¿Cómo era la vida de un faraón? …

National Geographic/Biografías y vida/marcianosmx.com — Básicamente con muy pocos lujos y con mucha devoción a sus dioses. A pesar de vivir en un palacio, de tener varias esposas y de disponer de esclavos y siervos, un faraón no desperdiciaba su poder en fiestas y orgías. En lugar de eso, permanecía constantemente concentrado en actividades administrativas y ceremonias religiosas.
Los faraones eran considerados los intermediarios de los dioses en la tierra. Al morir se fusionaban con Osiris, momento en que eran venerados como una deidad más del Olimpo egipcio.
Horus y posteriormente Ra les designaron sumos sacerdotes de todos los templos del país. Su poder era absoluto e incuestionable. Sin embargo, no faltaron impíos que buscaron el medio de acortar su mandato para cambiar el curso natural de sucesión.
A pesar de esta regla, diversas guerras y disputas internas entre familias nobles modificaron los linajes reales y las dinastías, lo que abrió un espacio para que las mujeres se hicieran con el trono, como sucedió con Cleopatra.
En los momentos finales del reinado de Ramsés III, una de sus mujeres llamada Tiyi conspiró en palacio para lograr que su hijo, Pentaur, le sucediera en el trono.
Para lograr su objetivo, Tiyi buscó la ayuda de un mayordomo llamado Pebakkamen, que fue quien reclutó a los hombres que se rebelarían contra el rey. Gracias a ellos y al apoyo que recibió de otras mujeres que vivían en el atestado harén de Ramsés III, Tiyi estuvo a punto de desalojar del trono a su marido.
No hay datos que arrojen luz sobre cómo se frenó el complot, pero sabemos quienes fueron los traidores. También conocemos que se constituyó un tribunal para juzgar a los imputados en la conspiración y que ciertos miembros de la comisión de investigación intentaron boicotear el proceso para no inculpar a algunos familiares suyos.
Tras ser descubiertos, la ira del faraón cayó sobre sus cabezas. Los verdugos les cortaron la nariz y las orejas, castigo que se reservaba a los prefectos y magistrados que abusaban de sus funciones.
En los jeroglíficos se describe de forma un tanto ambigua la condena que aplicó el tribunal a los cabecillas del fallido golpe de estado: «Los han puesto en su lugar. Ellos solos han muerto». ¿Les obligaron a suicidarse? En realidad, su final fue mucho más lento y terrible.

Una momia hallada en Deir el Bahari, que corresponde a un varón de unos 25 años bien formado y sin lesiones, aporta pistas sobre el ajusticiamiento de los traidores. La momia es de un hombre que fue introducido en su sarcófago sin habérsele practicado las operaciones usuales del embalsamamiento.
Su rostro desvela una horrible agonía, lo que sugiere que el desafortunado joven fue enterrado vivo.
El harén real, donde vivían las ambiciosas esposas del faraón y sus concubinas, siempre fue un foco de conspiraciones e intrigas políticas. El primer complot del que tenemos noticia se produjo durante el reinado de Pepi I, de la VI dinastía.
En la autobiografía grabada en la tumba de un funcionario real llamado Weni se cuenta que fue llamado por el faraón para declarar en un grave caso de intriga que se produjo en el harén.
No hay datos que desvelen quiénes fueron los traidores, pero sabemos que el rey le regaló a Weni una buena cantidad de oro para que embelleciera su última morada.
Hubo otra conspiración mucho más grave que culminó con el asesinato del faraón Amenemhat I, de la XII dinastía. La historia se relata en un escrito en el que el espíritu del rey asesinado alerta a su hijo Senwosret I de los traidores que medran en palacio.
Este breve relato aporta detalles muy precisos del atentado mortal que sufrió el faraón cuando se encontraba solo y desprevenido en su dormitorio. «De haber podido empuñar el arma, habría devuelto los golpes a los cobardes con una sola mano», le cuenta el espíritu de Amenemhat I a su afligido hijo.
El título en sí no existía entre los antiguos egipcios, es un término hebreo, originado de la palabra “pr”, un jeroglífico que significaba “casa grande” por referir a la importancia del rey.
Un dios en la Tierra.

Isis
Como un líder administrativo, judicial y religioso, el faraón era considerado una divinidad y tenía muy poco tiempo para dedicar a su familia o al ocio.
Quizá tendría dos o tres palacios, que se trataban de grandes complejos integrados por habitaciones y despensas.
Pese a su devoto trabajo religioso y a las campañas militares, el gobernante disponía de abundantes platillos, vestimentas de primera y varios esclavos y siervos a su completa disposición.
El arte se dedicaba exclusivamente a adorarlo.
Al despertar, el gobernante era bañado con agua pura del Nilo y untado con aceites de esencias – el hedor se consideraba algo pecaminoso. Después, era perfumado y vestido con plumas de halcón, ropa y joyas por hijos de familias nobles cuidadosamente seleccionados – estaba prohibido que un siervo o esclavo de origen vistiera al faraón.
Generalmente antes del almuerzo, el rey recibía a las visitas, hablaba con sus consejeros y juzgaba algunos casos. Era un sacerdote supremo, juez y general de todas las cuestiones del reino. Aunque tenía delegados en autoridad, la última palabra siempre era la suya. No existía una constitución: las leyes se basaban en las tradiciones.
Durante el día, el líder podía asistir a visitar edificaciones y recorrer los cultivos de trigo, siempre rodeado por un sequito de siervos y con mucha pompa. Sus viajes eran hechos generalmente a través del río Nilo y, cuando estaba en tierra, se erigía sobre una litera para ser visto.
Durante la tarde, antes de la puesta del Sol, el faraón regresaba al palacio para ofrendar flores y aceites a Amón.
Los jeroglíficos mostraban a los faraones en batallas y practicando deportes. Pero algunos historiadores creen que se trataba de pura publicidad. Además de eso, los escritos son de difícil interpretación, pues muchos símbolos tienen más de un sentido. Entre las actividades más probables estaban las carreras de carruajes y los juegos de mesa.
Se casaba a una edad temprana, generalmente a los 12 años, con la hija de un noble que estaba “prometida” desde la infancia. También podía tener otras mujeres y diversos hijos con todas ellas. Durante la noche, no hay evidencias de que se quedara con su esposa – la teoría más aceptada es que dormía a solas.
Todos los días participa de una ceremonia de adoración en un templo fuera del palacio. Tenía que atravesar un salón y arrodillarse frente al dios al que rendía devoción (Amón, Horus u otro). Al final, un esclavo sacrificaba un búfalo como ofrenda a la divinidad.
En tiempos de paz, cuando el enemigo no acechaba las fronteras, ni tampoco los vasallos desleales o las esposas despechadas amenazaban la vida doméstica, los reyes vivían plácidamente en sus palacios, donde tenían a su alcance un gran número de distracciones.
La caza en el desierto y en los pantanos, las peregrinaciones y los grandes banquetes eran actividades frecuentes. En algunas tumbas aparecen representadas las fiestas gastronómicas que disfrutaban los faraones y sus cortesanos más allegados.
Se asaban bueyes, ocas en espetón y otros variados platos que eran degustados en vajillas de oro, plata o alabastro y regados con vinos y licores. A la fiesta acudían los músicos, cantantes y bailarines de ambos sexos. Ellas danzaban completamente desnudas o lucían un pequeño tanga, tal y como aparecen en una pintura de la tumba de Nebaum, que actualmente se puede admirar en el Museo Británico de Londres.

Los invitados que acudían a las celebraciones reales se deshacían en cumplidos con su anfitrión, al que trataban como deidad.
«¡Que la gracia de Amón sea en tu corazón!».
Los faraones se sentaban en sillas de alto respaldo ricamente decoradas con incrustaciones de oro, plata, turquesa y otras piedras preciosas.
Los sirvientes circulaban entre las mesas, distribuyendo bebidas, flores y perfumes. Las jóvenes criadas, desnudas o con sencillos vestidos transparentes que dejaban entrever sus encantos, ofrecían a los invitados unos conos de color blanco que éstos se ponían en la cabeza.
Mientras los comensales comenzaban a comer, los músicos interpretaban alegres composiciones. Esas orquestas incluían instrumentos de percusión, entre los que destacaban las matracas, los crótalos, los cascabeles y los tambores, que ayudaban a acompasar el ritmo de las canciones.
Junto a ellos se encontraban los instrumentos de viento y de cuerda, con flautas simples y dobles, obóes y arpas. Desgraciadamente, es muy difícil saber con precisión qué tipo de melodías interpretaban los músicos que amenizaban las fiestas de palacio.
Los hombres y mujeres bebían vino por igual. Parece que no existía la prohibición de servirles alcohol. De hecho, en algunas pinturas funerarias podemos contemplar escenas de grandes cenas en las que aparecen mujeres totalmente bebidas y vomitando.
En la tumba de Paheri se aprecia una figura femenina que da órdenes a un criado. Los jeroglíficos que acompañan esta representación demuestran que las egipcias de alta cuna no tenían que recatarse con la bebida y lo decían claramente: «Dame dieciocho vasos de vino, quiero beber hasta emborracharme, tengo la garganta seca como la paja».
En los momentos culminantes de la fiesta, algún cantante improvisaba versos que alababan la generosidad de la familia real y la bondad de los dioses.
Según cuenta Herodoto, en las mansiones de los ricos, una vez finalizado el gran banquete, el mayordomo exhibía un pequeño sarcófago esculpido y pintado de tal forma que simulaba con gran realismo una momia.
De esa manera, los anfitriones mostraban a los invitados la realidad del final de la existencia: «Mírala y luego bebe y disfruta de la vida, pues una vez muerto serás como esta figura».

Junto al faraón debía estar presente su esposa principal, que al comienzo del Imperio Nuevo actuaba como reina consorte y transmisora del linaje real.
Su posición en palacio le permitía realizar determinados ritos en los templos y actuar como garante del faraón durante su reinado.
Los egipcios creían que la Gran Esposa Real era la que realmente otorgaba la legitimidad al aspirante al trono.
De ahí que algunos príncipes que no estaban en el primer puesto en la línea de sucesión intentaran legitimarse como faraones casándose con las hijas de su antecesor, que en muchas ocasiones eran sus hermanas o sus hermanastras, como fue el caso de Tutmosis II, que era hijo de una reina de menor rango.
Los faraones podían ser unos padres de familia cariñosos e intachables. Al menos esa es la imagen que el arte egipcio de la época exhibió de Akenatón, que disfrutaba tanto de la vida familiar en su palacio que apenas lo abandonaba. Se le mostraba como un padre afectuoso que se deleitaba en compañía de su mujer y sus seis hijas.
Durante su reinado estuvo de moda representar las manifestaciones cariñosas de la pareja real en pinturas o estatuillas. En ellas se puede ver al rey y la reina cubriendo de besos a sus hijas y cómo ellas responden acariciando con sus manitas la barbilla del padre y la madre.
En la dinastía XIX, el arte egipcio recuperó su austeridad. Sin embargo, en las pinturas que adornan muchos sepulcros del Valle de los Reyes el marido y la mujer están representados siempre uno junto al otro, unidos para toda la eternidad. Al llegar al trono, Akenatón dio la espalda al dios Amón e instauró el culto único a Atón, el disco solar.
También abandonó la tradicional capital de Tebas para construir otra a 290 kilómetros al norte, en un lugar que actualmente se denomina Tell el-Amarna. En esa ciudad vivió con su amada Nefertiti y juntos actuaron como sumos sacerdotes y mediadores de Atón en la tierra.
El aspecto de esta reina nos resulta muy familiar gracias a la conservación fortuita de la escultura pintada de su cabeza, una obra maestra del arte egipcio que se conserva en un museo berlinés.
Los egiptólogos ignoran qué papel pudo desempeñar Nefertiti en la revolución religiosa que emprendió su marido. También desconocen qué ocurrió en los años finales del reinado de Akenatón.
Sin embargo, sí han podido averiguar que el faraón no fue tan fiel a la bella Nefertiti como se creía hasta hace poco, ya que mantuvo relaciones con su propia hermana, fruto de las cuales nacería un niño que diez años después llegaría al trono bajo el nombre de Tutankamón.
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Además de los ritos obligados, el sexo y los grandes banquetes formaban parte de la rutina cortesana en Egipto. En los suntuosos palacios donde mantenía a sus esposas, hijos y concubinas, el monarca conservaba el poder pese a las intrigas.
El enfermizo monarca que murió demasiado joven
Este dato ha sido desvelado gracias a los análisis de ADN de los restos mortales de Tutankamón y de otras diez momias.
El estudio, que fue coordinado por Yehia Gad y Somaia Ismail, del Centro Nacional de Investigación de El Cairo, aportó otros datos importantes; por ejemplo, que el joven faraón padeció malaria, lo que quizá pudo debilitarle el sistema inmunitario.
Asimismo, un estudio más detallado de las imágenes tomográficas que se tomaron de la momia hace años han revelado que el faraón tenía el pie izquierdo equinovaro (le faltaba un hueso en uno de sus dedos). Es probable que el estado enfermizo de Tutankamón se debiera al incesto, una práctica que conllevaba ventajas políticas pero que podía acarrear consecuencias letales para la salud.
Además de por razones sucesorias, el incesto también se produjo por la necesidad del faraón de consolidar su condición divina, lo que lograba relacionándose sexualmente con sus hermanas y en algunos casos con sus propias hijas. En este aspecto, Ramsés II estuvo a altura de su condición de faraón entre faraones. Es sabido que su gran amor fue la reina Nefertari, pero el rey también contrajo matrimonio con princesas extranjeras, con su hermana y con tres de sus propias hijas. A estos enlaces hay que sumar las relaciones que mantuvo con infinidad de concubinas. No es extraño que en su larga vida tuviera más de 130 hijos, muchos de los cuales murieron antes que él.
Nefertari parece haber sido la esposa preferida de Ramsés II, esta fama se basa en la buena conservación de su tumba, en la proliferación de representaciones de esta reina y en la belleza del templo menor de Abu Simbel, que mandó edificar el faraón para rendir culto a su mujer.

Construida hace 3.200 años y decorada por los mejores artistas de la época, la cámara funeraria de Nefertari es la más espectacular del Valle de las Reinas, la conocida necrópolis ubicada en las cercanías de la ciudad de Luxor (la antigua Tebas).
Cuando la descubrió el italiano Ernesto Chiaparelli en 1904, la tumba ya había sido saqueada.
Lo único que quedaba era el sarcófago de la reina sin momia y los magníficos frescos que representan a los dioses del panteón egipcio: Horus, Anubis, Isis, Osiris y Serket.
Aunque muchos matrimonios eran estables, algunos acababan en divorcio de mutuo acuerdo. El proceso se llevaba a cabo sin la costosa colaboración de abogados y tribunales. La mujer abandonaba el hogar matrimonial y regresaba a la casa de sus padres llevándose consigo sus pertenencias y las partes correspondientes de la propiedad conyugal.
En algunos casos, era ella la que se quedaba con la casa, siendo el hombre el que tenía que abandonar el hogar familiar. No sabemos quién se quedaba con la custodia de los hijos.
A las mujeres casadas no se les permitía ninguna libertad sexual. Si cometían adulterio, recibían el desprecio social y podían ser castigadas con dureza. Se censuraba que un hombre mantuviera relaciones con una mujer casada. Y no era tanto por motivos morales, como por evitar la reacción de los maridos cornudos, cuya ira podía alterar el equilibrio y la paz de la comunidad.
Las esposas del faraón que no podían amamantar a sus hijos recurrían a los servicios de nodrizas, uno de los oficios mejor pagados y al que podían acceder mujeres de todas las clases sociales. En el Periodo Dinástico, el puesto de nodriza real era muy buscado, ya que era un trabajo muy influyente.
Su posición en el harén y la cercanía a la corte les permitía relacionarse con altos funcionarios, facilitando a las nodrizas un rápido ascenso en la pirámide social.
En el país de las «Dos Tierras», formadas por el Alto y el Bajo Egipto, el sexo era el origen de todo lo conocido y la poderosa maquina que movía los engranajes del universo, cuyos mandos estaban en manos de los dioses. Los egipcios no se preocupaban por la virginidad de los hijos.
Lo verdaderamente importante era la fertilidad y la capacidad de procrear. Sin embargo, apenas nos han llegado datos o representaciones pictóricas que desvelen cómo y en qué circunstancias se practicaba el sexo.
La excepción es el denominado Papiro Erótico de Turín, que incluye una serie sexual de los egipcios es a través de los relatos mitológicos, dado que éstos siempre se inspiran en la conducta social del pueblo que los concibe.
También los dioses tenían celos y peleas conyugales

Al igual que ocurría con sus intermediarios en la tierra, los dioses del Nilo practicaban la endogamia frecuentemente.
Según creían los egipcios, todo lo que existe surge de un único demiurgo que en su soledad tiene que masturbarse para procrear la primera pareja divina, dos hermanos que al alcanzar la pubertad contraen matrimonio.
A partir de ahí comienza la saga de incestos entre las distintas divinidades, cuyas relaciones se van complicando con el paso del tiempo.
Por ejemplo, el dios Horus tiene como esposa a Hator, pero mantiene relaciones con siete concubinas, lo que provoca celos y continuas peleas conyugales.
Las mismas trifulcas domésticas que debieron producirse en los atestados harenes de los palacios reales del antiguo Egipto por alcanzar o perder el lecho real. El comportamiento del dios Seth aporta algunos datos sobre cómo era percibida la homosexualidad a orillas del Nilo.
Una de las versiones del mito desvela sus coqueteos con el dios Horus, del que alaba su espalda, y como éste confía a su madre Isis las inquietantes insinuaciones de Seth. Aunque la madre le aconseja olvidar el asunto, Horus termina cediendo a las proposiciones de Seth.
Otros textos parecen sugerir que la relación homosexual es sobre todo un acto de supremacía del poderoso sobre un inferior o un subordinado. Los egiptólogos han descifrado jeroglíficos que desvelan la íntima relación del faraón Pepi II con uno de sus generales, llamado Sasenet.
La aventura amorosa entre los dos aguerridos varones encaja de alguna manera con la que mantienen los dioses Seth y Horus en el Olimpo egipcio. Los investigadores también han aportado información sobre las relaciones homosexuales entre algunos sacerdotes del templo de Jnum en Elefantina.
Otras evidencias parecen sugerir que la homosexualidad fue rechazada por el pueblo, aunque consentida entre las clases dirigentes. El Libro de los Muertos, la guía indispensable del Más Allá, califica de virtuosa la abstinencia de las prácticas homosexuales, pero no aclara si esas prácticas eran ocasionales o muy frecuentes, ni cuál era su consideración social.

Al igual que a otros nobles, a los faraones y sus hijos les sometieron al morir al trabajo de los embalsamadores.
El tratamiento de lujo incluía la extirpación del cerebro y, con excepción del corazón, de todos los órganos internos del difunto, (riñones, pulmones, hígado) que se guardaban en cofres junto al sepulcro, los llamados vasos canopos.
Tras el lavado del interior del cuerpo, los expertos en momificación lo rellenaban con plantas aromáticas y después los salaban aplicándoles natrón, un carbonato sódico que sirve de conservante.
Al cabo de 70 días, lo envolvían con vendas de lino y tapaban los ojos, las orejas, nariz y boca con cera de abeja. Estas manipulaciones daban como resultado un cuerpo esquelético revestido de una piel amarillenta y rostro afilado que conservaban bastante fielmente los rasgos del fallecido.
Tras fabricar la momia, los sacerdotes iniciaban los ritos funerarios que facilitaban el viaje del fallecido a su residencia divina.
Dado que se consideraba que la potencia sexual y la fertilidad eran atributos necesarios para disfrutar del Más Allá, a los cuerpos momificados de los difuntos se les añadía unos penes postizos, del mismo modo que se colocaban pezones artificiales en los pechos de las mujeres para hacerlas plenamente funcionales en el otro mundo.
Bendecidos con sus atributos humanos, los reyes disfrutaban del paraíso toda la eternidad. Las magníficas pinturas y jeroglíficos que decoran sus tumbas nos permiten imaginar con gran detalle cómo vivieron y murieron en sus suntuosos palacios a orillas del Nilo.
Atributos y forma de vida de estos monarcas

Deidad
Básicamente, por su linaje de origen divino, los faraones egipcios eran los intermediarios entre los hombres y los dioses.
Siendo los monarcas absolutos de los territorios de la cultura egipcia, los pobladores debían obedecer sus órdenes sagradas, rendirles culto e incluso levantar estatuas en su honor, y como retribución obtenían la bendición de los dioses para que Egipto prosperara.
El primer faraón fue Narmer, quien gobernó hacia el año 3100 A.C., y la última Cleopatra VII, entre los años 49 y 31 A.C.
El reinado de los faraones egipcios comenzaba con su coronación a los 70 días de fallecido su antecesor, que se realizaba bajo una estricta ceremonia mística y solemne en la capital del Antiguo Egipto.
En la primera etapa del acto, les colocaban la Doble Corona, una blanca que representaba al Alto Egipto y otra roja al Bajo Egipto, simbolizando el mandato de ambos reinos. Al finalizar la coronación recorrían las murallas localizadas alrededor del palacio.
Los faraones vivían con la Esposa Real y un harem de mujeres que eran calificadas como reinas, en un palacio. Su vida diaria transcurría en reuniones importantes, el uso de vestimenta egipcia muy fina y la veneración a los dioses.
La forma de gobierno se regía en base a un sistema de creencias religiosas, además gobernaban hasta su muerte, que era el momento en que los egipcios llevaban a cabo una serie de rituales para asegurarse de que se unieran al más allá y continuaran su camino inmortal.
En la antigüedad gobernaron una gran cantidad de faraones egipcios, pero pocos han contado con especial relevancia hasta la actualidad, entre algunos de ellos están:
Keops.
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Fue el segundo faraón de la IV Dinastía, que gobernando durante 23 años, construyó la Gran Pirámide de Guiza, y años más tarde de su muerte, fue idolatrado como un verdadero dios.
Jufu (ḫwfw en egipcio antiguo), Jéops (Χέοψ Kheops en griego), más conocido como Keops, fue el segundo faraón de la cuarta dinastía, perteneciente al Imperio Antiguo de Egipto.
Reinó desde el año 2589 a.C al año 2566 a. C.
En la Lista Real de Abidos y la Lista Real de Saqqara se le denomina Jufu.
Fue llamado Jeops (Χέοψ) por Heródoto, y Sufis (Σοῦφις) por Manetón, Sexto Julio Africano, Eusebio de Cesarea y Jorge Sincelo.
Se han encontrado cartuchos dibujados en la Gran Pirámide de Guiza con su nombre Jufu y el que pudiera ser su epíteto: Jnum-Jufu, «el Dios Jnum me protege».
El Canon Real de Turín le asigna 23 años de reinado, aunque su nombre es ilegible. Heródoto comentó que gobernó 50 años y para Manetón, Sufis reinó 63 años, según el epítome de Julio Africano y la versión de Jorge Sincelo.
Ambas cifras son claramente exageraciones o malas interpretaciones de textos antiguos. Últimos hallazgos, como el Diario de Merer, el libro de registros de un inspector de obras en las canteras de Tura durante la finalización de la gran pirámide, indicando el 26 año de reinado, permite suponer una duración en torno a los 30 años.
Posiblemente, fue hijo del faraón Seneferu y de la reina Hetepheres I. Se casó con Meritites I y Henutsen, ambas enterradas en pequeñas pirámides, junto a la Gran Pirámide de Guiza.
Parece que el hijo mayor de Keops, Kauab, no vivió para sucederle, y tras la muerte del faraón la familia se dividió en tres linajes, del tercero de los cuales surgió Jafra (Kefrén en griego). Le sucedieron cuatro de sus hijos: Dyedefra, Jafra (Kefrén), Dyedefhor y Baefra, que reinaron uno tras otro a la muerte de su padre.

Parece constatarse que durante el reinado de Jufu la monarquía alcanzó su mayor poder, como puede apreciarse por las disposiciones adoptadas durante su reinado, tendentes hacia la concentración total del poder en torno al faraón.
Entre dichas disposiciones destacó el reforzamiento del cargo de chaty, nombrado personalmente por el propio faraón, asegurándose así el control casi absoluto sobre todos los estamentos del primer gran estado absolutista y centralizado conocido.
Como sus antecesores y sucesores, Keops recibió culto en su templo funerario durante siglos hasta que la mayoría fueron abandonados durante la crisis del Primer periodo intermedio. El culto a varios de ellos, incluyendo Keops, resurgió en el Imperio Medio.
En el Imperio Nuevo estos cultos locales y la misma necrópolis de Guiza se reactivaron. El rey Amenhotep II levantó un templo conmemorativo de sus antepasados y una estela cerca de la Gran Esfinge. Su hijo y sucesor, Tutmosis IV, liberó la figura de la arena que la semienterraba, volvió a repintarla y colocó entre sus patas delanteras la Estela del Sueño.
A finales de la XVIII dinastía se erigió un templo de Isis en la pirámide satélite G-Ic (la de la reina Henutsen) en la necrópolis de Khufu. Durante la XXI dinastía el templo fue ampliado, realizándose más ampliaciones en la XXVI dinastía. Allí oficiaban «sacerdotes de Isis» y «sacerdotes de Khufu».
En la Baja Época se vendieron allí gran cantidad de escarabeos con el nombre de Keops a los visitantes. Sin embargo, los egiptólogos modernos creen que para entonces Khufu ya no era adorado personalmente como antepasado real, sino que era visto como una figura simbólica de la historia del templo de Isis, que daba buena suerte a través de sus amuletos.
La Gran Pirámide
Según Heródoto: «Keops mandó construir la Gran Pirámide de Guiza«, llegando a la cumbre de la inverosimilitud cuando dice que «llegando incluso a prostituir a su propia hija, para así obtener fondos con los que construir su pirámide… en su época todos los templos estaban cerrados al culto y Egipto se encontraba en la mayor indigencia, siendo detestado por los egipcios«.
Manetón comentó: «Sufis se ensorberbeció contra los dioses aunque, después, compuso el Libro Sagrado, que los egipcios tienen en gran estima«.
Las historias negativas de los autores de época griega y romana no tienen la menor credibilidad y se basan en la propia mentalidad de los autores. Las tumbas colosales como las pirámides de Guiza debían horrorizar a los griegos, que solo podían verlas como un acto de soberbia y tiranía.
En la época, tanto los griegos, como los mismos sacerdotes egipcios las verían como obra de un megalómano. Probablemente, los autores griegos también recolectaron leyendas negativas trasmitidas entre la gente común.
Barca funeraria de Keops hallada en un foso junto a la Gran Pirámide de Guiza.
Se data la finalización de la Gran Pirámide hacia el año 2570 a. C.
Su nombre era El Horizonte de Khufu.
Si Keops ordenó erigir la Gran Pirámide, no lo hizo con esclavos, como se había pensado durante mucho tiempo, sino con trabajadores altamente cualificados, mandados por capataces de considerables conocimientos en geometría, estereotomía (arte de cortar la piedra), astronomía, etc.
Y fue un acto de fe, un poco como los constructores de catedrales medievales.
Entre otros pueblos, los soberanos eran los representantes de los dioses, pero en Egipto eran creídos dioses mismos, encarnación de Horus y difunto, de Osiris, hijos y sucesores de las deidades que habían reinado sobre Egipto al principio de los tiempos.
Los antiguos egipcios no veían las crecidas anuales del Nilo como un fenómeno natural, sino un fenómeno misterioso regido por los dioses.
Por tanto, ayudar al rey a alcanzar su lugar con las otras divinidades, repercutiría favorablemente en esa única fuente de vida y prosperidad.
Los pacíficos y prósperos reinados de Keops y Kefrén les permitieron levantar unos monumentos nunca superados por sus sucesores.
Por ello, es probable que no haya sido la construcción de la pirámide la causa del descrédito del reinado de Khufu, sino las supuestas medidas administrativas y religiosas adoptadas por este rey, creyendo que llegó a perseguir el culto a Ra, cuando en realidad lo favoreció como todos los soberanos de la época, y muestra incluso el mismo nombre de su pirámide, lo que influyó muy negativamente en la tradición egipcia posterior, empeorando con el paso de los siglos la imagen de Khufu.
Tutankamon.

Formando parte de la XVIII Dinastía, duró en el poder un total de 9 años, siendo el último faraón de sangre real logró el retorno a la normalidad social y religiosa del Antiguo Egipto.
Faraón egipcio de la XVIII dinastía (?, h. 1372 – Tebas ?, 1354 a. C.).
Uno de los más singulares reyes del Antiguo Egipto fue Amenofis IV o Akenatón, quien, rompiendo con tradiciones milenarias, emprendió una reforma religiosa que estableció con carácter casi monoteísta el culto a Atón, dios del Sol, movido probablemente por un afán de limitar las prerrogativas de la casta sacerdotal y concentrar el poder en torno a su persona.
Esta tentativa de reforma (que lo llevó a adoptar el nombre de Akenatón, «el que es grato a Atón») sobrevivió apenas a su propio reinado, y aparte de su reflejo en un arte más realista y creativo, no hizo sino abrir un periodo de inestabilidad.
Es uno de los faraones más conocidos, pero la realidad es que el reinado de Tutankamón fue corto y difícil.
Entronizado con apenas nueve años, el clero de Amón quiso convertirlo en el símbolo de la restauración de los antiguos dioses después del monoteísmo del “hereje” Akenatón.
Reinó durante una década, muriendo alrededor de los 20 años en circunstancias que siguen siendo objeto de debate, y fue enterrado en un discreto hipogeo en el Valle de los Reyes.
Allí quedaría en el olvido durante más de 3.000 años hasta que el arqueólogo Howard Carter abrió la pared de su tumba casi intacta y, a la pregunta de si veía algo allí, respondiera “sí… cosas maravillosas”.
Durante mucho tiempo se supuso que Akenatón falleció sin dejar hijos varones, razón por la que le sucedieron sus yernos: en primer lugar, Semenkera, y tras su corto reinado, el jovencísimo Tutankamón, que accedió al trono hacia el año 1360 a. C.
Investigaciones recientes basadas en el examen del ADN sugieren, sin embargo, que Tutankamón era hijo del mismo Akenatón, aunque no de su esposa Nefertiti. Hasta la muerte de Akenatón, Tutankamón llevó el nombre de Tutankatón, en honor del dios solar Atón.
Tres años después de acceder al trono, Tutankamón restableció el culto tradicional y, consiguientemente, el poderío de los sacerdotes de Amón, seriamente debilitado en el reinado de Akenatón.
Al mismo tiempo, devolvió la capitalidad a Tebas, abandonando la capital creada por el faraón hereje en Amarna; y, como simbólica ratificación de estos cambios, sustituyó su propio nombre por el de Tutankamón (que significa «la viva imagen de Amón»).
El reinado de Tutankamón no tuvo otro significado que este restablecimiento del orden tradicional del Egipto faraónico, bajo la influencia de los sacerdotes y generales conservadores. Llamado el faraón niño por la temprana edad en que asumió el trono, Tutankamón murió cuando sólo contaba 18 años y llevaba seis de reinado, probablemente en un motín palaciego.
Tutankamón debe su fama a que su tumba fue la única sepultura del Valle de los Reyes que llegó sin saquear hasta la edad contemporánea; su descubrimiento por Howard Carter en 1922 constituyó un acontecimiento arqueológico mundial, mostrando el esplendor y la riqueza de las tumbas reales y sacando a la luz valiosas informaciones sobre la época.
La tumba de Tutankamón

Trono de Tutankamón
En comparación con las de otros faraones, la tumba de Tutankamón es de proporciones modestas y no presenta grandes ornamentos, posiblemente debido a la repentina e inesperada muerte del joven soberano, que obligó a preparar precipitadamente su mausoleo.
No obstante, sus cuatro salas (la antecámara, la cámara del tesoro, la cámara sepulcral y el anexo) contenían intacto el ajuar funerario completo del faraón, y constituyen por ello un inapreciable tesoro arqueológico.
El equipo de Howard Carter empleó diez años en catalogar más de cinco mil piezas, desde los objetos más sencillos y cotidianos hasta los adornos más exquisitos.
De hecho, tanto la antecámara como la cámara del tesoro y el anexo se hallaban repletos de los innumerables y valiosísimos enseres que componían el ajuar funerario del faraón, dispuestos en un desorden y abigarramiento semejantes al de un trastero; tal revuelo y el hecho de que los sellos de la entrada estuviesen rotos ha llevado a suponer que la tumba sobrevivió a por lo menos un intento frustrado de saqueo.
Uno de los muebles más preciosos era el trono, recubierto de oro y piedras preciosas, con patas de león y serpientes aladas sobre los brazos.
Otra pieza excepcional la constituye, entre los muebles, un arca de madera estucada; su superficie está adornada con escenas del faraón en lucha contra el caos, contra los enemigos y contra los animales de la estepa. De gran calidad artística son también los carros, arreos de caballos y bastones de mando.
Un armario guardaba dos de estos últimos, uno en oro y otro en plata, primorosamente cincelados.
La maldición de Tutankamón
Con todo, el descubrimiento de la tumba de Tutankamón fue uno de los grandes hitos de la historia de la arqueología, y sin duda el más mediático.
La amplia resonancia y el interés que despertó en todo el mundo se prolongó artificialmente atribuyendo la muerte del mecenas de la expedición, lord Carnarvon, a «la maldición de Tutankamón», una afortunada invención periodística que pasaría a la literatura de terror y, a partir de La Momia (1932), protagonizada por Boris Karloff, al cine de serie B.

Howard Carter examina el sarcófago de Tutankamón
Es cierto que a la muerte de lord Carnarvon siguió la de otras personas vinculadas directamente o indirectamente con el hallazgo; hacia 1930, la prensa sensacionalista computaba ya veintitrés víctimas de la maldición.
Sin embargo, la relación de muchas de ellas con las excavaciones era tangencial o nula, y la causa de su fallecimiento era casi siempre tan corriente como la del propio lord Carnarvon, que había fallecido en abril de 1923 por la infección de una picadura de mosquito.
Creado ya un misterio donde no lo había, se buscaron también explicaciones científicas del mismo, y se atribuyeron las defunciones a esporas de hongos u otros tóxicos contenidos en el aire enrarecido de la tumba, obviando el hecho de que Carter y casi medio centenar de personas que participaron directamente en los trabajos seguían vivos.
Resulta irónico que esta morbosa fabulación, alimentada durante años, se originase precisamente en un descubrimiento egiptológico. A diferencia de las necrópolis de otras civilizaciones, en que se emplearon como estrategia disuasoria, las tumbas egipcias carecen de inscripciones destinadas específicamente a execrar a los sacrílegos.
Por lo demás, casi cinco mil años de expolios y profanaciones (no sólo de aventureros y arqueólogos occidentales: los súbditos de todo recién enterrado faraón fueron siempre los primeros en intentarlo) no han dejado noticia alguna de venganzas de ultratumba anteriores a la de Tutankamón.
Ramsés II.

Conocido por ser uno de los faraones egipcios más notables, fue un gran guerrero que permaneció en el trono durante 66 años, construyendo obras como los templos de Abidos, Osireion, y Ramesseum, entre otros.
Ramsés II, tercer faraón de la dinastía XIX, fue coronado en 1279 a.C. «como rey de Egipto sobre el trono de Horus de los que están vivos, sin que pueda haber nunca jamás su repetición«, según narran las fuentes de la época.
Durante su reinado acometió un programa constructivo sin precedentes.
El país se llenó de nuevos edificios religiosos, en los que aparecían los diversos nombres del soberano, así como la imagen del rey impartiendo justicia, honrando a los dioses o en el campo de batalla, como artífice de victorias reales o supuestas.
Da la sensación de que en Egipto no existió ningún rincón donde el rey no estuviera inmortalizado en piedra para asegurar su memoria más allá de la muerte.
En Abydos concluyó la obra de su padre Seti y erigió su propio templo; fundó y agrandó santuarios en diversos lugares, entre ellos Tebas, Karnak y Luxor.
Para afianzar su presencia en Nubia edificó allí varios templos, entre los que destaca el de Abu Simbel, éste dedicado a Amón, Re-Horakhty, Ptah y al propio Ramsés deificado. Allí, en Abu Simbel, dedicó un templo más pequeño a su esposa Nefertari, asociada a Hathor.
Además hizo grabar estelas e inscripciones, levantar obeliscos y tallar estatuas que sembró por sus dominios, más allá del valle del Nilo, desde Nubia hasta Libia y Palestina.
Ramsés fue un maestro en el uso de la propaganda, y para engrandecerse a sí mismo no dudó en usurpar edificios, inscripciones y estatuas de monarcas anteriores, incluido su propio padre, Seti I.
Para mantener vigilada la frontera del norte, siempre amenazada por incursiones de libios o de pueblos del Próximo Oriente, y para alejarse del poderoso clero de Amón en Tebas trasladó la capital de Egipto a Pi Ramsés, una pequeña ciudad del Delta fundada por su abuelo, Ramsés I. Pi Ramsés llegó a alojar a unos 300.000 habitantes y Tebas quedó relegada a capital religiosa.
El Templo de Millones de Años

Entre todas las construcciones de Ramsés II hubo una que le fue especialmente querida. Se erigió justamente en Tebas, en la orilla occidental del Nilo, próxima a la tumba del faraón en el Valle de los Reyes. Actualmente la conocemos como Ramesseum, desde que Jean-François Champollion la bautizó así al identificar un cartucho con el nombre del rey.
En la época de Ramsés, en cambio, se la conocía como «Residencia de los Millones de Años de User-Maat-Re Setepenre que se une con la ciudad de Tebas en los dominios de Amón, al oeste de la ciudad».
User-Maat-Re Setepenre era el nombre que tomó Ramsés al subir al trono y de él deriva la denominación que le dieron los griegos en la Antigüedad, como Diodoro de Sicilia, que pensó que el edificio albergaba la «tumba de Ozymandias», deformación del nombre User-Maat-Re. Estrabón, por su parte, habla de un templo en Tebas oeste al que llama Memnonio, asociándolo con un personaje de la Ilíada de Homero llamado Memnón, supuesto rey de Etiopía.
Las obras del Ramesseum duraron casi veinte años, desde el comienzo del reinado de Ramsés hasta su conclusión en el año 21. En la construcción participaron los mejores especialistas del país, al mando de los maestros de obras Penra de Coptos y Amoneminet de Abydos, dos ministros de confianza del faraón.
Ambos lo proyectaron para que fuese uno de los templos más grandes de Tebas oeste. Sus casi seis hectáreas de superficie comprenden el templo principal, un templo dedicado a su esposa Nefertari y a su madre Tuya, un palacio y las dependencias anexas dedicadas a la administración del santuario.
Se sabe que para la construcción se reutilizaron algunos bloques de templos de la dinastía XVIII. Este edificio, creado con los mejores materiales, edificado en piedra y destinado a mantenerse en pie eternamente quedó muy deteriorado a causa de un terremoto, y sus ruinas se emplearon como cantera de materiales para otros edificios, en especial el vecino templo del faraón Ramsés III en Medinet Habu.
Protector de su pueblo

La fiebre constructiva de Ramsés podría parecer una forma de megalomanía o de egocentrismo; pero en realidad respondía a motivaciones más profundas. Por un lado, el rey quería que sus súbditos supieran que era el brazo fuerte y dominador, aquel al que no se podía vencer.
Así se refleja en la decoración grabada en el Ramesseum, tanto en los muros exteriores como en los interiores: abundan las escenas de batallas, con el rey conduciendo victorioso a su ejército y venciendo a las fuerzas del mal, personificadas por sus enemigos.
Como en otros templos, Ramsés hizo grabar en el Ramesseum episodios de la batalla de Qadesh y de otros enfrentamientos contra pueblos extranjeros. Igualmente, reprodujo el desfile de algunos de sus numerosos hijos e hijas.
Algunas escenas del Ramesseum muestran al faraón junto a diversos dioses del panteón egipcio, e incluso él mismo aparece representado como un dios. En efecto, las edificaciones reales del Imperio Nuevo no sólo mostraban el poder militar o político de los faraones, sino también su condición divina, algo que resulta patente en el Ramesseum.
Como otros templos repartidos en Tebas oeste, el Ramesseum era un lugar de culto tanto para el dios Amón como para el rey divinizado. Mediante diversos rituales, fiestas y ceremonias se simbolizaba la constante regeneración del faraón.
Estas ceremonias eran necesarias para que rejuveneciera y se revitalizara tanto mientras estaba vivo como tras su muerte. El Ramesseum quedaba así unido de un modo simbólico con la tumba del faraón en la necrópolis real tebana; santuario y sepulcro, pese a estar separados físicamente, formaban una unidad destinada a mantener al difunto en la inmortalidad.
Ramsés, igual a los dioses

anillo de oro, lapisázuli y cornalina, de Ramsés II
La identificación de Ramsés con Amón se traducía en las esculturas.
En la zona más interna del templo se alojaba la sagrada estatua de Amón con los rasgos del soberano. La estatua era objeto de un culto diario, en el que recibía alimento y se la vestía, enjoyaba y perfumaba como si fuera un ser vivo, pues mediante el rito volvía a cobrar vida.
Otra importante fiesta local era la Bella Fiesta del Valle, en la que la estatua de Amón partía de su residencia en Karnak para visitar los templos de Millones de Años de los faraones y revitalizar a los difuntos enterrados en la orilla occidental.
La imagen se trasladaba en barca, por el río y los canales, hasta los muelles situados frente a los templos de Millones de Años.
Después se colocaba en un navío transportable que era acarreado a hombros por los sacerdotes hasta el interior del Ramesseum, donde se celebraban las ceremonias más secretas.
Si bien es cierto que los templos egipcios no estaban pensados para acoger feligreses, el pueblo sí podía acceder a los primeros patios. En estos lugares se alzaban grandes colosos del faraón a los que el pueblo hacía ofrendas y elevaba sus súplicas en el transcurso de algunas fiestas.
En el Ramesseum esta función la cumplía un coloso de dimensiones extraordinarias, de 18 metros de altura sin contar la base, colocado en el primer patio, justo ante el pilono que da acceso al segundo patio del templo. Recibía el nombre de «Ramsés Sol de los Soberanos».
Actualmente se ha puesto en marcha un ambicioso proyecto para reconstruir el coloso caído a partir de los más de quinientos fragmentos que se han localizado de la estatua.
El rey en la eternidad

Belzoni y sus hombres arrastran la estatua del «joven Memnón» desde su ubicación en el Ramesseum. Grabado por Luigi Ademollo. 1822.
La estructura del santuario refleja la creencia egipcia en la regeneración del faraón después de la muerte.
A partir de la entrada, conectada con el Nilo por un embarcadero, los distintos espacios del templo –dos patios sucesivos, la sala hipóstila y la cámara de la barca– se orientaban en una dirección este-oeste, siguiendo, por tanto, el curso de la salida y la puesta de Sol.
De este modo, el rey acompañaría al Sol en su curso diario por toda la eternidad, en una repetición diaria del milagro del renacimiento y la renovación.
Un significado parecido tienen los grandes «pilares osiríacos» del segundo patio del santuario, situados a la entrada de la sala hipóstila, en los que se representaba a Osiris envuelto en un sudario; se evocaba así la regeneración del monarca tras su muerte, como el resucitado Osiris, dios del más allá con el que el faraón se identificaba.
Ramsés, como hombre piadoso que era, quiso rendir culto en su templo a sus progenitores. De este modo, decidió integrar en su Palacio de Millones de Años una pequeña edificación, conocida como Mammisi, en honor de su madre Tuya.
Esta muestra de piedad filial respondía también a un fin propagandístico, el de afirmar su nacimiento legítimo y divino, pues se consideraba que el dios Amón se había encarnado en su padre, Seti I, para fecundar a Tuya.
Asimismo, al sur del primer patio, Ramsés erigió un palacio en piedra dotado con una «ventana de aparición» desde la que el rey se mostraba a sus súbditos en ocasiones solemnes. Este palacio sería imitado más tarde por Ramsés III en el cercano templo de Medinet Habu.
La memoria, el poder y las hazañas de Ramsés II se perpetuaban, así, en las obras de sus descendientes, y aún en nosotros, al recordar la memoria de este gran faraón.
Cleopatra VII.

Representando la última reina de la cultura egipcia, heredó el trono a los 18 años de edad, su belleza trascendió en la historia, pero sus escritos demostraron que su encanto se debía más bien a su gran personalidad.
Cleopatra, cuyo nombre significa «gloria de su padre», nació durante el invierno del 69 al 68 a.C. en la capital de Egipto, Alejandría. Su padre fue Ptolomeo XII y su madre probablemente fue Cleopatra VI, aunque otras fuentes aseguran que era hija de una egipcia de clase alta.
Cuando ascendió al trono de Egipto, a los 18 años, Cleopatra ya había desarrollado un atractivo irresistible, fruto de una intensa educación y de su presunta belleza. Poco más se conoce acerca de los primeros años de la vida de Cleopatra. Su figura está irremediablemente ligada a los últimos años de la historia de Egipto, un período que supuso la decadencia de una larga estirpe: la de los Ptolomeos.

Tras la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el inmenso imperio que él había reunido.
Ptolomeo Lagos adquirió el territorio de Egipto, nombrándose faraón e iniciando la dinastía lágida, época que se conoce con el nombre de ptolemaica.
Sus sucesores gobernaron Egipto concediendo poca atención a la milenaria cultura faraónica, mientras Roma dominaba el Mediterráneo.
En un periodo de suma inestabilidad, los egipcios entronaron a Ptolomeo XII, hijo ilegítimo de Ptolomeo IX, que se casó con su hermana Cleopatra VI Trifena y tuvo con ella tres hijas.
Una de ellas, Cleopatra VII, se convertiría en la futura reina de Egipto.
Se esposó con Arquelao, gobernante de Asia Menor, un imperio vecino y poderoso que era visto con recelo por parte de Roma. Ptolomeo XII, subordinado al imperio de Roma, derrotó a las tropas de su propia hija, y al entrar en Alejandría, ordenó ejecutarla acusada de traición.
La joven faraona, amaba la historia de su país, , uno de los motivos por el cual se granjeó el reconocimiento de sus súbditos egipcios.
Aún hoy en día la ubicación de sus restos es un misterio: se sigue buscando la tumba de Cleopatra.
Para la cultura egipcia los faraones constituyeron la divinidad personificada como verdaderos hijos de sus dioses.
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