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De Francotiradores, rusos y alemanes (2ºGuerra mundial) …


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Vassili Zaitsev (400 muertes de soldados alemanes): El francotirador fue la llave para acosar y desmoralizar el ataque de las fuerzas alemanas. La película ‘Enemigo a las puertas’ estaba basada en sus hazañas como tirador. ecibió dos veces la Orden de Lenin y fue nombrado Héroe de la Unión Soviética.

lavozdigital.es/abc(M.P.Villatoro)/unsigloenguerra.com  —  Entre escombros, explosiones, suciedad y un incesante fuego de fusilería. Así es como combatieron las tropas alemanas y soviéticas que, a partir de 1942, se enfrentaron en la U.R.S.S. por el control de la ciudad de Stalingrado. Por ella, nazis y soviéticos lucharon casa a casa y de forma desesperada pues.

Y es que, para unos -los soldados de Hitler- vencer significaba acabar con el corazón de la resistencia enemiga y con la urbe que llevaba el nombre del líder enemigos. Por su parte, para otros -los hombres del Ejército Rojo– ser derrotados era sinónimo de ser pasados por el pelotón de fusilamiento por orden de su máximo jefe político y militar.

En los poco más de 100 kilómetros de largo y 10 de ancho con los que contaba esta ciudad lucharon más de tres millones y medio de soldados. La mayoría -en el caso de los soviéticos- pobres desgraciados que apenas sabían coger un fusil y que habían sido llevados hasta la zona en trenes desde toda la U.R.S.S.

Sin embargo, de entre todos ellos -e incluso por encima de las tropas más veteranas- se encontraban los «asesinos silenciosos» de Stalin: los temibles francotiradores del Ejército Rojo. Hombres con una puntería excelente y que, entrenados para camuflarse entre las ruinas de los edificios y la blanca nieve que caía sobre la región, causaban verdadero pavor entre los alemanes.

«En edificios semidestruidos por toda la ciudad, los francotiradores ocultos […] podían mantener un fuego preciso sobre y debilitador contra casi cualquiera que se moviera en casi cualquier parte.

Las acciones contra los francotiradores se convirtieron en parte del mito de Stalingrado, ya que descubrirlos era costoso y difícil», explica el historiador Andrew Roberts en su obra «La tormenta en la guerra». Los francotiradores soviéticos, que solían actuar en binomio o en pequeños grupos, se ganaron a pulso una temible leyenda.

Y no solo porque podían acabar con los servidores de las ametralladores pesadas de los alemanes (las conocidas MG-42, capaces de acabar con una unidad rusa entera gracias a sus entre 1.200 u 1.800 disparos por minuto), sino porque no tenían piedad ni con los enemigos, ni con los supuestos traidores a Rusia.

«Cuando los alemanes convencían a niños rusos muertos de hambre para que rellenasen sus cantimploras de agua en el Volga a cambio de un trozo de pan [para evitar a los tiradores rusos], los francotiradores del Ejército Rojo mataban a aquellos traidores a la Madre Patria cuando regresaban del río», añade el experto en su obra.

Uno de estos soldados de élite era, precisamente, el conocido Vassili Zaitsev.

Un pastor de los Urales (como bien recordó la película de los 90 «Enemigo a las puertas», en la que se narraba su vida) nacido el 23 de marzo de 1915 que, gracias a su puntería y a las enseñanzas que su abuelo y su padre le ofrecieron durante las horas que había dedicado a la caza en su infancia- logró convertirse en un maestro de francotiradores.

Algo totalmente literal, pues se le acabó encomendando la misión de entrenar a un grupo de tiradores expertos capaces de sembrar el pánico entre los soldados enemigos.

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Su historia como soldado, que hemos resumido en el vídeo que precede a estas líneas, acabó además con un épico duelo a muerte contra un oficial germano, que le hizo ganarse multitud de medallas tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy, repasamos sus enseñanzas mediante algunas de sus frases más famosas.

Las enseñanzas, secretos y frases de un maestro

1-«Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos a tu presa» (se la dijo su abuelo cuando era pequeño).

2-«Usa cada bala a conciencia. Aprende a disparar y no yerres nunca» (se la dijo su padre durante su infancia, posteriormente él se la transmitió a sus alumnos).

3-«Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra, para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno. Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear». (enseñanza de cazador que aplicó en el campo de batalla).

4-«Disparar sobre un soldado que está construyendo una trinchera es como jugar al billar. Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas ahora, mientras te da la espalda, él y la pala caerán al foso. Pero si esperas y le das cuando está de cara, la pala se quedará arriba, a este lado del terraplén. Así, cuando su compañero vaya a recogerla, podrás abatirle a él también».

5-«Por lo general, los francotiradores nazis toman posiciones dentro de sus propias líneas defensivas, mientras que los nuestros se apostan en el límite de la línea del frente».

6-«Con la experiencia aprendí dos cosas esenciales: observar atentamente y tener templanza».

7-«Si malgastamos balas con la pescadilla los peces gordos nunca asomarán la cabeza».

8-«Sabes si se ha afeitado, puedes ver la expresión de su rostro, canturrea. Y mientras tu hombre se frota la frente o inclina la cabeza para ponerse bien el casco, buscas el mejor punto para que la bala haga impacto; no tiene ni la menor idea de que le quedan solo unos segundos de vida». (sobre el momento en el que hacía los disparos).

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El duelo más épico entre un francotirador nazi y uno soviético

En la Segunda Guerra Mundial lograron destacarse desde los determinantes carros de combate alemanes, hasta los militares soviéticos que combatieron valerosamente en la primera línea del frente.

Sin embargo, esta contienda también dejó escritos para la posteridad nombres como el de Vasili Záitsev, un soldado que –armado únicamente con un fusil de precisión- logró sembrar el caos entre los nazis a pesar de luchar desde retaguardia.

Su misión: acabar con los oficiales enemigos generando así el desconcierto en el enemigo que trataba de conquistar Stalingrado. Tantos quebraderos de cabeza causaron sus bajas en el oponente, que el propio Hitler envió a un tirador de élite a acabar con su vida, lo que generó uno de los duelos entre francotiradores más épicos jamás recordados.

La estepa rusa vio nacer a Vasili Grigórievich Záitsev, uno de los francotiradores más destacados de la U.R.S.S., el 23 de marzo de 1915. La región en la que vino al mundo fue el pueblo de Yeléninskoye, en los montes Urales, una zona situada al sur este del país cuyo frío extremo curtió a este soviético desde su infancia.

Último eslabón de una larga familia de cazadores, no tuvieron que pasar muchos inviernos hasta que nuestro protagonista empezó a ser instruido en el arte del disparo y del camuflaje por su abuelo, Andréi Alexéievich. Con todo, la edad a la que realizó su primer disparo es una total incógnita, pues no informa de ello en sus memorias.

En ellas se limita a señalar que su infancia terminó cuando le pusieron un arco en las manos. «Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos a tu presa, ya no eres un chiquillo», le dijo por entonces su mentor.

Desde ese momento, ya fuera mediante flechas o cartuchos de escopeta, el pequeño «Vasia» empezó a entrenarse en el arte de «hacerse invisible» (como él mismo afirmaba) para acechar y acabar con sus presas.

Su pequeña estatura y su escasa envergadura le ayudaban a tal fin y pronto se hizo un verdadero maestro de la caza. «Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra, para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal que nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno.

Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear. Si lo que queremos es acercarnos a la madriguera de un conejo, tendremos que reptar en la dirección del viento, para bajo nuestro peso no cruja ni una sola hebra de hierba», explica el propio Záitsev en su obra «Memorias de un francotirador en Stalingrado».

En los años siguientes, Vasili aprendió las reglas de todo buen cazador, trucos que, posteriormente, puso en práctica cuando se hizo francotirador.

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Aunque, en esos casos, matando fascistas en lugar de ciervos. Con apenas diez años, adquirió la capacidad de interpretar las huellas de los animales como aquel que lee un libro y consiguió construir escondrijos tan bien camuflados que pasaban desapercibidos hasta para su abuelo.

Aprendió tan rápido que, cuando tan sólo tenía doce años, Andréi le regaló su primera escopeta de caza. «Me puse firmes y me la colgó al hombro. Yo era tan bajito que la culata de la escopeta tocaba el suelo, pero por lo menos ya no era un niño», añade Záitsev.

Ese también fue el día en que su padre le dio un consejo que jamás olvidaría en Stalingrado: «Usa cada bala a conciencia, Vasili. Aprende a disparar y no yerres nunca».

Además de aprender a disparar como un auténtico experto, Vasili se fue curtiendo poco a poco en los montes Urales hasta tal punto que, con 13 y 14 años, solía pasar varias noches fuera de su casa acechando a una presa.

En una ocasión, por ejemplo, durmió dos noches a la intemperie para acabar con un lobo que, tras caer en una de sus trampas, había huido.

Todo ello, con la única ayuda de su escopeta, sus perros y una fogata que impidió que las fieras acabaran con él tras la llegada de la oscuridad. Cuando regresó a casa con el cadáver de su víctima a hombros, sus familiares no solo no le felicitaron por la captura, sino que no giraron ni siquiera la cabeza. Para ellos, aquello era algo totalmente normal.

El niño se hace soldado

Las estaciones fueron pasando y, a los 22 años, Vasili fue llamado a filas tras haber cursado estudios superiores en contabilidad. A pesar de su corta estatura, fue aceptado como marinero y pudo ponerse la codiciada telniashka, la camisa propia de los militares destacados en el mar.

«Durante cinco años lucí la telniashka con orgullo. Me prepararon para combatir en mar abierto… aunque finalmente me destinaron a luchar en tierra firme», añade Záitsev.

Por entonces no le quedó más remedio que cambiar el ancla por el fusil, pues Adolf Hitler acababa de romper el pacto de no agresión firmado con la U.R.S.S. tras la conquista de Polonia y había invadido las tierras de Stalin en el marco de la «Operación Barbarroja».

Hacían falta, por lo tanto, cuántos más soldados mejor para hacer frente a los miles de alemanes que atravesaban Rusia a pasos agigantados.

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«La guerra había estallado un año antes. Después de mucho solicitar que me enviaran al frente, me incluyeron por fin en una lista de marineros que iban a ser transferidos a infantería», determina nuestro protagonista. «Vasia» fue entonces subido a un tren con rumbo a Stalingrado, donde se libraba una cruenta batalla entre los soviéticos (dispuestos a defender la ciudad que llevaba el nombre de su «camarada supremo» a costa de cuantas bajas hicieran falta) y los nazis (empeñados en tomar el enclave para infringir un tremendo golpe moral a sus enemigos).

«Al frente. ¡Por fin! Durante el viaje, largo y tedioso, las ruedas no dejaron de tabletear. Yo no veía la hora de llegar a mi destino, y la lentitud del tren me exasperaba. Nuestro país estaba en peligro ¡a toda máquina!», completa el soldado.

Pero, para desesperación de Záitsev, aún les quedaba una última parada por realizar en las afueras de Stalingrado antes de entrar en plena refriega.

En ella, todos los soldados aprendieron unas técnicas poco ortodoxas de combate cuerpo a cuerpo mediante «armas» como las palas de combate (ideadas para cavar zanjas), las clásicas bayonetas del fusil Mosin-Nagant e, incluso, sus propias manos.

A su vez, la unidad de marineros de la que formaba parte Vasili aprendió a lanzar granadas a una posición enemiga. La máxima de los comisarios políticos soviéticos era que en la ciudad se acometía al enemigo metro a metro, y no serían pocas las ocasiones en las que tendrían que hacer uso de esas nuevas formas de matar. No andaban nada desencaminados.

La llegada a Stalingrado

El 22 de septiembre de 1942, la 284 División de Fusileros (en la que se encuadraba Záitsev) llegó hasta el río Volga. En la orilla contraria se hallaba su objetivo: la ciudad de Stalingrado.

Por entonces, el enclave no guardaba nada de su antiguo esplendor, pues los múltiples edificios habían sido derribados por las más de 1.000 toneladas de bombas lanzadas por la fuerza aérea alemana (la «Luftwaffe»). Los soviéticos, por su parte, luchaban calle por calle contra las tropas de Hitler, ansiosas de conquistar cada uno de los edificios.

Casi se podía decir que no había frente de batalla, sino pequeños reductos diseminados de resistencia soviética que debían ser reforzados constantemente con grupos como el de Vasili para poder seguir dando guerra a los nazis. «La ciudad parecía un infierno de llamas y azufre, los edificios quemados brillaban como tizones y los incendios consumían a los hombres», añade nuestro protagonista.

Aquella noche, Vasili cruzó como un soldado más el Volga junto a sus compañeros.

Sin embargo, este trayecto fue bastante diferente a la que narra la película «Enemigo a las puertas» (la producción hollywoodense que cuenta sus vivencias).

Y es que, mientras que en el largometraje se explica que el barco en el que viajaba recibió un fuego incisivo de la «Luftwaffe», la realidad es que fue un camino tranquilo sólo interrumpido por el temor de que la susodicha barcaza se fuera a pique debido a su ingente cantidad de agujeros.

Tampoco es exacta la película al mostrarnos su primer día en la ciudad, pues tuvo que esperar toda una jornada para entrar en combate.

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Su primer combate

El primer disparo que realizó Záitsev en Stalingradose sucedió en la mañana del 23 de agosto. Fue entonces cuando su unidad recibió la orden de tomar una fábrica (cuya localización no se detalla en sus memorias) ubicada cerca de varios depósitos de carburante.

Toda la zona estaba defendida por un grupo de nazis cuyos miembros contaban con artillería ligera y varias ametralladoras MG-42. El ataque soviético estuvo precedido por varias andanadas de misiles enviados por los lanzacohetes katiusha.

«Pudimos ver como los katiushas pulverizaron las baterías de morteros de los “boches” [nazis] y como los alemanes salían despedidos con cada cohete que tocaba el suelo. Era impresionante ver las llamas amarillas de las explosiones y a los hombres saltando en pedazos en todas direcciones», explica Vasili.

Tras la andanada de cohetes, nuestro protagonista se preparó para combatir. «El teniente se levantó, alzó la pistola y gritando “¡En nombre de la patria!” corrió hacia los depósitos de gasolina dónde se habían apostado las ametralladoras alemanas», añade Záitsev.

Acto seguido, y como respuesta al asalto de la infantería soviética, las MG-42 empezaron a tabletear con el clásico «Tac-tac.-tac» que indicaba el inicio de los disparos. En medio del ataque masivo, y entre la lluvia de balas, Vasili recibió un difícil encargo: «El teniente me ordenó que corriera hacia unos edificios medio derruidos y que atacara los nidos de ametralladoras con granadas».

Sin pensar en que recibir el impacto de uno de aquellos cartuchos significaría la muerte, Záitsev se dirigió a través de las balas y cayó, según explica en sus memorias, una posición enemiga ubicada en uno de los flancos de los alemanes (cerca de los depósitos de combustible).

El acto permitió a sus compañeros avanzar, pero lo peor estaba por llegar. Y es que, al ver que la unidad de marineros empezaba a romper las defensas que habían establecido, los «boches» ordenaron disparar a los morteros que habían logrado sobrevivir a los katiushas.

«Las bombas incendiarias de los alemanes provocaron un gran fuego y los tanques de gasolina comenzaron a estallar», explica el cazador de los Urales. El fuego se empezó a propagar entre su ropa impregnada de combustible, por lo que los soviéticos no tuvieron más remedio que quedarse en cueros y asaltar al enemigo… ¡Desnudos!

Sea como fuere, terminaron logrando su objetivo a pesar de sufrir múltiples bajas. Así acabó el primer combate del futuro francotirador más famoso de Stalingrado. «Nos parapetamos entre las pequeñas casas que flanqueaban la calle. Alguien me lanzó una lona para que me cubriera. Nos quedamos así, desnudos hasta que nos trajeron nuevos uniforme. Aquel grupo de soldados rusos desnudos acababa de superar su bautismo de fuego», completa Záitsev.

Tras aquel extraño combate, Vasili vivió como cualquier otro soldado anónimo en Stalingrado. Eso implicaba sufrir la privación de la comida (escasa en aquella orilla del Volga) y del sueño (pues el enemigo no se tomaba descansos).

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Vladimir N. Pchelintsev (Abatió a 456 soldados alemanes): Según sus propias memorias: En enero de 1943, debido en mi lucha llevaba ya ciento cincuenta y dos alemanes caidos y con ciento cincuenta y cuatro tiros. Durante la guerra, esta cifra ascendió a cuatrocientos cincuenta y seis. El fusil empleado por Vladimir Pchelintsev, se encuentra en el Museo Estatal de Historia de Leningrado.

A su vez, pudo entender de primera mano lo que era defender aquella ciudad maldita en la que se luchaba no ya por cada calle, sino por cada habitación de un edificio.

De hecho, no era raro que –por ejemplo- nazis y soviéticos pasaran la noche en la misma fábrica debido a que cada bando había logrado conquistar una parte. «Algunas veces podíamos escuchar las ventosidades del enemigo al otro lado de la pared», explica Záitsev en sus memorias.

De soldado anónimo, a francotirador

Los meses siguieron pasando y Záitsev continuó combatiendo sin ser conocido por nadie más que sus compañeros. Esto no tardaría en cambiar cuando, casi por azar, demostró su puntería.

Según explica Vasili, corría una mañana de octubre cuando su unidad se hallaba descansando cerca de las ruinas de un edificio. En ese momento, y totalmente de improviso, una ametralladora pesada enemiga ubicada a unos 600 metros empezó a escupir ráfagas contra ellos.

Era necesario acabar con los alemanes que la manejaban si no querían morir bajo sus balas, por lo que el cazador de los Urales decidió poner a prueba su puntería a costa de arriesgar su vida. «Empuñé el fusil y, casi sin apuntar, disparé. El tirador cayó.

A los pocos segundos aparecieron otros dos, pero logré abatirlos rápidamente de un único disparo», añade nuestro protagonista.

Esta increíble muestra de habilidad dejó impresionado al coronel Batiuk (uno de sus oficiales) quien ordenó que Vasili fuera ascendido a francotirador y que le fuera entregado un fusil Mosin-Nagant equipado con una mira telescópica. «-Camarada Záitsev- me dijo –ya lleva usted tres. Siga la cuenta a partir de aquí-.

Aunque las circunstancias no me permitieron incrementar la lista ese mismo día.

En primer lugar, porque las bajas provocadas por los francotiradores deben verificarse mediante la cumplimentación de unos formularios en los que había que describir la situación y estampar la firma tanto del tirador como de un testigo, y yo todavía no estaba familiarizado con el proceso», completa el soldado en sus memorias.

Fuera como fueses, ese fue el comienzo de uno de los tiradores de élite más famosos de toda la historia.

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Simo Häyhä (Abatió a 505 soldados rusos): Conocido como ‘La muerte blanca’, fue un francotirador nacido en Finlandia en 1906. Solía ocultarse bajo la nieve y esperaba pacientemente a tener el objetivo a tiro. Utilizaba el fusil M28 Pystykorva, variante finlandesa del fusil soviético Mosin Nagant. Prefería no usar mira telescópica. Su corta estatura, 1,52 m, también le resultó de gran ayuda a la hora de pasar inadvertido en el combate.

Ya como francotirador, Záitsev no tardó en sembrar el pánico entre sus enemigos haciendo uso de todo lo que había aprendido de su abuelo. Su especialidad era acabar con los soldados enemigos con una sola bala, y hacerlo en el fragor de la batalla y bajo el ruido de los disparos para evitar ser descubierto.

Pronto se hizo famoso por camuflarse de una manera tan perfecta que, incluso, lograba engañar a los ojos más entrenados.

En una ocasión, de hecho, uno de sus compañeros pasó varias veces cerca de él sin encontrarle. Los soldados tampoco tardaron en entender lo importante que era tener cerca a un tirador experto que, llegado el momento, pudiera acabar con los servidores de ametralladoras pesadas (algo que les facilitaba sumamente el avance sobre una posición enemiga).

Vasili era tan efectivo –y los francotiradores soviéticos tan escasos- que los mandos le solicitaron que entrenara a un grupo de tiradores de élite con los que sembrar el desconcierto entre los enemigos.

Como los recursos no eran especialmente abundantes en lo que se refiere a hombres, los oficiales limitaron su «reclutamiento» a militares que hubieran sido heridos en combate.

Así se unieron a sus filas combatientes como Mijaíl Ubozhenco, Nikolái Kúlikov o el gigantesco Alexánder Griázev (quien, en lugar de portar el clásico Mosin-Nagant para francotiradores, solía acudir a la batalla con un fusil anti-carro de unos 20 kilogramos de peso).

Todos ellos, y otros tantos, se convirtieron poco a poco en el terror de los nazis, quienes sabían que asomar el casco por encima de la trinchera podía acabar en una muerte segura.

A sus nuevos pupilos, Vasili les intentó enseñar todo aquello que él había aprendido siendo un niño. Tampoco faltaron los consejos sobre cómo acabar con los nazis de la forma más eficiente.

En una de las primeras clases que Záitsev dio a Ubozhenco, por ejemplo, le explicó cómo dejar fuera de combate a dos enemigos teniendo únicamente un poco de cuidado a la hora de apretar el gatillo. «Disparar sobre un soldado que está construyendo una trinchera es como jugar al billar.

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Mihail Ilyich Surkov (Acabó con 702 soldados alemanes en la II Guerra Mundial): De la 4 División de Rifles, es según algunas fuentes el francotirador soviético más letal de la historia.

Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas ahora, mientras te da la espalda, él y la pala caerán al foso. Pero si esperas y le das cuando está de cara, la pala se quedará arriba, a este lado del terraplén. Así, cuando su compañero vaya a recogerla, podrás abatirle a él también», explicó el tirador a su alumno.

A su vez, les explicó que, a pesar de que un francotirador necesita apenas dos segundos para disparar y segar una vida, los preparativos hasta llegar a ese punto llevan horas.

Y es que, previamente era necesario dedicar varias horas a reconocer el terreno, hacer un croquis en su libreta con las defensas nazis y la distancia a la que se hallaban, construir una posición para pasar desapercibidos y, finalmente, tener la paciencia necesaria para acabar únicamente con el blanco al que se va a buscar (usualmente, un oficial o un servidor de ametralladora).

Tampoco olvidó decirles que un militar con su misión debía estar bien descansado para «trabajar» de la manera más eficiente, aunque esa era una premisa que no solían cumplir.

En una ocasión, tanto Vasili como sus alumnos estuvieron varias noches sin dormir debido a los cruentos combates que tuvieron que soportar en la colina Mamáyev (una posición sobre la que se dominaba casi toda Stalingrado y que, por lo tanto, estaba constantemente bajo ataques de uno y otro bando).

Primeros duelos

Además de acabar con la vida de decenas de soldados enemigos (los números oficiales dicen que entre 220 y 245 objetivos) Vasili se hizo pronto famoso por dar buena cuenta de los francotiradores enemigos.

Una tarea nada sencilla, pues requería de una dedicación completa. Y es que, además de reconocer el terreno -como hacía siempre para abatir a un enemigo-, Záitsev tenía que realizar todo tipo de indagaciones para descubrir dónde se encontraba su objetivo.

Para empezar, debía hablar durante horas con múltiples heridos para saber si los agujeros que tenían en el cuerpo habían sido hechos o no por tiradores de élite.

Viendo sus heridas y averiguando posteriormente la región en la que habían sido disparados, podía discernir el lugar exacto en el que se hallaba su oponente.

Detectar a su contrincante sabiendo su emplazamiento tampoco era sencillo, y Záitsev solía hacerlo valiéndose de señales tan minúsculas como el reflejo de la óptica de su fusil, la llama de su mechero o, si el nazi era muy torpe, el humo del cigarrillo que se encendía para calmar los nervios.

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Lyudmila Pavlichenko (Acabó con 309 soldados alemanes, incluyendo 36 tiradores): Nació en una pequeña aldea de Belaya Tserkov en Ucrania el 12 de Julio de 1916. En 1943 recibió la Estrella de Oro como Héroe de la Unión Sovietica, terminó su carrera de historiadora.

Si el cazador de los Urales no encontraba a su enemigo de esta guisa, solía poner señuelos para que su contrario disparase y desvelase su posición. Entre ellos, el que más utilizaba era ubicar en una posición determinada un maniquí ataviado con ropa soviética para que pareciese un francotirador.

Todo ello, a sabiendas de que la forma de actuar de los alemanes era bien diferente a la de los soviéticos «Por lo general, los francotiradores nazis tomaban posiciones dentro de sus propias líneas defensivas, mientras que los nuestros se apostaban en el límite de la línea del frente.

Además, los “boches” dejaban muchos señuelos, lo que hacía aún más difícil encontrar el objetivo correcto. Con la experiencia aprendí dos cosas esenciales: observar atentamente y tener templanza», señala Záitsev.

«Vasia» tuvo uno de sus primeros duelos contra un francotirador nazi en la colina Mamáyev. Su oponente fue un soldado que había acabado días antes con uno de sus compañeros.

Tras investigar la zona, el ruso se percató de que, muy probablemente, el «boche» había hecho fuego desde el interior de una caja de munición ubicada entre varios arcones similares. La posición se hallaba tras una gran planicie y algunos metros detrás de las trincheras alemanas.

Conociendo el lugar, ya sólo quedaba esperar en su pozo de tirador a que el enemigo hiciera un movimiento en falso. Sin embargo, harto de esperar, tendió una trampa a su presa junto con su compañero.

«Kúlikov retrocedió y con un palo levantó un casco unos centímetros por encima del terraplén en el que estábamos. El alemán disparó un tiro que atravesó el casco.

Me sorprendió que hubiera picado el cebo. […] Observé por la mira como el tirador alemán acercaba la mano a la recámara y recogía el casquillo vacío. Recoger los cartuchos vacíos era el procedimiento habitual cuando se daba en el blanco.

Al hacerlo, levantó la cabeza ligeramente de la mira. Eso dejaba a la vista los pocos centímetros de cuero cabelludo que yo necesitaba para apuntar… y en ese instante sonó mi disparo. La bala le dio en el nacimiento del pelo, el casco le cayó sobre la frente y el rifle quedó inmóvil, con el cañón en el interior de la caja», destaca en sus memorias Záitsev.

No menos impactante fue el combate que mantuvo con un francotirador alemán en la fábrica Octubre Rojo (en el centro de la ciudad). Aquel día, Záitsev fue requerido para acabar con un enemigo que había herido a tres soldados y a un teniente.

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Francis Pegahmagabow (Acabó con 378 soldados en la I Guerra Mundial): Soldado pertenciente al grupo de nativos canadienses que peleó durante la Primera Guerra Munidal en las Batallas de Monte Sorrel y Passchendaele en Bélgica y Scarpe en Francia

En palabras de nuestro protagonista, el alemán era astuto, pues actuaba detrás de sus compañeros y camuflaba el sonido de sus disparos con el de las ráfagas de las ametralladoras. Era imposible saber dónde se hallaba, por lo que Vasili y su compañero (un novato apellidado Gorozháev) tendrían que emplearse a fondo.

Para ello, se ubicaron tras uno de los muros del edificio y esperaron a que el enemigo disparase primero para poder descubrirle.

Záitsev decidió solicitar la ayuda de un capitán que sabía alemán para lograr desesperar a su oponente. Así pues, dijo a su superior que gritara insultos en germano con un altavoz. El plan funcionó a medias, porque un bombardeo interrumpió al oficial y éste, debido al sobresalto, tuvo que soltar su megáfono.

Con todo, parece que sí logró hartar al enemigo, pues cuando el agitador trató de recuperarlo, el francotirador disparó desvelando su posición. No obstante, éste no se limitó a lanzar tan sólo un cartucho. «Sonó otro disparo, la bala pasó volando junto a mi oreja.

En efecto, se había apostado frente a nosotros y buscaba la confrontación. Dos disparos más, uno tras otro. El nazi disparaba con rapidez y decisión. Me tenía acorralado tras los ladrillos, bastaba moverme un poco para que una bala explosiva pasara silbando junto a mi cabeza», destaca Vasili.

Al verse arrinconado, «Vasia» decidió dejar pasar unas horas y, finalmente, puso en práctica un curioso plan: ordenó a su compañero que buscase un espejo y dirigiese la luz del sol hacia los ojos de su enemigo.

Cuando todo estuvo preparado, Gorozháev cumplió su cometido y, mediante esa distracción, dio a Záitsev un espacio de unos segundos para poder escapar del punto en el que estaba acorralo. A su vez, remató el plan ubicando un maniquí en su lugar y poniéndose a cubierto.

La trampa estaba lista. Tras eludir el molesto reflejo, el alemán disparo contra el muñeco, desveló su posición de nuevo y el binomio soviético acabó con su vida. Otra muesca más en la culata del Mosin del cazador de los Urales.

El reto definitivo

A pesar de haber acabado con decenas de enemigos expertos, a Záitsev todavía le quedaba un último reto al que enfrentarse: un «superfrancotirador» (así le conocieron los mandos soviéticos) que había sido enviado por la plana mayor alemana para darle caza.

«Al interrogar a un prisionero, supimos que los mandos de la “Wehrmacht” estaban seriamente preocupados por los daños infligidos por nuestros francotiradores, y que un tal mayor Konings, director de la Escuela de Francotiradores de la “Wehrmacht”, en las afueras de Berlín, había sido enviado a Stalingrado con el propósito de liquidar al, en palabras del prisionero, “gran conejo ruso”», explica Vasili.

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Ivan Nikolayevich Kulbertinov (Acabó con 487 alemanes en la II Guerra Mundial): En julio de 1942, con 25 años, llegó al frente de batalla. Su pericia como cazador en su juventud le ayudó a convertirse en uno de los mejores francotiradores de la historia. Fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja de la Fama

La noticia no pareció preocupar demasiado a los oficiales rojos. «Un mayor es pan comido para nuestros chicos. Tendrían que haber enviado al Führer en persona», dijo un coronel al saber la noticia.

A pesar de la calma mostrada por sus superiores, la noticia no gustó demasiado a Záitsev.

Y más le inquietó cuando, tras unos breves combates en los días posteriores, Konings logró herir a dos de los francotiradores más experimentados de la unidad soviética. «El maestro», como comenzaban a conocer al alemán, sería un blanco difícil de abatir.

Como primera medida, Vasili se dirigió junto con Kúlikov a la zona en la que el nazi había vencido a sus dos compañeros. Allí, su enemigo les dio la bienvenida a su modo. «El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar? No, era una trampa: la inclinación del casco era muy poco natural.

Lo movía el ayudante del francotirador, mientras este esperaba a que yo me delatase. De modo que permanecimos inmóviles hasta la noche», completa nuestro protagonista. La caza había comenzado, y solo la paciencia determinaría quien sería el vencedor.

En los siguientes días, el binomio soviético escudriñó con suma cautela las trincheras enemigas buscando al «maestro», pero fue en balde.

Por su parte, Konings no mostró los dientes hasta la tercera jornada. Su aparición la hizo cuando un comisario político llamado Danilov llegó a la trinchera para saludar a Záitsev y afirmó que había descubierto desde una posición de retaguardia donde se hallaba el enemigo.

Al levantarse para señalar el lugar, el alemán le disparó un tiro perfecto que hirió al oficial. «Sólo un francotirador de élite era capaz de hacer un disparo como ese, sólo un especialista podía haber disparado con semejante rapidez y precisión. Sin duda, el alemán era un experto en el arte del camuflaje», afirma «Vasia».

Ese disparo permitió a Záitsev determinar la zona aproximada desde la que operaba su enemigo y, en base a ello, establecer una serie de lugares en los que probablemente se escondería.

Así pues, intuyó que la más probable sería un escondrijo que había detrás de unos cuantos ladrillos apilados y una chapa metálica. Hasta ese momento, el lugar había pasado desapercibido, por lo que era sin duda un nido de francotirador perfecto.

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Heinz Thorvald (456 bajas confirmadas): es el nombre de un supuesto oficial alemán con graduación de comandante y director de la escuela de francotiradores de las SS en Zossen. El SS-Standarteführer Heinz Thorvald se dice que fue asignado por el propio SS-Reichsführer Heinrich Himmler para matar al francotirador soviético Vasili Záitsev.

Para corroborar su presentimiento, Vasili ordenó a su compañero que alzara un guante militar atado a un palo por encima de la trinchera y… ¡premio, Konings disparó! «Ahí tenemos a nuestra serpiente», afirmó por su parte Kúlikov.

El binomio sabía dónde estaba su oponente, pero la caza debería esperar, pues cayó la noche y, con ella, los bombardeos de la «Luftwaffe». La pareja decidió que la mañana siguiente tampoco sería apropiada, pues la inclinación del sol podría haber hecho que las miras de sus fusiles resplandecieran al sol, lo que habría delatado su posición.

La trampa llegó después de la hora de comer. «Kúlikov se quitó el casco y lo levantó despacio, tentando una finta que solo un tirador experto era capaz de ejecutar.

El enemigo disparó. Kúlikov se puso en pie, gritó y fingió desplomarse», completa Vasili. Konings cayó en la trampa y, a continuación, alzó la cabeza por encima de la plancha de hierro para corroborar si había dado a su presa. Záitsev, por su parte, estaba preparado. «Apreté el gatillo y la cabeza del nazi desapareció», finaliza el cazador de los Urales.

Caída la noche, Záitsev y Kúlikov acudieron a la posición enemiga para recoger el cadáver de Konings y, finalmente, entregaron su documentación a sus mandos como prueba. El resto, como se suele decir, es historia. Tras la liberación de Stalingrado, Vasili fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y recibió dos órdenes de Lenin y dos órdenes de la Bandera Roja (entre otras tantas).

Finalmente, este héroe de la U.R.S.S. falleció en 1991, con una lista de entre 220 y 245 objetivos abatidos a sus espaldas. Curiosamente, sus palabras más recordadas fueron «Yo sólo sirvo a la Unión Soviética». Esta fue la frase de un soldado cuyas hazañas, a día de hoy, son criticadas por no pocos historiadores que afirman que sus vivencias fueron exageradas por los mandos de Stalin para lograr crear un héroe artificial.

Duelo de francotiradores en la Segunda Guerra Mundial: la «destructora» rusa contra el nazi más letal

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Pavlichenko, a la izquierda; a la derecha, una fotografía de un francotirador germano sin identificar de la Segunda Guerra Mundial

La propaganda fue una de las armas más efectivas y peligrosas de la Segunda Guerra Mundial. El mismo Joseph Goebbels, ministro de esta especial durante el Tercer Reich, solía afirmar que una mentira repetida mil veces se podía transformar en realidad.

Sabía bien lo que decía; no en vano, los nazis se convirtieron en auténticos maestros de la comunicación de masas. Pero lo que se suele pasar por alto es la importancia que tuvo en el bando Aliado y, especialmente, en la URSS. El mismo país donde, según la constitución, había libertad de prensa siempre que «coincidiese con los intereses de los trabajadores».

En ella Iósif Stalin organizó, cual director de orquesta, a los reporteros a su antojo durante la contienda bajo una premisa concreta: hallar soldados que sirvieran de ejemplo a sus compatriotas.

La URSS se convirtió, así, en una máquina de ensamblar héroes; y muchos de ellos artificiales. Sin embargo, de entre todos los combatientes escogidos para ser alzados hasta el Olimpo soviético durante la Segunda Guerra Mundial hubo unos que causaron verdadera sensación entre las tropas: los tiradores de élite.

Según la historiadora e investigadora Lyuba Vinogradova (autora de «Ángeles vengadores: las francotiradoras soviéticas en la Segunda Guerra Mundial», Pasado y Presente, 2017) la razón resulta evidente: causaban pavor entre los militares alemanes y eran un grupo de élite «del que presumir» por su gran efectividad.

Así fue como combatientes de la talla del mítico Vasili Záitsev forjaron su fama. Gracias a sus gestas y a un pequeño empujoncito de la propaganda de Stalin.

El suyo fue el caso más conocido, sí, pero hubo otros tantos que han sido olvidados por no haber sido llevados a la gran pantalla. El más sangrante, quizá, fue el de Lyudmila Pavlichenko. Joven, estudiante de historia y letal (recibió pronto su diploma de «Destructuroa»), se convirtió en una auténtica estrella en la URSS tras haber acabado (presuntamente) con 309 enemigos durante la Segunda Guerra Mundial.

Su pasado, no obstante, se mueve entre algunos claros y muchos oscuros. Valga como ejemplo que sus memorias albergan sangrantes errores de datación y que, durante su gira por medio mundo, se negó a hacer demostraciones de tiro.

Aunque, más allá de las presuntas exageraciones que sobrevuelan sus vivencias, lo que es innegable es que atrajo todos los focos sobre sí después de haber despachado a un francotirador enemigo en 1942, durante el asedio de Sebastopol.

Su historia guarda muchas similitudes con la del mismo Záitsev. Ambos empezaron su carrera como fusileros y, tras demostrar su valor y sus capacidades en combate, se ganaron un puesto como francotiradores. Los dos dirigieron pelotones de soldados de élite que causaron terror entre las tropas enemigas.

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Ivan Mihailovich Sidorenko (Acabó con 500 soldados alemanes en la II Guerra Mundial): Entre 1941 y 1944 Sidorenko abatió a 500 soldados enemigos (muertes confirmadas) ivan02y entrenó a 250 francotiradores, su lema de «Un disparo, un muerto» se hizo famoso en todo el mundo y fue explotado hasta la saciedad por la propaganda comunista.

Y, por último, tanto uno como otra fueron encumbrados tras mantener un duelo a muerte contra un enemigo que había provocado un sin fin de bajas entre los soviéticos. ¿Mera casualidad o una ficción bien orquestada? Todo apunta a lo segundo.

Al fin y al cabo, a día de hoy (años después de que terminara la Segunda Guerra Mundial) todavía se duda de la identidad del enemigo de Vasili. Algo parecido sucede con Lyudmila, quien llegó a criticar en sus memorias los exagerados artículos que la prensa oficial había elaborado sobre aquel enfrentamiento.

Empieza la Segunda Guerra Mundial

En todo caso, lo que parece innegable es que el duelo -exagerado o no- sí llegó a darse. Aunque entender las repercusiones que tuvo requiere que retrocedamos en el tiempo hasta el verano de 1941, la misma época en la que Adolf Hitler rompió el pacto que mantenía con Stalin y atacó (previo avance de su Luftwaffe) la Unión Soviética en la Operación Barbarroja.

Por entonces, la nacida como Lyudmila Mikhailovna en 1916 era toda una jovencita que estudiaba historia en la Kiev State University y ya había demostrado sus buena puntería en la asociación deportiva cuasi militar Osoaviajim. Ese año accedió al ejército, como ella misma explicó en sus memorias (editadas en español bajo el título de «Liudmila Pavlinchenko. La francotiradora de Stalin», Crítica, 2019), cuando el alto mando ruso todavía no había llamado a las mujeres a la lucha.

Su historia, ya en estos primeros instantes, parece poco creíble para Vinogradoba (quien duda en su obra de la forma en la que arribó al Ejército Rojo).

La versión más oficial, sin embargo, afirma que los instructores le permitieron vestir el uniforme gracias a su buena puntería. Parece que sus dotes la llevaron pronto hasta un fusil de precisión.

«Me gradué con matrícula de honor en la escuela de francotiradores de la Osoaviajim en Kiev», explicó Lyudmila en una ocasión a su superior cuando este se quedó asombrado por su puntería. Eso afirmó ella en sus memorias, aunque apenas dedica unos pocos capítulos al inicio de la obra para explicar el tema.

En donde no escatima palabras es en el asedio de Odessa, una contienda en la que las fuerzas de Rumanía (por entonces del lado del Tercer Reich) cercaron durante más de dos meses la mencionada región.

Allí, siempre según sus memorias y la prensa de la época, consiguió sus primeras bajas como tiradora y se ganó los galones de sargento primero. Sus números la avalaban, pues logró acabar con 187 enemigos en apenas diez semanas, aunque a costa de dos conmociones cerebrales y una herida menor.

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Vasilij Kvachantiradze (Se le atribuyen 534 bajas enemigas, pero ‘sólo’ 215 muertes confirmadas): Un granjero nacido en 1907 en la aldea de Gurianta, que se alistó en 1941 y que fue destinado al 259º Regimiento de Fusileros. se convirtió en el francotirador más condecorado del Ejército rojo.

En esa región fue también donde perfeccionó su técnica y supo que, para hacerse respetar como mujer, debía demostrar su carácter.

«Os advierto de que la sargento es una persona seria y poco amiga de las payasadas. Al mínimo malentendido, acabaréis con un cuchillo en el pie», solía afirmar uno de sus capitanes.

Tras la caída de Odessa, el Ejército Marítimo Independiente -en el que se encontraba encuadrada Pavlichenko- fue trasladado hasta Sebastopol, donde la francotiradora lideró durante meses un pelotón de tiradores de élite que se convirtió (siempre según sus memorias) en la pesadilla de los alemanes.

Su objetivo, así como el de sus camaradas, era el de resistir el asedio de las odiadas tropas del Tercer Reich.

Y digo ‘odiadas’ porque la rusa dedicó varias líneas en sus memorias para expresar su aversión hacia el enemigo.

«No puede haber perdón para los invasores por sus actos salvajes, por el asesinato absurdo de habitantes pacíficos.

Su destino era arder en el infierno. Había que darles caza y aniquilarlos por todos los medios».

Así fueron pasando las jornadas hasta que recibió una petición de ayuda.

Preparativos del enfrentamiento

Fue en enero de 1942 cuando Lyudmila recibió la llamada de dos superiores, el mayor Matusievich y el coronel Alekséi Stepanovich. Las noticias no fueron halagüeñas: un francotirador alemán había provocado cinco bajas, todas ellas de un certero disparo en la cabeza, en el sector de la hondonada de Kamishli (a las afueras de Sebastopol).

Aunque desconocían el emplazamiento desde el que hacía fuego, todo parecía indicar que su escondrijo se hallaba en los restos del puente de metal y madera que unía dos colinas sobre un arroyo. Una estructura que había sido dinamitada poco antes de que empezara el asedio.

«Desde él se denominaba la zona. Un lado ofrecía una excelente panorámica de las posiciones de primera línea y la retaguardia de nuestras fuerzas […] desde el lado sur se divisaban las posiciones alemanas», escribió la sargento.

En pleno invierno, con temperaturas que bajo cero, le ordenaron abandonar sus habituales misiones de vigilancia para acabar con él. «Dicen que eres la mejor francotiradora de la División Chapáyev Lyudmila. He visto tu fotografía en el cuadro de honor de la división», la tentó el coronel.

La francotiradora sabía que sería una tarea difícil. «La suya es una posición muy ventajosa, sobre todo si encuentra un lugar en uno de los tramos que quedan en pie y se oculta entre los restos metálicos. Es posible dar en el blanco desde una distancia de 600 y 800 metros», añadió.

Sabedora de que sería un enfrentamiento largo y peligroso, escogió como su vigía al sargento Fiódor Sedi, uno de sus alumnos más aventajados. Así comenzó una cacería para la que nuestra protagonista eligió como arma el clásico fusil Mosin-Nagant, en lugar del SVT-40 (capaz de disparar varias veces sin ser amartillado, pero menos fiable).

En palabras de Pavlichenko, en enero de 1942 ya era habitual encontrar a francotiradores alemanes en el frente. La razón era sencilla: la guerra de posiciones convertía su aportación en determinante, pues eran capaces de acabar con los soviéticos.

Antes no habían podido participar en el enfrentamiento debido a los rápidos avances de las operaciones y de sus compañeros. «No nos molestamos en especular acerca quién podía ser mi adversario. Mi marido me rogó que fuera con cuidado y que estuviera alerta. […]

Solamente sabíamos el lugar donde podía estar el escondite del alemán, y no con demasiada exactitud. No teníamos la menor idea de cuántas posiciones más habría preparado previamente», afirma la sargento en su obra.

A finales de ese mismo mes, la pareja de francotiradores abandonó por última vez la seguridad de la retaguardia y, en automóvil, viajó hasta las cercanías del puente de Kamishli. Allí les esperaba el mismo Potapov, oficial al mando de la unidad que protegía el paso y que estaba atemorizada por aquel fantasma alemán.

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Nikolai Ilyin (Acabó con 494 soldados alemanes en la II Guerra Mundial): Llegó al frente en febrero de 1942 para formar parte como francotirador del Ejército en el Regimiento de Fusileros de la Guardia 50a. Se convirtió en uno de los mayores francotiradores en el frente de Stalingrado.

El coronel solicitó a Pavlinchenko un informe de cómo iba a acabar con él.

Esperaba seguridad, pero lo cierto es que nuestra protagonista desconocía si el germano volvería a posicionarse en el puente o si, por el contrario, preferiría acomodarse en otro lugar para sorprender a sus contrarios.

-«¿Tú elegirías esa misma posición?».

-«Probablemente lo haría, es un punto muy bueno. El sueño de cualquier francotirador».

-«En ese caso, ¿cómo abatirás al enemigo?».

-Al viejo estilo ruso: con astucia, insistencia y paciencia.

Poco después, la pareja de francotiradores fue escoltada, al abrigo de la oscuridad, hasta una posición seleccionada por ellos para acabar con el alemán.

Allí, a hurtadillas, Sedi y Pavlichenko construyeron (con la ayuda de varios zapadores soviéticos) dos trincheras protegidas por el bosque.

La primera, de 80 centímetros de profundidad y 10 metros de longitud, frente a las líneas defensivas nazis.

La segunda (conectada a su hermana a través de un corredor), era «amplia y profunda» y estaba protegida por una «estructura metálica plegable» cubierta con «ramas y nieve».

La obra de arte se completó con un señuelo ideal para engatusar a los menos precavidos: un maniquí ataviado con uniforme del Ejército Rojo al que colgaron un fusil en la espalda y unos binoculares en la mano. La idea era sencilla: que el teutón hiciese fuego tarde o temprano sobre él y desvelase así su posición.

Duelo en el puente

La cacería comenzó ese mismo día. Bajo un frío gélido, Pavlichenko decidió que harían guardias por turnos hasta descubrir al germano. Lo hizo sin demasiada convicción, pues no imaginaba a un supuesto maestro de francotiradores volviendo a la misma posición otra vez.

«Me rondaba la idea de que nuestras fuerzas hubieran acabado con él en algún lugar del bosque después de emprender el camino hasta allí en busca de una nueva presa», escribió. Sedi, por su parte, sí era partidario de que aparecería. Así pasaron nada menos que dos jornadas.

«Me estaba quedando en cuclillas con el hombro apoyado en la pared de la trinchera […]. De pronto, el sargento me tocó el hombro con el dedo y señaló el puente», afirmó. Era la señal. A toda velocidad, sacó los binoculares de su zurrón y vio como la silueta de un sujeto armado se dirigía hacia los restos metálicos del puente.

Todavía era de madrugada, pero todo parecía indicar que la mañana siguiente sería la definitiva.

«¡Por fin te tengo, nazi cabrón, después de tanto tiempo sentada un frío de muerte!»

El 23 de enero amaneció silencioso. Casi como si «la guerra hubiera dado un paso a un lado». O como si toda Sebastopol esperara, con paciencia, el desenlace de aquel duelo. La función estaba en marcha. En primer lugar, Sedi salió de la seguridad de la trinchera y colocó el maniquí en tierra de nadie.

Debía dar la impresión de que era un francotirador que oteaba el horizonte en busca de su presa. Cuando estuvo a salvo, un silbido alertó a Pavlichenko de que había finalizado su tarea. Ella respondió, más para alertar al nazi que como confirmación.

«¿Picaría el alemán con un viejo truco que ya se había usado en la Primera Guerra Mundial?», añadía la sargento. Lo hizo… Minutos después, desde el puente se escuchó un disparo «apagado», «como si hubieran golpeado un tablón de madera con una vara metálica». Un leve brillo delató la posición del autor del tiro: una madriguera rodeada de vigas de metal.

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«¡Por fin te tengo, nazi cabrón, después de tanto tiempo sentada un frío de muerte! Por el visor de la mira telescópica vi su cabeza. El fritz tiró del cerrojo de su fusil, recogió el casquillo usado, se lo metió en el bolsillo y miró fuera de su escondite», escribió la soviética. Era su momento.

Antes de disparar, recordó el mandamiento de su maestro: «Nunca creas que tu disparo será el último y no seas demasiado curiosa!». Acto seguido contuvo la respiración y, tras apuntar, disparó el gatillo. La bala cortó el viento. Si fallaba, tendría que enfrentarse a la puntería de su enemigo.

Por suerte, el germano se desplomó. Y tras él lo hizo su fusil: un Mosin-Nagant con mira telescópica que había arrebatado a un tirador ruso en otro duelo. Aquello hizo saber a nuestra protagonista que no era el primer enfrentamiento de aquel sujeto.

Aunque sabía que estaba muerto, Pavlichenko acudió hasta el lugar donde se hallaba el cadáver para registrar su uniforme. Así se percató de que contaba con varias condecoraciones (entre ellas, la Cruz de Hierro) y que había acabado con decenas de compañeros antes.

En palabra de la soviética, lo descubrió gracias a que el germano llevaba, como ella, su particular cuenta de bajas en una pequeña libreta. El total era de 215 soldados y oficiales abatidos en Francia y Dunquerke. Por entonces, Liudmila contaba 227, solo diez más. Era un combatiente de élite.

En el cuaderno halló también su identidad. «Helmut Bommel, 121er Regimiento de Infantería, 50ª División de Infantería de Brandemburgo, Oberfeldwebel». «Es un pez gordo», se limitó a confirmar nuestra protagonista a su camarada.

El duelo, explicado de esta guisa por Pavlichenko, fue utilizado por la propaganda soviética como bandera. Desde el alto mando se enviaron decenas de periodistas para escuchar de boca de la francotiradora cómo había sucedido.

En realidad, la sargento primera había protagonizado otros tantos actos heroicos más destacables que aquel, pero fue este el que la catapultó a la fama. Con todo, ella misma se quejó en sus memorias de que el suceso fue exagerado por los medios de comunicación.

De Bommel se dijeron mil mentiras. Que era «gordo como un sapo», que había acabado «con 500 soviéticos» y que había disparado varias veces a Lyudmila hasta que ella pudiera cazarle. Todo falacias que, por desgracia, siguen rondando todavía por la red. El más repetido a día de hoy es el artículo escrito para el periódico «La madre patria»:

«Y pasaron el día y la noche sin moverse. Por la mañana, al salir el sol, Liuda vio, oculto detrás de un tronco de árbol falso, un francotirador avanzando a empellones apenas perceptibles. Cada vez estaba más cerca. Entonces ella fue a por él, sosteniendo el fusil con el cañón apuntando y el ojo puesto en la mira telescópica. Un simple segundo parecía una eternidad. De repente, Liuda vio a través de la mirilla unos ojos apagados, un pelo amarillo y una mandíbula pesada. El francotirador enemigo también la observaba, sus miradas se cruzaron. Una mueca deformó el tenso rostro del alemán: ¡se había dado cuenta de que su oponente era una mujer! La vida se iba a decidir en un instante; ella amartilló el fusil. Por un misericordioso segundo de diferencia, Liuda se adelantó al enemigo».

Francotirador alemán Josef Allerberger

Josef Allerberger nació el 24 diciembre de 1924, Estiria (Austria) muere el 2 de marzo del 2010. Este famoso francotirador fue hijo de un carpintero que pasó su niñez con normalidad como cualquier pequeño. Para cuando tenía 18 años trabajaba con su padre fue debido a la Anexión de Austria y el estallido de la Segunda Guerra Mundial que su mundo cambió.

Fue uno de los tiradores más letales de la Segunda Guerra Mundial, con 257 bajas acreditadas en su hoja de servicios. Solo superado por su amigo del ejército Matthaüs Hetzenauer y por varios francotiradores soviéticos.

Reclutamiento

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Allerberger ingresa al ejército alemán en diciembre de 1942, una vez completada su instrucción es enviado al 2º batallón del 144º regimiento de la 3ª División de Montaña (Gebirgsjäger), inicialmente fue encargado de una ametralladora.

Herido en combate en enero de 1944 mientras terminaba de recuperarse enviado a la armería de la división donde entre todas las armas le llamó poderosamente la atención un rifle de francotirador Mosin Nagant.

Un extracto de su libro que describe su rifle:

«Por supuesto, era una señal del destino que entre las armas de ese tipo, me encontrara con un fusil de francotirador ruso.

Nada más verlo, me apresure a preguntarle al sargento de armas si era posible practicar con él.»

Cuando por fin le dan de alta regresa al frente con su rifle causando 27 muertos entre ellos muchos oficiales. tal fue el asombro de sus oficiales que fue enviado a una escuela de francotiradores, luego de 9 meses regresa al frente manejando varios fusiles y siendo letal a una distancia no mayor a 500 metros.

Algunos de sus consejos

“Elección de la posición ideal para el disparo, la capacidad para salir de dicha posición con rapidez y seguridad, tener otra posición en caso de que la primera no pudiera ser utilizada, varias vías de escape, abatir un blanco de un sólo disparo, máximo dos, si se falla, dejarlo, el camuflaje, esencial y por supuesto, unido a una sangre fría, coraje, precaución y saber elegir el blanco adecuado.”

Sangre Fría

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Su técnica era excelente pero de nada le serviría sin poseer una sangre fría, prueba de eso es una descripción de su técnica:

«Yo no prestaba atención a las primeras filas de enemigos que se abalanzaban a la carga contra nuestras posiciones, pobremente defendidas, sino a los soldados que avanzaban detrás de dichas líneas.

Les disparaba al estómago, caían al suelo dando espantosos gritos. Sus compañeros que marchaban en retaguardia sentían pánico al ver a sus camaradas caídos en el suelo desangrándose, mientras las primeras líneas, al escuchar los alaridos a sus espaldas, perdían el ímpetu de la carga y solían detenerse.

Entonces disparaba a la primera línea de soldados enemigos a la cabeza o al corazón. En ese momento el miedo se apoderaba de los rusos y sólo deseaban huir lo más rápido posible, abandonando a veces incluso a los heridos.

Así he detenido cargas soviéticas, aunque los gritos de los heridos eran espantosos y me acompañarán para siempre.

Es el horror de la guerra y mi alma en ese momento era de piedra, amoldada a las circunstancias terribles que me tocaron vivir.

Además, sabía de sobra lo que nos esperaba a los soldados alemanes que caían prisioneros de los rusos. Eso me hacía tener menos piedad de ellos.»

En el año del 2005, escribió un libro autobiográfico, Sniper on the Eastern Front: The Memoirs of Sepp Allerberger, Knight’s Cross.

Sus condecoraciones fueron: Cruz de Hierro de 2ª Clase Cruz de Hierro de 1ª Clase Insignia Asalto de Infantería Insignia de Herido (plata) Placa de Francotirador (Oro) Cruz de Caballero

nuestras charlas nocturnas.

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