La extrema falta de higiene en la Edad Media …

La Vanguardia(I.G.Melenchon/F.Badía)/marcianosmx.com — En las películas de Hollywood ambientadas en la Edad Media acostumbramos a ver a nobles acaudalados y hermosas damas bien peinadas y llenas de joyas. Vistiendo ropas que destacan por su pulcritud y blancura. Pero todo es mentira, pues en realidad el pasado era una época en la que no a muchos les hubiera gustado vivir.
Entre la caída del Imperio Romano, allá por el año 476 y hasta el descubrimiento de América, en 1492, la higiene personal no se consideraba una prioridad que digamos.
La práctica del baño en la Edad Media.

Los médicos tenían la creencia de que el agua, sobre todo la caliente, debilitaba los órganos, dejando el cuerpo expuesto a condiciones insalubres y que, de llegar a penetrar por los poros, podría transmitir todo tipo de enfermedades.
Incluso llegó a extenderse la idea de que una capa de suciedad protegía contra las enfermedades y que, por lo tanto, el aseo personal debía de hacerse “en seco”, solamente con una toalla limpia para frotar las partes expuestas del cuerpo.
Los médicos solían recomendar que los niños se limpiaran el rostro con una tela blanca para limpiar el sebo, pero no en demasía para evitar retirar el color “natural” (sucio) de la piel.
En realidad, los galenos consideraban que el agua era perjudicial para la vista. Que podía provocar dolor dental y catarros, empalidecía el rostro y dejaba los cuerpos más sensibles al frio durante el invierno y la piel reseca en verano.
Además, la Iglesia condenaba el baño por considerarlo un lujo innecesario y pecaminoso.
La falta de higiene no era una costumbre exclusiva de los pobres, el rechazo por el agua llegaba a las esferas más altas de la sociedad. Las damas más entusiastas del aseo tomaban baño, cuando mucho, dos veces por año, y el propio monarca sólo lo hacía por prescripción médica y con las debidas precauciones.
Los baños, cuando tenían lugar, se tomaban en una tina enorme llena de agua caliente. El padre de la familia era el primero en tomarlo, luego lo otros hombres de la casa por orden de edad y después las mujeres, también por orden de edad.
Al final llegaba en turno de los niños y bebés que incluso podían perderse dentro del agua sucia. No es de extrañar que los niños de aquella época tuvieran un desagrado por el baño.
La pestilencia corporal.

Todo era reciclar. Había gente dedicada especialmente a recoger los excrementos de las fosas sépticas para venderlos como abono.
Los tintoreros guardaban la orina en grandes recipientes, que después utilizaban para lavar pieles y blanquear telas.
Los huesos también se trituraban para hacerlos abono.
Aquello que no se reciclaba se tiraba a la calle, porque los servicios públicos de limpieza urbana y sanidad no existían o resultaban insuficientes.
Las personas tiraban su basura y residuos en cubetas por las puertas de sus casas o castillos. Imagínate la escena: el sujeto despertaba por la mañana, tomaba el orinal y lanzaba el contenido por su propia ventana.
La pestilencia que las personas desprendían por debajo de sus ropas se disipaba con abanicos. Pero sólo los nobles tenían el privilegio de poseer lacayos para hacer dicho trabajo.
Además de disipar el aire, también servían para ahuyentar los insectos que se acumulaban alrededor. El típico príncipe de cuento de hadas hedía más que su caballo.
En la Edad Media la mayoría de los matrimonios se celebraban en el mes de junio, de forma que coincidiera con el verano boreal. La razón es simple: el primer baño del año se tomaba en mayo; así, en junio, la hediondez de la persona (en este caso los novios) era todavía tolerable.
De cualquier forma, como algunas personas apestaban más que otras o simplemente se rehusaban a tomar el baño.
Disfrazando el mal olor corporal.

Enrique VIII
Las novias solían llevar ramos de flores al lado de su cuerpo en los carruajes para disfrazar el mal olor.
Volviéndose, entonces, una costumbre celebrar los matrimonios en mayo, después del primer baño.
No es casualidad que mayo se considere el mes de las novias y que de allí naciera la tradición del ramo de flores.
En los palacios y casas de familia la existencia de baños era prácticamente nula.
Cuando surgía el llamado de la naturaleza, el fondo del patio o un matorral eran los elegidos, según la preferencia de la persona.
No era raro también ver a alguien cagando en las calles.
Los sistemas de drenaje aun no existían; por lo que las ciudades medievales eran verdaderos depósitos de basura y excrementos.
Las grandes metrópolis, como Londres o París, en aquella época se consideraban como algunos de los lugares más sucios del mundo.
Hábitos peligrosos.
Los más ricos poseían platos de estaño. Ciertos alimentos oxidaban el material llevando a mucha gente a morir envenenada, sin saber por qué. Los alimentos ácidos provocaban este efecto y algunos pasaron a considerarse tóxicos durante mucho tiempo.
Con las copas ocurría lo mismo: el contacto con el whisky o la cerveza hacía que el individuo entrara en un estado de narcolepsia provocado tanto por el alcohol como por el estaño.
Alguien que pasara por la calle y viera a otra persona en este estado podía pensar que estaba muerto y luego preparaban el entierro.
El cuerpo se disponía sobre la mesa de la cocina durante algunos días, mientras que la familia comía y bebía esperando a que el “muerto” volviera a la vida o no. Fue de aquí que surgió la costumbre de velar al muerto.

Una miniatura holandesa de alrededor de 1470 muestra a hombres y mujeres bañándose juntos, mientras incluso algunos comen.
La higiene de los reyes.
El rey Enrique VIII, famoso por romper con la Iglesia Romana y por haberse casado en seis ocasiones, tenía más de 200 empleados que le servían como cocineros, cargadores, agitadores, etc. Pero los sirvientes con la peor de las suertes eran aquellos que debían cuidar de las “necesidades” del rey.
Tenían que despiojarlo una vez al día, limpiarlo luego de que hiciera sus necesidades y lavar sus partes mientras el rey estaba sentado.
Incluso cuando la reina estaba embarazada y el monarca tenía ciertas necesidades, uno de los sirvientes –hombre o mujer– debía “echarse una cascarita” con el rey. Esto, por supuesto, se hacía frente a varias personas, que después del “acto” cambiaban sus ropas.
Sin embargo, incluso ante toda esta suciedad, cuando un noble viajero o cualquier miembro de la nobleza se presentaban ante el rey o la reina, se debía inclinar en señal de veneración. Y si por cualquier motivo esa persona, en ese justo momento, tenía que libertar una flatulencia frente al monarca, la pena era el destierro.
El desafortunado flatulento quedaba exiliado y no podía volver durante 7 años, y eso si el rey admitía su retorno. Esto muy probablemente dio origen a la vergüenza y desaprobación de peerse frente a otros, pese a que es un acto natural y común a todos los mamíferos.
Edad Media: una época solo medianamente apestosa

El detalle de la letra B con la que empieza el manuscrito «Omne Bonum», c. 1360-1375 muestra una mujer bañando a un hombre.
Blanca y radiante va la novia con su ramo de flores… olorosas.
Las malas lenguas de la historia, esas que presentan la Edad Media como una era de brutos malolientes, sitúan el origen de la tradición del ramo nupcial en el tufo que destilarían las contrayentes de aquellas épocas: la fragancia de las rosas y demás ayudaría a mitigar el pestazo en tan importante día.
Tan importante que la costumbre de celebrar las nupcias en primavera también nos vendría de entonces, porque el baño anual tenía lugar en mayo y así los novios llegarían aún fragantes al altar…
Puede que Isabel la Católica efectivamente sólo hubiera tomado dos baños en su vida, el día de su nacimiento y el de sus esponsales con Fernando el Católico, algo de lo que su propia majestad se jactaba, pero lo de los esponsales primaverales es una invención: en la Edad Media, las bodas tenían lugar en cualquier momento del año, en verano coincidiendo con festivales o otoño e invierno, cuando el trabajo en el campo aflojaba, así que de poco serviría un baño tantos meses atrás.
Claro que, ¿y si resulta que ese no era el único día en que se lavaban? ¿Eran tan poco higiénicos los europeos en la Edad Media como tradicionalmente se les ha presentado?
La historiadora de la Universidad de Londres Katherine Harvey no está de acuerdo en absoluto en esta visión apestosa de la Edad Media y explica en un artículo para la BBC que, para empezar, la propia hija de Isabel la Católica, Juana la Loca, sentía tal afición por bañarse y lavarse el pelo que su marido, Felipe el Hermoso, llegó a temer que enfermara.
La preocupación del real cónyuge respondía a la creencia arraigada entonces de que demasiados baños debilitaban el cuerpo.
La leyenda atribuye al leonés Alfonso VI la destrucción de todos los baños de su reino en el siglo XI tras varias derrotas contra los musulmanes, porque sus soldados se habrían debilitado a causa de tomar las aguas, mito que incluso se recoge en la Estoria de España, el que se considera primer libro de historia de España no traducido del latín, compilado por iniciativa de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII.
Tal vez episodios como el de Alfonso VI ayudaron a crear esta leyenda negra sobre la aversión medieval a los baños, que se extiende a toda Europa.
Sin embargo, el propio Alfonso X respetó los establecimientos de aguas tomados en la conquista musulmana, por sus propiedades medicinales; en general, en la península ibérica y tras la conquista cristiana se mantuvieron los baños, habituales entre musulmanes y judíos.
De Carlomagno se dice que era tan aficionado a las aguas termales que por ello hizo construir su residencia en Aquisgrán, conocida por sus manantiales.
Los médicos medievales recomendaban el baño para condiciones tan distintas como un resfriado o las piedras en el riñón; únicamente advertían contra su uso durante las epidemias, porque supuestamente abría los poros, lo que facilitaría la entrada de la enfermedad.
Posiblemente esta reticencia a los baños en plena peste esté en la base de la nuestra visión sobre la higiene en la Edad Media, que se remonta a la Ilustración.

Una imágen del códice «De balneis Puteolanis» de Petrus de Ebole, siglo XIII, la que se considera primera guía de baños termales
Pero la realidad era que no sólo se recomendaba la limpieza corporal, sino también del pelo, al menos cada tres semanas, con agua y hierbas medicinales; también se peinaba cada día, a veces con polvos hechos de pétalos de rosa, e incluso se recomendaba la depilación del vello y el afeitado.
Y por las mañanas disponían de una vasija o aguamanil para lavarse la cara y las manos.
Los que se lo podían permitir, sin embargo, recurrían a los baños, que mayoritariamente se tomaban de noche; Juan I de Inglaterra, en el siglo XII, viajaba siempre con una especie de bañera y un sirviente para que le ayudara en este menester y llevó a tomar nada menos que diez baños en seis meses; su descendiente, Eduardo III, compró en 1351 una grifería especial para su cámara de baño en Westminster, que disponía de agua fría y caliente.
Los no tan afortunados, es decir, el pueblo, disfrutaba de este placer cuando podía: se sabe que en París sobre el 1200 había al menos 32 baños públicos, más según la estudiosa Régine Pernoud de los que había en 1950, y los retretes en las ciudades estaban más desarrollados que en el siglo XVIII.
De hecho, en sus escritos el filósofo Alexander Neckham, que estudió en la escuela de Petit Point en París entre 1175 y 1182, se quejaba de los gritos de “Los baños están calientes” con que continuamente lo molestaban desde la calle.
El jabón era ampliamente utilizado en toda Europa desde el siglo IX, que ya es decir.
No, el problema con los baños en la edad media no tenía nada que ver con la higiene, sino con la promiscuidad, supuesta o real.
Ya en el siglo XVI, el fraile Luis de Escobar afirma en su obra Las respuestas quinquagenas que en los baños “los sanos se recreaban y los dolientes sanaban”, pero “más también hay grandes males que del mucho uso resultan, que los que en ellos se juntan, hacen pecados mortales, que se hacen lujuriosos, delicados y viciosos”.
Et voilà, fin del misterio. Los baños podían convertirse en una tentación moral, ya que en muchos lugares los tomaban juntos hombres y mujeres, con las consecuencias que no es difícil imaginar.

Gente quitándose piojos. Miniatura extraída de la «Hagadá Dorada», hacia 1320
Por eso, otro de los motivos por los que algunas personas renunciaron a los baños en particular y a la higiene en general era la obsesión religiosa. Si la limpieza resultaba placentera, ¿qué mejor para purificar el cuerpo, y sobre todo las intenciones, que evitarla?
Porque la suciedad era (es) el caldo de cultivo de muchos y variados gérmenes, pero también de parásitos entre los que destacaban y destacan piojos, chinches y pulgas.
Por eso, repetimos, encontramos casos como el de Santa Margarita de Hungría, que se negaba a lavarse el pelo para que los piojos la martirizaran, o el de Thomas Beckett: cuando fue asesinado, los monjes que prepararon su cuerpo para el entierro descubrieron que su ropa interior estaba llena de piojos y pulgas, algo que fue interpretado como una especie de penitencia.
Y tampoco hay que atribuir la presencia de bichos como un signo de suciedad buscada, ya que la mayor parte de la población europea dormía en jergones de paja, muy propensos a desarrollar estos huéspedes tan poco buscados.
Pero la gente normal, la que no había caído en el aquel sinsentido pietista, se lavaba la ropa. Bien es cierto que los más pobres a veces disponían de una única muda, la que llevaban puesta, pero a poco que se hicieran con una camisa o calzones extras procuraban irlos lavando, tarea que se adjudicaba a las mujeres.
Y con tanta dedicación se empleaban en la labor que para quitar bien la suciedad utilizaban cenizas de madera y orina, y la apaleaban con barras de madera después de sumergirla en tinas, en la orilla de los ríos o lavaderos, una escena que se ha podido ver en nuestros pueblos hasta no hace tanto.
Los baños, la ropa, el pelo… y los dientes. Nuestros hombres y mujeres medievales eran conscientes de la importancia de una buena y sana dentadura, y abundaban los consejos para cuidarla y no tener que terminar en la barbería.

Luis XIV, sentado, en un retrato de Nicolas de Largillere, cerca de 1700
Gilbert el inglés, un médico del siglo XIII, recomendaba frotarse los dientes con polvos hechos de hierbas, como la menta, también que se secaran los dientes después de comer con un paño de lino seco, “para que no se pegara la comida y se produjera podredumbre”.
En Gales la costumbre era limpiarlos con brotes de avellano y secarlos y frotarlos hasta que brillaran, y en la Península Ibérica se solía utilizar para su higiene un trapo de lino seco y cenizas de romero.
Fue sin embargo un cirujano francés, Guy de Chauliac (1300-1368), quien más y mejor se dedicó a la dentadura de sus contemporáneos: sus recomendaciones van desde evitar los alimentos de fácil tendencia a la putrefacción a su limpieza con una mezcla de miel, sal quemada y una pizca de vinagre.
El cuidado corporal no se detenía ahí, sino que llevaba hasta los olores. Existen numerosos tratados, recetarios y costumbres para evitar la fetidez corporal.
Trota de Salerno, médica italiana de mediados del siglo XI, recomendaba a las mujeres cuya transpiración era demasiado intensa que se limpiaran con «un paño humedecido en vino, en el que se habrían hervido hojas de arándanos y moras”.
Sí, en plena Edad Media se preocupaban por que el sudor no fuera pestilente y lo hacía un médico, mujer, para más señas. ¿Cómo se les ha quedado el cuerpo?
La sucia historia del lavado de manos

Semmelweis (1818-1865) en un retrato en torno al año 1850
Hasta mediados del siglo XIX la idea de que lavarse las manos era importante para no enfermar era algo difusa.
Es cierto que, antes, algunos manuales recomendaban mantener las manos limpias por decoro y que los médicos lo aconsejaban por un cierto sentido común, pero con una base científica poco sólida.
En 1847, el médico húngaro Ignaz Semmelweis demostró que esta práctica, literalmente, salvaba a muchas personas de la muerte, algo que hoy se da por descontado pero que entonces constituía una novedad.
La técnica, no obstante, no se abrió paso en la comunidad científica hasta décadas después, por el rechazo de una parte de sus colegas y por el propio carácter de su inventor, y si bien es cierto que los avances de Semmelweis salvaron muchas vidas, también lo es que arruinaron la suya.
Sería injusto decir que en épocas anteriores se ignoraba el concepto de higiene.
El Islam incorporó desde sus inicios esta idea como medio para la purificación, y en la Edad Media , entre ciertos estamentos, era común lavarse las manos antes y después de las comidas (el tenedor es un invento relativamente reciente).
En el Renacimiento , el médico italiano Tommaso Rangone señalaba que las manos “debían ser limpiadas de las superfluidades, el sudor y la suciedad que la naturaleza suele depositar en esos lugares”. Los médicos pensaban que, efectivamente, las manos sucias podían transmitir enfermedades, pero más bien de tipo de dermatológico.
El historiador Peter Ward, autor de The clean body: a modern history (El cuerpo limpio, una historia moderna), destaca el chocante punto de vista que las clases altas de los siglos XVII y XVIII tenían sobre la limpieza.
Uno de los primeros personajes que trata en su libro es Luis XIV , quien sólo se dio dos baños en su vida adulta y por razones médicas.
Como fuera que no resolvieron sus trastornos, nunca volvió a bañarse. Eso sí, el monarca se lavaba con asiduidad las manos y se cambiaba a menudo se ropa. Más allá de que se trate de un personaje excepcional, la postura del rey francés ante la higiene ejemplifica la actitud de las clases altas occidentales al respecto durante la edad moderna.
A mediados del siglo XIX, la limpieza personal había seguido ganando consideración entre las clases acomodadas, pero, como recuerda Ward, se le daba una importancia más social que médica, porque se la consideraba un símbolo de estatus.
Por eso, cuando un médico húngaro, Ignaz Semmelweis (1818-1865), cuestionó las prácticas de sus colegas señalando que podían dar lugar a enfermedades, se enfrentó al rechazo de la vieja guardia de su profesión.

Una ilustración de un catálogo de baños de 1884 de una empresa estadounidense Smith Collection
Semmelweis trabajaba en el hospital general de Viena, cuya maternidad contaba con dos alas. En la primera, atendida por comadronas, las muertes de madres a consecuencia de infecciones y fiebre puerperal eran muy elevadas, pero en la segunda, que estaba a cargo de médicos y estudiantes de medicina, la cifra era mayor y llegaba a un monstruoso 10%.
Realizó pruebas de toda clase para averiguar el motivo de esa diferencia e incluso llegó a considerar la posibilidad de que hubiera mujeres para quienes ser atendidas por hombre supusiera una tensión nerviosa tal que desembocaba en la muerte.
A ojos de hoy, la razón de aquella diferencia es inconcebible. Como parte de la formación de los nuevos doctores, los médicos y estudiantes de la clínica realizaban autopsias a diario y, aunque parezca increíble, luego, sin solución de continuidad, atendían a las pacientes en el parto, con resultados funestos.
Las comadronas no participaban en esas autopsias y eso explicaba que el nivel de fallecimientos en su caso fuera menor aunque continuara siendo muy elevado. Semmelweis hizo que unos y a otras, antes de atender a una paciente, se lavaran las manos con una solución de hipoclorito cálcico.
La tasa de fallecimiento de madres durante el parto se situó entre un 1 y un 2%.
Aunque faltaba mucho para que fuera desarrollada una teoría sobre los gérmenes, Semmelweis vinculó las infecciones con una substancia que el calificó de “partículas cadavéricas” transmitidas por los médicos.

En otro punto del planeta, en Estados Unidos, Oliver Wendell Holmes desarrolló, prácticamente de forma simultánea, la misma teoría y formuló las mismas recomendaciones.
Pero a pesar del éxito espectacular de las técnicas, la innovación no fue bien recibida por todos. En la Viena de la época convivían dos generaciones de médicos: la primera, conservadora y vinculada con prácticas pasadas; la otra, a la que él pertenecía, renovadora.
Para los primeros, era muy difícil admitir que el culpable de la muerte de aquellas mujeres era justamente el contagio procedente de quien se suponía que debía cuidar de ellas.
Además, había una cuestión de clase: la mayor parte de los médicos pertenecían a clases bien situadas y tenían de sí mismos la imagen de personas con una escrupulosa higiene, porque la limpieza personal se había popularizado en las últimas décadas y se había convertido en un símbolo de posición.
La suciedad, pensaban, era propia de las capas sociales más bajas.
Por eso, tanto sus trabajos y recomendaciones como los de Holmes en Estados Unidos fueron ridiculizados por una parte de la comunidad médica que veía sus conclusiones como inaceptables. Algunos investigadores, por su parte, añaden otros dos aspectos que dificultaron la difusión de sus ideas.

El primero es que en una sociedad machista como la de mediados del siglo XIX, el embarazo y el parto eran considerados cosa de mujeres y la obstetricia era una especialidad médica de poco prestigio; el otro, que el propio científico no fue capaz de transmitir sus ideas de forma adecuada, sea por un dominio deficiente del alemán o porque no utilizó los canales habituales de divulgación del momento.
Semmelweis perdió su empleo y terminó sus días en un sanatorio psiquiátrico donde falleció en 1865, según algunas fuentes de una infección generalizada o de trastornos relacionados posiblemente con el alzhéimer.
No obstante, en las siguientes décadas se descubrieron los gérmenes y se comprendió su comportamiento, a partir de Louis Pasteur o de Robert Koch. Joseph Lister, por su parte, fue el pionero de la antisepsia en la cirugía, que incluía el lavado de manos en profundidad con un éxito espectacular, aunque tampoco logró sortear las críticas de muchos de sus colegas.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, lavarse las manos se había convertido no ya en una costumbre dictada por los cánones sociales, el decoro o la estética, sino que tenía claramente una base científica.

Dos cuidadoras supervisan a un grupo de niños mientras se lavan las manos en París, cerca de 1920
Al mismo tiempo que la figura de Semmelweis era reivindicada, al fin, por la comunidad científica, la idea de la higiene personal dio otro paso adelante vinculado a los efectos de la revolución industrial.
Por una parte, las grandes concentraciones crecían y se consolidaban como puntos de concentración de riqueza; por otra los avances tecnológicos y arquitectónicos permitían que el agua corriente empezara a llegar a los domicilios acomodados y que el cuarto de baño, tal y como lo conocemos, ocupara la función imprescindible que hoy le otorga nuestra cultura.
La idea de lavarse las manos adquirió otra dimensión, propia de la población instruida, con la inestimable ayuda, por supuesto, de la publicidad de las marcas de jabón y detergentes.
Sin embargo, a la historia del lavado de manos todavía le queda, por decirlo de algún modo, mucho recorrido.
Un estudio realizado entre estudiantes universitarios publicado el 2009 por el American Journal of Infection Control señalaba que tras la micción el 69% de las mujeres y sólo el 43% de los hombres se lavaban las manos; y que antes de comer únicamente lo hacían el 7% de ellas y el 10% de ellos.
La guerra que empezó Semmelweis -por utilizar el lenguaje marcial de estos días de coronavirus- aún no está ganada.
Deja un comentario