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Nómadas del siglo XXI …


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LaMenteEsMaravillosa/ara(C.P.Cruz)/ethic(J.Bruder)  —  ¿Te imaginas ir de un sitio a otro sin establecerte de forma permanente? Las comunidades nómadas lo hacían y hay algunas que continúan con este estilo de vida, pero cada vez se les hace más difícil debido a procesos como la industrialización. Sin embargo, con los cambios también ha surgido un nuevo grupo de personas que se dedican a esta vida: los nómadas del siglo XXI.

Pero, ¿cuál es la diferencia con los nómadas que conocíamos? Los “nuevos nómadas” o nómadas del siglo XXI no suelen llevar este estilo de vida como comunidad. Es más bien una situación personal o familiar que deriva de diversos factores.

¿Cómo son?, ¿qué hacen?, ¿qué los lleva a adoptar este estilo de vida? Todas estas preguntas trataremos de resolverlas a lo largo de este artículo.

Tipos de nómadas el siglo XXI

Hay diversos tipos de nómadas en el siglo XXI, dependiendo del contexto en el que se encuentren y, sobre todo, del motivo por el cual han emprendido este estilo de vida.

Nómadas por mantener su cultura o nómadas tradicionales

Se trata de las comunidades que son nómadas por sus códigos, tradiciones, prácticas, conductas y sistema de creencias. Son los nómadas clásicos por llamarlo de alguna manera. Además, dentro de este tipo de nómadas cabrían los nómadas estacionarios, que cambiarían de lugar en función de la estación.

Se ha disminuido el número de comunidades “nómadas clásicas” debido a los cambios que ha generado la industria, la explotación respondiendo a intereses particulares de los recursos naturales y a las leyes y políticas que les obligan de cierta forma a permanecer en un lugar. Entonces, estos grupos de nómadas se han visto amenazados con los nuevos cambios.

Sin embargo, aún existen alrededor de 40 millones de nómadas de este tipo. Se encuentran en países como: Chile, Colombia, Venezuela, México, España, Filipinas, Kenia, entre otros.

Nómadas por interés personal

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Se trata de esas personas a las que les llama la atención conocer el mundo, y para ello se mueven por él sin reparo.

Es decir, cambian de un sitio a otro para conocer, pero sin contar con un lugar fijo.

Pueden ser personas a las que les encante viajar por placer, por conocer, por aprender… ¡Hay millones de motivos!

Lo seguro es que quieren liberarse de las ataduras de vivir en un lugar fijo, y se lanzan a la aventura de ir cambiando de sitio.

Puede la forma de trasladarse no sea tan cual como la de los nómadas clásicos, pero al menos temporalmente optan por el traslado constante como estilo de vida. 

También puede tratarse de Knowmads o nómadas del conocimiento. Se trata de personas que cuentan con la habilidad de desarrollar nuevos conceptos a partir del gran conocimiento que poseen y pueden trabajar con cualquier persona y en cualquier lugar prácticamente.

Nómadas a la fuerza

Se trata de los nómadas que han adquirido esta condición por necesidad. Un claro ejemplo es el del desplazamiento forzado. Según el Banco Mundial, el término desplazamiento forzado se refiere al traslado que realizan las personas que dejan su hogar o huyen debido a los siguientes factores:

  • Violaciones de los derechos humanos.
  • Conflictos.
  • Persecuciones.
  • Violencia.

Se diferencian de los migrantes, ya que estos pueden decidir cambiar de país en busca de mejores condiciones, bien sea económicas, de seguridad, o climáticas, entre otras.

Hay diversas investigaciones acerca de ello. En algunas se habla del desplazamiento forzado como los nuevos nómadas, que han surgido a partir de situaciones de violencia que han movido a las personas de “sus nichos naturales y los transformó en colonos en nuevas tierras, en tugurianos de las nuevas ciudades”. Así lo sugiere Hernán Henao Delgado, director del Instituto de Estudios Regionales INER.

En su artículo “Los desplazados: nuevos nómadas”, Henao Delgado nos muestra reflexiones condensadas acerca de esta situación. Nos habla del fenómeno, de la víctima, y la desestabilización que produce la presión externa. Además, enriquece su texto mostrando algunos testimonios.

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Nómadas del siglo XXI, características

Por su puesto, las características de los nómadas del siglo XXI van a depender del tipo de estos. Veamos algunas de ellas según cada cual:

Nómadas tradicionales

Los nómadas tradicionales suelen ser cazadores, recolectores, pastores de ganado o viajeros que se desplazan en búsqueda de suministros. Se caracterizan por:

  • Ser grupos móviles. Por ejemplo, de cazadores y recolectores.
  • Contar con organización. Política, administrativa y económica, aunque algunas veces menos elaborada que la de las comunidades que son sedentarias.
  • Poseer valores culturales. Cuentan con arte, música, tradiciones y conductas. Además, muchos tienen una inclinación por naturaleza, especialmente por protegerla porque saben que en un futuro pueden necesitarla.
  • Usar el desplazamiento en busca de recursos. Bien sea en busca de alimentos para ellos, para sus animales, para recolectar lo que han cultivado en otras tierras, etc.

Nómadas por interés personal

Los nómadas por interés personal suelen ser personas que ven cada momento como una oportunidad de aprendizaje. Además, se caracterizan por:

  • Dinamismo. Son personas activas, que actúan a través de la innovación y la transformación.
  • Adaptación. Los nuevos nómadas por interés personal tienen la capacidad de desenvolverse en cualquier ambiente. Son flexibles, lo que les permite desenvolverse asertivamente en cualquier lugar en el que estén.
  • Creatividad. Son personas que están constantemente generando ideas, ya sea de sus viajes o proyectos.
  • Empatía. Se ponen en la piel del otro, lo que les permite relacionarse de una mejor manera.

En el caso de los Knowmads, son profesionales que cuentan con un gran conocimiento en su área, junto a la disponibilidad y valor para trabajar casi en cualquier lugar y con cualquier persona. Además, se dedican a y trabajos que les apasionan, dominan las nuevas tecnologías, incluyendo la gestión de las redes sociales.

Nómadas a la fuerza

El desplazamiento forzado del que hablamos se caracteriza según Henao Delgado por:

  • Espontaneidad. Ya que es un asunto que no se planifica, la presión obliga a las personas a abandonar sus hogares y a ir cambiando de sitio conforme la situación los lleve a ello.
  • Dispersión. Cada cual opta por el camino que piensa que le garantizará la supervivencia.
  • Semiclandestinidad. Al ser víctima del terror, y estar bajo una situación de amenaza, los desplazados de este tipo tienden a ocultar su condición.
  • Invisibilidad. Más allá de que las víctimas traten de ocultarlo, porque también se trata de un problema que ha sido silenciado.

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¿A qué se debe esta tendencia?

Esta tendencia se generó gracias a la globalización y a la industrialización. Gracias a los cambios que trajeron estos fenómenos se ha generado, mantenido o modificado este estilo de vida. Por un lado, algunos nómadas tradicionales han debido cambiar algunas de sus dinámicas para adaptarse a las nuevas condiciones. Otros, han logrado mantener sus costumbres, pero cada vez se ven más amenazados.

Por otro lado, los nómadas por desplazamiento forzado han surgido gracias a los conflictos, con tintes de guerra civil, que existen en algunos países.

Además, los nómadas por interés personal gracias a un mundo que les permite movilizarse con mayor facilidad, y a que actualmente con las nuevas tecnologías pueden desarrollar diversas nuevas formas de empleo, se adaptan a distintos lugares y realizan su trabajo desde ellos, o aprovechan para recorrer el mundo sin depender de un lugar específico.

Los nómadas del siglo XXI tienen algo en común, quieran o no se han adaptado a las nuevas condiciones que ofrece el mundo actual. ¿Seguirán existiendo?, ¿se formarán nuevos grupos? Cada contexto trae consigo cambios que su vez influyen en los estilos de vida que conocemos y llevamos.

Por motivos y circunstancias varios, muchos norteamericanos optan por vivir en furgonetas y caravanas sin una residencia fija. Se trata de una subcultura que ha crecido debido a los precios desorbitados de la vivienda en las grandes ciudades y el impacto de la pandemia

Es difícil saber cuántos son, pero lo que descubrió Carol Meeks es que “existe toda una subcultura de personas que vive de esta forma”. Es decir, en furgoneta, sin una residencia fija y de viaje. Son los nómadas del siglo XXI. Cada uno tiene sus motivos y circunstancias para hacerlo, pero la pandemia ha llevado a unos cuantos a la carretera.

Meeks, que tiene 68 años y está jubilada, admite que la avergüenza reconocer que “pensaba que las únicas personas que viven así eran depravados, delincuentes, personas en los márgenes de la sociedad”. ¿Las hay? “Sí, pero no creo que sean la mayoría”, concluye.

Nomadland, protagonizada por Frances McDormand, y ganadora  del Globo de Oro a la mejor película dramática, explica de forma casi documental los pros y contras de estos nómadas contemporáneos. McDormand encarna a Fern, una mujer que, tras perder a su marido y su trabajo, se lanza a vivir en una modesta furgoneta.

Allí cocina, duerme y defeca. Sobrevive y se descubre. Hace del vehículo una vivienda, mientras trabaja aquí y allá con contratos temporales y hace amigos en el camino. La suya es una de las posibles realidades de esta subcultura, que la película ha puesto en primera plana.

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El impulso del teletrabajo

La realidad de JennaLynn Self, de 32 años, es, como ella admite, la de los privilegiados. Salió de Washington el 1 de octubre del año pasado. Comparte estrecheces con su marido, Corey, y su perro, Franklin. Ambos trabajan como consultores del gobierno federal, un empleo que la pandemia convirtió en telemático.

Entre permanecer en un pequeño y caro apartamento en la capital estadounidense o cambiarlo por los paisajes de Estados Unidos como patio trasero de su nueva vivienda la pareja ni se lo pensó. De lunes a viernes se aseguran estar en una zona con buena conexión y aprovechan la tarde para explorar. “Cuanto más al oeste nos vamos, más temprano empiezan nuestros días”, explica desde el desierto de Sonora, en Arizona.

En cambio, para Phyllis Bickford, de 72 años, la furgoneta fue la solución al vacío vital que llegó con la jubilación. Pensó en irse a vivir a Sudamérica, estuvo a punto de construir una casa con su hermana, pero internet le abrió los ojos a la vida en una furgoneta y se compró una.

“Es una como la que podría utilizar un electricista para trabajar”, explica. Humilde, sencilla, pero suficiente para hacerla habitable con unos pocos apaños. Y es que, admite, “las prioridades y valores cambian”. Para Bickford el valor lo daba antes el precio del producto. Ahora el argumento es más básico: “Si no puedes usarlo, no tiene valor”.

Los precios desorbitados de la vivienda a las grandes ciudades, pero también los cambios laborales derivados de la pandemia, están detrás de la motivación de algunos nómadas. Los precios desorbitados de la vivienda en las grandes ciudades, pero también los cambios laborales derivados de la pandemia, están detrás de la motivación de algunos nómadas.

“En mis tiempos”, reflexiona Carol Meeks, “estabas atada a una mesa, a un lugar concreto. Eso ya no es así y ahora, con la covid hay mucha gente que no va a volver”. JennaLynn Self está de acuedo: “Mientras podamos seguir trabajando de forma remota, creo que seguiremos viviendo de esta forma”.

Admite, eso sí, que también podría suceder que se enamoren de una ciudad en el camino y decidan asentarse. Pero defiende que “hay otras formas de vivir, que quizá se consideran poco convencionales”, pero con las que se identifican “millennials y generaciones más jóvenes”.

Más veterana, Phyllis Bickford tiene día a día más claro que ni casa ni ciudad. “Cada vez me siento más incómoda en ellas”, confiesa.

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La libertad absoluta

El impulso de muchos nómadas está vinculado a una idea muy estadounidense: la de la libertad absoluta, la de la autonomía y autogestión sin esperar nada a cambio del Gobierno.

Pero también es, en cierto modo, una enmienda al concepto del American dream, del sueño americano de la casa en un barrio residencial, con su jardín, el coche y los niños. Phyllis, contundente, apunta: “Si sigues creyendo en el sueño americano es que estás dormido”.

Menos tajante, para JennaLynn Self su nueva vida es “una redefinición de qué es el sueño americano”. Un sueño cuya realidad le ha demostrado que con poco es suficiente. “Me siento realmente libre por no estar atada a nada”. Por ello cree que es importante no seguir la inercia y preguntarse si lo que uno quiere es vivir como lo hicieron sus padres. “Si eso es lo que quieres, también está bien”, admite.

Por debajo de la idea romántica del nomadismo hay historias duras que guían una forma de vida profundamente solitaria para muchos, incluso de purgación. “Hay mucha gente que está huyendo de la violencia doméstica”, apunta Bickford.

“Muchas personas que se han separado de su familia por abuso de las drogas y el alcohol”. Por ejemplo, uno de sus mejores amigos: “Quemó todos los puentes con su familia y amigos, se convirtió en un ermitaño durante cuatro años y se alejó todo lo que pudo de la gente”, cuenta Phyllis, que lo conoció en una reunión de nómadas.

En una de ellas le confesó que “había sido una persona terrible, pero que había podido recuperar su vida” tras lanzarse a la carretera.

Para Javi y Nuria, a quienes les gusta el contacto con la naturaleza, al viajar en caravana dicen que tienen “muchos chalets con parcelas y vistas por toda España”. Sin olvidar la vida en familia que hacen junto a sus hijos, Alejandra y Roberto, durante 24 horas en nueve metros cuadrados, “experiencias que van a recordar y de las que creemos que aprenden”, cuentan. Ninguno de ellos esconde el lado de negativo de viajar de esta manera: los deficitarios servicios que hay en España para que puedan vaciar y llenar los depósitos de sus vehículos, el cansancio, el aseo y la falta de privacidad.

El interior de estos habitáculos recuerda a los camarotes de un barco y a los compartimentos de un vagón en un tren cama, ejercicios de diseño pioneros en la optimización del espacio. Aunque para sitios reducidos bien aprovechados ya están las habitaciones de los transbordadores que ocupan los astronautas durante sus misiones espaciales.

Al respecto de viajar con un vehículo de este tipo, esta pareja apunta que, a priori, “parece más barato, pero haciendo cómputo de gastos no lo es”. Al alto consumo de gasolina y mantenimiento del coche se suma el hecho de que “con una caravana tiendes a salir más, fines de semana y todos los puentes, por lo que el gasto en viajar se dispara. Además, en los últimos años los precios de los campings han subido mucho, ya no es como antes”, señalan.

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Marianne y Gaetan (y sus hijos) viven en un antiguo camion de bomberos que les costó €30.000

Desde los campos de remolacha de Dakota del Norte hasta el programa CamperForce de Amazon en Texas, los empleadores estadounidenses han descubierto un nuevo grupo de mano de obra barata. Sin protección social y ahogados por las hipotecas, decenas de miles de temporeros adultos, víctimas invisibles de la Gran Recesión, viven en vehículos recreativos, remolques de viaje y furgonetas. En ‘País nómada: supervivientes del siglo XXI’ (Capitán Swing), Jessica Bruder sale a la carretera para conocer de cerca a los ‘workampers’.

Mientras escribo estas líneas, se hallan dispersos por todo el país. En Drayton (Dakota del Norte), un extaxista de San Francisco de sesenta y siete años trabaja en la recolección anual de remolacha azucarera. Su jornada comienza al amanecer y acaba tras la caída del sol.

Con temperaturas que descienden bajo cero, participa en las tareas de descarga de los camiones que transportan toneladas de remolacha desde los campos de cultivo. Por las noches duerme en la furgoneta que ha sido su hogar desde que Uber lo desalojó del sector del taxi y pagar el alquiler se convirtió en un empeño imposible.

En Campbellsville (Kentucky), una antigua contratista de obras de sesenta y seis años recorre kilómetros sobre el suelo de cemento de una nave industrial de Amazon durante el turno de noche empujando una carretilla mientras va clasificando y almacenando las mercancías.

Es una tarea monótona, pero se esfuerza en concentrarse para no confundir los códigos de barras, con la esperanza de eludir el despido. Por la mañana regresa a su minúsculo remolque, aparcado en uno de los parques de caravanas que Amazon alquila para albergar a trabajadoras y trabajadores nómadas como ella.

En New Bern (Carolina del Norte), una mujer que ahora vive en un minirremolque ovoide —tan minúsculo que puede acoplarse a una moto— está acampada en casa de una amiga mientras busca trabajo. Pese a contar con un máster universitario y a los centenares de solicitudes enviadas durante el último mes, esta joven de treinta y ocho años, oriunda de Nebraska, sigue sin conseguir un empleo.

Sabe que están contratando gente para la recolección de la remolacha, pero tendría que cruzar medio país y no dispone de dinero suficiente para costearse el viaje. Uno de los motivos por los que ahora vive en un remolque fue la pérdida del puesto de trabajo en una organización sin ánimo de lucro, hace ya varios años. Cuando se agotó la subvención que sufragaba su contrato, no pudo seguir pagando el alquiler junto con la devolución del crédito suscrito para financiar sus estudios.

En San Marcos (California), una pareja en la treintena instalada en una autocaravana GMC Motorhome de 1975 vende calabazas junto a la carretera desde un tenderete anexo a una instalación de feria con animales vivos que han montado en apenas cinco días en un terreno baldío. Dentro de pocas semanas, comenzarán a vender árboles de Navidad.

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En Colorado Springs (Colorado), un hombre de setenta y dos años que habitualmente reside en una furgoneta se hospeda con familiares mientras se recupera de la fractura de tres costillas a resultas de un accidente sufrido mientras realizaba tareas de mantenimiento en una zona de acampada.

Siempre ha habido poblaciones itinerantes, trabajadores ambulantes, vagabundos, espíritus inquietos, pero ahora, en el segundo milenio, está surgiendo un nuevo tipo de tribu nómada. Personas que jamás imaginaron que podrían llevar una vida itinerante se han lanzado a la carretera.

Han renunciado a vivir en casas y apartamentos tradicionales para instalarse en lo que algunos llaman «viviendas sobre ruedas» —camionetas, autocaravanas de segunda mano, autobuses escolares, furgonetas adaptadas, remolques o simplemente viejas berlinas—, huyendo de las disyuntivas imposibles a las que debe hacer frente la antigua clase media.

Tales como verse en la tesitura de tener que decidir entre: ¿Comer o un tratamiento odontológico? ¿Pagar la hipoteca o la factura de la luz? ¿Pagar los plazos del coche o comprar medicinas? ¿Pagar el alquiler o el crédito suscrito para sufragar los estudios? ¿Comprar ropa de abrigo o pagar la gasolina para desplazarse hasta el lugar de trabajo?

Mucha gente optó por lo que de entrada parecía una solución radical: ya que no podían subirse el sueldo, tal vez podrían suprimir el gasto más importante y renunciar a una vivienda de ladrillo para vivir sobre ruedas. A veces se las califica como «personas sin hogar». Las y los nuevos nómadas rechazan esta etiqueta.

Dado que disponen de cobijo y a la vez de un medio de transporte, han acuñado otro calificativo. Se autodenominan simplemente «personas sin casa», «sin una vivienda fija».

Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cine o una cena, no des- tacan entre el resto de espectadores o comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media.

Lavan la ropa en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales.

En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes.

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Linda Chesser en su autocaravana con la que recorrió EEUU para escribir su libro ‘País nómada’.

Pero —como todo el mundo— no se conforman con sobrevivir tan solo. Por eso, lo que comenzó como un último intento desesperado se ha convertido en la reivindicación de algo más significativo.

Ser humano, ser humana significa anhelar algo más que la mera subsistencia. Además de alimento y cobijo, necesitamos esperanza.

Y la vida en la carretera ofrece esperanzas. Es un subproducto de un impulso de progreso. La intuición de una oportunidad, tan amplia como lo es el país.

Una convicción profundamente arraigada de que el futuro deparará algo mejor. Una oportunidad que aguarda a la vuelta de la esquina, en la población siguiente, en el próximo trabajo temporal, en el próximo encuentro casual con una persona desconocida.

De hecho, algunos de esos desconocidos, esas desconocidas, también son nómadas. Y a partir de esos encuentros —en las redes o en un lugar de trabajo o acampando en un sitio apartado— comienzan a formarse tribus. Esas personas comparten un lenguaje común, una afinidad.

Cuando a alguien se le avería la furgoneta o la autocaravana, pasan la gorra. Entre ellas circula una percepción contagiosa. Algo grande está ocurriendo.

El país está cambiando muy deprisa, las antiguas estructuras se están desmoronando y ellas y ellos se encuentran en el epicentro de algo nuevo.

Por la noche, alrededor de una hoguera compartida, parece vislumbrarse el destello de una utopía.

Escribo estas líneas en otoño. Pronto llegará el invierno y comenzarán los despidos habituales en los empleos de temporada. Las y los nómadas desmontarán el campamento y regresarán a su verdadero hogar: la carretera.

Volverán a circular como glóbulos sanguíneos por las venas y las arterias del país.

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Jessica Bruder

Se pondrán en marcha en busca de amistades o familiares, o simplemente de un lugar donde no haga frío. En algunos casos, cruzarán todo el continente.

Todas y todos contarán los kilómetros que se irán desplegando como un rollo de película. Cantinas de comida rápida y centros comerciales.

Campos dormidos bajo la escarcha. Concesionarios de automóviles, megaiglesias y cantinas abiertas toda la noche. Llanuras uniformes. Corrales de engorde, fábricas desocupadas, parcelaciones y grandes bloques de almacenes. Montañas nevadas.

Los paisajes que flanquean la carretera se van sucediendo a lo largo del día y mientras cae la noche, hasta que les vence la fatiga. Con ojos soñolientos, buscan un lugar donde detenerse a descansar.

En los aparcamientos de los grandes hipermercados Walmart. En las calles tranquilas de los barrios del extrarradio.

En las áreas de descanso para camiones, acunados por el ronroneo de motores ociosos. Luego, de madrugada —antes de que nadie advierta su presencia—, vuelven a la carretera. Siguen adelante, reconfortados por una certeza.

Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos.

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