba presente, estaba de vacaciones con su esposa y su hijo recién nacido. Los prisioneros evaluaron que la ausencia de Wagner les daba más posibilidades de éxito. La revuelta fracasó pero el campo debió ser cerrado.

Luego de supervisar el cierre del lugar y la destrucción de las pruebas del exterminio, Wagner mató a los que habían participado del desmonte de las instalaciones. Se ocupó personalmente del tema. De allí fue trasladado a Italia dónde se encargó de la deportación de los judíos.

Después de la Segunda Guerra fue escapando de los Aliados hasta que en 1950 consiguió llegar hasta Brasil junto a Stangl. Allí vivió con tranquilidad y, naturalmente, un nombre falso, Günther Mendel.

Estuvo sin ser molestado durante décadas. Realizó diversos trabajos menores hasta que se casó con una mujer que era viuda. Con el matrimonio mejoró su situación económica. Pero al enviudar vivió un tiempo como un indigente hasta que consiguió trabajo en la actividad rural. Simon Wiesenthal lo ubicó a mediados de la década del setenta. A pesar de haber sido juzgado en ausencia en Nuremberg, recién en 1978, Gustav Wagner, que se seguía haciendo llamar Günther Mendel, fue arrestado. La justicia brasileña rechazó en fila los pedidos de extradición de Israel, Austria, Polonia y Alemania.

En declaraciones a medios ingleses no mostró mayor remordimiento por sus acciones del pasado, dijo, como tantos otros criminales nazis, que él sólo había obedecido órdenes, que él sólo iba a trabajar en un horario determinado y que luego iba a tomar algo con sus amigos y a su casa a comer con su familia. El suyo había sido un trabajo como cualquier otro.

El 3 de octubre de 1980, a los 69, apareció muerto con un cuchillo clavado en medio de su pecho. Los allegados, de manera muy veloz, declararon que se había tratado de un suicidio. Nadie reclamó por la situación.

Walter Kutschmann: miles de muertos en su conciencia

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Walter Kutschmann cuando fue descubierto por un periodista en Miramar bajo un nombre falso

Pedro Olmo trabajaba desde hacía décadas en Argentina en la empresa Osram. Era un empleado dedicado, algo hosco pero muy eficiente. Llegó a ser encargado de compras. Se casó con una mujer de ascendencia alemana. Luego el matrimonio se radicó en Miramar, Argentina.

Hasta que un periodista de la revista Gente, el semanario más vendido del momento en el país, lo visitó. Luego del saludo de rigor, Alfredo Serra, el periodista (que hoy escribe en Infobae), le descerrajó una palabra que golpeó la humanidad del hombre, del supuesto Olmo: «Kutschmann».

Así lo llamó Serra. por su verdadero apellido. El criminal de guerra nazi había sido descubierto. La tarea de Simon Wiesenthal había sido clave.

Prontamente le pidió a la justicia argentina que actúe. Pero Walter Kutschmann se esfumó. Reapareció, fue reencontrado, diez años después en Vicente López. La justicia argentina lo detuvo pero la extradición no llegó a producirse nunca. Kutschmann murió en el hospital penitenciario luego de sufrir un ataque cardíaco.

En Europa había asumido la identidad de Olmo. Realizó cada paso de su fuga de Francia a España, y de la España franquista al barco que lo trajo un par de años después a la Argentina, bajo el disfraz de cura. Antes, en los años nazis, había sido un destacado jefe de la Gestapo destinado en Tarponol (Polonia), y luego fue jefe de la sección de asuntos jurídicos de Drohobycz. Le atribuyen miles de muerte.

Hermine Braunsteiner: la guardia que mataba a patadas y latigazos

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Su apodo lo dice todo: La Yegua de Majdanek.

Hermine Braunsteiner nació en Viena. Trabajó desde muy chica, teniendo que postergar sus estudios.

Antes de la Segunda Guerra buscó un mejor futuro en Inglaterra pero en 1939 volvió al continente.

Su primer trabajo para el nazismo lo tuvo en Ravensbruck. Ejercía de guardia de las prisioneras.

En 1942 se enfrentó con Maria Mandel, una colega: luego fue conocida como La Bestia de Auschwitz.

En esa puja de poder y atrocidades, Hermine quedó relegada.

Su furia por el ascenso pospuesto la desplegó sobre más prisioneros.

Poco después la trasladaron a Majdanek.

A partir de ahí expuso y liberó toda su crueldad sobre los prisioneros.

El látigo se convirtió en una extensión de su cuerpo.

El apodo, lo de yegua, provino de su costumbre de someter y matar a patadas, con sus botas reforzadas con acero en las puntas y talones, a los prisioneros del campo de concentración.

Su salvajismo era mítico. Todos los oficiales nazis sabían de lo que era capaz Hermine. El prestigio homicida se esparce con facilidad. Varios testigos sostuvieron que no sólo era cuestión de látigos y patadas.

Uno declaró que vio cuando ella en medio de Majdanek, luego de arrebatarlo de sus brazos, disparó en la cabeza de un niño de 4 años en presencia del padre del pequeño. No hacía distinciones entre ancianas o niños; aplicaba su rigor sobre todos de igual manera.

Stella Kolin, una polaca que estuvo recluida en Majdanek, contó que una vez del otro lado de un cerco vio a su padre desfalleciente. Ella se acercó y le lanzó un pedazo grande de pan que había guardado. Pero el alimento pegó en el cerco electrificado y encendió las alarmas.

Llegaron varias guardias con Braunsteiner a la cabeza. Stella fue pateada por Hermine quien anunció que le daría además 25 latigazos. Stella sólo sintió los primeros nueve. Luego se desvaneció.

Luego de la derrota alemana, Braunsteiner empezó su fuga pero fue rápidamente apresada por los soldados norteamericanos. Logró escaparse pero la detuvieron de nuevo. Allí investigaron su actuación en Ravensbruck pero nada se dijo sobre Majdanek.

De ese modo la liberaron en 1947. Aunque duró pocos días en libertad. Nuevamente la detuvieron y, esta vez, la juzgaron por lo hecho en Ravensbruck. La condenaron a tres años de prisión pero fue liberada, en virtud de una amnistía.

A partir de allí cambió su nombre y trató de pasar lo más inadvertida posible en Viena, su ciudad natal. Hasta que en 1958 se casó con un mecánico norteamericano. La pareja se estableció en Estados Unidos. Hermine Ryan (su nuevo nombre) era una vecina respetable de Queens, Nueva York.

Wiesenthal logró ubicarla y avisó a las autoridades migratorias norteamericanas. Los cubrió con papeles y pruebas pero no lo escucharon. Entonces, el cazador de nazis acudió a la prensa. Una nota en la portada del The New York Times selló la suerte de Hermine. «Ex guardia de campo de concentración es ama de casa en Queens», sentenciaba el titular.

Ella trató de defenderse: «Después de 15 o 16 años, ¿por qué molestan a la gente? Ya fui castigada lo suficiente. Estuve en la cárcel durante tres años. ¡Tres años! ¿Y ahora quieren algo de nuevo de mí?». El marido también la defendió. Dijo que su esposa era la persona más buena del mundo, incapaz de hacerle mal a una mosca.

El proceso, impulsado siempre por Wiesenthal, duró nueve años. Un artilugio permitió destrabar la situación. La oficina migratoria la acusó de falsear su declaración de entrada, de negar el proceso anterior y la amnistía. Así Hermine se convirtió en la primera criminal de guerra nazi extraditada desde Estados Unidos.

En 1981, Hermine Braunsteiner fue condenada en Alemania a dos cadenas perpetuas. Murió en 1999 en Alemania.

Josef Shawmmberger: el asesino de la SS que disfrutaba del poder

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Josef Shawmmberger fue comandante de varios campos de trabajo esclavo en la zona de Cracovia.

En 1948, logró como tantos otros nazis llegar a la Argentina.

Se sintió resguardado y a salvo.

Empezó una nueva vida.

Creyó que el pasado ya no podría alcanzarlo y que la impunidad regiría su vida.

Pero Wiesenthal, el cazador de nazis, logró ubicarlo.

Presentó la documentación correspondiente y denunció ante las autoridades la presencia del criminal nazi.

Se lo acusaba de haber cometido más de mil asesinatos en Polonia. WIesenthal denunció en 1972 que Schwammberger estaba afincado en La Plata. Pero la red de complicidades se puso en acción una vez más. Logró escapar y no se supo de él durante doce años.

En 1984 lo volvieron a identificar en Huerta Grande, Córdoba. La extradición y el juicio demoraron un buen tiempo. Pero en 1992, en Alemania, fue condenado a cadena perpetua. Su esposa siguió viviendo en la Argentina hasta su fallecimiento en 2003.

Schwammberger, longevo, vivió hasta los 92 años. Murió en el hospital de la cárcel alemana en la que estaba detenido. La necrológica de esos días de 2004 de El País de España resume su actuación: «Este siniestro individuo personificó a la perfección el tipo de medio pelo convertido en asesino al disfrutar del poder y oportunidades para dar rienda suelta a lo peor de la condición humana desde su cargo en las SS».

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Perros bomba en la Segunda Guerra Mundial

museodelperro.com  —  Los perros empleados para la guerra, en general han sido adiestrados para el rescate o la detección de artefactos explosivos. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron usados como bombas antitanque por la Unión Soviética.

Los perros eran en su mayoría pastores alemanes y se les entrenaba para cargar explosivos sujetados a sus cuerpos y dirigirse hacia los tanques enemigos, donde eran detonados. El desenlace era fatal para los canes. Este tipo de armamento animal fue inicialmente utilizado por los rusos.

En 1924 se autorizó que los perros participaran en el ejército y se montó una escuela de adiestramiento de perros en Moscú. Los militares reclutaban a adiestradores de perros policías, cazadores, veterinarios y entrenadores de circo.

Se creó una decena de escuelas tras el éxito de la primera y se abrió entonces la división de adiestramiento de perros en la Unión Soviética. Al principio, los perros eran adiestrados para portar suministros, identificar minas y salvar personas, tareas en las que los canes demostraron su valía.

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Soldados soviéticos entrenado perros, 1931.

A principios de los años 30, alguien decidió que era una buena idea transformar al mejor amigo del hombre en un arma antitanques.

Tres de las escuelas comenzaron a adiestrar a los cachorros para este cruel fin.

La idea inicial era llevar una bomba hasta un tanque enemigo, soltarla y  alejarse rápidamente; pero luego se decidió sujetarles la bomba al cuerpo para detonarla por control remoto o con un temporizador dado que era más fácil adiestrar a los perros para ello.

Eran muchos los motivos para que estos métodos no funcionaran como se habían planeado.

En el caso de que el perro tuviese que soltar la bomba, tenía que tirar de una cinta con los dientes para  lanzarla y esto, era una tarea complicada para el animal, así que con frecuencia volvían sin arrojar la bomba.

En el caso de las detonaciones a distancia, hay que decir que los detonadores de la época eran muy caros, así que se optaba por utilizar temporizadores.

Esto traía un problema muy grave: si el perro volvía portando la bomba, mataría a todas las personas presentes en el punto de retorno.

Pero incluso si se lograba colocar la bomba debajo del tanque, cuando éste estuviese en movimiento y avanzara, la bomba explotaría sin causar ningún daño al tanque enemigo, al menos que la sincronización fuera perfecta, algo muy difícil.

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Insistentes en que el plan funcionara, los soviéticos pensaron que  en vez de arrojar la bomba, los explosivos irían fijados a los perros. Cuando los canes se metiesen debajo del tanque, la bomba se activaría, matando al perro y, con suerte, causándole daños al tanque.

Como si la muerte no fuese crueldad suficiente, a los perros seleccionados les tocaba sufrir un duro adiestramiento. Se les dejaba sin comer y se colocaba la comida debajo de un tanque, para hacer que pensasen que debajo de los tanques encontrarían siempre comida.

Después de un tiempo, se repetía la operación añadiendo los típicos y ensordecedores ruidos de los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, para que los perros no se asustaran llegado el momento de entrar en acción.

Los perros antitanque comenzaron a usarse en 1941, cuando las fuerzas del Tercer Reich se adentraron en territorio soviético en la Operación Barbarroja. Treinta perros explosivos hicieron su debut en esta estrategia: fueron tan ineficaces que los soldados rusos responsables fueron acusados de simplemente sacrificarlos. El problema fue que algunos de los perros se negaban a ponerse bajo los tanques enemigos en el campo de batalla.

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Desfile militar en la Plaza Roja, 1 de mayo de 1938.

El enemigo les disparaba y eso no sucedía en los entrenamientos: los perros lógicamente no iban a meterse debajo de un tanque inmenso que trataba de matarlos. La esperanza de hallar comida no era motivación suficiente para los inteligentes animales.

Cuando los perros eran abatidos antes de conseguir llegar a la posición ideal para explotar, sus cuerpos eran recuperados por los alemanes, que además conseguían analizar las bombas y copiarlas. Pero lo cierto es que no conseguirían sacar mucha ventaja de esto y, de hecho, la Wehrmacht consideraba que el sistema era del todo ineficaz. Y estaban en lo cierto.

Un problema irónico y grave para los soviéticos era que los perros antitanque eran adiestrados con tanques rusos, no alemanes. Los combustibles usados eran diferentes y algunos perros olfateaban el combustible usado para identificar los tanques, así que al final terminaban explotando en los propios tanques soviéticos.

Ahora bien, pese a que su eficacia fue mínima, eso no quitó que destruyeran algunos tanques, especialmente en la épica batalla de Kursk, en la que dieciséis perros destrozaron doce tanques alemanes. Posiblemente fue la actuación más exitosa de estos pobres perros.

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Posteriormente, los rusos llegaron a decir que trescientos tanques habían sido destruidos por el comando de perros, pero la cifra se puso en duda alegando que muy probablemente se tratase de una invención del gobierno ruso para justificar el propio programa y la muerte de tantísimos animales con unos resultados terribles.

Útiles o no, lo cierto es que con el avance de la Segunda Guerra Mundial fueron usados cada vez menos, en particular a partir del año 1942.

Por desgracia, los perros no fueron los únicos animales empleados como armas. También hubo intentos de criar pájaros, gatos y ratones portadores de bombas. Desafortunadamente, los animales estaban llamados a participar forzosamente y de manera kamikaze en la Segunda Guerra Mundial.

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