Veteranos de la 2da Guerra Mundial…
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La guerra, por desgracia, no ha dejado de acompañar a la humanidad. Los mejores artistas y pensadores de todos los tiempos han reflexionado sobre sus efectos desastrosos.
El hecho es que la violencia es un instrumento para alcanzar más poder o más riquezas. Fue un militar prusiano, Carl von Clausewitz, el que dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios (aunque con esto, hilando fino, quería dar a entender que los militares debían supeditarse a los objetivos de sus gobiernos).
Hoy en día (y a la fecha de esta publicación), quedan muy pocos veteranos de esa Guerra que sumó al mundo en un caos de violencia y a su vez, paradójicamente, en un empuje hacia el futuro.
Los protagonistas y auténticos héroes (sobrevivientes de muchas situaciones), hoy en día van desapareciendo por lógica consecuencia de que el tiempo es tirano con todos. Quisiera homenajear a quienes hoy estan con vida, y a quienes nos dejaron, con este articulo sobre aquellos Veteranos de Guerra quienes se jugaron la vida día a día durante la contienda.
Los veteranos de la II Guerra Mundial rememoran la «última jugada» de Hitler

Un soldado estadounidense se pone a cubierto tras el impacto del fuego alemán en un semioruga. Unos 19 000 soldados estadounidenses murieron en la batalla de las Ardenas, la batalla más mortal para el ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.
National Geographic(B.Newcott) — En diciembre de 1944, el ejército alemán estaba huyendo. Las fuerzas aliadas habían avanzado por toda Europa desde la invasión del Día D en junio y ahora estaban a punto de entrar en la propia Alemania. Llevaban semanas sin enfrentarse al ejército de Hitler en una batalla importante.
En el bosque de las Ardenas, en Bélgica, el soldado de infantería estadounidense Chris Carawan y algunos de sus compañeros habían capturado a dos soldados alemanes que parecían perdidos. Uno de ellos hablaba un inglés casi perfecto.
«Más vale que os larguéis. Vamos a empujaros hasta el mar», advirtió el alemán a Carawan.
Carawan y su compañía informaron de la advertencia a sus superiores, pero estos se rieron de ellos. Palabras mayores de un enemigo vencido, dijeron los generales. Claro que había mucha maquinaria por los bosques al otro lado de la frontera, pero era la retirada del Tercer Reich. Hitler estaba acabado.
Entonces llegó la mañana del 16 de diciembre.

Los soldados de infantería alemanes pasan frente a vehículos estadounidenses quemados durante la batalla de las Ardenas. Los convoyes del Reich solían ir encabezados por tanques aliados para confundir a los soldados aliados.
«Primero se produjo un ataque de artillería muy violento», recuerda Carawan. El ataque de 90 minutos se lanzó desde 1900 piezas de artillería ocultas tras el límite del arbolado.
«Es posible que fuera la mayor descarga única en toda la Segunda Guerra Mundial», afirma Alex Kershaw, cuyo libro, El largo invierno, narra la batalla de las Ardenas, que comenzó hace 75 años. «Fue estremecedor. Espantoso».
Carawan, que ahora tiene 94 años y habla desde el sofá de su salón en su casa de Columbia, Carolina del Sur, esboza una leve sonrisa a su mujer de 74 años, Alma, que está sentada al otro lado de la habitación. Pero en los ojos de Carawan es evidente que ha vuelto a ser un soldado aterrorizado de 20 años en una de las mayores batallas terrestres en las guerras modernas.
«Después llegaron las metralletas», cuenta. «Y después fue como si todo el ejército de Hitler hubiera salido del bosque».

En pleno invierno y sin la ropa adecuada, un soldado se pone los restos de tela que ha podido encontrar.
No va muy desencaminado: entre esos árboles acechaban más de 400 000 hombres y casi 1400 tanques. Hitler, cuya derrota en el frente soviético era prácticamente inevitable, apostó a que podía lanzar una ofensiva relámpago por las Ardenas que dividiría a las fuerzas aliadas y establecería un camino hacia el puerto de Amberes, donde podría conseguir suministros que necesitaba desesperadamente, sobre todo combustible para los tanques. En última instancia, esperaba rodear a las tropas aliadas y forzar la negociación de un tratado de paz favorable para Alemania.
Esto pilló desprevenidos a los aliados, que estaban demasiado confiados.

Los soldados de las Waffen-SS alemanas, que aún esperan que su ataque sorpresa funcione, se protegen tras un semioruga M3 americano el 17 de diciembre.
«Era un frente muy largo, abarcaba del canal de la Mancha hasta Italia», cuenta Kershaw. «No tenían ni hombres ni equipo suficientes».
Los alemanes se centraron en un tramo en particular: la franja de 130 kilómetros de bosque en Bélgica y Luxemburgo, que contaba con defensas dispersas. Allí, los aliados no fueron rival para la desconcertante embestida de soldados, artillería y tanques alemanes que en cuestión de días haría mella en los ejércitos aliados.
Mataron o capturaron casi de inmediato a dos regimientos de la 106ª División de Infantería estacionados en el tramo central del frente. En ellos figuraba un soldado joven llamado Kurt Vonnegut, cuya experiencia brutal como prisionero de guerra le serviría de inspiración para su famosa novela Matadero cinco.

Vernon Brantley, veterano de batalla con 20 años, lleva con orgullo su Insignia de Acción de Combate.

Como la mayoría de los veteranos de la batalla de las Ardenas, Vernon Brantley se mostró reacio a hablar de su experiencia en la guerra. «Durante la primera década después de la guerra, si alguien empezaba a hablarte de sus hazañas en el campo de batalla, era seguro al 95 por ciento que te estaba mintiendo», afirma.
La lucha prosiguió durante más de un mes en uno de los inviernos europeos más fríos que se han documentado. Ante la lamentable falta de suministros, los soldados aliados carecían de abrigos de invierno y de calzado adecuado. La mayoría dormían con las botas puestas, sabiendo que si se las quitaban se les hincharían tanto los pies durante la noche que no podrían calzárselas por la mañana. Hasta hoy, la mayoría de los veteranos de la batalla de las Ardenas sufren los efectos de las lesiones por congelación.
Francis Chesko acababa de salir de las minas de carbón de Pensilvania cuando aterrizó en Francia 24 horas después del Día D. Había avanzado hasta el norte de Europa cuando lo obligaron a subir con su unidad a un tren militar en dirección hacia las Ardenas.

Mientras vigilaba las vías de ferrocarril de una aldea asediada el día de Navidad, Chris Carawan encontró un barril con un agujero por el que salía algo. «¡Era vino!», cuenta. «Así que nos llenamos los cascos y celebramos un brindis de Navidad».

Como paracaidista militar, Leif Maseng evitó morir tras las líneas enemigas. «A eso se reducía. Hacer lo que puedas para seguir con vida e intentar matar a algunos alemanes por el camino», afirma.
«Creíamos que nos llevaban para descansar y recuperarnos», cuenta Chesko, que lleva el uniforme del ejército mientras nos guía por su casa, que está plagada de artefactos bélicos. «Nos equivocamos. Nos bajamos del tren y fue como entrar en el infierno. ¡Qué ruido! Es el peor ruido del mundo. Es como truenos y rayos justo sobre tu cabeza».
Además de la fuerza del poder militar alemán, Chesko dice que el enemigo mostró un ingenio diabólico.
«Tiraron paracaidistas con uniformes aliados», cuenta. «Cambiaron todas las señales de las carreteras para conducirnos hacia una trampa y a veces se quedaban en las intersecciones para conducirnos en la dirección incorrecta. La mayoría también hablaba un inglés perfecto. Pero necesitaban saber la contraseña. Desde el principio, decíamos “Little” y si no respondían “Orphan Annie”, entonces empezaba su Waterloo».
Vernon Brantley, de 95 años, da sorbos a una copa de zumo de naranja y oporto —lo llama su brebaje— en la cocina de su casa, también en Columbia. Con un agradable acento sureño, recuerda el caos que sobrevino cuando un mortero alemán volteó el todoterreno que conducía.
«Los otros tres tipos saltaron a tiempo», cuenta. «El todoterreno me aterrizó encima. No recuerdo nada, pero me contaron que no había ningún agujero del cuerpo por el que no sangrara».
Brantley fue trasladado a un hospital de campaña y después a un centro de París. Volvió con su unidad unos meses después.

El rumbo de la batalla ya había cambiado cuando, a principios de enero, un prisionero alemán ayudó a los efectivos de la 3.ª División de Infantería de los Estados Unidos a transportar a un soldado alemán herido.
Llaman a la puerta de la cocina. Es Gerald White, de 93 años, un viejo amigo de Brantley y también veterano de las Ardenas. White se sienta en la mesa y, como de costumbre, los dos amigos empiezan a compartir historias de la guerra.
«Ni siquiera había empezado a afeitarme», cuenta White, que tenía 18 años cuando el destino lo condujo a la batalla de las Ardenas. «Me hicieron conducir un todoterreno que llevaba un remolque lleno de munición. Supongo que si me hubieran disparado un mortero, no habría quedado nada. Me dijeron que yo era el segundo sustituto para ese trabajo. Así que había un tipo antes que yo y otro antes que él. Nunca me contaron que les pasó».

Gerald White estaba trabajando en la cocina durante la batalla cuando le ordenaron que quemara la basura. «Me explotó en la cara, me cegó por completo», cuenta. La ceguera duró tres días y aún tiene cicatrices en la cara.
Otro joven que transportaba una carga peligrosa por las Ardenas era Joe Watson.
Estaba a cargo del lanzador de morteros, es decir, que mientras transportaba a su unidad de un lado al otro, era un blanco prioritario.
«Llevábamos nuestra unidad de morteros por la carretera y los morteros enemigos nos seguían, nos explotaban detrás. Era un bum, bum, bum constante. Como en una película».
Hoy, Watson, de 96 años, vive en la misma plantación de nueces pecán de 32 hectáreas donde creció, en Springfield, Carolina del Sur.
Pese a que tiene dificultades para caminar —debido a las lesiones por congelación—, tiene pensado regresar a Bélgica para conmemorar el 75º aniversario de la batalla.
«El motivo por el que los soldados jóvenes son los mejores soldados es sencillo», dice mientras contempla un estanque donde lleva pescando toda su vida.
«No creen que vayan a morir. Por eso si les dices que hagan algo extremo, te dicen “sí, señor” y se ponen manos a la obra»
El paracaidista Leif Masing había descendido en Francia antes de la invasión del Día D, así que estaba acostumbrado a estar tras las líneas enemigas.
Durante los primeros días de la batalla de las Ardenas, hacía tan mal tiempo que los aviones aliados no podían volar, así que sus compañeros y él eran trasladados sigilosamente a sus posiciones remotas.

Los soldados de la 9ª División de Infantería de los Estados Unidos fuman tras un tanque M4 Sherman.

Abrumados por el avance de los alemanes, los miembros del 101º Batallón de Ingenieros del ejército estadounidense se retiraron de la zona de batalla en Luxemburgo.
«Los paracaidistas están entrenados para actuar por su cuenta. No siempre sabes dónde están tus camaradas y tienes que tomar decisiones rápidas tú solo», explica Masing, de 95 años, acompañado de su hija Nancy en el salón de vivos colores de la residencia donde vive en Columbia.
Masing, que es alto, delgado y de ojos azules, conserva una figura impresionante. No es difícil imaginárselo avanzando en la oscuridad de la noche en operaciones encubiertas mientras se escuchan los ruidos de una batalla feroz a escasos kilómetros.
«Una noche, sobre las cuatro de la mañana, estaba cruzando el jardín de una residencia», recuerda. «El dueño salió a la ventana y gritó: “¿Quién anda ahí?”. Tuve que reírme. Al fin y al cabo, lo que había ahí fuera era una guerra».

Para minimizar las víctimas civiles, los efectivos de la 1ª División de Infantería del ejército estadounidense evacúan a los habitantes de Odeigne, Bélgica, mientras avanzan por la ciudad a principios de enero de 1945.
Chris Carawan, arropado en la comodidad de su salón, baja la voz hasta reducirla a apenas un susurro. «Siempre nos decían que no estableciéramos vínculos emocionales con los demás», cuenta. «Pero claro, era imposible».
Carawan recuerda caminar por un campo abierto con su mejor amigo, Doyle Griffith, y su segundo comandante favorito, Harry Stone, cuando un tanque alemán abrió fuego de repente.
«Casi partió a la mitad a Doyle», cuenta Carawan. «Empezó a llamar a su madre. Le dije, “espera”, y llamé a un médico. No sé cómo, pero sobrevivió. Pero mataron al comandante. Nunca supe con qué».

Los efectivos aliados se dieron cuenta de que los alemanes estaban desesperados cuando empezaron a capturar niños a los que habían obligado a combatir. Estos jóvencísimos soldados de las SS fueron hechos prisioneros cerca de Bastogne, Bélgica.
«Nunca sabré por qué aquel tanque ni me rozó. Pero sí sé una cosa: esta mañana me desperté pensando en Harry Stone. Aquí estoy, he vivido 94 años y esos chicos apenas llegaron a la veintena. A veces siento que también vivo mi vida por ellos».
Las tornas de la batalla de las Ardenas habían cambiado para el día de Año Nuevo, pero la lucha continuó hasta el 24 de enero. Fallecieron unos 19 000 estadounidenses. La resistencia aliada ralentizó la potencia de los nazis y privó al enemigo de los suministros que esperaban conseguir en Amberes.
Con todo, Kershaw afirma que fue el mejor intento de última hora de Hitler para intentar cambiar el rumbo de una causa perdida.
«En una guerra, no se puede predecir qué va a pasar», afirma. «Pero fue una operación de muy alto riesgo. Habrían necesitado mucha suerte, pero se les agotó».
Cuando la situación se calmó, Chris Carawan obtuvo un permiso ampliado. «Paseaba por París cuando escuché música», dice con la mirada perdida en su memoria. «Me resultaba muy familiar. Seguí el sonido por los rincones y por las calles y llegué a una zona abierta. Y escuché esto».

Tras el éxito inicial, el curso de la batalla cambió para los efectivos alemanes. Este grupo cerca de Bastogne, Bélgica, se rinde en masa.
Con una mano que tiembla ligeramente, Carawan levanta el mando del reposabrazos del sofá y lo apunta a un reproductor de CD al otro lado de la sala, cerca de Alma, que sonríe con dulzura. El sonido de Slumber Song de Glen Miller llena la casa.
«No me lo podía creer», cuenta Carawan. «Glenn Miller estaba allí. Era casi como estar en casa. Era casi como estar con Alma».
Los saxofones y los cuernos de la orquesta de Miller revolotean por la casa y envuelven las medallas de las paredes y las fotos de un soldado joven y su novia radiante.
Chris y Alma se miran desde lados opuestos de la habitación.
Vuelve a ser 1945. Y están bailando.
Reflexiones de un veterano alemán a 75 años del Día-D: «gracias a Dios la invasión fue exitosa»

Konrad Scheucher, un alemán veterano de la Segunda Guerra Mundial posa con una foto suya de joven en el cementerio de guerra alemán en La Cambe, en Normandía, Francia el 5 de junio de 2019, en medio de homenajes.
france24.com(A.Rincon)/Reuters — El veterano de guerra Paul Golz volvió a Normandía 75 años después del desembarco. En el cementerio alemán de La Cambe reconoció que la batalla también ayudó a liberar a Alemania de la propia tiranía.
Los homenajes, después de todo, se convierten en espacios de reflexión. A Golz el tiempo le enseñó la lección, que el desembarco no fue una condena, sino una bendición: para él, para su país, para Europa y para el mundo. Alemania se despojó del nazismo, Europa fue liberada y él pasó de cargar metrallas a trabajar años después en un puesto fronterizo de un aeropuerto en Alemania: «el éxito del ataque forjó mi destino».
El día del asalto estaba en las playas de Normandía de guardia. Tenía solo 19 años y había sido reclutado por la maquinaria nazi para luchar en una guerra que no era suya, la que libraba Adolf Hitler contra casi toda Europa.
Dijo que nunca había apoyado a Hitler, pero que debió permanecer en silencio para evitar ser «acusado de socavar la fuerza militar». «En una dictadura es importante mantener la boca cerrada», lo dijo en alemán y en inglés, el idioma que aprendería en una cárcel en Estados Unidos y que más adelante le abriría las puertas.
Estuvo obligado a permanecer en la línea de batalla en los días más crudos del conflicto. «Me asignaron a un grupo SMG (Schweres Maschinengewehr, una ametralladora pesada). Éramos cuatro soldados: uno y dos disparaban y tres y cuatro cargaban las cajas de municiones. Yo era el número cuatro, cargué las cajas de municiones pero nunca disparé a una tropa francesa, no era algo que quería hacer», dijo el veterano de 94 años. Fue enviado allí porque se rehusó a entrar en las SS, el ala armada del partido Nazi.
Recuerda al primer soldado aliado que encontró poco después de los desembarcos en la playa. El paracaidista estaba sediento, asustado y listo para rendirse.»Le dije con calma que no tuviera miedo. Le habían dicho que los alemanes mataban a todos», dijo Golz durante el aniversario del Día-D, de pie en medio de las lápidas de los compañeros caídos.
«Comprendió que no queríamos hacerle daño. Le dejé mis cigarrillos. Fuimos a buscar paracaidistas dispersos por toda la región. Encontré a un paracaidista blanco con los ojos abiertos que estaba muerto cuando lo toqué».
Del horror de la guerra a las lecciones en prisión
Golz recorre las tumbas haciendo una especie de viaje al pasado mientras continúa su relato. Recuerda el momento en que fue apresado y trasladado a una cárcel en Estados Unidos. Allí aprovechó el tiempo para aprender inglés.

Foto de archivo del 2º Batallón de los Guardabosques del Ejército de EE. UU., encargado de capturar la batería de defensa costera pesada alemana al oeste de la zona de desembarque del Día D en la playa de Omaha, en Weymouth, Inglaterra, el 5 de junio en 1944.
«Gracias a Dios la invasión fue exitosa. El hecho de que fuera exitoso también influyó en mi destino personal. Era solo un joven agricultor alemán, no tenía profesión. Cuando tenía 22 años volví de la cárcel y le agradezco a Dios que aprendí inglés y comencé a trabajar para la policía fronteriza alemana, la policía que ves en los aeropuertos. Hice eso durante siete u ocho años. Todo eso porque aprendí inglés en prisión», aseguró.
Atrás quedó la vida del soldado alemán que antes había sido un granjero sin educación. De la guerra vino para él progreso, libertad y por supuesto, el dolor, lecciones que ahora transmite a los más pequeños: «mantengan la paz, eso es lo importante’, eso es lo que siempre digo cuando visito escuelas”.
En Francia también hay un lugar para recordar a los alemanes caídos
Al cementerio de La Cambe llegaron veteranos y políticos este 6 de junio para conmemorar los 75 años de la ofensiva que cambió la historia de su país. Allí están enterrados 21.000 soldados vecinos, en su mayoría combatientes comunes, pero también criminales de guerra.

«Los soldados alemanes caídos descansan en tierras extranjeras porque no vinieron como libertadores sino como ocupantes», dijo Wolfgang Scheneiderhan, presidente de la Comisión Alemana de tumbas de Guerra Volksbund.
En el mismo homenaje el embajador de Alemania en Francia recordó que «los alemanes conocemos nuestra historia, conocemos nuestros horrores y el terror del holocausto».
Los alemanes no olvidan su pasado, pero abrazan con esperanza un presente conciliador y miran a un futuro donde exista la comunión entre los países.
Así lo dejó ver la canciller alemana, Ángela Merkel, que, al asistir a otra conmemoración en el sur de Inglaterra, elogió el sacrificio de decenas de miles de soldados en una operación militar que liberó a Alemania de la ideología autocrática del nacionalsocialismo.
«Que yo, como canciller alemán, pueda estar hoy aquí, que hoy nos unamos por la paz y la libertad, es un regalo de la Historia que debe cuidarse y protegerse», dijo Merkel.
Millones de soldados dejaron la piel en esa batalla. Ahora, 75 años después, el mundo conmemora su sacrificio. Las playas que para entonces se tiñeron de sangre, hoy rebosan esperanza.
Los últimos testigos del Día D reviven dolorosos recuerdos

Ray Lambert junto al peñasco de concreto que protegió a sus hombres durante el desembarco en Normandía.
DW/Reuters — En la playa de Omaha, en Normandía, se erige un peñasco de concreto, solitario sobre la arena. La ciudad de Colleville-sur-Mer, ubicada justo arriba de la playa, recientemente le dio nombre al peñasco: Ray’s Rock, en honor al veterano de la Segunda Guerra Mundial del Ejército de los Estados Unidos Ray Lambert. El médico usó la roca para cubrir a sus hombres, heridos de los disparos alemanes hace 75 años durante la embestida del Desembarco del Día D, que liberaron a Normandía y cambiaron por completo el rumbo de la guerra.
La ciudad, que alberga el cementerio estadounidense, colocó una placa en la roca con el nombre de Lambert y los de sus colegas médicos. «Puedo venir aquí a ver a mis muchachos y sé que están siendo recordados. Ahora, sus nombres están aquí permanentemente», dijo Lambert, de pie frente al monumento. «De esos chicos, que tendrían mi edad actual, muchos se han ido ya».
Mientras los líderes mundiales, incluidos el presidente francés Emmanuel Macron y su homólogo estadounidense Donald Trump, se reúnen en las playas el jueves (06.06.2019) para conmemorar el 75 aniversario de los desembarques del Día D, es probable esta sea la última celebración oficial importante a la que asistan los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, actualmente de 90 años.
Lambert ha vuelto, a lo largo de los años, para hablar en ceremonias conmemorativas, y ha venido, dijo, «solo para estar aquí, mirar el Canal y recordar a mis muchachos».

Ray Lambert en sus días de soldado.
Un viaje final
A los 98 años, Lambert advirtió que esta es la última vez que vendrá a Normandía. Mientras crecían en la Alabama rural, Lambert y su hermano Bill se inscribieron en el Ejército de los Estados Unidos. Fueron lanzados al grueso del combate, luchando en África del Norte en 1943 y más tarde en Sicilia. Ray Lambert fue herido en ambos asaltos y recibió la Estrella de Plata por su valentía.
Luego, los hermanos se enfrentaron al baño de sangre de Omaha Beach el Día D, el 6 de junio de 1944. «Podíamos escuchar las balas en las rampas como granizo, entonces sabíamos que cuándo la rampa bajara, entrarían balas para matar algunos de nuestros hombres, pero no sabíamos a quién «, dijo Lambert.
De un momento a otro, Lambert dijo que algo –disparos o artillería – le destrozaron el codo. Se zambulló bajo el agua y alcanzó la playa donde estaba aún más expuesto, mientras trataba de ayudar a sus camaradas heridos. «No había nada para protegerlos, así que miré a mi alrededor y vi esta roca, y les dije a mis muchachos que tendríamos que poner a a los heridos detrás de ella», dijo Lambert.

La noche del 5 de junio en la frontera con Normandía.
Lambert y su equipo de médicos continuaron corriendo hacia la línea de fuego para arrastrar a los soldados heridos detrás del pedazo de concreto, incluso después de que Lambert fuera herido otra vez gravemente en la pierna. Más tarde, se despertó en un hospital militar, al lado de su hermano, quien también había sido herido.
Recordando a sus camaradas
Entre junio y agosto de 1944, cerca de 225.000 miembros del servicio murieron, resultaron heridos o desaparecieron en la invasión de Normandía por la Operación Overlord. El hermano de Lambert, Bill, murió en 2010. Aunque vivieron tres invasiones juntos, Lambert cuenta que no discutían mucho sobre la guerra una vez que se había terminado. Él, como muchos veteranos de la Segunda Guerra Mundial, tampoco contó sus experiencias a otros. «Sin embargo, sentí que era mi responsabilidad y obligación contarle a la gente sobre la guerra y sobre lo que ellos hicieron».
Ahora, Ray’s Rock recordará a Lambert y a sus valientes médicos mucho después de que se hayan ido, así como sus memorias recién publicadas sobre ese horrible día, en «Every Man a Hero».
Antes de irse a Estados Unidos, Lambert dice que tomará una última copa de Calvados, el brandy de manzana de la región. «No sé si me curará o me matará», dijo riéndose.
Los locales recuerdan sus experiencias
El número de franceses locales que recuerdan el día en que llegaron los Aliados también está disminuyendo. Marguerite y Rémy Cassigneul vivieron bajo la ocupación nazi durante cuatro años en Tailleville, justo al interior de la playa de Juno, cuando llegaron los Aliados.
Rémy contó que los alemanes hicieron que los hombres vigilaran los ferrocarriles y cortaran árboles para para evitar que los aviones aterrizaran. También impusieron un estricto toque de queda a partir de las 10 de la noche.
Marguerite, que en ese entonces tenía 17 años, recuerda despertarse con el sonido de fuertes explosiones y disparos. Un día, alrededor de las tres de la madrugada, ella y su familia huyeron de la casa para esconderse en una zanja que habían cavado. Luego se refugiaron en un establo con unas 30 personas más.

El veterano Lambert
A las cinco de la tarde del día siguiente, una bayoneta se asomó por la puerta y los soldados les gritaron en francés que levantaran las manos. El calor de la batalla se había calmado y los canadienses habían llegado. Marguerite dijo que les servían Calvados a los soldados.
Pensaron que la guerra había terminado, pero luego vieron a dos soldados canadienses muertos en el camino por disparos de ametralladoras alemanas. Los soldados les hicieron salir de sus casas, en caso de que los alemanes regresaran. Marguerite y su prima bajaron a Juno Beach para vislumbrar las consecuencias.
«Había barcos hasta donde daba la vista», dijo ella, sentada en su mesa de comedor en su casa en Saint-Aubin-sur-Mer. A los 92 años, todavía grita cuando ve, en sueños, las filas de cuerpos en Juno Beach, donde aterrizaron las tropas canadienses. Desde entonces, a ella no le gusta ir a la playa. «Eso se quedará con nosotros», dijo. «Incluso hoy no entiendo cómo la gente puede divertirse en las playas».
Fui testigo de la historia de la Segunda Guerra Mundial

Marines estadounidenses izan la bandera estadounidense en la cima del monte Suribachi en Iwo Jima.
AARP(Hace tres cuartos de siglo finalizó el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad. La generación que vivió durante esos acontecimientos memorables está desapareciendo de escena. Solo siguen con vida el 2% de los hombres y las mujeres que prestaron servicios en las fuerzas armadas durante la guerra. Sin embargo, algunos de ellos todavía pueden describir increíbles acontecimientos históricos con claridad.
Estos son relatos de algunos de los momentos más inolvidables de la Segunda Guerra Mundial.
Vi la bandera flamear en Iwo Jima
Hershel “Woody” Williams era un infante de marina de Estados Unidos de 21 años que se entrenaba en Guam para invadir Japón cuando supo que la guerra finalmente había terminado. Dice que solo hay una palabra para describir lo que sintió: euforia. “Casi todos salimos corriendo de las carpas y empezamos a disparar al aire, dando vueltas como un montón de idiotas”.
Para Williams, fue como ser liberado de una condena de muerte en la que había vivido desde principios de año, cuando vivió los horrores de la batalla en Iwo Jima.
“No es posible describir el infierno de Iwo Jima”, señala Williams, de 96 años, la última persona con vida que recibió la Medalla de Honor del Teatro de Operaciones del Pacífico. “A menos que lo hayas vivido en persona, no hay modo de entenderlo verdaderamente”.
El 23 de febrero de 1945, el cabo Williams destruyó varias posiciones japonesas con un lanzallamas arriesgando su vida repetidamente mientras los jóvenes fusileros a su alrededor morían en una de las batallas más sangrientas de la guerra. El mismo día, desde lejos, vio flamear la bandera de Estados Unidos en la cima de Mount Suribachi.

Hershel «Woody» Williams
Williams dice que sobrevivió gracias a su increíble entrenamiento y la firme convicción de que llegaría con vida hasta el final.
“Nunca me permití pensar que no iba a sobrevivir. Escuchaba que los infantes de marina decían ‘no voy a llegar’, y no llegaban”.
En Iwo Jima murieron casi 7,000 estadounidenses, y otros 20,000 resultaron heridos.
En octubre de 1945, Williams recibió la Medalla de Honor de manos del presidente Harry S. Truman en la Casa Blanca.
Durante muchos años padeció el trastorno por estrés postraumático.
Comenzó a recuperarse cuando renovó su compromiso con el cristianismo, y luego durante 35 años se desempeñó como capellán de la Congressional Medal of Honor Society.
Casi todos los días siente que la guerra está muy lejos: “He intentado borrar de la memoria las cosas malas que sucedieron”.
Pero el recuerdo que no puede borrar son los rostros de dos jóvenes infantes de marina que murieron luchando a su lado.
“Se sacrificaron por mí”, dice. “Me he preguntado miles de veces, ¿por qué yo? ¿Por qué fui elegido para recibir la Medalla de Honor y todos los elogios cuando ellos dieron todo lo que tenían, dieron su vida?”.
Presencié la rendición de los alemanes

Fue uno de los acontecimientos más significativos del siglo XX. En Estados Unidos solo queda con vida un testigo del momento en que los alemanes se rindieron formalmente en una pequeña escuela en Reims, Francia, en las primeras horas del 7 de mayo de 1945, lo que marcó el fin de la guerra en Europa.
Luciano “Louis” Graziano, de 21 años, había estado viviendo en East Aurora, Nueva York, cuando fue reclutado en 1943. Después de aterrizar en Omaha Beach y sobrevivir la Batalla de Bulge, se convirtió en capataz de servicios en el Comando del Cuartel General Especial. A comienzos de mayo de 1945, su trabajo consistía en mantener en buenas condiciones los edificios que usaba Dwight Eisenhower, Comandante Supremo Aliado. Uno de esos edificios era la famosa escuela Little Red Schoolhouse.

Luciano “Louis” Graziano
Graziano, que ahora tiene 97 años, todavía recuerda claramente haber visto al general alemán Alfred Jodl entrar a un aula concurrida en el edificio de ladrillo de tres pisos en Reims.
“Los ingleses, los franceses, los rusos y los estadounidenses ya habían firmado. Los alemanes fueron los últimos en firmar”, recuerda Graziano.
Eran las 2:14 de la mañana cuando Jodl finalmente firmó los documentos oficiales de rendición con una lapicera fuente Parker 51 y con cara de piedra.
El sargento mayor Graziano y otros oficiales luego escoltaron a Jodl por un pasillo hasta un salón donde esperaba Eisenhower.
Graziano vio a Jodl entrar al salón, chasquear los talones y hacerle la venia a Ike, quien se negó a estrechar la mano de un nazi. Esa mañana, Eisenhower envió el histórico mensaje: “LAS FUERZAS ALIADAS HAN CUMPLIDO SU MISIÓN”.
Dado que Graziano estaba en Reims, en el centro de la región de Champagne en Francia, era lógico que más tarde ese día celebrara con champaña. “Todos sentían un gran alivio, lo pasaron bien… con muchas ganas de ir a casa”.
A principios de esa primavera, Graziano había conocido a Eula “Bobbie” Shaneyfelt, una sargento del Cuerpo Femenino del Ejército. La pareja se casó precisamente en Reims en octubre de 1945. Se fueron de luna de miel a París y tuvieron cinco hijos.
“Ella era sargento de segunda clase”, recuerda Graziano con una sonrisa. “Yo era sargento mayor, así que daba las órdenes. Pero cuando llegamos a casa, las órdenes las comenzó a dar ella”.
Trabajaba con enfermeras que murieron en un ataque kamikaze

Cortesía de Doris Howard (segunda desde la derecha)
Esta primavera, cuando Doris Howard, de 100 años, vio escenas del barco hospital USNS Comfort llegando al puerto de Nueva York durante el pico de COVID-19 en la ciudad, le trajo recuerdos de hace tres cuartos de siglo, cuando estaba en un barco que llevaba el mismo nombre (el USS Comfort) frente a Okinawa, Japón.
En esos momentos, el peligro eran los kamikazes: aviones suicidas japoneses. “Nunca sabías si serías el siguiente”, recuerda Howard, una enfermera del ejército a bordo del barco hospital durante la Batalla de Okinawa, la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial. “Solo sabías que era muy probable que te atacaran”.
Howard nació en Wisconsin y se unió al Cuerpo de Enfermeras del Ejército de EE.UU. unas semanas después de que bombardearan Pearl Harbor. Para abril de 1945, era teniente y atendía a los jóvenes estadounidenses heridos en la batalla. “Los aviones venían de noche, volaban muy bajo, hacían mucho ruido y hacían mover el barco cuando tiraban las bombas. Si atacaban otro barco, sabíamos que recibiríamos una gran cantidad de pacientes”.
Durante esta batalla de tres meses, los ataques kamikazes fueron responsables del hundimiento de 26 barcos estadunidenses. El Comfort, que llevaba más de 500 heridos, estaba pintado de blanco y se identificaba con cruces rojas, pero aún así era un blanco.
A Howard finalmente se le acabó la suerte el 28 de abril de 1945, cuando mientras atendía a los infantes de marina heridos, uno de los aviones suicidas dio contra el barco. Murieron 28 personas, entre ellas seis enfermeras, y fue el ataque más mortífero contra las mujeres del servicio militar de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial.
Cuando explotó el tanque de combustible del avión, Howard recuerda que fue lanzada ocho pies y pegó contra un mamparo. Quedó ensordecida y temporalmente paralizada. Sin embargo, a las pocas horas ya estaba de regreso en su estación.
El Comfort pudo llegar a Guam para ser reparado. Las enfermeras que trabajaban con Howard fueron enterradas en una ceremonia profundamente conmovedora, con banderas que cubrían los ataúdes.
Cuando terminó la guerra, Howard estaba en el país trabajando en un hospital de Oakland, California. “Todos sentimos una profunda felicidad”, señala. “Había terminado, y en todos lados gritaban ‘¡Paz!’”. Howard se casó y trabajó de enfermera en el Área de la Bahía hasta el 2005, cuando se mudó a Reno, Nevada, para estar con su hijo.
Esta primavera, desde su cuarentena, vio que el USNS Comfort había sido enviado a Nueva York. “Hubo un pedido de profesionales médicos jubilados para regresar al servicio y estuve tratando de pensar qué podía hacer yo”, dice. “Pero me temo que al estar en una silla de ruedas, mi presencia sería más un obstáculo que una ayuda. No obstante, iría, si me necesitaran y quisieran contar conmigo”.
Vi la derrota en el rostro de los guardias japoneses

Submarino de la Marina de Estados Unidos USS Tang.
A primeras horas del 25 de octubre de 1944, el jefe contramaestre Bill Leibold se paró en el puente del USS Tang, el submarino estadounidense más mortífero. Observó con binoculares en la oscuridad cuando el último torpedo del barco alcanzó la superficie del océano. Los segundos siguientes quedaron grabados en su memoria para siempre.
“¡Allí va uno! ¡Errante!” gritó.
El torpedo se averió, dio la vuelta y golpeó el Tang con una explosión enorme. Sobrevivieron solo nueve de los 87 tripulantes. Los japoneses los rescataron de las frías aguas frente a Taiwan y los enviaron a un campo para prisioneros de guerra en Omori, Japón. Fue allí donde Leibold y sus compañeros submarinistas estaban trabajando cuando el 15 de agosto de 1945 escucharon la voz del emperador Hirohito en un altavoz: “Hemos resuelto allanar el camino para una gran paz… soportando lo insoportable y sufriendo lo insufrible”.
Leibold vio el rostro de los guardias japoneses y supo que la guerra había terminado. Había bajado 70 libras en cautiverio. Esa noche lo celebró con otros estadounidenses “eufóricos” con guiso de tripas de caballo. Los prisioneros fueron liberados 13 días después, cuando las fuerzas de Estados Unidos llegaron al campo. Pero el abuso acabó después de las palabras del emperador.
Leibold está convencido de que él y los otros ocho sobrevivientes del Tang se mantuvieron con vida gracias al amor. “Siete de los nueve estábamos casados”, enfatiza. Algunos tenían hijos pequeños y lucharon con ferocidad para volver a verlos. Se había reportado la pérdida de toda la tripulación del submarino. Sin embargo, la esposa de Leibold, Grace, no había perdido la esperanza. Finalmente pudo abrazarla en Los Ángeles a fines de septiembre de 1945.
Cuando el coronavirus se extendió por todo el país esta primavera, Leibold, que ahora tiene 97 años, se confinó a su habitación en un centro de cuidados en California. “Es como estar preso. Para ser muy sincero, la situación es mucho más estricta de lo que fue a veces [como prisionero de guerra]”. Es el único sobreviviente de la última patrulla del Tang. “Todavía estoy aquí, y todos ellos ya han partido…”
¿Qué hará Leibold este verano para conmemorar el 75.° aniversario de la victoria sobre Japón? No mucho, suspira, dado que se encuentra en aislamiento estricto. “Para mí, será como cualquier otro día”. Espera con ansias el día que pueda salir del confinamiento infernal y volver a abrazar fuerte a un ser querido.
Millones celebraron el fin de la guerra con cartas a sus seres queridos en EE.UU.

El Center for American War Letters (WarLetters.us) de Chapman University, en California, dirigido por Andrew Carroll, ha conservado muchas de esas cartas. Aquí hay un fragmento de una carta escrita por el teniente primero William Lee Preston a su hermano John el 10 de mayo de 1945, luego de la rendición de los alemanes:
“Sí, la guerra en Europa ha terminado. No sé cuál fue la reacción general en Estados Unidos… pero, John, las tropas de primera línea no lo celebraron. La mayoría de los hombres apenas leyeron el relato de la victoria en el boletín de la división y dijeron algo como ‘me alegro’, y se alejaron…”
La vida de un veterano de la Segunda Guerra Mundial de 100 años en Rusia
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Infobae — El veterano de la Segunda Guerra Mundial Nikolay Bagayev estuvo entre los rusos que conmemorarán el jueves un nuevo aniversario del fin del conflicto, pero en su caso podrá recordar lo que sintió en el momento en que ocurrió.
Bagayev le contó la historia a su nieta, la reportera de Reuters Olesya Astakhova. «Una paz endeble es mejor que una guerra», dice el condecorado veterano de la Segunda Guerra Mundial de 100 años.
Cuando Rusia celebró el jueves el 74º Día de la Victoria desde el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, con varios actos y un gran desfile militar en la Plaza Roja, Bagayev estuvo entre las millones de personas en todo el país recordando la ocasión.
Nacido en 1918, poco después de la Revolución bolchevique, Bagayev vivió muchos de los tumultuosos capítulos de la Unión Soviética en el siglo XX y fue herido dos veces, una vez de gravedad, en lo que los rusos llaman la Gran Guerra Patriótica.
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Bagayev durante un encuentro con otros veteranos
Pasó gran parte de la guerra en los bosques cercanos a la capital rusa, luchó en la Batalla de Moscú y más tarde participó en el asalto del Ejército soviético en Koenigsberg, entonces parte de la Alemania nazi y que ahora -como parte de Rusia-, es conocida como Kaliningrado.
Después de la guerra trabajó en las estepas de la república soviética de Kazajistán, viviendo primero en una tienda de campaña, y ayudó a construir el cosmódromo, ahora conocido como Baikonur, que envió al primer hombre, Yuri Gagarin, al espacio en 1961.
Bagayev ahora vive en Korolyov, una ciudad en las afueras de Moscú, y cobra una pensión de veteranos de 40.000 rublos (613 dólares) al mes, mucho más alta que el promedio nacional.
A pesar de su edad, permanece activo y se lo puede ver en la ciudad, a veces vistiendo un uniforme atiborrado de medallas. Utiliza un teléfono móvil y una computadora portátil y, ocasionalmente, posa con los locales que le piden sacarse «selfies».
La Unión Soviética en la que vivió durante la mayor parte de su vida ya no está, pero casi tres décadas después de su desmembramiento, sigue siendo un comunista comprometido y continúa haciendo contribuciones al partido.
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El que se cree que es el veterano estadounidense de la Segunda Guerra Mundial de más edad

(CNN/R.Prior) — Un hombre que se cree que es el estadounidense vivo de mayor edad que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial celebró su cumpleaños número 110 este jueves en el Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial en Nueva Orleans.
Familiares, veteranos y miembros actuales del servicio militar se unieron a Lawrence Brooks en el museo, donde celebraron con pastelitos y una actuación musical del trío Victory Belles.
Nacido en 1909, Brooks sirvió como trabajador de apoyo en el Batallón 91 de Ingenieros del Ejército, una unidad de mayoría negra estacionada en Nueva Guinea y Filipinas durante la guerra. Alcanzó el rango de soldado de primera clase.
Fue sirviente de los oficiales blancos en el batallón, dijo el museo en un comunicado de prensa.
El supercentenario es padre de cinco hijos y cinco hijastros.

El veterano de la Segunda Guerra Mundial Lawrence Brooks sostiene una foto de él tomada en 1943.
Tuvo un emocionante acercamiento con la muerte
En una entrevista con el museo, Brooks contó la historia de viajar en un avión de carga C-47 desde Australia a Nueva Guinea. El avión se cargó con alambre de púas, pero «uno de los motores se apagó», dijo.
Para aligerar el avión, los que estaban a bordo arrojaron gran parte de la carga al océano. Brooks tiró las cajas del avión como si su vida dependiera de ello: solo había suficientes paracaídas en el avión para el piloto y el copiloto.
Brooks dijo que bromeó con el piloto del avión: «Si va a saltar, voy a agarrarlo».
Afortunadamente, no tuvo que recurrir a medidas drásticas.
«Fue un momento aterrador», dijo. «Pero lo logramos».

El grupo de canto The Victory Belles le da una tarjeta de cumpleaños al veterano de la II Guerra Mundial Lawrence Brooks.
Se cree que Gustav Gerneth, quien luchó en el bando alemán y fue capturado como prisionero de guerra ruso, es el veterano de la Segunda Guerra Mundial de mayor edad. Tiene 113 años.
En un comunicado, el presidente ejecutivo del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial, Stephen Watson, dijo que la vida y el servicio de Brooks estaban llenos de las «historias de valentía y determinación» por las que el museo existe.
Jorge Sanjinez, último sobreviviente sudamericano de la Segunda Guerra Mundial

rfi(D.Rivadaneyra) — A sus 102 años, don Jorge Sanjinez Lenz hizo un vuelo transoceánico para reencontrarse con la costa normanda francesa, aquella que lo inscribió en la Historia junto al Desembarco de Normandía.
En esta nueva visita frente al Atlántico, el último sobreviviente latinoamericano y héroe de la Segunda Guerra Mundial pudo sentir el agradecimiento de un pueblo que no lo olvida
Don Jorge Sanijinez Lenz me recibe mientras toma desayuno en un hotel en el distrito 10 de París. Es su último día en Francia y pese al trajín de los diez últimos días, acepta conversar unos minutos, que sin proponérnoslo se convirtieron en horas. Ha venido a Francia como invitado de honor para conmemorar el 75 aniversario del Desembarco de Normandía, hazaña donde participó como voluntario del ejército belga.
“La brigada Pirón”, repetirá varias veces don Jorge a lo largo de nuestra conversación con una fortaleza de voz que sale de algún lugar profundo de su pecho, porque al cuarto pelotón del destacamento Pirón perteneció Jorge Sanjinez cuando a sus 26 años desembarcó en la playa de Arromanches, en la costa florida normanda; sin saber que con ese primer paso sobre la arena escribía también su nombre en la Historia.
El primer recuerdo, un par de zapatos.
Para la entrevista, don Jorge lleva un saco con todas sus medallas. Allí figuran por supuesto la Legión de Honor, la más alta distinción francesa. Lleva también la medalla Leopoldo II, la Cruz de guerra belga, entre otras. Al empezar la entrevista, le pregunto qué fue lo primero que se le vino a la mente cuando volvió a encontrarse con el mar de Normandía: «Cuando vi el mar, yo solo tenía un pensamiento: regresar al lugar donde perdí un par de zapatos.»
Y es que la memoria es así, a veces basta solo con un olor, una palabra, un perfume o un zapato perdido en la arena para desatar toda una serie recuerdos y revivir momentos que se creían ya olvidados. Aquel par de zapatos perdido en algún lugar de la playa será el punto de partida para recuerdos menos felices pero no menos auténticos. Recuerdos dolorosos como el de aquella trinchera, donde un amigo que intentaba pasarle un cigarrillo no calculó bien y levantó la cabeza unos centímetros, lo suficiente para que la puntería del enemigo lo encontrara.
Sin embargo, lo más duro de la guerra era tal vez lo que venía después de la muerte, el recomponerse en cinco segundos para pasar a las cosas prácticas. “Oye, ¿tienes espacio en tu camión? Acá hay uno (muerto) más. No, no tengo. Espera que venga el siguiente. Ya, acomódalos bien. Y los tiraban, uno sobre otro.”, cuenta don Jorge.

Compañeros de la brigada Pirón del Ejército belga Captura de pantalla
Nadie sabía que habría un desembarco en Normandía
Don Jorge Sanjinez ya había pasado buen tiempo en la guerra, “debe ser por eso que el Desembarco no me marcó mucho”, me dice. Él ya había visto pasar la vida, la muerte y lo que viene después. Sin embargo, lo particular de aquel desembarco es que ninguno en su brigada estaba al tanto de que ocurriría. La brigada Pirón hacía ejercicios en la playa constantemente, esta vez su teniente les había dicho que el ejercicio duraría unos cuatro días y que llevaran todas sus cosas consigo, así lo hicieron. Una vez en la arena, su superior les dijo, recuerda Don Jorge:
“Muchachos, esto ya no es un ejercicio. Esto es Normandía” y atacamos con toda la fuerza de un ejército.
La puesta en marcha de la operación Paddle con la llegada del ejército belga formado también por varios soldados voluntarios –entre ellos seis peruanos, de los cuales don Jorge es el único sobreviviente– significó para las ciudades de la costa florida normanda la liberación de la ocupación nazi. La esposa de don Jorge, quien también asiste a la entrevista, cuenta que durante la ceremonia una señora mayor se le acercó a don Jorge y lo abrazó de la nada.
“Era una señora que era niñita cuando se produjo el Desembarco, sus papás ya habían muerto, ella había escapado de su casa cuando llegaron la brigada Pirón»; explica doña Meche, como la llama cariñosamente su esposo.
Bajo mando británico, la brigada Piron contaba con 2 mil hombres que hablaban 33 idiomas diferentes. Este grupo participó en la liberación de las localidades francesas de Cabourg (21 de agosto), Deauville (22 de agosto) y Honfleur (24 de agosto), así como de Bruselas el 3 de setiembre.
Un héroe anónimo, un héroe olvidado
La historia de Jorge Sanjinez ha empezado a cobrar importancia en estos últimos años. Primero, en 2014, un joven estudiante se interesó en su vida y empezó un proyecto biográfico. “El libro ya está listo, solo faltan fondos para imprimirlo”, me dice el hijo de don Jorge. El segundo, es el proyecto documental ‘El héroe anónimo’ dirigido por Santi Zegarra, radicado en París, cuyo estreno está previsto para el bicentenario de la independencia del Perú en 2021.

Lastimosamente, a pesar de la valiosa historia de don Jorge Sanjinez Lenz, sus condiciones de vida no son las mejores. Un problema justo al finalizar los homenajes en Normandía hizo evidente la realidad en la que vive.
Don Jorge iba a dejar pronto el hotel en el que se hospedaba para pasar un día en París antes de regresar a Perú, sin embargo había un inconveniente: don Jorge no tenía silla de ruedas, el estado de la suya era tan malo que prefirieron no traerla.
Frente a esta situación, la comunidad peruana en París se organizó y en un tiempo récord consiguió la silla de ruedas, pero además, y sin ningún tipo de ayuda institucional, cumplió otro de los sueños de don Jorge.
El último homenaje en el Arco del Triunfo
Tan pronto el equipo de voluntarios de la comunidad peruana en París supo de la llegada de don Jorge Sanjinez, se organizó y movió sus contactos para que él pudiera participar en un homenaje a sus hermanos caídos en guerra y reavivar la llama del soldado desconocido en el Arco del Triunfo.
Jorge Sanjinez regresa ahora a su vida en Pucallpa, en la selva del Perú, a contar las historias que vivió en Francia y el cariño que recibió 75 años después del Desembarco en Normandía.
Falleció a los 103 años, en agosto del 2020
Las terribles memorias de un soldado en la guerra de Hitler

Hans Horn, en la Nochebuena de 1944
ElPeriódico(A.Abella) — Corre 1941. Hitler ha lanzado la operación Barbarroja contra los rusos. “Aquí fuera la vida humana no vale nada”, escribe el joven soldado alemán Hans Horn, destinado en el frente del Este, en su diario secreto (el Ejército lo prohibía). “Una fuerte detonación.
Uno de los nuestros queda destrozado y uno de los brazos es arrancado por la articulación del hombro. Del cráneo sale un líquido blanquecino como gachas. Ya no grita, solo balbucea y se le ve el blanco de los ojos. Las manos comienzan a sacudirse extrañamente, sangre, orina y saliva se escapan de su cuerpo.
Es uno de los caídos y tiene una muerte desgraciada, miserable, solitaria”. Las terribles y apasionantes 550 páginas de ‘Corazón solitario.
Un soldado en la guerra de Hitler’ (Ediciones del Viento) desvelan su lúcido, estremecedor y revelador testimonio, que es a la vez una completa panorámica de lo que significó “sobrevivir” durante el Tercer Reich para un ciudadano cualquiera que renegó desde su adolescencia del fanatismo nazi. Un buen número de impactantes acuarelas del propio Horn, que recuerdan el estilo de Egon Schiele, salpican el relato.
Al morir, en 1989, de cáncer, Horn (Kiel, 1921), médico y violonchelista, hombre culto y pacifista que tras la guerra emigró a Dinamarca con su mujer, Grelein, legó unas memorias de 15 volúmenes a sus dos hijos, quienes de su pasado en la guerra -su “descenso a los infiernos”, donde primero fue recluta y luego médico en un hospital de campaña- sabían poco más que la metralla que le dejó en el cráneo, su gran cicatriz en la espalda y ‘anécdotas’ como la de un soldado ruso al que le había pasado un tanque por encima.
“Tiene un aspecto horrible, está completamente plano, como si un rodillo de amasar lo hubieran reducido a un ser bidimensional. No puedo apartar esa visión de mi cabeza”, escribió.

Ejecución de un soldado ruso / hans horn
Con aquella herencia de 5.000 folios y cientos de dibujos y antiguos documentos, su hijo Thomas, médico jubilado, escribió en el 2013 al escritor y periodista danés Tom Buk-Swienty (1966), excorresponsal en EEUU y cuyos abuelos paternos sufrieron también la guerra en el frente oriental, y le confió el mecanoscrito.
Este seleccionó el material (había tres versiones, una en alemán y dos en danés, una más detallada y actualizada que la otra) y lo hiló de forma magistral contextualizando el día a día de Horn con los hechos históricos y logrando una absorbente y fluida narración que inicia por el final: en mayo de 1945, con Alemania recién rendida, huye con otros médicos militares en una ambulancia del avance de los rusos.
Temen ser enviados a Siberia. Pero partisanos checos les detienen y se disponen a fusilarles.
Hijo de un inspector de correos de modesta familia, de niño sufrió las desavenencias de sus padres; su madre quedó embarazada de su amante, profesor de piano. Su hermano pequeño, fruto del adulterio, se enteró de ese secreto familiar con 78 años, igual que su hermana de 90, al leer las memorias.

HANS HORN / Soldado alemán muerto en combate
Con 12 años Horn, el mejor músico de la escuela, se apuntó en las Juventudes Hitlerianas, “seducido” por los desfiles, las antorchas, el uniforme…
Pero pronto abominó del “adoctrinamiento, las marchas interminables, la instrucción militar, la disciplina férrea y el agotador entrenamiento”. De los años 30 recuerda las delaciones y el miedo de la gente, que mantenía un perfil bajo para no llamar la atención de los nazis, que se hicieron omnipresentes.
Recuerda los saqueos de la Noche de los Cristales Rotos y cómo lanzaron a un sastre judío por la ventana, que murió al instante, cómo casi nadie quería la guerra, o la citación para el servicio de Trabajo, en Prusia, donde bajo el mando de “auténticos psicópatas” les convertían “en fichas de la máquina de guerra de Hitler” con un único “propósito: someternos, desterrar cualquier tipo de pensamiento independiente e individualismo, sistemáticamente y con una brutalidad siniestra”.
Intentó luego evitar el servicio militar entrando en la Universidad de Humanidades (el bedel le enseña una sala bajo llave donde guardan los libros prohibidos que los nazis han quemado en la hoguera). Pero lo reclutan en 1940. “Íbamos a ser transformados en asesinos antropófagos, que nunca deberían pensar por sí mismos (…) Después de ocho semanas de entrenamiento básico, estás listo para ir directo al puchero y has aprendido que vales menos que una mosca”.

HANS HORN / Jóvenes SS armados, ante cadáveres de presos de campos de concentración, en un vagón de ganado
Les dan pastillas de pervitina (metanfetamina) para “combatir las 24 horas al día” y les envían al frente. Horn se estremece de “vergüenza, asco y terror” al ver a unos SS golpear hasta la muerte a un preso soviético y a la policía militar obligando a cavar su propia fosa a otro joven ruso antes de dispararle; también ante el aspecto de soldados alemanes “heridos y rotos” y de refugiados, niños, mujeres y ancianos, en harapos.
Pasa hambre –matan un caballo herido para comerlo- y frío –“mal equipados” para el invierno ruso, “los pies son témpanos de hielo” a menos 35 grados-.
«En medio de la mierda»
“Se está extrañamente tranquilo cuando estás en medio de la mierda. Proyectiles de todos los tamaños silban, cantan y estallan alrededor de uno.
Si aciertan… malo para ti.
Entonces se acabó. Uno trata de no pensar por qué estás aquí o cómo habría sido la vida sin esta maldita guerra”, escribe desde primera línea, bajo “un fuego asesino de ametralladoras”.
No escatima escenas macabras y escalofriantes, como cuando despertó, estando él herido y esperando ser evacuado, al caerle encima varios metros de “intestinos rosados” de su vecino de camilla, “con trozos de paja pegados y llenos de piojos”.
Otro vecino de cama, un soldado normal, “ni nazi ni SS”, le confiesa, atormentado, “las atrocidades en las que participó en Estonia y Letonia”, ametrallando a judíos, “hombres, ancianos, niños, embarazadas”, ante las zanjas que les han obligado cavar y que serían su fosa.

HANS HORN / Esqueleto vestido de soldado alemán
“Tras tener que identificar a compañeros caídos con las manos rojas de su propia sangre, cuando vi en sus caras muertas una dolorosa desesperación y ninguno murió con las palabras ‘Alemania’ o ‘el guía’ (Hitler) en los labios.
Solo decían ‘mamá’ como última palabra”, asume que la guerra le ha cambiado.
Y se indigna cuando ve en retaguardia a “oficiales pretenciosos de las SS y las SA, gordos y autocomplacientes, pavoneándose con uniformes de gala y botas brillantes, con el brazo siempre estirado (…)
¿Por qué no ‘estaban’ en el frente?”.
Para evitar que volvieran a enviarlo al frente una vez recuperado, Horn empieza a estudiar Medicina en la academia militar, ganando una prórroga durante la que se enamora de Grelein, con quien se casa tras quedar embarazada.
Tras ver nacer a su primogénita debe volver al Este, ya como médico en hospitales de campaña, donde continúa su infierno.
Tras unas prácticas desinfectando miembros de soldados obligados a ir a enfermería tras tener relaciones sexuales –“un pene tras otro, gruesos y delgados, largos y cortos, todos igual de malolientes, mientras sus propietarios me contaban con orgullo los últimos logros de sus aparatos”-, trabaja sin descanso en un balneario-hospital de Ostrava, un “matadero donde los pacientes morían por docenas”, muchos por septicemia y gangrenas gaseosas.
“No hubo herida, lesión, mutilación y destrucción del cuerpo humano que no presenciara”. Recibían 20 o 30 heridos cada cuarto de hora y calcula que participó en más de 40 operaciones al día, con deficiente higiene, mínima anestesia y falta del equipo más básico (gasas, penicilina y otros antibióticos).

HANS HORN / Ataque nazi a un judío en la Noche de los cristales rotos
Narra Horn la única vez que cruzó la puerta de hierro que ocultaba “la antesala de la muerte”, un sótano donde se hacinaban jóvenes moribundos y desahuciados. “Afrontaban una muerte lenta, a veces de semanas, sobre los somieres, orina y heces por todas partes, sangrantes (…) Gritos, aullidos, llantos… El horror que vi allí no se puede describir”.
Buk-Swienty destaca que Horn se pregunta cómo, a pesar “de los evidentes delirios del régimen, los alemanes siguieron luchando intensamente y la población se adhirió aún más servilmente” y ¿por qué la intelectualidad del país no se rebeló? La respuesta, dice, es simple: no se atrevieron.
Expresar descontento o demostrar que estaban contra Hitler “hubiera sido un auténtico suicidio”. En todas partes, “los nazis tenían delatores y esos nos asustaba a todos”. Y en su grupo sabían muy bien, añade, “quién era nazi y quién no y quién era un delator”.

HANS HORN / Soldados alemanes mutilados huyendo del avance ruso
Antes de acabar en un campo de presos de guerra estadounidense, del que saldría libre con 24 años, vio por primera vez a prisioneros de los campos nazis.
“Jóvenes SS sacaban cadáveres vestidos con trajes de rayas” de vagones de ganado de un tren de mercancías.
“Los vivos eran puro esqueleto. Un naufragio humano así solo lo he visto en moribundos de última fase (…).
Inmediatamente me di cuenta de que absolutamente nada podía disculpar los crímenes allí cometidos”.
Coronavirus: qué piensan los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial

El memorial que recuerda a los muertos en el Holocausto nazi, en el campo de concentración de Buchenwald, cerca de Weimar, en Alemania.
Clarín — Europa celebró el 75º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, con el mundo paralizado por la pandemia de coronavirus, que según algunas visiones puede considerarse la peor crisis desde 1945. ¿Pero es pertinente comparar estos dos hechos?
Personas de cinco países -Rusia, Israel, Reino Unido, Francia y Alemania- que sobrevivieron a la Segunda Guerra expresaron a la agencia AFP su opinión sobre estas dos épocas particulares pero no necesariamente comparables.
«Durante la guerra podíamos salir a tomar una copa o a cenar. Este virus te obliga a quedarte en casa. En lo que a mí concierne, íprefería los años de guerra a este virus!», dice Joan Hall.
Hall vivió la guerra de 1939-1945 en Birmingham, en Reino Unido. A los 17 años se unió a la Women Royal Air Force (el sector femenino de la Fuerza Aérea), en la que estuvo durante cuatro años, principalmente trabajando en la cafetería de los oficiales.
«Todo el mundo era muy amable, éramos un equipo. Ahora, me parece que este virus está uniendo nuevamente a la gente», estima esta mujer de 95 años que vive sola en una casa en Fairford, a 50 kilómetros de Oxford.

Veteranos del ejército soviético, durante el desfile para celebrar los 75 años de la victoria sobre los nazis, el 9 de mayo pasado en Minsk, Bielorrusia
«Ahora los vecinos vienen, tocan a mi puerta y me preguntan si necesito algo. Hay un nuevo espíritu de comunidad», estima esta mujer, que pasa sus días ocupándose de su jardín o hablando por teléfono con sus amigos.
¿Una vez que se termine la pandemia, podremos vivir como antes? Su experiencia de la posguerra le hace pensar que sí.
«Poco a poco las cosas vuelven a la normalidad», señala.
Diferencias profundas
Para Robert Wolff, un judío de 94 años, no se puede comparar el coronavirus con la guerra.
«Es una comparación idiota. En esa época nos moríamos de hambre, era la miseria total. Se deportó a judíos hasta la víspera de la liberación. ¿Cómo comparar?», dice indignado este hombre que vive en Jerusalén con su esposa y su hija.
Hoy «tenemos libros y la televisión, no puedo quejarme», agrega.

Una imagen de octubre de 1939 muestra a Adolf Hitler frente a sus tropas, en Varsovia, Polonia.
Durante la guerra, Wolff se refugió en Limoges, en el centro de Francia, con sus padres y sus dos hermanas, antes de unirse a los 17 años a la resistencia. Fue detenido por las SS pero logró escapar.
Después de la guerra trabajó para el ejército estadounidense reparando radios. Un período de felicidad, cuenta, pero aún así difícil, sobre todo por los racionamientos y la atmósfera sombría.
«Recuerdo haber visto el salvajismo de la gente cuando los colaboracionistas eran buscados y a veces linchados sin juicio».
Viuda desde hace dos años, Elena Mironova está confinada desde hace un mes en su departamento en Moscú. Habla todos los días por teléfono con sus dos hijas y sus nietos.

Ejército alemán, en un desfile en Austria en 1938, en el inicio de la Segunda Guerra Mundial
Esta mujer también opina que no es posible comparar los dos eventos.
«La URSS perdió durante la guerra más de 28 millones de personas y la devastación económica es también incomparable con la provocada por la pandemia», estima la anciana de 92 años.
Al final de la guerra, apenas mayor de edad y casada con Viktor, un joven soldado, Elena ocupaba un departamento comunitario en Leningrado (San Petersburgo).
«El primer invierno después de la guerra no teníamos suficiente querosén y a veces sólo nos quedaba un poco de harina y aceite de girasol para una semana. Pasaba mi tiempo haciendo filas», cuenta.
Pero también recuerda momentos más alegres como las visitas a museos, cines y teatros.

Sobrevivientes del Holocausto, en un homenaje en el centro de exterminio de Buchenwald, en Alemania
«Fue en la ópera donde descubrimos la ropa elegante que la gente por lo general no conocía, como un vestido rojo con la espalda descubierta, traído de Europa por el Ejército Rojo, que nunca olvidaré», dice.
Después de mudarse a Moscú en 1947, donde se convirtió en operadora telefónica, la reactivación de la economía fue lenta.
Para ella, el momento que más la marcó de esa época fue la reapertura de GOUM, una elegante tienda de la capital rusa.
«Fue después de la muerte de Stalin a finales de 1953, era una nueva era», señala.
«Moríamos de hambre»
Gabrielle Magnol, de 93 años, pasa la cuarentena en su casa en Saint-Pardoux-la-Rivière, en la región de Aquitania (centro-oeste) de Francia.
«Gaby» recuerda las «noches de júbilo» tras la liberación.
«Estábamos locos de alegría. Pudimos ir a bailar. A los 17 años, era todo lo que soñábamos. Bailé tres noches seguidas, gasté las suelas de tres pares de zapatos», dice.
Pero esa época feliz duró poco y después llegaron los cupones de racionamiento de comida.
«No era fácil, teníamos derecho a x gramos de manteca y x gramos de azúcar en las tiendas», recuerda.
«No puedes vivir de azúcar y grasa, no había casi nada en las tiendas de ropa y zapatos», agrega.

Un sobreviviente del Holocausto
«En este momento, la gente se precipita a las tiendas pensando que no van a conseguir nada al día siguiente. Pero nosotros sí vivimos verdaderas penurias», remarca.
Ahora en una silla de ruedas, la ex peluquera confiesa tener miedo del virus, pero se niega a comparar a esa amenaza con la de la guerra.
«La ocupación y el encierro no tienen nada que ver: ¡temíamos por nuestra vida y nos moríamos de hambre!».
A sus 88 años, Lutz Rackow todavía habita la casa de Berlín en la que vivió durante la Segunda Guerra Mundial.
Y para él, la atmósfera de ansiedad de esta época no es comparable a los largos y difíciles años de la posguerra.
«No veo la relación. Es sólo otra complicada situación internacional», estima.
En 1945, vivimos «una situación de emergencia total». «Nuestra única preocupación era tener qué comer», recuerda el anciano, que recibía una comida al día en la escuela.
«No teníamos calefacción y hubo dos inviernos terribles», rememora.
En los años 50 trabajó en un diario y recuerda el siniestro camino que debía tomar para ir a trabajar. «Había quizás tres casas en pie en el camino. Todo lo demás estaba completamente destruido».
Ahora, pese al confinamiento, está feliz de poder disfrutar con su esposa de su jardín, al borde del lago Mueggelsee, y confía en que sus dos hijas podrán conservar sus trabajos.
«Vivimos una situación privilegiada», concluye.
6 sitios que cuentan la historia militar a través de guías veteranos

Los veteranos y voluntarios Paul Weaver, Dick Nelms y Jim Marich, con el presentador local de noticias Mark Wright, en el Museum of Flight de Seattle.
aarp(K.Budd) — En 1975, el comandante Vern Jumper ayudó a gestionar el rescate de más de 3,000 refugiados vietnamitas que fueron trasladados por vía aérea al USS Midway durante la caída de Saigón; y 44 años después, Jumper todavía presta servicios en el Midway. El portaaviones es una atracción turística de San Diego, y Jumper —que trabajó en el barco como controlador de tránsito aéreo, también conocido como un jefe aéreo— es uno de casi 500 docentes voluntarios, en su mayoría veteranos.
El Día de los Veteranos es el 11 de noviembre, pero puedes conocer a veteranos como Jumper que hacen trabajo voluntario durante todo el año en museos, monumentos y sitios históricos de todo el país. Estos son seis lugares donde puedes hablar con veteranos, aprender de ellos y agradecerles su servicio.

John Quinesso, exoperador de radio de la Marina.
Camden, Nueva Jersey
El acorazado USS New Jersey combatió en algunas de las batallas más feroces de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, como el ataque a las Islas Marshall y la batalla de Okinawa, y luego estuvo en acción en Corea y Vietnam.
El enorme barco, cuyo tamaño equivale a casi tres campos de fútbol americano, ha estado abierto a los visitantes desde el 2001.
Las atracciones populares incluyen el recorrido de ingeniería «Steam to Speed», que lleva a los visitantes a través de la sala de máquinas, y el recorrido Fire Power, que se centra en cómo se lanzaron y rastrearon las armas.
Incluso puedes subir dentro de una torreta de 16 pulgadas.
Los veteranos te guiarán a través de la nave, compartirán historias y responderán preguntas (John Quinesso, un veterano de la Marina de la Segunda Guerra Mundial, está en la cabina del capitán todos los jueves por la mañana).

Un veterano ayuda a visitantes en el USS Arizona.
Honolulu, Hawái
El 7 de diciembre de 1941, Sterling Cale había terminado su turno en el dispensario médico de Pearl Harbor cuando los aviones japoneses comenzaron a bombardear la base.
Cale y sus compañeros se lanzaron al agua en llamas para ayudar a rescatar a los marineros.
En estos días, Cale, de 97 años, voluntario de Pearl Harbor desde hace mucho tiempo, todavía se reúne periódicamente con los visitantes.
Los sobrevivientes de Pearl Harbor solían saludar a los turistas en el centro de visitantes, pero como ha disminuido la cantidad de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, el lugar ha sido ocupado por veteranos de otras guerras.
También puedes escuchar relatos de los sobrevivientes a través de una visita autoguiada en el USS Arizona Memorial, donde el petróleo aún burbujea en la superficie del agua desde el barco hundido.

Wally Jabs es un infante jubilado de la Marina.
Quantico, Virginia
Varios docentes y otros voluntarios del National Museum of the Marine Corps son veteranos: los encontrarás ubicados en todas las galerías y guiando recorridos.
Los veteranos y las exposiciones explican la historia de 240 años del Cuerpo, que se remonta a la Guerra de la Revolución.
Los artefactos incluyen no solo uniformes, armas y vehículos (como tanques) sino también una batuta presentada al compositor John Philip Sousa y un Óscar que ganó el Cuerpo por un documental sobre la Segunda Guerra Mundial.
El edificio en sí es impresionante: las aeronaves cuelgan sobre una gran sala circular, que tiene en la cúspide una aguja de 210 pies que evoca la famosa foto de los infantes de marina izando la bandera estadounidense en Iwo Jima.
Esa bandera está en exposición en el museo.

USS Midway
San Diego, California
El USS Midway no es solo un portaaviones: es un museo flotante cargado de exhibiciones y artefactos.
En la cubierta de vuelo encontrarás 26 aviones restaurados, puedes sentarte en una de las cabinas y disfrutar de vistas panorámicas de la Bahía de San Diego y Coronado.
También puedes pasear por los estrechos pasillos del barco y visitar lugares como el puente, la cocina, las habitaciones preparadas para los pilotos y la enfermería, mientras escuchas un audio narrado por marineros del Midway.
Los docentes están ubicados por todo el barco y aproximadamente el 95% son veteranos. Jack Ensch y Will Abbott, quienes volaron en misiones de combate desde el Midway en Vietnam, a menudo conversan con los visitantes en la cubierta de vuelo.
Ambos hombres fueron derribados y se convirtieron en prisioneros de guerra hasta su liberación en 1973.
Los veteranos como Ensch y Abbott pueden contarte sobre sus experiencias y sobre el barco: una de las charlas más populares dirigidas por docentes se centra en cómo despegan y aterrizan los aviones en un portaaviones.

Weaver con el presentador de noticias de Seattle, Mark Wright.
Seattle, Washington
El Museum of Flight de la ciudad ofrece una variedad de atracciones que no te puedes perder.
Estas incluyen más de 130 naves y aviones (como el Lockheed M-21 Blackbird, que voló en Mach 3), películas de vuelo en tercera dimensión, un entrenador del transbordador espacial y el Vietnam Veterans Memorial Park, un parque que rinde homenaje a los veteranos de Vietnam.
Sin embargo, la atracción principal pueden ser los veteranos de la Segunda Guerra Mundial que se ofrecen como voluntarios.
¿Quieres escuchar sus historias? Los lunes y jueves, el veterano de la Armada Paul Weaver, de 97 años, habla con los visitantes en la sección de la Segunda Guerra Mundial en el Personal Courage Wing sobre sus experiencias en el USS Lexington.
Los sábados de 10 a.m. a 2 p.m., el expiloto de un avión B-17, Dick Nelms, de 97 años, está en el Aviation Pavilion (pabellón de aviación).
Los jueves por la mañana, es probable que encuentres al docente Jim Marich, de 94 años, un exingeniero de vuelo de un B-29, compartir su experiencia.
Generalmente hay un docente (veterano) para dirigir recorridos diariamente. «Puedes hablar con un piloto de un B-17 sobre cómo era volar misiones sobre Alemania o con otro que haya pilotado aviones o helicópteros durante Vietnam», dice el portavoz del museo Ted Huetter.

Veterano Thomas Schultz, LCDR (jubilado), de DC Military Tours.
Washington D.C.
Hay muchas posibilidades de que conozcas a veteranos en sitios como el Vietnam Veterans Memorial, pero tus probabilidades son más altas en ciertos días importantes.
En el Korean War Veterans Memorial por ejemplo, los veteranos asisten a cuatro ceremonias anuales en grandes cantidades: Día de la Recordación, Día de los Veteranos y dos eventos que marcan el comienzo y el final de la guerra (25 de junio y 27 de julio).
Sin embargo, tu mejor opción puede ser DC Military Tours, una empresa cuyos propietarios y administradores son veteranos, que ofrece recorridos por sitios, bases y otros lugares militares.
Los recorridos guiados por veteranos incluyen no solo el Cementerio Nacional de Arlington y el Pentágono, sino también Mount Vernon y la ruta de escape de John Wilkes Booth.
La mayoría de los recorridos también ofrecen almuerzo en un club de oficiales del área. ¿Te interesa un viaje por carretera? La compañía realiza recorridos de un día desde D.C. a Gettysburg, lo que proporciona la perspectiva de un veterano durante la Guerra Civil.
nuestras charlas nocturnas.
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