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Cómo la primera disputa de derechos de autor desencadenó un sangriento conflicto bélico …


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San Columba convirtiendo al rey de los pictos (William Hole)

L.B.V.(J.Álvarez)  —  Los pleitos por copyright pueden ser más vehementes de lo que podría parecer; aquí vimos un caso hace poco que además involucraba al fantasma del célebre Mark Twain tras haber dictado una novela una vez fallecido.

Pero es que también se remontan mucho más atrás en el tiempo de lo que se cree y un buen ejemplo de ello es la leyenda que atribuye a una disputa por derechos de autor el origen de la batalla de Cúl Dreimhne, en la Irlanda del siglo VI d.C.

También se la conoce, por esa razón, como la Batalla del Libro.

La historia de los derechos de autor es muy reciente, y más aun si consideramos lo que en el presente se interpreta como derechos de autor.

Es decir, según su definición formal de diccionario, el derecho de autor es la concesión legal que hace el Estado hacia un autor donde se reconoce su derecho a la explotación exclusiva de su obra por un período determinado de tiempo. Transcurrido dicho tiempo la obra pasa al dominio público.

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San Finnian en una vidriera de la abadía de Moville

Si bien existen ejemplos anteriores como las licencias de impresión del siglo XVI, las cuales no eran en si mismas derechos de autor sino un intento por controlar ideológicamente el material a imprimir, y los privilegios que la República de Venecia otorgó a autores como Sabellico, formalmente podemos decir que la historia de los derechos de autor comienza en las islas británicas con el denominado Estatuto de la Reina Ana en 1710.

Un reglamento o ley donde se reconocían los derechos de autor a los autores de libros y los derechos de copia.

Posteriormente se fueron incluyendo otras piezas de información e incluso elementos culturales como las fotografías, las obras de teatro, las piezas musicales, las enciclopedias, los mapas y un largo et cetera.

En el presente es difícil encontrar algo que no esté protegido por los derechos de autor, y si bien en un principio los mismos eran válidos solamente en el país o la nación donde fueron gestionados, en el presente debido a varios convenios internacionales, leyes y tratados, como el Convenio de Berna, registrar una obra en prácticamente cualquier país significa contar con un cierto grado de protección a nivel internacional.

Pero esto no siempre fue así, y si bien a lo largo de la historia se fueron implementando distintos métodos para intentar resguardar los derechos de autor, como veremos a continuación, en el pasado defender los derechos de autor significaba defenderlos literalmente con la espada.

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Facsímil del Estatuto de la Reina Ana de 1710.

La batalla de Cúl Dreimhne

Todo empezó en un monasterio, lugar muy apropiado porque en ese tránsito de la Antigüedad al Medievo fueron los cenobios los que conservaron el patrimonio cultural mediante la copia de clásicos para sus bibliotecas.

En este episodio en concreto, se trataba de la abadía de Movilla, que estaba situada en la localidad de Newtonards, en el condado de Down, en la actual Irlanda del Norte.

Era uno de los complejos religiosos más importantes del Ulster, fundado en el año 540 por San Finnian, un monje irlandés también conocido como San Uinniau y al que una teoría reciente identifica con San Niniano de Galloway, el primer misionero entre los pictos (un error de traducción en el siglo VIII lo habría desdoblado en dos personajes diferentes).

En cualquier caso, a San Finnian se le tiene por uno de los pioneros de la cristianización de Irlanda y sobre un antiguo santuario celta fundó un cenobio en el que enseñaba matemáticas, geografía e historia, además de usar la Vulgata (la traducción de la Biblia que hizo San Jerónimo en el 382 d.C.) para impartir la doctrina cristiana.

Este manuscrito religioso, además de contener los Salmos del 30:10 al 105:13, contiene una serie de textos originales para cada salmo en el cual el autor intenta ofrecer al lector una interpretación inicial de los mismos con el fin de ayudar a este a comprender mejor el contexto de cada uno.

Con el objetivo de difundir la fe, reunió a un grupo de doce discípulos, popularmente conocidos como los Apóstoles de Irlanda, de los que el más aventajado era un diácono veinteañero llamado Columba (o Colmcille, en irlandés).

Las crónicas dicen de él que era descendiente de Niall de los Nueve Rehenes -un rey pseudohistórico-, además de describirle como alto, fornido y de voz potente.

Como los demás, recorrió la isla durante un tiempo, predicando y ganándose fama de milagrero pero, sobre todo completando su formación con otros ilustres religiosos, ordenándose sacerdote.

Era una época de ebullición del cristianismo, que empezaba a sacudirse la tradición druídica que todavía permanecía vigente.

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Exterior de la Abadía de Iona, la misma fue fundada por San Columbo en Escocia tras la batalla de Cúl Dreimhne.

Pero Columba (que también sería canonizado) se convertiría irónicamente en el protagonista del terrible embrollo que se avecinaba.

Fue ya entrada la segunda mitad del siglo cuando regresó a Moville con la intención de copiar la Vulgata para traducirla a la lengua irlandesa y distribuirla por los monasterios.

Ahora bien, ése era también un proyecto que tenía Finnian, por lo que previsiblemente le denegaría el permiso. Así que Columba empezó a copiar a sus espaldas, según la leyenda en una sola noche y alumbrado por luz sobrenatural.

Tenía la tarea casi completada cuando fue descubierto en el scriptorium en plena faena, desatándose todos los truenos. Finnian le exigió la entrega de la copia y él se negó.

No hubo forma de alcanzar un acuerdo y Finnian llevó el asunto a instancias superiores: nada menos que a la corona. En ese momento la ceñía Diarmait mac Cerbaill, Gran Rey de Tara (Irlanda) considerado nieto del citado Niall de los Nueve Rehenes y, por tanto, pariente de Columba.

No obstante, su veredicto fue favorable a Finnian, expresado de forma muy poética: «A cada vaca le pertenece su ternero; a cada libro su copia». En cierta forma, fue la primera sentencia de la historia sobre coyright. Columba tuvo que entregar el salterio pero lo hizo inconforme y de mala gana.

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El Cathach, con el paso de los siglos el libro fue introducido en un contenedor de metales y piedras preciosas.

En realidad, aquel no era el primer desencuentro entre ambos. Tiempo atrás, un pariente de Columba llamado Curnán mac Áedo, hijo de Áed mac Echach (el rey de Connacht, actual provincia de Connaught), hirió fatalmente a un noble durante un enfrentamiento.

Para evitar la justicia real, se puso bajo la protección del clan Cenel nEógain, que a su vez lo dejó en manos de Columba, en el monasterio de Kells. Pero las tropas de Diarmait lo detuvieron sin atender el hecho de que al hallarse en un termonn (santuario) quedaba acogido a sagrado y lo mataron allí mismo, lo que provocó la doble indignación del monje.

Hay que tener en cuenta que el monarca era pagano, de ahí su actitud. Eso ocurrió en el año 559 y ahora la decisión contraria del rey supuso un nuevo y definitivo insulto que Columba no estaba dispuesto a dejar pasar.

Hasta tal punto que, resentido, no tuvo reparos en organizar una conspiración contra Diarmait. Para ello se puso en contacto con los clanes Uí Néill (O’Neil), que reclamaban ser también nietos de Niall de los Nueve Rehenes y, por tanto, tener derecho al trono.

Los Uí Néill se dividían en varias ramas, de las que dos del norte, Cenél Conaill y Cenel nEógain, aceptaron confabularse. Los primeros afirmaban ser hijos de Conall Gulban, vástago del citado Niall y abuelo de Diarmait, además de rey de Tir Chonaill (Tyrconnell, coincidente con el actual condado de Donegal); los segundos, aseguraban descender de su hermano Eoghan, soberano de Tir Eógain (actual condado de Tyrone).

Que el levantamiento tuviera como origen algo tan vano como la copia de un libro es una tradición más bien tardía que probablemente tenga muy poco o nada de histórico -no aparece en las primeras referencias documentales a la batalla- y pesaría más la muerte de Curnán.

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San Ciarán y Diarmait mac Cerbaill fundando la abadía de Clonmainoise

Lo cierto es que ambas partes contendientes rivalizaban por hacerse con el dominio de Irlanda y suceder a Diarmait al frente del Gran Reino.

Eso es lo que, en principio, se iba a dirimir en el año 560 en la batalla disputada en Cúl Dreimhne, en Cairbre Drom Cliabh (actual condado de Sligo), en la que se jugaban un segundo objetivo, pues el ejército sublevado, encabezado por Columba en persona, enarbolaba la cruz mientras que las tropas de Diarmait seguían aferradas a la vieja fe druídica.

El dios cristiano resultó ser más poderoso y el monarca fue derrotado.

No obstante, pudo conservar su trono durante cinco años más, antes de caer asesinado por Áed Dub mac Suibni, rey de Dál nAraidi (una parte del Reino de Ulaid, el Ulster), al que había desterrado para evitar que cumpliera la profecía de que le mataría, cuentan algunas fuentes.

Según unos historiadores, le sucedió Domnall Ilchegalch y Forguss, del Cenél nEógain; según otros, el Reino de Tara prácticamente desapareció y no renacería hasta la proclamación de Dommall mac Áedo en el año 628.

El caso es que las dinastías de Uí Néill mantuvieron su poder en el Ulster hasta su derrota en 1603, en la Guerra de los Nueve Años, tras la cual muchos de sus miembros se exiliaron en la Europa cristiana, un éxodo conocido como Vuelo de los Condes.

Pero ésa es otra historia y lo que interesa aquí es saber qué pasó con Columba, que con su victoria en la batalla de Cúl Dreimhne había vengado su honor y demostrado el poder de Dios sobre el paganismo.

El problema estaba en que su satisfacción dejó tres mil muertos y además siendo como era sacerdote, había empuñado las armas vulnerando la ley divina.

Se convocó entonces un sínodo de clérigos y eruditos que debía determinar qué hacer con él.

Algunos de los asistentes pedían la pena capital mientras que otros se conformaban con su excomunión.

Pero como también se oyeron voces en su defensa, entre ellas la muy respetada del teólogo Brendan de Birr (otro que acabaría siendo santo), se acordó una solución de compromiso que pudiera satisfacer a todos. Columba sería desterrado.

Él mismo, con la conciencia afectada, aceptó la oferta como si de una penitencia se tratara, tras consultarlo con un viejo ermitaño llamado Molaise.

La sentencia estipulaba que debía ganar para la fe cristiana tantas almas como muertes habían provocado sus acciones.

Y así, Columba, acompañado de doce monjes, se embarcó en un carragh (típica embarcación irlandesa cuyo casco está hecho de pieles) con destino a Escocia.

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Desembarcó en la isla de Iona, que formaba parte del reino de Dál Riata (que abarcaba la costa oeste escocesa y el noreste irlandés), y allí fundó una abadía que habría de servir como foco para la evangelización de aquella tierra.

Por cierto, la presunta culpable de todo, la copia -incompleta- que hizo de la Vulgata, se conserva en la Royal Irish Academy de Dublin, a donde fue trasladada desde el Museo Nacional de Irlanda, con el nombre de Cathach de San Columba.

O eso dice la tradición, pues aunque paleográficamente se corresponde con la época, hoy los expertos ponen en duda que sea así.

Se trata de cincuenta y ocho folios (originalmente ciento diez pero el resto se perdió) manuscritos sobre vitela en tamaño 270 x 190 mm. que contienen los Salmos en latín, con cada letra inicial más grande y decorada.

Este salterio fue empleado como fetiche de guerra de Donegal: antes de entrar en batalla (eso significa cathach), era exhibido ante los soldados por monjes u hombres santos que daban tres vueltas con él alrededor de la tropa. Algo acorde con sus antecedentes.

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